261
Capítulo 21
Esta madrugada, en el hotel, cuando he abierto la ventana de mi habitación, como aquel lejano día que la lloraba, una ligera nevada me ha sorprendido.
Siento las piernas fuertes, respiro con los pulmones hartos de aire, tengo la mente positiva y nada puede fallar. Nada. Aun así, tengo miedo, y ella lo sabe, lo sabe sí, por eso me ha mandado la señal. «Alice, mira cómo nieva».
La oigo.
Aquel primer día que empecé a correr para llorarla llovía a cántaros; hoy es la nieve, tanto da, cualquier inclemencia forma parte de nuestro ritual.
—¿De qué te ríes? —me pregunta Rose sentada a mi lado en la parte de atrás del precioso Blazer de Arnie.
—De nada… Recuerdos.
Ella me mira alegre y como si hubiera atravesado mis pensamientos me besa en la mejilla. Aparcamos ya en Boston lo más cerca posible del punto de encuentro, según Arnie, y nos apresuramos a seguirle. Unos minutos más tarde llegamos a una gran avenida en la que confluyen, por todas partes, torrentes de corredores estrictamente equipados. Unos en chándal, otros con camiseta, muchos con shorts, los más con pantalones largos, los hay que justo se cuelgan los dorsales, otros estiran… Una camioneta que da vueltas con un altavoz alterna los avisos a los participantes con música de Frank Sinatra. El Strangers in the Night nos recibe y Arnie nos explica que a nosotros nos toca el último cajón de salida, la cola, el lugar destinado a los que no podemos acreditar una marca. Los profesionales saldrán muchos metros por delante. Tan por delante que no los vamos ni a ver, bromea.
Rose se queda detrás de las vallas y nosotros nos mezclamos con los atletas.
Me miran sorprendidos y sonrientes. Sí, eres bienvenida, Alice, me digo. El
altavoz va apremiando a los participantes a reunirse en la zona habilitada, cada cual a su cajón de salida correspondiente y con el dorsal bien visible, especifica esa voz de lata repitiéndolo de manera circular. Me pongo nerviosa y busco a Arnie, que me sonríe y me comprende. El cielo gris y un aire helado amenaza que la nevada volverá de un momento a otro y me resisto a quitarme el suéter. Como pienso correr en shorts y un top, me he puesto el dorsal en la camiseta en el hotel y ahora mismo mi número es invisible.
—No te preocupes, levántate el jersey cuando se acerquen y ya está…
—Quítate la pintura de labios —me sugiere Bob, que adivina que mis miedos van más allá de quedarme helada.
Entre los corredores avanzan unos hombres estrictamente uniformados de negro, con traje negro, corbata negra y unas carpetas comprobando los dorsales. Las carpetas es lo único que no es de color negro.
—Ponte la capucha, Alice, ponte la capucha y agacha la cabeza… —Sam se asocia con su amigo y Arnie, ajeno, estira unos metros más allá. El viento se levanta con fuerza justo en este instante y arrecia la nevada. Ya no son cuatro simples copos que revolotean, sino una auténtica tormenta de nieve.
Rose se espera detrás de las vallas a que le entregue mi suéter y mis grises pantalones largos de chándal, pero decido que voy a correr así, hace demasiado frío. Me quito el suéter y mientras me suelto los imperdibles del dorsal delantero de la camiseta le pido ayuda a Bob con el de la espalda.
Voy a cambiarlos. Tengo los dos dorsales que me han asignado con el número 261 en las manos dispuesta a pegarlos en mi jersey cuando Sam me dedica un gesto extraño.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta confundido.
—Pegármelos en el suéter, voy a correr con él… Está nevando, ¿no te has dado cuenta? —Bromeo para levantarme a mí misma el ánimo. Ya no me queda ninguna duda de que esos hombres de negro me van a echar. Miro a mi alrededor, solo hay hombres, hombres que me miran y me levantan el
pulgar, me sonríen, me dan ánimos, me hablan, pero solo hay hombres, ni una sola mujer… Busco a Arnie, desesperada.
—Me dijiste que podía correr, me dijiste que nada en el reglamento impedía a las mujeres correr… —Lo pronuncio casi irritada, pero no con él, sino con las mujeres… ¿Por qué no hay ninguna? ¿De qué tienen miedo?
—Así es, nada lo impide —me responde.
—¿Y dónde están las mujeres? ¡Eh!
Sam me toca un brazo y me advierte.
—Alice.
—¿Qué? —me giró y los veo. Sombreros negros salpicados por copos de nieve, americana negra, abrigo negro, corbata negra y carpetas. Son dos hombres de la organización que me han descubierto y no tengo tiempo ni de echarme a temblar ni de asimilarlo. Me van a echar.
—Dorsal 261 —exclama el más alto de la pareja; el otro abre la carpeta, busca con la punta de un bolígrafo sobre un papel y unos segundos después me mira.
—A.K. Walter —le digo de puro instinto y nervio cuando una ráfaga de viento le obliga a sujetarse el sombrero. Luego asiente, me tacha de la lista y se dirige a Bob con el mismo ritual. No lo comprendo. No me han dicho nada, estoy autorizada y una súbita alegría me escala por dentro.
—¡Arnie! ¡Arnie! —exulto interrumpiendo sus ejercicios de estiramiento
—. ¡No me han dicho nada!
—Pues claro, Alice —me responde, tranquilo, al mismo tiempo que vuelve a flexionar su rodilla, agachándose—, ya te lo he dicho, que no va a pasar nada, que nada impide que las mujeres puedan participar.
La voz de Sinatra vuelve a callar, creo que lo último era su famoso álbum de villancicos, sí, las estrofas del «let it snow, let it snow» aún retunden por mí cabeza cuando el altavoz sustituye la voz más famosa de mi país y anuncia quince minutos para el pistoletazo de salida. Mi corazón se desboca, miro las nubes, beso la nieve, abrazo a Sam y cierro, con fuerza, mis párpados. Doy unos saltitos nerviosa. Las voces de aliento se aglutinan y todas, sin excepción, son masculinas. Entonces aprieto los puños y sin poder parar de saltar grito desde lo más profundo del alma:
—¡Vamos! ¡Vamos a comernos esos putos cuarenta y dos kilómetros!
¡Vamos! —Por Dios, Alice, pero ¿qué haces? ¿Estás loca? ¿Quieres callarte?, me exijo. Un corredor delgaducho con camiseta de tirantes, ¡qué frío!, se me acerca con una sonrisa estampada en el rostro.
—¡Sí, vamos a comernos esos putos cuarenta y dos kilómetros! —repite, me tiende un brazo y me da la mano, firme, con fuerza—. ¡Mucha suerte!
—me desea cuando se la encajo.
Miro a mi alrededor, me tienen rodeada, mil ojos, vale, exagero, unos veinte, me contemplan fascinados, pulgares arriba, sonrisas en la cara como si hicieran cola para hablar conmigo…
—¡Vamos, 261! —grita el 401.
—¡Ojalá mi novia fuera como tú! —el 378.
—¡Al ataque, 261! —el 525.
Me han convertido en una más y no me lo puedo creer.
—¡Vamos! —chillo como una histérica otra vez y Arnie se ríe, Sam se ríe, Bob se ríe, todos se ríen…
—¡Vamos! —me contestan bajo un mismo tono. Busco a Rose, cada vez más lejos entre la muchedumbre, que se esconde detrás de las vallas, me tira un beso y se lo devuelvo.
Avanzamos en una pesada cola con el resto de los corredores hacia la línea de salida hasta que ya no hay más paso y nos detenemos, apiñados. No cabe más gente. No entiendo cómo nos vamos a mover. Sigue la música de ambiente y el altavoz. Cinco minutos, cinco minutos, Alice, y no me lo puedo creer, cinco minutos, Alice, y estarás corriendo la maratón de Boston como si fueras un hombre.
Y de repente todo ocurre. El pistoletazo es ensordecido por un grito unánime de júbilo que se desata un milisegundo después, de aliento, de ánimo… Las suelas de las zapatillas de los setecientos corredores que, según Arnie, se han inscrito, empiezan a frotar el asfalto. Aspiro con fuerza, y fuera del cobijo de la maraña humana el aire congelado se va filtrando entre el pelotón que se estira.
—A vuestro ritmo, ¡muchachos! —advierte Arnie a los chicos del fútbol al darse cuenta de que impongo una marcha potente. No lo hago adrede, no quiero demostrar nada a nadie, ni siquiera a mí misma, corro porque me siento libre y contenta, corro porque soy una más, corro porque soy fuerte, corro porque soy mujer… Adelantamos posiciones, cada vez encontramos más espacio, necesito aire, necesito calle, me molestan los brazos revoloteando pegados a mí, piernas delante que me frenan, otras a mi lado que me impiden adelantar, voy buscando huecos, me cuelo, atropello, doy tirones y Arnie me sigue. No dice nada. Me conoce. Comprende lo que busco y se adapta, confía en mí, se lo he demostrado con creces y sabe que voy a devorar esos putos cuarenta y dos kilómetros que nadie cree que pueda correr una mujer. Miro atrás de manera instintiva. Sam avanza unos metros detrás de mí, aguanta bien, pero no sé hasta cuándo. Ya lo hemos hablado. Su apoyo ya lo tengo y me siento dichosa por tener un novio así, capaz de mover su gordo culo de quaterback en la maratón de Boston por mí.
Pasados los primeros kilómetros llegamos a una pendiente bastante exigente y la línea de corredores se estira como la goma de un chicle. Sigue nevando intensamente como una cortina blanca que borra nuestros futuros pasos. En la acera los espectadores, como pasa en la carrera, van abriendo más espacios. Entre paraguas y paraguas a cada zancada que avanzamos
descubrimos más sitio libre. Una columna de árboles, a cada lado, nos flanquean. Levanto la espalda, mirada al frente, codos apuntando al suelo, aspiro, suelto, aspiro, suelto… Me siento bien, muy bien, me siento tan bien que no pienso solo en acabar, sino en hacer un buen tiempo. Ya no miro atrás, no puedo buscar a Sam, ya lo hemos hablado. Sigo mi carrera con Arnie, que, concentrado, me dirige un gesto.
—¿Vas bien?
Yo asiento. Recuerdo nuestro último entrenamiento y dudo si preguntarle si necesita bajar el ritmo, pero me callo. Bendigo la decisión de no quitarme el suéter. Aunque la nevada se ha tomado un receso, el viento arrecia como si deseara limpiarnos de la carretera, es helado, tan helado que me recuerda nuestro entrenamiento en Roseland el día que se precipitó todo.
El itinerario vuelve a suavizarse y noto que mis piernas vuelan en un pequeño descenso que nos lleva a las afueras de Boston. En los márgenes del asfalto hay unas pequeñas casas de madera, parecen caravanas, y árboles que no sé qué son, tienen las copas frondosas y de un verde intenso, ahora apenas hay gente mirando. Un par de ciclistas nos siguen y nos animan y de repente una camioneta se detiene a nuestro lado. El pesado ronquido de su motor revolucionado me obliga a girar la cara en su dirección.
—¡Una mujer! —oigo que exclama uno de los que van montados en la parte de atrás.
—¡Es una mujer! ¡Sí, es una mujer! —grita otro al mismo tiempo que asoman una multitud de cámaras que relampaguean una serie de instantáneas. Levanto un brazo, saludo, pulgar en alto y la camioneta se adapta a nuestro ritmo narrando en directo.
—Insólito, estamos siguiendo a la dorsal número 261, es una mujer, una mujer en carrera, una mujer en la maratón de Boston y corre con dorsal…
Sonrío al darme cuenta de que se trata de la camioneta de prensa y que por fin todo el mundo sabrá que las mujeres podemos correr una maratón y
hacer todo y cualquier cosa que nos propongamos, como cualquier hombre, sin distinción. Orgullosa y altiva corro aun con la espalda más erguida y el ritmo más alto.
—Eso es lo que yo quería… —balbucea Arnie entre resoplidos, y yo levanto mis hombros para que se explique mejor; lo hace—: que todo el mundo te viera. Alice, estoy orgulloso de ti…
No puedo dejar de mirar, de reojo, al hombre de la camioneta que retransmite en directo, me siento dichosa, empoderada y capaz de todo cuando de repente oigo a mis espaldas algo que se me acerca a toda prisa y ruidosamente junto a una especie de bufido. Me asusto, creo que me va a atacar un perro o algo así, me giro y entonces veo el rostro más horroroso que he visto en mi vida, un rostro que con unos ojos completamente salidos de ira, cólera viva, odio, se dirige a mí. No entiendo nada.
—¡Sal de mi puta carrera! —me grita al mismo tiempo que me coge por encima de los hombros y trata de derribarme. Siento pánico, ese hombre está loco y viene a por mí, quiere agredirme, quiere hacerme daño y no entiendo por qué. Sigo corriendo y me escapo. Pero él me sigue, pegado a mí. Entonces me agarra el dorsal por detrás y me lo arranca; noto cómo se raja una parte y vuelve a gritar, loco, encolerizado—. ¡Devuélveme el dorsal! ¡No quiero mujeres en mi carrera!
Acelero y me suelto, asustada, jamás he visto una mirada así, tan furiosa, estoy temblando, necesito huir, pero él me persigue de cerca, entonces Arnie se pone en medio, con las dos manos sobre su pecho le frena, yo me giro y me paro, asustada, se van a pegar, no soporto que nadie se pegue, miro hacia la camioneta un segundo exigiendo ayuda, pero nadie se mueve, siguen sacando fotos. Solo sacan fotos.
—¡Va conmigo! ¡Soy su entrenador! ¡No pasa nada! —le grita, con el ánimo de calmarle, pero el hombre al que oigo que desde la camioneta describen como el comisario, le propina un fuerte empujón y se lo saca de encima. No sé qué hacer. Vuelvo a ver esa mirada sobre mí, sus dientes apretados como un depredador lleno de ira, quiero huir, me va a hacer daño,
lo sé, pero no puedo abandonar a Arnie. De repente capto de reojo a Sam que viene a la carrera, a toda velocidad, y le da un terrible empujón que lo saca, literalmente del circuito. Un auténtico placaje. El comisario queda tumbado en el suelo, patas arriba. Todo es confuso. Llega Bob y se planta delante de él, le amenaza e impide que se levante, pero no sé qué le dice, están demasiado lejos, no le oigo, entonces advierto que desde la camioneta se están metiendo conmigo…
—¡Qué pretendes demostrar! ¿Eres una sufragista? ¿Qué haces aquí? ¿Qué haces corriendo?
Los corredores que llevábamos detrás nos atrapan y adelantan. Observan el revuelo confusos y siguen al trote. Me tiemblan las piernas y entonces me encuentro con los ojos de Arnie, que me miran.
—¡Corre, Alice! ¡Corre! ¡Corre como nunca! —me grita, y lo comprendo todo, no me puedo parar, no me puedo detener, he de acabar esta maldita carrera porque si no la acabo, nadie va a creer que las mujeres puedan hacerlo; sacudo la cabeza y, aunque me siento humillada e invadida por un terror extremo que me paraliza, vuelvo a la carrera como si esprintara, alocada, sin estrategia, suicida entre la ventisca, que como que ardo por dentro ya no me hiela. Sam llega a mi lado, a mi derecha, me mira con el rostro acalorado y jadeando sonoramente; Bob, a mi izquierda, ahogado; entonces se van añadiendo otros corredores que me apiñan entre ellos como una coraza humana.
—Nadie te va a sacar de la carrera —me dice uno.
—Correremos a tu lado hasta el final —me anima otro.
—Baja el ritmo, ¡Alice! ¡Baja el ritmo! —me ordena Arnie cuando llega junto a nosotros. Lo miro y asiento. En ese momento me doy cuenta de que corro sin control, asustada, aterrorizada, como si huyera del infierno y que me estoy destrozando los pies.
—Voy a acabar esta carrera, Arnie, voy a acabarla, aunque sea de rodillas, te lo juro, Arnie, aunque sea lo último que haga en mi vida…
—Vale, vale, pero bajemos el ritmo y no nos separemos… Sí, Alice, vamos a acabar esta carrera…
—¡Vamos! —le grito.
—¡Vamos! —responden a coro mi equipo.
Y entonces, no sé, ocurre el milagro, no siento miedo, ni rencor, ni rabia, ese hombre no es más que un pobre representante de esta absurda sociedad que solo siembra el odio, esta absurda sociedad que odia a los negros y nos hace creer que no son como nosotros, esta absurda sociedad que discrimina a las mujeres haciéndolas sentir inferiores y frágiles, y comprendo que es precisamente contra todo eso que debo correr, que no he de correr para escaparme de ellos, sino para hacerles frente, que he de correr como dice Arnie, como nunca, aunque noto que se me arranca la piel de la planta de mis pies y que se me llagan tras cada zancada. Pero no, no hay dolor, no hay dolor que pueda detenerme, nada ni nadie me va a detener porque si me detengo les daré la razón, y no es solo a los hombres a quienes me importa quitársela, sino a ellas, a las mujeres, a las mujeres, sí, que como Evelyn, mi querido bombón, se creen que no pueden correr, que se tragan y digieren todas esas absurdas patrañas para hacernos creer que somos diferentes e inferiores; sí, es a ellas a quienes tengo que demostrárselo, y me da igual llegar a rastras y medio muerta; juro que si es necesario, lo haré, porque yo sé que no somos inferiores por ser mujeres, yo lo sé, maldita sea, yo lo sé…
Ni nos crece el mostacho, ni se nos cae el útero ni las tetas, ni se nos ponen piernas de hombre por correr, yo lo sé, y como yo lo sé, no puedo darles la razón, no puedo dejar que venza el odio de la gente como los Cox o el comisario porque en las películas de Disney siempre ganan los héroes y nunca los malos. Quiero llegar a la meta aunque por el camino deje de ser niña para convertirme en mujer, quiero llegar a la meta para levantar los brazos y poder gritar a todo pulmón que soy libre, que somos libres, que nada, ni nadie, nos podrá detener. Quiero llegar a la meta y gritar, orgullosa, que soy mujer.
No hay dolor, me repito, no hay dolor, susurro cada vez que las plantas de mis pies me aguijonean la piel tras cada impacto. Cuarenta kilómetros,
cuarenta kilómetros ya sin ningún otro incidente, pero no sé si me quedan fuerzas para acabar. Calculo rápido que andaré sobre los siete minutos por kilómetro y que solo necesito aguantar un cuarto de hora más, solo quince minutos, Alice, quince minutos y ya lo tienes, pero son quince minutos aún, quince minutos que dudo poder aguantar. Me siento muerta, derrotada, asfixiada, me duele la rodilla izquierda y el tobillo derecho, pero durante todo el recorrido no dejo de escuchar a mi alrededor las palabras de aliento que circulan de boca en boca entre el grupito de hombres que corriendo en círculo me protegen. Vamos, vamos, vamos, oigo cada vez que el dolor me obliga a cerrar los ojos, y los puños y la boca para no ponerme a chillar…
He de acabar, también por ellos, he de acabar como sea, me repito. Sam está a mi lado, pienso en los deliciosos muffins de su madre que nos esperan, y en toda una vida juntos, pienso en Jack y en mi padre, y pienso en ella y en esa primera vez que corrí bajo la lluvia para buscarla, y un escalofrío me atraviesa justo cuando me doy cuenta de que ya veo la pancarta de meta y no sé, no sé lo que siento, si es éxtasis, si es alivio, si es la felicidad más enorme que se pueda experimentar jamás, no lo sé, pero la siento, y me sacude, y me agita, y me estremece como si un ángel me acabara de atravesar, y me hace gritar, gritar, sí, un chillido de júbilo con los brazos en alto y los ojos hacia el cielo llenos de lágrimas, y ya no me aguanto más y caigo de rodillas al suelo y Arnie hace lo mismo, a mi lado, y Bob, y Sam, que me abraza, y una nube de fotógrafos, que solo adivino por el estallido de sus flashes, nos rodea. Entonces me levanto y los miro a los ojos, uno a uno justo cuando los hombres de negro llegan a mi lado y me dirigen unas palabras que ya no me importan, me arrancan el dorsal y me gritan que estoy descalificada…
—¿Por qué? —pregunta Sam, con tono amenazador, cuando recupera el aliento.
Entonces, el comisario aparece de nuevo delante de mí, recoge feliz el dorsal que uno de esos hombres de negro me ha arrancado, lo observa dichoso, lo sostiene en sus manos y, como si fuera la prueba del delito, se adelanta un paso y nos lo muestra.
—Nos ha engañado, ha logrado este dorsal porque se ha inscrito con sus iniciales, lo ha hecho adrede para que nadie en la organización pudiéramos saber que era una mujer.
—¡Y qué si es una mujer! —grita uno de esos corredores anónimos que no se ha movido de mi lado.
—¡Las mujeres no pueden correr una maratón! —repite el comisario con el morro encogido y mostrando los dientes otra vez como un bulldog.
Y entonces ya sí que no aguanto más, que ese pobre individuo ya no me da más miedo, me abro paso entre la barrera de atletas que me volvían a resguardar y me planto ante sus narices. Entre su cara y la mía apenas queda espacio. Le miro desafiante y le sonrío. Él no entiende ni mi sonrisa, ni mi felicidad. No, no puede entenderla. Alguien como él no puede entenderla, ni la entenderá jamás.
—Hoy no he ganado la carrera, comisario, pero he ganado algo mucho más importante: mañana vendrán más, y al otro más, y más, y más, y tantas mujeres que ni usted ni ningún otro hombre podrán detener jamás.
Él me mira perplejo, muestra una mueca irónica y antes de que pueda abrir la boca le arrebato con un gesto de furia el dorsal de sus manos, mi dorsal, y me doy la vuelta. Levanto el 261 bien alto para que todos lo vean y me alejo convencida de que ya nadie me lo va a volver a quitar jamás.
Madrid y Olesa de Montserrat, 26 de mayo de 2020
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