Antojo de violetas

Martine Bailey · Capítulo 15 de 42

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Antojo de violetas

XV. La cocina, Devereaux Court

XV

LA COCINA, DEVEREAUX COURT

Adviento, diciembre de 1772

Biddy Leigh, su diario

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Una noche alguien estaba armando ruido en la cocina, de manera que encendí una vela y salí de mi alcoba. Era aquel señor Kitt, un guapo mozo, tanto que cuando me hizo preguntas en el comedor yo me había puesto toda nerviosa. Ahora hurgaba en las malas canastas que había junto al mugriento sillón de Meeks.

—Señor, ¿necesita usted alguna cosa?

Él alzó la mirada con sobresalto.

—Ah, eres tú, Biddy. ¿Dónde guarda Meeks el licor?

Abrí las puertas de hierro del fogón donde Meeks escondía las botellas medio vacías que guardaba para su propio disfrute. El joven caballero me miraba fijamente, igual que la primera vez que lo vi. Ay, Señor, ojalá hubiese tenido tiempo de peinarme y ponerme algo más que la camisa, que apenas tapaba mi recato. Cuando le busqué un vaso, me dijo que cogiese otro yo también.

—Huy, ni miaja para mí, señor.

—Vamos, Biddy —insistió con voz suplicante—. He pasado una noche infernal. He perdido todas mis monedas en la mesa de juego. Tómate una copa conmigo, ¿quieres?

Su ofrecimiento me convenció, pero primero fui a por un mantón y me lo puse en torno a mi persona. Cuando volví él me había servido un vaso colmado, y me hizo señas para que me sentase a la mesa frente a él.

—No puede resultarte agradable, Biddy, estar aquí abajo con Meeks.

Me pregunté si estaba burlándose de mí, pero me miraba con gesto muy simpático.

—Pues sí que eso es muy cierto, señor.

—Por que nos cambie la suerte —dijo rápidamente alzando su vaso, y yo alcé el mío también. Después vació el suyo y lo llenó otra vez—. Bueno,

así que te vas a esa excursión a Italia con mi hermana. Debe de ser toda una mejora de tu fortuna, ¿no?

Yo sabía que él debía de tenerme por una mentecata de campo, de manera que respondí:

—Yo creo, señor, que por muy estupenda que sea la fortuna de alguien, siempre puede mejorarse.

Durante unos instantes me dirigió una mirada pensativa.

—Brindo por eso.

Se bebió el vaso de un trago y volvió a llenarlo.

—¿Sabías que mi hermana y yo hemos pasado muchas horas en esta cocina? La casa la han reformado, pero cuando vinimos aquí el cuarto de los niños era frío como una tumba e igual de alegre. Carinna sólo tenía cuatro años, y yo apenas empezaba a andar. Era un lugar horrible.

A la luz de la vela sus ojos eran muy transparentes y la mar de agradables y bonitos. Y con su trato cercano me dio la curiosa impresión de que deseaba ganarse mi confianza.

—Nuestro tío no era ni mucho menos hombre de corazón tierno, ni siquiera entonces. Estoy seguro de que los criados debéis de hablar de él.

Juro que nunca seré como él.

Pronunció estas últimas palabras en tono tan feroz que pensé en lo niño que era de espíritu, mucho más joven que yo y que Carinna. Acostumbraba a hacer estas pequeñas pruebas de hombría que a mí me parecían un poco tristes y dulces.

—Una noche —prosiguió— el tumulto era tan fuerte que Carinna y yo bajamos con sigilo y miramos a hurtadillas por esos mismos balaustres, vestidos con nuestros camisones de dormir. Aquí abajo había una gran reunión de criados que cenaban las sobras de mi tío en una marmita de todas las naciones, cantando y brindando delante del fuego. Así que imagínanos a mí y a Carinna comiendo pastelón de ciruelas y bebiendo nuestras primeras copas fuertes, bien llenas, con dedos que apenas podían sostener un vaso.

Se rio en voz baja al recordarlo. Yo dije que sí con la cabeza, atraída en verdad por su voz educada y melosa.

—Fue aquí donde aprendí los grandes juegos de azar con los mejores profesores: el catch-dolt, el tick-tack, el hazard. Incluso bailábamos para ellos cuando se recogía la mesa, dos chiquillos brincando al son de un flautín. Cuando yo saludaba con una inclinación y Carinna hacía una reverencia el clamor casi levantaba el tejado.

Se calló un instante y acarició la tosca mesa, como si invocase a aquellos pequeños fantasmas. Luego abrió una segunda botella y se sirvió más, pero yo sólo me puse una pulgada. El licor no tardó en volver a soltarle la lengua mientras clavaba la mirada en la oscuridad.

—Nos trajeron aquí desde la propiedad familiar de Irlanda. Carinna se acuerda un poco de Ormond, mil acres perfectos con una magnífica casa de piedra. Antes hablaba de ella, de lo imponente que era. Es un renombrado territorio de caza. Es donde nací y donde juro que daré mi último suspiro.

Ahora mi tío, maldito sea, la tiene arrendada. Pero yo la recuperaré.

Se quedó en silencio, con la vista clavada en el fuego.

Yo pregunté:

—¿Y eso cómo va a ser, señor?

Alzó deprisa la mirada.

—Oh, las fortunas pasan de mano en mano cada día. Mi suerte en el chaquete cambiará. Y cuando cambie, tendremos Ormond de nuevo.

Volvió a encorvarse y miró fijamente el vaso. De pronto, sin venir a cuento, preguntó:

—¿Has averiguado ya por qué mi hermana se va de Inglaterra?

Me miró con los ojos entornados entre el pelo que le caía en la cara, y luego se lo peinó hacia atrás con los dedos crispados.

Meneé la cabeza.

—Señor, es que ella no me hace confidencias.

—¿Me lo dirías si lo supieras?

Sonrió con gesto vacilante.

—Con perdón de usted, señor, pero ¿de veras no sabe por qué su hermana se dirige a Italia?

Hizo una mueca, confuso.

—¿Acaso para escapar de su marido?

—Pero si está enfermo en cama, allá en Irlanda. Ella no tiene necesidad de viajar, señor.

Él asintió con una leve inclinación de cabeza y luego se mordió el labio inferior.

—Creía que los criados lo sabíais todo.

—Por lo visto no, señor.

—Pero tú sí que tienes medios para saberlo. Escuchar tras las puertas. Y

registrarle las cosas.

No me moví ni una pulgada.

—Biddy —insistió muy serio—, ¿sería un pecado tan grande echar una miradita? ¿Para que me quede tranquilo?

—¿Qué le hace pensar que yo haría semejante cosa?

—¿No te gusto un poco? —Me dio una palmadita en la mano y luego dejó la suya encima—. Me parece que nos llevamos bien. Tú me gustas. Mi hermana ha hecho bien en traerte.

Entonces volvió a callarse. Yo estaba allí la mar de confusa, con su mano aún sobre la mía. Me sentía halagada, ya lo creo, pero pensaba en el peligro también.

—Hace frío —dijo con voz inexpresiva, conteniendo un escalofrío como si volviese a recordar una calamidad.

—Le atizaré el fuego, señor.

Me levanté para coger el atizador, y la llamarada de anaranjado calor lo despertó. Se puso de pie y me rodeó flojito los hombros con el brazo. Yo me quedé rígida de alarma. Luego trató de acercarme a él mientras cerraba los ojos y me susurraba al oído:

—¿Me ayudarás, Biddy?

Retrocedí para apartarme y choqué contra la mesa. Él me agarró por detrás mientras yo me retorcía intentando soltarme, sintiendo que con el brazo me rozaba los saltarines pechos.

—No, señor. ¡No!

Era retozón como un potrillo. Pero yo era fuerte y le di un buen codazo en las tripas. Se quedó doblado. Con otra sacudida, me vi libre.

—No seas tan coqueta —dijo jadeando—. Creía que yo te gustaba.

Me volví para mirarlo de frente, con la camisa toda torcida.

—Me gustaba usted más cuando no se me echaba encima.

—Oh, Biddy, anda, sé buena. Nadie te castigará. —Trató de cogerme la mano—. Te juro que no voy a hacerte daño.

—Sí, y los burros vuelan —le espeté, retrocediendo hasta las sombras.

Era más rápida que él y en tres pasos había llegado a la oscura entrada de mis dependencias. Me persiguió dando traspiés, pero en un instante yo ya le había echado bien el cerrojo a la puerta. Mientras escuchaba sus aporreos no pude evitar reírme al pensar en que él, el señorial Kitt Tyrone, hubiese venido corriendo tras de mí.

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