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Capítulo 18
Es lunes y hoy no tengo clase hasta las cuatro de la tarde. Aun así, esa pila de deberes que se amontona en mi cabeza es incluso más horrible que Arnie cuando me repite, una y otra vez, eso de mover los brazos con energía, pero sin fuerza. Según él, es la fórmula perfecta para correr con el impulso ideal sin cansarme más de lo necesario. Quizá tenga razón.
Siento cómo los dedos de mis pies juguetean alegremente con las sábanas y sé que les encantaría quedarse un ratito más bailando bajo ellas, pero tengo que levantarme, sí o sí, y lo mejor es hacerlo como cuando me hago la cera, arrancar las sábanas de cuajo y levantarme sin pensarlo demasiado.
La biblioteca me espera, qué palo… Me pongo rápidamente mi sudadera gris que luce un orgulloso «Syracuse University» en mitad del pecho, unos vaqueros que me quedan que ya le gustaría a Jane Fonda, me atuso un poco el pelo, cojo mis libros de ética y manuales de redacción y salgo pitando por la puerta.
Mientras bajo las escaleras a toda prisa, me doy cuenta de que se me ha olvidado hacer la cama; bueno, otra vez, nada nuevo, como casi todas las mañanas. Mi cabeza es una pillina de cuidado y justo siempre me lo recuerda cuando ya he salido de la habitación. Vaya…, que no pienso volver atrás, y ella lo sabe.
Abro las puertas de la residencia de par en par y salgo a un campus desierto.
Son las nueve y media y lo único que se respira es paz. Bueno, paz y muchas ganas de hacer el vago.
Los pequeños claros de césped están prácticamente vacíos, ni rastro de mantas de picnic, ni siquiera chicos pasándose o bateando la pelota entre risas, todo el mundo está en clase. Lo único que me acompaña son los
cantos de pequeños gorrioncillos en las copas de los árboles y un sol tímido con el que juguetea mi propia sombra.
Lo tengo claro: antes de meterme en la biblioteca, o como yo prefiero llamarlo, «el agujero negro en el que sabes cuándo entras pero no cuándo sales», un arbolito de tronco grueso, que me recuerda un poco a mi sauce, mece suavemente sus ramas como unos brazos abiertos que me invitan a acompañarle. Creo que es un fresno.
En la hierba aún bailan las últimas gotitas de rocío antes de que los rayos del sol decidan llevárselas consigo. Me siento, me apoyo contra él e inspiro.
Aún no me ha dado tiempo a procesarlo. Que sí, joder…, que me voy a Boston. Alice, ¡¡que te vas a BOSTON!!, me repito a mí misma, pero sigo sin creérmelo. Cada vez me resisto más a eso de hacerme ilusiones, intento no pensar en ello, pero ya no puedo reprimirlo.
—¡¡¡QUE ME VOY A BOSTON!!! —grito desesperada en medio del campus vacío como una depravada.
—¿¡¡Estás loca!!?
Una voz que proviene de mi espalda me sobresalta, me giro y pillo a Sam que sale, como un cervatillo asustado, de detrás del fresno. Por Dios…, qué vergüenza… Lleva su mochila colgada del hombro y esa sonrisa bonachona como el accesorio perfecto. No le hace falta nada más, está tremendo, y yo, como un pimiento.
—¡Por Dios! ¡Sam! ¡Avisa antes! ¡Qué susto, joder!
—¿¡Susto!? Para susto el mío, señorita, que vengo a darte una sorpresa y te encuentro chillando como una loca desquiciada, jajaj —exclama y se sienta a mi lado.
—Bueno, quizás es porque un poquito sí que lo estoy…, aunque no sé si debería decírtelo…
—¿Decirme el qué? Si es lo de que estás loca, no te preocupes, te confieso que ya tenía mis sospechas —dice y me guiña uno de esos ojos que me vuelven más loca todavía.
—Bueno, sí…, aparte de eso…, una cosa tiene que ver con la otra, la verdad…
—Vaya, ahora sí que me pica la curiosidad, Alice. ¡Desembucha antes de que te denuncie al rector por escándalo público!
Aunque me ha hecho gracia lo que ha dicho, me controlo y me pongo todo lo seria que puedo.
—Me voy a Boston. —Sam se queda en silencio, sabe que aún no he terminado de explotarle toda la bomba en la cara—. ¡¡Que me voy a correr… la MARATÓN DE BOSTON!! —vuelvo a chillar con agua en los ojos.
Y sin decir nada, Sam se incorpora y me arrincona contra el tronco de nuestro árbol para regalarme uno de esos besos que se dan cuando las palabras faltan y los sentimientos hablan, y yo, cómo no, aprovecho y me dejo mecer a la deriva. Con suerte recobraré el sentido cuando sus labios se separen de los míos, pienso.
—Eso es maravilloso… —me susurra al oído y me da un dulce beso final justo donde se unen nuca y oreja, qué cosquillitas…
—Bueno, a ver… Todavía tengo que ir… y correr, y antes de eso inscribirme, y antes de antes de eso ¡asegurarme de que puedo participar!
—Anda, pero ¡qué bobadas! Pues claro, ¡claro que puedes participar! ¿Por qué no?
—Ya sabes, por ser mujer y esas cosas, no sé si lo recuerdas —le replico en tono burlón.
—Jajaj, en serio, ¿señorita miss piernas infinitas? —me pregunta poniendo cara de bobo como si no entendiera nada, mientras, suavemente, me acaricia una de ellas.
Y nos reímos y nos seguimos comiendo a besos y me doy cuenta de que Boston no será lo mismo sin mi Sam. Que me moriría por que se viniera conmigo, pero, claro, qué le va a importar a un capitán de fútbol americano una maratón, ¿no?
Y, de repente, se hace el silencio. Él, como siempre, sabe qué algo pasa, me da espacio y espera con paciencia a que lo suelte de una vez.
Agacho la mirada y jugueteo con mis dedos como si tuvieran la respuesta a algo tan simple como…
—¿Y si te vienes conmigo?
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