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Laura Zalve · Capítulo 12 de 26

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Capítulo 12

¿Algún día me acostumbraré a esto? Me pregunto mientras levanto la vista como para admirar a un gigante, aunque en realidad se trate del edificio en el que estoy a punto de entrar. Parece sacado de una película de magia, techos en pico, ventanas con vidrieras y puertas acabadas en bóveda.

Mientras le regalo a mis pulmones una buena bocanada de aire matinal, pienso en que esto de la vida en el campus es lo mío. Me siento mayor, independiente e imparable. Me siento como en una de esas películas modernas de estudiantes universitarios, fraternidades, juergas locas, amoríos y glamur, mucho glamur. Aunque lo mejor de todo no es eso, o bueno, no es SOLO eso. Ha sido plantar un pie en este sitio y ya un trocito de mi sueño se ha hecho realidad. Hoy empiezo mis entrenamientos en el equipo de atletismo y no lo niego, estoy más nerviosa que papá cuando uno de sus peces pica en el anzuelo. No sé si mis compañeros serán unos malditos Bryan Cox, si me admitirán, si se tomarán bien eso de tener a una mujer entre ellos o si se reirán de mí. Es un equipo universitario, casi, casi, profesional. Una cosa tengo clara, mantendré las distancias y procuraré no ganar a ninguno, solo por si acaso. Además, por supuesto, me he prohibido terminantemente enamorarme de cualquiera del equipo, o sea: PRO-HI-BI-DÍ-SI-MO. Aunque, bueno, aquel jugador de fútbol, Sam…, no es técnicamente del equipo, ¿no? Sonrío y sacudo la cabeza, la verdad es que no tengo remedio.

Una marabunta de estudiantes con sus mochilas cargadas de libros y de futuro suben las escalinatas. Mi Casio me dice que ya son las 9:00, ¿en serio? Mierda, eso de que en la uni no avisen con la campana va a resultar un auténtico fastidio. Al final voy a tener que estar consultando el dichoso reloj cada dos por tres.

Subo los peldaños de dos en dos y cuando cruzo los portones abovedados me sorprendo inmersa entre carriles de estudiantes que perfectamente sincronizados se mueven de un lado para otro. Me aparto antes de que me arrollen y busco en el inmenso directorio la clase 256; según mi horario, ahora toca historia del periodismo.

Cuando por fin la encuentro, está medio vacía, seguramente mi suerte me haya hecho elegir la asignatura más tostón de toda Siracusa.

A ambos lados se levantan unas enormes gradas de madera flanqueadas por dos escaleras carcomidas que crujen bajo mis pies. No sé dónde sentarme.

Quizás lo mejor sea ponerme al lado de la ventana.

Vuelvo a mirar el reloj, las 9:04, un grupo de unos diez estudiantes escandalosos irrumpen y un sonido de múltiples crujidos llena el aula. Creo que antes de que se acabe el curso acabarán rompiendo algún peldaño.

Cuando se sientan, la clase aún parece prácticamente vacía, así que creo que mis sospechas se confirman: me encuentro oficialmente en la clase más peñazo de todo el estado.

Saco mis cuadernos de flores rosas. Eve me lo regaló este verano para que la llevara siempre conmigo. Me dijo que si me encontraba con alguna asignatura tostón podría usar su técnica anticlasespeñazo y llenarlo de corazones de colores. Sonrío y es justo entonces cuando el profesor irrumpe en el aula y se hace el silencio en menos de un segundo. Un hombre mayor, de pelo canoso y ropas mustias nos mira por encima de los cristales rallados de sus gafas. La verdad es que, por el momento, parece un abuelillo entrañable.

—Bueno, veo que este año me han escuchado y no se han apuntado más de veinticinco personas a mi clase.

Silencio.

—Está bien que se pregunten por qué, eso es lo que haría cualquier buen periodista. Pero no contestaré a sus preguntas, tendrán que ingeniárselas solos si quieren encontrar respuestas.

Alguna sonrisita nerviosa se escapa de entre los labios de mis compañeros.

—Dicho esto, empecemos. Pueden llamarme señor Brown.

No estoy segura de si es el profesor más guay que he visto nunca o el más retorcido. La clase es bastante aburrida, sobre todo porque empezamos a estudiar desde que los hombres prehistóricos pintaban dibujitos en sus cavernas. Vaya rollazo. Miro por la ventana y siento envidia de todos esos estudiantes disfrutando del césped. Algunos juegan a las cartas, otros, solitarios, leen un libro debajo de un árbol y un par de parejitas se comen a besos sobre una manta a cuadros.

Por un momento nos imagino a Sam y a mí sobre esa misma manta y un ligero calor recorre mis mejillas. La verdad es que no es tan guapo como Bryan Cox. Sam es un chico normal, bueno, salvo porque sus espaldas y su cuerpo de adonis musculoso no parecen de este mundo.

Al acabar la última clase del día salgo del edificio con menos pajaritos en la cabeza y un jarrón de realidad apabullante derramándose por todo mi cuerpo. Tengo una docena de trabajos por hacer, pero antes de encerrarme, como una rata, en mi cuarto, decido disfrutar de ese solecito que atraviesa la tela de mi blusa blanca. Esta vez, me lo he ganado.

A esta hora el campus parece un lienzo de pinceladas juguetonas en múltiples tonalidades verdosas, entre ellas se pierden brochazos grises y naranjas que desvelan los senderos. Me adentro por uno de ellos y me dejo llevar.

Cada bocanada de aire me alimenta con pizcas de jazmín, sol y… ¿bollitos recién hechos?

Busco con mis ojos impacientes, y como si fuera un sabueso levanto la cabeza, aguzo mí olfato y sigo ese rastro invisible que me lleva delante de una cafetería y una larga cola de estudiantes. En su cristalera cuelga un cartel luminoso: RECIÉN HECHO.

Antes de que aquello empiece a llenarse de más estudiantes famélicos y adictos al azúcar me pongo a la cola y cinco minutos después ya estoy dentro.

Huele de vicio y hay dos o tres mesas vacías, perfecto. La decoración de madera y su aroma hacen que decida justo en ese momento que este lugar será, sin lugar a duda, mi rincón predilecto. Me giro con cautela para buscar un sitio apartado en el que sentarme y, de repente, alguien choca conmigo.

Creo que adrede.

—¡Perdona! ¡Lo siento!

Reconozco al instante esa sonrisa que lleva persiguiéndome todo el día y me animo que sí, que ha chocado adrede. Si estuviera dentro de una novela de Jane Austen diría que el destino es caprichoso y ha querido unirnos, pero, en realidad, estoy en la universidad, dimensión mundo real y, obviamente, Sam, el capitán del equipo de fútbol, sabe exactamente cuándo y dónde se hacen los bollitos más deliciosos de todo el campus.

—Alice, ¿verdad? —me pregunta dubitativo ofreciéndome su mano.

¿Cómo puede dudar de mi nombre? Este se va a enterar.

—Sí, sí… ¿Y tú eras?

—Sam… ¿O no te acuerdas?

—Ja, ja, ja, claro que me acuerdo, hombre, te estaba tomando el pelo.

La verdad es que no sé de dónde sale esa seguridad en mí misma, pero, definitivamente, me sienta de maravilla.

—Que graciosilla, ja, ja…Y ¿qué tal? ¿Empezaste las clases?

—Sí, bueno… —consigo decir antes de que me interrumpa bruscamente.

—Espera, voy a pillar unos muffins. ¡Tienes que probarlos, sí o sí!

Me deja allí plantada como un pasmarote. Sam, lleno de energía, se salta la cola, se cuela por detrás del mostrador, coge dos muffins y le planta un beso en la mejilla a la pastelera.

¿Pero este que se cree? Vaya, vaya… Un don Juan que se las lleva de calle.

Obvio, ¿quién te iba a gustar si no, Alice? De verdad que no aprendes.

—Ya está, toma, pruébalo, verás. ¡Mi madre hace los mejores muffins de todo Nueva York!

—Ah, pero que tu madre es… —susurro avergonzada y bajo la mirada.

—Ja, ja, ja, claro. ¿Qué pensabas? ¿Que soy un caradura que se cuela en el mostrador y pago con besos los muffins?

—Pues sí, ¡eso mismo! —Sonrío ligeramente y luego levanto la mirada, divertida, hacia la señora que obró el milagro de traerlo a mi mundo.

—Nahh, mis besos cuestan bastante más.

Esta vez el Sam gracioso y divertido que conozco se esfuma para dar paso a uno nuevo de sonrisa picante. Pero no aguanta mucho tiempo y enseguida se ríe como si eso no fuera con él.

—Ya, claro, seguro que los besos del quarterback están muy codiciados por aquí, ¿no? —exclamo medio en broma mientras pienso que ojalá me diese uno a mí.

—Bueno, tú me has caído bien, incluso podría regalártelo.

Vale, Sam ¿podrías dejar de leerme la mente, por favor? Por si acaso, me apresuro a contestarle.

—Ja, jaj, no gracias, no te preocupes, con el muffin tengo suficiente.

He sido seca y cortante, pero no quiero ni darme esperanzas, ni dejárselo en bandeja. Porque luego me pasa lo que me pasa, que me vengo arriba y me

acaban comparando con un guardián de club nocturno de espaldas anchas.

Y no, por ahí sí que no pienso pasar otra vez.

—Vaya… —exclama clavándose un puñal imaginario en el pecho.

Le doy un mordisco a mi muffin y no puedo evitar cerrar los ojos y soltar un pequeño gemidito. Está claro, los muffins de la madre de Sam son el acompañamiento perfecto para una buena copa de ambrosía.

—¿Te lo dije o no te lo dije?

—Está de muerte, Sam, tienes razón, aunque no sé si debería comer esto ahora.

—Pero bueno, ¿y por qué no?

—En media hora tengo entrenamiento en el equipo de atletismo y voy a llegar mi primer día con el estómago como una pelota. ¡A ver que van a pensar de mí!

La verdad es que no sé por qué le estoy contando todo esto a Sam, pero me sale solo. Estar con él es casi, casi, como correr, no pienso en nada y me dejo llevar.

—¿Atletismo? ¿Pero qué me dices? ¡Wow! ¡Así que una chica deportista!

¡Me gusta! —exclama mientras levanta una mano en el aire para que choquemos los cinco, y yo, por supuesto, le sigo el juego.

—Bueno, a ver si supero el primer día, no cantemos victoria tan pronto.

—Anda, que seguro que sí, los muffins de mi madre son mágicos. Si quieres te acompaño, yo también tengo entrenamiento y, bueno, así no te vuelves a perder.

Haciéndome la ofendida me muerdo el labio inferior, le propino un puñetazo en uno de sus hombros musculosos y salgo rebotada hacía atrás

como si acabara de chocar contra un blindado de esos que mandamos a Vietnam.

—¿Qué insinúas? ¿Que estoy perdida en un campus inmenso, sin mapa y donde no conozco a casi nadie?

—Sí, la verdad es que eso mismo me pareció el otro día —contesta acompañando sus palabras con su sonrisa de cabecera.

—Vale, me has pillado… Jolín, es justo eso.

Cuando salimos de allí el cielo aún no ha pintado su atardecer. Los últimos estudiantes, como un goteo constante, se van desperdigando, algunos por el campus, otros a esperar el autobús, muchos se dirigen a la biblioteca… Pero yo no, yo sigo a Sam, mi guía personal, entre caminos anaranjados, cosquillas en el estómago, un intenso aroma a muffin en los dedos y una sonrisa perenne en mi cara.

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