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Capítulo 19
Estoy de los nervios, bueno, de los nervios no. Estoy taquicárdica perdida, al borde del desquicio y dándolo todo con la nueva y «estupenda» manía que he cogido de morderme las uñas.
Dios mío, la maratón de Boston. Y pensar que hace menos de un año casi tenía que esconderme para correr, me habían echado del equipo de atletismo por el maldito ego de Bryan Cox y pensé que estaba acabada, arruinando mi vida, mi cuerpo, mi futuro, mi todo.
Es más, hace tan solo una semana ni siquiera me habría imaginado que, ahora mismo en mi habitación habría dos maromos extremadamente sexys del equipo de fútbol sentados en mi cama, mi amiga Rose eligiendo modelitos y Arnie, mi entrenador favorito, coordinando y organizando nuestras inscripciones para la maratón de Boston.
Ahora todo es distinto. Estoy rodeada de gente que apoya mi sueño, que me acepta tal y como soy y que lucha junto a mí como una de esas bandadas de pajarillos que surcan los cielos todos en una misma dirección. Estorninos creo que son. Sonrío ensimismada dibujando esa imagen en mi cabeza hasta que Rose me interrumpe con un gritito.
—Bob, ¡para! ¡Dame eso!
El mejor amigo de Sam esconde detrás de su espalda algo que parece ser un minitrozo de tela, vamos, una minifalda Rose style.
—No sé de qué hablas. ¿Cómo se pide? Venga, la palabra mágica…
—¡Que te jodan!
Lanzo una mirada asesina a mi amiga advirtiéndola de que como continúe pronunciando esa frase delante de Arnie ya se puede ir olvidando de venirse con nosotros a Boston, desde luego.
Sam, sentado sobre mi cama, se percata de la escenita, se levanta rápidamente y le propina una buena colleja al bobalicón de Bob.
—Joder, tío. Ouch! Eso ha dolido, ¡no te pases!
Mi chico se encoje de hombros y Rose aprovecha en mitad de la confusión para arrebatarle la falda de las manos al que parece ser su nuevo y pesado pretendiente.
Bob ni siquiera se molesta en disimular, se muere por los huesos de mi amiga, y me pregunto si ha sido buena idea eso de acceder a que nos acompañaran. Seguro que nos darán el viajecito.
De pronto, me vuelvo hacia Sam y me doy cuenta de que sus dedos curiosos han empezado a toquetear todas las cositas de mi mesilla. Las alarmas de mi cuerpo se disparan, y, así como disimulando, me acerco a él rápidamente antes de que abra el primer cajón y descubra mi terrorífico diario de las vergüenzas. De repente, Arnie, sin saberlo, me salva.
—Está claro, no me lo pienso leer ni una vez más. Aquí en el reglamento no pone nada de que las mujeres no puedan participar, punto.
—¿Estás seguro, Arnie? Mira que… —replico preocupada antes de que me interrumpa.
—Alice, que sí, hombre, que sí, me las he leído de pe a pa ¡por lo menos veinte veces!
—Pues ya está, no se hable más, listo. ¿Tenéis los sobres y las papeletas? —
pregunto impaciente.
Arnie saca de su mochila unos sobres naranjas y unas papeletas, con cuadraditos solitarios a la espera de ser rellenados, y nos los entrega
cuidadosamente a cada uno de nosotros, bueno, a todos salvo a Rose.
—Joder, tío, ¿tres dólares cuesta sudar la gota gorda por las calles de Boston? ¡Menudo timo! Menos mal que yo no corro. —Se queja mi amiga, que sí ha decidido acompañarnos, pero que eso de correr como que no; ella viene para ejercer de apoyo moral, o eso dice.
—Rose, déjate de tonterías y ayuda un poquito. Aún nos quedan un montón de cosas por organizar y esto tiene que salir bien. Céntrate, por favor.
Sam, «el precavido», me sorprende, no le pega nada ser el previsor del grupo, pero creo que lo hace por mí, no quiere que nada, absolutamente nada, fastidie todo esto.
—Arnie, tenemos que decidir ya en qué coche vamos, la ruta y dónde pasaremos la noche —vuelve a repetir Sam en su nuevo papel de supervisor general.
—Que sí, chaval, que no te preocupes, que eso ya está arreglado, vamos en mi coche. La ruta ya la tengo marcada en el mapa. Vosotros centraos en acabar de rellenar eso y entregarlo en la oficina de correos, ¡nada de echar los sobres en el buzón! ¿Entendido?
—¡Sí, señor! —gritó emocionada.
—Bueno, pero ¿y dónde vamos a dormir? —insiste de nuevo Sam.
—Eso ya lo hablaremos. Ahora me tengo que ir, que me esperan para cenar
—exclama Arnie mientras se pone a toda prisa la mochila y sale disparado por la puerta.
Yo, aprovecho para coger el boli entre la punta de mis dedos y empiezo a rellenar el papel con mi mejor caligrafía.
A.K. Walter
De pronto, noto una presencia detrás de mi espalda que supervisa todos y cada uno de mis trazos. Cuando abre la boca, su aroma a tabaco la delata.
—Vaya, vaya, qué pillina, Alice… Conque eso de poner tu nombre mejor que no, ¿no? ¡Ideaza!
—¿A qué te refieres?
—Pues eso, ¡que no sabrán si eres hombre o mujer!
—Bueno, tienes razón, pero no es por eso, es porque yo siempre he firmado así, ya lo sabes. Es mi forma de rendirle homenaje a mi escritor favorito. —
Digo orgullosa sacando pecho—. Él siempre firmaba con sus iniciales y apellido, J.D. Salinger.
—Por Dios, Alice, ¡qué muermo te pones con tus repiperías de lectora —
me advierte Bob, el «inventapalabras», poniendo los ojos en blanco.
—Eso es porque tú no entiendes. Calla, anda, que no tienes ni idea, tío.
Cuando leas El guardián entre el centeno ya si eso hablamos.
—Ja, ja, ja. ¿Sabes una cosa, mariposa? ¡Correré esa maratón solo para escapar de ti!
Y todos nos reímos al unísono, cada uno a su manera, y me doy cuenta de que la risa nos une como olas de un mismo océano. Y así nos sentimos, libres, rebeldes e invencibles.
Me alegra que Bob sea el mejor amigo de Sam, aunque siempre esté haciéndonos de rabiar, en el fondo es un buenazo que solo quiere llamar un poquito la atención. Me recuerda a Jack, y ahora que no le tengo, es el mejor sucedáneo.
Termino de rellenar mi inscripción y la inserto en el sobre naranja, pero no sin antes plantarle un beso como hice con la carta que le envié a Eve hace
unos días. Sí, soy supersticiosa, pero es porque por el momento siempre me ha funcionado.
Cuando acabo, me giro y pillo a Sam mirándome ensimismado. Tiene el rostro relajado como si supiera que todo va a salir bien, me sonríe y sus labios me atraen. Cuando estoy a su lado le planto un beso en la frente, pero él, insatisfecho, me atrapa firmemente entre sus brazos y me sienta sobre sus rodillas. Sus manos enmarcan mi rostro y me contempla con dulzura durante unos segundos en los que sus ojos me hablan sin cesar para, después, poner punto y final a esa conversación muda con sus labios en los míos.
—Puajjjj, ¡qué empalago se respira por aquí! —escupe Bob devolviéndonos a la realidad.
—¡Por una vez estamos de acuerdo! —contesta Rose con los ojos en blanco.
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