261

Laura Zalve · Capítulo 9 de 26

Páginas del PDF

261

Capítulo 9

El domingo ocho de marzo de 1966 fue un día agridulce que nunca olvidaré. Cumplía dieciocho años, y aunque seguía siendo menor para algunas cosas, como beber o fumar, adquiría la mayoría de edad para todas las demás, y si tenía en cuenta que no entraba en mis planes ni empezar a fumar ni a emborracharme, pues eso, que el ocho de marzo crucé esa línea imaginaria entre niña y mujer.

Y yo no quería celebrarlo, pero ¿cómo podía debatirlo después de aquel día, meses atrás, que casi obligué a Jack a salir a pescar con papá? No podía, y como que no podía, tuve que comprar mis propios argumentos, que mamá lo hubiera querido así. Y era verdad, claro que era verdad, mamá querría que celebrara mi aniversario, solo que me enfrenté al mismo sentimiento que azotó a mi hermano el día aquel, que sin ella todo era diferente porque debajo de esa cruz blanca también habíamos enterrado gran parte de nuestra ilusión y alegría. Cómo comprendí a Jack cuando me anunciaron que celebraríamos una multitudinaria fiesta en el jardín por mi decimoctavo cumpleaños. Pero me callé, no tuve más remedio, y junto a Evelyn, que enloqueció de repente al nombrarla organizadora oficial del evento, pasamos las tardes preparando las invitaciones procurando que no nos dejáramos a nadie. La totalidad de la clase, por supuesto. Mi equipo de hombres, como a mí me gustaba llamar a los del atletismo, y familiares y amigos para que nadie se aburriera. El equipo de atletismo estaba formado por chicos de los últimos tres grados de la High School, y eso a Eve la incomodaba.

—Peter, Michael y Bruce solo son niños, Alice… ¿Cómo vas a invitarlos a tu fiesta?

—No puedo hacer excepciones; además, y qué importa si son menores que nosotros, ¿eh?

—Piensa en tu reputación…

—Yo de eso no tengo.

—No, si eso ya lo sé; si la tuvieras, no estarías tirando tu futuro con Bryan por la borda por la chiquillada esta que te ha entrado ahora de correr.

—Si Bryan quiere estar conmigo, tendrá que estar conmigo tal y como soy… ¿No lo entiendes?

—Da igual, Alice, dejemos el tema, ya sabes que no nos vamos a poner de acuerdo, pero yo a los pequeñajos del décimo grado no les invitaba y a los del onceavo, mira, casi que tampoco…

—A mi equipo de hombres lo quiero al completo, Eve, vete haciendo a la idea…

—En fin… —concluyó con sus típicos mofletes hinchados de ya no hablo más.

Y así cerramos la conversación y los sobres al mismo tiempo. Salimos a tirar las invitaciones al buzón y a comernos un helado, un cucurucho de avellanas ella; el mío, riquísimo, de frambuesas y vainilla, que casi se me atraganta cuando al cruzar la esquina nos topamos con la señora Cox. Ella, con su vestido chaqueta de franela gris y falda de tubo a juego que le aprisionaba las piernas, se movía a pasitos como una geisha balanceando todo su cuerpo, llevaba una sombrerera sin alas de punto amarilla que le cubría completamente el flequillo y el pelo recogido hacía atrás en una cola baja. De sus orejas, descubiertas, colgaban dos preciosos pendientes que brillaban.

—Buenas tardes, señora Cox. —Evelyn la saludó educadamente mientras a mí se me abrasaban las mejillas y atragantaban las palabras.

Ella se detuvo y nos enfocó con unos grandes ojos que parecían que acabaran de regresar de otro mundo. Debajo del brazo llevaba una carpeta

de cuero que apretaba contra su cuerpo y mucha prisa por su forma de hablar.

—Buenas tardes, Evelyn, buenas tardes, Alice…

Apenas aguantó el saludo quieta un segundo, cruzó la calle con toda la velocidad que su estrecha falda le permitía y abrió la verja de la puerta de enfrente sin esperar.

—¿Ahí no viven los Adams? —preguntó Eve, curiosa.

Sí, ahí vivían los Adams, o sea, los padres de Rachel, una engreída de esas de pompón y hurras: rubia, guapa, piernas largas, tetas y estúpida que esperaba que tuviera la decencia de declinar la invitación que, solo por cortesía, viajaría a la mañana siguiente a su casa. Aunque como que era tonta no tenía muy claro que se hubiera enterado de lo gorda que me caía.

Nos quedamos mirando cómo la señora Cox llamaba a la puerta, cómo la abrían, y en el mismo momento en que ella se giró y nos relampagueó una mirada asesina, que nos habíamos ganado por cotillas, salimos pitando y sin mirar atrás.

Cuando llegó el domingo de mi fiesta pude comprobar que estaba en lo cierto en referencia a Rachel, era tonta y no daba para más. Ella y el resto de animadoras, que cuando me las tropezaba por el pasillo, o por el aula, o por el recreo todas pintarrajeadas como muñecas Nancy y les decía eso de

«pero qué guapas vais, qué preciosidades, cómo os envidio» y tal y cual, pese a que Eve se tronchaba en sus caras, se pensaban que lo decía de corazón y ahí estaban todas, las primeras en llegar, cruzando la verja de mi casa con un regalo con lazo rosa en la mano.

—Aliiiiiiice… —gritaron a la vez Rachel, Melanie y Mary cuando me descubrieron y, a saltitos, como enajenadas, corrieron hacia mí.

Qué miedo daban, con sus lazos en el pelo, colgantes y pendientes de princesa, labios pintados, sombra de ojos, pestañas rizadas, vestidos de Cenicienta, sombreros…

—Espero que no os ensuciéis. La fiesta es en el patio y hay polvo, y tierra, y bichos, y mi padre preparará barbacoa, pero bueno, también tenemos sándwiches, que eso es más fácil de comer sin mancharse…

Me besuquearon, después de reír como hienas tras mi comentario, que esa vez fue sincero, y me entregaron su regalo: un magnífico juego de maquillaje que pensaba tirar directamente al Hudson cuando bajara a la ciudad.

—Es de parte de todo el equipo de animadoras. Brenda y Marge no podrán venir, pero ellas también han intervenido. Si quieres, luego, podemos maquillarte, será divertido… —Era tan tonta Rachel que solo con un poquito más le daban trono y reino.

—Sí, sería muy divertido, pero es que hoy no sé si nos dará tiempo.

Eve, a la que hubiera matado, dio un paso al frente divertida.

—¡Pero Alice! Si eso es tu sueño… ¿Cómo lo habéis adivinado, chicas?

Lleva semanas diciendo que le encantaría que le enseñarais a maquillarse como vosotras…

La miré a medio camino entre el asesinato directo y sin tregua y la tortura, pero antes de decidirme Melanie me cogió y me tiró por un brazo.

—¡Vamos a tu habitación, Alice! Solo será un momento, y aún no ha llegado nadie…

Rachel y Mary empezaron a gritar y a aplaudir con las puntas de los dedos juntas y a dar más saltitos, y Eve, junto a ellas, las imitaba. Parecían delfines esperando su recompensa. Busqué a mi alrededor por si por casualidad encontraba un plato de sardinas entre los preparativos de la barbacoa para tirárselas. Pero por suerte, y en el momento oportuno, la campanilla de la verja volvió a sonar y Eve se calló de repente cuando vio que eran Edward y su Tom. Le di un codazo apresurado.

—¿Vamos a recibirlos?

Rachel puso morritos y entonó dramática:

—Joooo… ¡Que esperen! —Y, de repente, me vino la idea.

Detrás de Edward y Tom se acumularon más invitados, como si alguien hubiera retirado una compuerta aparecieron todos de golpe. Dentro, en casa, ya estaba mi tío Ben y el socio de mi padre, el señor Cornet, con sus respectivas esposas, que, creo que aún no lo he contado, tenían una imprenta en la Quinta Avenida que fundaron cuando eran jóvenes.

—Lo siento —me dirigí a Rachel—, pero lo tendremos que aplazar, aunque podéis subir a mi habitación y maquillar a Eve; a ella le encantaría, ¿verdad, bombón?

—¡Eh! ¿Qué?

Evelyn solo consiguió pronunciar esas dos palabras antes de que la pillaran entre Rachel y Mary y se la llevaran entusiasmadas y alegres a la sala de maquillaje. En el fondo he de reconocer que mi odio a las animadoras era un poco irracional. Que eran bobas, ingenuas, cursis y un montón de cosas más, okey, lo eran, pero eran buena gente y lo que hacían lo hacían de corazón, se sentían orgullosas de ser chicas guapas, populares y centro de atención. Por qué no reconocerlo, a veces les tenía un poco de envidia, sobre todo cuando me daba cuenta de cómo Bryan miraba a Rachel con esos ojitos que solo los quería para mí.

¿Si me pintaba como ella también me miraría así? Tal vez lo de tirar el estuche de maquillaje al Hudson no era tan buena idea. Si me maquillaba como ellas, a lo mejor le daría igual que practicara deporte. Me animé. Si le demostraba que, pese a correr, podía ser tan femenina como una animadora, seguro que podría reconducir la situación y soñar con nuestro primer beso.

Con esa idea formé a un lado del porche para ir recibiendo a los invitados y los regalos. De cierta manera me vino a la memoria el día aquel, en el cementerio, mientras todos me daban el pésame.

—Espero que te guste, Alice. —Cuando volví de mi ensoñación me encontré a Peter que me observaba con la devoción que dedicamos en el instituto a los que nos preceden en grados.

Desenvolví su regalo, el papel no lograba disimular que se trataba de un libro, y cuando apareció la portada de color naranja con la imagen de un primer plano de unas deportivas corriendo, abrí mi boca tanto como pude y exclamé un oh que se escapó libre y sincero. A Clean Pair of Heels, la historia del legendario atleta neozelandés Murray Halberg, campeón olímpico y récordman de los cinco mil metros lisos.

—¡Oh, Dios mío! —grité emocionada.

—¿Te gusta?

—¡Peter, me encanta! —Le estrujé entre mis brazos como toda una señorita no debía hacer y sus mejillas se pintaron de un rojo tan intenso que temí que no hubiera pillado un instantáneo sarampión.

Casi toda la clase estaba en mi jardín, casi todas las animadoras, casi todo mi equipo de hombres, tío Ben y tía Susan, John Cornet y la señora Cornet, Jack y su mejor amigo, Bill, mi padre, al cuidado de la barbacoa, con el delantal que le regalé hace años con una sonriente trucha arco iris bajo el lema «Daddy I’m a keeper», estaba Eve maquillada como una princesa, guapa de verdad, estaban todos o casi todos porque faltaba Bryan Cox.

—No va a venir. —Eve me pilló asomándome a la calle.

—Estás preciosa —le sonreí.

—Sí, ¿verdad? —respondió orgullosa.

Tras ese breve instante que había provocado mi comentario, Eve borró el rostro de satisfacción.

—A ellos no les gustan las mujeres que hacen deporte, a ellos les gustan las chicas como Rachel… Ya te lo dije.

Jack y su inseparable Bill nos acercaron unas hamburguesas que aún humeaban, interrumpiendo aquel momento.

—Acabadas de hacer para la cumpleañera y su mejor amiga… —Me guiñó un ojo.

Entonces miré a mi alrededor y vi que todo el mundo se divertía, un grupito bailaba al lado del seto que limitaba con nuestro vecino, otros se lanzaban una pelota junto el porche, mi padre, el señor Cornet y tío Ben conversaban animados al lado de la barbacoa con una Budweiser en la mano, otros rodeaban la mesa de los sándwiches y no daban abasto, Tom y Edward charlaban sentados en las escaleras de madera del porche con Peter, Michael y Bruce sin importarles, para nada, la diferencia de edad, y todo parecía perfecto, aunque no lo era.

—¿Qué te pasa, saltamontes?

Jack sabía que no iba a hablar ahí delante de Eve y de Bill, pero no pudo obviar que acababa de leer mi cara.

—Nada, hermanito, que va a pasar, que el tiempo pasa muy deprisa y me siento demasiado mayor. —Me miró directo a los ojos y entonces pararon la música y sonó la canción.

Tía Susan y la señora Cornet aparecieron con un enorme y redondo pastel azul con puntas de mantequilla amarilla que dibujaban espirales blandas todo a su alrededor, y una circunferencia con dieciocho velas encendidas.

Happy birthday to you, happy birthday to you, happy birthday Alice, happy birthday to you…

Un escalofrío recorrió mi cuerpo y me mojó los ojos, ella no estaba ahí, él no estaba ahí, pero quedaban mi padre, mi hermano, mi Eve y todos los demás que al son del Happy Birthday se habían agolpado alrededor de la

mesa donde tía Susan había dejado el pastel. Los miré a todos, de forma borrosa, transmití, o creo que lo hice, un agradecimiento con el corazón, tomé aire y soplé con todas mis fuerzas justo en el instante en que las lágrimas se arremolinaron alrededor de mis párpados y ya no las pude contener. Entonces, cuando me froté los ojos con las manos, vi a mi padre con una sonrisa blanca y un regalo rectangular envuelto con papel verde y lazo blanco.

—Para mi tesoro —pronunció.

Un sinfín de cabezas se asomaban mientras, temblando, lo desenvolvía sin finuras.

—¿Qué será? —pronunció Jack en tono burlón.

Ese leve temblor, que me agitaba las manos, me obligó a contraer todo mi cuerpo en una enorme sacudida cuando levanté la tapa de la cajita de cartón y sostuve mis primeras deportivas Adidas de corredor…

—Papá… —No pude acabar la frase, no pude, ese mismo temblor me envolvió como una piel movediza que me zarandeó hasta hacerme soltar la más escondida de mis emociones—. Papá… —Lo volví a intentar entre los aplausos y las lágrimas que me hacían sollozar, y miré a Eve, que, contagiada, lloraba también, y miré las nubes, lloraban también, y mi Jack, que disimulaba para hacerse el hombre, pero que era una ridícula imagen estremecida luchando contra sus sentimientos, y mi padre, firme, mi particular James Stewart, con una sonrisa de póquer, solo, pero lleno de nuestro amor, y entonces por fin reaccioné y entendí que cuando las palabras fallaban nos sobraba con los gestos y lo abracé. Noté cómo temblaba y su calor.

—Serás la mejor —me susurró a la oreja.

Esa noche, cuando ya no quedaba ningún invitado en casa, me las probé aún emocionada. Eran blancas y preciosas, con tres rayas paralelas negras a ambos costados, los cordones también en blanco, las puntas reforzadas; eran blandas, elásticas y apenas pesaban… Las imaginé como unas alas que

me harían volar, y no logré conciliar el sueño en toda la noche esperando que volaran de igual forma las horas y poderlas estrenar, al día siguiente, bajo las órdenes del entrenador Chamber.

No, no podía esperar.

OceanofPDF.com