Will Grayson, Will Grayson
Capítulo tres
Durante una semana no pasa nada. No lo digo en sentido figurado, como si hubiera escasez de eventos significativos. Quiero decir que no ocurre nada de nada. Inmovilidad total. Y es una bendición, la verdad.
Levantarse, ducharse, ir a clase, el milagro de Tiny Cooper y el pupitre, mirar lastimeramente en todas las clases el reloj de Aventuras Sobre Ruedas del menú infantil del Burger King, el alivio cuando suena el timbre de la última clase, el autobús hasta casa, los deberes, la cena, los padres, la puerta cerrada, buena música, el Facebook, leer las actualizaciones de los demás sin escribir nada, porque mi política de callarme se extiende a la comunicación escrita, luego la cama, levantarse, ducharse y otra vez a clase. No me importa. A medida que pase la vida, la tranquila desesperación relevará a la bipolaridad radical.
Pero entonces el jueves por la noche vuelvo a casa, Tiny me llama y empiezan a pasar cosas. Le saludo, y Tiny, a modo de introducción, me dice:
—Deberías venir a la reunión de la Alianza Gay-Hetero de mañana.
—No te lo tomes como algo personal, Tiny, pero no me gustan las alianzas —le contesto—. En fin, ya conoces mi política sobre las actividades extraescolares.
—No, no la conozco —me dice Tiny.
—Bueno, estoy en contra —le digo—. Con las actividades escolares me sobra. Oye, Tiny, tengo que dejarte. Me llama mi madre por la otra línea.
Cuelgo. Mi madre no me llama por la otra línea, pero tengo que colgar, porque no quiero que me convenza.
Pero Tiny vuelve a llamarme.
—En realidad necesito que vengas porque tenemos que aumentar la cantidad de miembros —me dice—. La financiación del instituto depende en parte de la cantidad de gente que viene a las reuniones.
—¿Para qué necesitáis dinero del instituto? Ya tenéis tu casa.
—Necesitamos dinero para poner en escena el Tiny Dancer.
—Ah. Madre. De. Dios. Bendigo —le digo.
Tiny Dancer es un musical escrito por Tiny. Es básicamente la historia de su vida con algo de ficción, pero cantada, y es el musical más gay (que conste que no utilizo este adjetivo a la ligera) de la historia de la humanidad. Que no es poco. Y con lo de gay no quiero decir que sea una mierda. Solo quiero decir que es gay. En realidad, para ser un musical, es bastante bueno. Las canciones son pegadizas. Me gusta especialmente «El defensa (prefiere los finales difíciles)», que incluye los memorables versos: «El vestuario no me parece porno / porque estás lleno de granos».
—¿Qué? —gimotea Tiny.
—Temo que no sea…, ¿cómo lo dijo Gary el otro día…?, bueno para el grupo — le digo.
—Es exactamente lo que puedes decir mañana —me contesta Tiny con un tono ligeramente decepcionado.
—Iré —le digo.
Y cuelgo. Vuelve a llamarme, pero no contesto porque estoy en el Facebook mirando el perfil de Tiny, echando un vistazo a sus 1532 amigos, a cual más guapo y fashion. Intento descubrir quién está en la Alianza Gay-Hetero y si podrían convertirse en un Grupo de Amigos que no moleste demasiado. Pero diría que solo están Gary, Nick y Jane. Entrecierro los ojos para ver la diminuta foto del perfil de Jane, en la que parece abrazar a una especie de mascota de tamaño natural con patines de hielo.
Y justo en ese momento recibo una solicitud de amistad suya. A los dos segundos de haberla aceptado me manda un mensaje.
Jane: Hola!
Yo: Hola.
Jane: Perdona, quiza la exclamacion estaba fuera de lugar.
Yo: Jaja. No hay problema.
Miro su perfil. La lista de música favorita y de libros favoritos es larga hasta la obscenidad, así que solo termino la letra A antes de rendirme. En las fotos está guapa, pero no se parece a la de la vida real. Su sonrisa en las fotos no es su sonrisa.
Jane: Me han dicho por ahí que Tiny quiere ficharte para la AGH.
Yo: Si.
Jane: Deberias venir. Necesitamos miembros. Es patetico, la verdad.
Yo: Si, creo que ire.
Jane: Genial. No sabia que tenias Facebook. Tu perfil es divertido. Me gusta
«ACTIVIDADES: deben incluir gafas de sol».
Yo: Tienes mas grupos favoritos que Tiny ex novios.
Jane: Si, bueno. Unos tienen vida, y otros tienen musica.
Yo: Y otros no tienen ninguna de las dos cosas.
Jane: Animate, Will. Estas a punto de ser el hetero que esta mas bueno de la
Alianza Gay-Hetero.
Me da la impresión de que la cosa va de ligoteo. Pero que no se me entienda mal. Me divierte ligotear tanto como a cualquiera, siempre y cuando cualquiera haya visto una y otra vez a su mejor amigo hecho polvo por amor. Pero nada infringe las reglas de callarse y no dar importancia tanto como ligar, excepto quizá el momento terriblemente fascinante en que respondes al ligoteo, el momento en el que sellas tu pena con un beso. La verdad es que debería haber una tercera regla: 1. Callarse. 2. No dar demasiada importancia. Y 3. No besar a una chica que te guste.
Yo, al rato: Cuantos tios heteros hay en la AGH?
Jane: Tu.
Escribo lol y me siento un idiota por haber pensado que ligoteaba conmigo. Jane es solo una chica inteligente y sarcástica con el pelo demasiado rizado.
Y la cosa acaba así: a las 3.30 de la tarde del día siguiente suena el timbre de la última hora de clase, y por una milésima de segundo siento las endorfinas chisporroteando por mi cuerpo, lo que suele indicar que he logrado sobrevivir a otro día de clase sin que pasara nada, pero entonces recuerdo que el día todavía no ha acabado.
Subo penosamente la escalera mientras una marea de gente baja corriendo, de camino al fin de semana.
Llego al aula 204A. Abro la puerta. Jane está de espaldas a mí, con el culo en una mesa y los pies en una silla. Lleva una camiseta de color amarillo pálido y está inclinada de manera que le veo la parte baja de la espalda.
Tiny Cooper está tumbado en la fina moqueta, con la mochila como almohada. Lleva unos vaqueros tan ceñidos que sus piernas parecen salchichas cubiertas con tela vaquera. En este momento la Alianza Gay-Hetero está formada por nosotros tres.
—¡Grayson! —dice Tiny.
—Este es el Club de la Homosexualidad Es Una Abominación, ¿verdad?
Tiny se ríe. Jane sigue de espaldas a mí, leyendo. Mis ojos vuelven a la espalda de Jane, porque a algún sitio tienen que ir.
—Grayson, ¿estás dejando la asexualidad? —me pregunta Tiny.
Jane se gira mientras lanzo a Tiny una mirada asesina y murmuro:
—No soy asexual. Soy arrelacional.
—Vaya —dice Tiny a Jane—, es toda una tragedia, ¿no? Lo único que Grayson tiene a su favor es que es encantador, pero se niega a salir conmigo.
A Tiny le gusta joderme. Lo hace por el puro placer de fastidiarme. Y funciona.
—Cállate, Tiny.
—Bueno, no lo veo —dice—. No te lo tomes como algo personal, Grayson, pero no eres mi tipo. A. No prestas suficiente atención a la higiene, y B. No me interesan nada de nada tus mierdas de virtudes. En fin, Jane, creo que estamos de acuerdo en que Grayson tiene los brazos bonitos.
Jane me mira medio aterrorizada, y para evitar que tenga que hablar suelto:
—Qué manera tan rara de tirarme los tejos, Tiny.
—Nunca te tiraría los tejos, porque no eres gay. Los chicos a los que les gustan las chicas no están buenos por definición. ¿Por qué iba a gustarme alguien a quien no voy a gustarle?
La pregunta es retórica, pero si no estuviera haciendo esfuerzos por callarme, le contestaría: «Te gusta alguien a quien no vas a gustarle porque el amor no correspondido se supera mejor que el amor correspondido una sola vez».
Al momento Tiny añade:
—Lo único que digo es que las heteros creen que es mono.
Y entonces me doy cuenta de hasta qué punto llega su locura. Tiny Cooper me ha traído a una reunión de la Alianza Gay-Hetero para enrollarme con una chica.
Lo que, por supuesto, es una idiotez tan profunda y polivalente que solo un profesor de lengua podría dilucidar del todo. Al menos Tiny se calla por fin, y yo empiezo a mirar el reloj y a preguntarme si esto es lo que sucede en las reuniones de la AGH. Quizá se trata de que nos quedemos una hora los tres sentados en silencio, con Tiny Cooper convirtiendo de vez en cuando el aula en tóxicamente incómoda con sus poco sutiles comentarios, y al final hagamos un corro y gritemos «¡VIVAN LOS GAYS!», o algo así. Pero entonces entran Gary y Nick con un par de personas a las que conozco de vista, una chica con un corte de pelo masculino y con una camiseta de Rancid que le llega casi a las rodillas, y un profesor de lengua, el señor Fortson, que nunca me ha dado clases de lengua, lo que quizá explica por qué me sonríe.
—Señor Grayson —dice el señor Fortson—. Encantado de tenerlo aquí. Disfruté de su carta al director hace unas semanas.
—El error más grande de mi vida —le digo.
—¿Por qué?
Tiny Cooper interviene:
—Es una larga historia sobre callarse y no dar importancia.
Me limito a asentir.
—Ah, Grayson —me susurra Tiny en un aparte—, ¿te he dicho lo que me dijo Nick?
Pienso «Nick, Nick, Nick, ¿quién cojones es Nick?». Y desvío la mirada hacia Nick, sentado al lado de Gary, que es la pista A. Ha metido la cabeza entre los brazos, que es la pista B.
—Me dijo que se ve conmigo —dice Tiny—. Estas mismas palabras. «Me veo contigo». ¿No es lo más increíble que has oído en tu vida?
El tono de Tiny no me permite entender si es lo más increíblemente absurdo o lo más increíblemente maravilloso, así que me encojo de hombros.
Nick suspira con la cabeza pegada a la mesa.
—Tiny, ahora no —murmura.
Gary se pasa los dedos por el pelo y suspira.
—Tu poliamor no es bueno para el grupo.
El señor Fortson llama al orden con un martillo. Un martillo de verdad. Pobre hijo de puta. Supongo que cuando iba a la universidad no se imaginaba que el martillo formaría parte de su carrera docente.
—Bueno, pues hoy somos ocho personas. Está muy bien, chicos. Creo que el primer tema que tratar es el musical de Tiny, Tiny Dancer. Tenemos que decidir si pedir a la administración que financie la obra o si nos gustaría centrarnos en cosas diferentes. Educación, concienciación, etcétera.
Tiny se levanta y dice:
—Tiny Dancer trata sobre la educación y la concienciación.
—Claro —dice Gary sarcásticamente—. Hay que asegurarse de que todo el mundo está concienciado e instruido sobre Tiny Cooper.
Las dos personas sentadas con Gary se ríen disimuladamente.
—Oye, Gary, no seas capullo —digo sin pensármelo, porque no puedo evitar defender a Tiny.
—A ver —interviene Jane—, ¿la gente va a burlarse? Por supuesto, joder. Pero es honesto. Es divertido, es riguroso y no es una mierda. Muestra a los gays en su totalidad y su complejidad, no en plan «madre mía, tengo que decirle a mi padre que me gustan los chicos, uf, uf, qué duro».
Gary pone los ojos en blanco y resopla con los labios fruncidos, como si estuviera fumando.
—Exacto —le dice a Jane—. Sabes lo duro que es porque eres… Ah, espera. Vale. Tú no eres homosexual.
—Eso es lo de menos —le contesta Jane.
Miro a Jane, que a su vez mira a Gary mientras el señor Fortson empieza a decir que no puede haber Alianzas dentro de la Alianza, porque en ese caso la Alianza no es global. Estoy preguntándome cuántas veces puede utilizar la palabra «alianza» en una frase cuando Tiny Cooper interrumpe al señor Fortson.
—Espera, espera, Jane… ¿Eres hetero?
Jane asiente sin levantar la mirada y murmura:
—Bueno, al menos eso creo.
—Deberías salir con Grayson —dice Tiny—. Cree que eres supermona.
Si me colocara en una balanza completamente vestido, calado hasta los huesos, con una pesa de cinco kilos en cada mano y una pila de libros de tapa dura en la cabeza, pesaría unos ochenta kilos, que es lo que pesa aproximadamente el tríceps izquierdo de Tiny Cooper. Pero ahora mismo podría moler a palos a Tiny Cooper. Y lo haría, lo juro por Dios, pero estoy demasiado ocupado intentando desaparecer.
Estoy aquí sentado y pienso: «Dios, juro que haré voto de silencio, ingresaré en un monasterio y te rezaré todos los días de mi vida si solo por esta vez me cubres con un manto de invisibilidad, vamos, vamos, por favor, por favor, hazme invisible, ahora, ahora, ahora». Es muy posible que Jane esté pensando lo mismo, aunque no lo sé, porque tampoco ella dice nada, y la vergüenza me ciega tanto que no puedo mirarla.
La reunión dura media hora más, en la que no hablo, ni me muevo, ni respondo al más mínimo estímulo. Deduzco que Nick consigue que Gary y Tiny hagan las paces, y la alianza llega al acuerdo de buscar dinero tanto para Tiny Dancer como para una serie de folletos educativos. Hablan un rato más, pero no vuelvo a escuchar la voz de Jane.
Se acaba por fin, y de reojo veo que todos se marchan, pero yo no me muevo. En la última media hora he hecho mentalmente una lista de aproximadamente 412 maneras de matar a Tiny Cooper, y no pienso marcharme hasta que haya elegido la más adecuada. Al final decido apuñalarlo mil veces con un boli, al más puro estilo carcelario. Me levanto muy tieso y salgo. Tiny Cooper está apoyado en una hilera de taquillas, esperándome.
—Oye, Grayson —me dice.
Me dirijo a él, le agarro de la pechera de la camiseta, me pongo de puntillas, y los ojos me llegan más o menos a su nuez.
—Es lo más despreciable que has hecho en tu vida, comepollas —le digo.
Tiny se ríe, lo que me cabrea todavía más.
—No puedes llamarme comepollas, Grayson —me dice—, porque A. No es un insulto, y B. Sabes que no lo soy. Todavía. Por desgracia.
Lo suelto. No es posible intimidar a Tiny físicamente.
—Da igual —le digo—. Mierdoso. Tonto del culo. Vaginero.
—Eso sí que es un insulto —me dice—. Pero, mira, tío, le gustas. Ahora mismo, al salir, se ha acercado a mí y me ha soltado: «¿Lo has dicho en serio o estabas de broma?». Y le he dicho: «¿Por qué me lo preguntas?». Y ella: «Bueno, es muy majo, nada más». Entonces le he dicho que no estaba de broma y ha sonreído de oreja a oreja.
—¿En serio?
—En serio.
Respiro hondo.
—Es desastroso. No me interesa, Tiny.
Pone los ojos en blanco.
—¿Y crees que el que está loco soy yo? Es encantadora. ¡Te he solucionado la vida!
Sé que no es una chiquillada. Sé que los auténticos tíos solo deben pensar en sexo y en la manera de conseguirlo, y que deben correr con la entrepierna por delante hacia toda chica que muestra interés por ellos, etcétera. Pero: lo que más me gusta no es hacer, sino observar. Observar que Jane huele a café con demasiado azúcar, la diferencia entre su sonrisa y su sonrisa en las fotos, cómo se muerde el labio inferior y la piel blanca de su espalda. Solo me interesa el placer de observar estas cosas a una distancia segura. No quiero tener que reconocer que estoy observando. No quiero hablar de este tema ni hacer nada al respecto.
Pero he pensado en ello durante la reunión, con el inconsciente y llorica Tiny en el suelo. He pensado en pasar por encima del gigante caído, besarla, ponerle una mano en la cara, la improbable calidez de su aliento, tener una novia que se cabrea conmigo por ser tan silencioso y serlo todavía más porque lo que me gustó fue una sonrisa con un gigante dormido entre nosotros, y por un tiempo me siento como una mierda hasta que al final cortamos, y en ese punto reafirmo mi promesa de seguir mis reglas.
Podría hacerlo.
O podría limitarme a seguir mis reglas.
—Créeme —le digo—. Estás complicándome la vida. Deja de meterte, ¿vale?
Me contesta con un encogimiento de hombros que interpreto como un sí.
—Una cosa sobre Nick —dice Tiny—. Resulta que ha salido mucho tiempo con Gary, cortaron ayer, pero entre nosotros hay chispa.
—Una pésima idea —respondo.
—Pero han cortado —dice Tiny.
—Sí, pero ¿qué pasaría si alguien cortara contigo y al día siguiente se dedicara a ligar con un amigo tuyo?
—Lo pensaré —contesta Tiny.
Sin embargo, sé que no podrá reprimir la necesidad de tener otro breve y fallido romance.
—Oye —dice más animado—, deberías venir con nosotros al Trastero el viernes. Nick y yo vamos a ver a un grupo, los… Maybe Dead Cats. Pop punk intelectual. Dead Milkmen, aunque no tan divertidos, ja ja.
—Gracias por invitarme por anticipado —digo pegándole un codazo en el costado.
Me empuja de broma y casi me caigo por la escalera. Es como ser el mejor amigo de un gigante de cuento de hadas. Tiny Cooper no puede evitar hacerte daño.
—Suponía que, después del desastre de la semana pasada, no querrías venir.
—Espera. No puedo ir. El Trastero es para mayores de veintiún años.
Tiny, que va por delante de mí, llega a la puerta. Golpea la barra de metal con la cadera, y la puerta se abre. La calle. Fin de semana. La brusca luz de Chicago. El aire frío me golpea, la luz me ciega y el sol del atardecer ilumina a Tiny Cooper por detrás, de modo que apenas lo veo cuando se gira y saca el teléfono.
—¿A quién llamas? —le pregunto.
Pero no me contesta. Sujeta el teléfono con su enorme mano carnosa y dice:
—Hola, Jane.
Abro los ojos como platos y hago el gesto de que voy a cortarle el cuello, pero Tiny sonríe y sigue diciendo:
—Oye, Grayson quiere venir con nosotros el viernes a ver a los Maybe Dead Cats. ¿Cenamos antes?
—…
—Bueno, el único problema es que no tiene carnet. ¿No conoces a alguien?
—…
—No has llegado a casa, ¿verdad? Pues vuelve a recogerlo. —Cuelga y me dice —: Ya viene.
Me deja esperando en el camino, baja corriendo la escalera y empieza a saltar (sí, saltar) en dirección al aparcamiento de los alumnos.
—¡Tiny! —le grito.
Pero no se gira. Sigue saltando. No me pongo a saltar detrás de esa cabra loca, sino que sonrío. Tiny Cooper puede ser un brujo malvado, pero él es así, y si quiere ser un gigante saltador, está en su derecho como enorme estadounidense.
Supongo que no puedo deshacerme de Jane, de modo que estoy sentado en los escalones de la puerta cuando aparece un par de minutos después al volante de un viejo Volvo pintado a mano de color naranja. He visto el coche en el aparcamiento (imposible no verlo), pero no sabía que era de Jane. Parece más tranquila de lo que el coche permitiría pensar. Bajo los escalones, abro la puerta del copiloto, subo y mis pies aterrizan en un montón de envoltorios de comida rápida.
—Perdona. Sé que es asqueroso.
—No te preocupes —le digo.
Sería el momento perfecto para hacer una broma, pero pienso «cállate, cállate, cállate». Al rato el silencio se hace demasiado raro, así que le digo:
—¿Conoces a los… los… Maybe Dead Cats?
—Sí. No están mal. Son algo peores que los Mr. T Experience en sus inicios, pero tienen una canción que me gusta. Dura cincuenta y cinco segundos, se llama «Annus Miribalis» y básicamente explica la teoría de la relatividad de Einstein.
—Guay —digo.
Sonríe, sigue conduciendo y nos dirigimos a la ciudad a trompicones.
Al minuto más o menos llegamos a un stop. Jane se coloca a un lado de la carretera y me mira.
—Soy bastante tímida —me dice.
—¿Cómo?
—Soy bastante tímida, así que te entiendo. Pero no te escondas detrás de Tiny.
—No me escondo —le contesto.
Pasa por debajo del cinturón de seguridad, me pregunto qué está haciendo cuando se inclina por encima del cambio de marchas y entiendo lo que está pasando, cierra los ojos, ladea la cabeza, y yo me aparto y clavo los ojos en las bolsas de comida rápida del suelo del coche. Jane abre los ojos y retrocede de golpe. Empiezo a hablar para cubrir el silencio.
—La verdad es que no… Bueno… Creo que eres increíble y guapa, pero no… no… Creo que no quiero una relación ahora mismo.
Un segundo después me contesta en voz muy baja:
—Creo que me han dado información poco fiable.
—Es posible —le digo.
—Lo siento mucho.
—Yo también. En fin, de verdad que eres…
—No, no, no, no digas nada, que es peor. Vale. Vale. Mírame. —La miro—. Puedo olvidar totalmente lo que ha pasado si, y solo si, tú olvidas totalmente lo que ha pasado.
—¿Ha pasado algo? —le digo, e inmediatamente añado—: No ha pasado nada.
—Exacto —dice Jane.
Nuestra parada de medio minuto en el stop llega a su fin y apoyo la cabeza en el asiento. Jane conduce tan deprisa como Tiny cambia de novio.
Salimos de la Lake Shore cerca del centro y hablamos de Neutral Milk Hotel, de si hay por ahí grabaciones que nadie ha escuchado, solo pruebas, de que sería muy interesante escuchar cómo sonaban sus canciones antes de que fueran canciones y de que podríamos colarnos en su estudio de grabación y copiar todo lo que el grupo ha grabado. La vieja calefacción del Volvo me seca los labios, y el tema del acercamiento de Jane ha quedado literalmente olvidado, pero el caso es que me siento extrañamente defraudado de que Jane parezca tan tranquila, lo que me lleva a pensar que acaso en el Museo de los Locos deberían habilitar una sala dedicada a mí.
Encontramos aparcamiento en la calle, a un par de manzanas del sitio adonde vamos, y Jane me lleva a una anodina puerta de vidrio junto a un restaurante de perritos calientes. En la puerta hay un rótulo que dice COPISTERÍA E IMPRENTA GOLD COAST. Subimos la escalera, con el olor del delicioso morro de cerdo flotando en el aire, y entramos en una tienda diminuta que parece una oficina. La decoración es extremadamente escasa, es decir, dos sillas plegables, un póster de gatos, una maceta con una planta muerta, un ordenador y una impresora sofisticada.
—Hola, Paulie —dice Jane a un tipo cubierto de tatuajes que parece ser el único dependiente de la tienda.
Se ha disipado el olor a perritos calientes, pero solo porque la Copistería e Imprenta Gold Coast apesta a hierba. El tipo sale del mostrador y abraza a Jane con un solo brazo.
—Este es mi amigo Will —le dice Jane.
El tipo me tiende la mano, y al estrechársela que se ha tatuado las letras H-O-P-E (esperanza) en los nudillos.
—Paulie y mi hermano son buenos amigos —me dice Jane—. Fueron juntos a Evanston.
—Sí, fuimos juntos —dice Paulie—, pero no nos graduamos juntos, porque yo todavía no me he graduado.
Paulie se ríe.
—Bueno, Paulie, Will ha perdido el carnet de conducir —explica Jane.
Paulie me sonríe.
—Qué pena, chico. —Me tiende una hoja de papel de ordenador y me dice—: Necesito tu nombre completo, dirección, fecha de nacimiento, seguridad social, altura, peso y color de ojos. Y cien pavos.
—Vaya… —le digo, porque resulta que no suelo llevar encima billetes de cien pavos.
Pero, antes de que diga una palabra más, Jane ha dejado cinco billetes de veinte en el mostrador.
Jane y yo nos sentamos en las sillas plegables y nos inventamos juntos mi nueva identidad: me llamo Ishmael J. Biafra, vivo en la calle W. Addison, 1060, de Wrigley Field. Tengo el pelo castaño y los ojos azules. Mido 1,78 centímetros, peso 73 kilos, mi número de la seguridad social es nueve dígitos al azar y cumplí veintidós años el mes pasado. Le doy la hoja a Paulie, que señala hacia una banda de papel adhesivo y me pide que me coloque delante. Se lleva una cámara digital al ojo y me dice que sonría. No sonreí para la foto del carnet de conducir real, así que tengo clarísimo que no voy a sonreír para esta.
—Solo será un minuto —me dice Paulie.
Me apoyo en la pared y estoy tan nervioso por el carnet que olvido ponerme nervioso por mi proximidad a Jane. Aunque sé que hay más de tres millones de personas con carnet de conducir falso, tengo clarísimo que es un delito, y suelo estar en contra de los delitos.
—Ni siquiera bebo —digo en voz alta, en parte para mí mismo y en parte para Jane.
—Yo me lo hice solo para los conciertos —me dice.
—¿Me dejas verlo? —le pregunto.
Coge su mochila, cubierta de nombres de grupos y frases a boli, y saca la cartera.
—Lo llevo escondido aquí detrás —dice abriendo una solapa de la cartera—, porque si me muero o me pasa algo, no quiero que el hospital intente llamar a los padres de Zora Thurston Moore.
Es el nombre de su carnet, que parece auténtico. La foto es fantástica. Da la impresión de que está a punto de reírse, exactamente como estaba en casa de Tiny, no como aparece en sus fotos del Facebook.
—La foto está muy bien. Así eres en realidad —le digo.
Y es verdad. Ese es el problema. Demasiadas cosas son verdad. Es verdad que quiero suavizarla con piropos y también es verdad que quiero mantener las distancias. Es verdad que quiero gustarle y también es verdad que no quiero. La estúpida e infinita verdad hablando por su gran y estúpida boca. Es lo que hace que siga hablando como un estúpido.
—Bueno, uno no puede saber cómo es, ¿no? Cada vez que te miras en el espejo, sabes que estás mirándote y no puedes evitar posar un poco. Así que en realidad no lo sabes. Pero en esta foto… Eres así.
Jane pasa dos dedos por la cara del carnet, que he apoyado en mi pierna, de modo que, sin contar el carnet, sus dedos pasan por mi pierna. Los miro un momento y levanto los ojos hacia ella.
—Aunque Paulie sea un delincuente, es buen fotógrafo.
En ese preciso instante sale Paulie agitando un carnet de conducir plastificado.
—Señor Biafra, su carnet.
Me lo tiende. En sus nudillos leo L-E-S-S («sin»).
Es perfecto. Los hologramas de un carnet auténtico de Illinois, los mismos colores, el mismo grosor del plastificado y la misma información para donar órganos. Incluso salgo medio bien en la foto.
—Hostia —digo—. Es fantástico. Es la Mona Lisa de los carnets.
—Perfecto —dice Paulie—. Bueno, chicos, tengo cosas que hacer.
Paulie sonríe y levanta un porro. Me desconcierta que alguien tan colgado sea un genio falsificando carnets.
—Nos vemos, Jane. Dile a Phil que me dé un toque.
—A la orden, capitán —le contesta Jane.
Y bajamos la escalera. Noto mi carnet falso en el bolsillo de delante, pegado al muslo; es como si tuviera un billete para todo el puto mundo.
Salimos a la calle y el frío no deja de sorprenderme. Jane echa a correr delante de mí y no sé si se supone que debo seguirla o no, pero se gira y empieza a saltar hacia atrás. Como el viento le da en la cara, apenas la oigo gritar.
—¡Vamos, Will! ¡Salta! Ahora ya eres un hombre.
Y seré un mierda si no me pongo a saltar detrás de ella.