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Capítulo 3
Habían pasado tres largas semanas, o 21 días, 504 horas o 30.240 segundos, desde el día en que pronuncié el adiós más difícil de toda mi vida. Llevaba la cuenta, porque también, curiosamente, fue el día en el que me sentí más libre.
Seguía recibiendo condolencias casi a diario y notaba cómo la gente me miraba como un cachorrillo abandonado en medio de la cuneta. Todo un fastidio.
Mi madre había muerto, sí. Pero lo que no sabían era que todas las tardes nos poníamos el chándal y salíamos a correr juntas.
Las semanas habían pasado como si el segundero del reloj pesara tanto que no pudiera moverse y los días se me hacían eternos hasta que llegaba la hora de salir a correr.
Aquella soleada tarde de otoño, antes de enfundarme las bambas, había quedado con mi querida Evelyn para terminar un trabajo de literatura inglesa. Bueno, esa era nuestra excusa. En realidad, lo que íbamos a hacer era cotillear sobre Bryan y Tom y soñar cómo serían nuestras vidas con ellos mientras engullíamos pastas de chocolate y sorbíamos, con el meñique levantado, ese té que su tía Mercy le mandaba desde Inglaterra.
Subí las escaleras de madera que conducían al porche de la casa de Eve.
Una casita preciosa de dos pisos, pintada completamente de blanco y adornada con petunias y gardenias alrededor del marco de la entrada. Clavé mi dedo en el botón marfil del timbre y oí unos tacones que se acercaban a la puerta.
—Alice, encanto, qué alegría verte —exclamó su madre con dulzura.
Margaret era un ama de casa rubia, perfectamente peinada con sus tirabuzones dorados, uñas elegantes y vestidos acampanados, siempre acampanados, y siempre adornados con delantales bordados atados a la cintura. Parecía recién sacada de un anuncio de Coca-Cola y, a decir verdad, me recordaba ligeramente a mi madre, salvo que a Margaret solo se le coloreaban las mejillas después de tomarse un Martini.
—Buenas tardes, señora Green. ¿Está Eve?
—Claro, princesa, te está esperando en su cuarto. ¡Ahora mismo os llevo pastas y té! —exclamó entusiasmada mientras entraba en la cocina.
Subí como un cervatillo las escaleras de madera crujiente que conducían al primer piso y entré con un ¡bu! en la habitación de mi amiga. La explosión de rosas que Eve cerraba dentro me invadió por todas partes. A la izquierda, un tocador de espejo ovalado que siempre me había recordado al de la madrastra de Blancanieves, de color rosa; en frente, una ventana con cantos de madera rosa, y a la derecha, una cama con cabecero de mimbre rosa sobre la que estaba mi amiga semitumbada en una sábana rosa.
Eve, cuando me vio entrar, levantó su mirada y esbozó una enorme sonrisa, toda una media luna en su cara, también de color rosa.
—Anda, ven aquí, no te quedes ahí plantada y ayúdame. Mira, he cogido éstas para ti —me ordenó tranquilamente mientras señalaba un montón de revistas.
Me fijé y me di cuenta de que había desparramado toda su colección del magazine Teen sobre la moqueta. Algunos abiertos, otros cerrados, muchos recortados… Uno de sus hobbies favoritos era coleccionar todas las ediciones, hacer sus típicos test de amor «me quiere, no me quiere» y, posteriormente, recortar la cara de los famosos para pegarlas en su carpeta o donde fuera. Por toda la moqueta revoloteaban beatles decapitados esperando a ser elegidos para adornar carpetas, libros o libretas. Paul McCartney, con expresión angustiada, me suplicaba auxilio. ¡Era tan mono con sus ojitos redondos de mochuelo…!
—En serio, esto tuyo con el Teen no tiene remedio… ¿No te apetece salir un poco al jardín y ser una persona algo más normalita? —inquirí poniendo mi cara más burlona.
—Si eres así de simpática, nunca conseguirás que Bryan se fije en ti.
Ella sabía que me volvía loca. Cada vez que le veía me sudaban las palmas de las manos, se me ruborizaba la pelusilla de detrás de la cabeza, me subían las palpitaciones y no conseguía hacer otra cosa que no fuera sonreírle como una boba como si fuera un tic.
De esa misma manera, con cara de boba, cogí la pila de revistas que me había señalado y salté sobre la cama llevándome el suspiró que me había provocado oír pronunciar su nombre. Mi Bryan aún era más mono que McCartney, mucho más.
—Tía, el otro día cuando fui a correr me lo encontré. Llevaba un polo blanco ajustado y estaba guapísimo; te prometo que no le he visto nunca así. Estaba ayudando a su madre a entrar la compra, todo un caballero, un perfecto gentleman…
—¿Hablasteis?
—¿Tú estás loca? Ni le saludé, qué vergüenza, aisss. ¿Tú crees que le gusto?
Cogí aire en cuanto terminé con esa pregunta que le formulaba dos mil veces por segundo rogando a todos los dioses del universo que me contestara que sí, que ella, más observadora para esas cosas, hubiera detectado algo, yo qué sé, pero en lugar de eso levantó bruscamente la mirada de sus recortables y exclamó:
—¡¿Qué?! ¡¿Cómo?!
—Jolín, Eve, ¿tan raro es que pueda gustarle?
—Para el carro, Alice. Primero explícame eso de «fui a correr». ¿Cómo que fuiste a correr? A correr ¿para qué? ¿Qué ha pasado?
—Nada, tía, tranquila, correr por correr… Desde aquel día lo hago a diario y me sienta de maravilla.
La expresión de Evelyn cada vez se volvía más y más confusa.
—Alice, las mujeres no corremos. Ahora entiendo que no es tu mejor momento y que quizás te lleve un tiempo superar «eso». Pero hazme caso, deja de correr, es malo para la salud. ¿Acaso no lo sabes?
—Ja, ja, ja. Pero ¿qué dices, Eve? ¿Por qué iba a ser malo? Ni que me fuese a crecer pelo en la cara…
—No te lo tomes a broma; como sigas así, se te empezará a poner cuerpo de hombre y el útero se te caerá. En serio, lo he leído en el Teen y, además, también me lo ha dicho mi madre. Nuestra vecina, la señora Paws, corría de joven y por eso está sola, sin hijos y sin marido.
No esperaba que mi mejor amiga se tomara así lo que acababa de contarle.
Correr me hacía feliz y no me importaba nada de lo que me decía hasta que amartilló las palabras siguientes:
—Y si tanto quieres gustar a Bryan, ¿crees que le vas a gustar con cuerpo de hombre, bigote, piernas musculosas y la espalda de un mozo de carga?
¡Dios mío, Alice, pero ¿qué haces?! ¿¡Te has vuelto loca!?
La cara de mi amiga pasó de la alerta al pánico en un milisegundo. ¿Y si tenía razón? Ahora que lo decía, mis piernas estaban un poquito más fuertes, ¿o solo era paranoia mía?
Si seguía corriendo…, ¿no podría tener hijos nunca en la vida? ¿Espantaría a Bryan y a cualquier otro chico que me gustara? ¿Todos se reirían de mi familia al saber que yo era un machirulo? Lo único que yo quería era sentirme bien, libre, sin ataduras y cerca de mi madre, no convertirme en un maldito monstruo.
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