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Laura Zalve · Capítulo 16 de 26

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Capítulo 16

Correr sobre una superficie helada dentro de un bosque de coníferas, cerrado pero blanco por la nieve, con los primeros rayos de sol haciendo brillar espejitos de hielo a tu alrededor, resultaría bucólico y encantador si no fuera porque el aire que respiras se condensa en tus pulmones convertido en un frío tormento que te quema y deja sin aliento.

Cuando Arnie me propuso salir a correr con él un domingo de diciembre por Becker Park, en Roseland, me asomó un ligero vértigo. La cosa surgió de repente y no me pareció, para nada, que fuera premeditada, me contó que era algo que hacía habitualmente, que tenía su propia ruta de diecinueve kilómetros entre bosques de coníferas y prados, que era muy tranquila y bella, y que correr por la nieve helada de la primera hora de la mañana era un ejercicio del alma. Y surgió así, de repente, cuando fascinada le repliqué que sí, que lo tenía que ser, que seguro que lo era, que lo más salvaje que habían pisado mis zapatillas de correr era Central Park, y él entrecerró los ojos en una mueca risueña y me propuso si quería ir.

Uno de los condicionantes que acabó por convencerme fueron unas tortitas con mermelada de arándanos casera y nata que, según él, preparaban en una cafetería de la carretera donde, según apuntó, aparcaríamos su viejo Blaze de color rosa y que me aseguró que estaban de muerte.

Y en eso pienso, en el dulce trato que cerramos, como una glotona, cuando por fin reconozco que hemos reencontrado el primer sendero, ya de vuelta, y presiento cercano el tráfico rodado de la 280, plácido en una mañana de domingo, y una andanada feliz me atraviesa con una fuerza mayor que la tortura del aire que me quema cuando respiro. Acelero y Arnie sonríe cuando lo adelanto aceptando el esprint final que gana, escalamos el empinado talud de la vía para alcanzar la cafetería hundiéndonos en la nieve acumulada hasta los tobillos y él llega primero junto a su viejo, rosa y

estrafalario cochazo. Levanta los brazos victorioso y haciendo el payaso salta con el cronómetro en alto. Luego, al comprobar el tiempo, contiene el entusiasmo.

—Ciento catorce minutos con cuarenta y nueve segundos.

—¿Eso es malo? —respondo segundos después de recobrar el aliento.

—Nos da una medía de poco más de seis minutos por kilómetro, para una distancia como la de hoy, de diecinueve kilómetros, es un tiempo nefasto…

—Diecinueve kilómetros bajo cero, a las ocho de la mañana y la mitad del recorrido hundiéndonos bajo la nieve en… ¿Cuánto has dicho?

—Una hora y cincuenta y cuatro minutos, más o menos…

—Oye, Arnie, pues eso, que me he ganado las tortitas del White Tail —

pronuncio dirigiendo la barbilla al neón intermitente en azul marino que anuncia el nombre de la cafetería. El local es un rectángulo alargado de madera con las paredes atravesadas por enormes ventanales de cristal, sobre cada uno de los cuales aparecen impresas las diversas especialidades de la casa con su precio: costillas de cerdo con salsa barbacoa, chuletón vacuno de rancho, cordero al curry, pollo frito… Una vieja gasolinera con sus tanques pintados de verde, mangueras ennegrecidas y el aparcamiento a un lado completan el espacio. El frío arremete con más intensidad tras cada ráfaga de viento y Arnie abre el portón trasero, me pasa mi anorak y se pone el suyo.

—No te vayas a resfriar —añade.

Lo cojo y señalo, extendiendo la totalidad de mi brazo izquierdo por encima de la gasolinera, hacia la puerta de la cafetería.

—Son cien metros, ¿tú crees que es necesario? —observo.

—Sobre todo cuando salgamos, vamos… Empieza a calar.

Asiento. Ciertamente, al enfriarnos, la baja temperatura se apodera de nosotros y le reto a un nuevo esprint hasta la puerta. Un Cadillac que maniobra delante de un surtidor hace sonar el claxon cuando casi le atropello, le saludo divertida y Arnie se encarga de pedirle disculpas, cosa que aprovecho para entrar primero.

Un azote cálido y dulce me recibe, un hombre solitario toma café en la barra, un largo mostrador que casi ocupa la totalidad de la pared del fondo; encima de esta, letreritos con una réplica dibujada de platos y helados, y justo delante, en dos líneas paralelas, entre los ventanales y el mostrador, las mesas cuadradas de color verde a juego con los surtidores de la gasolinera, con su servilletero, bote de kétchup, mostaza y cartas en el centro con dos banquetas de cuero rojo encaradas. Parecen mullidas y confortables. No sé muy bien por qué, pero me recuerdan a los asientos del Mustang del idiota de Bryan. Dos camareras atienden detrás de la barra, otra toma nota por el comedor. Observo rápidamente si queda alguna mesa libre junto al ventanal y al encontrarla corro hacia ella. Arnie, que entra en ese preciso instante, se sacude el anorak, se lo quita, lo dobla sobre el brazo y se me acerca.

—¡Que frío hace ahí fuera! —exclama mientras se sienta.

Desde mi posición oteo la columna de coches aparcados entre los que sobresale el Blaze de color rosa del entrenador. Divertida, advierto nuestras pisadas que se hunden en la montaña de nieve acumulada en el arcén y Cristina, antes de que pueda hacer algún comentario, se acerca a nosotros con su delantal a rayas verdes y rojas, la cofia a juego y su nombre bordado justo debajo del bolsillo, sobre el pecho. Cristina es una chica joven de veintitantos que habla con marcado acento hispano, pequeñita y puro nervio transmite brío y energía con su forma, arrollada, de hablar.

—¿Saben qué va a ser? ¿Paso dentro de un rato? —pregunta casi sin darnos tiempo a pensar. Arnie le sonríe seductor y yo le tiro una patada por debajo de la mesa. Él me mira severo y yo le dirijo un gesto; que se deje de tonterías, hombre, que tiene mujer e hijos, le riño con mis ojos.

—¿Café mientras? —apremia ella.

—La verdad es que mi amiga viene expresamente de Nueva York para probar vuestras famosas tortitas con mermelada de arándanos y nata.

—Ya… —responde enérgica y sacudiendo la cabeza como si fuera un tic.

Pero a mí me acaba de llegar un aroma a beicon ahumado que me derrite.

—Yo, la verdad, preferiría unos huevos con beicon ahumado, tostadas y tortitas…

—¿En serio no quieres probar las fabulosas tortitas dulces de mermelada y nata del White Tail? —casi me regaña Arnie.

—¿De postre? —propongo seria, y observo una mueca de sonrisa que se intuye en el rostro de Cristina.

—No creo —se atreve ella— que después del plato del día puedas con todo…

—¿El plato del día? —pregunto. Arnie ha pasado a un segundo plano, un simple comparsa que mueve sus ojos al compás de nuestras palabras.

—Sí, mi sugerencia… Beicon ahumado, salchichas, huevos fritos, patatas y tortitas con sirope de arce…

—Me gusta tu sugerencia, pero ¿no podrías también, para no hacer un feo a mi entrenador, ponerme una tortita de esas dulces?

La mueca de sonrisa ya ha explotado en su cara.

—Veré lo que puedo hacer. —Luego, vuelve a ponerse seria para dirigirse a Arnie—. Y usted, señor, ¿las tortitas White Tail?

Arnie me mira suplicante con sus ojos, casi pidiendo permiso y perdón al mismo tiempo, y luego se dirige a Cristina con el mismo gesto.

—¿No podría tomar lo mismo que ella?

Cristina levanta la cabeza hacia la barra para comprobar no sé qué, luego saca la libreta y el boli del bolsillo de su bata con un gesto entrenado, aprieta los labios y, mientras anota, recita en voz murmurada:

—Dos especiales del día con una tortita extra White Tail… —Se detiene en seco, separa la punta del bolígrafo de la hoja y apunta a Arnie—. ¿Y si les pongo un plato de tortitas White Tail para compartir?

—Me parece buena idea —exclama Arnie otra vez con la sonrisa atontada.

Cristina asiente, anota y se guarda el bloc.

—Aunque dudo que puedan con todo. —Me mira y vuelve a sonreír. Tengo la exclusiva de su sonrisa, y altiva presumo ante Arnie.

—Seguro que sí —afirmo—. ¡Somos atletas! —Me sale del alma.

Cuando ella se dirige a la barra le vuelvo a propinar una patada por debajo de la mesa.

—¿Qué? —se queja.

—¡Que no la mires! ¡Podría ser tu hija!

—¡Anda!

—Y además estás casado…

Entre Arnie y yo ha nacido algo más que una relación de entrenador y atleta, él es mi amigo, se ha ganado mi confianza y yo la suya; la verdad es que desde el principio se ha mostrado entusiasmado con la idea de poder entrenar a una mujer y me ha contagiado ese mismo entusiasmo. Nunca pensé que podría llegar a ser tan feliz gracias al atletismo después de lo que pasó en la high school, la recogida de firmas que tantos padres firmaron solo por ser yo una mujer, que nadie, absolutamente nadie de la escuela diera la cara por mí, esa mirada arrogante y chula de Bryan… Todo, todo atraviesa por mi mente, como un calidoscopio de reproches, cuando por unos segundos vuelvo a entretenerme a través del cristal. Un cuervo enorme

y negro aterriza sobre un montículo de nieve amontonada al lado de lo que parece un pequeño almacén, el contraste de las dos tonalidades antagónicas lo hace parecer más negro y brillante. Parece metálico. Sacude su cuerpo en una especie de danza ritual, abre las alas para amortiguar el salto y luego, decidido, baja junto al pavimento del parking…

—¿Sabes qué es un white tail? —escucho a Arnie de repente.

—Claro, un ciervo —le contesto sin dejar de mirar el cuervo, que escapa con una enorme lombriz que se retuerce en su pico.

—Hemos estado de suerte hoy de no toparnos con ningún oso. La última vez que corrí por aquí un oso negro casi acaba conmigo…

—¿Quéééééé? —Ahora sí que le encaro, justo cuando Cristina nos deja una jarra de agua con hielo y nos llena las tazas de café, le doy las gracias y, luego, sulfurada, me revuelvo contra Arnie—. ¿Me has llevado a correr a un territorio infectado de osos?

—Oh, sí… Pero no te preocupes, correr delante de ellos es el mejor entrenamiento.

Por unos instantes me lo creo, los que él tarda en sostener su sonrisa de viejo jugador de póquer y echarse a reír en ruidosas y enormes carcajadas.

—¿Alguna vez te has topado con alguno?

—Sí, en Jasper, y la cosa fue seria, era un grizzly…

—¿Y qué hiciste?

—Seguir las recomendaciones en estos casos: bajar el ritmo, no mirarlo y seguir corriendo…

—¿Y funcionó?

—Estoy aquí…

Sonrío feliz y sincera, realmente me alegro de que la cosa no acabara de otro modo, pero no estoy a tiempo de confesárselo: un aroma penetrante del beicon ahumado, que absorbe el resto de aromas que impregnan la cafetería, me obliga a girarme sobre mí misma para contemplar a Cristina, que se acerca haciendo equilibrios con la bandeja. Una montaña de comida sobresale de ella y tapa la totalidad de la cerámica de los platos.

—Ya te he dicho que no podríais con todo —me advierte ante mi expresión de asombro.

—Wow! —solo acierto a decir, y Arnie, que se siente desplazado por nuestra calculada confidencialidad, intenta hacerse un hueco:

—Te hemos dicho que éramos atletas, no monstruos cometodo…

Pero Cristina ni se inmuta y yo me troncho.

—Si necesitáis algo más, me llamas… —Se dirige a mí.

—Eres muy amable, Cristina.

Cuando se vuelve hacia la barra, Arnie abre sus brazos cómicamente y, con una expresión que me recuerda a Bob Hope, protesta.

—¡Me ignora!

—Te lo has buscado… —Reviento la yema de uno de mis huevos fritos con una patata, corto y pincho un trozo de beicon, añado un pedacito de tortita con sirope de arce y me lo llevo todo, a la vez, a la boca… La mezcla de sabores explota en mi garganta y no consigo disimular un gemidito de profundo placer, eso está de muerte. Arnie copia mi misma expresión y después levanta un dedo al aire a modo de advertencia.

—Cuando corres por un parque has de prestar mucha atención a la alarma por osos, pumas y coyotes. Los ataques de osos, sobre todo de grizzlies, que son los más fieros, son frecuentes entre excursionistas, ciclistas, pescadores o corredores como nosotros.

—¿Ignorándolos y bajando el ritmo como tú hiciste es suficiente?

—No siempre, lo mejor es llevar siempre un espray…

—¿Un espray?

—Sí, los venden en cualquier tienda deportiva, son espráis de pimienta con un potente difusor, especiales para osos. A una distancia de hasta veinte metros los repeles.

—Me tendré que hacer con uno de esos, entonces… —afirmo, horrorizada, ante el temor de convertirme en la cena de algún oso gris.

—Por el estado de Nueva York solo puedes encontrar osos negros, no sufras, esos, salvo contadas y excepcionales ocasiones, no atacan… Tienes que meterte con ellos o encontrarte una madre con sus oseznos…

—No, no sufras, en mi lista de cosas pendientes por hacer no figura, de momento, meterme con ningún oso, ni negro, ni gris ni verde… Oye, Arnie

—recuerdo de repente.

—Dime —exclama con la boca llena, masticando como un orangután.

—Antes, cuando hemos acabado de correr, has dicho que la medía era nefasta…

—Cierto… —Hace una pausa para engullir con su rostro redondeado, se sirve un vaso de agua, le da unos sorbos, busca en los bolsillos del anorak y, finalmente, expone su famosa libreta de tapas amarillas y espiral sobre la mesa, se humedece el pulgar con su lengua, pasa páginas y, en una posición equidistante entre los dos, me la acerca. Veo una gráfica llena de numeritos.

—¿Qué es eso?

—Esto es la calculadora de tiempos de maratón; te indica, según la medía por kilómetro, tu objetivo para batir la marca…

—No entiendo nada —teatralizo con cara de tonta y él, antes de explicármelo mejor, sobre el papel, sonríe.

—Mira —me dice indicando con una uña la parte superior del gráfico con un entusiasmo que lo absorbe, el mismo con el que yo voy dando cuenta a mi plato—, tiempo objetivo, cuatro horas, ¿ves? Para completar una maratón por debajo de las cuatro horas es necesario correr, de media, un kilómetro cada seis minutos…

—¿Y acabar la maratón por debajo de las cuatro horas es bueno o malo?

—Depende de para quien, Alice. Por ejemplo, los registros entre los diez primeros de Boston suelen estar entre las dos horas y cuarto y las dos horas y media… Pero para alguien que la corra por primera vez no está nada mal.

—¿Y hoy qué medía hemos alcanzado? No lo recuerdo…

—Pues precisamente esa, por eso te muestro el ejemplo, seis minutos por kilómetro.

Cuando Arnie habla de promedios y tiempos se le transforma la cara, sus músculos faciales se tensan y transmite un entusiasmo próximo al delirio.

¡Como me recuerda a Jack y su lucio imaginario de veinte kilos!

—Entonces —concluyo—, si no está nada mal correr una maratón por debajo de las cuatro horas, no entiendo por qué te quejas de nuestro tiempo de hoy…

—Por qué no es lo mismo, Alice, la medía de hoy no sirve para calcular el tiempo de una maratón, no hemos completado ni la mitad del recorrido, por lo tanto, el tiempo final sería mucho peor…

Sigo sin entender nada, definitivamente las matemáticas no son lo mío, y Arnie, sin necesidad de que se lo pida me lo lee en la cara y sigue con su explicación.

—Si en una distancia de diecinueve kilómetros realizas una media de un kilómetro cada seis minutos, a medida que vayas avanzando y acumules cansancio ira cayendo, probablemente a más allá de los siete minutos si completas los cuarenta y dos kilómetros de una maratón. —Ahora sí que lo entiendo y por eso asiento enérgica justo cuando ataco mi primera tortita White Tail. Está casi tan rica como los muffins de la madre de Sam.

—¿Y qué tiempo sueles hacer en el recorrido de hoy?

—Por debajo de los cinco minutos, que es un tiempo excelente de media maratón… —Pasa más páginas de su libreta amarilla y me los muestra—.

¿Ves? La última vez acabé, el kilómetro, en cuatro minutos con cincuenta segundos.

—Seguro que no había nieve. —Me defiendo y él se provoca una carcajada completamente sobreactuada.

—¡Ni llevaba un lastre tan gordo como tú!

—¿Oyeeeee? —Me hago la ofendida—. ¿Y has corrido alguna vez una maratón?

—El próximo diecinueve de abril participaré por décimo año consecutivo en la de Boston.

Si antes me hablaba con entusiasmo, ha sido combinar las palabras maratón y Boston y ahora sus ojos irradian una felicidad próxima al desvarío.

—¿En Boston? —repito obnubilada—. Ya te conté que un exalumno de mi instituto acabó en el puesto cuarenta y siete el pasado año… Yo lo entrevisté.

—Mi reto era bajar de las tres horas, pero, claro, cada año que pasa es más complicado… Ya voy a cumplir cuarenta y cinco.

Y no lo sé, el cuervo negro metálico que vuelve a aterrizar encima del montículo de nieve con su graznido que solo intuyo desde detrás del gran

ventanal, las partículas de hielo que el viento levanta y hace revolotear como si estuviera nevando, el aroma intenso de arándanos con nata que me penetra, la sonrisa de Cristina que con su contagiosa alegría se me acerca para llenarme, otra vez, la taza de café, esos ojos inquietos que al hablar de Boston toman vida propia en el rostro de Arnie como si fuera un demente, la felicidad que me embarga desde hace un tiempo, o todo a la vez, no lo sé, pero partícipe de un sueño que nació esa tarde, ya lejana, en la biblioteca pública de Nueva York, decido darle alas y dejarlo volar…

—Voy a ir contigo… —exclamo arrastrando un silencio de misterio.

—¿Cómo?

Cristina observa el plato casi vacío de las White Tail y abre, redondos como un cárabo, sus ojos.

—No me lo puedo creer… —irrumpe la camarera y, entonces, Arnie tras dirigirme un gesto que yo apruebo, le habla.

—Estaban deliciosas… Pero no podemos con todo, ya lo puedes retirar.

Cristina marcha con los dos especiales del día completamente saqueados y solo un par de tortitas dulces en el otro, pero esta vez Arnie no la mira, sino que sigue fijo en mí, y yo recuerdo la conversación que hemos dejado pendiente. Orgullosa de saber que mi decisión lo va a enorgullecer, corro la cortina del misterio y se lo muestro, por fin.

—Iré contigo, Arnie, correremos juntos la maratón de Boston.

Arnie hunde su espalda en el mullido respaldo de cuero y su expresión se transforma de repente en un rostro que no me esperaba, tenso. No parece que mi decisión lo haya puesto contento. No entiendo nada.

—Alice, son cuarenta y dos kilómetros…

—Puedo hacerlo —le corto.

Ahora el silencio lo provoca él, gira el cuello hacia el cristal y parece buscar refuerzos, asiente en un gesto que no sé a quién dirige, seguramente a él mismo, y luego me enfoca. Está serio y tenso.

—Las mujeres no pueden correr una maratón…

—¿Cómo que no? ¿Quién dice eso? —le replico haciendo un esfuerzo para mantener el control. Siento las palpitaciones en mi garganta y el sudor empieza a hacer acto de presencia en mis manos. Contente, Alice, me conjuro.

—Son demasiados kilómetros, debes entenderlo, tú tienes mucho fondo, mucho más del que habría imaginado nunca, eres la más resistente del equipo, pero una distancia tan larga está completamente fuera de tu alcance…

Lo miro fijamente, me está tomando el pelo, se está riendo de mí, ahora me doy cuenta: qué tonta has sido, Alice, te está provocando, Arnie es tu entrenador, tu amigo, el que apuesta por ti, te está picando, está haciendo teatro, y por fin me doy cuenta y sonrío, feliz… ¡Qué susto!

—Bueno —le dedico mi mejor versión de socarronería—, si me canso, siempre me puedo montar a tus espaldas.

Pero no, Arnie no se ríe, vuelve a negar con su cabeza, en un gesto metódico y triste.

—Las mujeres no corren la maratón, Alice, eso es cosa de hombres… —De repente se levanta—. Voy a la barra a pagar, le dejaremos una buena propina a Cristina, aunque tendrías que dejársela tú, creo que la has enamorado.

Se levanta trastabillado; los músculos, adormecidos después del ejercicio se rebelan y agarrotan. No, no estaba de broma. Por eso hago caso omiso a su chisme sobre la camarera. Presiento un súbito sofoco que no está para tonterías, es una sensación que no sé muy bien cómo definir, supongo que

es lo más parecido al desengaño, a la traición. Me siento así, decepcionada, absurda y traicionada. Ha vuelto a pasar. Otra vez más, Alice, otra vez más.

Me levanto y me acerco a la barra, le toco levemente un brazo.

—Te espero fuera.

Ni siquiera me despido de Cristina, no puedo, soy incapaz de abrir la boca sin que se me escape un sollozo, tiemblo y necesito estar sola, no sé si chillar, o llorar, o hacerlo todo a la vez… Fuera, los cristalitos helados siguen lloviendo revoloteados por la gélida brisa, me pongo el anorak y me lo ajusto contra mi cuerpo de un abrazo. Aprieto los párpados cuando llego al lado del Blaze, junto a mi puerta. Arnie se acerca cansino, como si no quisiera llegar. No pronuncia ni una sola palabra, ni siquiera me mira cuando me abre desde dentro. Me sudan las manos y todo mi cuerpo, siento palpitaciones y ganas de perder el control. Voy a correr la dichosa maratón con su ayuda o sin su ayuda. La idea me atiza mis emociones y las incita, rebeldes. Sí, voy a correr la maldita maratón para demostrar a Arnie y al mundo entero que no soy inferior por ser mujer. Necesito hablar, necesito gritar, necesito explotarlo todo en sus narices antes de que me explote por dentro. Necesito vaciar, pero me contengo, no sé qué soy capaz de decirle, estoy herida, muy herida, herida y decepcionada, creía en Arnie como si fuera mi padre y me acaba de traicionar, miro por la ventanilla para intentar rebajar mi enfado, pero no puedo, soy capaz de correr esos dichosos cuarenta y dos kilómetros prohibidos por ser mujer, me siento capaz de correrlos y hacerlo, si es necesario, por debajo de los malditos cinco minutos por kilómetro de Arnie. Todo es mentira, los negros no son animales y yo no estoy por debajo de ningún hombre solo por ser mujer. Me sulfura que Arnie no se dé cuenta, me irrita que Arnie no se dé cuenta,

¿cómo ha podido decepcionarme?, él. Seré incapaz de retener mis lágrimas,

¡maldita sea! Voy a empezar a llorar de un momento a otro… Aprieto los párpados y dentro de la oscuridad oigo, por fin, sus palabras…

—Tienes que demostrármelo…

—¿El qué? —pronuncio de prisa y con la voz temblando.

—Que eres capaz de hacerlo. Te pondré un plan específico de entrenamiento y si lo logras, vendrás conmigo a Boston.

Y entonces sí, abro las compuertas y me pongo a llorar.

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