Antojo de violetas
Capítulo III
Loveday se agachó para ponerse en cuclillas a la puerta de su señora. No le gustaban aquellas sillas que le dejaban las piernas colgando, y el estar de pie todo el día hacía que le doliera la vieja herida. Acuclillado, como solía estar con los demás hombres de Lamahona en torno al fuego, podía pensar.
Los calzones de terciopelo le tiraban en las rodillas y la casaca de adornos dorados le arrastraba por el suelo, pero los músculos se le estiraron. Tras la puerta, Lady Carinna lloraba y gritaba, lanzando insultos igual que una montaña enfurecida escupe fuego. Loveday dio vueltas en la cabeza a las palabras de la carta que, media hora antes, había abierto y leído a escondidas:
Devereaux Court Londres
27 de octubre de 1772
Queridísima hermanita:
He recibido tu carta esta mañana y he de confesarte mi absoluto desconcierto. ¿Por qué diablos has viajado sola hasta el lejano y rústico Cheshire? Chica, ¿qué planes se fraguan en esa ingeniosa cabeza tuya? Si me hubieras invitado, habríamos ido juntos por todo lo alto, y en lugar de eso me abandonas aquí, solo, sujeto al lenguaje campanudo de nuestro tío. No le ha hecho gracia, hermanita, que hayas dejado a tu marido tan pronto…, pero ¿qué ha sabido él nunca de sentimientos ajenos? En cuanto a mí, al menos comprendo que no permanezcas ni un instante más en la repugnante compañía de ese viejo. ¡Bravo, hermana, por reivindicar tu libertad!
Me pides noticias de la ciudad, así que aquí tienes lo poco que sé. En pocas palabras, la mesa de juego no me ha sido favorable, aunque creo que ganar es tan fácil como perder, todo depende de cómo salga un naipe. Mis pérdidas no son nada al lado de las de Lord Ridley. Los chismosos las estiman en diez mil libras, y ha partido en dirección al continente huyendo de las consecuencias.
Nuestro tío se rio al enterarse de que Ridley piensa pasar por su vieja villa de Italia, y afirma que con él lo acosará otra punzante plaga de mosquitos.
Otro chisme es que vi a la anticuada Sarah Digby por la ciudad con tu antiguo admirador Napier, quien ciertamente ha mostrado su verdadero carácter, como predije que haría. La historia es que se casaron la semana pasada de forma clandestina en la calle Fleet, y todo por las treinta mil libras de ella. Jane Salcombe también anda poniéndose en ridículo y bailó toda la noche con Col Connaught (tan sólo dos mil miserables libras), lo cual, en verdad, sí que es un recurso desesperado.
Estoy seguro de que igual que nuestro tío te ha concertado el casamiento, maquina lo mismo para mí. Lo único que me salva es que me tiene por un zángano demasiado indolente como para atrapar a una vulgar heredera, y doy gracias al diablo por ello.
Sigue tan tacaño como siempre, aunque sí que me dio cincuenta libras para que me exhibiera en los jardines de recreo la semana pasada; en vez de eso me fui solo a la función de aniversario del
señor Garrick y saboreé hasta la última palabra que pronunció el divino príncipe de Dinamarca.
En cuanto al resto del dinero, ahora soy dueño de una casaca de terciopelo negro con la que estoy seguro de que te gustaría mucho verme, pero sólo poseo un mínimo de oro; el resto lo perdí de forma muy heroica al chaquete.
Así que, cuéntame: ¿merece el viaje la finca de tu marido?
Nuestro tío se jacta de que es un lugar magnífico que produce ingresos regulares. Espero que tengas espléndidos caballos allá y también, a juzgar por la colorada nariz de malvasía de tu marido, una buena bodega. A lo mejor me invitas a inspeccionar más en detalle sus propiedades mientras el señor sigue fuera. ¿No sería toda una broma?
¿Cuánto tardarás en volver, hermanita? Si no es en esta semana,
¿podrías mandarme un poco de dinero en metálico, y darle también un beso de buena suerte para que me ayude a cambiar nuestra fortuna?
Soy tu siempre cariñoso hermano,
Kitt Tyrone
La carta era del hermano de su señora, a quien ella mimaba como a un niño.
Sin embargo el sentido era difícil de entender. Ridley, Sarah, Napier, Col: nombres que no significaban nada para Loveday.
El que supiera leer las letras era un secreto, obsequio del bondadoso padre Cornelius, de la misión de Flores. Sólo un sacerdote blanco habría pagado el alto precio de un dólar portugués por Loveday, quebrantado como estaba después de vivir como esclavo del clan de los damong. A cambio de cobijo e instrucción, había aprendido a ser buen mucamo y a rezar de rodillas delante de la gran piedra María. Pero todo aquel canturreo de la Biblia y el sentarse en bancos duros no le hacían olvidar quién era. Él era Keraf, padre de Barut, cazador del clan de los lama tuka. Sabía leer y hablar algo de inglés, pero aún honraba en secreto los cráneos de sus antepasados.
Y al rezar no canturreaba palabras entre dientes como los padres católicos, sino que dejaba vagar la mente por las corrientes del tiempo, igual que
había hecho siempre su madre, hija de un hombre espíritu, y sus antepasados antes que ella.
Al otro lado de la puerta los gritos y los pequeños ladridos alborotados de Bengo se apaciguaron. Loveday clavó la mirada más allá de los papeles decorados con flores que forraban el pasillo y empezó a calmar la mente.
Desde que se cayera de su antigua vida a este frío infierno, tenía por costumbre sumirse en ensoñaciones cuando estaba solo. Rememoraba su vida en Lamahona y evocaba a su esposa, Bulan, y a su hijito Barut.
¿Seguía siendo Bulan tan bonita como la luna que le daba nombre? Se preguntaba si sus oscuros labios aún sonreían y se movían levemente mientras, dormida, el niño mamaba de su pecho. No, Barut debía de ser alto ya, debía de estar llevando el prahu de su padre hasta el otro lado de la bahía. O al menos rezaba para que fuera así. ¿O eran Bulan y Barut también esclavos? A pesar del placer que le proporcionaban sus visiones, el dolor que le producían desgarraba a Loveday tanto como el arpón de hierro que en tiempos fuera su mayor tesoro. Se removió un poco y centró su inteligencia en abordar el problema. ¿Cómo volvería a su mundo, a Lamahona, junto a sus queridísimos esposa e hijo?
Mientras ordenaba a su respiración que se hiciera más lenta, dejó que la mente se deslizara, como una serpiente de mar, lejos del muelle de este helado mundo. Llevó su memoria a la playa de Lamahona, oyó el siseo y el rodar de las olas. Tras cruzar la arena blanca como el azúcar, se metió en un agua que brillaba como cristal azul y era tibia como la leche materna. Con un rápido movimiento, se puso boca arriba y se quedó flotando como una vaca marina bajo el centelleo de la oscilante luz del sol. Le gustó notar el sabor a sal en el labio superior. Las ideas burbujeaban y estallaban a su alrededor. Cuando estaba así, quieto, solo y tranquilo, pescaba el futuro tan bien como cualquier hombre espíritu. Durante mucho rato se dejó llevar, al tiempo que veía una vez más su banquete de boda, el nacimiento de su hijo, el orgullo de sus padres.
Se había perdido. Esto lo alarmó, porque conocía el océano como cualquier hombre conoce los puntos de referencia de su propio país. Pero a medida que nadaba entre las islas, todo cuanto veía le resultaba extraño. La cónica cima de una montaña se inclinaba amenazadora hacia él donde
esperaba encontrar un dentado arrecife. Aquí había otra isla desconocida, y otra más. Molesto, Loveday escudriñó el horizonte con los ojos entornados.
Luego echó un vistazo hacia abajo, al océano cada vez más oscuro, y dio un respingo al ver un barco desconocido justo debajo de él. No era un barco de Lamahona, sino un navío grande como una ballena, con velas color perla y hombres de piel clara que vagaban por la cubierta. Loveday miró al agua, tan cerca que ésta le irritó los ojos, ahora muy abiertos. Si aguantara la respiración como un pescador de perlas para explorar aquel buque mágico, encontraría el final de su viaje. Alargó la mano cuanto pudo dentro del agua y sintió la punta del gallardete del barco pasar entre sus dedos como una cinta de algas.
Loveday sintió un golpe en el costado que lo lanzó de cabeza contra el duro suelo.
—¿Qué es esto, pagano holgazán? ¿Dormido en tu puesto?
Le había dado una patada una enorme bota de cuero que ahora estaba junto a su ojo, que parpadeaba deprisa. Dando un tumbo, Loveday se levantó como pudo e intentó ponerse firme, derecho como un palo. El viejo señor Pars lo miraba, con la cara torva como una roca redondeada por el tiempo. Este hombre era el número uno sobre todos los criados, eso sí lo sabía él. Había entendido rápidamente que su trabajo como lacayo de Lady Carinna era una ocupación cómoda que debía esforzarse por conservar, pues prometía días de inactividad, libres de palizas.
—Sólo un momento los ojos cierra, buen señor —respondió, subiendo y bajando la cabeza como un remo en una tormenta—. Por mi vida, ésta primera vez.
—Tu señora tiene tres cartas esperándote —respondió el hombre corpulento—. Y no te quito ojo de encima, bestia tramposa. ¿Tú comprendes el inglés de Inglaterra?
—Sí, señor, yo siempre escucha bien, señor.
—Pues entiende esto: mandaré que te echen a patadas a las calles si vuelvo a encontrarte dormido. ¿Comprendes?
—Sí, señor.
Loveday se escabulló hacia la puerta de su señora. Al entrar borró toda expresión de su cara y así evitó darle a Lady Carinna motivo para que le gritara. Le tendió la bandeja de plata y de ese modo no tuvieron que rozarse cuando ella dejó caer una pulcra carta nueva. Las rojas mejillas de su señora aún tenían un aspecto febril.
—Jesmire ha dejado una también —le dijo ella con aspereza.
Loveday cogió una segunda carta, de nítida y esmerada caligrafía.
—Señor Pars dice tres carta, señora.
Lady Carinna clavó la mirada en las arrugadas bolas de papel emborronado.
—La otra es imposible de escribir. Lleva ésas.
Fuera de nuevo, Loveday hinchó las mejillas en un gesto de alivio al ver que el señor Pars había desaparecido. Subió corriendo los escalones de dos en dos, cantando entre dientes para celebrar la hora de libertad que concedía un viaje a la casa de postas. Vaciló un momento junto a la chimenea de la galería, sin saber si abrir las cartas o no. Aquel tipo, el señor Pars, lo había mirado fijamente, como un hombre diablo. Pero el instinto de Loveday le indicaba que la supervivencia dependía de comprender los pensamientos íntimos de quienes lo rodeaban. Tras coger una vela de sebo encendida se dirigió a su desván. Una vez solo en el sombrío cuarto, bajo el alero del tejado, dio un tajo al lacre con su navaja de afeitar y leyó la primera carta.
Mawton Hall Cheshire
30 de octubre de 1772
Queridísimo tío:
He llegado a la finca de mi marido y he descubierto que es una desmoronada ruina en la punta de la nada. ¿Es ésta la recompensa por mis sufrimientos? En lo que se refiere al frío gélido y a la humedad (por no hablar del cansancio de mis nervios), todo esto resulta extremadamente perjudicial para mi salud. Sir Geoffrey se niega a escribirme y a verme, y ha zarpado (¡el redomado cobarde!) hacia sus posesiones de Irlanda. Estoy muy enferma de resultas de todo ello y me siento desdichada, desdichada de veras.
Sé que dirás que debo concentrarme y seguir jugando. Tengo que resolverlo todo yo sola, imagino, y aprovechar mi mano lo mejor que pueda. Confío en que el asunto más inmediato de aquí me ocupe poco tiempo, tras lo cual volveré a escribirte, de modo que te ruego que prepares mi antiguo aposento en Devereaux Court para mi regreso.
Hablaremos libremente entonces.
Tu abnegada sobrina,
Carinna
Loveday meneó la cabeza y contuvo el impulso de reír. «Volver Londres», murmuró, mientras humedecía el lacre con una gota de cera robada. Fuera cual fuese la corriente que iba surcando, cambiaba rápido, después de todo.
La segunda carta estaba escrita con la letra llena de florituras de la señorita Jesmire. El mensaje era menos velado, y Loveday comprendió todas y cada una de las palabras. Así que la vieja también estaba impaciente por escaparse:
Sr. Director The Lady’s Magazine
30 de octubre de 1772
Sres. GGJ y J. Robinson
Pater-noster Row, 25
Londres
Estimados señores:
Les agradecería que incluyeran la siguiente nota en lugar atrayente y destacado de sus anuncios de empleo, en las páginas del próximo número. Adjunto dos chelines guardados dentro de un papel doblado en pago por sus servicios.
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