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Laura Zalve · Capítulo 4 de 26

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Capítulo 4

Al día siguiente luché contra mí misma por no salir a correr. Sobre todo, después de que Eve me hubiese advertido de todos esos peligros de los que yo no era consciente. ¿Pero iba en serio eso de que si corrías se te caía el útero y te salía mostacho? ¡Qué horror! Si salía en el Teen, por descontando que era cierto.

Me quedé en casa haciendo los deberes, comiendo palomitas y mirando Lassie cuando Jack entró por la puerta con su inseparable chaqueta verdiblanca de los Jets.

—¿Qué haces, saltamontes?

Preguntó con una sonrisa enmarcada por esos hoyuelos que tanto me recordaban a mamá. Él sabía que nuestra madre siempre me llamaba así e intentaba por todos los medios recordarla día tras día como si siguiera entre nosotros.

En realidad, lo estaba. La sentía cada vez que la punta de mis pies cruzaba el umbral dorado de la puerta de la cocina. La sentía cada vez que las gotas de lluvia repiqueteaban en el cristal de mi ventana. La sentía cada vez que escuchaba a Elvis y la oía entonar con su dulce voz la estrofa esa del can’t help falling in love with you, y la sentía en Jack, en sus hoyuelos y en esas arruguillas que se le formaban en los ojos cada vez que se reía. Una de esas sonrisas que viajan de corazón a corazón.

Uno de los mejores regalos que me hizo nunca mami fue mi hermano mayor. No podría haber imaginado uno mejor, aunque, por supuesto, tenía sus peros.

Todos en esta casa teníamos claro que era mejor no discutir con Jack, porque él, siempre, siempre, siempre, tenía la razón. Además de un mal

perder de mil demonios. Cada sábado por la tarde, cuando nos sentábamos en la mesa redonda de la cocina a jugar al Monopoly, papá, mamá y yo nos poníamos armaduras, corazas y escudos para protegernos de las cuchilladas invisibles que nos lanzaba con su lengua cada vez que no le salían las cosas como él quería. Y si perdían sus Jets, bueno, si perdían, era mejor no cruzarse en su camino. Sí, un personaje mi Jack… ¡Y cómo lo quería con todos sus peros!

Le miré ensimismada en mis pensamientos, y con una sonrisa llena de palabras mudas le invité a sentarse para compartir mi bol de palomitas y recuerdos. Él se desplomó a mi lado y milisegundos más tarde una respiración profunda, parecida a la de un hipopótamo, se convirtió en la banda sonora que inundó el salón. Me giré hacia él y su rostro de gatito me dio pena. Su pelo azabache contrastaba con el cojín de encaje blanco, que abrazaba, y por primera vez me pareció más frágil que nunca.

Las lágrimas querían asomar por mis ojos, me concentré en retenerlas, pero ahí seguían. Mis párpados hacían de presa, pero ellas, tozudas, seguían empujando. No quería que escaparan, porque si las dejaba libres, podían causar una verdadera catástrofe, y me concentré en la televisión. «Puñado de palomita y Lassie», me repetía constantemente.

Me concentré tanto que, en la pantalla de aquella caja negra y cuadrada, Lassie corría, su dueño corría, los coches corrían, unos niños corrían, su madre, detrás de ellos, corría también, los pájaros volaban veloces y todo, absolutamente todo, estaba en movimiento menos yo. No podía enfocarme en otra cosa.

—Alice, ¡para! ¡¿No ves que no me dejas dormir?!

No me había dado cuenta, pero parecía ser que las lágrimas encarceladas, como temía, no se habían retirado, sino que estaban recuperando fuerzas y estudiando nuevas estrategias de combate, y así, reforzadas, habían viajado hasta la punta de mis pies, que no podían dejar de moverse.

Histérica me levanté de un salto del sofá y, como si alguien me estuviera llamando a susurros, me acerqué a la entrada. En un movimiento

automático enfilé las bambas en mis pies, giré el pomo dorado de la puerta y salí disparada.

Aquella tarde parecía que mamá hubiese pintado los cielos de rosa fosforito y gris azulado, su color preferido. Por desgracia, no llovía, pero no me importaba, con aquellos colores iba sonriendo al cielo mientras la suela de mis zapatillas amortiguaba en el asfalto plomizo. Siempre corría por el vecindario, dando vueltas y vueltas sin un destino físico, sino mental. Tenía que seguir corriendo hasta quedar completamente exhausta. Sin embargo, al pasar al lado de un sauce solitario que se iba abriendo paso entre los baldosines de la acera, me paré. Necesitaba encontrar una manera para saber cuántas vueltas a la manzana calmaban mi alma, pensé. El árbol, dentro de su prisión, era libre porque no pertenecía a ningún vecino y en cierta manera me recordaba a mí. Me agaché, cogí una piedrecita y, espontánea, pinté en su tronco una raya. Ya lo tenía: cada vez que pasara por su lado haría lo mismo, me prometí. Eso me serviría para contabilizar cuántas vueltas y cuántos kilómetros necesitaba para curar el alma.

De repente, cuando estaba pintando mi tercera rayita de aquel día, una voz que provenía de mi espalda me pilló desprevenida.

—¡Hola, Alice!

Me giré y mis ojos tardaron en enfocar a aquel rostro cuadrado que salía de un portal y me hablaba. Cuando me di cuenta de que era el mismísimo Bryan Cox el que se estaba acercando a mí, rápidamente mi corazón brincó en un intento por salirse de mi boca.

—¡Hola! —le devolví el saludo sonando despreocupada mientras las palmas de mis manos chorreaban gotas de sudor. ¿Serían las mismas lágrimas que no había dejado salir unas horas antes por mis ojos?

No podía creerlo, aquel adonis de cuerpo apolíneo, porte vivaz y ojos hechos de miel líquida, en los que podía derretirme con extrema facilidad,

me había pillado ASÍ. Pintando un árbol en chándal de ositos pesquero, con olor a sudor y una frente parecida a las cataratas del Niágara.

—¿Qué haces?

No estoy segura, pero creo que mi cara paralizada en una sonrisa no le extrañó para nada. «Alice, di algo». Por mi mente corrían como en los autos de choque cientos de posibles respuestas, pero antes de decidirme por una brillante mi voz se coló y cortó el silencio.

—He salido, eh, a estirar las piernas un poquito. Poca cosa, ya volvía para casa. ¿Y tú?

—Oh, muy bien. Yo vengo de ver a mi abuela, vive justo ahí. —Se giró y con su barbilla apuntó al portal por donde había salido.

—¿A tu abuela? —No sabía que decirle—. ¿Está enferma?

—No, he venido a traerle mermelada casera de arándanos que ha preparado mi madre…

—Ay, pues vaya suerte tiene tu abuela…

—¿Suerte?

—Pues ya sabes eso… Que no esté enferma y que sí, que la mermelada de arándanos está muy rica, y sí que, si encima la ha hecho tu madre, pues eso…, qué suerte tiene tu abuela…

Pero… ¿por qué nadie me hacía callar? Había perdido el control de mi lengua; ella, por libre, no paraba de soltar sandeces y me dejaba como una boba… Alice, concéntrate, ¿es que no te das cuenta de que estás hablando con Bryan? ¡Con el mismísimo Bryan Cox!

¡Deja de decir chorradas!, me repetía, intentando calmarme, al mismo tiempo que decidía, eso sí que lo tenía claro, que no volvería jamás, pero

jamás de los jamases, a correr por esas calles y exponerme a que me pillara.

¡Menuda vergüenza!

De repente, el cielo empezó a relampaguear, no estaba segura de si mamá se estaba riendo de mí o, por el contrario, me estaba salvando de aquella situación tan incómoda.

—Venga, Alice, ¡sube al coche, te llevo! —exclamó Bryan mientras me ofrecía una de sus manos y señalaba, dirigiéndole un gesto con la cabeza, el Mustang turquesa que estaba aparcado delante del garaje de su abuela.

No me dio tiempo a responder. Un goterón sacudió mi nuca a modo de colleja, otra vez mamá. Cogí su mano tan suave como el terciopelo y lo seguí.

La lluvia golpeaba con fuerza los cristales haciendo sonar su orquesta, justo como a mí me gustaba, y aunque me moría por estar ahí fuera corriendo, más me moría por estar al lado de Bryan en su cochazo de asientos de cuero. Cuando se lo contase a Evelyn, fliparía.

—¿Lista?

Me até rápidamente el cinturón, aunque estuviéramos a solo tres kilómetros de casa, y al instante me arrepentí. Creo que lo hice presa de los nervios, por hacer algo, no sé… Nunca antes había visto un auto con cinturones y pensé que me los tenía que poner.

Seguro que se pensó que era muy boba, poco atrevida y nada divertida. Ni una a derechas, Alice, me regañé.

—¡Lista! —contesté con mis mejillas ardiendo, pero disimulando.

El motor rugió como un leopardo, Bryan pegó un acelerón y mi espalda se incrustó contra el respaldo. Intentaba impresionarme, y a mí que intentara impresionarme me encantaba. Eso me derretía mientras el silencio se apoderaba de nosotros.

—¡Qué coche tan chulo!

—¿Te gusta? —preguntó mientras hinchaba su pecho como un pavo—. Es lo último de Ford, el Mustang Fastback, es de mi padre, pero siempre que quiero me lo deja. Como puedes ver, hasta lleva cinturones —indicó señalándome la correa que me rodeaba la cintura, como en los aviones.

—Qué suerte, el mío solo tiene una camioneta prehistórica y yo ni siquiera tengo carné.

—Bueno, las señoritas como tú no necesitan conducir, se merecen tener chófer.

Fue escuchar esas palabras y, sin poder evitarlo, una de mis sonrisas más dulces y bobas brotó en mis labios y me amenazó con quedarse a vivir ahí para siempre. ¿Pero cómo podía ser tan perfecto? Aisss…

—Hemos llegado —anunció mientras se acercaba hacia mí. Pasó su mano alrededor de mi cintura y, a medida que su sonrisa se me acercaba, contuve el aliento creyendo que me desmayaba… ¿Iba a besarme?

Pero no, su cabeza pasó de largo, se agachó sobre mi falda y me desabrochó el cinturón. En la camioneta de mi padre, como en el resto del parque móvil de todos los mortales, no hay cinturón, en cambio, en el Mustang Fastback turquesa de Bryan se abrocha sobre el abdomen como en los aviones y yo ni me acordaba de llevarlo puesto. Por eso me había pasado la mano por mi cintura, qué tonta; lo que quería, realmente, era librarse de mí y que me bajara de una vez. Y yo, que volví a reparar en mis pintas, mi chándal, mi olor y mi aspecto en general, tiré rápidamente de la palanca de metal cromado de la puerta y salí disparada y avergonzada sin mirar atrás.

—¡Gracias, Bryan! ¡Nos vemos en clase!

Cuando giré la llave de la puerta del porche, los truenos seguían haciendo de banda sonora y un rugido atravesó una noche que recordaría durante mucho tiempo.

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