Will Grayson, Will Grayson
Capítulo nueve
Pueden decirse muchas cosas malas de Tiny Cooper. Lo sé porque las he dicho. Pero, para ser un tío que no tiene ni idea de cómo manejar sus propias relaciones, Tiny Cooper es un genio con las penas de amor de los demás. Tiny es como una enorme esponja que absorbe el dolor del amor perdido vaya a donde vaya. Y es lo que sucede con Will Grayson. Con el otro Will Grayson, quiero decir.
Jane está delante de un escaparate, hablando por teléfono. La miro, pero ella no está mirándome, y me pregunto si han cantado la canción. Algo que ha dicho Will (el otro Will) justo antes de que Tiny y Jane llegaran me da vueltas en la cabeza: el amor es inseparable de la verdad. Pienso en ellos como gemelos tristemente unidos.
—Está claro —dice Tiny— que esa tía es una mierda caliente, pero aun así admito su buen gusto con el nombre. Isaac. Isaac. En fin, creo que podría enamorarme de una chica si se llamara Isaac.
El otro Will Grayson no se ríe, pero Tiny ni se inmuta.
—Has debido de flipar al ver que era un sex shop, ¿no? En plan: ¿quién queda en un sitio así?
—Y luego cuando su tocayo estaba comprando una revista —digo.
Levanto la bolsa negra creyendo que Tiny va a quitármela para ver lo que he comprado. Pero no lo hace.
—Es aún peor que lo que pasó conmigo y con Tommy —dice.
—¿Qué pasó contigo y con Tommy? —pregunta Will.
—Me dijo que era rubio natural, pero le habían teñido tan mal que parecía un postizo de la empresa Mattel…, como de Barbie. Además, Tommy no era diminutivo de Tomas, como me dijo. Era diminutivo del típico Thomas.
—Sí, es peor —dice Will—. Mucho peor.
Como es evidente que no tengo demasiado que aportar a la conversación, y en cualquier caso Tiny actúa como si yo no existiera, sonrío y digo:
—Chicos, os dejo solos.
Miro al otro Will Grayson, que se balancea como si fuera a caerse si se levanta viento. Quiero decir algo, porque lo siento por él, pero nunca sé qué decir. Así que le digo lo que estoy pensando.
—Sé que es una putada, pero de alguna manera está bien.
Me mira como si acabara de decir una idiotez total, y por supuesto la he dicho.
—El amor y la verdad unidos, quiero decir. Cada uno hace posible el otro, ¿sabes?
El chico me lanza una octava parte de sonrisa y se gira hacia Tiny, que, para ser sincero, es sin duda el mejor psicólogo. La bolsa negra con la revista Mano a Mano ha perdido la gracia, así que la dejo caer al suelo, al lado de Tiny y de Will. Ni siquiera se dan cuenta.
Ahora Jane está agachada en el bordillo, casi inclinada hacia una calle llena de taxis. Un grupo de universitarios pasan y la miran alzándose las cejas entre sí. Sigo pensando en el vínculo del amor y la verdad…, y quiero contarle la verdad…, toda la contradictoria verdad…, porque si no, hasta cierto punto, ¿no soy esa chica? ¿No soy esa chica que se hacía pasar por Isaac?
Me acerco a ella e intento tocarle el codo por detrás, pero la toco tan suavemente que solo llego al abrigo. Se gira hacia mí y veo que sigue hablando por teléfono. Hago un gesto que quiere decir: «No hay prisa, habla todo lo que quieras», pero que seguramente dice: «¡Mírame! Tengo espasmos en las manos». Jane levanta un dedo. Asiento. Habla por teléfono en voz baja, dulcemente, y dice: «Sí, lo sé. Yo también».
Retrocedo y me apoyo en la pared entre el Frenchy’s y un restaurante de sushi cerrado. A mi derecha, Will y Tiny charlan. A mi izquierda, Jane charla. Saco el móvil como si fuera a mandar un mensaje, pero solo recorro mi lista de contactos. Clint. Jane. Mamá. Papá. Gente de la que era amigo. Gente a la que conozco. Tiny. Nada después de la T. No mucho para un teléfono que tengo desde hace tres años.
—Oye —dice Jane.
Levanto la mirada, cierro el teléfono y sonrío.
—Siento lo del concierto —me dice.
—Sí, no pasa nada —le contesto, porque así es.
—¿Quién es ese chico? —me pregunta haciendo un gesto hacia él.
—Will Grayson —le contesto.
Me mira confundida.
—He conocido a un tipo que se llama Will Grayson en ese sex shop —le digo—. He entrado para utilizar mi carnet falso, y él ha entrado para encontrarse con su novio falso.
—Vaya, si hubiera sabido que iba a pasar algo así, me habría saltado el concierto.
—Sí —le digo intentando no parecer molesto—. Vamos a dar una vuelta.
Asiente. Caminamos por la avenida Michigan, la Magnificent Mile, donde están las principales tiendas y cadenas de Chicago. Ahora está todo cerrado, y los turistas que invaden las amplias aceras durante el día han vuelto a sus hoteles, que se alzan cincuenta pisos por encima de nosotros. Los mendigos que piden a los turistas también se han ido, y básicamente solo estamos Jane y yo. Como no es posible decir la verdad sin hablar, le cuento toda la historia intentando que sea divertida, intentando que sea más grande de lo que podría ser cualquier concierto de MDC. Y cuando termino, nos quedamos un momento en silencio.
—¿Puedo preguntarte algo que no viene a cuento? —me dice.
—Sí, claro.
Pasamos por delante de Tiffany’s y me detengo un segundo. Las farolas amarillentas iluminan lo justo para que a través del triple cristal y la reja de seguridad vea un escaparate vacío…, el perfil de un cuello de terciopelo gris sin joyas.
—¿Crees en las revelaciones? —me pregunta.
Seguimos caminando.
—¿Puedes desarrollar la pregunta?
—¿Crees que las personas pueden cambiar de actitud? Un día te despiertas y te das cuenta de algo, ves algo como no lo habías visto antes y, bum, revelación. Algo cambia para siempre. ¿Lo crees?
—No —le contesto—. Creo que nada sucede de golpe. Como Tiny. ¿Crees que Tiny se enamora cada día? Imposible. Cree que se enamora, pero en realidad no es así. Es decir, todo lo que sucede de golpe seguramente deja de suceder de golpe, ¿sabes?
Por un momento no dice nada. Solo camina. Mi mano está cerca de la suya, se rozan, pero no sucede nada entre nosotros.
—Sí, quizá tengas razón —me dice por fin.
—¿Por qué lo preguntas?
—No lo sé. Por nada, la verdad.
El lenguaje tiene una larga y documentada historia. Y en todo ese tiempo, nadie ha preguntado «algo que no viene a cuento» sobre «revelaciones» «por nada». Las «preguntas que no vienen a cuento» son las preguntas que vienen más a cuento de todas.
—¿Quién ha tenido la revelación? —le pregunto.
—Uf, la verdad es que creo que eres la peor persona posible con la que hablar de este tema —me dice.
—¿Por qué?
—Sé que ha sido penoso por mi parte ir al concierto —dice sin venir a cuento.
Llegamos a un banco de plástico y se sienta.
—No pasa nada —le digo sentándome a su lado.
—A gran escala, sí que pasa. Creo que el problema es que estoy un poco confundida.
Confundida. El teléfono. La voz dulce y femenina. Revelaciones. Al final entiendo la verdad.
—Tu ex —le digo.
Siento que el estómago se me hunde como si nadara en el fondo del mar y descubro la verdad: me gusta. Es guapa, muy inteligente, en un sentido ligeramente pretencioso, su cara tiene una dulzura que agudiza todo lo que dice, y me gusta, y no es solo que deba ser sincero con ella. Quiero serlo. Supongo que así es como estas cosas son inseparables.
—Tengo una idea —le digo.
Noto que me mira y me pongo la capucha del abrigo. Las orejas me queman de frío.
—¿Qué idea? —me pregunta.
—La idea es que durante diez minutos olvidemos que tenemos sentimientos. Y que olvidemos protegernos nosotros mismos o a otras personas y digamos la verdad. Diez minutos. Y luego podemos volver a ser penosos.
—Me gusta la idea —me dice—. Pero empiezas tú.
Me subo un poco la manga del abrigo y miro el reloj. Las 10.42.
—¿Lista? —le pregunto.
Asiente. Vuelvo a mirar el reloj.
—Bien…, allá voy. Me gustas. Y no sabía que me gustabas hasta que he pensado en ti en ese concierto con otro tío, pero ahora lo sé, y entiendo que eso me convierte en una zorra chillona, pero sí, me gustas. Creo que eres genial y muy mona…, y con mona quiero decir guapa, pero no quiero decir guapa porque es un cliché, pero eres guapa…, y ni siquiera me importa que seas una esnob en música.
—No es esnobismo. Es buen gusto. Bueno, salía con un chico, sabía que iba a estar en el concierto y en parte quería ir contigo porque sabía que Randall estaría allí, pero luego he querido entrar incluso sin ti porque sabía que estaría allí, y me ha visto mientras MDC tocaba «A Brief Overview of Time Travel Paradoxes», y me ha gritado al oído que había tenido una revelación y que ahora sabe que tenemos que estar juntos. Le he dicho que no lo creo y ha citado un poema de e. e. cummings que dice que los besos son mejor destino que la sabiduría, y luego resulta que había pedido a MDC que me dedicara una canción, que es algo que nunca habría hecho antes, y siento que merezco a alguien al que le gusto de verdad, no como a ti, no sé.
—¿Qué canción?
—«Annus Miribalis». Es la única persona que sabe la combinación de mi taquilla, y les ha pedido que la dedicaran a la combinación de mi taquilla, que es… Bueno, no sé. Es… sí.
Aunque estamos en los minutos de la verdad, no le cuento lo de la canción. No puedo. Me da vergüenza. La cosa es que viniendo de tu ex, es tierno. Pero viniendo del tipo que no te besó en tu Volvo naranja, es raro e incluso cruel. Tiene razón en que merece a alguien a quien guste de verdad, y quizá yo no pueda serlo. Aun así, ataco al tipo.
—Odio a los tíos que recitan poemas a las chicas. Ya que estamos siendo sinceros. Además, la sabiduría es mejor destino que la inmensa mayoría de los besos. La sabiduría es sin duda mejor destino que besar a gilipollas que solo leen poesía para utilizarla para bajar las bragas a las tías.
—Vaya —dice Jane—, el Will sincero y el Will normal son fascinantemente diferentes.
—La verdad es que prefiero al imbécil de cada día, mediocre, normal y corriente, con su cara de tonto, boquiabierto y ajeno a los tíos que intentan robarme la tranquilidad leyendo poesía y escuchando música medio buena. Me he currado mi tranquilidad. Por ser tranquilo me llevé patadas en el culo en el colegio. He pasado por esa mierda, sinceramente.
—Bueno, no lo conoces —me dice Jane.
—Ni falta que me hace —le contesto—. Mira, tienes razón. Quizá no me gustas como deberías gustarme. No me gustas en plan te llamo cada noche antes de que te metas en la cama y te leo un poema. Estoy loco, ¿vale? A veces pienso, joder, está superbuena, es inteligente y pretenciosa, pero de alguna manera su pretenciosidad hace que la desee, pero otras veces creo que es una pésima idea, que salir contigo sería como una serie de endodoncias intercaladas con ocasionales sesiones amatorias.
—Vaya, qué mierda.
—En realidad no, porque pienso las dos cosas. Y no importa, porque soy tu plan B. Quizá soy tu plan B porque así me siento, y quizá me siento así porque soy tu plan B, pero de todas formas se supone que deberías estar con Randall, y se supone que yo debería estar en mi estado natural de exilio autoimpuesto.
—¡Qué diferencia! —repite—. ¿Puedes ser así siempre?
—Seguramente no —le contesto.
—¿Cuántos minutos nos quedan?
—Cuatro —le digo.
Y nos besamos.
Esta vez soy yo el que se inclina, y ella no se aparta. Hace frío y nuestros labios están secos, nuestras narices un poco húmedas, y nuestras frentes sudorosas debajo de los gorros de lana. Aunque quiero, no puedo tocarle la cara porque llevo guantes. Pero cuando sus labios se abren, todo se vuelve cálido, siento su dulce aliento en mi boca, y seguramente sabe a perrito caliente, pero no me importa. Besa como si devorara un caramelo, y no sé dónde tocarla, porque la quiero toda. Quiero tocarle las rodillas, las caderas, la barriga, la espalda y todo, pero estamos cubiertos de ropa, así que no somos más que nubes de azúcar que chocan, y me sonríe mientras me besa porque también ella sabe que es ridículo.
—¿Mejor que la sabiduría? —me pregunta rozándome la mejilla con la nariz.
—La cosa está reñida —le contesto.
Le devuelvo la sonrisa y la abrazo con más fuerza.
Nunca había sabido lo que es desear a alguien. No querer enrollarme con alguien, sino desear, desear. Ahora lo sé. De modo que quizá crea en las revelaciones.
Se aparta un poco para decirme:
—¿Cómo me apellido?
—No tengo ni idea —le contesto inmediatamente.
—Turner. Me apellido Turner.
Le doy un último beso y luego se sienta bien, aunque deja la mano cubierta con el guante en mi cintura cubierta con el abrigo.
—Mira, ni siquiera nos conocemos. Tengo que descubrir si creo en las revelaciones, Will.
—No me creo que se llame Randall. No va al Evanston, ¿verdad?
—No, va al Latin. Nos conocimos en un concurso de poesía.
—Ah, claro. Joder, me imagino al hijo de puta baboso: alto, desgreñado y hace deporte…, fútbol, probablemente…, pero finge que no le gusta, porque lo único que le gusta es la poesía, la música y tú, y cree que eres un poema, y te lo dice, bañado en confianza en sí mismo y seguramente en colonia.
Se ríe moviendo la cabeza.
—¿Qué? —le pregunto.
—Waterpolo —me dice—. No fútbol.
—Ah. Claro. Waterpolo. Sí, no hay nada más punk rock que el waterpolo.
Me coge el brazo y mira el reloj.
—Un minuto —me dice.
—Estás mejor con el pelo hacia atrás —le digo a toda prisa.
—¿De verdad?
—Sí. Si no, pareces un cachorrillo.
—Tú estás mejor cuando te pones derecho —me dice.
—¡Tiempo! —le digo.
—Muy bien. Es una pena que no lo hagamos más a menudo.
—¿Qué parte? —le pregunto sonriendo.
Se levanta.
—Debería volver a casa. El fin de semana tengo que llegar a las doce.
—Sí —le digo. Y saco el teléfono—. Llamaré a Tiny para decirle que nos vamos.
—Voy a coger un taxi.
—Solo llamo…
Pero ya está al borde de la acera, con las puntas de las zapatillas sobresaliendo del bordillo y la mano levantada. Un taxi para. Me abraza rápidamente, un abrazo de punta de dedos y omoplatos, y se marcha sin decir una palabra más.
Nunca había estado solo en la ciudad tan tarde, y está desierta. Llamo a Tiny. No contesta. Salta el contestador.
—Este es el contestador de Tiny Cooper, escritor, productor y protagonista del nuevo musical Tiny Dancer: La historia de Tiny Cooper. Lo siento, pero parece que ahora mismo sucede algo más maravilloso que tu llamada. Cuando los niveles de lo maravilloso desciendan un poco, te llamaré. PIII.
—Tiny, la próxima vez que quieras liarme con una chica que tiene un novio secreto, ¿podrías al menos informarme de que tiene un novio secreto? Y si no me llamas en cinco minutos, entenderé que has vuelto a Evanston por tu cuenta. Otra cosa: eres un capullo. Eso es todo.
En la avenida Michigan hay taxis y tráfico constante, pero en cuanto llego a Huron, una calle lateral, todo está tranquilo. Paso por una iglesia y subo la calle State hacia el Frenchy’s. Desde tres manzanas de distancia veo que Tiny y Will no están, pero de todas formas voy hacia la tienda. Miro la calle por ambos lados, pero no veo a nadie, y además Tiny nunca se calla, así que si estuviera cerca lo oiría.
Rebusco entre los restos de mis bolsillos, encuentro mis llaves y las saco. Las llaves están envueltas en la nota que me escribió Jane, la nota sobre el Houdini de las taquillas.
Vuelvo a recorrer la calle en dirección al coche cuando veo una bolsa de plástico negra en la acera, aleteando al viento. Mano a Mano. La dejo pensando que seguramente mañana alguien se alegrará de encontrarla.
Por primera vez en mucho tiempo conduzco sin música. No estoy contento. No estoy contento con Jane y el señor Randall waterpolista con cara de gilipollas IV, no estoy contento con que Tiny se haya largado sin tomarse la molestia de llamarme, no estoy contento con mi insuficientemente falso carnet falso. Pero en la oscuridad de la Lake Shore, con el coche absorbiendo todo el sonido, hay algo en el entumecimiento de mis labios después de haber besado a Jane que quiero conservar, algo que parece puro, que parece la única verdad.
Llego a casa cuatro minutos antes del toque de queda, y mis padres están en el sofá, mi madre con los pies encima de las rodillas de mi padre. Mi padre quita el sonido a la tele.
—¿Qué tal ha ido? —me pregunta.
—Muy bien —le contesto.
—¿Han tocado «Annus Miribalis»? —me pregunta mi madre, porque me gustaba tanto que se la había puesto.
Supongo que me lo pregunta en parte por parecer a la última y en parte para asegurarse de que he ido al concierto. Seguramente luego buscará las canciones que han tocado. No he ido al concierto, claro, pero sé que han tocado esta canción.
—Sí —le digo—. Sí. Ha estado bien. —Los miro un segundo y añado—: Bueno, me voy a la cama.
—¿Por qué no te quedas un rato a ver la tele con nosotros? —me pregunta mi padre.
—Estoy cansado —le contesto con tono inexpresivo y me giro para marcharme.
Pero no me voy a la cama. Me meto en mi habitación, enciendo el ordenador y empiezo a leer sobre e. e. cummings.
A la mañana siguiente voy temprano al instituto con mi madre. En el pasillo paso por delante de un cartel de Tiny Dancer tras otro.
AUDICIONES HOY, DESPUÉS DE CLASE,
EN EL TEATRO. PREPÁRATE PARA CANTAR. PREPÁRATE PARA BAILAR. PREPÁRATE PARA
SER FANTÁSTICO.
POR SI NO HAS VISTO EL CARTEL ANTERIOR,
LAS AUDICIONES SON HOY.
CANTA, BAILA Y CELEBRA LA TOLERANCIA
EN EL MUSICAL MÁS IMPORTANTE DE NUESTRA ÉPOCA.
Corro por los pasillos, subo hasta la taquilla de Jane y con cuidado deslizo por una rendija la nota que le escribí anoche.
Para: El Houdini de las taquillas
De: Will Grayson
Re: ¿Un experto en el ámbito de los buenos novios?
Querida Jane:
Solo para que lo sepas: e.e. cummings engañó a sus dos mujeres. Con prostitutas. Tuyo,
WILL GRAYSON