Will Grayson, Will Grayson

John Green · Capítulo 15 de 21

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Will Grayson, Will Grayson

Capítulo quince

 

Al día siguiente, Tiny no está en la clase de cálculo. Supongo que está en algún sitio escribiendo canciones en una libreta cómicamente pequeña. No me molesta demasiado. Lo veo entre la segunda y la tercera clase al pasar por su taquilla. Lleva el pelo sucio y tiene los ojos como platos.

—¿Demasiado Red Bull? —le pregunto acercándome a él.

Me contesta a una velocidad furiosa.

—La obra se estrena dentro de nueve días, Will Grayson es majísimo y todo va bien. Oye, Grayson, tengo que ir al auditorio. Te veo a la hora de comer.

—El otro Will Grayson —le digo.

—¿Qué? —me pregunta Tiny cerrando de golpe su taquilla.

—El otro Will Grayson es majísimo.

—Vale, muy bien —me contesta.

A la hora de comer no está en nuestra mesa, ni Gary, ni Nick, ni Jane, ni nadie, y como no quiero toda la mesa para mí, me voy con mi bandeja al auditorio suponiendo que los encontraré allí. Tiny está en medio del escenario, con una libreta en una mano y el móvil en la otra, gesticulando como un loco. Nick está sentado en la primera fila de asientos. Tiny habla con Gary, que también está en el escenario, y como la acústica de nuestro auditorio es fantástica, oigo perfectamente lo que le dice incluso desde el fondo.

—Lo que tienes que recordar de Phil Wrayson es que está totalmente asustado. De todo. Finge que no le importa, pero es el que está más a punto de derrumbarse de toda la puñetera obra. Quiero oír el temblor en su voz cuando cante, la necesidad que espera que nadie oiga. Porque eso será lo que lo haga tan molesto, ¿sabes? Lo que dice no es molesto. Es cómo lo dice. Así que cuando Tiny esté colgando los carteles del orgullo gay, y Phil no deje de hablar de sus estúpidos problemas con una chica, que él mismo ha provocado, tenemos que oír lo molesto. Pero tampoco exageres. Es muy poca cosa. Una piedra en el zapato.

Me quedo parado un minuto, esperando que me vea, y por fin me ve.

—Es un PERSONAJE, Grayson —grita Tiny—. Un PERSONAJE DE FICCIÓN.

Todavía con la bandeja en las manos, me doy media vuelta y me voy. Me siento fuera del auditorio, en las baldosas del suelo del pasillo, apoyado en una vitrina de trofeos, y como un poco.

Espero que venga. Que salga y me pida perdón. O que salga y me grite por ser un cobarde. Espero que las dos hojas de esa puerta de madera oscura se abran, que Tiny las cruce y empiece a hablar.

Sé que es inmaduro, pero no me importa. A veces necesitas que tu mejor amigo cruce la puerta. Pero no lo hace. Al final, sintiéndome pequeño e idiota, soy yo el que se levanta y abre la puerta. Tiny canta tan contento sobre Oscar Wilde. Me quedo en la puerta un momento, aún esperando que me vea, y no me doy cuenta de que estoy llorando hasta que me llega un sonido al inhalar. Cierro la puerta. Si Tiny me ve, no se detiene a ver qué me pasa.

Recorro el pasillo con la cabeza tan baja que me sale agua salada de la punta de la nariz. Cruzo la puerta principal (el aire frío, el sol cálido) y bajo los escalones. Avanzo por la acera hasta que llego a la verja y corro hacia los matorrales. Siento en la garganta algo que parece que va a ahogarme. Ando por los matorrales como hace unos años con Tiny, cuando nos saltamos las clases para ir al desfile del orgullo gay de Boys Town en el que salió del armario.

Me dirijo al campo de béisbol que está entre mi casa y el instituto. Está al lado de la escuela primaria, y cuando era niño solía ir allí solo, después de clase, a pensar. A veces llevaba una libreta de dibujo e intentaba dibujar, pero sobre todo me gustaba ir sin más. Rodeo la verja y me siento en el banquillo, con la espalda apoyada en la pared de aluminio, al calor del sol, y lloro.

Es lo que me gusta del banquillo: estoy junto a la tercera base, veo el diamante de tierra frente a mí y las cuatro filas de gradas a un lado. Al otro lado, el jardín y el siguiente diamante. Luego un gran parque y la calle. Veo a gente que pasea al perro y a una pareja que camina contra el viento. Pero como estoy apoyado en la pared, con el techo de aluminio por encima de mi cabeza, no me ve nadie a quien yo no vea.

La situación es tan rara que me hace llorar.

Tiny y yo jugamos al béisbol juntos. No en este parque, sino en uno que está más cerca de nuestras casas. Empezamos en tercero. Así nos hicimos amigos, supongo. Tiny era fuerte como un demonio, claro, pero no muy bueno con el bate. Aun así, fue el primero de la liga recibiendo lanzamientos. Era fácil alcanzarle.

Yo jugaba en una respetable primera base y no fui el primero en nada.

Apoyo los codos en las rodillas, como hacía cuando veía partidos desde un banquillo como este. Tiny siempre se sentaba a mi lado y, aunque solo jugaba porque el entrenador tenía que sacar a todo el mundo, era superentusiasta. Decía: «Eh, batea, batea, DALE CAÑA, batea», pero al final lo cambiaba por: «¡Queremos un lanzador, no a un tío que se rasque la barriga!».

Una vez, en sexto, Tiny jugaba en la tercera base, y yo en la primera. Era al principio del partido e íbamos ganando por poco, o perdiendo por poco, no lo recuerdo. Sinceramente, ni siquiera miraba la puntuación cuando estaba jugando. Para mí el béisbol no era más que una de esas cosas raras y terribles que te obligan a hacer tus padres por razones que no puedes entender, como vacunarte de la gripe e ir a la iglesia. En fin, el bateador lanzó la pelota, que llegó hasta Tiny. Tiny la atrapó con el guante y la lanzó a la primera base con su potente brazo, yo me estiré para cogerla con cuidado de dejar un pie en la base, la pelota me golpeó el guante e inmediatamente cayó, porque olvidé cerrar la mano. El corredor estaba a salvo, y el error nos costó una carrera o algo así. Cuando terminó la entrada, volví al banquillo. El entrenador (creo que se llamaba señor Frye) se inclinó hacia mí. Fui consciente de que su cabeza era enorme, con la gorra por encima de su gorda cara.

—CONCÉNTRATE en COGER la PELOTA. COGE la PELOTA, ¿vale? ¡Por Dios!

Sentí que me ruborizaba, y con el temblor en la voz que Tiny señalaba a Gary, le dije:

—Lo sieeento, entrenador.

—Yo también, Will. Yo también —me contestó el señor Frye.

Y de repente Tiny fue y le pegó un puñetazo en la nariz al señor Frye. Por las buenas. Así acabó nuestra carrera en el béisbol.

 

No dolería si no fuera verdad, si de alguna manera no supiera que mi debilidad lo saca de quicio. Y quizá piensa lo mismo que yo, que uno no elige a sus amigos, y carga con esta fastidiosa zorra chillona que no sabe qué hacer consigo misma, que no sabe cerrar el guante cuando recibe la pelota, que no aguanta un rapapolvo del entrenador y que lamenta escribir cartas al director en defensa de su mejor amigo. Esta es la verdadera historia de nuestra amistad: yo no he cargado con Tiny. Él ha cargado conmigo.

Al menos puedo liberarlo de esa carga.

Tardo mucho en dejar de llorar. Utilizo el guante como pañuelo mientras observo la sombra del techo del banquillo descendiendo por mis piernas extendidas a medida que el sol asciende a lo más alto del cielo. Al final se me hielan las orejas en el banquillo a la sombra, así que me levanto y cruzo el parque para volver a casa. De camino, echo un vistazo a la lista de contactos del teléfono y llamo a Jane. No sé por qué. Necesito llamar a alguien. Es raro, pero todavía quiero que alguien abra la puerta del auditorio. Oigo su contestador.

—Lo siento, Tarzán, Jane no está. Deja un mensaje.

—Hola, Jane, soy Will. Solo quería hablar contigo. ¿Quieres que sea del todo sincero? Acabo de pasarme cinco minutos pasando la lista de todas las personas a las que podía llamar y tú has sido la única a la que quería llamar, porque me gustas. Me gustas mucho. Creo que eres increíble. Eres… más en todo. Más inteligente, más divertida, más guapa y… simplemente más. Sí, bueno. Nada más. Adiós.

Cuando llego a casa, llamo a mi padre. Contesta en el último tono.

—¿Puedes llamar al instituto para decir que estoy enfermo? He tenido que volver a casa —le digo.

—¿Estás bien, hijo?

—Sí, estoy bien —le contesto, aunque me tiembla la voz y siento que podría volver a echarme a llorar por lo que fuera.

—Vale, vale. Ahora llamo.

Quince minutos después estoy tirado en el sofá del salón, con los pies en la mesita del café. Miro la tele, solo que la tele no está encendida. Tengo el mando en la mano izquierda, pero ni siquiera tengo energía para pulsar el puto botón.

Oigo la puerta del garaje abriéndose. Mi padre entra por la cocina y se sienta a mi lado, muy cerca.

—Quinientos canales —dice— y no has puesto ninguno.

—¿Te has tomado el día libre?

—Siempre puedo conseguir a alguien que me cubra —me responde—. Siempre.

—Estoy bien —le digo.

—Sé que estás bien. Solo quería estar en casa contigo. Eso es todo.

Me resbalan varias lágrimas, pero mi padre tiene el detalle de no decir nada. Entonces enciendo la tele y encontramos un programa titulado Los yates más increíbles del mundo, que trata de yates que tienen pista de golf y cosas así, y cada vez que muestran algún lujo, mi padre dice «¡ES INCREÍÍÍBLE!» con tono sarcástico, aunque de alguna manera sí es increíble. Lo es y no lo es, supongo.

Entonces mi padre quita el volumen a la tele.

—¿Conoces al doctor Porter? —me pregunta.

Asiento. Es un tipo que trabaja con mi madre.

—Como no tienen hijos, son ricos. —Me río—. Pero tienen un barco en el puerto de Belmont, uno de esos mastodontes con camarotes de cerezo importados de Indonesia, una cama grande giratoria rellena de plumas de águilas en peligro de extinción y todo eso. Hace unos años, tu madre y yo comimos con los Porter en el barco y en lo que duró la comida (dos horas) el barco pasó de parecer la experiencia más extraordinaria y lujosa a ser simplemente un barco.

—Supongo que la historia tiene moraleja.

Mi padre se ríe.

—Tú eres nuestro yate, hijo. Todo el dinero que habríamos gastado en un yate y todo el tiempo que habríamos pasado viajando por el mundo. En su lugar, te tuvimos a ti. Resulta que el yate es un barco. Pero tú… A ti no se te puede comprar a plazos ni se te puede rebajar. —Gira la cara hacia la tele y al momento me dice—: Estoy tan orgulloso de ti que me enorgullezco de mí mismo. Espero que lo sepas.

Asiento, con un nudo en la garganta, y clavo los ojos en un anuncio de detergente para lavadora. Un segundo después mi padre murmura para sí mismo:

—Crédito, gente, consumismo… Algún doble sentido hay por ahí.

—¿Qué pasaría si no quisiera hacer ese programa de la Northwestern? ¿O si no me aceptaran?

—Bueno, dejaría de quererte —me contesta.

Se queda serio un momento, luego se ríe y sube el volumen de la tele.

 

Algo después decidimos que vamos a sorprender a mi madre con chili con pavo para cenar. Estoy picando cebolla cuando suena el timbre de la puerta. Sé de inmediato que es Tiny y siento un extraño alivio irradiándose desde mi plexo solar.

—Voy yo —digo.

Apretujo a mi padre para salir de la cocina y corro a la puerta.

No es Tiny, sino Jane. Me mira con los labios fruncidos.

—¿Cuál es la combinación de mi taquilla?

—Veinticinco-dos-once —le contesto.

Me da un golpe en el pecho de broma.

—¡Lo sabía! ¿Por qué no me lo dijiste?

—No pude descubrir cuál de varias verdades era la más verdadera —le contesto.

—Tenemos que abrir la caja —me dice.

—Uf —le digo. Doy un paso adelante para poder cerrar la puerta, pero ella no da un paso atrás, así que casi nos tocamos—. El gato tiene novio —señalo.

—En realidad el gato no soy yo. El gato somos nosotros. Yo soy física. Tú eres físico. El gato somos nosotros.

—Vale —le digo—. La física tiene novio.

—La física no tiene novio. La física plantó a su novio en el jardín botánico porque no dejaba de decir que iría a las olimpiadas de 2016, y en la cabeza de la física había una vocecita llamada Will Grayson que decía: «¿Y en las olimpiadas representarás a Estados Unidos o al Reino de Gilipollilandia?». Así que la física rompió con su novio e insiste en abrir la caja, porque no puede dejar de pensar en el gato. A la física no le importará si el gato está muerto. Solo necesita saberlo.

Nos besamos. Me toca la cara con sus manos congeladas, sabe a café, llevo todavía el olor a cebolla pegado a la nariz y tengo los labios secos por el interminable invierno. Y es increíble.

—¿Tu opinión de física profesional? —le pregunto.

Jane sonríe.

—Creo que el gato está vivo. ¿Qué dice mi estimado colega?

—Vivo —le digo.

Y es verdad. Lo que hace más raro el hecho de que, mientras hablo con ella, dentro de mí sigue abierta una pequeña herida. Creí que el que había llamado a la puerta era Tiny, que iba a pedirme mil disculpas que yo acabaría aceptando. Pero así es la vida. Crecemos. Planetas como Tiny encuentran nuevos satélites. Satélites como yo encuentran nuevos planetas. Jane se aparta un momento de mí y dice:

—Algo huele bien. Bueno, aparte de ti.

Sonrío.

—Estamos haciendo chili —le digo—. ¿Quieres… Quieres entrar a conocer a mi padre?

—No quiero mo…

—No —le digo—. Es majo. Un poco raro, pero majo. Puedes quedarte a cenar.

—Vale, déjame llamar a mi casa.

Me quedo tiritando un segundo mientras habla con su madre, a la que dice: «Voy a cenar en casa de Will Grayson… Sí, está su padre… Son médicos… Sí… Vale, te quiero».

Entramos.

—Papá —digo—, esta es mi amiga Jane.

Sale de la cocina con su delantal de «Los cirujanos lo hacemos con mano firme» encima de la camisa y la corbata.

—¡Doy crédito a la gente para que se trague el consumismo! —dice entusiasmado por haber encontrado su frase.

Me río.

Jane extiende la mano, muy formalita, y dice:

—Hola, doctor Grayson. Soy Jane Turner.

—Señorita Turner, es un placer.

—¿Te parece bien que Jane se quede a cenar?

—Claro, claro. Jane, discúlpanos un momento.

Mi padre me empuja a la cocina, se inclina y me pregunta en voz baja:

—¿Era esta la causa de tus problemas?

—Aunque parezca raro, no —le contesto—. Pero algo tenemos.

—Algo tenéis —murmura para sí mismo—. Algo tenéis. —Y en voz alta—: ¿Jane?

—¿Sí, señor?

—¿Qué nota media tienes?

—Hum, tres coma siete sobre cinco, señor.

Me mira con los labios apretados y asiente despacio.

—Aceptable —me dice.

Y sonríe.

—Papá, no necesito tu aprobación —le digo en voz baja.

—Lo sé —me contesta—. Pero he pensado que te gustaría que te la diera de todas formas.