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Laura Zalve · Capítulo 10 de 26

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Capítulo 10

Recuerdo aquellas semanas como ese punto de inflexión que lo cambia todo. Corriendo me sentía poderosa, con la confianza y el orgullo que me demostraba mi padre, me sentía poderosa, con el apoyo de mi hermano, me sentía poderosa… Con Jack nos habíamos unido más que nunca e incluso puedo decir que ahí fue cuando ese hombre que llevaba parte de mi misma sangre pasó a convertirse en mi mejor amigo. Un amigo testarudo, tozudo y orgulloso, pero el mejor.

Evelyn, por su parte, seguía perteneciendo a ese club exclusivo de mujeres perfectas, de tez perfecta, que luchaban por conseguir una vida perfecta junto al marido perfecto. Casita con jardín, chimenea y golden retriever. Yo sabía que me quería, aunque nunca aceptaría lo que estaba haciendo con mi vida. Era mi Eve, siempre lo sería, por eso cuando la pillaba mirándome desde las taquillas del instituto, con esa expresión apenada y preocupada, se me rompía el alma en millones de pequeños y diminutos cristales. Ella confiaba en que en algún momento recapacitase y volviera a su club de las mujeres perfectas, pero lo que no sabía era que, desde aquella misma noche en la que cumplí dieciocho años y me enfilé mi nuevas deportivas, pacté conmigo misma un compromiso, una frase que escribí para recordarla siempre en mi memoria.

Y de esa manera, mientras trotaba ligeramente sobre un asfalto que entonces me parecía estar hecho de nubes esponjosas me conjuré: «Alice, prométeme que a partir de ahora harás siempre lo que realmente te haga feliz».

Y aquella noche ni siquiera soñé, ni siquiera noté las sábanas de algodón envejecido sobre mi piel, ni el aroma a lavanda del detergente. Dormí tanto que no fui consciente de mi propia existencia. Estaba ilusionada, pero no como esa ilusión nerviosa típica de la noche antes de que papá Noel se

cuele por la chimenea. No, era una ilusión promesa, una ilusión confianza en que todo saldría bien. En que, por primera vez desde hacía tiempo, la vida me sonreía y me pertenecía pese a ser mujer.

A la mañana siguiente, el cielo me dio la bienvenida lleno de nubes y amenazas. Nubes negras que parecían estar hechas de plomo y agua. Y

amenazas de que se cancelara el entrenamiento y no pudiera estrenar mis bambas. Al señor Chamber le daban pavor las tormentas. Un día llegó a contarnos que en cierta ocasión se encerró en su sótano durante dos días seguidos en los que los relámpagos no cesaban de chillar y rebotar contra su casa. Creo que exageró. Según siguió contando, un primo suyo murió una noche de tormenta al dormir con una ventana abierta, el relámpago se coló en su casa y lo fulminó al instante.

La verdad es que por lo poco que conocía al señor Chamber podía afirmar que era un hombre un tanto peliculero, un buen tipo, pero peliculero.

Cuando entré en clase, Evelyn me esperaba en nuestro pupitre conjunto.

Olía a vainilla y fresas, como siempre, y a mí, como siempre, se me había olvidado perfumarme. Aun así, no me preocupaba, tenía estudiado que al estar al lado de mi amiga, su intensa fragancia también se impregnaba en los poros de mi piel, y si aún me faltaba un poco, siempre me quedaba el recurso de abrazarla, achucharla y refregarme contra ella. Cuando hacía eso ella me soltaba un «pero qué tonta que eres», que era su manera de decirme te quiero.

La clase del señor Hendricks estaba catalogada como la más aburrida de todos los tiempos habidos y por haber. Casi podía oír los pensamientos de mis compañeros que rezaban por que terminara ya de explicar las moléculas de elementos, las diatómicas, las triatómicas y las tetratómicas. Aquello era horripilante, estoy segura de que la dirección de Alcatraz habría incorporado sus clases como tortura extrema en caso de conocer al profesor Hendricks. Yo lo único que deseaba era que acabara ya para encontrarme con Bryan en el comedor y que, sin necesidad de pedirla, me diera una explicación. ¿Cómo demonios me iba a concentrar yo en las triatómicas de

las narices si lo más atómico que se removía en mis entrañas era que él no se había presentado a mi fiesta? Seguro que tenía una buena razón, quizás estaba enfermo, seguramente estaba enfermo, no podía ser otra cosa, un resfriado, una gripe o un súbito mareo.

Bryan era perfecto, eso estaba claro, y no podía imaginarle enfadado conmigo. ¿Cómo iba a enfadarse el mismísimo Bryan Cox con una mindundi como yo? Incluso, sospechaba que me había dejado ganar la carrera. Él era un caballero, y eso hacen los caballeros, ¿no?

—¡Alice! ¡Eh, Alice! Me prestas los apuntes, ¿verdad?

Evelyn me sacó de mis pensamientos a la fuerza como si fuera uno de esos lucios que papá pescaba en el lago Champlain.

—Claro, Eve, aquí tienes, aunque no te fíes mucho de ellos, ¡no he entendido ni papa!

—Ja, ja, ja, seguro que son mejores que los míos —me contestó señalando una hoja de su cuaderno capitaneada por el dibujo de una molécula diatómica rodeada por un ejército de corazones y un «Tom forever», en letras mayúsculas, tan grande como las pupilas dilatadas de Evelyn cuando se quedaba embobada mirándolo.

Me reí con todas mis fuerzas, exagerada, tanto que el resto de la clase se giró hacia mí. Vale que el sonido de mi risa no era Las cuatro estaciones de Vivaldi y, bueno, vale que era un poco escandalosa, pero tampoco me merecía aquellos ojos llenos de odio y reproches.

Y justo en ese instante, cuando me disponía a encogerme de hombros para pedir disculpas por mis carcajadas de urraca, oí las palabras mágicas que daban por finalizado el suplicio de los átomos y me libraba de mis disculpas. Aleluya.

—Para mañana traigan los ejercicios de la página cincuenta y ocho. Todos, sin excepción —sentenció el señor Hendricks antes de que toda la clase saliera en estampida como una bandada de búfalos.

—¿Tú crees que debería ir y preguntarle directamente qué le pasó?

—Ya te dije mi opinión, no me voy a repetir porque no quiero hacerte daño, pero Bryan no estaba enfermo, no vino porque no quiso, punto —concluyó Evelyn andando con la espalda erguida, pero deprisa, para conseguir un buen sitio en el comedor.

—¿Alguna vez te han dicho que eres muy pesimista? —Una hoja afilada e invisible me acababa de atravesar el pecho.

—Cielo, soy realista, y ya te avisé.

Esas tres últimas palabras me pesaban más que la mochila repleta de libros que llevaba a mis espaldas. Los «ya te avisé» de Evelyn eran como bombas nucleares, allá donde los lanzaba se convertían en armas de destrucción masiva.

—Bueno, pues iré directamente a preguntarle, ya verás como tiene una buena explicación.

En cuanto cruzamos los portones del comedor me quedé completamente congelada. En la mesa redonda del fondo, como siempre, se agrupaba el grupito de los populares, y Bryan, también como siempre, entre ellos. Pero cuando lo vi que reía a bocajarro mientras daba codazos a sus amigos, y a Rachel a su lado, todo ese torrente de fuerza que llevaba conmigo se paralizó de repente.

No, no podía hacerlo. No me atrevía a hacerlo. Se burlarían de mí. No sabía de qué, pero seguramente encontrarían la forma de reírse de mí. Ahí estaban Bobby, Tom, Brandon, Mary, Rachel… No, no podía acercarme a esa mesa.

—Pues de la forma con la que se está riendo a mí no me parece que ayer estuviera a cuarenta de fiebre y… —Eve estaba a punto de lanzar otra de sus bombas, pero rápidamente le tapé la boca con mi mano—. Vale, vale, lo siento.

—A ver, a lo mejor su abuela se puso enferma y no él.

—Alice, por mucho que te comas la cabeza no lo descubrirás a menos que te acerques. ¿No has dicho que se lo ibas a preguntar? Pues va, ves… Te espero.

—Ya se lo preguntaré hoy en el entrenamiento, ahora hay demasiada gente… ¡Vamos, tengo hambre!

La hora de la comida era una de mis preferidas y el comedor, lleno de vida y color, uno de mis lugares preferidos. El rojo, el blanco y el verde bailaban en sintonía por todas las paredes, mesas, sillas y bandejas. El escudo del colegio y sus dos águilas enfrentadas nos observaba desde la pared norte y parecía aprobar todas y cada una de las charlas que se fraguaban entre macarrones con queso, nuggets de pollo, sándwiches, zumos y refrescos.

Parecíamos una jungla. Las mesas redondas del fondo las ocupaban los reyes y las reinas de la selva: los populares, los del beisbol, los del fútbol, los del básquet, los de mi equipo y las chicas del pompón, las más guapas y sexys. En los tablones de madera kilométricos que recorrían la estancia de izquierda a derecha nos aglutinábamos la mayoría, las cebras, los antílopes y las gacelas, que como yo éramos unos más del montón.

Y al lado de los baños, el escalón más bajo de nuestra particular pirámide, los topos con sus gafas de pasta y sus cristales de dos dedos de grosor, también conocidos como los frikis.

Evelyn siempre había soñado con sentarse con Rachel, Mary y las otras, y estaba a punto de lograrlo gracias a Tom, pero todavía la cosa no era oficial, casi, pero aún no, así que le tocaba seguir pastando en la sabana y aguantándome entre herbívoros.

—¿Qué tal con Tom? —le pregunté mientras ella no paraba de mirar de reojo hacia su mesa. Suspiró y se soltó.

—Es mágico, el hombre soñado, atento, cuidadoso, protector, un poco celoso y, claro, eso es bueno porque demuestra que me quiere, mi madre siempre lo dice, desconfía del hombre que no sufre de celos, no te quiere…

Tom me quiere, Alice, me quiere… Como deseo que me pida ir con él al

baile, cuando lo haga, yo me sentaré allí. —Hipnótica, dirigió su barbilla a la mesa de los privilegiados, y yo, al seguir su estela, me encontré con los ojos de mi Bryan, que ni se dio cuenta.

Mientras los de color verde de Eve brillaban de amor como la mejor de las esmeraldas y su sonrisa danzaba a su compás, los míos se apagaban como cenizas. ¿Por qué no se levantaba ya de una vez de su mesa, se me acercaba y se excusaba por no haber venido a mi fiesta? ¿Por qué no hacía eso en lugar de reír como una hiena tocándole el brazo a Rachel?

—Me alegro, Eve, pero que sepas que no te dejaré ir tan fácilmente a la mesa de los reyes. Lucharé por ti, bombón —le anuncié decidida guiñándole un ojo.

Pasamos toda la hora de la comida mirando hacia aquella dichosa mesa. Las miradas de mi amiga y Tom se cruzaban constantemente mientras se regalaban sonrisas encriptadas de pasión. Me concentré en Bryan, yo también quería mandarle alguna señal, pero nada, ni aunque me hubiese puesto a hacer señales de humo se habría dignado a girarse hacia mí. Poco a poco fui haciéndome a la idea de que quizás sí que estaba un poco molesto conmigo. Quizás había herido su orgullo ganando aquella dichosa carrera.

Quizás debería haberle pedido perdón. Quizás por eso todo aquel tiempo que ya llevaba entrenando ni una sola vez se había ofrecido a llevarme a casa en su Mustang turquesa, quizás por eso no había venido a mi fiesta, quizás sí que debería pedirle perdón. Quizás ya era tarde. No recuerdo el momento en que mi vida empezó a llenarse de «quizases», me iba a volver loca, solo quería que llegara la hora del entrenamiento para disculparme y dejar todo aquello atrás. Quería a Bryan con toda mi fuerza y no pensaba perderlo.

Me despedí de Evelyn, que, como las últimas tardes, eligió de postre encerrarse con Tom en los baños de la cafetería y yo, llena de envidia, pero feliz por ella, le sonreí. Mi Eve estaba loca y desatada, aunque no se lo reprocho; a mí me hubiera faltado tiempo de habérmelo pedido Bryan.

Volví a la realidad, eché un vistazo a través de las cristaleras del comedor y vi que las nubes plomizas abrían huecos entre sí dejándose penetrar por rayos de sol divinos. Eso era una buena señal, la mejor señal, el entrenamiento no se cancelaría, aprovecharía el momento perfecto para hablar con Bryan y disculparme y, lo mejor, estrenaría mis bambas de última generación sobre el asfalto rojo de la calle número ocho, mi preferida. Ya me imaginaba sobrevolando un mar de cemento rojizo como protagonista del mejor spot de deportivas de la historia de la televisión.

Alice Walter, la chica Adidas… ¡Corten!

Reí sola en voz baja como si sufriera locura transitoria, miré la hora en el enorme reloj de agujas situado en la entrada del comedor, entré en pánico y salí pitando: ¡llegaba tarde!

En cuanto me encerré en el baño me cambié rápidamente, saqué mis Adidas de la bolsa de deporte y enfilé mis pies en ellas con tanta facilidad como si me pusiera unos guantes de seda, las até con un noble nudo de precisión, el mismo que mi padre había aprendido cuando estuvo en el ejército, y salí disparada.

Cuando entré en la pista mi equipo de hombres ya estaba calentando, el entrenador Chamber usaba su silbato intermitente para hacerlos saltar en el aire con las rodillas a la altura del pecho y yo me acerqué a él con cautela y cara de corderito. Llegaba tarde.

—Perdone, señor, no volverá a pasar.

Él abrió sus labios para dejar caer el silbato y me miró resignado y diferente.

—Señores, empiecen, dos vueltas a la pista, ritmo moderado —ordenó dirigiéndose a los chicos. Bryan miró en nuestra dirección, por un momento creí que a mí, alzó su brazo en el aire por encima de la cabeza y levantó el pulgar hacia arriba. Le regalé una sonrisa, quizás ya me había perdonado.

En el fondo era un trozo de pan, solo necesitaba su tiempo.

—Señorita Walter… —En cuanto Chamber habló, no sé por qué, me empezaron a sudar las manos.

—Perdone, señor, en serio, no volverá a pasar. De verdad, se lo prometo, se lo prometo. —Solo me faltó ponerme de rodillas.

—No se preocupe, no tiene importancia. —Un globo de aire que había quedado atrapado en mi garganta se deshinchó de golpe provocándome un suspiro de alivio—. Quería hablarle de otra cosa… —Sus típicas y divertidas arrugas se tornaron tristes y ese globo volvió a aparecer atravesándome la garganta con más fuerza.

—Claro, dígame…

—Me sabe muy mal decirle esto, pero, desgraciadamente, no puede continuar en el equipo, lo siento.

N

O PUEDE CONTINUAR EN EL EQUIPO

. Esas seis palabras se metieron como una aguja debajo de mi piel y empezaron a retumbar en mi cabeza. El globo que parecía querer quedarse a vivir en mi garganta se hizo más y más grande, a punto de estallar.

—Pero ¿qué ha pasado? ¿Por qué? ¿Qué he hecho mal? ¿No estoy a la altura? ¿Retraso al equipo?

Una cascada de preguntas inundó al entrenador, que salió a flote para lanzarme un chorro de disculpas.

—Señorita Walter, lo siento, de verdad. Claro que está a la altura de sus compañeros, esto no tiene nada que ver. Lo siento, órdenes de arriba.

—¿De arriba?

—Si pudiera hacer algo, lo haría. Créame, lo he intentado, pero no está en mi mano, créame.

—¡No entiendo nada! ¡Explíquese! ¡¿A quién hago daño corriendo?! ¡¿A quién?!

Cuando quise darme cuenta ya era tarde, estaba gritando encolerizada y mis compañeros, al oírme, se detuvieron y me miraron como si fuera una atracción de feria. Busqué desesperadamente a Bryan entre ellos, ese era su momento, él me iba a ayudar, seguro. Pero no. A lado de Peter, orgulloso, me miraba desafiante, con rostro impasible y con el pecho inflado como un pavo real. No entendía nada.

Aquella mirada maligna no dejaba de mostrarse en el interior de mi cabeza y yo seguía sin entender nada. Se había convertido en un disco rayado que se repetía una y otra vez y me hacía sentir como una mierda. Una ingenua, una boba que esperaba ser la excepción a la regla, pero sobre todo una idiota que se creía capaz de cualquier cosa aunque fuera mujer.

Bryan Cox seguía impasible, despreciándome con la mirada, cuando nuestros ojos se entrecruzaron como dos látigos envenenados. Entonces volvió a levantar el brazo por encima de su cabeza con el pulgar hacia arriba y una sonrisa socarrona.

Estaba rota, y él lo único que hacía era partir en dos todos mis pedazos.

Y entonces lo entendí todo: él, el niño mimado que siempre conseguía lo que quería, que conducía un Mustang último modelo, por el que todas suspiraban, me la había jugado.

Estaba claro, haberle ganado en aquella dichosa carrera había hundido su enorme ego y, en consecuencia, él me había hundido a mí. Sin pensármelo dos veces me dirigí hacía él. Cada paso que daba retumbaba en mis oídos y creaba un socavón invisible en la calle número seis.

—¡Has sido tú, ¿verdad?! —exclamé con mi dedo acusador en su pecho.

—No sé de qué hablas. —Se defendió levantando los hombros y mirando a su alrededor en busca de aliados. No encontró ninguno.

—Hablo de que no soportas que sea mejor que tú en la pista. ¡No soportas que una mujer te gane!

Justo en ese momento, en el que me sentí fuera de mi cuerpo, él palideció un milisegundo, sonrió, cerró los puños y un instante después recobró la compostura.

—Alice, por favor, dejé que me ganaras, soy un caballero, no quería herir tus sentimientos. ¿Qué creías?

—Creo que te repateó que te ganase. Eso es lo que creo.

—Por favor, no digas tonterías.

—¡Has ido con el cuento a vete tú a saber quién para vengarte! Para que me echaran, ¡admítelo!

—Alice, si te han expulsado, quizás sea porque no eres tan buena como crees.

De pronto oí unos pasos detrás de mí y, en segundos, nos vimos rodeados por todo el equipo. Repasé en una rápida instantánea sus expresiones y lo que descubrí me estremeció. Todos, absolutamente todos, compartían y sentían mi dolor. Mi mismo dolor. Eran, y siempre lo serían, mi equipo de hombres, mi querido equipo de hombres que por culpa del engreído de Bryan Cox iba a perder. ¡Qué estúpida que fui!

Peter, para quitarle tensión al momento, fue el primero en hablar. Sus palabras, sin embargo, consiguieron el efecto contrario.

—Vamos, hombre, dejadlo ya, chavales.

—No, Pete, por culpa de este ya no podré correr más con vosotros, no voy a dejarlo hasta que confiese —grité enfurecida.

—Entiendo que estés enfadada por lo que te acaba de decir Chamber y entiendo que lo pagues conmigo porque he pasado de ti estos días, pero no

mientas… Acusarme de algo así es lo último que toleraré, ¿me oyes?

Me había quedado sin palabras, bueno, más bien, le había ordenado a mi boca que se callase, porque si seguía, le iba a dar justo lo que él quería, parecer una loca despechada, y no pensaba caer en su trampa. Él continuó para provocarme aún más. Se lo estaba pasando en grande.

—Además, lo hecho, hecho está; por mucho que te enfades conmigo o con el universo, no puedes cambiarlo. Estás fuera del equipo. Ahora estaremos a la altura del campeonato sin depender de ti, y míralo por el lado bueno, tú podrás seguir leyendo el Teen y tomando té con tus amiguitas, ¿verdad, chavales? —Bryan esperaba que le respaldaran, pero solo encontró silencio y miradas gachas. En ese momento el entrenador pareció que iba a intervenir para zanjar de una vez por todas la discusión cuando la voz grave y penetrante de Cameron irrumpió:

—Aquí el único que entorpece al equipo eres tú, que solo piensas en ti. —

Cuando el señor Chamber escuchó esas palabras no pudo evitar que una sonrisa se le dibujara en el rostro y decidió no intervenir.

Eso desconcertó a Bryan y yo aproveché para retirarme dignamente.

—Si necesitas echarme del equipo para sentirte más hombre, adelante.

Haciendo gala de mi más fingida indiferencia, erguida, le di la espalda girando mi cuello con rapidez para atizarle con mi látigo-coleta. Después de unos cuantos pasos volví a oír su voz en mi espalda.

—Alice, espera… Me giré ilusionada.

—Ten cuidado, por detrás ya empiezas a parecer un hombre.

Me imaginé abalanzándome sobre él y dándole una paliza, pero antes de que hiciera algo irreversible y también me expulsaran del colegio, alcé mi mano en el aire y con gesto decidido levanté mi dedo anular para dedicarle la peineta más gustosa y apetecible que jamás en mi vida le había dedicado a nadie.

Y me fui, me fui sobre una imaginaria pasarela de lágrimas hasta que, ya cerca de casa, me topé con mi querido sauce. Rocé con la palma de una mano su rugosa corteza, conté las rayitas y me recordó que las lágrimas, al igual que las mujeres, siempre lucharíamos por ser libres.

Entonces lloré y juré que nunca, nunca, le permitiría a ningún hombre pisotear mis sueños.

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