Will Grayson, Will Grayson
Capítulo cinco
Es uno de esos fines de semana en que no salgo de casa para nada (literalmente), excepto un momento para ir al súper con mi madre. Aunque no suele importarme quedarme en casa los fines de semana, en el fondo espero que Tiny Cooper y/o Jane me llamen, y así tener excusa para utilizar el carnet, que he escondido entre las páginas del Persuasión de mi estantería. Pero no me llama nadie, y ni Tiny ni Jane aparecen conectados. Y como estoy más helado que la teta de una bruja con sujetador metálico, me quedo en casa y me pongo al día con los deberes. Hago los deberes de cálculo y, cuando los he terminado, me siento con el libro de texto unas tres horas e intento entender lo que acabo de hacer. Así paso el fin de semana, uno de esos fines de semana en los que tienes tanto tiempo que vas más allá de las respuestas y empiezas a profundizar en las ideas.
El domingo por la noche, mientras estoy en el ordenador mirando si hay alguien conectado, la cabeza de mi padre asoma por la puerta.
—Will —me dice—, ¿tienes un segundo para que hablemos en la sala de estar?
Me giro en la silla y me levanto. Se me encoge un poco el estómago, porque la sala de estar es la sala en la que peor se está, la sala en la que te dicen que Santa Claus no existe, en la que se mueren las abuelas, en la que fruncen el ceño viendo las notas y en la que te enteras de que las furgonetas de los hombres entran en el garaje de las mujeres, salen del garaje, vuelven a entrar, y así sucesivamente hasta que un óvulo se fertiliza, etcétera.
Mi padre es muy alto, muy delgado, muy calvo y tiene los dedos largos, con los que tamborilea en el brazo del sofá de flores. Me siento frente a él en un sillón demasiado verde y demasiado mullido. Los dedos siguen tamborileando unos treinta y cuatro años, pero mi padre no abre la boca, así que al final le digo:
—Hola, papá.
Mi padre habla con tono muy formal e intenso. Siempre se dirige a ti como si estuviera informándote de que tienes un cáncer terminal, y es lógico, porque en buena medida su trabajo consiste en eso. Me mira con esos ojos tristes e intensos que anuncian el cáncer y me dice:
—Tu madre y yo nos preguntamos qué planes tienes.
—Ah, bueno —le digo—. Pensaba irme a dormir pronto. Y mañana a clase. El viernes iré a un concierto. Ya se lo he dicho a mamá.
Asiente.
—Sí, pero después.
—Ah, ¿después? ¿Te refieres a ir a la universidad, buscar trabajo, casarme, darte nietos, no drogarme y ser feliz?
Casi sonríe. Conseguir que mi padre sonría es sumamente difícil.
—En la actual coyuntura de tu vida, a tu madre y a mí nos interesa especialmente un aspecto de todo ese proceso.
—¿La universidad?
—La universidad —me contesta.
—No tenéis que preocuparos hasta el año que viene —puntualizo.
—Nunca es demasiado pronto para hacer planes —me contesta.
Y empieza a hablarme de un programa de medicina de la Northwestern, seis años, así que puedes empezar la residencia a los veinticinco, y puedes estar cerca de casa, aunque vives en el campus, claro, y blablablá, porque a los once segundos entiendo que mi madre y él han decidido que tengo que hacer ese programa, que están comentándome la idea con tiempo, que el año que viene sacarán el tema de ese proyecto cada cierto tiempo y presionarán, presionarán y presionarán. Y también sé que, si puedo entrar, seguramente iré. Hay maneras peores de ganarse la vida.
¿No dicen que los padres siempre tienen razón? «Haz caso a los consejos de tus padres. Saben lo que te conviene». ¿Y no es cierto que nadie hace caso a esos consejos, porque, aunque tengan razón, son tan fastidiosos y condescendientes que te entran ganas de hacerte drogadicto y practicar sexo sin protección con ochenta y siete desconocidos? Bueno, yo escucho a mis padres. Saben lo que me conviene. Para ser sincero, escucho a todo el mundo. Casi todo el mundo sabe más que yo.
Aunque mi padre no lo sabe, toda su explicación sobre el futuro es una pérdida de tiempo. Ya me parece bien. No, estoy pensando que me siento muy pequeño en este sofá absurdamente enorme, y estoy pensando en el falso carnet que espera entre las páginas de Jane Austen, y estoy pensando si estoy enfadado con Tiny o pasmado, y estoy pensando en el viernes, evitando a Tiny, que intenta bailar en las primeras filas como todos los demás, en el local hace mucho calor, todo el mundo tiene la ropa sudada, la música se acelera, tengo la carne de gallina y ni siquiera me importa lo que están cantando.
—Sí, me parece genial, papá —le digo.
Y me cuenta que conoce a gente allí, y yo asiento, asiento y asiento.
El lunes por la mañana llego al instituto veinte minutos antes porque mi madre tiene que estar en el hospital a las siete. Supongo que alguien tiene un tumor extragrande o algo así. Me apoyo en el asta de la bandera del césped, frente al instituto, y espero a Tiny Cooper temblando a pesar de los guantes, el gorro, el abrigo y la capucha. El viento inclina el césped, lo oigo agitando la bandera por encima de mí, pero que me den si entro en el edificio una milésima de segundo antes de que suene el timbre de la primera clase.
Los autobuses se vacían y el césped empieza a llenarse de alumnos, ninguno de los cuales parece especialmente impresionado por mí. Entonces veo a Clint, un miembro titular de mi antiguo Grupo de Amigos, que viene hacia mí desde el aparcamiento de los alumnos de tercero, y logro convencerme a mí mismo de que en realidad no viene hacia mí hasta que su visible aliento flota a mi alrededor como una pequeña nube maloliente. No voy a mentir: espero que esté a punto de pedirme perdón por la estrechez de miras de algunos de sus amigos.
—Hola, cabrón —me dice.
Llama cabrón a todo el mundo. ¿Es un piropo? ¿Un insulto? O quizá las dos cosas a la vez, precisamente por eso es tan útil.
Hago una ligera mueca por su aliento amargo y le digo hola. Tan poco claro como él. Todas las conversaciones que mantengo con Clint o con cualquiera del Grupo de Amigos son idénticas. Todas las palabras que empleamos son tan desnudas que nadie sabe lo que dicen los demás, que toda amabilidad es cruel, todo egoísmo es generoso y toda preocupación es despiadada.
—Tiny me ha llamado este fin de semana para lo de su musical —me dice—. Quiere que lo financie el consejo estudiantil. —Clint es vicepresidente del consejo—. Me pegó todo el rollo. Un musical sobre un hijo de puta gay y su mejor amigo, que tiene la polla tan pequeña que se hace las pajas con pinzas.
Me lo dice sonriendo. No está siendo cruel. No exactamente.
Y quiero decirle: «Qué original eres. ¿De dónde sacas los chistes, Clint? ¿Tienes una fábrica de chistes en Indonesia en la que niños de ocho años trabajan noventa horas semanales para entregarte estas ocurrencias de primera calidad? Hay pandilleros con material más original». Pero no digo nada.
—Y sí —sigue diciendo Clint—. Creo que podría ayudar a Tiny en la reunión de mañana. Porque la obra me parece una idea fantástica. Solo me pregunto una cosa: ¿vas a cantar canciones tuyas? Porque pagaría por verlo.
Me río un poco, no mucho.
—No me va demasiado el teatro —le contesto por fin.
Justo en ese momento siento una enorme presencia detrás de mí. Clint levanta la barbilla hasta el cielo para mirar a Tiny y lo saluda con un gesto.
—¿Qué hay, Tiny? —le dice.
Y se marcha.
—¿Quiere que vuelvas? —me pregunta Tiny.
Me giro y por fin puedo hablar.
—No te has conectado en todo el fin de semana ni me has llamado, pero ¿encuentras tiempo para llamarlo a él y seguir cargándote mi vida social con la magia de la canción?
—En primer lugar, Tiny Dancer no va a cargarse tu vida social, porque no tienes. En segundo lugar, tú tampoco me has llamado. En tercer lugar, tenía muchas cosas que hacer. He pasado casi todo el fin de semana con Nick.
—Creía que te había explicado por qué no deberías salir con Nick —le digo.
Tiny ha empezado a hablar otra vez cuando veo a Jane, encorvada hacia delante, avanzando contra el viento. Lleva una sudadera con capucha demasiado fina. Se acerca a nosotros.
Le digo hola, me dice hola, se coloca a mi lado como si yo fuera un radiador y entrecierra los ojos al viento.
—Oye, toma mi abrigo —le digo.
Me lo quito y se envuelve en él. Estoy pensando en qué preguntarle a Jane cuando suena el timbre y todos entramos corriendo.
No veo a Jane durante todo el día, lo que es un poco frustrante, porque hasta los pasillos están helados, así que me preocupa que después de clase me muera congelado de camino al coche de Tiny. Después de la última clase, bajo la escalera corriendo y abro mi taquilla. El abrigo está dentro.
Se puede deslizar una nota en una taquilla cerrada por las rejillas. Presionando un poco, incluso un lápiz. Una vez Tiny Cooper metió un libro de Happy Bunny en mi taquilla. Pero me resulta extraordinariamente difícil imaginar cómo Jane, que al fin y al cabo no es la persona más fuerte del mundo, ha conseguido meter un abrigo de invierno por las estrechas rendijas de mi taquilla.
Pero no estoy aquí para hacer preguntas, de modo que me pongo el abrigo y salgo al aparcamiento, donde Tiny Cooper está dando un apretón de manos seguido de un abrazo con un solo brazo a nada menos que Clint. Abro la puerta del copiloto y entro en el Acura de Tiny, que aparece poco después, y aunque estoy cabreado con él, admiro la fascinante y compleja geometría con la que Tiny Cooper se introduce en un coche diminuto.
—Tengo una propuesta —le digo mientras da inicio a otro milagro de la ingeniería: abrocharse el cinturón de seguridad.
—Me siento halagado, pero no voy a acostarme contigo —me contesta Tiny.
—No tiene gracia. Mira, mi propuesta es que, si dejas correr lo de Tiny Dancer, haré… Bueno, ¿qué quieres que haga? Porque haré cualquier cosa.
—Bueno, quiero que te enrolles con Jane. O al menos que la llames. Me las ingenié para que estuvierais solos, pero parece que le ha dado la impresión de que no quieres salir con ella.
—No quiero —le digo.
Lo que es totalmente cierto y totalmente falso. La estúpida y omniabarcadora verdad.
—¿En qué año crees que estamos? ¿En mil ochocientos treinta y dos? Cuando te gusta alguien y a ese alguien le gustas tú, pegas tus putos labios a los suyos, abres un poco la boca y das un toquecito con la lengua para que la cosa se anime. Grayson, joder. Todo dios se lleva las manos a la cabeza porque los jóvenes estadounidenses son depravados, maniacos sexuales que reparten pajas como si fueran piruletas, ¿y tú ni siquiera besas a una chica a la que sin duda le gustas?
—No me gusta, Tiny. No en ese plan.
—Es encantadora.
—¿Cómo lo sabes?
—Soy gay, no ciego. Lleva el pelo superhortera y tiene un pedazo de nariz. Sí, un pedazo de nariz. ¿Y qué? ¿Qué os gusta a vosotros? ¿Las tetas? Parece que tiene tetas. Y parece que son del tamaño normal de las tetas. ¿Qué más quieres?
—No quiero hablar del tema.
Enciende el coche y empieza a golpear rítmicamente la cabeza contra el claxon. Piiiiii. Piiiiii. Piiiiii.
—¡Estamos haciendo el ridículo! —le grito.
—No voy a parar hasta que me dé una conmoción cerebral o hasta que me digas que la llamarás.
Me aprieto los oídos con los dedos, pero Tiny sigue dando cabezazos al claxon. La gente nos mira.
—Vale. Vale. ¡VALE! —le digo por fin.
Y el claxon deja de sonar.
—Llamaré a Jane —le sigo diciendo—. Seré amable. Pero sigo sin querer salir con ella.
—Es tu decisión. Tu estúpida decisión.
—Entonces ¿no haréis Tiny Dancer? —le pregunto esperanzado.
Tiny arranca el coche.
—Lo siento, Grayson, pero no es posible. Tiny Dancer es más importante que tú, que yo y que cualquiera de nosotros.
—Tiny, tienes una idea muy equivocada de lo que es llegar a un acuerdo.
Se ríe.
—Un acuerdo es cuando tú haces lo que yo digo y yo hago lo que quiero. Y eso me recuerda que voy a necesitar que participes en la obra.
Reprimo una carcajada, porque esta mierda dejará de ser divertida si se representa en nuestro puto auditorio.
—De ninguna manera. No. NO. Y además insisto en que me excluyas de la obra.
Tiny suspira.
—No lo entiendes, ¿verdad? Gil Wrayson no es tú. Es un personaje de ficción. No puedo cambiar mi obra de arte porque te incomode.
Lo intento de otra manera.
—Vas a humillarte, Tiny.
—Vamos a hacerla, Grayson. He conseguido el apoyo económico del consejo estudiantil. Así que cállate y asúmelo.
Me callo y lo asumo, pero no llamo a Jane por la noche. No soy el niño de los recados de Tiny.
La tarde siguiente vuelvo a casa en autobús porque Tiny tiene que ir a la reunión del consejo estudiantil. Me llama en cuanto acaba.
—¡Buenas noticias, Grayson! —grita.
—Las buenas noticias para uno siempre son malas noticias para otro —le contesto.
Y por supuesto, el consejo estudiantil ha aprobado un presupuesto de mil dólares para producir y representar el musical Tiny Dancer.
Esa noche espero a que mis padres vuelvan a casa para cenar e intento seguir con el trabajo sobre Emily Dickinson, aunque básicamente me dedico a bajarme todas las canciones que los Maybe Dead Cats han grabado. Me encantan. Y mientras las escucho me apetece contarle a alguien lo buenas que son, así que llamo a Tiny, pero, como no me contesta, hago exactamente lo que quiere Tiny, como siempre. Llamo a Jane.
—Hola, Will —me dice.
—Me encantan los Maybe Dead Cats —le digo.
—Sí, no son malos. Un poco pseudointelectuales, pero, bueno, ¿no lo somos todos?
—Creo que el nombre del grupo se refiere a un físico —le digo.
En realidad estoy seguro. Acabo de buscar el grupo en la Wikipedia.
—Sí —me dice—. Schrödinger. Pero el nombre del grupo es un error total, porque Schrödinger es famoso por mostrar la paradoja de la física cuántica de que, en determinadas circunstancias, un gato al que no vemos pueda estar vivo y muerto a la vez. No quizá muerto.
—Oh —le digo, porque ni siquiera puedo pretender que lo sabía. Me siento un gilipollas total, así que cambio de tema—. Me han dicho que Tiny Cooper ha hecho su magia y el musical está en marcha.
—Sí. ¿Qué problema tienes con Tiny Dancer?
—¿Lo has leído?
—Sí. Es fantástico, si lo consigue.
—Bueno, yo soy el coprotagonista. Gil Wrayson. Soy yo, obviamente. Y me da vergüenza.
—¿No te parece increíble ser el coprotagonista de la vida de Tiny?
—La verdad es que no quiero ser el coprotagonista de la vida de nadie —le digo. No me responde—. Bueno, ¿cómo estás? —le pregunto un segundo después.
—Bien.
—¿Solo bien?
—¿Has visto la nota en el bolsillo del abrigo?
—¿Qué? No. ¿Había una nota?
—Sí.
—Ah. Espera.
Dejo el teléfono en la mesa y registro los bolsillos. El problema de los bolsillos de mi abrigo es que, si tengo en las manos una pequeña cantidad de basura (por ejemplo, un envoltorio de Snickers), pero no encuentro una papelera, mis bolsillos acaban convirtiéndose en la papelera. Y no se me da demasiado bien vaciarlos. Así que tardo unos minutos en encontrar una hoja de libreta doblada. En la parte de fuera dice:
Para: Will Grayson
De: El Houdini de las taquillas
Cojo el teléfono y digo:
—Oye, la he encontrado.
Siento una especie de náusea en el estómago, una sensación agradable y desagradable a la vez.
—¿Y la has leído?
—No —le contesto, y me pregunto si quizá sería mejor no leerla. Para empezar, no debería haberla llamado—. Espera.
Desdoblo la hoja.
Sr. Grayson:
Siempre debería asegurarse de que nadie está mirándole cuando abre su taquilla. Nunca se sabe (18)
si alguien (26) memorizará (4) su combinación. Gracias por el abrigo. La caballerosidad no ha muerto.
Suya,
JANE
P. D. Me gusta que trates los bolsillos como yo mi coche.
Cuando termino la nota, vuelvo a leerla. Hace que las dos verdades sean más verdaderas. Me gusta. No me gusta. Después de todo, quizá soy un robot. Como no se me ocurre qué decir, sigo adelante y digo lo peor que podría decir.
—Muy mona.
Por eso debería seguir la regla 2.
Durante el silencio que sigue, tengo tiempo de reflexionar sobre la palabra «mona»: es desdeñosa, es el equivalente de llamar a alguien «pequeño», convierte a la persona en un niño, es un rótulo de neón encendido en la oscuridad en el que se lee: «Siéntete mal contigo mismo».
—No es mi adjetivo favorito —me dice por fin.
—Perdona. Quiero decir que…
—Sé lo que quieres decir, Will —me dice—. Lo siento. Yo…, no sé. Acabo de salir de una relación y creo que solo estoy intentando rellenar ese hueco, y tú eres el candidato más obvio para rellenar ese hueco, y, oh, joder, suena asqueroso. Joder. Voy a colgar.
—Siento lo de mona. No es mona. Es…
—Olvídalo. Olvida la nota, de verdad. Ni siquiera… No te preocupes, Grayson.
Después de que cuelgue, pienso en el final de la frase «Ni siquiera…». «Ni siquiera… me gustas, Grayson, porque no eres, ¿cómo decirlo educadamente?, no eres tan inteligente. Has tenido que buscar a ese físico en la Wikipedia. Sencillamente, echo de menos a mi novio, y tú no vas a besarme, así que quiero porque tú no quieres, y da igual, la verdad, pero no encuentro la manera de decírtelo sin herir tus sentimientos, y como soy mucho más compasiva y considerada que tú con tus monadas, voy a dejar la frase en “Ni siquiera”».
Vuelvo a llamar a Tiny, esta vez no para hablarle de Maybe Dead Cats, y me contesta antes de que haya sonado el primer tono.
—Buenas noches, Grayson.
Le pregunto si está de acuerdo conmigo en cuál habría sido el final de la frase, luego le pregunto cómo es posible que se me hayan cruzado los cables para decirle que la nota era mona, y cómo puede ser que alguien te atraiga y a la vez no te atraiga, y si quizá soy un robot incapaz de sentir cosas reales, y crees que en realidad seguir las reglas de callarme y no dar importancia me ha convertido en un horrible monstruo al que nadie va a querer y con el que nadie va a casarse. Le digo todo eso, y Tiny no dice nada, lo que básicamente supone un giro de los acontecimientos sin precedentes, y cuando por fin me callo, Tiny se limita a decir «hummm» y luego añade, y cito literalmente: «Grayson, a veces eres una nenaza». Y me cuelga.
No me quito la frase de la cabeza en toda la noche. Y entonces mi corazón de robot decide hacer algo, algo que le gustaría a la chica que hipotéticamente me gustara.
El viernes, en el instituto, como superrápido, lo que no me resulta complicado, porque Tiny y yo estamos en una mesa llena de gente del teatro que charla sobre Tiny Dancer, y cada uno de ellos dice más palabras por minuto que yo en un día. La curva de la conversación sigue un patrón claro: las voces suben y se aceleran in crescendo hasta que Tiny habla más alto que los demás, hace una broma, la mesa estalla en carcajadas y las cosas se calman un momento, y luego empiezan de nuevo las voces, subiendo y subiendo hasta la siguiente irrupción de Tiny. En cuanto he observado este patrón, me cuesta no prestarle atención, aunque intento centrarme en devorar mis enchiladas. Me bebo de un trago la Coca-Cola que me queda y me pongo en pie.
Tiny levanta una mano para que el coro se calle.
—¿Adónde vas, Grayson?
—Tengo que comprobar una cosa —le digo.
Sé dónde está aproximadamente la taquilla de Jane. Está aproximadamente delante del mural del pasillo en el que una versión mal pintada de la mascota de nuestro instituto, Willie el Gato Salvaje, dice en un bocadillo de cómic: «Los gatos salvajes respetamos A TODO EL MUNDO», lo que es delirante al menos a catorce niveles, y el decimocuarto es que los gatos salvajes no existen. Willie el Gato Salvaje parece un puma, pero, aunque admito que no soy experto en zoología, estoy bastante seguro de que los pumas no respetan a todo el mundo.
Así que me apoyo en el mural de Willie el Gato Salvaje de forma que parece que el que está diciendo que los gatos salvajes respetan A TODO EL MUNDO soy yo, y tengo que esperar unos diez minutos, intentando que parezca que estoy haciendo algo y pensando que ojalá hubiera traído un libro o cualquier otra cosa para que no fuera tan descarado que estoy al acecho, y al final suena el timbre, y el pasillo se llena de gente.
Jane llega a su taquilla, avanzo hasta el medio del pasillo, la gente me abre paso, doy un paso a la izquierda para colocarme en el ángulo adecuado, la veo alargando la mano hacia la cerradura, miro de reojo y 25-2-11. Me meto entre la gente y me voy a clase de historia.
La séptima hora de clase es una asignatura de diseño de videojuegos. Resulta que diseñar videojuegos es increíblemente difícil y ni de lejos tan divertido como jugar, pero una de las ventajas de la clase es que tengo acceso a internet y que el profesor está casi todo el tiempo al otro lado de mi pantalla.
Así que mando un e-mail a los Maybe Dead Cats.
De: williamgrayson@eths.il.us
A: thiscatmaybedead@gmail.com
Asunto: Alegradme la vida
Queridos Maybe Dead Cats:
Si por casualidad tocáis «Annus Miribalis» esta noche, ¿podríais dedicársela a 25-2-11 (la
combinación de la taquilla de una chica)? Sería fantástico. Perdón por ser tan escueto,
WILL GRAYSON
La respuesta llega antes de que haya terminado la clase.
Will:
Por amor, lo que sea.
MDC
El viernes, después de clase, Jane, Tiny y yo vamos al Frank’s Franks, un restaurante de perritos calientes a unas manzanas del local. Me siento en un pequeño reservado al lado de Jane, cadera con cadera. Nuestros abrigos están amontonados frente a nosotros, al lado de Tiny. Los grandes rizos de Jane le caen hasta los hombros, lleva una camiseta de tirantes nada apropiada para el tiempo que hace, y los ojos muy maquillados.
Como el garito de perritos calientes es elegante, un camarero nos toma la comanda. Jane y yo queremos un perrito caliente y un refresco. Tiny pide cuatro perritos calientes en panecillo, tres perritos calientes sin panecillo, un cuenco de chile con carne y una Coca-Cola Light.
—¿Una Coca-Cola Light? —le pregunta el camarero—. ¿Quieres cuatro perritos calientes en panecillo, tres perritos calientes sin panecillo, un cuenco de chile con carne y una Coca-Cola Light?
—Exacto —le contesta Tiny, y explica—: los azúcares simples no me ayudan a ganar masa muscular.
El camarero mueve la cabeza y dice:
—Aaahhh.
—Pobre sistema digestivo —le digo—. Algún día tu tracto intestinal se rebelará. Subirá y te estrangulará.
—Sabes que el entrenador dice que lo ideal sería que ganara catorce kilos antes de que empezara la temporada. Si quieres conseguir una beca para la primera división escolar, tienes que estar fuerte. Y me cuesta mucho ganar peso. No dejo de intentarlo, pero es una lucha constante.
—Qué dura es tu vida, Tiny —interviene Jane.
Me río, intercambiamos una mirada y Tiny dice:
—Uf, enrollaos de una vez.
Lo que provoca un incómodo silencio que se prolonga hasta que Jane pregunta:
—¿Dónde están Gary y Nick?
—Seguramente han vuelto —le contesta Tiny—. Corté ayer con Nick.
—Has hecho bien. Estaba cantado desde el principio.
—Lo sé, ¿vale? Creo que quiero estar solo un tiempo.
Me giro hacia Jane y le digo:
—Me apuesto cinco pavos a que se ha enamorado antes de cuatro horas.
Jane se ríe.
—Baja a tres horas y acepto.
—Trato hecho.
Nos estrechamos la mano.
Después de cenar paseamos un rato por el barrio para hacer tiempo y luego nos ponemos en la cola del Trastero. Hace frío, pero al menos el edificio nos protege del viento. Saco la cartera, coloco mi carnet falso en el primer compartimento plastificado y escondo el carnet real entre la tarjeta del seguro médico y la tarjeta de visita de mi padre.
—Déjame verlo —me pide Tiny. Le tiendo la cartera y me dice—: Vaya, Grayson, por una vez en la vida no pareces una zorra chillona en una foto.
Justo antes de llegar al principio de la cola, Tiny me empuja delante de él, supongo que para disfrutar del placer de verme utilizar el carnet por primera vez. El segurata lleva una camiseta que no le tapa la barriga.
—Identificación —me dice.
Me saco la cartera del bolsillo de atrás, cojo el carnet y se lo tiendo. Dirige una linterna al carnet, luego hacia mi cara y otra vez al carnet.
—¿Crees que no sé sumar? —me pregunta.
—¿Cómo? —le digo.
—Chico, tienes veinte años —me dice el segurata.
—No, tengo veintidós —le digo.
Me devuelve el carnet.
—Bueno, tu puñetero carnet de conducir dice que tienes veinte.
Miro el carnet y hago el cálculo. Pone que cumpliré veintiuno el próximo enero.
—Ah —digo—. Ah, sí. Lo siento.
El imbécil del porrero sin esperanza puso mal el puto año en el carnet. Me aparto de la entrada y Tiny se acerca a mí partiéndose el pecho. Jane también se ríe un poco. Tiny me da un golpe demasiado fuerte en el hombro.
—Solo Grayson puede hacerse un carnet falso en el que ponga que tiene veinte años —dice—. ¡Totalmente inútil!
—Tu amigo se equivocó de año —le digo a Jane.
—Lo siento, Will —me contesta.
Pero no puede sentirlo tanto, porque en ese caso dejaría de reírse.
—Podemos intentar colarte —sugiere Jane.
Pero niego con la cabeza.
—Entrad vosotros —les digo—. Llamadme cuando acabe. Os esperaré en el Frank’s Franks o por ahí. Y llámame si tocan «Annus Miribalis».
Y resulta que entran. Vuelven a la fila y los veo entrar en el local. Ninguno de los dos intenta siquiera decir «no, no, no queremos ver el concierto sin ti».
Que no se me malinterprete. El grupo es genial. Pero que pasen de mí por el grupo es una putada. Mientras estaba en la cola no he tenido frío, pero ahora estoy helado. Es espantoso, hace tanto frío que al respirar por la nariz se te congela el cerebro. Y aquí estoy, solo, con mi puto carnet inútil de cien dólares.
Vuelvo al Frank’s Franks, pido un perrito caliente y me lo como despacio. Pero sé que no voy a poder comerme solo este perrito caliente en las dos o tres horas que tarden en salir. Los perritos calientes no son para saborearlos. He dejado el móvil en la mesa y lo miro, esperando como un idiota que Jane o Tiny me llamen. Y mientras estoy aquí sentado, voy cabreándome cada vez más. Menuda manera de dejar colgado a alguien, solo en un restaurante, mirando al frente, sin un libro que me haga compañía siquiera. Y no se trata solo de Tiny y de Jane. Estoy cabreado conmigo mismo por haberles dicho que entraran ellos, por no haber revisado la fecha del puñetero carnet y por estar aquí esperando a que suene el teléfono cuando podría estar volviendo a mi casa.
Y, pensando en eso, me doy cuenta de que el problema de ir a sitios a los que te han empujado es que a veces acabas aquí.
Estoy harto de ir a sitios a los que me empujan. Una cosa es que me empujen mis padres. Pero que Tiny Cooper me empuje hacia Jane, que me empujen a hacerme un carnet falso, que se rían cuando la cosa sale como el culo y que me dejen solo con un puñetero perrito caliente de segunda categoría, cuando ni siquiera me gustan especialmente los perritos calientes de primera, es una putada.
Veo a Tiny mentalmente, su gorda cara riéndose. «Es totalmente inútil. Es totalmente inútil». ¡No es verdad! Puedo comprar tabaco, aunque no fumo. Podría inscribirme ilegalmente para votar. Puedo… Ah, vaya. Tengo una idea.
Veamos, delante del Trastero hay un sitio. Uno de esos sitios con rótulo de neón y sin escaparates. No me gusta ni me interesa especialmente el porno (ni los «libros para adultos» que promete el rótulo de la puerta), pero que me den si me paso toda la noche en el Frank’s Franks sin utilizar mi carnet falso. No. Me voy al sex shop. Tiny Cooper no tiene huevos de entrar en un sitio así. Imposible. Pienso en la movida que voy a tener cuando Tiny y Jane salgan del concierto. Dejo un billete de cinco dólares en la mesa (el cincuenta por ciento de propina) y recorro cuatro manzanas. Cuando me acerco a la puerta, empiezo a ponerme nervioso, pero me digo a mí mismo que estar en pleno invierno en el centro de Chicago resulta mucho más peligroso de lo que podría ser cualquier tienda.
Empujo la puerta y entro en un local iluminado con fluorescentes. A mi izquierda, un tipo con más piercings que un alfiletero me mira desde detrás de un mostrador.
—¿Vas a echar un vistazo o quieres fichas? —me pregunta.
No tengo ni idea de lo que son las fichas, así que le digo:
—¿A echar un vistazo?
—Muy bien. Adelante —me dice.
—¿Qué?
—Que pases.
—¿No vas a pedirme el carnet?
El tipo se ríe.
—¿Qué pasa, que tienes dieciséis años?
Lo ha clavado, pero le digo:
—No, tengo veinte.
—Vale, sí. Me lo imaginaba. Pasa.
Y pienso: «Joder, ¿tanto cuesta utilizar un puto carnet falso en esta ciudad?». Es ridículo. No voy a tolerarlo.
—No —le digo con tono contundente—. Pídeme el carnet.
—Vale, tío. Si te hace ilusión… —Y con tono teatral me pregunta—: ¿Puedo ver el carnet, por favor?
—Puedes —le contesto.
Y se lo tiendo. Le echa un vistazo y me lo devuelve.
—Gracias, Ishmael —me dice.
—De nada —repongo enfadado.
Y entro en el sex shop.
La verdad es que es un aburrimiento. Parece una tienda normal: estanterías de DVD y de viejas cintas de VHS, y un expositor de revistas, todo bajo esta molesta luz de fluorescente. Bueno, sí hay alguna diferencia con un videoclub normal, supongo, como A. En un videoclub normal hay muy pocos DVD que contengan palabras como «devoradora» y «zorra», y aquí parece suceder lo contrario, y B. Estoy seguro de que en un videoclub normal no hay chismes para azotar, mientras que aquí hay unos cuantos. Y C. En un videoclub normal hay pocos artículos en venta que te hagan pensar: «No tengo ni la más remota idea de para qué se supone que sirve esto ni de dónde se supone que se pone».
No hay nadie en el sex shop, aparte del Señor de los Piercings, y quiero marcharme porque seguramente esta es la parte más incómoda y desagradable de lo que hasta ahora ha sido un día bastante incómodo y desagradable. Pero la excursión será totalmente inútil si no consigo una prueba que demuestre que he estado aquí. Mi objetivo es encontrar el artículo más divertido para enseñarlo, el artículo que consiga que Tiny y Jane crean que he pasado una noche tan divertida que no se la pueden ni imaginar, y al final me decido por una revista en español que se llama Mano a Mano.