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Laura Zalve · Capítulo 14 de 26

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Capítulo 14

En Siracusa los días pasan como el agua salvaje que corre por un grifo abierto, se cuela por el sumidero y desaparece para siempre.

Las clases no están mal, me gustan, sobre todo cuando las comparto con Rose, mi compañera de habitación. Esa chica es una de las mujeres más raras que he conocido en toda mi vida, y quizás por eso mismo se ha convertido en uno de mis grandes pilares. Las dos somos un poco raritas. La verdad.

Rose es todo lo opuesto a Evelyn, siempre lleva vaqueros y camisetas de Deep Purple, Led Zeppelin o Pink Floyd. Y no, no es que sea una chica poco femenina, o poco sexy, para nada, de hecho, ningún jueves la he visto dormir en la residencia. A la mañana siguiente siempre entra en la habitación como si un búho hubiese anidado en su cabeza, despeinada y destruida.

Rose es una antisistema, una antirreglas, y quizás sea por eso por lo que cuando, hace unos días, le conté lo mío de correr, se abalanzó sobre mi cuello acompañada de un «tía, tú lo molas cantidubi» que casi me ahoga. Sí, como un cencerro.

Desde entonces sus labios rojos o morados siempre me regalan sonrisas.

Justo hoy, a primera hora, tenemos clase de ética y, por primera vez, no llegamos tarde.

Los pasillos del edificio mágico están plagados de carteles que anuncian el primer partido de la temporada de fútbol en el estadio. En un primer plano, dibujado, uno de los nuestros con el rostro velado por la reja del casco y la anatomía exageradamente musculada, sostiene el melón insinuando el lanzamiento; detrás, en una escala completamente inferior, tres jugadores

rivales con camiseta roja le persiguen. No, no puedo evitar lanzar un suspirito esperanzado. Sam estará allí, obviamente. Además, el protagonista del dibujo del cartel lleva el dorsal número 10, el suyo. ¿Se han inspirado en Sam?

—Tía, vendrás al partido, ¿no? —Rose me pilla mirándolo.

—Pues claro. ¿Cómo iba a perdérmelo?

—Me ha dicho Kevin que después han organizado un fiestón en la casa de los Delta Tau Delta. Buah, me muero por ir, es una fraternidad, tía. ¿Sabes qué significa eso? ¡Estará llena de macizorros!

—Jajaj, no tienes remedio, Rose. No te preocupes, tranquila, ¡no te esperaré despierta!

—Pues claro que no, baby, porque tú te vienes conmigo —sentencia a la vez que abre la puerta del aula y me invita a pasar con una reverencia propia de una señorita de alta cuna. Le pega menos que al rudo de mi hermano Jack hacer ganchillo.

Una vez dentro, por inercia, nos sentamos al lado de la ventana, como siempre, y en unos minutos la ética periodística pasa a convertirse en un leve murmullo que me distrae de mi ardua tarea de mirar al jardín.

La semana se me está haciendo más larga de lo normal deseando que llegue el sábado para ir al partido. Me imagino a Sam resplandeciendo por el césped y lanzándome sonrisas fulminantes cada vez que haga una jugada de ensueño. Pero claro, eso solo me lo imagino, porque Sam ni siquiera se ha dignado a preguntarme si voy a ir a verle.

Estos días ha estado conmigo más frío de lo normal. Su típica conversación dicharachera ha desaparecido por completo y no nos hemos visto apenas nada. Se pasa los días enteros entrenando y, según me dijo el miércoles, cuando me lo encontré en nuestra cafetería, está preocupado porque este

partido lo tienen que ganar sí o sí. Tiene la dichosa superstición de que si pierden el primer encuentro es imposible que ganen el campeonato.

Bobadas.

He decidido no pensar mucho en él. ¿Que me gusta? Pues sí. ¿Que me encantaría que fuéramos algo más? Pues también. Pero si algo he aprendido, es que forzar las cosas solo me trae desdichas y a veces es mejor dejarlo correr. Bueno, o no. Porque casi inconscientemente, después del entrenamiento, mis pies me llevan esperanzada a la cafetería de los muffins mágicos. De camino pienso que quizás, con suerte, Sam estará allí, podré trasmitirle mis buenos deseos y a lo mejor le animó un poco para el partido y lo que nos queda de vida.

Sin embargo, cuando llego, empujo la puerta y resuenan unas campanitas por encima de mi cabeza, se me rompen en pedacitos todas las esperanzas de encontrarlo.

Sam no está ahí. Un jolgorio alocado se levanta dentro del local en un ambiente de fiesta y desenfreno, humo de cigarrillos y palabras que se juntan, todas, formando esa única voz, estruendosa, que me provoca dolor de cabeza. No hay ni una sola mesa libre y decido irme, pero justo entonces, al lado de la vitrina de antiguos utensilios de hornear pasteles, en la mesa del fondo, veo un grupo de chicos musculosos con chaquetas naranjas y blancas junto a chicas ligeras de ropa, rubias, morenas, cinturas de avispa y caras de tontas, o sea, animadoras. Saborean batidos de fresas, se comen con los ojos los unos a los otros y, por supuesto, Sam está allí,

«preocupadísimo» por el partido mientras una rubia de esas con cara de tonta, guapísima, tirabuzones infinitos y cintura de avispa, le susurra algo al oído. ¿Pero quién se habrá creído? ¿Esa es su forma de relajarse la noche previa a un partido? Ya veo… Me doy la vuelta bruscamente, me pongo mi capucha y me marcho de allí, invisible.

Todo el buen rollo que había recargado hoy, corriendo con los chicos, se ha esfumado de un plumazo. Sam ha resultado ser como todos. Mi cabeza me tortura y no para de hacer zoom al recuerdo de esa boca susurrando su oreja. ¿Qué narices le estaría diciendo? Mejor ni saberlo.

Otra decepción más a la colección, Alice. Es el capitán del equipo, era de esperar, me regaña mi yo interior sabelotodo. Aun así, me repito a mí misma que no vine a Siracusa a enamorarme, vine a vivir mi sueño, a pasarlo de miedo y a labrar mi futuro. Mañana iré a ese partido, beberé cerveza y comeré perritos calientes y, luego, Rose y yo pasaremos una de las mejores noches de nuestra vida. Alea jacta est.

Cuando llego a mi habitación, mi amiga está pintándose sus carnosos labios con un intenso labial rojo cereza. Pensaba que hoy no saldría y que al menos tendría algo de compañía para no pensar tanto en ese tal Sam. Pero ni siquiera me da tiempo a dejar la bolsa de deporte en el suelo, Rose sale disparada dejándome como única compañía su aroma a tabaco y una gran mentira. Ha dicho que iba a pedirle los apuntes a una tal Julie, pero a mí no me engaña. Estoy convencida de que ha corrido en busca de uno de sus muchos amantes y, la verdad, es que me duele que no sea sincera conmigo.

Quizás tenga miedo a que la juzgue, pero más miedo tendría que tener yo, y, aun así, se lo he contado todo de mí. Se ha convertido en uno de mis pilares básicos justo cuando Eve decidió abandonarme e irse a estudiar a cuatro mil setecientos kilómetros de aquí. Ya le vale.

Sus ojos tiernos decidieron recorrer el país entero siguiendo a su amado Tom, su querido Tom, su inseparable Tom… California es ahora su nuevo hogar y los que disfrutan de esos ojos tiernos son los típicos estudiantes con tablas de surf y cuerpos bronceados de escándalo. Qué asco dan. Pero bueno, vale, no la culpo, seguramente yo habría hecho lo mismo.

Miro por la ventana y siento que en cualquier momento aparecerá mi amiga dispuesta a ponerme al día con lo último en vestidos, zapatos de tacón y bronceadores. O sea, dispuesta una vez más a ser el altavoz de esa dichosa revista con la que se despierta y se acuesta, el Teen.

Abro la ventana y, aunque sé que es imposible que aparezca, me asomo y me consuelo llenando mis pulmones con ese aroma a estrellas y noche de tierra mojada.

La verdad es que me muero por enfundarme las bambas y salir a darlo todo, pero me contengo, es tarde y ahora que estoy en el equipo las normas las pone Arnie. Bueno, consejos, como él prefiere llamarlos. Consejos obligatorios, diría yo.

Tengo que distraerme, ni siquiera puedo dormir por el partido de mañana, así que abro el cajón de madera de mi escritorio, saco mi pluma Parker plateada y una hoja de papel que engancho entre los elásticos de mi carpeta.

Me desplomo en la cama y, mientras los viejos muelles rechistan, por fin empiezo a cumplir mi promesa de escribir a mi mejor amiga.

Querida Eve:

Que sepas que solo por esta vez he cambiado las deportivas por la pluma y me dispongo a correr por el papel dejando pequeñas huellas de tinta que espero que leas (se notan mis clases de periodismo, ¿eh?:P).

Te echo de menos, bombón. En serio, me muero por tenerte aquí ahora mismo para pedirte consejos made in Eve. Para contagiarme de esa risa tan tuya que hace que mi tripa se parta en dos.

Me encantaría contarte, mientras picoteamos nubes de golosina en la cama, que he conocido a Sam, el capitán del equipo de fútbol. Y sí, ya sé lo que estás pensando, que siempre aspiro demasiado alto, pero bueno, ya sabes que los retos y yo somos grandes amigos. No es nada nuevo. Te prometo que intentaré no ilusionarme demasiado.

Venga, no te rías, he dicho que lo intentaré; que lo consiga, pues bueno, eso es otra cosa…

Creo que Sam es el único chico del mundo que encajaría conmigo, Eve.

¿Sabes que cuándo le conté que me gustaba correr me contestó que eso le encantaba en una chica? Vamos, imagínate, mientras me lo decía yo andaba derritiéndome por los rincones. ¿Te lo puedes creer? Hasta he

seguido tu consejo y he llenado de corazones uno de los cuadernos que me regalaste… Espero que no lo vea nunca, por favor, qué vergüenza… Jajaja.

Por cierto, y cambiando de tema…,

¡estoydentrodelequipodeatletismodelauni! Te lo suelto así, al estilo Alice Walter, corriendo, para que no te enfades, ni te preocupes… Antes de que pongas el grito en el cielo, tranquila, por ahora sigo siendo una mujer. No pasa nada. No me ha crecido más pelo, las curvas de mi cuerpo siguen ahí y respecto a si algún día podré tener hijos es algo que prefiero no averiguar por el momento.

Pero basta de hablar de mí, estoy deseando que me cuentes tus aventuras rodeada de playas blancas infinitas y de fiestas repletas de famosos. Quizás podrías enviarme un poquito de brisa californiana en tu próxima carta,

¿no? Venga, anda, enróllate.

Te quiero, bombón, no me hagas esperar mucho por tus palabras. Un abrazo,

Tu Alice

P.D.: Recuerda, si conoces al dios Paul Newman en algún momento, dale mis señas y háblale de mí, que no se te olvide, jajajaj.

Cuando termino de escribir esas últimas risas sobre el papel, sigo riendo, rebusco en el fondo del cajón de mi mesilla uno de esos sobres que papá me regaló, doblo la carta y le planto un beso, escribo rápidamente las señas y pego el sello, humedezco las esquinitas de la solapa y lo cierro con mis palabras dentro.

Sin pensármelo mucho me enfundo las bambas, el chubasquero y salgo a la noche lluviosa que me recibe con sus pequeños hilos sedosos de agua

jugueteando por mi rostro.

Y esta vez no corro. Disfruto del paseo rodeada de ese sonido confuso tan propio del silencio con la lluvia, inspiro y expiro casi como si fuera toda una experta en meditación.

A lo lejos, un buzón solitario me aguarda expectante y cuando llego hasta él, inserto mi carta por su rendija. La oigo tocar fondo y automáticamente las mangas de mi chubasquero me enjuagan las lágrimas o la lluvia, no estoy muy segura, pero justo en ese instante me doy cuenta de que esa carta no se la he escrito solo a Eve, sino también a ella.

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