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Laura Zalve · Capítulo 15 de 26

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Capítulo 15

Hoy me he despertado con resaca emocional, pero se me pasa rápido cuando Rose irrumpe por la puerta de la habitación con dos opciones de modelitos para esta noche. Digo dos opciones porque eso dice ella, pero a mí me parecen el mismo look con diferentes grupos de música estampados en su camiseta.

—Venga, Al, ¿cuál? Izquierda o derecha, di uno, sin pensar.

—Ja, ja, ja, ¡derecha, venga!

—Ummm… vaya, pantalones rosas y camiseta de Led Zeppelin… Nah, creo que mejor escogeré el otro.

Rose es así: basta que le digas una cosa para que haga otra. Pero bueno, no me importa. Ya sé cómo és.

—Y tú ¿qué te vas a poner? Hoy no me lleves tus típicas blusas de santurrona y esa falda por debajo de la rodilla, por favor te lo ruego.

—Bueno, en realidad no había pensado en ponerme nada especial…

—¡Baby! ¡Enseña más esos muslos, joder!

—Bueno, Rose, a ver, ¿cómo demonios voy a enseñar mis muslos si parecen de hombre…?

—¿De hombre? Ja, ja,ja, ja, pero si están firmes como rocas, eso es el paraíso de cualquier tío… Vamos a ver… —Abre su armario y después de cinco minutos inspeccionando minuciosamente entre sus ropas amontonadas exclama—: Venga, pruébate esto, a ver cómo te queda.

—Anda, pero… ¿cómo me voy a poner eso? Pero… ¿Qué quieres? ¿Que me echen de la universidad?

—Tú pruébatelo, hazme caso, baby.

Rose me lanza unos minipantalones vaqueros y una camiseta estrecha de escote pronunciado con rayas blancas y naranjas. Ni muerta pienso salir así a la calle, pero para no seguir oyéndola me quito el chándal y me lo pruebo.

—Dios mío, tía, pero ¿qué has hecho con mi compañera de habitación?

¡Devuélvemela! —pregunta sarcásticamente a la vez que me empuja hacia el espejo situado detrás de la puerta.

En cuanto me veo, me pongo colorada, aquella no puedo ser yo, imposible.

Repaso las curvas de mi cuerpo con mis manos y me cercioro de que no, que no tengo cuerpo de hombre, que estoy bien buena y que nada tengo que envidiar a esa animadora cursi, cara de tonta, rubísima y comeorejas del demonio.

—Bueno, pues ya está, ya tienes modelito para esta noche. ¿Ves que fácil?

¿Contenta?

—Emm… Rose, ¿no crees que es demasiado…?

—Tonterías, estás cañón y verás cómo esta noche conquistas a quien quieras. Tu hazme caso a mí, aunque, bueno, deja algo para mí también,

¿eh? Ja, ja, ja.

En realidad, yo solo quiero a uno, con nombre y apellido, aunque, ahora que me doy cuenta, el apellido no lo sé. Siempre me pasa lo mismo, me obsesiono con mi primera opción y no me doy cuenta de que por el mar nadan muchos más peces. Planos, de escama dorada, de escama plateada, de roca, de playa, pelágicos, azules, blancos… No, yo solo veo a uno y siempre, siempre, el más difícil de pescar. Quién me manda…

Nos pasamos el resto del sábado haciendo trabajos y deberes para ética. A las ocho de la tarde empieza el partido y ya, desde las siete, hemos

empezado a arreglarnos. Mi pelo rubio y lacio me recuerda al de mi madre, tan suave y la vez tan rebelde. Intento hacerme algunos tirabuzones, pero no se están quietos ni dos segundos. Nada, al final, opto por dejarlo libre para que caiga alegremente por la piel fina de mis hombros haciéndome esas cosquillitas que tanto detesto. Un poquito de gloss por aquí, un poquito de máscara de pestañas por allá y ya estoy lista. ¡A comerse el mundo!

—Kevin me ha dicho que no podemos estar más tarde de las diez en la casa de la fraternidad, Alice, si no, no nos podrá colar —replica Rose antes de salir por la puerta, advirtiéndome para que no desaparezca entre el gentío en cualquier momento.

—No te preocupes, que no nos vamos a separar. Llegaremos a tiempo, prometido.

Cuando salimos de la residencia, un río naranja de alumnos llega hasta el estadio. Todos llevan sus banderas, sus bufandas, sus camisetas, sus sudaderas del equipo y sus cánticos. Sobre todo eso, los cánticos…

¡Menudo alboroto! Aquello parece un partido de la liga profesional. El sol ya empieza a esconderse poco a poco y justo cuando llegamos, el Archbold nos da la bienvenida iluminando sus enormes focos. Los jugadores están calentando y lo primero que hago, obviamente, es buscar al número diez.

Lo pillo dando órdenes a sus compañeros que le rodean y asienten con sus cabezas, mientras Rose y yo nos movemos entre las gradas para buscar sitio cerca de los repartidores de cerveza y perritos calientes… Mmm…, ¡cómo huelen! Estoy a punto de señalarlo con una mano y decirle a Rose que lo he localizado cuando unos chicos con la cara pintada a rayas naranjas nos piropean y yo me muero de la vergüenza. Me gustaría esconderme en cualquier lugar, pero Rose, todo lo contrario, saca pecho, se atusa el pelo, se gira hacia ellos y les guiña un ojo. La verdad es que hay veces que me gustaría ser como ella.

Cuando nos sentamos, diviso a las animadoras que con sus ridículas falditas andan dando ridículos saltitos por los bordes del estadio. Por supuesto que también está esa «comeorejas», la más ridícula de todas, que parece ser la

que mangonea a las demás, vamos, la capitana del equipo. Si ya se veía venir, capitana y quarterback, en fin…

Rose y yo cogemos una birra y un perrito caliente; bueno, en realidad las birras las coge ella, que ya tiene veintiún años, y a mí me tocan los perritos.

El estadio está a rebosar, gritos de aliento, cánticos, ruido de tambores donde se sientan nuestros rivales, los Boston Eagles, pancartas pintadas a mano sobre sábanas blancas, manoplas de papel naranjas y blancas bailan en alto, silbidos, trompetas… Es imposible mantenerse quieta y callada, me levanto como un resorte, dibujo una cueva con mis manos y grito un

¡vamos, Sam! que me sale del alma. Justo en ese momento, cuando Rose me observa divertida, suenan las primeras notas del himno nacional, se hace el silencio y todos, orgullosos, nos levantamos, nos llevamos la mano al pecho y entonamos nuestro más querido canto. Si papá estuviera aquí, lo más seguro es que estaría llorando de la emoción; bueno, de la emoción o de pena, por las pintas que llevo.

Miro hacia el césped y todos los jugadores se sitúan alineados perfectamente entre ellos y agazapados en el centro. A la señal del árbitro el jugador con el número 70 del Siracusa lanza el balón por debajo de su piernas y Sam lo atrapa al vuelo. Todos los jugadores del Boston Eagles, con sus uniformes rojos y dorados, intentan abalanzarse sobre él, que, por los pelos, logra pasárselo al número 24. Creo que es su amigo Bob, que dos segundos más tarde es placado por el 32 de los Eagles, pobrecillo. Desde aquí me ha parecido oír cómo se le quebraban los huesos debajo de una mole humana de color rojo y dorado.

Nunca me había gustado el fútbol americano hasta hoy, ahora comprendo a Jack y a papá y que los días de partido vivan en medio de una tensión casi de guerra. Realmente la pasión te impregna y te cala. Soy incapaz de mantenerme en silencio o quieta más de un segundo, y Rose, fanática absoluta, me explica todas las reglas con detalle mientras transcurre el juego.

Ya en la segunda parte me convierto en toda una experta y no le quito ojo a Sam, incluso dándole algunos consejos técnicos. Muy a mi pesar, está como

un queso, y ante la evidencia, y que voy por mi segunda cerveza, no sé cómo acabará todo esto. ¡Vamos, Sam! ¡Te quiero! Por Dios, Alice, qué horror, solo te falta sacarte el sujetador y hacerlo volar al césped, qué vergüenza. Me centro y procuro estarme tranquila los minutos que quedan, pero no puedo, me resulta imposible, completamente imposible.

Ya estamos en la recta final y aún me desconozco más cuando le grito, a pleno pulmón y con todas mis fuerzas, a un defensa de los Eagles que efectúa, o me lo parece, un placaje ilegal. ¡Asesino! ¡Qué te metan en una jaula! ¡Orangután! Y es que no puedo; aunque la misma Rose me toque un brazo para advertirme de que la jugada es legal y pedirme calma, no puedo, los de los Eagles de Boston son unos guarros, unos sucios y unos violentos, y más aún cuando el marcador refleja un empate. Los nervios y la tensión que se vive ahí abajo se palpan y contagian, siento el pulso acelerado, esto está a punto de acabar y, según la leyenda negra de Sam, de la peor manera… ¡Qué desastre! Ya voy por la tercera birra y, de pronto, el chico que tengo al lado me da un codazo al levantarse súbitamente. Todo el estadio, en medio de un monstruoso rugido que me ensordece, se pone en pie e intentó enfocar rápidamente qué es lo que está pasando en el césped.

Contagiada, grito como la que más. El número 24 de los nuestros recibe el balón y corre por todo el campo esquivando a esos agresivos triángulos rojos y dorados. Algunos caen al suelo, otros le van pisando los talones, pero Bob es más rápido que cualquiera y antes de que le alcancen se impulsa con fuerza hasta el extremo derecho del campo y ¡TOUCHDOWN!

¡Los Oranges de Siracusa ganan el partido! ¡Síííííííí! ¡Wowwwwwww!

Toda la grada tiembla bajo nuestros pies, la gente salta desenfrenadamente a mi alrededor y entona el himno de Siracusa elevando un enorme eco que encuna el Archbold Stadium. Miro la calle número ocho, mi preferida, y me imagino corriendo como todas las tardes en silencio. Entonces, toda esa energía se cuela por mis poros de tal manera que, muy seriamente, me propongo eso de bajar al césped, correr hasta Sam y plantarle un besazo en todos los morros. Pero no, me contengo. Él ya está entretenido con su comeorejas particular. ¡Qué asco dan!

—¡Venga, salgamos de aquí antes de que se formen esas odiosas colas! —

Rose tira de mi mano.

Salimos pitando, solo tenemos quince minutos para cruzar el campus y llegar a la casa de los Delta Tau Delta. Los estudiantes naranjas se empiezan a mezclar con los granates, algunos parecen colegas, otros empiezan a desafiarse, gritos por aquí, broncas por allá, y nosotras preferimos alejarnos antes de que la cosa se ponga fea.

—Tía, espera, no corras tanto —suplica Rose, medio ahogada, que se para en mitad de la calle para recuperar el aliento.

—Venga, tía, que solo tenemos siete minutos para llegar o no podremos pasar.

Solo me hace falta esa frase para que Rose saque fuerzas de cualquier lugar de su diminuto cuerpo y, por fin, cuatro minutos más tarde, llegamos por los pelos.

—¡Ahí está Kevin!

Sigo la dirección del dedo de Rose y me topo con un chico menudo de ojos verdes que nada más vernos grita enloquecido.

—¡Ey! ¡¡Qué pasa!!

—¡¡Listas, preparadas y ready para la fiesta!! —grita Rose sacudiendo la cabeza.

—Jajaj, ¡no esperaba menos, darling! —contesta él dándole dos besos en la mejilla.

—Bueno, te presento a mi compi de cuarto: la maravillosa Alice Walter.

—¡Encantado, pichón! —exclama con su acento inglés a la vez que coge mi mano, le da un dulce beso y me mira por encima de sus gafas.

No hay duda, Kevin es un chico atrevido, algo así como la versión de Rose, pero en hombre. Aunque he de decir que dentro de su atrevimiento no me siento incómoda, sino todo lo contrario, incluso me resulta hasta gracioso.

De pronto, se hace a un lado y con un ligero movimiento de brazos, como todo un maestro de ceremonias, nos invita a unirnos a la fiesta.

—Por favor, darlings, ¡la noche es vuestra!

Detrás de él y ante nosotras, un casoplón de dos pisos de madera blanca, techos en pico y tejas negras nos da la bienvenida. En la fachada de la segunda planta lucen imperiosas las tres letras griegas que dan nombre a la fraternidad. Ante nuestros ojos se desvela una estampa típica de película bajo unos potentes focos que bañan el jardín con luces de colores.

Gente desperdigada por todas partes, unos agolpados por el césped, otros, por supuesto tíos, riendo y empujándose como cavernícolas, chicos y chicas conversando más calmados por la calle con vasos de papel en las manos y unos cuantos, tíos también, obvio, subidos al tejado haciendo el idiota…

¡Pero qué demonios hacen ahí arriba!

Eso de andar con un vaso de papel en las manos parece ser una regla de etiqueta: si no tienes uno, te echan de allí. Me empiezo a reír en voz alta, y solo llevo tres cervezas, pero necesito más para olvidar al dichoso quarterback…

—¡¿Qué te hace tanta gracia?! —grita Rose intentando alzar su voz sobre la música.

—Ja, ja, ja, nada, tía, cosas mías. ¡¿Bebemos algo o qué?!

Parece ser que mi amiga me entiende porque me conduce por el jardín, apartando de malas formas a todos los que se cruzan a nuestro paso. Una vez en el porche, abre la puerta y libera una nube blanca de humo que me sorprende y se cuela por mis pulmones. El interior está abarrotado de gente bailando y chicas y chicos retozando por los rincones. El ambiente que se respira ahí dentro es horroroso y divertido a la vez, decadente y brillante.

Sí, ya sé, nada de lo que dices tiene sentido, Alice, pero, ¿qué le vamos a hacer?

Nuestro destino es la cocina y una vez destapamos la tercera puerta nos recibe en mitad de la habitación un enorme y resplandeciente cuenco de ponche. ¡Bingo! Rose sirve dos vasos con el cucharón y me ofrece uno.

—Espérate un momento, ¿vale? Voy a ver si Kevin necesita ayuda, no te muevas.

Asiento enérgicamente y la veo marcharse. No sé por qué Kevin necesitaría ayuda, pero, sinceramente, no me importa. Miro a mi alrededor y me descubro hablando conmigo misma otra vez: Alice, vas un poco mal, ¿en qué momento todo ha empezado a estar borroso y desenfocado? Por tu bien, espero que Arnie no esté por aquí, ¿te imaginas? Si me ve bebiendo, me echa del equipo seguro. Es que no lo quiero ni pensar.

Rose está tardando mucho y no soporto seguir hablando conmigo misma.

Sí, Alice, a veces puedes ser muy, pero que muy, pesada. Mejor, voy a buscarla. La casa está repleta de sofás y lámparas y me pregunto cuántos chicos deben de vivir aquí. ¿Diez, quince? No importa, ni siquiera puedo apreciar bien el lugar en el que estoy. Perdida en un océano de humo blanco, de pronto, noto como alguien me agarra por la cintura y me gira hacia él. ¿Sam?

—Oye, ¿tú no eres la tía esa del equipo de atletismo?

Asiento con la cabeza mientras sonrío. No es Sam, pero bueno, es guapete, le doy mi visto bueno por ahora. Me sorprende que me conozca, la verdad, aunque no le doy más vueltas, quizás sea compañero de habitación de uno de los chicos.

—¿Y tú eres…?

—Nick, me llamo Nick.

—Ah, pues encantada, Nick

Su rostro empieza a poner esa cara de seducción y yo me pregunto si he dicho algo sexy. Él empieza a sisear.

—Oye, y cuéntame, ¿cómo es eso de correr en un equipo de hombres…?

—Pues bueno, no sé, normal, como correr en uno de mujeres, supongo…

—Ah, ya entiendo…

Asiente y poco a poco se va acercando más y más a mí. Me saca una cabeza y ya casi me tiene acorralada contra la pared. Me está agobiando, le pongo la mano en el pecho y le empujo hacia atrás con todas mis fuerzas.

—Anda, no me vengas con esas ahora. Si ya sé yo de qué vais las tías como tú…

—¿Perdona?

Sigue acercándose y se resiste a mis empujones.

—Pues eso, que qué va a querer una tía que se mete en un equipo rodeada de tíos. O es lesbiana o una pervertida, y cualquiera de las dos opciones me pone… Estás de suerte.

Nick, o el acosador, como he decidido llamarle desde ahora, aprieta su entrepierna contra mi muslo, quiero gritar, pero el miedo me paraliza y solo puedo cerrar los ojos. Él posa ferozmente una de sus manos en mi cintura, mientras con la otra me arranca uno de mis tirantes y yo no sé qué hacer.

Empiezo a sudar abundantemente y a sentir escalofríos por todo mi cuerpo.

—Anda, no te resistas, si se nota…, es lo que quieres…

Esto no puede estar pasando, juro que quiero apartarle de un puñetazo, pero no puedo; estoy paralizada y atenazada por un terror extremo cuando de repente intuyo su lengua entre sus labios, como una víbora, y sus ojos relucientes, burlones, con los que me reta con un aire de superioridad que me supera y no sé, no sé qué ocurre que, de repente, mi brazo se me dispara

sin poder controlarlo y le atizo un bofetón con todas mis fuerzas. Con tanta fuerza que la palma de mi mano me escuece como si acabara de pasarla por una parrilla y él aprovecha ese momento para agarrarme violentamente por la muñeca.

Tengo miedo, miedo de verdad. Intento zafarme de esos dedos que se están clavando en mi piel como esposas y justo entonces una voz firme y cortante acude en mi ayuda.

—Ni se te ocurra volver a tocarla.

Me giro hasta el lugar de donde procede y como si fuera un sueño le veo.

Ahí está Sam, rodeado por ese humo blanco de la habitación, en vaqueros y camiseta estrecha, parece un dios griego con unos ojos que reflejan una ira que nunca antes había visto allí dentro. Le empuja, y Nick, asustado, cae al suelo como si fuera una pluma. Durante lo que parece una eternidad se miran desafiantes, en cualquier momento puede empezar una pelea, pero Nick se raja, se levanta, escupe y se larga con mirada de chulo y aire cobarde.

Y yo vuelvo a mí y me descubro rota, infeliz y sola.

—Alice, ¿estás bien? —pregunta levantándome la barbilla con uno de sus delicados dedos.

Y no, no lo estoy, y seguramente me habría guardado todo lo que siento si me lo hubiera preguntado otra persona. Pero es Sam, y a su lado las palabras me salen solas, a chorro.

—Me odio, me odio, me odio.

No puedo parar de repetir lo mismo, pero Sam no me interrumpe.

—Me odio por haber nacido mujer, me odio por nadar siempre a contracorriente, me odio por ser así, me odio porque jamás nadie entenderá que me gusta correr por el simple hecho de hacerlo. Me odio porque siempre tendré que luchar, me odio porque para unos seré un machirulo;

para otros, una lesbiana, y para el resto, una pervertida. Y lo que más odio de todo es que a los tíos, al final, lo único que os importa es una mujer de las de siempre, con sus rizos rubios, su delantal y su manga pastelera, y que si quiero seguir corriendo, tengo que tirar mi futuro por la borda y que jamás podré…

Y de repente Sam me come las palabras y callo, y yo me dejo llevar por esos labios que me consuelan incluso cuando se separan de los míos:

—Corre, salgamos de aquí.

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