Antojo de violetas
I. Villa Ombrosa
I
VILLA OMBROSA
Toscana, Italia
Domingo de Cuasimodo, abril de 1773
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Kitt seguía marchando a buen paso hacia la villa, y la inquietud se pegaba a él como el sudor rancio que empapaba su camisa. Estaba aturdido, algo lógico tras pasarse cinco días vomitando por la borda del barco. En Livorno, su puerto de llegada a Italia, había mirado con desprecio a los demás pasajeros ingleses que desembarcaban dando empellones sin parar de charlar, ataviados con llamativos atuendos de París y con los rubicundos rostros concentrados en escudriñar el tomo del Grand Tour del señor Nugent. Mientras perdían el tiempo con sus inmensos baúles de viaje, Kitt los dejó atrás a empujones. Sólo llevaba una alforja, que ahora le daba en las caderas. Él no era un simple turista, se dijo. Estaba aquí para localizar a Carinna, no para seguir un vulgar itinerario.
Sin embargo a sus dieciocho años Italia le era absolutamente desconocida. Indeciso, contrató los servicios del primer rufián sin afeitar que le agarró la manga y se le ofreció como guía. No tardó en arrepentirse de aquel intento de fanfarronada: en Lucca el pícaro lo animó a entrar en una miserable posada para que conociera a su pretendida y bellissima hermana… Ya para entonces Kitt había comprendido que estaba muy lejos de sus lugares predilectos de Covent Garden. Sin duda allá dentro lo aguardaba una banda de estafadores, o incluso de asesinos. La moneda que le había arrojado al sinvergüenza a guisa de despido lo dejó sin el caballo, pero más tarde bendijo a la señora Fortuna por ello.
No tenía noticias de Carinna desde la última carta que ella le había enviado, la misma que llevaba bien metida junto a las costillas. Se sabía las palabras de memoria y les dio vueltas de nuevo al tiempo que, con los ojos entornados, miraba la descolorida franja de camino que Carinna había recorrido más de seis semanas antes:
7 de marzo de 1773
Villa Ombrosa
Queridísimo Kitt:
Por fin he llegado, y me alegra mucho tener la llave de la villa de nuestro tío. Confía en tu hermana, porque al final todo saldrá bien. Perdona mis evasivas… Ojalá los relojes anduvieran más rápido para que pronto pudiéramos estar juntos de nuevo y todos nuestros problemas hubieran terminado. No puedo decirte más, pues no quiero confiar la verdad a un correo que tal vez vean otros ojos.
Tu hermana,
Carinna
La primera vez que leyó la carta sólo sintió una ligera alarma. ¿Qué era esa verdad que ocultaba Carinna, y quién se imaginaba que abriría su correo?
Se había convencido a sí mismo de que no podía hacer nada, dado que adolecía de su acostumbrada falta de fondos. Luego, cuando sus cartas solicitando noticias no obtuvieron respuesta en cuatro semanas, y después en cinco, el nerviosismo aumentó hasta convertirse en una especie de locura. Entonces empeñó su mejor casaca y partió sin decir palabra a nadie.
Le escribió a Carinna desde Marsella asegurándole que llegaría el Domingo de Resurrección. Pero primero el mal tiempo retrasó el maldito barco, y luego fue el océano, que no paraba de moverse, el que lo tuvo de acá para allá como un corcho. Todo se había puesto contra Kitt. Pero… ¿cómo había tardado seis semanas?
La verja de la villa cedió con un herrumbroso chirrido y al final de la avenida de tilos Kitt vislumbró la blanca mole del edificio. El sol se ocultaba y, mientras las botas crujían fuerte por la grava, entre los árboles pasaban franjas de luz color de miel. Se levantó una repentina ráfaga de viento que agitó las ramas con un siseo como el de un torrente escondido.
Hasta la brisa vespertina ardía como el aliento de un animal.
Era una buena finca este retiro de su tío Quentin, aunque sólo el diablo sabía para qué vicio la habría adquirido tan lejos de las miradas inglesas.
Desde luego se quedaría un tiempo, pensó Kitt a medida que aparecía la amplia casa con sus leprosas estatuas, su terraza y su césped. Fuera lo que fuera de lo que huía Carinna, estaba en un cómodo refugio. Se reanimó al imaginarse a Carinna, primero contentísima de verlo y luego compadeciéndolo al oír el relato de su detestable viaje. Aún debían de estar durmiendo la siesta, se dijo. Una idea ingeniosa, aunque fuese extranjera.
Más tarde descansaría él en una fresca almohada para aliviar su cabeza, que parecía a punto de estallar. Antes de la cena se bañaría, mandaría a los criados que le lavaran la ropa y se alejaría de toda su carga de preocupaciones cediendo al lujo del sueño.
—¿Carinna?
La llamó en medio del silencio, pero sólo le respondió el susurro de una rociada de hojas, secas como el papel. Al subir a la terraza encontró butacas que invitaban a sentarse y cojines desteñidos por muchas temporadas de sol.
La puerta estaba entornada.
Entró en la densa sombra del vestíbulo.
—Carinna —insistió, parpadeando en medio del lóbrego frescor—.
¿Carinna? Ya he llegado.
No hubo más respuesta que el silencio. O no exactamente. Un campanilleo argentino le llegó desde la parte trasera de la casa. Allí había alguien. Al abrir la boca para llamar de nuevo se dio cuenta, de pronto, de que tenía la lengua demasiado seca para hablar. Ahora se oía otro sonido, extrañamente discontinuo e… inhumano. Un clinc y un repiqueteo como de uñas. Y luego aquel tintineo de campanilla de muñecas. Con silencioso cuidado, empujó la puerta para abrirla y pasó a la primera habitación.
Estaba vacía. Vio un desvencijado mobiliario: un sofá, un espejo dorado y un reloj que marcaba el tiempo. De pie en la alfombrilla de la chimenea, Kitt escuchó con atención, sin dejar de mirar la puerta abierta que conducía a la parte de atrás de la casa. Ahora no oía nada salvo un grave y extraño zumbido. Sólo entonces, al inspirar fuerte, se percató del hedor: un denso olor a carne manida que recordaba las hediondas entrañas del barco del que acababa de escapar. Le dio una arcada y hundió la boca en el pañuelo. En el momento de bajar la cabeza sólo tuvo un instante para vislumbrar que un pequeño ser demoníaco cruzaba deprisa el suelo hacia él. Al tiempo que
soltaba un grito, le dio una fuerte patada con la bota de montar. El animal chilló de dolor y luego retrocedió gimoteando hasta pegarse al sofá.
—¡Bengo!
Por Dios, si era el pequeño doguillo de Carinna: un perro no más grande que una rata, con patas como pajuelas y ojos de coneja. Al cuello llevaba un collar del que colgaba un diminuto cascabel.
Kitt se agachó, llamó al perro en voz baja por su nombre e hizo amago de acariciarle el tembloroso lomo.
—¿Dónde está tu ama, amiguito?
En los ojos del perro ardía una chispa de recelo mientras su cola de gusano culebreaba, nerviosa. En el hocico tenía un pegote reseco de vómito amarillo.
Con el pañuelo tapándose la boca, Kitt vaciló. Habría apostado que la muerte estaba en esta casa. Se armó de valor para entrar en la habitación trasera y hacer frente a lo que había venido a buscar aquí, tan lejos.
Ante él se extendía una mesa preparada para un banquete. Sin embargo, ningún huésped se sentaba en las butacas de terciopelo. Nadie estaba desplomado sobre el mantel. Un enorme pedazo de carne ocupaba el lugar de honor, ondulando como si estuviera vivo por el enjambre de moscas azules que lo cubría. Las empanadas puestas sobre la porcelana dorada tenían manchas grises de polvoriento moho, y del pan brotaba una abultada y viviente pelambrera de hongos. Una pirámide de dulces se había venido abajo. Las uvas se habían arrugado hasta convertirse en fruncidas pasas.
Mientras retrocedía a tientas Kitt vio una licorera de vino en el aparador y, sin pensar, alargó la mano para echar un trago reconstituyente. Pero cuando agarró la copa una bulbosa mosca salió reptando por el borde y, con un zumbido, voló hacia su cara. Al apartarla de un manotazo vio la escena con mayor claridad: gusanos de color perla se retorcían entre platos de moho, y el blanco mantel estaba manchado con regueros de endurecido excremento de perro. Inmediatamente volvió como un rayo al vestíbulo y a la puerta de entrada, abierta, donde, entre jadeos, respiró aire fresco en ansiosas bocanadas.
El aire reanimó un poco a Kitt, aunque no llevó tranquilidad a su alborotada cabeza. El rostro se le cubrió de sudor. ¿Dónde diablos estaban
los criados? Furtivo como una serpiente, Bengo se escabulló entre sus botas y echó a correr hacia los matorrales. Aquel perro sabía lo que hacía, se dijo Kitt. Carinna no estaba aquí. Algo había pasado. Su odio juvenil hacia las normas mezquinas y los oficiales de la ley le hizo sentir muchas ganas de escapar también. «Haz como si nunca hubieras estado aquí», le susurraba su instinto. Se apresuró a repasar su ruta: había mantenido en secreto su lugar de destino y antes de medianoche ya estaría lejos. Con todo, si se marchaba ahora jamás sabría qué había sido de Carinna. Tal vez estuviera arriba. Tal vez le hubiera dejado un mensaje. Maldición, tendría que volver a entrar.
Giró sobre sus talones y dio una somera vuelta por las habitaciones de abajo. Encontró un cuarto de estar con indicios de haberlo ocupado un ama de llaves u otro condenado mercenario. Luego una cocina aún desordenada por los preparativos de la comida. Los pasteles rotos que había en la mesa exhalaban una fragancia nauseabunda: el aroma recordaba lejanamente al de las azucenas en un entierro. Todo el piso inferior estaba desierto. Tuvo que detenerse de nuevo un instante junto a la puerta principal para refrescarse los pulmones. «Si está aquí», pensó, «viva o muerta, he de ir arriba a encontrarla».
La escalera crujía bajo sus pies. Kitt no sabía dar nombre a su temor.
¿Para qué inoportunos invitados estaba dispuesto aquel nauseabundo banquete? ¿Y por qué abandonaría Carinna a Bengo? Al llegar al primer piso, entró en los cuartos menos importantes y los halló vacíos. Luego entró en un cuarto de vestir donde se pudría el agua de un aguamanil. Por último se vio frente a una puerta, cerrada, con un picaporte de latón. Supuso que era la mejor habitación, la de las grandes ventanas que había sobre la entrada de la villa. Agarró el picaporte y lo hizo girar.
—¡Carinna!
Por un momento creyó que la había encontrado. Estaba de espaldas a él, vestida con un fruncido traje de seda rosada, completamente inmóvil en medio del cuarto. Al acercarse, Kitt distinguió bien lo que veía: el traje estaba puesto en un perchero de madera, en cuya cabeza, una esfera, reposaba el sombrero de Carinna; todo aquel despliegue era una cruel mascarada. Se acercó dando zancadas a la figura y se quedó mirándola de hito en hito, perplejo. El familiar aroma a violetas de Carinna salía del
vestido, engañándolo con la presencia de su hermana. Decepcionado, le asestó un golpe al burlón esqueleto de madera y mandó con estrépito la cabeza al suelo. Que aquello era una broma pensada para torturarlo lo supo con certeza al fijarse en su propia carta, bien remetida en el canesú del vestido. Conservaba la huella del lacre roto. Él mismo la había escrito desde Marsella hacía poco más de una semana. Se sentía como un lunático: perdido y desconcertado.
Sin embargo, al sacar la carta, algo más había salido para caer al suelo con estruendo: la Rosa de Mawton. Era el rubí de aquel viejo chapucero de Sir Geoffrey, una joya tan afamada por su intenso brillo color grana que valía más de mil libras. De modo que sí se lo había llevado, la chica lista.
Con gesto codicioso, Kitt se guardó en el bolsillo la Rosa y la arrugada carta. Por último, dando tumbos, su mente llegó a la única conclusión posible: Carinna habría dejado a Bengo si estuviera enferma o enloquecida, o si la obligaran con una pistola, pero ¿abandonar una joya que valía una fortuna? Kitt supo en lo más hondo que Carinna estaba muerta.
No soportaba permanecer ni un momento más en aquella burlona casa.
En accidentado descenso, bajó la escalera como un rayo y luego atravesó corriendo los árboles y la verja y volvió al solitario camino. Se preguntó si debía buscar a alguna autoridad. ¿Debería presentar una denuncia? No, no.
Tenía la Rosa…, ¿por qué entregársela a un bufón de juez de paz? La necesitaba más que ellos. Además, si Carinna estaba muerta, él era su pariente más cercano. Y necesitaba dinero imperiosamente. Aquello era providencial. Ay, pero Carinna había muerto. Presentía que había llegado tan sólo unos pocos, y desgraciados, días demasiado tarde.
Tras él, una ramita crujió fuerte. Dando un grito de angustia, se volvió sin dejar de correr, medio tropezando pero temiendo detenerse a investigar.
Densas sombras se cernían ya sobre él. A ambos lados del camino los matorrales se alzaban como las paredes de un laberinto, mucho más altos de lo que recordaba. Oyó rumor de pasos a sus espaldas. ¿Lo habrían visto?
¡Maldita sea, lo que había tardado en marcharse! Corrió más rápido, aferrándose con los dedos a las punzantes zarzas, dando trompicones con las botas. ¿Por qué había venido aquí? Casi había oscurecido. Lo acosarían toda la noche.
Entonces el tintineo de un cascabel de plata desenmascaró a su perseguidor. Sólo era aquel chato perro faldero, Bengo, que tenía miedo de verse abandonado.
—¡Fuera de aquí, maldito seas! —le gritó al descolorido borrón de conciencia que lo seguía.
Pero el perro lo siguió, receloso y a la zaga, incansable. Cada pocos minutos le parecía haberlo dejado atrás, sólo para oír una vez más sus ligeras pisadas y su cascabeleo. Al fin vio los apiñados tejados de un pueblo y oyó el tañido de una campana en el crepúsculo. Por fin una carreta se cruzó en su camino, tirada por un asno de paso cansino. Con voz desesperada, Kitt llamó al carretero.
— Taverna! Presto! —le dijo en tono apremiante al hombre que lo miraba sorprendido, al tiempo que le metía una moneda en la mano.
Dentro de la carreta, un puñado de rostros morenos clavó la vista en él en medio de un silencio lleno de curiosidad.
Kitt anhelaba sentir el caliente aguijón del licor en la garganta. Naipes, una buena botella, la mesa de juego: éste era su reino. Mientras palpaba la Rosa dentro del bolsillo reconoció sus frías aristas y se preguntó con cuánta rapidez podría convertirla en dinero. Necesitaba encontrar un pueblo donde una cama y el aguardiente fueran baratos, y donde hicieran pocas preguntas.
Mecido por la carreta, se sintió de pronto vacío como el aire, como si el inseguro amago de hombría que era Kitt Tyrone hubiera desaparecido de la tierra junto con su hermana. Hasta aquel día había ardido de furia ante las injusticias de su vida, pero ahora sólo unas vacilantes cenizas de miedo revoloteaban en el centro de su ser.
Se cubrió los ojos con los mugrientos puños. No podía borrar de su imaginación aquella imagen última del perro. De nuevo lo acosaba… En realidad, siguió toda la vida correteando con ligeras pisadas tras sus talones.
En particular cuando estaba cansado o solo o, algo más espantoso aún, cuando pasaba de la vigilia al sueño, oía aquel gimoteo y aquellos apresurados y cortos pasos. Aunque Kitt ya había abandonado la esperanza de encontrar a Carinna y sólo deseaba el olvido de una botella vacía, el perro continuó siguiéndolo. Mucho después de que todas las lire del empeño de la Rosa desaparecieran en rápidos dedos italianos, aquella
descolorida sombra renqueó tras él a través de la oscuridad. Ni siquiera en el desesperado momento del final pudo evitar imaginarse el viaje de aquel perro, cascabeleando de vuelta por el camino blanco, para enfrentarse una vez más a la verja abierta de par en par y a aquel podrido festín.
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