Will Grayson, Will Grayson

John Green · Capítulo 19 de 21

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Will Grayson, Will Grayson

Capítulo diecinueve

 

Jane y yo pasamos las horas previas a la noche del estreno elaborando la lista perfecta de canciones para antes de la obra, que incluye (como se nos ha pedido) canciones impares de punk pop y canciones pares de musicales. «Annus Miribalis» hace acto de presencia, e incluimos también la canción más punk de los decididamente no-punks Neutral Milk Hotel. En cuanto a las canciones de musicales, elegimos nueve versiones muy diferentes de «Over the Rainbow», incluida una reggae.

Cuando hemos acabado de decidir y descargar los temas, Jane se va a su casa a cambiarse. Estoy impaciente por llegar al auditorio, pero creo que Tiny no se merece que me presente con vaqueros y una camiseta de Willy the Wildkit al evento más importante de su vida. Así que me pongo una americana de mi padre encima de la camiseta, me arreglo el pelo y creo que estoy listo.

Espero en casa hasta que mi madre aparca, le quito las llaves antes de que haya abierto del todo la puerta y me dirijo al instituto.

 

Entro en el auditorio casi vacío (todavía falta más de una hora para que se abra el telón) y me encuentro con Gary, que lleva el pelo más claro, más corto y alborotado, como yo. También lleva ropa mía, que le pasé ayer: unos pantalones caqui, una camisa a cuadros de manga corta que me encanta y mis Converse negras. El efecto general sería surrealista si no fuera porque la ropa está ridículamente arrugada.

—¿Qué pasa, que Tiny no ha encontrado una plancha? —le pregunto.

—Grayson —me dice Gary—, mírate los pantalones, tío.

Los miro. Ay. No sabía que los vaqueros pueden arrugarse. Me pasa un brazo por los hombros y me dice:

—Siempre había pensado que era parte de tu look.

—Ahora lo es —le contesto—. ¿Cómo va? ¿Estás nervioso?

—Un poco, aunque no tanto como Tiny. Por cierto, ¿podrías ir a…, bueno, echarle una mano? Esto —dice señalando su ropa— era para el ensayo general. Tengo que ponerme el traje de los White Sox.

—Eso está hecho —le digo—. ¿Dónde está?

—En el baño del backstage —me responde Gary.

Le doy el CD para antes de la obra, corro por el pasillo y me meto por debajo del grueso telón rojo. Me encuentro con un grupo de técnicos y actores en diversas fases de vestuario, y por una vez están callados, maquillándose unos a otros. Todos los actores llevan el traje de los White Sox, con botas de béisbol y calcetines largos por encima de los pantalones ajustados. Saludo a Ethan, el único al que realmente conozco, y estoy a punto de buscar el baño cuando veo el escenario. Es un banquillo de un campo de béisbol que parece real, lo que me sorprende.

—¿Este es el decorado para toda la obra? —le pregunto a Ethan.

—No, joder —me contesta—. Hay uno para cada acto.

Oigo a lo lejos un rugido atronador seguido de una horrible serie de chapoteos, y lo primero que pienso es: «Tiny Cooper ha incluido un elefante en la obra y el elefante acaba de vomitar», pero no tardo en darme cuenta de que el elefante es Tiny.

Aunque no me parece la mejor idea, sigo el sonido hasta un baño y enseguida vuelve a suceder. Veo sus pies asomando por debajo de la puerta del urinario.

—Tiny —le digo.

—BLLLAAARRRGGGH —me contesta.

Y aspira una desesperada y ruidosa bocanada de aire antes de seguir vomitando. Huele que apesta, pero doy un paso adelante y empujo la puerta para abrirla un poco. Tiny, con el traje de los Sox más grande del mundo, está abrazado a la taza del váter.

—¿Nervioso o enfermo? —le pregunto.

—BLLLLLLAAAAAAOOO.

No puede uno evitar que le sorprenda el enorme volumen de lo que sale de la boca abierta de Tiny. Veo algo de lechuga, y ojalá no lo hubiera visto, porque empiezo a preguntarme: ¿tacos?, ¿sándwich de pavo? Empiezo a sentir que podría unirme a él.

—Bien, colega, sácalo todo y te sentirás mejor.

Nick irrumpe en el baño quejándose:

—Qué peste, qué peste. —Y añade—: ¡No te jodas el pelo, Cooper! No metas la cabeza en el váter. ¡Hemos tardado horas en peinarte!

Tiny escupe, tose un poco y grazna:

—Mi garganta. En carne viva.

Nos damos cuenta a la vez: la voz principal de la obra está destrozada.

Lo cojo por una axila, Nick lo coge por la otra, lo levantamos y lo sacamos. Tiro de la cadena procurando no mirar el indescriptible horror del váter.

—¿Qué has comido?

—Un burrito de pollo y otro de carne del Burrito Palace —me contesta. Su voz suena muy rara y lo sabe, así que intenta cantar—. Qué es una segunda base para… mierda, mierda, mierda, mierda, mierda. Me he destrozado la voz. Mierda.

Con Nick todavía debajo de un brazo de Tiny, y yo debajo del otro, volvemos con el equipo.

—¡Gente, traedme ahora mismo un té caliente con mucha miel y un Pepto-Bismol! —grito.

Jane, que lleva una camiseta blanca de hombre con cuello de pico y las palabras «Estoy con Phil Wrayson» escritas con rotulador indeleble, echa a correr.

—Voy yo —dice—. Tiny, ¿necesitas algo más?

Tiny levanta una mano para que nos callemos.

—¿Qué es eso? —gruñe.

—¿Qué es qué? —le pregunto.

—Ese ruido. A lo lejos. Es… es… Mierda, Grayson, ¿has metido «Over the Rainbow» en el CD?

—Pues sí —le contesto—. Muchas veces.

—¡TINY COOPER ODIA «OVER THE RAINBOW»! —Se le quiebra la voz al gritar—. Mierda, me he quedado sin voz. Mierda.

—No hables —le digo—. Vamos a solucionarlo, tío. Pero no vuelvas a potar.

—No me quedan burritos que potar —me contesta.

—NO HABLES —insisto.

Asiente. Y durante unos minutos, mientras todos corren de un lado al otro admirando sus caras pintarrajeadas y susurrándose que van a estar geniales, me quedo solo con un silencioso Tiny Cooper.

—No imaginaba que pudieras ponerte nervioso. ¿Te pones nervioso antes de los partidos?

Niega con la cabeza.

—Bien, limítate a asentir si tengo razón. Tienes miedo de que la obra no sea tan buena como pensabas.

Asiente.

—Estás preocupado por tu voz.

Asiente.

—¿Qué más? ¿Eso es todo?

Niega con la cabeza.

—Hum, te preocupa que no haga cambiar de idea a los homófobos.

No.

—Te preocupa potar en el escenario.

No.

—No sé, Tiny, pero, te preocupe lo que te preocupe, eres más fuerte que tus preocupaciones. Vas a petarlo. La ovación durará horas. Más que la obra.

—Will —susurra.

—No desperdicies la voz, tío.

—Will —repite.

—Dime.

—No. Will.

—Quieres decir el otro Will —le digo.

Alza las cejas y me sonríe.

—Voy a ver —le digo.

Veinte minutos para que se abra el telón, y el auditorio está casi lleno. Me detengo al borde del escenario y echo un vistazo sintiéndome un poco famoso. Luego bajo corriendo los escalones y recorro despacio el pasillo de la derecha. Yo también quiero que esté aquí. Quiero que personas como Will y Tiny puedan ser amigas, no solo ensayos que han conducido a errores.

Aunque ahora me da la impresión de que conozco a Will, apenas recuerdo cómo es. Voy descartando las caras de cada fila. Mil personas tecleando en el móvil, riéndose y revolviéndose en sus asientos. Mil personas leyendo el programa, en el que, luego me enteraré, a Jane y a mí se nos hace un agradecimiento especial por «ser geniales». Mil personas esperando para ver a Gary fingiendo ser yo durante un par de horas, sin tener ni idea de lo que están a punto de ver. Y tampoco yo lo sé, claro… Sé que la obra ha cambiado desde que la leí, hace unos meses, pero no sé cómo.

Tanta gente, e intento ver a cada uno de ellos. Veo al señor Fortson, el tutor de la AGH, sentado con su pareja. Veo a dos subdirectores del instituto. Y luego, cuando estoy ya en medio del pasillo recorriendo las caras en busca de Will Grayson, veo dos rostros conocidos que me miran fijamente. Mis padres.

—¿Qué estáis haciendo aquí?

Mi padre se encoge de hombros.

—Te sorprenderá saber que no ha sido idea mía.

Mi madre le da un codazo.

—Tiny me escribió un mensaje muy amable en el Facebook invitándonos personalmente, y pensé que era bonito.

—¿Eres amiga de Tiny en el Facebook?

—Sí. Me llegó una amistad solicitada —me contesta mi madre, que no se entera de cómo se dicen las cosas del Facebook.

—Bueno, gracias por venir. Yo estaré en el backstage, pero, bueno… Nos vemos luego.

—Saluda a Jane de nuestra parte —me dice mi madre muy sonriente y con tono conspiratorio.

—Lo haré.

Termino de subir el pasillo y bajo por el de la izquierda. Will Grayson no está. Cuando llego al backstage, veo a Jane con una botella extragrande de Pepto-Bismol en la mano.

La gira boca abajo y dice:

—Se la ha bebido toda.

Tiny salta desde detrás del escenario y canta.

—¡Y ahora estoy BiiiEEEN!

De momento su voz suena perfecta.

—Rock ‘n’ roll —le digo.

Se acerca a mí y me mira interrogante.

—Hay unas mil doscientas personas de público, Tiny —le digo.

—No lo has visto —me contesta negando suavemente con la cabeza—. Bien. Sí. Bien. Está bien. Gracias por obligarme a callarme.

—Y por tirar de la cadena con tus cincuenta mil litros de vómito.

—Claro, también. —Respira hondo, infla las mejillas y su cara se convierte en un círculo casi perfecto—. Creo que ha llegado la hora.

Tiny reúne a los actores y al equipo a su alrededor. Se arrodilla en el centro de un gran grupo de personas que se tocan entre sí porque una de las leyes de la naturaleza es que a la gente del teatro le encanta tocarse. Los actores están en el primer círculo que rodea a Tiny, todos (chicos y chicas) vestidos con el traje de los White Sox. Luego el coro, de momento vestidos todos de negro. Jane y yo nos acercamos también.

—Solo quiero daros las gracias, deciros que sois increíbles y que todo esto trata del amor. Y que siento haber gritado hace un rato. En realidad gritaba porque me mareaba estar rodeado de tanta gente increíble. —Sus palabras provocan algunas risas nerviosas—. Sé que estáis asustados, pero creedme: sois fantásticos. Y, en fin, no trata de vosotros. Hagamos realidad algunos sueños.

Todos gritamos y levantamos una mano hacia el techo. Se apaga la luz al otro lado del telón. Tres jugadores colocan el escenario en su sitio. Yo me retiro a un lado y me quedo en la oscuridad con Jane, que entrelaza sus dedos con los míos. El corazón me late con fuerza, imagino cómo sería estar ahora en el lugar de Tiny y rezo para que el cuarto de litro de Pepto-Bismol le cubra las cuerdas vocales, para que no se le olvide un verso, no se caiga, no se desmaye y no vomite. Bastante mal se pasa entre bastidores, así que entiendo el valor que hay que tener para salir al escenario y decir la verdad. Peor aún: cantar la verdad.

Una voz incorpórea dice: «Rogamos apaguen sus móviles para evitar interrumpir el fantástico espectáculo». Me meto la mano libre en el bolsillo y pongo el mío en modo vibración.

—Creo que voy a potar —le digo a Jane.

—Chisss —me contesta.

—Oye, ¿siempre llevo la ropa superarrugada? —le susurro.

—Sí. Chiss —me contesta también en susurros y me aprieta la mano.

Se abre el telón. El público aplaude educadamente.

Todos los actores están sentados en el banquillo excepto Tiny, que camina nervioso de un lado al otro por delante de los jugadores.

—Vamos, Billy. Paciencia, Billy. Espera tu turno.

Me doy cuenta de que Tiny no hace el papel de Tiny. Hace de entrenador.

El que hace de Tiny es un alumno gordito de primero. No deja de mover las piernas. No sé si está actuando o está nervioso. Dice con tono exageradamente afeminado:

—Eh, batea, batea, batea.

Parece que esté intentando ligarse al bateador.

—Idiota —dice alguien del baquillo—. Nuestro compañero está bateando.

—Tiny es de goma —dice Gary—. Tú eres de pegamento. Lo que digas le rebota y se pega a ti.

Sus hombros caídos y su mirada sumisa me permiten confirmar que Gary soy yo.

—Tiny es gay —añade otro.

El entrenador se gira hacia el banquillo y grita.

—¡Eh! ¡Eh! No se insulta a los compañeros.

—No es un insulto —dice Gary. Aunque ya no es Gary. El que habla no es Gary. Soy yo—. Es un hecho. Algunas personas son gays. Algunas personas tienen los ojos azules.

—Cállate, Wrayson —le espeta el entrenador.

El chico que hace de Tiny mira agradecido al chico que hace de mí, y entonces uno de los matones susurra:

—Sois los dos igual de gays.

—No somos gays —le digo—. Somos seis.

Sucedió. Lo había olvidado, pero, al revivir el momento, lo recuerdo.

Y el chico dice:

—Quieres ir a la segunda base… CON TINY.

Mi yo en escena se limita a poner los ojos en blanco. Entonces el gordito que hace el papel de Tiny se levanta, da un paso adelante, frente al entrenador, y canta «¿Qué es una segunda base para un gay?». Tiny da un paso adelante, se une a él armónicamente y ambos cantan la mejor canción de musical que he oído nunca. El coro canta:

¿Qué es una segunda base para un gay?

¿Es ligar en Tokio?

No le veo la gracia,

pero quizá es lo más obvio.

Detrás de los dos Tinys, que cantan codo con codo, los chicos del coro (Ethan incluido) empiezan una divertida y elaborada coreografía pasada de moda, de pasos altos, utilizando los bates como bastones y las gorras como sombreros de copa. En plena canción, la mitad de los chicos inclina los bates hacia la cabeza de la otra mitad, y aunque desde mi posición lateral veo que en realidad no les dan, cuando los otros chicos caen teatralmente hacia atrás y la música se interrumpe, jadeo con el público. Al momento saltan todos a la vez y se reanuda la canción. Cuando acaba, Tiny y el chico salen bailando del escenario, hacia los estruendosos gritos de la multitud, y cuando se apagan las luces, Tiny casi aterriza en mis brazos, bañado en sudor.

—No ha estado mal —me dice.

Asiento, sorprendido. Jane le ayuda a quitarse los zapatos y le dice:

—Tiny, eres un genio.

Tiny se quita el traje de béisbol, que deja al descubierto un polo violeta muy de su estilo y unos pantalones cortos.

—Lo sé, ¿vale? —dice—. Bueno, tengo que salir con los chicos.

Y corre al escenario. Jane me coge de la mano y me da un beso en el cuello.

La escena es tranquila. Tiny dice a sus padres que «seguramente es gay». Su padre se queda callado y su madre canta sobre el amor incondicional. La canción es divertida solo porque Tiny interrumpe con otras salidas cada vez que su madre canta «Siempre querremos a nuestro Tiny», como «Y he copiado en álgebra», «Vuestro vodka está aguado por algo» y «Le doy mis guisantes al perro».

Cuando acaba la canción, vuelven a apagarse las luces, pero Tiny se queda en el escenario. Al encenderse las luces, no hay decorado, pero, a juzgar por el vestuario de los actores, entiendo que estamos en el desfile del orgullo gay. Tiny y Phil Wrayson están en el centro del escenario, y por ambos lados pasa gente cantando consignas y ondeando banderas. Gary se parece tanto a mí que me resulta extraño. Se parece más a mí en el primer año de instituto que Tiny a sí mismo en aquella época.

Hablan un minuto y luego Tiny dice:

—Phil, soy gay.

—¿Qué me estás contando? —le pregunto.

—Quiero decir que soy como ese. —Señala a Ethan, que lleva una camiseta de tirantes amarilla muy ceñida—. Está bueno y, si hablara con él un rato, tuviera personalidad y me respetara como persona, dejaría que me besara en la boca.

—¿Eres gay? —le pregunto claramente confundido.

—Sí. Lo sé. Sé que es un shock. Pero quería que fueras el primero en saberlo. Aparte de mis padres, claro.

Y entonces Phil Wrayson empieza a cantar más o menos lo mismo que dije yo cuando la escena sucedió realmente.

—Ahora me dirás que el cielo es azul, que utilizas un buen champú y que los críticos no valoran a Blink 182. Ah, ahora me dirás que el papa es religioso, que las putas follan por dinero y que Elton John es un mierdoso.

Y entonces la canción se convierte en un diálogo en el que Tiny canta su sorpresa ante el hecho de que yo supiera que era gay, y yo canto que era obvio.

—Pero soy un deportista, ¿ok?

—Tío, no podrías ser más gay.

—Pensaba que mi papel de hetero merecía un premio Tony.

—Pero, Tiny, ¡tienes mil Mi Pequeño Pony!

Y sigue así. No puedo dejar de reírme, pero sobre todo me cuesta creer que lo recuerde tan bien, que recuerde tan bien lo buenos que, pese a todo lo malo, siempre hemos sido el uno para el otro. Y canto:

—No estás enamorado de mí, ¿seguro?

—Preferiría un canguro —me contesta.

Y detrás de nosotros el coro levanta las piernas como las Rockettes.

Jane apoya las manos en mi hombro para que me incline y me susurra:

—¿Lo ves? Él también te quiere.

Me giro hacia ella y la beso en el instante de oscuridad entre el final de la canción y el principio del aplauso.

Cuando se cierra el telón para cambiar el decorado, no puedo ver la ovación del público, que se ha puesto en pie, pero la oigo.

Tiny sale del escenario corriendo y gritando:

—¡SÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍ!

—Podría ir a Broadway —le digo.

—Mejoró mucho cuando decidí que tratara sobre el amor.

Me mira con una media sonrisa y sé que nunca ha estado tan cerca de mí. Tiny es el gay, pero yo soy el sentimental. Asiento y le susurro «gracias».

—Perdona si te sientes un poco incómodo en la siguiente parte.

Tiny alarga un brazo para tocarse el pelo, y Nick aparece de repente, como caído del cielo, y suelta un amplificador para sujetar el brazo de Tiny gritando:

—¡NO TE TOQUES EL PELO, QUE ESTÁ PERFECTO!

Se abre el telón, y el decorado es un pasillo del instituto. Tiny está colgando carteles. Estoy molestándolo, se me nota en la voz. No me importa, o al menos no me importa demasiado… Al fin y al cabo, el amor va unido a la verdad. Después de esta escena viene otra en la que Tiny bebe en una fiesta en la que el personaje de Janey hace su única aparición en escena. Un dueto con Phil Wrayson, cada uno a un lado de Tiny, que está borracho. La canción culmina con la voz de Gary, que de repente adquiere confianza en sí mismo, y luego Janey y yo nos inclinamos por encima de Tiny, que farfulla medio inconsciente, y nos besamos. Solo puedo ver la mitad de la escena, porque quiero ver la sonrisa de Jane mientras la observa.

A partir de aquí las canciones son cada vez mejores, hasta que, en la última canción antes del intermedio, todo el público canta con Oscar Wilde al dormido Tiny:

La pura y simple verdad

pocas veces es pura, y nunca simple.

¿Qué puede hacer un chico enamorado

cuando tanto las mentiras como la verdad son pecado?

Cuando termina la canción, se cierra el telón y se encienden las luces para el intermedio. Tiny corre hacia nosotros, apoya una mano en el hombro de Jane y otra en el mío, y suelta un grito de alegría.

—Es muy divertida —le digo—. De verdad. Es… increíble.

—¡Sí! Pero la segunda parte es mucho más oscura. Es la parte romántica. Vale, vale, vale, vale, ¡nos vemos luego! —dice.

Y sale corriendo a felicitar, y seguramente a reñir, a los actores. Jane me conduce a una esquina, apartados detrás del escenario, y me dice:

—¿De verdad hiciste todo eso? ¿Lo cuidaste en la liga escolar?

—Bueno, él también me cuidó —le contesto.

—La compasión es sexy —me dice mientras nos besamos.

Al rato veo que las luces se apagan y se encienden de nuevo. Jane y yo volvemos a nuestro punto de observación a un lado del escenario. Las luces vuelven a apagarse, lo que señala el final del intermedio. Y al momento, una voz desde arriba dice: «El amor es el milagro más cotidiano».

Al principio pienso que nos habla Dios, pero enseguida me doy cuenta de que la voz que sale de los altavoces es la de Tiny. Empieza la segunda parte.

Tiny se sienta al borde del escenario, a oscuras, y dice:

—El amor siempre es un milagro, en todas partes, en todo momento. Pero para nosotros es algo diferente. No quiero decir que sea más milagroso —dice, y la gente se ríe un poco—. Pero lo es.

Las luces se encienden poco a poco, y ahora veo que detrás de Tiny hay unos columpios de verdad, que parecen literalmente arrancados de un parque infantil y transportados al escenario.

—Nuestro milagro es diferente porque la gente dice que es imposible —sigue diciendo Tiny—. Como dice el Levítico: «Un tío no debe acostarse con otro tío».

Mira hacia abajo, luego al público, y sé que está buscando al otro Will, pero no lo encuentra. Se levanta.

—Pero no dice que un tío no deba enamorarse de otro tío, porque es imposible, ¿verdad? Los gays son animales que responden a sus deseos animales. Es imposible que los animales se enamoren. Pero…

De repente se le doblan las rodillas y se cae al suelo. Me sobresalto y empiezo a correr hacia el escenario para recogerlo, pero Jane me agarra de la camiseta mientras Tiny levanta la cabeza hacia el público y dice:

—Me caigo, me caigo, me caigo, me caigo, me caigo.

Y en ese preciso instante me vibra el móvil en el bolsillo. Lo saco. En la pantalla leo «Will Grayson».