261

Laura Zalve · Capítulo 6 de 26

Páginas del PDF

261

Capítulo 6

Las matemáticas eran un palo, un palo cuadrado con raíz cuadrada, múltiple de tres periódico con polinomios y combinaciones algebraicas con un resultado con común denominador, el aburrimiento. Qué tostón la señorita Maertens, por Dios, ¡pero qué tostón! Y yo, que iba para periodista, todo aquello que me pudiera explicar con su rigidez expresiva, más propia de los difuntos, me importaba tanto como a qué hora se ponía el sol en Venus.

Y así, aburrida, mientras ella soltaba su rollo, yo me acariciaba los muslos preocupada por mis cuádriceps. Cada día que pasaba se ponían más robustos, sobre todo el de la pierna izquierda… ¿O eran manías mías? De vez en cuando asentía, toda concentrada, cuando creía que la Maertens me miraba, y luego lo volvía a comparar con el derecho, y sí, tenía una pierna más gruesa que la otra, ¡cómo podía ser! ¿Acaso apoyaba una pierna más que la otra cuando daba las zancadas? En serio que estuve a punto de levantar una mano y preguntar a la señorita Maertens, ella que siempre pronunciaba esa frase tan suya que las matemáticas, como la vida, eran pura lógica, que cómo se podía explicar que se me desarrollara más el cuádriceps izquierdo si usaba las dos piernas para correr. Por suerte alguien llamó a la puerta del aula con sus nudillos y yo aproveché el desconcierto, y que todos fijaran su vista ahí, para mirar a mi Bryan la vez tres mil cincuenta y seis desde que empezaran las clases de aquel día.

Cuando la señorita Maertens se dirigió con un sonoro «un momento» al personaje invisible que se escondía detrás o, mejor dicho, cuando abrió la puerta y pude ver que el personaje invisible era el señor Chamber con su ridículo atuendo de entrenador, shorts hasta las rodillas, calcetines también casi hasta las rodillas, un polo blanco con el cuello levantado, una armilla de punto amarillo a rombos rojos como Charlie Brown, y su inseparable silbato colgado sobre el pecho, casi me atraganto convencida de que la cosa iba por mí. Y no, no me equivoqué, ya que después de que el entrenador

sacara a la Maertens al pasillo, cuando ella volvió me buscó, esta vez con una mirada más expresiva que la que usaba para trazar algoritmos, y me llamó:

—Señorita Alice Walter, ¿puede salir un momento?

—¿Yo? —creo que balbuceé agarrada al pupitre con fuerza.

La señorita Maertens oteó hasta el fondo de la clase imitando el mismo gesto de John Wayne intentado divisar a los sioux.

—¿Hay alguna otra señorita Alice Walter en la sala?

Luego se abrió de brazos y me enfocó directamente. Detrás de la puerta que había dejado entreabierta la sombra del entrenador se removía y mi estómago empezó a temblar como si el mismísimo Bryan Cox me acabara de sacar a bailar. Y no sabía que era o que sería peor, si un hipotético baile con mi príncipe azul o la reprimenda que me esperaba por haberme colado cada tarde en la pista de atletismo, porque, sin duda, era eso.

Me levanté sin añadir nada más y con un manojo de angustias sobre mis espaldas rogué a Evelyn, con una mirada, que me ayudara. Ella me dedicó un gesto levantando los hombros y yo entendí que en esa ocasión me quedaba sola.

—¿Puede darse prisa, señorita Walter? Si no tiene ningún inconveniente, me encantaría poder acabar la clase…

—Eh…, sí…, claro… Pero… ¿no voy a volver?

Toda la clase rompió a carcajadas y yo, sin esperar que me respondiera, cogí mi mochila por si acaso y desaparecí sin girarme. Cuando cerré la puerta detrás de mí me pareció que la Maertens suspiraba.

—Alice, ¿verdad? —el entrenador me habló con tono nervioso.

Yo asentí porque era incapaz de pronunciar ni una sola palabra. Además, me incomodaba que el señor Chamber pareciera ser una de esas personas con la desagradable costumbre de hablarte sin dejar apenas un palmo de distancia, y, además, yo ya era una chica alta por aquellos tiempos y me violentaba que él tuviera que levantar la barbilla para buscar mis ojos.

—¿Me acompañas a mi despacho? Estaremos más cómodos.

Estaba tan nerviosa que me pareció haber oído, perfectamente, la palabra director, o sea, íbamos al despacho del director porque cada tarde desde hacía semanas me colaba al recinto después de los entrenamientos saltando la valla como un ladrón, y eso era grave, muy grave, la expulsión, y después de lo de mi madre, mi padre no se merecía pasar por eso, no era justo, lo iba a matar…

—Oiga, señor Chamber… —intentaba hablarle mientras, pegado a su espalda, le seguía por el pasillo—, ya sé de qué se trata y, la verdad, lo siento mucho, he sido una imprudente, pero… —Me parecía muy mal meter a mi madre en medio y me callé.

Dimos toda la vuelta al instituto por dentro, pasillos y más pasillos entre puertas de madera oscura con el número de cada aula atrapado en un cuadradito de madera oscura y letras blancas, bancos de madera oscura arrimados a las paredes, y retratos en lienzos descoloridos, por el paso del tiempo, de ilustres personajes que nunca aprendí ni quiénes eran, ni sus méritos. Cuando entramos a su cuchitril, un garito justo al lado del vestuario que a él le encantaba llamar despacho, lo primero que me llamó la atención fue que la ventana, detrás de su mesa, daba justo a la pista de atletismo. Lo comprendí todo de repente y por eso noté un sofoco que me abrasó las mejillas. Se sentó y entonces se dio cuenta de que no tenía ninguna silla que ofrecerme.

—¿Quién se la ha llevado? —exclamó mirando por todos lados como si pudiera esconderse en el poco más de metro cuadrado de esa lúgubre habitación.

—No se preocupe, señor Chamber, no me hace falta sentarme.

El entrenador se mostraba tenso, como si estar delante de una chica le incomodara, jugueteaba constantemente con la cinta de la que colgaba su silbato y evitaba mirarme de frente. Entonces, cuando él dirigió un gesto a un rincón, entre una taquilla metálica, la papelera y el ámbito de la ventana, vi mi bolsa beige, la misma que yo hacía volar cada mañana de ida y cada tarde de vuelta por encima de la valla.

—Verá, la he traído hasta aquí para comentarle algo: acabo de hablar con el director…

No le dejé acabar la frase, lo sabía, me lo imaginaba, me lo esperaba, lo temía y no, eso no se lo podíamos hacer a mi padre…

—No, eso no se lo podemos hacer a mi padre, ahora no, compréndalo, comprenda por todo lo que acaba de pasar, no podemos darle ese disgusto…

—Chamber me observó confuso y por primera vez desde que estábamos en su despacho, directo a los ojos. Desde que salí al pasillo no se había atrevido a volverlo a hacer. Sí, hablar con una chica le ponía tenso e intranquilo y lo pensaba aprovechar. Me pensaba aprovechar.

—Mire —continúe firme y segura por primera vez—, yo le prometo que no lo volveré a hacer, hable con el director, por favor, si es necesario le pediré perdón, pero no podemos darle un nuevo disgusto a mi padre…

El entrenador agitó la cabeza como si sufriera de algún tic, dirigió la mirada a la mesa y, como si no me hubiera escuchado, continuó a su rollo:

—Hace días que la observo. Primero no entendía nada, pensaba que era alguien del equipo que en lugar de cambiarse había preferido seguir con el entrenamiento por su cuenta; cuando salí a advertirle que no se podía quedar ahí, vi que era usted. No sabía qué decirle. Luego la perdí entre los arbustos, salió con el uniforme puesto y tiró la bolsa por encima de la valla.

Lo entendí todo cuando la saltó y se marchó…

—No lo volveré a hacer, se lo prometo. —Junté las palmas de mis manos rozándome los labios, los apreté y le ofrecí mi mejor versión de niña buena.

—¿Le gustaría entrenar con el equipo? —soltó de golpe.

—¿Qué?

—Antes he hablado con el director por si existía algún inconveniente, y nada, solo papeleo, unas autorizaciones que debe firmar su padre y ya está.

—Me acercó unos papeles que esperaban encima de la mesa haciéndolos resbalar con la palma de una mano—. Estos: se los lleva, que los lea, los firme y mañana puede empezar, le presentaré a los muchachos…

Y no lo pude evitar, lo siento, y no me avergüenzo, o, mejor dicho, sí que me avergonzó porque luché con todas mis fuerzas cuando noté que la alegría iba a explotar como una catarata, de manera inminente, en mis ojos.

Y apreté los labios, qué tonta, como si ese simple gesto fuera un freno, y moví la cabeza, y abrí los brazos, y volví a mover la cabeza en un intento desesperado hasta que no pude más y me eché a llorar al tiempo justo de gimotearle las gracias.

Él, incómodo como todo el rato, o más viéndome llorar como una tonta, se puso en pie y miró hacía la ventana como si me buscara. Me imaginé corriendo como una loca y él vigilándome detrás del cristal, y pensé en esa primera vez que corrí descalza y con faldas, y quería abrazarle, darle las gracias una y mil veces, y preguntarle si era verdad todo eso que me contaba Eve, él lo debía de saber. Si era cierto que no podría ser madre, si de verdad se me caerían las tetas, y el útero, y si era posible que se me desarrollara más mi cuádriceps izquierdo; y quería preguntarle, también, si le parecía buena corriendo, si le gustaba mi estilo, si podría participar en las carreras, si entraría en el equipo como una más, y que por qué hacía eso, que por qué era tan bueno conmigo… Pero no me dio tiempo, cogí esos papeles que tenía que firmar mi padre, los metí deprisa en mi mochila y tomé de su mano mi bolsa voladora que me ofreció junto a su primera sonrisa…

—A partir de ahora ya no necesitara que la tire por encima de la valla, aunque si prefiere seguir saltándola, puede ser un buen entrenamiento.

Y dijo eso y juro que le salvó la mesa, que estaba en medio y no sabía cómo sortearla, lo juro, porque ya no me podía aguantar más y, como que no había dejado de llorar y cuando lloro no me salen las palabras, lo juro que me hubiera colgado de su cuello y lo habría llenado de besos, pero la maldita mesa estaba en medio y él, asustado y cobarde, se refugiaba detrás.

—Mañana a las cinco, si su padre está de acuerdo y me trae todos esos papeles firmados, le esperamos en la pista; usted puede cambiarse en los lavabos…

Lo miré fijamente cuando se volvió a sentar dando por acabada nuestra reunión en un gesto que era toda una invitación para que me fuera; suspiré profundamente y le di las gracias, profesional y prudente.

Su segunda sonrisa me acompañó por los pasillos que crucé corriendo y gritando como mi padre cuando Broadway Joe lograba un touchdown.

OceanofPDF.com