Will Grayson, Will Grayson

John Green · Capítulo 7 de 21

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Will Grayson, Will Grayson

Capítulo siete

 

Oigo el pitido electrónico, me giro y veo que entra un chico. Por supuesto, no le piden el carnet, y dado que está en la etapa de la pubertad en la que empieza a salir el bigote, es imposible que tenga dieciocho años. Bajito, ojos grandes, rubio y totalmente aterrorizado, tan asustado como seguramente lo habría estado yo si no hubiera cruzado esa puerta empujado por la conspiración anti-Will Grayson orquestada por A. Jane, B. Tiny, C. El tipo de los piercings del otro lado del mostrador, y D. Estar más perdido que un pulpo en un garaje.

Pero, en fin, el chico me mira con una intensidad que me resulta muy inquietante, sobre todo teniendo en cuenta que sostengo un ejemplar de Mano a Mano. Estoy seguro de que hay muchas y fantásticas maneras de indicar al menor de edad situado junto a una Gran Muralla de consoladores que en realidad no eres fan de Mano a Mano, pero la estrategia concreta que elijo es murmurar: «Es… es para un amigo». Lo que es verdad, pero A. Como excusa, no es convincente, B. Implica que soy un tío que hace amistad con tíos a los que les gusta Mano a Mano, y además implica que C. Soy un tío que compra revistas porno para sus amigos. Nada más haber dicho «Es para un amigo», caigo en la cuenta de que debería haber dicho: «Estoy aprendiendo español».

El chaval sigue mirándome fijamente, y al rato entrecierra los ojos. Le sostengo la mirada unos segundos, pero luego la desvío. Al final pasa por delante de mí hacia los pasillos de los vídeos. Me da la impresión de que está buscando algo concreto, pero que ese algo concreto no está relacionado con el sexo, en cuyo caso sospecho que no va a encontrarlo aquí. Deambula hacia el fondo de la tienda, donde hay una puerta abierta que creo que tiene algo que ver con las «fichas». Lo único que quiero ahora es salir zumbando de aquí con mi ejemplar de Mano a Mano, así que me acerco al tipo de los piercings y le digo:

—Solo esto, por favor.

Teclea en la caja registradora.

—Nueve con ochenta y tres —me dice.

—¿Nueve DÓLARES? —le pregunto incrédulo.

—Con ochenta y tres céntimos —añade.

Muevo la cabeza. La broma va a salirme muy cara, pero no me apetece volver al espeluznante expositor de revistas y buscar una ganga. Me meto la mano en el bolsillo y saco algo así como cuatro dólares. Suspiro, echo mano al bolsillo de atrás y le tiendo al tipo mi tarjeta de débito. Mis padres miran los extractos, pero pensarán que el Frenchy’s es una cafetería.

El tipo mira la tarjeta. Me mira a mí. Mira la tarjeta. Me mira a mí. Y justo antes de que diga algo, me doy cuenta: en mi tarjeta pone William Grayson. En mi carnet de conducir pone Ishmael J. Biafra.

El tipo dice en voz alta:

—William. Grayson. William. Grayson. ¿Dónde he visto antes este nombre? Ah, sí. En tu carnet de conducir NO.

Por un momento considero mis opciones, y al final le digo muy tranquilo:

—La tarjeta es mía. Me sé el pin. Pásala.

La pasa por la máquina y me dice:

—Me importa una mierda, chaval. Yo gano lo mismo.

Y en ese momento noto que el chico está detrás de mí, mirándome otra vez, y cuando me giro, dice:

—¿Qué has dicho?

Pero no me lo pregunta a mí, sino al tipo de los piercings.

—He dicho que su carnet me importa una mierda.

—¿No me has llamado?

—¿Qué coño estás diciendo, chaval?

—William Grayson. ¿Has dicho William Grayson? ¿Alguien ha llamado preguntando por mí?

—¿Cómo? No, chico. William Grayson es este —dice señalándome—. Bueno, supongo que hay dos versiones del tema, pero eso dice esta tarjeta.

El chico me mira un minuto confundido y al final me pregunta:

—¿Cómo te llamas?

Estoy de los nervios. El Frenchy’s no es un sitio para charlar. Así que me limito a decirle al de los piercings:

—¿Puedes darme la revista?

El de los piercings me la tiende en una bolsa de plástico negra sin letras y totalmente opaca, lo que le agradezco, y me da mi tarjeta y el tíquet. Cruzo la puerta, corro media manzana por la calle Clark y luego me siento en el bordillo y espero a que se me desacelere el pulso.

Y está empezando a desacelerarse cuando el peregrino menor de edad del Frenchy’s llega corriendo.

—¿Quién eres? —me pregunta.

Me levanto.

—Soy Will Grayson —le contesto.

—¿W-I-L-L G-R-A-Y-S-O-N? —dice deletreándolo increíblemente deprisa.

—Pues sí —le digo—. ¿Por qué lo preguntas?

El chico me mira un segundo con expresión de que estoy tomándole el pelo.

—Porque yo también me llamo Will Grayson —me dice por fin.

—No me jodas —digo.

—Te jodo —responde el chico.

No estoy seguro de si es paranoico, esquizofrénico o las dos cosas, pero en ese momento se saca del bolsillo trasero una cartera de cinta adhesiva y me muestra un carnet de conducir de Illinois. Al menos nuestro segundo nombre no es el mismo, pero… sí.

—Bueno —le digo—, encantado de conocerte.

Y empiezo a girarme porque no tengo nada en contra del chico, pero no me apetece ponerme a charlar con un tipo que anda por sex shops, aunque, en sentido estricto, yo también soy un tipo que anda por sex shops. Pero me toca el brazo y parece demasiado bajito para ser peligroso, así que vuelvo a girarme.

—¿Conoces a Isaac? —me pregunta.

—¿A quién?

—Isaac.

—No conozco a ningún Isaac, tío —le digo.

—Se suponía que tenía que encontrarme con él en la tienda, pero no está. La verdad es que no te pareces a él, pero pensaba… No sé lo que pensaba. ¿Cómo…? ¿Qué cojones está pasando?

El chico mira a su alrededor, como buscando una cámara o algo así.

—¿Te ha metido Isaac en esto?

—Ya te lo he dicho, tío. No conozco a ningún Isaac.

Vuelve a girarse, pero detrás de él no hay nadie. Levanta los brazos.

—Ahora mismo estoy flipando —dice.

—Ha sido un día un poco loco para todos los Will Grayson —le digo.

Mueve la cabeza, se sienta en el bordillo y me siento con él porque no tengo nada mejor que hacer. Me mira, desvía la mirada y vuelve a mirarme. Y luego se pellizca el brazo.

—Claro que no. No puedo estar soñando estas cosas.

—Ya —le digo.

No tengo claro si quiere que hable con él, ni tengo claro si quiero hablar con él, pero un minuto después le digo:

—¿De qué conoces a ese Isaac que había quedado contigo en el sex shop?

—Es… es un amigo. Nos conocimos por internet hace tiempo.

—¿Por internet?

Will Grayson se encoge todavía más, por difícil que parezca. Encorva los hombros y mira fijamente la alcantarilla. Sé que hay otros Will Grayson, claro. He buscado mi nombre en Google muchas veces. Pero nunca pensé que vería a uno.

—Sí —me contesta por fin.

—Nunca has visto a ese tío físicamente —le digo.

—No —me dice—, pero lo he visto en miles de fotos.

—Es un tío de cincuenta años —le respondo con toda naturalidad—. Es un pervertido. De Will a Will: es imposible que ese Isaac sea quien crees que es.

—Seguramente solo… No sé, quizá ha conocido a otro puto Isaac en el autobús y se ha quedado atrapado en Mundo Bizarro.

—¿Por qué coño iba a pedirte que fueras al Frenchy’s?

—Buena pregunta. ¿Por qué iría alguien a un sex shop? —me pregunta sonriendo.

—Tienes razón —le digo—. Sí, es verdad. Pero puedo explicarlo.

Espero un segundo a que Will Grayson me pida que se lo explique, pero, como no lo hace, empiezo a contárselo igualmente. Le cuento lo de Jane, Tiny Cooper, Maybe Dead Cats, «Annus Miribalis», la combinación de la taquilla de Jane y el dependiente de la copistería que no sabía sumar, y eludo un par de carcajadas suyas mientras se lo cuento, aunque básicamente no deja de mirar hacia el Frenchy’s, esperando a Isaac. Su cara pasa de la esperanza al cabreo. La verdad es que me presta muy poca atención, y es perfecto, porque estoy contándole mi historia por contarla, hablando con un extraño porque es la única conversación segura que puedo mantener, y durante todo el tiempo sujeto el móvil dentro del bolsillo, porque quiero asegurarme de que notaré la vibración si me llama alguien.

Entonces me habla de Isaac, de que hace un año que son amigos y de que siempre ha querido verlo, porque en la urbanización en la que vive no hay nadie como él, y no tardo en entender que a Will Grayson le gusta Isaac, y no solo de forma platónica.

—Bueno, ¿qué pervertido de cincuenta años haría algo así? —dice Will—. ¿Qué pervertido se pega un año de su vida hablando conmigo, contándome todos los detalles de su falso yo, mientras yo le cuento todo de mi yo real? Y si era un pervertido de cincuenta años, ¿por qué no ha aparecido en el Frenchy’s para violarme y asesinarme? Incluso en esta noche de cosas imposibles, es totalmente imposible.

Le doy vueltas un segundo.

—No sé —digo por fin—. La gente es muy rara, por si no te habías dado cuenta.

—Sí.

Ya no se gira hacia el Frenchy’s. Solo mira hacia delante. Lo veo con el rabillo del ojo, y estoy seguro de que él me mira a mí con el rabillo del ojo, pero no estamos todo el rato mirándonos el uno al otro, miramos los dos el mismo punto de la calle mientras los coches pasan rugiendo y mi cerebro intenta entender todas las imposibilidades, todas las coincidencias que me han traído hasta aquí, todas las cosas verdaderas y falsas. Nos quedamos un rato callados, tanto rato que me saco el teléfono del bolsillo, lo miro para confirmar que nadie me ha llamado, vuelvo a guardarlo y al final noto que Will desvía los ojos de la calle, me mira y dice:

—¿Qué sentido crees que tiene?

—¿El qué? —le pregunto.

—No hay tantos Will Grayson —me dice—. Tiene que tener algún sentido que un Will Grayson conozca a otro Will Grayson en un sex shop al que ninguno de los dos va.

—¿Quieres decir que Dios ha hecho coincidir en el Frenchy’s a dos Will Grayson menores de edad de los alrededores de Chicago?

—No, gilipollas —me contesta—, pero, bueno, algún sentido tiene que tener.

—Sí —le digo—. Cuesta creer en la casualidad, pero todavía cuesta más creer en otra cosa.

Y en ese momento el teléfono despierta en mi mano y, mientras me lo estoy sacando del bolsillo, empieza a sonar el teléfono de Will Grayson.

Son demasiadas coincidencias, incluso para mí.

—Joder, es Maura —murmura.

Como si yo supiera quién es Maura. Se queda mirando el teléfono, como si no supiera si contestar o no. Mi llamada es de Tiny. Antes de abrir el teléfono le digo a Will:

—Es mi amigo Tiny.

Y miro a Will, al mono y confundido Will.

Abro el teléfono.

—¡Grayson! —grita Tiny por encima del barullo de la música—. ¡Me encanta este grupo! Nos quedaremos un par de canciones más y luego saldré a buscarte. ¿Dónde estás, cariño? ¿Dónde está mi pequeño Grayson?

—Estoy al otro lado de la calle —le grito también yo—. Y más te vale arrodillarte y dar gracias a Dios, porque Tiny, tío, tengo a un chico para ti.