Antojo de violetas
XIII. De Stony Stratford a Londres
XIII
DE STONY STRATFORD A LONDRES
Del último domingo antes de Adviento a Adviento de 1772
Biddy Leigh, su diario
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En un lugar llamado Stony Stratford yo y el señor Loveday nos escabullimos a una feria. No se podía comparar con la feria de Chester, pero aun así era una alegre reunión. Había dorado pan de jengibre, un tiovivo para los niños y bufones que llamaban a gritos a todos para que viesen sus cerdos que sabían contar y sus reinas de las Amazonas y qué sé yo cuántas cosas más. Gracias a unos pocos peniques que el señor Loveday encontró en el bolsillo le echamos un vistazo a una sesión de fantasmas. Estaba la mar de oscuro dentro de la tienda de lona y el aire apestaba a humo de carbón disimulado con incienso. El bufón nos dio una larga charla llena de monsergas sobre cómo todos debíamos tener muchísimo cuidado de no mirar a los ojos a los espíritus si no queríamos caernos muertos. Luego por fin, con un relámpago de luz, la figura de un diablo salió temblorosa del humo. Todo estaba hecho con la mar de ingenio. El pobre señor Loveday hundió la cara en las manos y no consintió en mirarlo. No fue el único, pues muchas más personas gritaban de pánico y algunas se apresuraron a huir en tropel. Aunque yo le dije que era un artilugio como una linterna que hacía sombras, el señor Loveday no entendió ni miaja del truco.
—Yo siente mucho piensa cosas malas —contestó castañeteando los dientes—. Ahora diablo viene coge a mí.
Algunas veces a aquel chico le daba miedo hasta su propia sombra, de manera que lo convidé a un trago, y cuando bebió un poco de cerveza se tranquilizó. Yo llevaba todo el día inquieta por la noticia del señor Pars, que Sir Geoffrey había perdido la facultad de hablar y de moverse. La mar de raro me parecía aquello a mí. Como es natural, George se mofó de la enfermedad y dijo que no era sino lo que los viejos debían esperar si se casaban con jóvenes damas. Desde luego a mí me pareció raro que mi señora no dijese ni una palabra de ello y siguiese igualito que antes. En cuanto al señor Loveday, él estaba seguro de que un espíritu había entrado
en el señor, aunque yo no me lo creía. Yo había leído una gran lista de remedios en La joya de la cocinera y había descubierto que la apoplejía la provocaba un exceso de sangre en el cuello. Purgas y sangrías era lo que Sir Geoffrey necesitaba.
Entonces le pregunté al señor Loveday cuándo había entrado a trabajar con nuestra señora.
—Primero trabaja lacayo en casa de señor Quentin. Luego Lady Carinna quiere lacayo para ella ahora que casada y eso.
—¿De manera que estuvo usted allí el día de la boda?
—Yo va en coche. Yo queda puerta de iglesia.
—El día de la boda, ¿cómo estaba ella?
—¿Que cómo está? Como está.
Ay, Señor, aquello era como arrancar muelas.
—Quiero decir, ¿estaba contenta?
—Antes… parece que llora. Y después ella cara tranquila.
—Y Sir Geoffrey, ¿estaba contento?
El rostro de Loveday se plegó en una amplia sonrisa de dientes blancos.
—Él bebe mucho licores. —Se rio—. Señor Quentin, él viste a él, él pesa como piedra vieja. Cabeza duele muchísimo.
En ese preciso momento un chaparrón de granizo nos hizo volver como un rayo a la posada con la ropa llena de salpicaduras y el pelo de rata. Allí tuve la mala suerte de toparme de frente con mi señora y con Jesmire en el pasillo de la posada.
—¿Dónde has estado escondiéndote? ¿Y qué demonios es esa pinta que traes?
Jesmire meneó despacio la canosa cabeza. Era cierto que tenía la cara pelada por el helado granizo.
—El cutis se te echará a perder —se quejó mi señora mientras yo tiritaba delante de ella con el traje empapado—. Yo creía que las criadas del campo tenían el rostro lozano. Eso es lo que dicen todas las baladas. Muchacha, tengo agua de prímula en mi estuche de viaje, muy apreciada para mejorar el rostro. Te doy permiso para que vayas a mi aposento y cojas una taza de ella para que te la pongas en la cara. ¿Qué te parece?
Hice una reverencia y le di las gracias farfullando. En cuanto a Jesmire, pareció quedarse tan ofendida por la amabilidad de mi señora que aquello me alegró una barbaridad.
Una vez seca, me dirigí al aposento de mi señora mientras ella aún estaba abajo jugando a las cartas. El agua de prímula estaba en el cofre de viaje de mi señora, un curioso estuche lleno de toda clase de cepillos, borlas de polvos y botes de perfume y pomada. Sin dejar de admirar todas sus preciosidades, me eché una taza del agua de prímula. Luego, mientras me entretenía delante del buen fuego de la chimenea, me puse un toquecito de agua de colonia en el canesú. A continuación mi mano dio con una botellita color ámbar y la levanté para olerla. Se parecía un poco a una botella de boticario, y tenía el tapón bien apretado y una etiqueta que decía Aceite de sasafrás. Dentro había un aceite fragante y espeso con un olor que no era el de ningún aroma que yo conociese. De pronto una corriente fría que llegó de la entrada me dio ganas de estornudar, y por mucho que intenté contenerme, los estornudos estallaron como una ráfaga de disparos. Tras cerrar deprisa el baúl de viaje, me puse en pie de un salto justo a tiempo de ver una figura junto a la puerta. Era el señor Pars.
— My Lady —me dijo cuando me volvía.
Yo hice una reverencia y le conté que mi señora me había dicho que subiese a arreglarme la cara.
—Muy bien, Biddy. Nada más —contestó él, y eso fue la amabilidad en persona viniendo de aquel cascarrabias.
Después llegué a mi cuartillo debajo del alero del tejado y pasé un rato muy agradable adobándome la cara con el agua de cutis.
No volví a acordarme del aceite de sasafrás hasta la noche siguiente, cuando estaba acostada en mi jergón leyendo La joya de la cocinera.
Escudriñé las antiguas y temblorosas letras siguiéndolas con la punta del dedo. Allí estaba, entre una enorme lista de remedios para horribles pestilencias: Aceite de sasafrás. Di un bostezo, pero seguí leyendo e intenté adivinar para qué querría Lady Carinna semejante cosa. De cinco a diez gotas en azúcar para la sífilis y los flujos mórbidos. No podía ser, pues si ella tuviese una llaga, yo la habría visto. Muy bueno para aplicar a lobanillos y para el reumatismo, proseguía el remedio, y tras el parto y en la
obstrucción menstrual. Ninguna de estas cosas era probable, y en cuanto a haber parido hacía poco, su seno no tenía señales de leche. Entonces leí la última línea. «Una cucharadita del aceite produjo vómitos, estupor y colapso en un hombre joven».
Cerré a toda prisa el libro. De manera que mi señora tenía medios, si lo deseaba, para matar a su esposo. ¿Acaso sus vahídos no eran más que teatro? Al fin y al cabo, todos sabíamos que estaba gastándose alegremente el dinero de Sir Geoffrey sin pizca de conciencia. ¿Era posible que hubiese puesto una cucharadita de aquel aceite en la bebida del viejo?
La mañana siguiente escudriñé con atención a mi señora mientras ella dormitaba junto a Jesmire. A la fresca luz del día no podía creerme que hubiese envenenado a mi señor. Era joven y testaruda, pero a mí esas cosas no me parecían delitos. Quien no tiene fallos no tiene vida, es lo que yo pienso. Y ella era generosa, además, aunque la verdad es que me sentía incómoda con lo de aquel vestido color rosa rojizo. Joven y testaruda y rara.
Bueno, ya éramos dos entre aquellos viejales hipócritas. Sin embargo tampoco se parecía mucho a los nobles que yo veía en las posadas, pues se comportaba con dejadez y a veces tenía mal genio. Cuando olvidaba sus aires me parecía una muchacha bastante sencilla, que buscaba hacer fortuna, desde luego, pero no malvada.
De pronto sus ojos se abrieron, de manera que me volví rápidamente a mirar por la ventanilla.
—¿Soñando con tu casa? —preguntó.
Asentí, pues aquello me pareció lo más seguro.
—Mi verdadero hogar está lejos —continuó, suspirando mientras se incorporaba—. Un precioso lugar de Irlanda, donde nací. Pero cuando tenía cuatro años mi madre murió. La recuerdo como una dama frágil, vestida de blanco, tendida en una gran cama con dosel. Mi querido padre murió un año después, de la bebida, en las carreras de Crumlin.
Mantuve la boca cerrada, preguntándome por qué diablos me contaba todas aquellas tonterías.
De repente se echó hacia delante en el asiento y me miró como si fuese a comerme viva.
—¿Tienes buena memoria, muchacha? ¿Puedes repetir lo que acabo de decirte? Es un jueguecito al que me gusta jugar.
¿Qué clase de juego era ése? Sólo para complacerla, lo intenté.
—Nació Su Señoría en Irlanda. Vuestra señora madre está muerta, eso sí que es una triste historia, pues se murió cuando Su Señoría sólo tenía cuatro años. Y era una belleza pero frágil, ya ve.
—¿Y mi padre? —preguntó con viveza, como si no lo supiese.
—Vaya, pues se murió de la bebida en las carreras de Crumlin.
En ese preciso momento Jesmire empezó a moverse y a pasarse la mano por la babeante boca.
—Muy bien —repuso mi señora por lo bajo, y se echó hacia atrás para jugar con Bengo.
Entonces las dos se pusieron a hablar y, en cuanto a mí, me puse a soñar un rato con Jem.
Olí Londres antes de verlo. Lo llevaba la brisa, el olor a los excrementos que se recogen de noche para usarlos como abono y el olor a humo de carbón. Cuando nos acercamos más, llegamos a una gran colina y nos detuvimos en la cumbre. Tras bajarme de un salto me empapé del panorama para que no fuese a olvidárseme nunca. Ante nosotros estaba la inmensa capital de Inglaterra, desplegada como un centenar de ciudades unidas extremo con extremo, salpicada de torres que atravesaban los tiznados ventisqueros de humo. «Aquí», me repetí a mí misma, «está nuestra capital, la sede de la más alta sociedad y del rey Jorge y la reina Carlota de la Gran Bretaña en persona». Me pareció que jamás vería una vista más hermosa, ni en Francia, ni en Italia ni en todo el mundo.
Tardamos en entrar en el camino de Londres, tanta era la masa de carros, carretas, carruajes y caballos. Por encima de nosotros colgaba un centenar de letreros puestos en las fachadas de los edificios: Aquí se venden licores extranjeros, o Comerciante de té y géneros ultramarinos, o Aceite, productos italianos y encurtidos. Cafés, enseñas de tabernas, muestras de tiendas…, por todas partes se veían palabras pintadas que se referían a la comida y a la bebida.
El viejo George tuvo que hacer milagros para que nuestro coche pasase por los pelos entre los carros cargados y las carretillas callejeras que llenaban por completo la orilla del camino. Por fin entramos en una ancha calle llamada The Strand y vimos librerías, mercerías, tiendas de mapas, sombrererías y toda clase de comercios, todos haciendo resaltar su mercancía tras los escaparates, que parecían gabinetes de maravillas.
La casa del tío de Lady Carinna estaba en Devereaux Court, y no era ni de lejos tan grande como Mawton, pues no era más que una casa de ciudad con todo apilado en seis plantas de techo alto. El señor Pars me mandó a la cocina, y me dio mucha pena ver al señor Loveday desaparecer en el piso de arriba con su señoría.
El aire viciado, con tufo a grasa vieja y desagües tapados, que subía por la escalera me indicó todo lo que necesitaba saber sobre la cocina. Como hombre de buen tono, el señor Tyrone tenía un cocinero, desde luego, de manera que me produjo cierta satisfacción verlo sufrir por ello. El señor Meeks era un gordo seboso, tramposo y holgazán que le robaba todo lo que podía a su señor. Siempre que el señor Tyrone quería recibir, la cocina se llenaba de cestos y paquetes de mercancías, todos traídos de las pastelerías y las tabernas. Lo único que él hacía era emperejilar la comida con sus dedos ribeteados de negro y disponerla en los platos del señor Tyrone como si la hubiese cocinado toda él mismo. En cuanto a las monedas de plata que pasaban a la palma de la mano de aquel pillo, era como si el fulano las acuñase. Pero aunque Meeks no sabía guisar, yo al menos aprendí lo que sus proveedores preparaban. Una noche vi un enorme pudin transparente todo cubierto de naipes hechos de manjar blanco endurecido, un maravillosísimo capricho. El chaval que lo trajo me contó cómo se hacía y de esa manera conseguí una refinada receta de Londres. Meeks nos oyó y se acercó anadeando para admirar los naipes tan bien pintados.
—Anda, pero si no había visto ese dulce desde la noche de juego que le preparamos al borrachín de Sir Geoffrey —dijo en tono fanfarrón, y se rio de ver que yo volvía al instante la cabeza al oír el nombre de mi señor—.
Anda que no arreglamos el salón como un club de primerísima… —añadió, mofándose—. El viejo picó como un pardillo. Tú conoces la historia, ¿eh, joven Biddy? ¿Cómo le endilgaron la señorita Carinna a tu señor?
No le di la satisfacción de contestarle, pero el pensar en mi viejo señor metido en aquella cueva de ladrones hizo que me avergonzase, aunque no sabía por qué.
Por fin, una noche el señor Loveday asomó la cabeza por la puerta de la trascocina, donde yo estaba fregando un montón de platos alto como una montaña.
—¿Cómo usted, señorita Biddy?
Me sequé las manos en el delantal y tomé su mano en la mía, tanto me alegró el verlo.
—Estoy lista para salir, señor Loveday. ¿Por qué demonios esperamos aquí día tras día? Creía que teníamos que coger un barco en Dover.
Sin hacer ruido, mi amigo cerró de un tirón la puerta tras él.
—Usted escucha, mañana todo el mundo aquí va a desfile real. Yo va tiendas. Usted viene conmigo, ¿usted no cuenta?
Le habría dado un beso por acordarse de mí. Y a pesar de que era casi medianoche cuando me metí, cansada, en mi jergón del cuartillo de la cocina, apenas pude dormir pensando en el día siguiente y en mi libertad.
—Antes de irnos —le pedí al señor Loveday la mañana siguiente, cuando vino a por mí después de que los otros se hubiesen marchado—, hágame el favor de dejarme echar una ojeada a la casa. Desde que llegué aquí no he visto más que corredores oscuros. Si alguien vuelve, diremos que estoy ayudándolo a usted.
Mi amigo vaciló, pero yo sabía que no tenía valor para negarme ni miaja. Y qué alegría subir la escalera de servicio y encontrarme en el alto y espacioso vestíbulo del señor Tyrone, admirando la escalera dorada, el enorme farol y el bonito suelo enlosado. Aunque la casa era vieja, la decoración era mucho más hermosa que la de Mawton; las paredes estaban pintadas de azul cielo y tenían lindas figuras de adorno que parecían moldeadas en azúcar.
Subimos de puntillas al comedor. Sobre la larga mesa de caoba había una inmensa ponchera de cristal, y la plata brillaba a la luz de la mañana. Me imaginé aquella mesa bien puesta, las velas bailoteando en los espejos, la
porcelana llena de mi mejor comida… Juré que algún día prepararía un elegante almuerzo con todo el esmero que semejante mesa se merecía.
—¿Qué habitación es ésa? —pregunté al ver otro aposento con cortinajes de terciopelo, corridos aún para no dejar pasar el día. En él había varias butacas acolchadas que debían de ser como nubes al sentarse, dispuestas alrededor de unas delicadas mesas de juego con tablero de piel
—. ¿Es el salón donde recibieron a Sir Geoffrey?
Mi amigo pareció disgustarse.
—Usted acompaña a mí, señorita Biddy. Nosotros va.
Pero yo no pude detenerme: entré en la habitación, que olía a tabaco rancio y a polvo acumulado. Tras alzar la gruesa cortina, abajo en la calle no vi indicio de que volviese nadie.
—¿Qué pasó cuando Sir Geoffrey estuvo aquí? ¿Estaba usted trabajando esa noche?
A regañadientes, el señor Loveday me siguió hasta dentro.
—Nosotros va ya. No permitido. Yo no recuerda.
—Sí que lo recuerda usted. Se lo veo en la cara.
Con gesto abatido, miró a su alrededor.
—Vamos, cuénteme —insistí, animándolo.
Entonces, de muy mala gana, respondió:
—Sólo porque usted mi amiga. Yo cuenta.
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