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Laura Zalve · Capítulo 7 de 26

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Capítulo 7

Durante el camino a casa levantaba los pies como si fueran de plomo. Mi misión era tardar lo máximo posible en llegar para que me diese tiempo a elaborar un plan, mejor que el de Frank Lee cuando escapó de Alcatraz: convencer a papá de que me dejara correr en el equipo. Me inspiraba mejor por la calle que enclaustrada en mi habitación, y por esta razón, después de dejar a Eve delante de su portal, demoraba atravesar el mío.

No sabía lo que iba a encontrarme cuando mi padre llegara; él solía hacerlo alrededor de las siete de la tarde, podría ser que se entretuviera reparando su camioneta por septuagésima vez esta semana y entonces tendría un mal humor de mil demonios, o podría ser que se sentara al sofá viendo tranquilamente la televisión, recién duchado en pijama, con su batín y unas patatas fritas adornando el brazo del sofá.

Jack y yo lo sabíamos de sobra, mamá también. El mejor momento para rogarle algo a nuestro padre era cuando estaba sentado en el sofá, ensimismado en la caja boba y deleitado con sus inseparables patatas fritas que su metabolismo absorbía como el agua. Nunca le vi engordar un solo gramo de más.

Muchas veces, cuando los tres teníamos peticiones delicadas, debíamos echar a suertes quién agasajaba a papá en ese momento. Casi siempre solía ganar mamá, y cada mes entraba triunfante con un nuevo robot de cocina en casa.

Estaba a punto de doblar la esquina del vecindario y aún no es que no tuviera un plan definido, es que ni siquiera sabía por dónde empezar.

«Papá, soy un machirulo, me gusta correr, ¿puedes firmarme esto para destrozar mi cuerpo en el equipo de atletismo? Gracias».

O mejor, le diría que firmase el papel sin más, y mientras tanto taparía un poquito el texto, así seguro que no se enteraría.

«Ya, claro, Alice, por favor, piensa».

La cabeza me iba a estallar, era un hervidero de nervios e ideas absurdas, así que me rendí. Ya iría improvisando.

Entré en casa, me preparé un par de tostadas con mantequilla de cacahuete y un enorme vaso de leche para apaciguar mi agobio. La mantequilla de cacahuete es mi relajante preferido. Subí a mi habitación e intenté, sin suerte, concentrarme en mis deberes. Una hora después llegó Jack, que tras saludarme se encerró en su habitación, y por fin papá.

—¡Ya estoy en casa! —gritó.

Me asomé por el hueco de las escaleras y vi cómo colgaba su abrigo y su sombrero.

—¡Hola, papi! —le respondí con mi mejor sonrisa.

—Voy a ducharme —me informó. «¡Hurra!», grité para mis adentros.

Un poco después me llegó el sonido de la televisión y la sintonía de La leyenda de Jesse James, una serie del oeste que daban por la ABC todos los lunes y que era la preferida de papá.

Esa era la mía; gracias, mamá. Estaba segura de que ella se había encargado de preparar el momento perfecto. Esperé, como ella me había enseñado, a que estuviera cerca del final, bajé las escaleras y me dirigí al salón.

«Recuerda, Alice, recuerda cómo le pedía yo a tu padre los robots de cocina».

La voz de mamá se coló en mi cabeza regalándome la idea perfecta. Tenía que demostrarle a papá que le haría el hombre más feliz del mundo; la cuestión era cómo.

—¡Hola, papi!

—Hola, tesoro. ¿Qué tal el instituto? —me preguntó con el rostro ausente y pegado a la caja negra. Ésta era la mía.

—Muy bien, tengo muy buenas noticias, te voy a hacer el padre más feliz del mundo.

«Alice, por favor, que no se te note tanto el plumero», susurró mamá otra vez dentro de mi cabeza.

—Oh, cariño, ya me haces el padre más feliz del mundo si me dejas ver Jesse James tranquilo; está a punto de acabar.

—Papi, tienes una hija que vale millones, has creado una mujer con uno de los mejores metabolismos del mundo. Vamos, un prodigio de la naturaleza.

—Ah, ¿sí? —preguntó por inercia ignorándome por completo. Yo seguí con mi teatrillo.

—Sí, de verdad; fíjate, hoy mismo incluso me han ofrecido unirme al equipo de atletismo del instituto, y eso no se lo ofrecen a cualquiera, ¿eh…?

—Aham…

—Y yo lo que más deseo en este mundo es que mi padre disfrute viendo a su hija correr, que todo el mundo que te vea por la calle susurre «mira, ese es el padre que creó a una hija con un ADN noventa y nueve por cien perfecto».

—Uy, eso sería genial, cielo…

Según mamá, el momento crucial era minutos antes del final de lo que estuviera mirando; ese era su punto frágil, cuando solía decir que sí, aunque no supiera a qué. Pero sin poderlo remediar acababa de sonar la sintonía final, un cowboy galopaba a lomos de un bello caballo blanco y se alejaba por las colinas mientras una banda instrumental despedía el capítulo con

trompetas y clarinetes hasta la semana siguiente. Ni siquiera me había dado tiempo a sacar el dichoso papel.

—¡Qué grande que era Jesse James! No entiendo cómo pudo pasar por un forajido… Perdona, ¿qué decías, cielo?

—Pues nada importante; eso, que me han ofrecido unirme al equipo masculino de atletismo del instituto y que eso te haría el padre más feliz del universo y que tienesquefirmarestepapelparadartuconsentimiento. —Cogí aire después de correr, esta vez, con mi lengua.

—¿Al masculino?

—Sí, papá, al masculino…

—No lo entiendo… ¿Y por qué no al femenino?

—Ah, bueno, por una pequeñez sin importancia… Simplemente porque no existe ningún equipo femenino ni de atletismo ni de nada en el instituto, papá.

—No entiendo nada… ¿Y quién te ha propuesto esto?

—Ehhh… Ah… El entrenador, el señor Chamber.

—Sigo sin entender nada…

—Me vio correr y se dio cuenta de mis aptitudes especiales y fuera de lo común, o sea, en otras palabras, que soy una superdotada, papá.

—Bueno, eso es una muy buena noticia, pero no sé si es la mejor idea. Este año es tu último curso y tienes que concentrarte en sacar las mejores notas para la universidad. Alice, la universidad es importante, lo sabes, ¿no?

—Ya, pero papi…

—No hay peros. Meterte ahora en un equipo de atletismo solo hará que tus notas bajen.

—Pero… —Me estaba dando por vencida hasta que desvié la mirada hacia la cocina en busca de ayuda, como solía hacer cuando mamá estaba viva.

Esta vez no la encontré, tenía que lograrlo yo solita…

—Pero es lo que quiero, me hace feliz, no a cualquiera le ofrecen una oportunidad así. Además, cuanto más feliz sea, mejores notas sacaré, ¿no crees?

—Alice, no me lo pongas más difícil.

—Seguro que si mamá estuviera viva…

No pude terminar la frase, estaba jugando con una baza peligrosa, pero era mi última oportunidad. Papá se quedó tan blanco como la pared y ahí me dejó. Se giró con los hombros caídos como un orangután y se fue sin decir nada.

Me sentía con una culpa que me quemaba por dentro, se arremolinaba en mi corazón como un huracán y se extendía hasta la punta de mis veinte dedos.

Era una hija horrible. Me desplomé en el sofá, me abracé las piernas y hundí el rostro entre ellas.

Minutos más tarde, unas pisadas que venían de la cocina se acercaban a mí y dejaban caer algo encima de la mesa.

Con cautela, como un topo ciego que sale de su madriguera, asomé los ojos por encima de mis rodillas. Sobre la mesa aguardaba un cuaderno con algo escrito a mano. Levanté un poco más la mirada y me reencontré con el hombre que me dio la vida y sus larguiruchos brazos en jarra.

—Lee esto —ordenó y señaló el cuaderno con la barbilla. Sostuve las hojas entre mis dedos y empecé a leer:

La señorita Alice Katherine Walter, hija de Amaya y Bob Walter, se compromete a obtener unas calificaciones iguales o superiores a las del

curso pasado en el caso de que se una al equipo de atletismo.

Y para que conste su palabra, firman a continuación: Bob Walter Alice K. Walter

Posdata: En el caso de incumplimiento, la señorita Alice quedará castigada de por vida.

Era justo, a mi padre no le importaban todas esas sandeces de que las mujeres no podían correr, que si iba a ser un machirulo, que si ningún hombre me iba a querer, que si esto, que si lo otro… No, lo único que a él le importaba era mi futuro y mi felicidad.

—Si quieres que firme tu papel, tienes que firmar tú este.

Creo que hacía mucho tiempo que no sonreía así. Me dolían los mofletes y salté a sus brazos como un muelle para darle el mejor achuchón del mundo cargado de amor y disculpas.

—Lo siento —le susurré al oído.

—Firma eso antes de que me arrepienta.

Me ofreció un bolígrafo BIC, firmé y bajo la firma estampé con orgullo mis iniciales:

A.K. Walter.

Desde que leí El guardián entre el centeno y decidí ser escritora como J.D.

Salinger, lo hago.

Al día siguiente me despertó el primer rayo rebelde de sol que se coló como una serpiente por la rendija de mis cortinas. El mundo me sonreía, me levanté como si fuera Barbra Streisand en Funny Girl saludando al escenario entre aplausos entusiastas y acordes y subí la persiana. Me sentía radiante, estaba radiante.

Los pajaritos se posaban en el poyete de la ventana de mi habitación alzando el pico al sol y entonando su mejor melodía. Los árboles mecían sus ramas ligeramente saludando al nuevo día y la brisa me regalaba un aroma mezclado de café, beicon y sirope de arce. Me arreglé, me vestí y, lo más importante, preparé mi bolsa de deporte con unos pantalones de chándal largos y una camiseta de propaganda con un enorme «Coca-Cola»

estampada en el pecho.

Empecé a reír como una loca, era como si la mismísima Coca-Cola Company hubiera decidido patrocinarme. ¿Te imaginas que algún día pudieran hacerlo?, pensé.

En clase las horas se pasaron volando, y cuando me dirigía por los pasillos hasta el aula de matemáticas me crucé con el entrenador, que, cómplice, me guiñó un ojo.

—Uy, tía, ¿y eso? —exclamó Eve, que estaba a mi lado y no se le pasaba nada por alto.

—¿Qué pasa? —pregunté haciéndome la loca. Aún no le había contado nada a Evelyn, ni pensaba hacerlo.

—¿Cómo que qué pasa? ¡Que el entrenador Chamber te acaba de guiñar un ojo!

—Anda, Eve, que cada día estás más paranoica.

—De eso nada, cielo. Mi intuición me dice que hay algo que no me estás contando.

Era inútil negarle a Eve lo que su olfato de sabuesa cotilla ya había rastreado, así que lo solté de sopetón.

—Pues nada, que el entrenador me ofreció unirme al equipo de atletismo y hoy empiezo.

—¿Perdonaaa? Alice, ¿se te ha ido la cabeza?

No quería empezar a justificarme, así que le dije una medio mentira que no se tragó del todo.

—Tía, lo hago, sobre todo para estar cerca de Bryan y enamorarle. Es todo una estrategia…

—Pues, perdona que te diga, pero eres la peor estratega del mundo, porque si sigues corriendo, Bryan va a huir despavorido de ti, ¿o no te acuerdas lo que decía el Teen?

—Eve, confía en mí. ¡Vamos, llegamos tarde!

Logré retrasar el sermón de mi amiga e intenté evitarla a toda costa durante las siguientes clases.

Antes de que me buscara a la hora de la salida y tener que dar más explicaciones, me escabullí hacia el baño de chicas más próximo a la pista de atletismo. No creía lo que estaba a punto de suceder, iba a estar cerca de Bryan, correríamos juntos, mano a mano, vería ondear al viento el remolino rubio de su flequillo y saborearía su olor a cedro y salvia. Lo tendría tan cerca como esa tarde que me acompañó a casa. Me miré una última vez al espejo y mi reflejo me confirmó que además de estar nerviosa, estaba horrorosa. Mis pintas eran más propias de un pintor de brocha gorda que de una chica del equipo de atletismo. ¿Cómo podía salir de esa manera a la pista? ¡Todos se reirían de mí! ¡Bryan el primero! No, no me sentía con fuerzas. Un súbito sofoco me empapó la camiseta y noté cómo el logo de la

Coca-Cola se me pegaba sobre el pecho. No pensaba salir, no podía hacerlo, no iba a hacerlo. Estaba convencida de que los chicos no me iban a aceptar; peor, mucho peor, que se iban a reír de mí… Estaba temblando y a punto de soltar las lágrimas cuando se abrió de repente la puerta de los servicios.

—Sabía que te encontraría aquí. —Eve me miró jadeando y confusa.

—No puedo hacerlo… —le sinceré con los ojos mojados.

Se quedó en silencio y entonces intuí que se acababa de tragar las palabras que llevaba encima. Suspiró y creó otras de nuevas.

—Alice, cariño, ya sabes lo que pienso yo de todo esto, pero ahora has dado tu palabra y tienes que salir ahí. —Con su barbilla apuntó atravesando paredes la pista de atletismo.

Me abrí de brazos para que me mirara bien.

—¿No ves que pintas…?

—Esta camiseta de la Coca-Cola te hace las tetas grandes, a Bryan lo dejarás con la boca abierta.

Volví a reflejarme en el espejo y, por suerte, Eve no tenía razón, entonces entendí que trataba de animarme y le sonreí.

—Qué tonta eres…

—Vamos, Alice, yo os espiaré desde detrás de la valla, piensa que estaré contigo…

Pensé que el entrenamiento ya había empezado, pensé en los papeles que me había firmado mi padre, pensé en las palabras del señor Chamber y pensé que cuando empezara a correr ya se me habría pasado todo; correr es mágico. Volví a sonreír a Eve y la abracé impulsiva y fuerte.

—¡Exxx, estás empapada en sudor! —exclamó escabullándose y poniendo caritas de asco.

—Qué haría yo sin ti…

Salí decidida y a lo lejos advertí que mis futuros compañeros ya estaban calentando, se les veía dando saltitos como cabras. Vestían pantalones cortos, camisetas blancas de tirantes y unos calcetines del mismo color con rayas rojas que casi les llegaban a la cabeza.

Según me fui aproximando, George, uno de los empollones de mi clase, fue el primero que se percató de mi presencia.

—Fiu, fiuuu, hoy tenemos un público de categoría, la mismísima Alice Walter —proclamó señalándome con un gesto a la vez que chocaba los puños con otros dos chicos espigados que tenía al lado.

Ya los tenía calados, me conocía sus técnicas y sus tiempos, sabía más de ellos que ellos de mí. Distinguía perfectamente a los velocistas de los especialistas en fondo. George era corredor de fondo, cuántos más metros, mejor; Bryan, todo lo contrario: lo suyo eran los cien metros, y Peter, el mejor en todo. Peter empezaba los cinco mil metros siempre en las últimas posiciones, como agazapado, reservando. De esa forma se hacía amo y señor de la calle interior y aceleraba al llegar las curvas para ir ganando posiciones, era un auténtico estratega y, además, lo combinaba con una resistencia excelente. Bryan era explosión, en los cien metros siempre acababa entre los primeros y solo se le atragantaba Cameron, el mayor de mi clase, que era especialista en la carrera rápida con o sin obstáculos.

Era algo así como la CIA de los chicos de atletismo: yo. Tantas horas espiándoles detrás de los matorrales me habían convertido en una fuente de sabiduría y no iba a dudar en utilizarla cuando me hiciese falta.

—Acérquense un momento —anunció el entrenador Chamber, y todos obedecieron al instante, incluso mi querido Bryan con sus brazos desnudos, musculados y perfilados, que, expresando una gran confusión, no me apartaba ojo.

—Les presento a Alice Walter, la mayoría ya la conocéis, hoy se une a nosotros como una más del equipo.

Las últimas palabras del entrenador lograron aliviarme un poco.

—¿Cómo? ¿Una chica en el equipo? —preguntó el más regordete, un chico del onceavo grado que, pese a su rechoncha anatomía, aguantaba muy bien el tipo en las distancias largas.

—¡Mooooolaaa! —gritó Peter sin ocultar su entusiasmo.

Inspeccioné como un escáner las miradas que me rodeaban y sin dar crédito a lo que enfocaba adiviné que prácticamente todas me aceptaban. Me detuve en la de Cameron, que me guiñó un ojo:

—Bienvenida, Alice. Que sepas que no tendremos piedad contigo por ser una chica —bromeó—, eres una más cien por cien.

—Gracias —respondí tímidamente. Cameron había logrado la medalla de oro en los cien metros vallas del campeonato escolar del estado del año pasado y plata en los lisos; sus palabras eran un auténtico halago.

Todos hicieron cola para darme la bienvenida y un fuerte apretón de manos cuando de pronto alguien escupió bruscamente:

—No, no es una más. ¿Pero qué os pasa?

Todos se quedaron tan mudos que me recordó por unos instantes al entierro de mi madre.

—Es una chica, las chicas no practican deporte, no saben, perjudicará al equipo, es imposible que tenga tanta resistencia como nosotros, ¿o es que no lo veis? Si entrenamos con ella, no estaremos preparados para el campeonato.

Toda la pista de atletismo se quedó en silencio durante unos segundos que me parecieron horas. ¿En serio el hombre más perfecto del mundo pensaba que yo era un estorbo?

Yo soñaba que correr a su lado me iba a acercar a él como aquel espagueti fundió a la dama y el vagabundo en un precioso y entrañable beso. Había sido una tonta por creerlo. ¿Quién me creía? Era una chica, con cuerpo de chica, metabolismo de chica, y no merecía correr si, además, eso haría que llevase al equipo al fracaso. No sé en qué demonios estaba pensando.

De pronto, la voz grave del entrenador resonó como un trueno dentro de la pista y mis pensamientos regresaron a tierra firme.

—Señor Cox, aquí el entrenador soy yo, y, por consiguiente, soy yo mismo el que decide qué es lo mejor para el equipo.

—Y cómo vamos a mejorar nuestro rendimiento si nos obliga a correr al mismo ritmo que una niña —le interrumpió Bryan con desdén. Que me llamara niña aún me dolió más.

—Esa es una decisión que no le incumbe. Además, déjeme decirle que la señorita Walter no solo no parará el progreso del equipo, si no que les pondrá a prueba para que se esfuercen mucho más. Corre mejor que muchos de ustedes.

Entonces Bryan abrió sus brazos y los enfocó al cielo, riéndose a carcajadas:

—¡Venga ya!

Rezaba por que la tierra me tragara en ese instante. Visualizaba una grieta seca resquebrajándose debajo de mis pies que me succionaba. No me importaba dónde acabase, solo quería desaparecer de allí. Bryan no me iba a perdonar en la vida lo que le estaba haciendo. Ya podía olvidarme de mi futuro de luz y color a su lado. Iba a abrir la boca para pedir perdón y retirarme cuando Bryan continuó hablando.

—Bueno, eso de que corre mejor habría que verlo. Me apuesto lo que usted quiera a que ni siquiera es capaz de dar una vuelta a la pista.

«¡¡Carrera, carrera!!», gritaron todos los chicos al unísono mientras batían las manos como si estuvieran cazando moscas.

Miré al entrenador de reojo para buscar una especie de salvavidas en sus ojos, pero él me devolvió la mirada con resignación. Sabía que la única manera de hacer que todos me respetaran era demostrar que podía hacerlo.

Asentí ligeramente hacia el señor Chamber y cerré mis ojos brevemente.

—Muy bien, señor Cox. Usted contra la señorita Walter, cinco vueltas.

—¿Dos mil metros, entrenador? —se quejó Bryan.

—Sí, dos mil metros lisos… ¿No se atreve? —El entrenador Chamber parecía retarlo.

—Claro que me atrevo, pero no tengo nada personal contra Alice. Creo que sería más sensato y lógico para ella una carrera corta. —Entonces sus ojos de color miel me buscaron—. ¿Cien metros, Alice?

—De acuerdo —contesté.

—He dicho dos mil metros y serán dos mil metros —se reafirmó el entrenador. Yo busqué su mirada y él, de reojo, me sonrió. No acabé de entender esa sonrisa, pero si el entrenador creía que podía, no lo pensaba defraudar.

—Cinco vueltas, Bryan —le reté sin darme cuenta.

—Tú lo has querido —proclamó triunfante, sacando pecho, mientras se ajustaba la camiseta de tirantes por dentro del pantalón.

Yo, a mi vez, le imité, sin embargo, tuve especial cuidado en dejar mi camiseta lo suficientemente holgada para que mis pechos ni siquiera se intuyeran debajo de ella. No quería ofrecer a los chicos un espectáculo de tetas saltarinas.

—¡A la línea de salida!

Como un bombo africano el latido de mi corazón me estaba dejando sorda, ni siquiera lograba oír con claridad todas las apuestas que mis compañeros estaban haciendo entre risas. Aunque, claramente veían a Bryan como triunfante ganador.

Coloqué la punta de mis bambas justo detrás de la línea. A mi derecha, el futuro padre de mis hijos se preparaba, agachado como un león hacia su presa, con las palmas de las manos pegadas al asfalto caliente y mirando fijamente al frente. Copié uno por uno sus movimientos, pero, de pronto, empezaron a brotar las palabras de mi boca como un sumidero atascado.

—Oye, esto…, yo, lo siento, Bryan… En serio, yo… no creía que…, esto…

¡Piiiiiiiiiiiiiiii! Antes de que me diese cuenta Bryan ya había salido disparado como una flecha recién liberada de su arco. Empecé a correr impulsando todas mis extremidades para tratar de alcanzarlo, pero sabía que si seguía con aquel esprint me iba a salir caro. Pensé en Peter e imité su táctica. En primer lugar, porque a mis pulmones les costaría coger aire y acabaría asfixiada y, en segundo lugar, porque si me atrevía a adelantar a Bryan, mi futuro con él estaba acabado. Con que llegáramos pegados me bastaba.

Decidí mantener un ritmo ligero y estable manteniendo unos cuatro metros de distancia. De esa forma trotaba ligera como una gacela detrás de su blanca camiseta mientras la goma de mis zapatillas desgastadas amortiguaba levemente sobre el asfalto. Inspiré y el aire entró por mis pulmones como una bocanada con sabor a libertad. Los chicos animaban desde las vallas blancas y oxidadas de las gradas y entre muchos «¡vamos, Bryan!» logré oír algún «¡Alice, tú puedes!».

Continué corriendo y corriendo. Segunda vuelta, tercera vuelta… Y cuando esa misma magia de cada tarde se me apoderó relajando mis músculos y mi mente, me animé, avivé la marcha y me pegué a él tomando la calle interior.

Casi podía olerlo. Casi podía escuchar su respiración.

La pista daba vueltas bajo mis pies, que bailaban como la aguja sobre un vinilo en el viejo tocadiscos de papá. Las vallas blancas, mis compañeros y

los árboles se mezclaban con una pintura al óleo hecha a brochazos horizontales y entonces dejé de ver a Bryan, que aceleró y se distanció.

Pisé la raya de salida una vez más, y ya iban cuatro. Mis brazos se movían con más energía, mis piernas parecían llamaradas. Estaba empezando a cansarme, sentía que una pequeña bolsa de aire se me clavaba por encima de mis costillas cuando volví a descubrir a Bryan, unos metros por delante, que, buscándome, volvía la cabeza. Me pareció intuir una socarrona sonrisilla que me hizo rabiar. «Venga, Alice, solo una vuelta más». Erguí mi espalda y aceleré el paso como nunca. Volé, tal y como aprendí de Peter, por la calle interior. Saboreaba la libertad desde la punta de mi lengua hasta mis pulmones y justo en aquel momento un rayo de sol me cegó. Seguí corriendo más deprisa en un intento por atraparlo como a una mariposa y cruzar la meta pegado a él. Podía lograrlo. De pronto, tres pitidos que se escaparon del silbato del señor Chamber me devolvieron a la realidad. La carrera había terminado.

Todos los chicos saltaron de las vallas y corrieron hacia mí como una estampida de ñus. Me levantaron en volandas como a una pelota y yo no entendía nada. ¿Ese era el premio de consolación por haber perdido?

—Enhorabuena, Alice —exclamó Cameron guiñándome uno de sus ojos turquesas—. Entre tú y yo, ese gilipollas se lo tiene merecido.

Y entonces entendí que había ganado. Tal era mi concentración, mi rabia, mi esfuerzo, que debí de cerrar los ojos en el último momento. Bryan, agachado con las palmas de sus manos sobre las rodillas, intentaba recuperar el aliento. Su mirada, asfixiada, no me mostraba el cariño que esperaba encontrar. Ese asombro que acabaría por rendirle a mis pies y que deseaba haber ganado.

Me acerqué a él con temor:

—Ha sido una buena carrera… —le dije en estado de alerta. Él levantó el tronco y suspiró profundamente.

—He notado unos pinchazos —pronunció mientras se acariciaba un muslo

—, pero tú has corrido bien.

Un torrente de felicidad me puso una sonrisa en mi cara que creía perenne.

—Gracias, Bryan. Seguramente, la próxima vez ganarás tú.

—Eres una chica atractiva Alice. Lástima que se te vayan a poner piernas de hombre, y ya no vas a gustar a nadie si sigues aquí…

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