Vargas Fred
Capítulo 12
-Venga, compañero...
-Perdona, Tiberio. Ya sé que no has dicho nada.
-¿Qué te ha escrito Henri?
-Dice que ha tenido entre sus manos un pequeño Miguel Ángel inédito.
Sospecha que la cosa pudo haber sido robada de un fondo de archivos inexplorado y ha pensado en la Vaticana. Después llamó a Lorenzo para hablarle del asunto, porque piensa que como trabaja en el Vaticano puede haber advertido algún tipo de tráfico, si es que lo hay. Lorenzo ha interrogado a Maria, que no ha notado nada de especial en la biblioteca en estos últimos tiempos. Ahí se termina toda la historia. Y a pesar de todo, aunque le horroriza molestarse por minucias, desembarca en Roma para
«estudiar el asunto más de cerca». En pleno mes de junio. Es absurdo.
-Puede que no lo haya dicho todo, puede que tenga una pista sólida, dudas sobre sus antiguos colegas. A lo mejor quiere silenciar todo el asunto personalmente.
-Y, en ese caso, ¿por qué no me habría dicho nada?
-Para que no levantes la liebre contando toda la historia por ahí.
Claudio puso mala cara.
-No lo tomes mal, compañero. Sabes perfectamente que con tres copas sufres un enternecimiento generalizado que te conduce, con una indulgencia carente de discernimiento, a un mundo mejor, en el que de pronto todas las mujeres se te antojan deseables y todos los hombres, encantadores. Es una tendencia tuya. Henri puede que esté, simplemente, tomando sus precauciones.
-¿Entonces no crees que venga para encarrilarme?
-No. ¿Estará Lorenzo en casa de Gabriella esta noche?
-Normalmente sí. Es viernes.
-Llámala. Pasaremos a saludar a nuestro amigo el obispo y quizás descubramos algo más. Dile que cenaremos en su casa.
-Es viernes, habrá pescado.
-¿Qué más da?
Claudio salió y volvió de inmediato.
-¿Tiberio?
-¿Si?
-¿Crees que no hubiese debido dejar a Livia?
-Es asunto tuyo.
-¿Acaso no sabes que las mujeres serán mi perdición?