Will Grayson, Will Grayson

John Green · Capítulo 17 de 21

Páginas del PDF

Will Grayson, Will Grayson

Capítulo diecisiete

 

Tres días antes de la obra, Tiny y yo volvemos a hablar mientras esperamos a que empiece la clase de cálculo, pero no nos decimos nada. Se sienta a mi lado.

—Hola, Grayson —me dice.

—Hola —le contesto.

—¿Qué te cuentas? —me pregunta.

—No mucho, ¿y tú? —le digo.

—No mucho. La obra está dándome por saco, tío —me contesta.

—Apuesto a que sí —le respondo.

—Estás saliendo con Jane, ¿no? —me dice.

—Sí, más o menos —le contesto.

—Genial —me dice.

—Sí. ¿Qué tal el otro Will Grayson? —le pregunto.

—Muy bien —me contesta.

Y nada más. Sinceramente, hablar con él es peor que no hablar. Hablar con él es como ahogarme en agua tibia.

 

Después de la primera hora de clase, veo a Jane junto a mi taquilla, con las manos a la espalda, y cuando llego hasta ella, se produce ese momento extraño, aunque no desagradable, en que no sabemos si besarnos o no, o al menos eso me parece, pero de repente me dice:

—Qué mierda lo de Tiny, ¿eh?

—¿El qué? —le pregunto.

—Él y el otro Will Grayson. Kaput.

Inclino la cabeza hacia ella, perplejo.

—No, acaba de decirme que están bien. Se lo he preguntado en cálculo.

—Fue ayer, al menos según Gary, Nick y los otros veintitrés que me lo han dicho. En un columpio, al parecer. Ay, qué connotaciones metafóricas.

—¿Y por qué no me lo ha dicho?

Oigo mi propia sorpresa mientras lo digo.

Jane me coge de la mano y se pone de puntillas para decirme al oído:

—Hola.

La miro e intento reaccionar como si no importara.

—Hola —me repite.

—Hola —le contesto.

—Vuelve a la normalidad con él, ¿vale? Habla con él, Will. No sé si te has dado cuenta, pero todo te va mejor cuando hablas con la gente.

—¿Quieres pasarte por aquí después de clase?

—Claro que sí.

Sonríe, se da media vuelta y se aleja. Da unos cuantos pasos y de repente se gira.

—Habla con Tiny —me dice.

 

Me quedo un momento delante de la taquilla. Incluso después de que haya sonado el timbre. Sé por qué no me lo ha dicho. No es porque se sienta raro de que por primera vez en la historia de la humanidad él esté libre y yo esté pillado. Me ha dicho que el otro Will Grayson estaba bien porque no le importo.

Tiny puede pasar de ti cuando está enamorado. Pero si Tiny Cooper te oculta que acaban de dejarlo, el contador Geiger se dispara. Se ha liberado radiactividad. La amistad está muerta.

 

Ese día, después de clase, Jane está en mi casa, sentada al otro lado de un tablero de Scrabble. Pongo «santificar», que es una palabra buenísima, pero también le deja a tiro una casilla de puntuación triple.

—Cuánto te quiero —me dice.

Y debe de acercarse bastante a la verdad, porque si lo hubiera dicho hace una semana, no habría pensado nada, pero ahora se queda flotando en el aire hasta que por fin rompe la situación incómoda diciendo:

—Es raro decírselo a alguien con el que acabas de empezar a salir. Joder, qué incómodo. —Se queda un instante en silencio y luego sigue diciendo—: Oye, para que sea aún más raro, ¿estamos saliendo?

La palabra me da unas cuantas vueltas en el estómago.

—¿Podemos decir que no es cierto que no salimos?

Sonríe y pone «asustado», treinta y seis puntos. Es absolutamente increíble, todo. Sus omoplatos son increíbles. Su apasionado amor irónico por los dramas televisivos de los años ochenta es increíble. Sus carcajadas con mis chistes son increíbles… y todo eso hace aún más increíble el hecho de que no llene el hueco que ha dejado la ausencia de Tiny.

Para ser del todo sincero, lo sentí el pasado semestre, cuando se marchó para presidir la AGH y yo me metí en el Grupo de Amigos. Seguramente por eso escribí la carta al director y la firmé. No porque quisiera que el instituto supiera que la había escrito, sino porque quería que lo supiera Tiny.

 

Al día siguiente, mi madre me deja en el instituto temprano. Entro y dejo una nota en la taquilla de Jane, como es ya mi costumbre. Siempre es uno o dos versos que he encontrado en un poema de la enorme antología poética que me enseñó mi profe de literatura de segundo de secundaria. Dije que no sería uno de esos novios que lee poesía a su chica, y no lo soy, pero supongo que soy uno de esos capullos cursis que les dejan versos por la mañana.

El de hoy: «Te veo mejor en la oscuridad / No necesito la luz». Emily Dickinson.

Y me siento en mi sitio de la clase de cálculo veinte minutos antes. Intento estudiar algo de química, pero desisto a los veinte segundos. Saco el teléfono y reviso el correo. Nada. Me quedo mirando su asiento vacío, el asiento que él llena hasta un punto inimaginable para todos nosotros.

Decido escribirle un e-mail con los pulgares en mi diminuto teclado. En realidad solo estoy matando el tiempo. Utilizo palabras innecesariamente largas para que se traguen los minutos.

no es que sienta el deseo urgente de que seamos amigos, pero me gustaria que fueramos una cosa o la

otra. y eso a pesar de que racionalmente se que tu marcha de mi vida es una generosa bendicion, que la

mayoria de los dias no eres mas que una carga de ciento cuarenta kilos encadenada a mi, y que esta claro

que nunca te he caido bien. siempre me he quejado de ti y tu inmensidad en general, pero ahora la echo

de menos. tipico de los tios, diras. no saben lo que tienen hasta que lo pierden. y quiza tengas razon, tiny.

siento lo de will grayson. lo de los dos will grayson.

 

Por fin suena el primer timbre. Guardo el correo como borrador.

Tiny se sienta a mi lado.

—Hola, Grayson —me dice.

—Hola, ¿qué tal? —le digo yo.

—Bien, tío —me contesta—. Hoy ensayo general.

—Genial —respondo.

—¿Tú qué tal? —me pregunta.

—El trabajo de lengua está matándome —le contesto.

—Sí. Mis notas están cayendo en picado —me dice.

—Sí —le digo.

Entonces suena el segundo timbre y prestamos atención al señor Applebaum.

 

Cuatro horas después, estoy en medio de la fila de los que salen de la clase de física cuando veo a Tiny pasar por delante de la ventana. Se para, gira teatralmente hacia la puerta y me espera.

—Hemos cortado —me dice con toda naturalidad.

—Eso me han dicho. Gracias por contármelo… después de habérselo contado a todo el mundo.

—Sí, bueno —me dice. La gente desfila a nuestro alrededor como si fuéramos un coágulo de sangre en la arteria del pasillo—. El ensayo acabará tarde… Luego haremos un repaso… Pero ¿quieres que vayamos a cenar después? ¿Al Hot Dog Palace, por ejemplo?

Lo considero un minuto, pienso en el mensaje sin enviar de mi carpeta de borradores, en el otro Will Grayson, en Tiny en el escenario diciéndome la verdad a mis espaldas, y contesto:

—Creo que no. Estoy harto de ser tu Plan B, Tiny.

Ni se inmuta, claro.

—Bueno, pues supongo que ya nos veremos en la obra.

—No sé si podré ir, pero sí, lo intentaré.

Me cuesta descifrar la expresión de Tiny, aunque creo que me fulmina. No sé exactamente por qué quiero que se sienta como una mierda, pero lo quiero.

 

Voy a buscar a Jane a su taquilla cuando llega por detrás.

—¿Puedo hablar contigo un minuto? —me pregunta.

—Puedes hablar conmigo miles de millones de minutos —le contesto sonriendo.

Nos metemos en una clase de español vacía. Coge una silla y se sienta con el respaldo de la silla a modo de escudo. Lleva una camiseta ajustada debajo del chaquetón, que ahora se quita y está fantástica, tanto que me pregunto en voz alta si no podemos hablar en casa.

—En tu casa me distraigo. —Arquea las cejas y sonríe, pero sé que está fingiendo —. Ayer dijiste que no es cierto que no salimos, y no es para tanto, sé que solo ha sido una semana, solo una semana, pero la verdad es que no quiero que no sea cierto que no salimos. Quiero salir contigo o no salir, y quiero pensar que a estas alturas estás capacitado para tomar al menos una decisión provisional al respecto, porque sé que yo lo estoy.

Baja los ojos un segundo, observo que tiene la raya del pelo torcida y respiro hondo para hablar, pero entonces me dice:

—Además, decidas lo que decidas, no voy a quedarme hecha polvo. No soy así. Solo creo que si no dices las cosas como son, a veces las cosas no llegan a ser, ya sabes, y…

Levanto el dedo, porque necesito oír lo que acaba de decir, pero habla demasiado deprisa para que pueda seguirla. Dejo la mano levantada, pensando «si no dices las cosas como son, no llegan a ser».

Apoyo las manos en sus hombros.

—Acabo de darme cuenta de una cosa. Me gustas muchísimo. Eres increíble y quiero salir contigo, por lo que acabas de decir, pero también porque esta camiseta hace que quiera llevarte a casa ahora mismo y hacer cosas que no pueden decirse mientras vemos vídeos de Sailor Moon. Pero… pero… pero tienes toda la razón en lo de llamar las cosas por su nombre. Creo que si dejas la caja demasiado tiempo cerrada, matas al gato. Y…, joder, espero que no te lo tomes como algo personal… pero quiero a mi mejor amigo más que a nadie en el mundo.

Ahora me mira fijamente, confundida.

—Lo quiero. Quiero a Tiny Cooper, joder.

—Bueno, vale. ¿Estás pidiéndome que sea tu novia o estás diciéndome que eres gay? —me pregunta.

—Lo primero. Que seas mi novia. Tengo que ir a buscar a Tiny.

Me levanto, le doy un beso en la raya torcida del pelo y echo a correr.

Saco el teléfono mientras cruzo corriendo el campo de fútbol y pulso el 1 en marcación rápida. No contesta, pero creo que sé adónde cree que voy a ir, así que voy.

En cuanto veo el parque a mi izquierda, reduzco un poco el paso y jadeo. Los hombros me arden debajo de las correas de la mochila. Todo depende de que Tiny esté en el banquillo, y es muy poco probable que esté, tres días antes del estreno, y mientras camino empiezo a sentirme un imbécil. Tiene el teléfono apagado porque está ensayando, y yo he corrido hasta aquí en lugar de ir al auditorio, lo que significa que ahora voy a tener que volver corriendo al auditorio, y mis pulmones no están preparados para un uso tan intensivo.

Reduzco todavía más el paso cuando llego al parque, en parte porque estoy sin aliento, y en parte porque, como no veo el banquillo, Tiny está y no está. Veo a una pareja caminando por el césped y sé que ellos pueden ver el banquillo, así que intento descubrir en sus ojos si ven a un gigante sentado en el banquillo del equipo visitante del campo de béisbol. Pero no veo nada en sus ojos. Solo los observo paseando de la mano.

Por fin veo el banquillo de madera. Y que me zurzan si no está sentado en medio.

Me acerco.

—¿No tienes ensayo general?

No dice nada hasta que me siento a su lado en el frío banco de madera.

—Necesitan hacer un repaso sin mí. Si no, se amotinarán. Haremos el ensayo general más tarde, esta noche.

—¿Y qué te ha traído a este banquillo?

—¿Recuerdas que cuando salí del armario, en lugar de decir «Tiny juega en el otro bando», solías decir «Tiny juega con los White Sox»?

—Sí. ¿Es homófobo? —le pregunto.

—No —me contesta—. Bueno, seguramente lo es, pero no me importaba. En fin, quiero pedirte perdón.

—¿Por qué?

Al parecer, he pronunciado las palabras mágicas, porque Tiny respira hondo antes de empezar a hablar, como si (qué raro) tuviera mucho que decir.

—Por no decirte a la cara lo que le dije a Gary. No voy a pedirte perdón por decirlo, porque es verdad. Tú y tus puñeteras reglas. Y es verdad que a veces no sabes decir que no, y tu papel de antirreina del drama tiene algo de reina del drama, y sé que soy difícil, pero tú también lo eres, y tu rollo de víctima ya está pasado de moda, y además eres muy egocéntrico.

—Le dijo la sartén al cazo. —Intento no enfadarme.

Tiny tiene un enorme talento para pinchar la burbuja de amor que sentía por él. Pienso que quizá por eso lo dejan sus novios.

—Sí. Es verdad. Es verdad. No digo que yo sea inocente. Lo que digo es que tú también eres culpable.

La pareja desaparece de mi vista. Y por fin estoy preparado para desterrar el temblor que al parecer Tiny considera debilidad. Me levanto para que me mire, y también yo lo miro, y por una vez soy más alto que él.

—Te quiero —le digo.

Inclina su gorda y encantadora cabeza como un cachorro confundido.

—Eres un mejor amigo horrible —le digo—. ¡Horrible! Me dejas tirado cada vez que tienes novio, y luego vuelves arrastrándote cuando te dejan. No me escuchas. Ni siquiera parece que te caiga bien. Te obsesionas con la obra y pasas totalmente de mí, menos para insultarme ante nuestro amigo a mis espaldas. Expones tu vida y a las personas que dices que te importan para que tu obrita consiga que la gente te quiera, que piense que eres increíble, muy liberado, que eres un gay maravilloso, pero ¿sabes qué? Ser gay no es excusa para ser gilipollas.

»Pero eres el número uno en mi marcación rápida, y quiero que sigas ahí, y lo siento, yo también soy un mejor amigo horrible, y te quiero.

Incorpora la cabeza.

—Grayson, ¿estás tirándome los tejos? Porque, bueno, no te lo tomes a mal, pero antes de enrollarme contigo me hago hetero.

—NO. No, no, no. No quiero follar contigo. Solo te quiero. ¿Desde cuándo la persona a la que te quieres follar es la única que cuenta? ¿Desde cuándo la persona a la que te quieres follar es la única a la que quieres? ¡Qué gilipollez, Tiny! Joder, ¿a quién cojones le importa el sexo? Parece que es lo más importante que hacemos los humanos, pero venga ya. ¿Cómo pueden nuestras putas vidas sensibles girar alrededor de algo que pueden hacer las babosas? Es decir, a quién quieres tirarte y si quieres tirarte a alguien. Supongo que son temas importantes. Pero no tanto. ¿Sabes lo que es importante? ¿Por quién estarías dispuesto a morir? ¿Por quién te levantas a las seis menos cuarto de la mañana aunque ni siquiera sepas por qué te necesita? ¿A quién elegirías?

Estoy gritando, gesticulo con los brazos, y no me doy cuenta de que Tiny está llorando hasta que me quedo sin preguntas importantes. Y entonces, en voz baja, en la voz más baja que he escuchado nunca a Tiny, me dice:

—Si escribieras una obra sobre alguien…

Y su voz se apaga.

Me siento a su lado y le paso el brazo por los hombros.

—¿Estás bien?

Tiny Cooper consigue contorsionarse para apoyar su enorme cabeza en mi estrecho hombro. Y llora. Al rato dice:

—Una semana muy larga. Un mes muy largo. Una vida muy larga.

Se recupera rápidamente y se seca los ojos con el cuello del polo que lleva debajo de un jersey a rayas.

—Cuando sales con alguien, tienes el camino marcado. Te besas, hablas, le dices te quiero, te sientas en un columpio y cortas. Puedes trazar los puntos en una gráfica. Y en el camino vas revisándolos con él. ¿Puedo hacer esto? Si digo esto, ¿me lo dirás también tú?

»Pero con los amigos no pasa lo mismo. Tener una relación es algo que eliges. Ser amigo de alguien es algo que eres.

Contemplo el campo un minuto. Tiny se sorbe la nariz.

—Yo te elegiría —le digo—. A la mierda. Te elijo. Quiero que dentro de veinte años vengas a mi casa con tu pareja y tus hijos adoptados, y quiero que nuestros putos hijos salgan juntos, y quiero beber vino y charlar de Oriente Medio o hacer lo que nos dé la gana hacer cuando seamos viejos. Llevamos demasiado tiempo siendo amigos para elegir, pero si pudiéramos elegir, te elegiría a ti.

—Sí, vale. Estás poniéndote un poco sentimentaloide, Grayson —me dice—. Me estoy asustando.

—Entendido.

—No vuelvas a decirme que me quieres.

—Pero te quiero. No me avergüenzo.

—En serio, Grayson, basta. Al final echaré la papa.

Me río.

—¿Puedo ayudar con la obra?

Tiny se mete la mano en el bolsillo, saca una hoja de libreta cuidadosamente doblada y me la tiende.

—Pensaba que nunca me lo preguntarías —me dice sonriendo.

Will (y en menor medida Jane):

Gracias por vuestro interés en ayudarme a preparar Abrázame fuerte. Os agradecería mucho que

estuvierais los dos en el backstage la noche del estreno para echar una mano en el cambio de vestuario y

tranquilizar en general a los actores (vale, digámoslo: a mí). Además, veréis perfectamente la obra.

El vestuario de Phil Wrayson está muy bien, pero sería todavía mejor si Gary pudiera ponerse algo de

Will Grayson.

Además, pensaba que tendría tiempo de preparar una lista de música para antes de la obra, en la que

las canciones pares fueran punk rock, y las impares, temas de musicales. La verdad es que no tendré

tiempo de hacerla. Sería fantástico que la hicierais vosotros.

Hacéis una pareja preciosa, fue un enorme placer juntaros y no guardo el menor resentimiento a

ninguno de los dos por no haberme dado las gracias por hacer posible vuestro amor.

Siempre…

Vuestro sincero alcahuete y servidor…

Trabajando solo y de nuevo soltero en un océano de dolor para llevar algo de luz a vuestras vidas…

TINY COOPER

 

Me río leyéndolo, y Tiny se ríe también y asiente, apreciando su propia genialidad.

—Siento lo del otro Will Grayson —le digo.

Su sonrisa se derrumba. Parece dirigir su respuesta más a mi tocayo que a mí.

—Nunca ha habido nadie como él.

Mientras lo dice, no le creo, pero luego exhala a través de los labios fruncidos, mira a la lejanía con ojos tristes y le creo.

—Creo que debería empezar con esto, ¿no? Gracias por invitarme al backstage.

Se levanta y empieza a asentir como hace a veces, una forma de asentir que me dice que está convenciéndose a sí mismo de algo.

—Sí, debería volver a sacar de quicio a los actores y al equipo con mi tiránica dirección.

—Pues nos vemos mañana —le digo.

—Y todos los días —me contesta dándome una palmada demasiado fuerte entre los omoplatos.