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Laura Zalve · Capítulo 17 de 26

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Capítulo 17

Arnie cogió mi recorrido original del sauce, que resulta que era de tres kilómetros seiscientos metros según el contador de la vieja furgoneta de mi padre, y lo reformuló hasta alcanzar los cuarenta y dos kilómetros de la maratón y cumplir, de esta manera, uno de los requisitos de papá. Que okey a eso de entrenarnos cada domingo, pero en casa. Arnie se ha estudiado un meticuloso itinerario, que tras recorrer diversas barriadas, emula el desnivel total de la carrera de Boston trazando la línea de meta cada semana un poco más allá. Al final ha resultado inevitable dar dos vueltas sobre el mismo recorrido, pero eso, excepto para sus manías que dice que los circuitos han de ser circulares, y del tirón, o traen mala suerte, es lo de menos. Al pobre Arnie, además, lo tenía echando cálculos metafísicos para cumplir otro de mis antojos, que la línea final de los cuarenta y dos kilómetros ciento noventa y cinco metros coincidiera justo delante de mi viejo sauce.

No sé cómo me aguanta, a decir verdad.

Hoy es el día. Justo delante del árbol hemos trazado la línea imaginaria de salida y llegada que marcará, tras dar dos vueltas completas a la ruta circular de veinte kilómetros y un último esfuerzo más, la distancia de la maratón, mi último obstáculo para que me lleve con él a Boston. No tengo ninguna duda de lograrlo. La semana pasada trazamos el final en treinta y ocho kilómetros justos y acabé sin problemas. Encima, ahora que el tiempo acompaña, no nos hundimos en la nieve, ni el oxígeno que respiramos nos abrasa como cuando empezamos en invierno, bajo las ventiscas; absolutamente nada va a impedir que le demuestre a Arnie que puedo. Y él lo sabe. Lo leo en sus ojos, aunque ahora los tenga fijados en un mapa que acaba de abrir sobre el capó de la vieja furgoneta de papá para darle a Jack, como cada domingo, las instrucciones. Él es nuestro soporte técnico.

—Jack, te quiero en el punto uno sobre las nueve y treinta y cinco minutos.

—Mi hermano, concentrado, asiente—. En el dos, a las diez y cincuenta, y, finalmente, sobre las doce y media llegaremos a la línea de meta. No te retrases, por favor.

—¿Os he fallado alguna vez? —Se defiende bromeando. Sabe que sí, que durante el segundo entrenamiento nos tuvo que atrapar a la carrera para avituallarnos en el punto intermedio, ya que, ante nuestro asombro, no estaba. Yo lo miro desafiante y él lo entiende al instante.

—¡Me atranqué en la nieve! —exclama con los brazos abiertos.

—Pues hoy no hay nieve —le replica Arnie en tono serio porque recuperar energías con sus dichosos plátanos, o nueces, o lo que sea, es algo sagrado, la clave, según él, de evitar desfallecimientos y acabar, o no, la maratón.

—Ok, ¡señor! —se cuadra jocoso—, a las nueve y treinta y cinco en el punto número uno, y a las diez y cincuenta en el dos… ¡Sí, señor!

¡Entendido, señor!

—No —responde Arnie, sin seguirle el juego—, has de llegar a los puntos como mínimo media hora antes, no nos vayamos a adelantar…

Yo me anticipo, abrazo a Jack y lo calmo antes de que pierda los nervios.

—No nos fallará, Arnie… Llegará puntual el refuerzo de cacahuetes, plátanos, nueces y agua… —le digo, justo cuando mi entrenador abre la puerta del acompañante de la furgoneta de papá y deja el mapa con los tres puntos marcados con un enorme círculo rojo sobre el asiento.

Entonces Jack baja la mirada, señala mi pie izquierdo con la punta de un dedo y exclama:

—¿Ya se te han rajado?

Yo, instintiva y despreocupada, miro mis Adidas y advierto el motivo de su comentario. Las últimas semanas, habiendo superado los treinta kilómetros,

un roce de la tela de mis deportivas me provocaba una enorme llaga en un costado, opté por hacerme un corte para que no me apretaran y la semana pasada ya corrí así y perfecto.

—La semana pasada ya corrí así… ¿Ahora te das cuenta?

—¿Y cómo pasó? —Jack, confundido, no para de mirarme la rajadura mientras Arnie estira.

—Me lo hice yo en casa con unas tijeras…

—¿Qué? —La exclamación es a dúo. Arnie deja los estiramientos para escuchar, atento y perplejo, mi explicación.

—Me apretaba justo ahí cuando acumulaba las horas y me producía una enorme y dolorosa llaga, por eso lo corté. Ahora ya no me aprieta y corro mucho mejor… —Me defiendo como si cortar unas zapatillas Adidas último modelo fuera la más normal de las cosas.

Arnie niega con la cabeza, resopla, y Jack, cuando reordena toda la información en su cabecita, estalla:

—Papá te va a matar.

Miro mis Adidas y me monto encima de la misma nube de ilusión de mi último cumpleaños. Ya no parecen las mismas, pero su piel desgastada refleja, como en la de los ancianos, algo más que el paso del tiempo, cada arruga es la muesca del viejo pistolero en la empuñadura de su Colt. Las de mis Adidas son marcas bellas, porque a través de cada una de ellas me veo a mí misma cruzando la línea de meta. Dirijo un gesto a Arnie y siento chisporrotear mis ojos; otro a Jack, que me alienta con el pulgar levantado, y luego me despido de mi querido sauce, viejo compañero de batallas.

«Hasta dentro de cuarenta y dos kilómetros ciento noventa y cinco metros», le digo. Siento la respiración de Arnie, profunda a mi lado, y me encoraja.

Es la respiración que más me ha acompañado el último medio año. Él siempre está ahí, como las personas que cuando unas se van, otras llegan.

Arnie, sin embargo, formará parte de esas que, como mi madre, aunque se vayan, siempre se quedan.

Las fachadas de madera de las casas componen un arco iris multicolor a nuestro paso, miradas y gestos extraños de ver correr a una mujer, bocinas que nos piden paso, el aire en la cara, el eco de las suelas sobre el asfalto con esa cadencia rítmica que cuando corres parece que ha de ser infinita, y ese calor que desde la punta de los pies y pasando por las piernas se va apoderando de todo tu cuerpo. El esfuerzo en las subidas, más esfuerzo cuando más se empina la rampa, el pacto de sangre con tus propios pulmones para aliviar el golpe, el éxtasis cuando coronas y aceleras y miras triunfante a tu entorno, casi arrogante, y entonces te envuelve ese espíritu invisible que te empuja y te viste con una armadura mágica que te protege contra todo. Y aspiras con toda tu fuerza y sonríes, no me canso, vas repitiendo, no me canso, no me canso, porque soy aire y la brisa me lleva, y te aíslas de todo y te das cuenta, me doy cuenta, de que todo está dentro de la cabeza y que mientras corra y siga corriendo nadie va a poder conmigo porque yo, pese a ser mujer, pienso llegar a mi meta. Juro llegar a mi meta.

Y bebo, y como esos dichosos cacahuetes que Jack, corriendo unos metros a mi lado en el punto número uno, me ha metido en un bolsillo, y le guiño un ojo, soberbia, tan llena, como la luna llena, pecho fuera, cuello recto, y otra empinada rampa, y otro pacto de sangre, y más sufrimiento, y dolor, y suerte del corte en mis bambas porque en el otro pie ya presiento que se forma una llaga. Y me obsesiona porque eso, y solo eso, la fatalidad de unas inoportunas ampollas podría batirme, solo eso. No hay dolor, me digo, no hay dolor, repito, NO HAY DOLOR, grito, y Arnie me mira, y sonríe, y a dúo lo entonamos durante unos metros ante la mirada asustadiza de un caniche que corre a refugiarse bajo las faldas de su dueña cuando volvemos a entrar en mi barrio.

Cruzo por la calle de los Cox y justo delante de su puerta, obedeciendo el ritual, vuelvo a levantar mi brazo izquierdo para apuntar al cielo con la punta del dedo corazón, a la mierda, susurro. Y luego pasa que, de reojo, veo a Arnie que hace lo mismo y me río, me río con ganas y siento que mis

piernas flotan cuando minutos más tarde llego al sauce y me inclino junto a mis lágrimas, recojo una piedrecita y, cuarenta y dos kilómetros ciento noventa y cinco metros después, pinto sobre la corteza de mi viejo amigo la marca más importante de mi vida. Pero quiero más, no logro pararme, mis piernas, como afectadas por un pronto altivo, soberbio, se recrean alardeando y ante la atónita mirada de mi entrenador, sigo corriendo.

—¡Otra vuelta más, entrenador! ¡Sígueme! ¡Mi vieja ruta! —le grito corriendo de espaldas, para animarle, como una experta en retrorun.

Arnie sacude la cabeza y me atrapa, y corro, corremos y lo seguimos haciendo, una vuelta más, veinte y tantos minutos más, pero aún no es suficiente. ¡Otra!, jaleo a mi entrenador, otra vuelta más, le comunico a mi hermano, que alucina y se lleva las manos a la cabeza y me aplaude y me anima, y se incorpora a nuestro lado, corriendo junto a nosotros unos metros, vamos, vamos, no paréis, otra más, otra más, nos va repitiendo. Y

no lo entiendo, no lo comprendo, entrada en delirio mis piernas se han liberado completamente de mi razón, y no paran, como si desearan atrapar el futuro, tozudas lo persiguen… La punta del dedo corazón de nuestras manos izquierdas de nuevo en alto junto a otro «a la mierda» profundo y sonoro que entonamos a dúo cuando volvemos a pasar donde Bryan… Y

así, asfixiados, jadeantes, pero dichosos, llegamos al sauce por tercera vez, y casi cincuenta kilómetros después Arnie se adelanta, pinta la raya y, exhausto, rojo como un tomate, la boca abierta y resoplando como al borde de un ataque de algo, se deja caer al suelo mientras yo me abrazo con mi hermano y mi corazón respira lleno de vida y de entusiasmo.

Minutos más tarde Arnie se levanta y me contempla como si divisara un monstruo.

—¿Qué? —le espeto. Él casi no puede articular ninguna palabra, aún jadea.

Su camiseta, empapada en sudor, enganchada a su cuerpo.

—No lo entiendo —acierta a decir mientras sigue mirándome como si sintiera pánico—. No lo entiendo, estás igual de fresca, estás perfecta…

Entonces no puedo reprimirme ya más y me aplasto contra él sollozando.

—¡Nos vamos a Boston!

Y justo un instante después es cuando me doy cuenta de que no solo las mujeres podemos correr, sino que los hombres también pueden llorar y que tengo razón, otra vez más lo advierto. Todo es según como nos lo metan en la cabeza. Cierro los ojos, lo vuelvo a abrazar y esta vez, flojito, se lo repito al oído:

—Entrenador, nos vamos a Boston…

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