261
Capítulo 11
No me hundí, para nada. Si algo había aprendido de mis dieciocho años de vida era que ninguna regla humana redactada a través del odio podía quitarme la razón. Sí, la injusticia abrió mi mente y la proyecté más allá pensando en cómo debían de sentirse los afroamericanos a causa del enorme rechazo social. Yo no era consciente de la discriminación que sufrían hasta que leí la historia de Alice Coachman y contemplé otra realidad. Que ellos tuvieran prohibida la entrada a algunos transportes públicos, restaurantes, hoteles y determinados locales era algo con lo que convivía desde siempre y en mi rutina diaria natural. Si vivían en suburbios como las ratas, si las tasas de delincuencia demostraban, como había oído en casa, que sin ellos viviríamos más en paz y mejor, ¿no sería acaso por cerrarles las puertas a nuestra misma educación y oportunidades? ¿Podría haber demostrado que era tan válida para practicar deporte como cualquier hombre si el señor Chamber no me hubiera dejado probarlo? Blancos y negros. Hombres y mujeres. Odio contra razón. ¿Sería todo cierto? ¿Eran los negros por ser negros una raza inferior, conflictiva y violenta? ¿Éramos las mujeres más débiles que los hombres? Acababa de constatar que no, era la cuarta corredora de fondo del equipo y el entrenador Chamber llegó a proclamar que ojalá pudiera inscribirme en la carrera de relevos del campeonato estatal. Cameron, bromeando, propuso que me rapara la melena y que un fuerte vendaje sobre el pecho disimularía lo demás. Todos se rieron y yo me hice la ofendida hasta que no logré disimular y acabé tronchándome con ellos, mi equipo de hombres que por culpa de Bryan acababa de perder. No, no pensaba rendirme, miles de ventanas se abrían en mi mente para mostrarme paisajes que hasta entonces no me había parado a contemplar. Recordé, de repente, las palabras de un catedrático defensor de los derechos de los afroamericanos, no me acuerdo cómo se llamaba, que culpaba, precisamente a las feministas, de haber alimentado sin querer el odio a la raza negra cuando estas expusieron en defensa de la igualdad de la mujer y anular la teoría de que las diferencias entre géneros era meramente
biológica, que, en la época de la esclavitud, a los esclavos se les trataba por igual a los hombres que a las mujeres, que estas incluso trabajaban más y mejor, tenían más resistencia física, comían menos, y una esperanza de vida mucho mayor, que por eso una esclava mujer costaba más dinero que un hombre, y que para debatirlo y defender la diferencia biológica entre hombres y mujeres la sociedad blanca optó por contrarrestarla con lo racial, que los negros no tenían la misma anatomía que los blancos, que eran diferentes, más salvajes que humanos, más emotivos y físicos, sin inteligencia y violentos, en definitiva, animales. Que por eso, como pasaba con las bestias, las hembras eran igual que los machos, y que precisamente aquello separaba a negros y blancos.
Y yo me lo creía, me lo había creído hasta que me demostré que era capaz de correr como una negra. Si era mentira que anatómicamente no éramos distintos hombres y mujeres, más allá del órgano reproductor, quería decir que todo lo que había leído de los negros tampoco era verdad. Entonces recordé esa sonrisilla socarrona que Bryan me dedicó un minuto antes de derrotarle y sentí, inmensa, esa misma rabia crecer y tuve claro que no me iba a esconder más, correría bajo el sol por la calle, a pleno día y a la hora que fuera, saludando a mi paso, con la melena al aire y feliz, machirulo y feliz… ¿Y qué?
Pasaron unos días que pude soportar gracias al apoyo de Eve, de Jack y, sobre todo, de no dejar de pintar mi sauce. Correr como una loca aplacó mi ira. A Bryan ni le miraba a la cara y procuraba pasar lo más lejos y deprisa que podía de la pista de atletismo. Solo llegarme el olor del asfalto de las calles me estremecía y crecía mi dolor y mi rabia; solo oír, aunque fuera en mi imaginación, el silbato del señor Chamber y los ojos se me inundaban de lágrimas y un enorme pesar apelmazaba mi cuerpo.
—Estás hecha una chatarra —me dijo Eve, en el recreo, cuando me miró la cara. Había oído, o me había parecido, un silbato y la pena volvía a irrumpir.
—Se me pasará, bombón, se me pasará.
Estábamos sentadas en nuestro rincón preferido durante el recreo, lejos de las chiquilladas de ellos y al amparo de las cursilerías de las demás. Era nuestro casi escondite secreto entre la puerta de servicio de la cocina y el muro que daba a la calle. Por suerte, completamente alejado de la cancha.
De pronto, unos pasos resbalaron sobre los guijarros que cubrían el suelo en aquella parte y se aproximaban.
—¡Ah! Estás aquí.
Ambas, casi en posición de firmes, nos levantamos inmediatamente ante el señor Smith, el jefe de estudios.
—Hola, ehem… Sí, estábamos charlando… —No sabía si nos iba a regañar.
Pero él, como distraído en sus cosas, creo que ni me escuchó.
—Verás, te estaba buscando, me han dicho que os encontraría aquí. ¿Puedes venir conmigo a mi despacho? Será solo un momento.
Crucé una rápida mirada con Eve, algo así como un yahoraquedemoniospasa, y ella, como aquel día que el entrenador llamó a la puerta de nuestra aula, levantó los hombros resignada.
Entramos a su despacho y, mientras yo hacía girar la bola del mundo que ocupaba un rincón de su mesa, me sorprendió preocupándose por mí.
—¿Cómo se encuentra?
Él se acababa de sentar y con un gesto me invitó a imitarlo, uno a cada lado de su escritorio.
—No lo sé… —respondí sincera.
—Supongo que ha sido duro tener que dejar el equipo. El señor Chamber me ha comentado que usted es buena, señorita Walter, muy buena…
—Aún no lo entiendo… ¿Es cierto lo que he oído de la recogida de firmas?
—Algunos padres no veían bien que una chica se entrenara con los chicos…
—Pero… ¿por qué?
—Ya lo sabe, señorita Walter, por el mismo motivo por el que existen baños de hombres y de mujeres. Además, algunos padres opinaban que su presencia distraía a los muchachos y que eso podía hacerles bajar el rendimiento…
—La señora Cox, ¿verdad?
—No puedo entrar en detalles, señorita Walter, lo siento…
—Pero es injusto, es tremendamente injusto, señor Smith. Si no hay equipos femeninos en el instituto, ¿cómo vamos a poder practicar deporte las mujeres?
—No sabría cómo contestarle a eso, señorita Walter… Verá, queríamos proponerle algo. Sus notas en literatura y gramática son excelentes, y hemos pensado que nadie mejor que usted para redactar un artículo para el periódico de la escuela.
—¿Un artículo?
—Sí, para la sección de deportes. Verá, un exalumno de la escuela corrió la maratón de Boston el pasado lunes y hemos pensado en usted para entrevistarle…
—¿La maratón de Boston?
—Sí, la más antigua y prestigiosa del mundo, cuarenta y dos kilómetros, y no solo consiguió acabarla, sino que lo hizo entre los cincuenta primeros, el número cuarenta y siete, creo… Estos detalles los conoce mejor el señor Chamber, la verdad es que él es quien me ha propuesto que lo entrevistara usted, señorita Walter.
—El entrenador… —repetí con un nudo en la garganta.
El señor Smith propuso una pequeña pausa sin palabras y cuando observó que había pasado mi mal momento continuó:
—Mañana vendrá al instituto a las cinco. Si acepta, lo arreglaré para que os encontréis en la cafetería media hora más tarde.
—¿Mañana?
—Sí, ya sé que no le dejo un gran margen para que prepare la entrevista, pero las cosas han surgido así. El señor Chamber me ha comunicado que Thompson vendría mañana a saludar al equipo y se le ocurrió esto de la entrevista así de repente… No se sienta obligada, señorita Walter, solo si le apetece hacerlo.
—Será un placer, señor Smith.
Dejé un papel encima de la mesa del comedor por si cuando llegaran Jack y papá aún no había vuelto a casa:
He bajado a la ciudad, estoy en la biblioteca.
No hacía falta explicar nada más. Mi padre siempre se quejaba de la brevedad y falta de concreción en mis notas, por eso añadí lo de la biblioteca para que la cosa fuera más oficial y urgente, y estuve a punto de matizar lo de la entrevista, lo de la maratón y que en la biblioteca de la escuela no había encontrado nada, pero tenía prisa y el bus estaba a punto de pasar, lo hacía aproximadamente cada veinte minutos y si lo perdía, entonces sí que llegaría tarde a casa. Antes lo remataba simplemente comunicando que estaba en la Gran Manzana. O sea, que el «estoy en la biblioteca» lo entendí como esa falta de concreción que mi padre
reclamaba. Y sí, en la biblioteca pública de la ciudad, como no podía ser de otro modo, un poco más y encuentro envasada una prueba de ADN del primer corredor de la maratón, nombre y apellidos de todos sus espectadores desde la primera celebración, el número de palomitas consumidas desde entonces, la lista de hormigas fallecidas bajo las suelas de las deportivas y el documento escrito de las que se salvaron explicando su hazaña. Bueno, exagero, pero tampoco tanto. Un auténtico derroche de datos que descubrí en un solo volumen titulado La historia de la Maratón, tras dar con las coordenadas que me habían anotado en el mostrador, una especie de mapa del tesoro con unas meticulosas indicaciones que me llevaron a bajar escaleras y perderme entre pasillos y paredes de libros que me observaban dichosos de los secretos que guardaban. Aunque antes, casi me pierdo. Me di cuenta de que aquel rincón de la biblioteca era el sitio perfecto para el crimen perfecto. ¿Quién encontraría un cadáver allí cuando mis pisadas resonaban despertando un eco adormilado durante siglos? No sé, me llegué a sentir la única superviviente del planeta recorriendo un rincón apocalíptico. Cuando pensé que el cadáver podía ser yo, entré en pánico, y de no ser porque por fin encontré señales de vida en una mesa, dos chicos que se parecían a Laurel and Hardy y que ni levantaron los ojos ante mi presencia, por lo que tampoco pude deducir si eran maniquíes para despistar, o el producto de una morbosa taxidermia, me habría largado de allí antes de descubrir el punto recóndito que marcaba mi tarjeta: P2C/415/E, y allí, esperándome, el susodicho tomo dedicado a la Maratón con tapas aterciopeladas, bordes roídos y olor a rancio. Hubiera sido una auténtica pena haber sucumbido a mi ataque de pánico porque en ese grueso volumen de, no sé, ¿tres millones de páginas?, cuando conseguí rescatarlo de su estantería haciendo equilibrios sobre una escalera y reposarlo en la misma mesa de los maniquíes, que sí, lo afirmo, lo eran, ya que tras el enorme estrépito que produjo el tocho cuando lo tiré delante de ellos ni se inmutaron, encontré todo lo que necesitaba saber de la maratón de Boston.
Sí, Laurel and Hardy eran maniquíes o muertos disecados. Pues como iba diciendo, la de Boston era la más antigua, popular y prestigiosa carrera con sus cuarenta y dos kilómetros ciento noventa y cinco metros. Se inauguró el 19 de abril de 1897, organizada por la Asociación de Atletismo de Boston, porque el año anterior, en los juegos olímpicos que se celebraron en Atenas la disciplina había vuelto a la mayor y gran cita deportiva mundial, las
olimpiadas, y de esa forma decidieron conmemorarlo. Inicialmente se corrían treinta y nueve kilómetros con cuatrocientos metros y no se llamaba Maratón de Boston, sino la Patriot’s Day en homenaje a la batalla de Lexington, cerca de Boston, el tercer lunes de abril del 1775, que resultó clave en la Guerra de la Independencia y que por eso la carrera se celebra, de manera interrumpida, cada tercer lunes de abril. Que en 1924, cuando ya se llamaba Maratón de Boston, se adaptó la distancia a los actuales cuarenta y dos kilómetros en concordancia a lo establecido por el Comité Olímpico para la más larga de las carreras, y yo, alucinada, no me podía creer que se pudiera correr tanto si después de los cinco mil metros ya me faltaba el aliento…
Arnie me contempla con un brillo especial en su mirada, la lluvia arrecia encima de nosotros y los chicos ya hace un buen rato que han ido a cambiarse. Estamos empapados y a él no parece importarle, tampoco parece importarle haberse pasado gran parte del entrenamiento escuchándome.
—Van a apagar los focos, mejor vuelve ahora al campus o te perderás…
Nos vemos mañana a las cinco y media, ¿okey?
—Le estoy muy agradecida, señor.
—Llámame Arnie, o entrenador, a secas…
—Gracias, entrenador, no se arrepentirá, se lo juro…
El césped, solitario, desagua al mismo ritmo frenético que el aguacero. Para orientarme observo las ocho calles que lo circunvalan buscando el blanco arco de entrada del Archbold Stadium, le dedico una última sonrisa al entrenador y me pongo a correr por la número cuatro.
—¡Oye! —me llama cuando ya nos separan unos metros.
Me detengo y giro aún presintiendo en mi cuerpo la agitación de la alegría.
De espaldas sigo andando, me abro de brazos con las palmas de las manos
hacía el cielo y con un gesto de mi cabeza lo animo a hablar.
—Es normal que te faltara el aliento —exclama en un alto tono de voz.
—¿Qué?
—Cinco mil metros son muchos metros para una chica…
—Eso no es nada, entrenador… —grito con fuerza para romper el estruendo de la lluvia y la distancia.
—¿Cómo qué no? —me responde riendo.
—No… No es nada… Yo correré los cuarenta y dos kilómetros de la maratón de Boston… —Aún grito más, le doy la espalda y sigo corriendo.
OceanofPDF.com