Antojo de violetas

Martine Bailey · Capítulo 4 de 42

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Antojo de violetas

IV. La cocina, Mawton Hall

IV

LA COCINA, MAWTON HALL

El día antes de la Noche de Ánimas, octubre de 1772

Biddy Leigh, su diario

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Aquella Jesmire sí que seguía aún en mi cocina, observando la hilera de pastelones estropeados. Estaba dándose toquecitos con un pañuelo en la punta de la rosada nariz.

—¿Qué demonios son?

—Un pequeño accidente —respondí yo con brusquedad—. Bueno, ¿qué desea usted?

—Lady Carinna pide algo de pollo bien cocinado —anunció, frunciendo sus labios de vinagre—. Pero tendrás que hacerlo mejor que esto. Éstos están fatal.

Oh, qué avergonzadísima estaba yo de que los hubiese visto siquiera.

—Claro que haré todo lo posible por complacerla, señora.

Con un resoplido, mi visitante empezó a escudriñar la cocina.

—Bueno, el pollo aderézalo lo mejor que puedas. Es para una boca de gourmand, te lo aseguro.

Un desagradable asomo de sonrisa le bailoteaba en los labios.

Yo, que había estado mirándola de arriba abajo, me dije que aquélla era tan criada como yo. Estaba claro que su elegante vestido verde era una prenda usada que le quedaba demasiado grande. Una sardina disfrazada de nata, como diría la señora Garland.

Dejé de asentir con la cabeza y le lancé una mirada feroz.

—¿De manera que usted lo llevará arriba, pues?

Habrías pensado que le había dicho que se pusiese a limpiar el suelo.

—¿Yo? Vamos, pero si yo no he cogido un plato en mi vida. Loveday, el lacayo de mi señora, bajará a por él. Yo salgo en el coche ahora mismo.

Venga, ponte a ello, muchacha.

¡Insolente! Me devané los sesos recordando los buenos platos antiguos que la señora Garland solía prepararle a Lady Maria. Escogí el fricasé, pues

tenía un elegante sonido francés. Doré el pollo en la sartén y lo adorné con los aderezos apropiados.

No vino nadie. Aquel lacayo de Lady Carinna…, ¿también era tan de primera que no podía hacer mandados? Solté una maldición y envié arriba al mozo del vestíbulo. Al poco su adormilada cabeza volvió a aparecer.

—Allí no hay nadie, Biddy.

Tras darle una colleja opté por subirlo yo misma. En Mawton no había escalera de servicio para que no nos viesen a los criados, aunque por entonces yo no me paraba a pensar en lo descortés que debía de parecerles aquello a los londinenses. Desde mi primer día de empleo me encantaban las almenas y las ruinosas torres de Mawton, las antecámaras con paneles de madera negra y las crujientes escaleras. Estaba construido como las grandes casas de hacía cientos de años, con partes nuevas apiñadas alrededor de un frío torreón de los tiempos del Conquistador. Pasar de la escalera era un placer excepcional para mí, como visitar un palacio maravilloso: una oportunidad de sentir las suaves alfombras turcas bajo los pies y mirar con asombro las relucientes arañas de peltre.

En la escalera los cuadros me hicieron ir más despacio. Allá en alto, dentro de un marco dorado, Sir Geoffrey tenía un aspecto señorial vestido con su largo traje de armiño, y mucho más agradable a la edad de cuarenta años que ahora, que tenía más de sesenta. Sin embargo ya entonces las mejillas chupadas y los labios finos anunciaban su ruina venidera. ¿Qué diablos coronados pensaba la joven esposa de su reciente marido? Recordé la primera vez que lo había visto en este mismo lugar. No mucho después de llegar a Mawton me habían llamado arriba para que ayudase a escoger hierbas para perfumar la ropa blanca. Después me creí sola y me entretuve admirando estos mismos cuadros. Cuando oí el sonido de los golpecitos de un bastón cada vez más cerca me quedé petrificada. Era demasiado tarde para bajar corriendo, de manera que me eché atrás y me pegué a la pared mientras el mismísimo Sir Geoffrey aparecía por encima de mí. Lo vi sólo un momento, pero su semblante era tal que jamás lo olvidaré. A diferencia de su retrato, era una pena de hombre, con el pelo cano colgando en grasientos mechones y la espalda encorvada bajo una desteñida casaca de terciopelo. Dos descoloridos ojos se alzaron en su roja cara para mirar los

míos un instante, y enseguida se entornaron con irritación. Los bordes de los ojos, tanto el de arriba como el de abajo, estaban extrañamente colorados.

De pronto resonaron en mis oídos las instrucciones de la señora Garland:

«Biddy, si alguna vez te encuentras con el señor, vuélvete de cara a la pared». Me apresuré a dar media vuelta, agaché la cabeza y, con los ojos cerrados muy fuerte, recé para que no me hablase. Sir Geoffrey se acercó pesadamente, dando golpes sordos en el suelo con el bastón y arrastrándose tras él. Mientras yo contenía el aliento, pasó por delante como una helada que cubriese poco a poco la noche. Según decían, mucho tiempo atrás era una persona amable. «Cuando se casó con Lady Maria convidó a todo el pueblo a un buey asado», me había contado la señora Garland. Sin embargo yo sólo conocía historias de borracheras y peroratas feroces a todo el que se cruzaba en su camino. Me dio lástima de la joven señora, huyendo hasta aquí y temiendo el regreso de él.

Junto al retrato de Sir Geoffrey había un cuadro muy bonito de su primera esposa, Lady Maria, con el tímido rostro pálido como una perla.

Toda ella estaba muy adornada con joyas y encajes, y en el corazón del cuadro sus finos dedos acariciaban el rubí llamado la Rosa de Mawton. El rubí llevaba centenares de años guardado en Mawton, desde que un antepasado de Sir Geoffrey lo arrancó de la tumba de un santo. Estaba muy bien pintado, cada centelleo brillaba como si estuviese delante de tus ojos.

La tonta patraña era que la joya había roído las fuerzas de Lady Maria, de manera que todos sus nenes se malograron y ella misma murió con menos de veinticinco años.

La señora Garland la había conocido cuando llegó a Mawton. Una estupenda confitera, la llamaba, y decía que era cierto que la pobre señora había llevado puesta la joya día y noche hasta que por fin Sir Geoffrey se la quitó cuando yacía fría en su ataúd. Llevaba mucho tiempo muerta, desde luego, sin que nadie se acordase de ella salvo nosotras, que usábamos como cosa propia las ruinas de su vieja y preciada destilería.

Ningún lacayo aguardaba a la puerta de Lady Carinna, de manera que no tuve más remedio que llamar. Nadie contestó, de manera que llamé otra vez.

Por fin oí una voz débil. Dentro encontré a Lady Carinna sola del todo.

«Malditos sean los mondongos», solté por lo bajo. No estaba nada acostumbrada a servir a la gente fina.

— M’Lady. —Me devané la sesera buscando palabras corteses—. Os traigo la cena.

Estaba recostada en la inmensa cama de cuatro postes, casi oculta por las retorcidas columnas y el brocado azul. En la habitación había tantas telas y cofres por todas partes que tuve que tener la mar de cuidado con la bandeja cuando me dirigí hacia ella.

Lady Carinna movió apenas un lánguido dedo hacia la mesa que estaba junto a la cama. Puse allí la bandeja y eché un rápido vistazo alrededor. Mi señora estaba bien repantigada en la cama, vestida con una bata abierta color lila y enseñando un par de medias blancas con las plantas grises de suciedad. Esparcidos sobre la colcha estaban los restos de un pastel y una pringosa corteza de jamón. La verdad, me entraron ganas de bufar, tanto me molestó que se hubiese traído su propia cena.

Tenía la vista clavada en una carta, con el ceño fruncido entre las pintadas cejas. Además había rastros de lágrimas en los círculos rosados que le rodeaban los ojos. Yo estaba tan ocupada en mirarla boquiabierta que casi solté un grito cuando de repente uno de los montones de seda cambió de forma y se movió. Una fea carita asomó por debajo de las mantas. Era aquel puñetero perro.

Mi señora olisqueó el plato e hizo una mueca.

—Quita todo eso —dijo, señalando mi imponente aderezo de pan tostado y crestas de gallo.

Algunas personas no distinguen la buena comida ni aunque la tengan delante.

—Córtalo en pedazos —me ordenó cuando yo hice una reverencia, dispuesta a marcharme.

De manera que me puse a cortarlo, admirada de que una señora como ella no supiese manejar el cuchillo siquiera. Con otra pequeña ondulación del dedo me mandó que me acercase con el plato. Y luego tuve que quedarme quieta como un centinela sosteniendo el plato durante diez minutos enteros mientras ella le daba al perro mi pollo perfectamente

fricaseado. ¿Qué había dicho la vieja cobista? «Es para una boca de gourmand, te lo aseguro».

Válgame el cielo, algún día me pagaría aquello.

Siempre que el perro distraía a su ama yo miraba alrededor. Lady Carinna había dejado la carta que tanto le interesaba y la había doblado, de manera que no saqué nada en claro de ella. Que había estado intentando contestarla lo supe por las bolas de papel tiradas por el suelo. Hice todo lo posible por ver lo que ponían y descubrí que uno de los arrugados fragmentos se leía un poco. Estaba tachado tan fuerte que se había roto el papel. A pesar de los muchos borrones de tinta, me esforcé cuanto pude por descifrarlo:

Aquello no tenía ningún sentido para mí, pues sólo quedaba un galimatías de palabras. Pero hasta yo comprendía la infelicidad de Lady Carinna. ¿En qué pensaba Sir Geoffrey para causarle esa tristeza a la muchacha? Sí que era un caso trágico de veras.

Por fin el perrillo apartó la cara con un pequeño ladrido de mal genio.

Lady Carinna volvió a echarse en los cabezales, la mar de agotada.

Mientras miraba al aire con gesto distraído, se mordió las uñas, que tenía manchadas de sangre hasta la raíz. Imaginé que su buena apariencia pasaba por belleza en Londres, pues tenía el cutis liso como un huevo duro. Sin embargo sus labios de botón de rosa estaban agrietados bajo el carmín, y en el pelo, que le llegaba casi a los hombros, le quedaban pocos polvos.

Entonces recordé que era una esposa recién casada y abandonada, y que había que compadecerse de ella.

— M’Lady, ¿no hay una miaja más que pueda traeros?

Ni siquiera me miró, se limitó a negar con la cabeza mientras cogía la carta para leerla otra vez. Retrocedí hasta la puerta.

—Espera. ¿Me traes de éstas? —Cogió una caja de confites adornada con cintas—. Jesmire —dijo, como si el nombre le supiese a limón amargo

— ha ido a buscar algunas, pero dudo de que lo consiga.

—¿Puedo ver?

Vacilé y luego, ante su inclinación de cabeza, me adelanté a escudriñar el interior de las profundidades, tapizadas con papeles. De la caja de madera subía una fragancia a azúcar del mejor y un aroma que parecía latir y tan pronto deleitaba como resultaba desagradable, como a melaza quemada.

—¿Pastillas de violeta? —aventuré.

Tomé su silencio por asentimiento.

—No las encontraréis por aquí —le expliqué—. Pero puedo probar a hacerlas. —Aún me hervía la sangre por lo que me había molestado lo del fricasé—. Bueno —añadí, y me encogí de hombros—, haría una cosa así, parecida. Me precio de poder cocinar casi cualquier cosa que pruebo.

Me precio. Palabras vanidosas.

—¿Qué has dicho? Maldita sea, muchacha, apenas comprendo tu confuso modo de hablar. ¿Tú sabrías hacerlas? —A juzgar por su mueca habrías creído que yo le había dicho que se las prendiera en el pelo—.

Bueno, éstas son de El Árbol del Cacao, de Covent Garden. ¿Has oído hablar de ese establecimiento?

Sin duda esperaba que me rascase la cabeza como una verdadera mentecata de campo.

—¿El Árbol del Cacao de Covent Garden? Vaya, es la mejor confitería de la capital, y vende bombones, macarons, frutas escarchadas y helados —

respondí con mi voz fina de leer.

Yo llevaba examinando con atención mucho tiempo el anuncio que salía en la London Gazette del señor Pars cuando él la dejaba junto al hogar de la cocina. Era un anuncio precioso, con dibujitos de conos de azúcar, heladeras y hombrecillos ocupados en cocinas maravillosas.

—Bueno, eres toda una mona de imitación, ¿no?

Sentí su atenta mirada como algo que me reptase por la piel. Por debajo de sus maneras perezosas, Lady Carinna tenía ingenio en abundancia.

—Pero creo —me apresuré a añadir— que necesitaría una para copiarlas.

—¿Qué se pierde? —Dio un suspiro y volvió a dejarse caer sobre la almohada—. Coge una. ¿Tu nombre?

—Biddy Leigh, M’Lady.

Hice una profunda reverencia.

—Coge una —repitió—. Pero si no haces una copia perfecta, Biddy Leigh, tendrás que mandar pedir a Londres una caja entera y pagarlo todo de tu sueldo. ¿Comprendes?

Sentí una palpitación de alarma. Una elegante caja como aquella me costaría el salario de un trimestre.

—¿Comprendes? Una copia perfecta. No sólo… ¿qué es lo que has dicho? Una cusa ashí, paresida.

Su remedo de mi manera de hablar la hizo echarse a reír, una áspera risilla sofocada que no me gustó ni miaja. ¿De veras sonaba yo como una bruta estúpida?

—Sí, M’Lady.

Volví a hacer otra reverencia y me deslicé el confite en el bolsillo.

Cuando me daba la vuelta para salir vi que sujetaba al perro cascarrabias y empezaba un juego nuevo. Lo hizo bailar sobre las patas traseras mientras ella sostenía uno de los preciados confites de violeta, hasta que, con un gorgoteo, la pastilla desapareció.

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