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Capítulo 8
Muchos domingos, cuando llegaba el invierno, mi padre y Jack marchaban a pescar al lago Champlain, en Vermont. Salían tan de madrugada que el día aún no tenía color y no volvían hasta que lo perdía. Yo me quedaba a solas con mamá y aprovechábamos para hacer cosas de mujeres, como decía ella.
Eso de la pesca en Lake Champlain era una especie de religión para ellos.
Para mí, bueno, no sé, mejor me callo… ¿Paranoia? ¿Locura? ¿Psicopatía?
¿Excentricidad? No sé cómo definir a dos personas que seguían los partes meteorológicos con la misma devoción que el agricultor espera salvar las cosechas y que, cuando por fin se pronunciaba en casa la temible frase de
«el lago ya está helado», mi madre y yo teníamos que correr a escondernos o a prepararnos tisanas relajantes porque durante horas, días, semanas, no se iba a hablar de otra cosa que no fuera la pesca del lucio en el hielo, de si probarían este o ese otro señuelo nuevo que acababa de salir, de si este año sí que caería el monstruo como a ellos les gustaba llamar a ese viejo lucio que, dicho sea de paso, solo vivía en su imaginación, rondaba los veinte kilos o más, que si cucharilla ondulante o giratoria, que si carnada o minnow… Sí, era una experta yo, y eso que fui una sola vez con ellos, pobre inocente de mí, que me dejé engañar cuando cumplí quince años y me morí de frío y de aburrimiento, todo a la vez, cuando nada más llegar no comprendí cómo narices íbamos a pescar nada si el lago estaba complemente helado. Que yo me había imaginado, bueno, no solo imaginado, lo había visto en el álbum de fotos de pesca y en revistas, que en la superficie quedaban unos agujeritos que no se congelaban y por allí hacías llegar el cebo al agua. Pero no, resulta que los agujeros no venían en el catálogo y te los tenías que hacer tú con una enorme broca giratoria. Yo ya había visto esa enorme broca por el garaje; siempre que me tropezaba con ella pensaba: «¿Para qué diantres servirá este aparato?». Pues esa mañana de invierno, tan temprano que apenas se asomaba el sol, a no sé cuántos grados bajo cero y un viento helado que me azotaba la cara y me la
ponía tiesa como si me la hubiera impregnado con una crema revitalizadora Rimmel, lo aprendí. Se trataba de darle al berbiquí sin parar hasta conseguir perforar la capa de hielo, vueltas y más vueltas, y vueltas y más vueltas, hasta abrirle un boquete lo suficientemente amplio para poder tirar, por ahí, la caña. Vamos, la cosa más divertida del universo; entre Hello, Dolly en Broadway y pasarse una mañana de domingo bajo cero rompiendo la superficie helada de un lago con una broca para intentar capturar un pez cualquier comparación, odiosa…
¡Que le jodan a Broadway!
Entrabas en calor, eso sí, lo he de reconocer, pero… ¿Por qué narices no nos íbamos a pescar a algún otro lugar donde el agua no estuviera congelada?
¡Eh! ¿Acaso los lucios se conservaban mejor? ¿Estaban más ricos bajo el hielo? Y otra cosa… Mallas, pantalón, tres pares de calcetines, sí, tres, dos camisetas de algodón, dos jerséis, anorak, bufanda, pasamontañas, capucha y botas altas de piel de borrego como una esquimal… ¿Cómo coño conseguían moverse? ¿Cómo lograban girar el berbiquí? ¡Si dar un abrazo pasaba a categoría de hazaña mundial!
Pues sí, lo hacían, y digo lo hacían porque también les tocó preparar el mío, que una, muy digna, se plantó que nanay, que yo no le daba a la broca ni una sola vuelta más y que me volvía al coche con el motor encendido, o para suicidarme o para poner la calefacción, según como avanzara el día.
No hizo falta. Jack, después de llamarme niña cursi, o algo por el estilo, me dio un empujón y haciendo gala de su extrema masculinidad perfiló para mí un magnífico y redondo agujero lo suficientemente ancho para que pasara la enorme cabeza dentada del depredador. Depredador, sí. En casa, a los lucios, en lugar de peces, les encantaba llamarlos depredadores, no sé, como si así acentuaran la épica de la aventura de estarse ahí sentado toda la mañana, delante del orificio aquel del demonio de poco más de un palmo de diámetro, sacando agua con un cucharón constantemente para evitar que volviera a cerrarse, tirando y sacando el señuelo, de arriba abajo constantemente, esperando la picada mientras luchas contra la propia congelación a base de caldos y café caliente.
Pesqué un pez, eso sí, pero no era un lucio, sino una perca amarilla o algo parecido, que no valía para nada, me dijeron, y la tuve que devolver por donde había salido, con lo contenta que estaba yo… Sí, toda una experiencia para recordar, una experiencia que cuando asomó de nuevo en casa la primera vez después de eso de mi madre me sacudió como uno más de los recuerdos que antes compartía con ella y me estremecí. Ya no tendría a mi aliada al lado cuando la paranoia se apoderara de ellos, no encontraría esa sonrisa pícara, cómplice y feliz cuando le preguntara a Jack cuánto creía que pesaba el viejo lucio que, según él, cada año se le escapaba, ya no me tocaría con los pies por debajo de la mesa cuando mi padre soltara eso de si no nos gustaría ir a dar un paseo por Barney’s, justo cuando presentaban las novedades de pesca para la temporada de icefishing en Charlie’s Outdoors, tienda que, curiosamente, estaba al lado…
—Lake Champlain ya está helado.
Esas fueron las palabras exactas que pronunció Bob, mi padre, cuando nos sentamos a cenar. Eran las mismas repetidas letra por letra, año tras año, desde que tengo uso de razón y memoria, una frase que de pequeña me sonaba a magia, ya que provocaba una tormenta de ilusión.
—Creo que este año no deberíamos ir. —La respuesta de mi hermano, gacho sobre su plato, rompió de golpe tal tradición.
—¿Por qué no? —expresé desafiante.
Y no, no era una pregunta, era un reproche, un reproche directo porque la vida seguía y en nuestra casa, siempre, siempre, siempre, dábamos la bienvenida al invierno con un lucio al horno con patatas y jengibre de Champlain Lake.
—Si a Jack no le apetece, no hay más que hablar, Alice…
Mi padre era delgado, alto y se parecía a James Stewart. Se parecía tanto que incluso una vez mientras desayunábamos en una gasolinera firmó un autógrafo. «Qué suerte tienes —le dijo después a mami— de estar casado con toda una estrella de cine».
Bob, o sea, mi padre, era un hombre serio a quien costaba ver romper a carcajadas, lo suyo no eran ni las bromas ni los chistes; él usaba la lógica para enfrentarse al mundo, parecía más la pareja de la señorita Maertens que la de mi madre, y por eso sus escasas pinceladas humorísticas, como aquella, nunca las olvidaré. Cuando la señora que estaba en la mesa de al lado en la gasolinera se acercó y le preguntó, cauta y prudente, si era James Stewart, estaba completamente convencida de que sinceraría la confusión.
Por eso recuerdo la anécdota, porque mi padre no era así, pero a veces se soltaba.
—Papá, ya prepararé el lucio con patatas y jengibre yo…
—No hagas eso —pronunció mi hermano aún sin levantar la mirada. Mi padre no intervenía, pero estaba atento.
—¿Que no haga qué? —continué retándolo.
—Eso tan típico, eso de decir que es lo que ella hubiera querido y blablablá…
—Es que es verdad, Jack, es verdad. ¿Te la imaginas a ella diciendo que como que ya no está, no quiere que vayáis nunca más a pescar a Champlain Lake? ¿Eh? ¿Te la imaginas?
—¿Y no entra en tu cabecita de niñita cursi que a lo mejor no me apetece ir?
—¡Por favor, Jack! ¿Cómo no te va a apetecer ir si desde que tengo uso de razón Champlain Lake te hace más ilusión que Santa Claus? ¡Eh!
Entonces Jack se levantó hecho una furia, lanzó su servilleta sobre la mesa, me miró con los ojos mojados y gritó, conteniendo el sollozo:
—¡Porqué mamá ya no está! ¿Okey?
Se paró un instante en lo que parecía que iba a añadir algo más, pero no pudo, se giró y corrió a su cuarto. Cuando hice el ademán de salir tras él, mi
padre me sostuvo por un brazo.
—Déjalo, todo requiere su tiempo… Acabemos de cenar.
En mi plato las salchichas parecían multiplicarse; si lo hacían, como mínimo podrían tragarse por mí esa mugrienta montaña de puré de harina de maíz que había preparado mi padre. Cocinar no era lo suyo, a mí se me daba mejor; solía ayudar a mami, desde niña me había convertido en su subchef, pero las tardes que tenía entrenamiento llegaba tarde y con los deberes por hacer. Esa fue una de las condiciones que mi padre me puso antes de firmar los papeles que me permitieron entrenar con el equipo masculino, que los estudios eran lo primero y que así que me bajara medio punto mis notas se acababa.
—Cada vez te sale mejor el puré, papá —mentí.
Él, sonriente, orgulloso e inocente, todo a la vez, se llenó el vaso con su agua mineral, que el vino solo era para las fiestas y así se saboreaba y apreciaba mejor, decía, y la cerveza para mirar los Jets, las barbacoas y las depresiones.
—Creo que el truco está en el punto de pimienta… —me respondió.
—Pues lo has encontrado, papi, te felicito —volví a mentir; realmente se había pasado dándole al molinillo, sabía más a pimienta que a maíz, ¡qué asco!
—¿Cómo van los entrenamientos?
Me sorprendió, de repente, con esa pregunta, sobre todo porque si respondía de forma sincera, me tendría que enfrentar a ese grupo de cuestiones que una no puede hablar con un padre. No me había atrevido ni a hablarlo con Eve, en su caso para no tener que darle la razón. ¿Cómo demonios podía confesarle a él que me estaba planteando dejarlo, que había un chico en mi vida, sí, un chico, que desde que me había acompañado a casa con su radiante Mustang turquesa con asientos de cuero prácticamente no me había vuelto a dirigir la palabra porque había entrado en el equipo, porque le gané
una carrera y porque se me estaban poniendo piernas de hombre y espalda de mozo de carga?
—Bien, papá, van bien.
—Nunca me habría imaginado que te gustara correr…
—No me gustaba, me lo encontré…
—A mí me aburriría, eso de correr por correr, no sé…
Me lo estaba poniendo en bandeja. Solo tenía que preguntarle que qué opinaba de las mujeres que hacían deporte, que qué opinaba de que su propia hija fuera una ellas, que si creía que por hacer cosas de hombres a los hombres no les iba a gustar; era fácil, solo tenía que preguntarle eso.
Pero era mi padre, y no, ciertas cosas no las podía hablar con él.
—Corro porque es mágico, papá.
Él me miró extrañado, analizando mis palabras, asintió y seguramente recordó esa primera vez que me vio abrocharme las bambas y lo comprendió.
Acabamos la cena en silencio o con algún que otro comentario banal y luego calenté un par de salchichas pasándolas por la paella, abrí un bollito, las puse dentro en forma de sándwich y se lo llevé a Jack.
—¿Se puede? —dije tras abrir una pequeña rendija entre el marco y la puerta. Por ella enfoqué a mi hermano tumbado en la cama con sus manos entrelazadas detrás de la cabeza. Miraba el techo.
—Pasa, niña cursi…
Me senté al borde de la cama y dejé el bocadillo sobre su pecho.
—Anda, come o te pondrás malo.
—¿Has venido a darme otra charla?
—No, he venido a pedirte consejo…
—Seguro que tiene truco…
—¿El qué? —No le entendí.
Jack se incorporó con la espalda erguida sobre su almohada y dio un hambriento mordisco al sándwich. Con la boca llena, balbuceo:
—Lo del consejo, seguro que le das la vuelta para convencerme de que vaya a pescar con papá… ¿Verdad?
—Eso de que no quieras ir a Chamblain Lake es una estupidez, la verdad, pero no, el consejo que necesito no tiene nada que ver con eso.
—A ver… —Jack abrió los ojos, no más de como los abrí yo al darme cuenta de que con un par de mordiscos se lo había tragado todo.
—Por Dios, Jack… ¡Engulles como un cerdo!
—¡Y tú hablas como un marimacho!
—Mira, precisamente de eso quería hablarte. —Me lo acababa de poner fácil—. ¿A ti te gustan las mujeres que practican deporte?
Jack me enfocó como si se esforzara en verme.
—¿Cómo?
—No es tan difícil la pregunta, Jack. Si las mujeres que practican deporte te gustan…
—Pero en qué sentido.
Cuando Jack ponía esa cara de tonto real, o sea, que no la forzaba, sino que le salía espontánea por culpa de su ingenuidad, aún se le remarcaban más los hoyuelos y esas arruguillas que tanto me recordaban a mamá. No pude evitar sonreír, y eso aún lo descolocó un poco más.
—En qué sentido va a ser, Jack, en ese sentido en el que los hombres os gustan las mujeres y a las mujeres nos gustan los hombres.
—Pues no lo sé, saltamontes, no lo sé…
—¿Cómo que no lo sabes?
—Es que nunca he conocido a una mujer que haga deporte.
—Yo corro.
—Eso no es hacer deporte…
—¡Cómo que no! —me indigné—. ¡Entreno con el equipo de atletismo masculino de la escuela!
—Pero tú no puedes competir, no vas a participar en ninguna carrera, tú eres algo así como la mascota del equipo.
Sus palabras me indignaron, me indignaron de verdad porque en su rostro no advertí, de ningún modo, que estuviera bromeando… ¿Cómo que era la mascota del equipo? ¡Que se vaya a la mierda!
—¡Vete a la mierda! —le chillé un segundo antes de saltar de su cama con las uñas afiladas y el morro encogido como una tigresa. Pero él se levantó inmediatamente, me cogió de un brazo y me pidió perdón antes de que le mordiera.
—Lo siento, no quería decir eso…
Volví a ocupar mi anterior posición antes del arrebato e intenté calmarme sin conseguirlo del todo. Yo no soy de perdonar por la vía rápida y lo que me había dicho era realmente fuerte.
—Me refería a que no vas a correr una olimpiada, ni a jugar en la NBA, que sales a correr para divertirte, solo eso…
—Estados Unidos tiene equipo femenino olímpico de atletismo —expuse aún furiosa—, ¿lo sabes? Alice Coachman, de Albany, atleta afroamericana, ganó la medalla de oro en salto de altura en los juegos olímpicos de Londres del 48…
—¿Estás preparando algún reportaje o algo? ¿Cómo sabes tú eso?
—Porque me interesa, lo leí en la biblioteca, y a la llegada a Albany el alcalde se negó a darle la mano porque era mujer y negra. ¿Te lo puedes creer?
—¿Pretendes correr en las olimpiadas?
—No, no lo sé… La verdad es que ni siquiera sé si voy a volver a los entrenamientos.
—¿Qué ocurre, Alice? ¿Por qué dices esto? —La expresión de mi hermano se transformó, de repente, en un rostro preocupado.
—Hay un chico que me gusta, que me gusta mucho, está en el equipo de atletismo, y desde que entreno con él me pone malas caras, no me habla, se muestra enfadado, no sé; el otro día se rio de mí, me dijo que se me pondrían piernas de hombre y que no iba a gustar a nadie.
—¿Quién es ese idiota? Voy a tener cuatro palabritas con él, te lo juro.
—No, Jack, no, no hace falta… Ya lo puse yo en su sitio, le gané en los dos mil, ese fue el problema.
—¿Lo ganaste? —Jack me sorprendió con su entusiasmo—. ¿Lo ganaste?
¡Por Dios, Alice! Eso quiere decir que eres buena, muy buena… Creo que sí que tendrías que ir a unos juegos olímpicos, y que se prepare John Lindsay si se niega a recibirte en el aeropuerto cuando llegues con tu medalla de oro para ofrecerla a la ciudad…
Me reí por su ocurrencia, sobre todo porque Lindsay, del partido Liberal, aún no era el alcalde de Nueva York, pero sí el candidato preferido en
nuestra casa ante las inminentes elecciones que se celebrarían en enero.
Pero pese a que me reí, Jack se dio cuenta de que mi sonrisa era un destello fugaz en medio de un universo triste.
¿Tanto te importa el chico ese?
Supongo que cerré los ojos y ofrecí la mejor versión de mi cara de boba enamorada esperando el beso de su príncipe azul:
—Él es galante, apuesto, alto…
—Un gilipollas —me cortó—. Un auténtico gilipollas, es lo que es…
—Estaba enfadado porque lo humillé delante de sus compañeros. —Lo defendí—. Eso es todo, fue culpa mía, no tenía que haberlo ganado…
—Ah, ¿no? ¿Y qué tenías que hacer? ¿Dejarte ganar para que el niño no llorara? Créeme, el tío ese es un auténtico gilipollas y yo alucino contigo…
—Un gilipollas que espero que algún día sea el padre de mis hijos… ¿Podré tenerlos, aunque corra, Jack? No he encontrado la respuesta en ningún libro, en el Teen dicen que no, que a las mujeres que corren se les cae el útero y nos sale mostacho.
—¡Pero qué tonterías dices, Alice!
—¿Y por qué hay tan pocas mujeres que hagan deporte si no? ¿Eh?
—¿Por qué va a ser? Porque a la mayoría de las mujeres les aburre como ir a pescar. Hay cosas de hombres y cosas de mujeres, pero eso no significa que por gustarte las cosas que hacen los hombres no puedas tener hijos ni que, por ejemplo, si a mí me gustase leer novelas de amor pudiera ser madre…
—Pues con bombo y las tetas llenas de leche estarías precioso, Jack.
—¡Alice!
—En serio, Jack, no sé si debo dejar los entrenamientos; si sigo, nunca conseguiré que Bryan… —Glups, se me escapó.
—O sea, es Bryan, Bryan Cox… Es tan capullo como su hermano…
—No es capullo, eso lo dices porque no lo conoces bien; le gusta fanfarronear, cierto, pero yo sé que dentro lleva un buen corazón, si se le ve en la cara…
—Eres una ingenua, tan ingenua como para plantearte dejar algo que te hace feliz… ¿Te hace feliz correr con el equipo? —Como que titubeaba, insistió—: ¡Di!
—Claro, claro que me hace feliz, cuando corro me siento libre, es mágico, Jack, es lo mejor que me ha ocurrido nunca, me siento invencible, protegida, en las estrellas, me siento… —Iba a añadir cerca de mamá, pero preferí callármelo.
—Entonces, tenemos por un lado a un chico que, según tú, es maravilloso, un derroche de virtudes, el futuro padre de tus hijos, que está molesto contigo porque corres, y te quiere tanto que, para poder estar con él, tú tienes que dejar de hacer eso que te hace sentir tan libre, feliz y mágica, correr… ¿Lo he entendido bien?
—Él es un hombre, y a los hombres os gustan las mujeres con piernas y tetas como Sofía Loren y no con cuerpo de atleta, por eso no quiere que corra, solo es por eso…
—Entonces ¿es más importante para él unas buenas piernas y unas buenas tetas que tu felicidad? ¿Es eso? —No le contesté porque cada vez resultaba más difícil no darle la razón, él vio esa brecha y me atacó por ahí—. ¿Y
para ti, Alice? ¿Qué es más importante? ¿Lograr unas piernas como las que tenía Marilyn o ganar una medalla de oro como…? ¿Cómo has dicho que se llamaba?
—Se llamaba como yo, Alice —le respondí escondiendo la sonrisa que me estaba provocando.
—Eso, Alice Coachman, ¿verdad? Pues repito la cuestión, qué prefieres, Alice, tener cuerpo de estrella de Hollywood o seguir sintiéndote tan mágica y feliz como te sientes corriendo…
—¿Y Bryan?
—Bryan qué…
—Que has olvidado a Bryan. Si sigo corriendo, lo voy a perder.
—Mira, Alice, si pierdes a Bryan solo por seguir en el equipo es que es el capullo más grande de la historia y no te merece, o sea, deja de ser una niña cursi y ni se te ocurra dejar los entrenamientos.
—Pero es normal que a Bryan le gusten las chicas al estilo de chica sexy de Hollywood, ¿no? ¡No puedes juzgarlo por eso! Él no está en contra de que corra, está en contra de que estropee mi cuerpo…
—¿Tú me pedirías a mí que dejara de pescar por miedo a que engordara?
—Pero qué estupidez estás diciendo… ¡Pescar no engorda!
—Tú imagínate que sí, imagina que pescar engorda y que tú no soportas a los hombres con barriga y papada… ¡Imagínatelo! ¿Me pedirías el sacrificio que dejara de hacer eso que me hace feliz para seguir gustándote?
¡Di! ¿Lo harías?
—¡Claro que no! Sería muy egoísta de mi parte.
—Pues es lo mismo, Alice… ¿No te das cuenta?
—Podemos hacer un trato, ¿te parece?
—¿Un trato?
—Sí, un trato… Yo no dejo el equipo y tú te vas a pescar el domingo con papá. Jack, entonces, me ofreció una doble ración de hoyuelos y arruguillas.
—¿Ves como no estaba equivocado? Ya sabía yo que había truco.
Nos fundimos en un abrazo y le di tres millones ochocientas mil veces las gracias. Correr era mágico, pero tener un hermano como Jack más.
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