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Capítulo 1
El edificio central de la Universidad de Siracusa, a lo lejos, parece un castillo encantado medieval. De no ser porque en los Estados Unidos no existen los castillos medievales, pensaría que lo es. Una enorme torre, como si fuera la de defensa, la preside. Sus múltiples ventanas con arco estrecho y ovalado parecen las aspilleras desde donde los arqueros disparan a los intrusos, y fantasmas también los hay, sí, sobre todo mi compañera de cuarto, Rose, que se levanta por las noches con su camisón blanco a hacer no sé qué, tropezando por todos los rincones y con los brazos extendidos como si fuera sonámbula. La primera noche me dio un susto de muerte.
Pensaba que lo era. Pero no, simplemente salió a por agua, me dijo, que no le dio a la luz para no despertarme y la que lio fue mucho peor. «Niña muerta a causa de un infarto en su primera noche en el campus» hubiera podido ser el titular. Por todo lo demás, la universidad no recuerda a un castillo, no hay armaduras, ni retratos de aristócratas y caballeros colgados de las paredes, ni tapices ni foso, ni puente levadizo con cocodrilos.
Llevo seis días en el campus desde que mi padre y mi hermano Jack me dejaron y no he visto nada de esto. En su lugar, salones, sala de trofeos, una enorme biblioteca, cabinas telefónicas de aparatos negros como el carbón, largos pasillos, techos altos y un solo color, el naranja. Como el del famoso equipo de fútbol de nuestra universidad, y digo nuestra porque tal vez sí que hay fantasmas, un solo espíritu que te impregna el alma desde el mismo momento en que echas a andar por la empinada, serpenteante y larga escalinata de la entrada al edificio principal y que te acoge en una especie de tu-otra-vez- por-aquí que te cala como en un déjà vu.
Y esa sensación no te abandona, todo lo contrario, te acompaña y se vuelve más vigorosa detrás de cada paso. Por este motivo cruzo tranquila los verdes jardines en dirección al Archbold Stadium, donde juega el equipo de
fútbol y alrededor del cual se encuentran las instalaciones deportivas, como si resiguiera anteriores pasos que, obviamente, no he dado jamás.
El atardecer pinta de un tono rojizo el horizonte perfectamente acompasado con el color de mi universidad, las cimas de los arces rojos y los fresnos reverencian jugando con las últimas ráfagas de un viento húmedo que amenaza tormenta, y el eco lejano y entremezclado de mis compañeros que se explayan sobre el césped se pierde a medida que avanzo hasta la escalinata. Sí, otra jodida y empinada escalinata, de largos peldaños con los extremos roídos y enverdecidos por el paso del tiempo que al pisarlos me saludan con un nuevo otra-vez-tu-por-aquí. Ignoro si he de pedir permiso a nadie. Ignoro si la entrada es franca, si quien quiera tiene acceso a fisgonear entrenamientos y mezclarse con los deportistas como uno más, o es necesario acreditarse y formar en alguno de los equipos de la universidad.
Pero soy mujer, ya me lo dijo mi querida Evelyn, y las mujeres no practicamos deporte, tampoco aquí, en Siracusa, que eso sí lo pregunté.
Ningún equipo femenino ni de baloncesto ni de fútbol ni de atletismo. Sigo avanzando y no, nada impide la entrada, solo un enorme arco blanco sin puertas ni vallas, tan amplio que antes de alcanzar el último tramo de escaleras ya oteo el interior y oigo ese rumor que espontáneamente brota en las gargantas de los que practican un juego colectivo: gritos de aliento, de desazón, de fastidio, de ánimos, de arrepentimiento, de otra vez será, de mírame, de avisa, de lánzala, silbatos, silencios, chuts… Mi piel se ruboriza y siento un fervoroso y casi irreprimible deseo de traspasar esa línea prohibida a las que llevamos faldas, ese deseo de, en lugar de agitar pompones y hurras, echarme a correr con la cabeza bien alta. A eso he venido.
Entro y me maravillo ante el inmenso recorrido de la pista de atletismo con sus ocho calles de arena rojiza, el césped reluciente del campo de fútbol con sus travesaños, y un ejército de chicos, unos avanzando, otros retrocediendo, como dos manchas de distinto color que se mezclan. Blancos contra negros. Las camisetas, digo. Y más gritos, y más silbatos, todo componiendo esa sinfonía que me hincha un orgullo que no me pertenece por ser mujer. Doy la vuelta y admiro las gradas de cemento y una suerte de torrecillas que de forma regular las cierran en su punto más alto. Las
imagino repletas de gente encorajando al equipo con miles de banderines naranjas agitados al mismo tiempo y bajo el mismo aliento. No hay nadie más sentado ni andando alrededor de la cancha como yo. Temo que alguien me llame la atención. Que me riñan. Yo no puedo estar aquí, no sé ni lo que busco; bueno, sí lo sé, pero no sé dónde. Un balón rebota ruidoso a pocos pasos de mí, me giro con la intención de parar su trayectoria, pero un jugador lo ataja antes, casi a mis pies. Lo agarra con una sola mano como si fuera un melocotón y dos ojos penetrantes me escrutan como escondidos entre les rejas de protección de su casco.
—¿Te has perdido?
Antes de poder contestar alguien vocifera a su espalda, se llama Sam, o al menos así le gritan.
Gira el cuerpo en una especie de semivuelta sobre su cintura, arquea su brazo derecho por encima del hombro y hace volar el cuero ovalado como si fuera un satélite. Lo pierdo de vista rápidamente.
—¡Guau! —exclamo.
—¿Cómo te llamas?
El silbato del entrenador estrena una serenata aguda y chirriante, dedicada a Sam.
—Alice… —le contesto justo antes de que me sonría, se gire y corra a mezclarse en la mancha que predomina de camisetas blancas. No entiendo porque hay más jugadores de blanco. Le observo la figura, unos muslos voluminosos que sus pantalones de chándal no consiguen disimular, su espalda tan ancha como la pared de un armario de esos empotrados, el vaivén de sus codos apuntando el suelo, y antes de que se aleje más, y sin poder evitarlo, le grito un auxilio desesperado…
—¡Sam! ¿Sabes dónde puedo encontrar al entrenador de atletismo? —Temo que no le llegue mi voz, pero sí. Se detiene. Y se gira, y aunque sea a lo lejos creo volver a intuir su sonrisa.
—¡Mira en el otro lado! ¡Ellos siempre están en el otro lado! —eleva su tono de voz, levanta la mano, saluda y entonces sí, vuelve a unirse al grupo.
El otro lado, ¿dónde narices está el otro lado? Como una tonta doy la vuelta sobre mi eje. Observo la tribuna central que guarda un gran parecido con la fachada de la universidad, esa que antes he explicado me recordaba a un castillo medieval, y entonces los veo, claro, al otro lado: justo en el otro extremo curvo de la pista otro grupo de muchachos forman un círculo naranja. No sé qué hacen. De repente se agachan al mismo tiempo y en el centro aparece un tipo con sombrero. El único que permanece de pie.
Parece un truco de magia. Sonrío y sin que me abandone el miedo de que alguien me llame la atención, y me eche, continúo andando por la calle número dos acercándome a ese grupo de deportistas que parecen venerar al tipo del sombrero a base de reverencias. Me río yo misma por la estúpida metáfora que se me ha ocurrido mientras hacen abdominales. Si quiero llegar a ser una buena periodista, tendré que esmerarme más, pienso. El tipo del sombrero está ya tan cerca que me mira. Debe de ser él, pienso. Es él, me animo. Lleva un ridículo chándal blanco con rayas rojas, qué horror, y el silbato colgando. Me recuerda a un tubo de pasta de dientes. Los cristales de sus gafas brillan y en su reflejo me doy cuenta de que la torre de iluminación, justo delante de la tribuna, se ha encendido. Son unos diminutos puntos azulados que tan solo calientan, lentamente, antes de abrazar con su lluvia radiante el verde. Me fijo en ellos y disminuyo mi paso, amedrantada. Algo ocurre con los del fútbol: un estruendoso griterío me llama la atención. Los de negro se abrazan, algunos de blanco se echan, exhaustos, sobre el césped. Supongo que, entre ellos, andará Sam.
Carcajadas lejanas se reproducen desde el centro del campo como un eco feliz que me anima. Así, animada, avanzo decidida. Los de las abdominales van acabando, poco a poco. Estirados sobre las calles de la pista de atletismo me observan como tumbados en la playa.
—¿Qué quieres? —me pregunta el entrenador algo tosco. Tomo aire y noto que las piernas me tiemblan.
—¿Es usted el señor Arnie Briggs?
Él asiente y escupe al suelo. Qué asco.
—¿Puedo hablar con usted?
El entrenador levanta su mirada justo cuando desde el plomizo cielo se precipita una leve llovizna.
—Te vas a mojar…
Se gira sin hacerme caso y ordena a los chicos que estiren contra la valla; obedientes se retiran y me recuerdan, con sus poses, a las bailarinas. Me río.
—¿Qué encuentras tan divertido?
—Yo solo caliento después —le digo cuando la lluvia empieza a arreciar con fuerza.
El entrenador me dirige un gesto con su barbilla indicándome el túnel de lo que, imagino, será el camino al vestuario.
—Métete allí o quedarás empapada.
El entrenador Arnie me habla con un tono neutro, tan neutro que es imposible averiguar si se preocupa por mí o solo quiere sacárseme de encima.
—No me importa, me gusta correr bajo la lluvia…
—¿Tu corres?
—A eso he venido.
—Pensaba que a la universidad se venía a aprender… Suos cultores scientia coronat…, este es nuestro lema.
—La ciencia corona a quienes la cultivan —repito orgullosa como toda una veterana justo cuando mi melena empieza a chorrear sobre mis espaldas.
—Si te gusta correr bajo la lluvia, estás de suerte, en Siracusa llueve a menudo…
—Lo sé, soy de Nueva York…
El entrenador esboza su primera sonrisa, se lleva el silbato a los labios, se gira hacia los chicos y con un solo gesto empiezan a corretear en un ritmo suave, y sin mirarme me habla como si leyera mis pensamientos.
—Aquí no tenemos equipo femenino, pero me haría feliz si quieres entrenar con nosotros, nunca he entrenado a una chica.
Sigue sin mirarme, y como no puedo ver su expresión, ignoro si me está tomando el pelo. Me espero a que se gire, y cuando lo leo en sus ojos, reprimo mi efusividad. Desearía colgarme de su cuello y llenarlo de besos.
Me aguanto.
—¿Has corrido antes? —me pregunta.
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