Will Grayson, Will Grayson
Capítulo trece
Me despierta el sonido de la alarma del reloj, que resuena rítmicamente y con tanta intensidad que parece una sirena antiaérea gritándome con tal ferocidad que hiere mis sentimientos. Me doy media vuelta en la cama y miro entre la oscuridad: las 5.43 de la mañana. Mi alarma no suena hasta las 6.37.
Y entonces me doy cuenta: lo que oigo no es mi alarma. Es el claxon de un coche, que suena como una terrible sirena anunciando la fatalidad por las calles de Evanston. A estas horas no se oyen cláxones, no con tanta insistencia. Debe de ser una emergencia.
Salto de la cama, me pongo unos vaqueros y corro hacia la puerta de la calle. Me tranquiliza ver a mi madre y a mi padre vivos, corriendo hacia la entrada.
—Pero ¿qué pasa? —pregunto.
Mi madre se encoge de hombros, y mi padre dice:
—¿Es el claxon de un coche?
Me dirijo a la puerta y miro por el cristal lateral.
Tiny Cooper está aparcado delante de mi casa y toca el claxon metódicamente.
Salgo corriendo, y solo al verme deja de tocar el claxon. Baja la ventanilla del asiento del copiloto.
—Joder, Tiny. Vas a despertar a todo el vecindario.
Veo una lata de Red Bull dando vueltas en su enorme mano temblorosa. La otra mano sigue pegada al claxon, lista para pitar en cualquier momento.
—Tenemos que irnos —me dice atropelladamente—. Tenemos que irnos ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya.
—¿Qué te pasa?
—Tenemos que ir al instituto. Luego te lo explico. Sube al coche.
Está tan frenéticamente serio, y yo estoy tan cansado que ni me planteo llevarle la contraria. Entro corriendo en casa, me pongo unos calcetines y unos zapatos, me lavo los dientes, digo a mis padres que voy a clase más temprano y subo al coche de Tiny.
—Cinco cosas, Grayson —me dice mientras arranca el coche y se pone en marcha sin soltar siquiera la lata de Red Bull.
—¿Qué? ¿Tiny, qué pasa?
—No pasa nada. Todo va bien. Las cosas no podrían ir mejor. Podrían ser menos agotadoras. Podrían dar menos trabajo. Podrían tener menos cafeína. Pero no podrían ir mejor.
—Tío, ¿te has metido algo?
—No, me he metido Red Bull.
Me pasa el Red Bull, que huelo para descubrir si lo ha mezclado con algo.
—Y café —añade—. Pero escucha, Grayson. Cinco cosas.
—No puedo creer que hayas despertado a todo mi vecindario a las cinco y cuarenta y tres porque sí.
—En realidad —dice con un volumen más alto del estrictamente necesario a estas horas—, te he despertado por cinco razones, y es lo que intento decirte, pero no dejas de interrumpirme, cosa más propia de Tiny Cooper que de ti.
Conozco a Tiny desde que era un alumno de quinto, enorme y muy gay. Lo he visto borracho y sobrio, hambriento y harto de comer, gritando y gritando más, enamorado y nostálgico. Lo he visto en buenos y en malos momentos, enfermo y sano. Y en todos estos años jamás se había pitorreado de sí mismo. No puedo evitar pensar: quizá Tiny Cooper debería ponerse ciego a cafeína más a menudo.
—Vale, ¿qué cinco cosas? —le pregunto.
—Una, cerré el casting ayer hacia las once, mientras hablaba con Will Grayson por Skype. Me ayudó. Imité a todos los preseleccionados y me ayudó a decidir quién era el menos horrible.
—El otro Will Grayson —le corrijo.
—Dos —continúa, como si no me hubiera oído—. Poco después Will se fue a dormir. Y yo me puse a pensar en mí, en fin, ya hace ocho días que lo conocí y jamás en la vida me ha gustado alguien a quien yo gustara durante ocho días, sin contar mi relación con Bethany Keene en tercero, que obviamente no cuenta porque es una chica.
»Tres, pensaba estas cosas tumbado en la cama, mirando el techo, y veía las estrellas que pegamos cuando íbamos a sexto. ¿Te acuerdas? Las estrellas que brillan en la oscuridad, el cometa y todo eso.
Asiento, pero no me mira, aunque hemos parado en un semáforo.
—Bueno —sigue diciendo—, miraba las estrellas, que empezaban a apagarse, porque hacía ya unos minutos que había apagado la luz, y entonces tuve una cegadora revelación trascendental. ¿De qué trata Tiny Dancer? Quiero decir que cuál es el tema, Grayson. Tú la has leído.
Doy por sentado que, como siempre, sus preguntas son retóricas, así que no digo nada para que siga con su perorata, porque, aunque me duela admitirlo, Tiny perorando tiene algo de portentoso, especialmente en una calle silenciosa cuando todavía estoy medio dormido. Hay algo remotamente placentero en el mero hecho de que hable, aunque preferiría que no fuera así. Tiene que ver con su voz, no con su tono, ni con su dicción de ametralladora cafeinada, sino con su voz…, su familiaridad, supongo, pero también con el hecho de que sea incansable.
Pero, como se pasa un rato sin decir nada, me doy cuenta de que de verdad quiere que conteste. No sé lo que quiere oír, así que al final le digo la verdad.
—Tiny Dancer trata de Tiny Cooper —le digo.
—¡Exacto! —grita golpeando el volante—. Y ningún gran musical trata de una persona, la verdad. Ese es el problema. Es el problema de la obra. No trata de la tolerancia, de la comprensión, del amor o de lo que sea. Trata de mí. Y no tengo nada en contra de mí. En fin, soy un tío fabuloso, ¿verdad?
—Eres un pilar de fabulosidad para la sociedad —le digo.
—Sí, exacto —me contesta.
Sonríe, pero me cuesta entender hasta qué punto está de broma. Ya estamos entrando en el instituto, que está totalmente muerto, sin un solo coche en el aparcamiento de los profesores. Aparca en su plaza habitual, coge su mochila del asiento trasero, sale y empieza a cruzar el desolado aparcamiento. Lo sigo.
—Cuatro —dice—. Pese a mi enorme y terrible fabulosidad, me di cuenta de que la obra no puede tratar de mí. Tiene que tratar de algo todavía más fabuloso que yo: el amor. El policromático y esplendoroso manto del amor y sus infinitas grandezas. Por eso tenía que revisarla. Y cambiarle el título. Y por eso no he dormido en toda la noche. He estado escribiendo como un loco, escribiendo un musical titulado Abrázame más fuerte. Necesitaremos más decorados de los que pensaba. Y más voces en el coro. El coro debe ser una puta muralla cantando, ¿entiendes?
—Claro, bien. ¿La quinta?
—Ah, vale.
Se descuelga la mochila de un hombro y se la traslada al pecho. Abre el bolsillo delantero, mete la mano y saca una rosa hecha con cinta adhesiva verde. Me la ofrece.
—Cuando me estreso —explica Tiny—, me dedico a las manualidades. Vale. Vale. Me voy al auditorio a empezar a preparar algunas escenas y ver cómo quedan en el escenario.
Me detengo.
—¿Puedo ayudarte?
Niega con la cabeza.
—No te ofendas, Grayson, pero ¿qué experiencia tienes en el teatro?
Se aleja de mí, intento quedarme donde estoy, pero al final lo sigo por la escalera del instituto, porque hay una pregunta que me quema.
—¿Y por qué coño me has despertado a las cinco y cuarenta y tres de la mañana?
Se da media vuelta. Es imposible no sentir la inmensidad de Tiny frente a mí, con los hombros hacia atrás, tapando casi todo el instituto con su cuerpo, que no deja de temblar ligeramente. Abre los ojos de forma exagerada, como si fuera un zombi.
—Bueno, necesitaba contárselo a alguien —me dice.
Lo pienso un minuto y luego lo sigo hasta el auditorio. Durante la hora siguiente observo a Tiny corriendo por el teatro como un lunático rabioso, murmurando para sí mismo. Pega cinta en el suelo para marcar sus escenarios imaginarios. Hace piruetas por el escenario tarareando letras de canciones a toda velocidad. Y de vez en cuando grita: «¡No trata de Tiny! ¡Trata del amor!».
Entonces empieza a entrar gente para la primera clase de teatro, así que Tiny y yo nos vamos a cálculo, Tiny hace el milagro del gigante metiéndose en el pequeño pupitre, yo me sorprendo, como siempre, el instituto es aburrido, y en la comida me siento con Gary, Nick y Tiny, y Tiny habla de su cegadora revelación trascendental de una manera que (sin tener nada en contra de Tiny) implica que quizá no haya terminado de interiorizar la idea de que la tierra no gira alrededor del eje de Tiny Cooper.
—Oye, ¿dónde está Jane? —le pregunto a Gary.
—Enferma —me contesta Gary.
—Enferma en plan voy a pasar el día con mi novio en el jardín botánico —añade Nick.
Gary le lanza una mirada desaprobadora.
Tiny cambia rápidamente de tema, y durante el resto de la comida intento reírme en los momentos oportunos, pero no los escucho.
Sé que está saliendo con el Gilipollas McWaterpolo, y sé que, cuando sales con alguien, a veces haces idioteces como ir a jardines botánicos, pero, a pesar de que saberlo debería protegerme, me siento como una mierda el resto del día. «Un día de estos —me digo a mí mismo— aprenderás a callarte de verdad y a no dar importancia». Y hasta entonces… Bueno, hasta entonces seguiré respirando hondo, porque parece que se me corta la respiración. Aunque intento no llorar, sin duda me siento mucho peor que cuando acabó Todos los perros van al cielo.
Llamo a Tiny después de clase, pero me salta el contestador, de modo que le mando un mensaje: «El Will Grayson Original solicita el placer de una llamada cuando te sea posible». No me llama hasta las 21.30. Estoy en el sofá, viendo una estúpida comedia romántica con mis padres. La mesita está llena de platos de comida china para llevar que hemos servido en platos de verdad para que pareciera comida casera. Mi padre está quedándose dormido, como siempre que no está trabajando. Mi madre está sentada más cerca de mí de lo que parece necesario.
Mientras veo la película, no puedo dejar de pensar que me gustaría estar en el ridículo jardín botánico con Jane. Simplemente paseando, ella con su sudadera con capucha, yo haciendo bromas sobre los nombres latinos de las plantas, ella diciendo que Ficaria verna sería un buen nombre para un grupo de hip-hop nerdcore que solo rapeara en latín, y cosas así. De hecho, me imagino toda la puñetera escena y casi me desespero lo bastante como para contarle a mi madre la situación, pero eso supondría que se pasaría entre siete días y diez años preguntándome por Jane. Mis padres se enteran de tan pocas cosas sobre mi vida privada, que en cuanto tropiezan con un dato, se aferran a él durante siglos. Ojalá se les diera mejor ocultar que les gustaría que tuviera toneladas de amigos y novias.
En fin, que Tiny me llama, le digo hola, me levanto, voy a mi habitación y cierro la puerta, y como en todo ese tiempo Tiny no dice nada, le digo:
—¿Hola?
—Sí, hola —me dice distraído.
Oigo que teclea.
—Tiny, ¿estás escribiendo?
Tarda un momento en contestarme.
—Espera. Déjame terminar la frase.
—Tiny, me has llamado tú.
Silencio. Teclea. Y luego:
—Sí, lo sé. Pero… tengo que cambiar la última canción. No puede tratar de mí. Tiene que tratar del amor.
—Ojalá no la hubiera besado. El tema de su novio me carcome el cerebro.
Me quedo un momento en silencio, y por fin dice:
—Perdona. Acabo de recibir un mensaje de Will. Me cuenta que ha comido con su nuevo amigo gay. Sé que no es una cita, porque ha sido en la cafetería del instituto, pero bueno. Gideon. Suena sexy. Pero es impresionante que Will haya salido del armario. Ha salido del armario ante todo el mundo. Te juro por Dios que creo que ha escrito al presidente de Estados Unidos diciéndole: «Querido señor presidente: soy gay. Atentamente, Will Grayson». Es bonito que te cagas, Grayson.
—¿Has oído lo que te he dicho?
—Te comes la olla con Jane y su novio —me contesta sin interés.
—Tiny, te juro que a veces… —Me impido a mí mismo decir algo patético y vuelvo a empezar—. ¿Quieres que hagamos algo mañana después de clase? ¿Dardos o algo en tu casa?
—Ensayo, reescribir, hablar con Will por teléfono y a la cama. Puedes venir al ensayo si quieres.
—No —le digo—. Está bien.
Cuelgo e intento leer Hamlet un rato, pero no lo entiendo del todo y tengo que mirar cada dos por tres el margen derecho, donde están las definiciones de las palabras, lo que hace que me sienta idiota.
No tan inteligente. No tan guapo. No tan majo. No tan divertido. Ese soy yo: no tan.
Me tumbo encima de la colcha, vestido, con el libro todavía en el pecho, con los ojos cerrados y la mente a toda pastilla. Pienso en Tiny. El comentario patético que quería hacerle por teléfono, y que no le hice, era: de niño tienes algo. Quizá una manta, un peluche o lo que sea. En mi caso era un perrito de las praderas de peluche que me regalaron en Navidades cuando tenía tres años. Ni siquiera sé de dónde sacaron un perrito de las praderas de peluche, pero da igual, se sentaba en sus patas traseras y lo llamaba Marvin, y arrastré a Marvin por las orejas hasta que tuve unos diez años.
Y llegó un momento en que, sin tener nada personal contra Marvin, empezó a pasar más tiempo en el armario, con mis demás juguetes, y luego más, hasta que al final Marvin se convirtió en un habitante del armario a jornada completa.
Pero durante muchos años, a veces sacaba a Marvin del armario y pasaba un rato con él… No por mí, sino por Marvin. Sabía que era una locura, pero lo hacía.
Y lo que quería decirle a Tiny es que a veces me siento como su Marvin.
Recuerdo momentos que hemos pasado juntos. Tiny y yo en el gimnasio hace unos años. Como la empresa de ropa de deportes no hacía pantalones cortos de su talla, parecía que llevaba un bañador muy ceñido. Tiny dominando el balón de fútbol americano pese a su tamaño, y dejándome siempre acabar segundo gracias a que me metía en su sombra y no me pasaba el balón hasta el final. Tiny y yo en el desfile del orgullo gay de Boys Town, en noveno curso, él diciéndome «Grayson, soy gay», y yo «¿De verdad? ¿El cielo es azul? ¿El sol sale por el este? ¿El papa es católico?», y él «¿Tiny Cooper es fantástico? ¿Los pájaros lloran de belleza cuando oyen cantar a Tiny Cooper?».
Pienso en cuánto dependes de tu mejor amigo. Cuando te despiertas por la mañana, sacas las piernas de la cama, pones los pies en el suelo y te levantas. No te acercas al borde de la cama y miras hacia abajo para asegurarte de que el suelo está ahí. El suelo siempre está ahí. Hasta que deja de estar.
Es absurdo culpar al otro Will Grayson de algo que ya pasaba antes de que el otro Will Grayson existiera. Pero aun así.
Aun así pienso en él, pienso en sus ojos, que no pestañeaban, en el Frenchy’s, esperando a alguien que no existía. En mi memoria, sus ojos se agrandan cada vez más, casi como si fuera un personaje manga. Y luego pienso en ese tipo, Isaac, que era una chica. Pero las cosas que se dijeron y que hicieron que Will fuera al Frenchy’s a conocer a ese tipo se dijeron. Eran reales.
De repente cojo el móvil de la mesita de noche y llamo a Jane. Contestador automático. Miro el reloj del teléfono: las 21.42. Llamo a Gary. Contesta al quinto tono.
—¿Will?
—Hola, Gary. ¿Sabes la dirección de Jane?
—Pues sí.
—¿Puedes dármela?
Se queda un momento callado.
—¿Vas a acosarla, Will?
—No, te lo juro. Tengo una pregunta de ciencias —le digo.
—¿Tienes una pregunta de ciencias un martes a las nueve y cuarenta y dos de la noche?
—Exacto.
—Wesley, 1712.
—¿Y dónde está su habitación?
—Tío, tengo que decirte que ahora mismo mi acosómetro está llegando a la zona en rojo. —Espero en silencio, y al final me dice—: Si te colocas frente a la casa, delante y a la izquierda.
—Genial, gracias.
De camino a la puerta, cojo las llaves del mostrador de la cocina. Mi padre me pregunta adónde voy e intento salir del paso diciéndole que voy a salir, pero el resultado es que quita el volumen a la tele. Se acerca a mí, como si quisiera recordarme que es un poco más alto que yo, y me pregunta muy serio:
—¿Salir con quién y adónde?
—Tiny quiere que le ayude con su estúpida obra.
—En casa a las once —dice mi madre desde el sofá.
—Vale.
Cruzo la calle hacia el coche. Veo el vaho que me sale de la boca, pero solo siento frío en las manos, porque no llevo guantes. Me quedo de pie fuera del coche un segundo, mirando el cielo, la luz anaranjada avanzando desde la ciudad hacia el sur, los árboles sin hojas de la acera silenciosos en la brisa. Abro la puerta, que rompe el silencio, y recorro los dos kilómetros hasta la casa de Jane. Encuentro sitio para aparcar a media manzana y retrocedo andando por la calle hasta una casa vieja de dos plantas con un gran porche. Estas casas no son baratas. En la habitación de la izquierda hay luz, pero en cuanto llego no quiero saltar. ¿Y si está cambiándose? ¿Y si está tumbada en la cama y ve la cara espeluznante de un tío pegada al cristal? ¿Y si está enrollándose con Randall McZorra Chillona? Así que le mando un mensaje: «Tómatelo de la forma menos acosadora posible: Estoy delante de tu casa». Son las 21.47. Pienso que esperaré hasta que el reloj llegue a las 21.50 y me marcharé. Me meto una mano en el bolsillo y sujeto el móvil con la otra, pulsando el botón del volumen cada vez que la pantalla se queda en blanco. Han pasado ya al menos diez segundos de las 21.49 cuando se abre la puerta de la calle y Jane asoma la cabeza.
Levanto un poco la mano, ni siquiera a la altura de la cabeza. Jane se lleva un dedo a los labios, sale de la casa de puntillas, teatralmente, y cierra la puerta muy despacio. Baja los escalones del porche, y a la luz del porche veo que lleva la misma sudadera verde con capucha, pero ahora con un pantalón de pijama rojo de franela y calcetines. Sin zapatos.
Se acerca a mí y me susurra:
—Es un placer ligeramente espeluznante verte.
—Tengo una pregunta de ciencias —le digo.
Sonríe y asiente.
—Claro. Te preguntas cómo es científicamente posible que me prestes tanta atención ahora que tengo novio, cuando antes no te interesaba lo más mínimo. Desgraciadamente, la ciencia se queda perpleja ante los misterios de la psicología masculina.
Pero sí tengo una pregunta de ciencias… sobre Tiny y yo, y sobre ella, y sobre gatos.
—¿Puedes explicarme lo del gato de Schrödinger?
—Venga ya —me dice.
Me agarra del abrigo y me arrastra a la acera. Voy detrás de ella sin decir nada, y ella murmura:
—Dios, Dios, Dios, Dios, Dios, Dios, Dios.
—¿Qué problema tienes? —le pregunto.
—Tú. Tú, Grayson. Tú eres mi problema —me contesta.
—¿Qué? —le digo.
—Ya lo sabes —me dice.
—No, no lo sé —le digo.
Y todavía andando, sin mirarme, me dice:
—Seguramente hay chicas a las que no les gusta que un martes por la noche se presente un tío en su casa preguntándoles por Edwin Schrödinger. Estoy segura de que esas chicas existen. Pero no viven en mi casa.
Pasamos por cinco o seis casas hasta llegar cerca de donde he aparcado el coche, se gira hacia una casa con un cartel de EN VENTA y sube la escalera hasta un balancín. Se sienta y da un golpe a su lado para que me siente también yo.
—¿No vive nadie aquí? —le pregunto.
—No. Lleva un año en venta.
—Seguramente te has enrollado con el gilipollas en este balancín.
—Seguramente —me contesta—. Schrödinger estaba haciendo un experimento. Bien, pues resulta que se publicó un artículo diciendo que si un electrón puede estar en cuatro sitios diferentes, de alguna manera está en los cuatro a la vez hasta el momento en que alguien determine en cuál de los cuatro está. ¿Tiene sentido?
—No —le digo.
Como lleva calcetines cortos blancos, le veo el tobillo cada vez que estira el pie para mover el balancín.
—Exacto, no tiene ningún sentido. Es raro que alucinas. Entonces Schrödinger intenta mostrarlo. Dice: mete un gato en una caja con algo radiactivo que pueda o no, dependiendo de la localización de sus partículas subatómicas, hacer que un detector de radiación active un dispositivo que suelte veneno en la caja y mate al gato. ¿Lo entiendes?
—Creo que sí —le digo.
—Pues según la teoría de que los electrones están en todas las posiciones posibles hasta que los miden, el gato está tanto vivo como muerto hasta que abramos la caja y descubramos si está vivo o muerto. No estaba defendiendo matar a los gatos ni nada por el estilo. Solo decía que parecía poco probable que el gato pudiera estar vivo y muerto a la vez.
Pero a mí no me parece tan poco probable. Me parece que todo lo que metemos en cajas está tanto vivo como muerto hasta que abrimos la caja, que lo que no vemos está y no está a la vez. Quizá por eso no puedo dejar de pensar en los grandes ojos del otro Will Grayson en el Frenchy’s, porque acababa de hacer que el gato muerto y vivo estuviera muerto. Me doy cuenta de que por eso nunca me he puesto en situación de necesitar de verdad a Tiny, y por eso seguí las reglas en lugar de besar a Jane cuando estaba disponible: elegí la caja cerrada.
—Vale —le digo sin mirarla—. Creo que lo entiendo.
—Bueno, en realidad eso no es todo. Resulta que es algo más complicado.
—Creo que no soy lo bastante inteligente para enfrentarme a algo más complicado —le digo.
—No te subestimes —me contesta Jane.
El balancín cruje mientras intento entenderlo. La miro.
—Al final descubrieron que dejar la caja cerrada no mantiene al gato vivo y muerto. Aunque tú no observes al gato en el estado en el que esté, el aire de la caja sí lo observa. Dejar la caja cerrada solo te deja en la oscuridad a ti, no al universo.
—Entendido —le digo—. Pero no lograr abrir la caja no mata al gato.
Ya no estamos hablando de física.
—No —me dice—. El gato ya estaba muerto… o vivo, según el caso.
—Bueno, el gato tiene novio —le digo.
—Quizá al físico le gusta que el gato tenga novio.
—Es posible —le digo.
—Amigos —dice Jane.
—Amigos —le digo.
En eso estamos de acuerdo.