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Laura Zalve · Capítulo 2 de 26

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Capítulo 2

La primera vez que corrí fue el día del entierro de mi madre. A mi madre la enterramos una fría tarde de otoño hace tres años tras una larga enfermedad que, de tan larga, pensaba que nunca tendría final. La arrancaron de mis manos como yo arranco las flores silvestres antes de que el sol las marchite.

Ella luchó con todas sus fuerzas contra ese sol que la marchitaba hasta que no pudo más. Supongo que es injusto, pero me había acostumbrado a verla enferma. Lo prefería así, mil veces así, antes que dejar de verla.

Ese último adiós aquella tarde en que las nubes corrían como avergonzadas por el cielo me mostró la dureza de seguir viviendo.

Ella era una mujer popular en nuestro barrio de casas de madera con jardín, organizaba la iluminación conjunta de Navidad en la calle, el concurso de tartas y el rastrillo para los huérfanos, la carrera de sacos de Acción de Gracias, y le andaba por la cabeza crear una organización de vecinos que, seguramente, habría presidido si el maldito cáncer no se hubiera entrometido. Por todo esto no me resultó extraño que la ceremonia trascendiera más allá del estrecho vínculo familiar y la hora de las condolencias se hiciera interminable. Yo no deseaba otra cosa que llegar a casa, encerrarme en mi cuarto y echar a llorar. Sola.

Flanqueada por mi padre y mi hermano mayor, Jack, recibíamos abrazos, besos y llantos que agitaban demasiado mi corazón. No lo soportaba. Esa era mi pena, mi parcela privada, y nadie tenía derecho a usurparla; deseaba escaparme, salir corriendo como esas nubes que desfilaban cada vez más oscuras, como todo aquel que se encontraba a mi alrededor: trajes negros, corbatas negras, vestidos negros, medias negras, zapatos negros, gafas negras, futuro negro, alma negra, lágrimas negras, de carbón…

Evelyn, refugiada detrás de la espalda de su padre, encabezaba la comitiva de los de clase; también estaba Bryan, y Melanie, y Rachel, y John, y la señorita Maertens, que siempre llevaba largos vestidos y faldas floreadas y que tanto me costó reconocer de ese único color de la más triste tarde de otoño que pueda recordar.

—Lo siento… —pronunció Eve a su turno sin conseguir acabar la frase.

No la dejé. La abracé y nos ahogamos juntas atrapando y compartiendo una multitud de recuerdos llenos de color y olor a tartas, galletas y chocolate, esas tardes, tantas, que compartía con ella mi madre.

Evelyn es mi tesoro secreto, mi alma gemela, mi amiga.

Cuando por fin nos retiramos con el tío Ben, que era quien conducía porque ni mi padre ni Jack se encontraban con ánimos para hacerlo, ella, reacia a dejarme sola, me esperó junto a sus padres antes de que todos marcharan.

—¿Quieres venir a casa? —Se adelantó dos pasos hacia mí. Su padre esperaba con la puerta abierta de su Ford y nos miraba a distancia. Su madre ya había entrado.

Le acaricié los brazos y le sonreí. Esa fue mi primera sonrisa del después.

—Gracias, bombón —repetí esa misma broma de siempre porque sentí que todo tenía que seguir como siempre—. Pero prefiero ir con ellos…

—Si te lo repiensas, silba, o tírame una piedra contra la ventana, o no sé…

Llámame…

Eve estaba tensa y nerviosa, su mejor amiga acababa de perder a su alocada madre y no sabía muy bien cuál era su papel. No lo sabía, pero en cambio lo ejecutaba a la perfección.

Asentí y evité volver a abrazarla porque no quería llorar más. Su padre, desde la distancia, me dedicó un tímido gesto. Entonces me di la vuelta y busqué entre la colina de cruces blancas a mi madre y ya no lo pude

controlar. Jack corrió en mi rescate, me cogió por la espalda y sin mirarme a los ojos, supongo que para no contagiarse, me metió en el asiento de atrás, entre la tía Carol y él. No puedo recordar un viaje tan silencioso como aquél. Tan fuerte era el vínculo del pensamiento que todos le dedicábamos callados que parecía estar allí, montada en el Ford de tío Ben, entre nosotros.

De igual manera cruzamos el umbral cuando llegamos… Vacíos, fríos, muertos. Lo primero que deseé hacer fue quitarme ese atuendo de luto y ponerme las alpargatas y el chándal de andar por casa, el mismo que salvé por los pelos del último rastrillo que ella organizó, que de acuerdo que me llegaba más arriba de los tobillos, que de acuerdo que había crecido y que pronto ya no cabría en él si seguía haciéndolo, pero era MI chándal de los ositos y por muy venerable que fuera su causa, que no lo pensaba donar, le repliqué. Ella se rio y dejó que lo recuperara porque supongo que entendió mis motivos y que seguro que entre sus cosas también existía ese algo de lo que nunca se pensaba separar. De lo que yo no pensaba separarme jamás era de ella, ni viva, ni ahora que había muerto, pero encontraba tan tremendamente injusto que Dios me la robara que no sabía cómo hacerlo, cómo hacer que ella permaneciera a mi lado si la acababa de dejar en esa colina verde debajo de una cruz blanca y entendí que ese oasis, que casi de forma desesperada buscaba ese momento para llorarla a solas en mi habitación, era una trampa, una maquiavélica y terrible trampa. Mi casa dejaría de oler a galletas de jengibre recién horneadas. Dan Ingram desde la WABC dejaría de anunciar las canciones del top 40 mientras mi madre tendía la ropa, o cocinaba, o surgía con el transistor al lado canturreando el Love me tender a dúo con Elvis. Nunca más se abriría de repente mi puerta para rastrear si encontraba algo para meter en la lavadora, o simplemente para decirme que bajara a merendar… No, no habrían más meriendas con ella, ni almuerzos, ni desayunos, ni cenas, ni besos, ni sonrisas, ni abrazos; no habría ya nada más con ella porque ella ni estaba ni volvería a estar jamás, que todo aquello era una trampa y llorarla en silencio no me la acercaba, sino que me la apartaba más, no volveríamos a contemplar juntas ni la lluvia ni la nieve, no oiría nunca más eso de «Alice, asómate, está nevando…». No, no, todo eso no volvería jamás, estaba condenada a hurgar

entre la basura de mis recuerdos porque la fábrica de hacerlos ya no iba a funcionar más.

—Mira, mamá, cómo llueve —grité cuando las gotas de la tormenta golpeaban con fuerza contra el cristal.

A las dos nos encantaban las inclemencias del tiempo, cuanto más fuera de lo común, mejor, sin miedos, sin importarnos nada…

—Mira, mamá, cómo llueve —volví a gritar cuando la fuerza del temporal me obligó a abrir los portones de la ventana.

Y entonces no entiendo lo que pasó, miré a la calle desierta, con sendos riachuelos a cada extremo desaguando, y sentí la necesidad de salir a buscarla; bajé las escaleras, llegué al rellano y, ante la atónita mirada que mi padre me dedicó desde el salón, me calcé las bambas.

—Voy a correr —le dije.

Pero él estaba tan lejos y tan cerca a la vez, ensimismado con ella recorriendo sus mundos, que solo asintió sin llegar a comprender nada.

Esa fría, triste y desolada tarde de otoño que acababa de enterrar a mi madre empecé a correr, lo hice bajo la lluvia, bajo un cielo que lloraba conmigo, bajo la tenue luz amarillenta de las farolas de mi barrio, perdida, sin destino ni rumbo, persiguiendo todas las sombras imaginarias que se me cruzaban, buscándola, lo hice bajo una rueda de acusaciones que giraba sin parar, contra Dios y sus malditas leyes, contra el cáncer, contra mi mala suerte, contra la muerte, contra la injusticia, y tras cada uno de mis gritos contra todo eso corría más y más, largas zancadas que me obligaban a acelerar mi roto corazón y a hacer música con la respiración.

Entonces fue cuando ocurrió, no sé cómo, pero presentí que me acababa de volver indestructible, y envuelta en mi capa de superhéroe, como Superman, noté cómo resbalaban por mi piel todos los miedos, uno tras otro, y cómo, derrotados, los abandonaba sobre el asfalto cada vez más alejados. Y aceleré y corrí, corrí hasta extenuarme justo delante de la

esquina de la iglesia, ante un enorme cartel de Coca-Cola que apareció vistoso e iluminado como un milagro cuando la lluvia se retiró. Una mano sostenía una botella con el refresco sobre la bola del mundo, el spot rezaba

«Friendliest drink on earth», y mientras recuperaba el aliento agachada sobre mis rodillas iba repitiendo el eslogan y contemplando las nubes que se retiraban con su tormenta a otra parte.

Y entonces pude verla, brillaba con fuerza, y por la fuerza con la que brillaba supe que era ella, su estrella:

—¿Has visto cómo corría? Ha sido mágico, me ha llevado hasta aquí, contigo…

Me esperé por si me respondía, y sí, lo hizo, ya creo que lo hizo… «Venga, Alice, a merendar».

Y no me lo pensé dos veces, sonreí a su estrella y de nuevo me puse a correr. Desde aquel día no he dejado de hacerlo.

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