Antojo de violetas

Martine Bailey · Capítulo 17 de 42

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Antojo de violetas

XVII. De Londres a Dover

XVII

DE LONDRES A DOVER

Pascuas, diciembre de 1772

Biddy Leigh, su diario

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Me cantaba el corazón al abandonar la ciudad. Los caballos iban veloces al trote por el llano camino de portazgo que salía de Londres. En cuanto al hermano de mi señora, Kitt, ¿qué le parecería a su señoría que me persiguiese? Era un fulano la mar de guapo, con su chaleco de lentejuelas y sus fruncidos volantes de batista. El mismísimo aroma de la alta sociedad se pegaba a su voz melosa y a su palidez de ciudad. No es que yo hubiese olvidado ni miaja a Jem, sólo era que me sulfuraba que en Londres no hubiese noticias de él en una carta. Y Kitt Tyrone era en verdad el primer hombre de posición que se fijaba en mí. Cada vez que miraba la cara de mi señora veía las distinguidas facciones de él pintadas allí.

—¿Qué demonios miras, muchacha? —me soltó bruscamente mi señora, interrumpiendo una ensoñación que podía haber escrito la atrevida Eliza Haywood en persona.

—Ni miaja, M’Lady.

—Pues sí que… Cuando te dirijas a mí, Biddy, debes decir My Lady correctamente.

Hice todo lo posible por darles forma a mis labios, aunque los sentía como una tiesa vejiga estirada sobre un bote de mermelada.

— Ma Lady.

—¿Tú estás segura de que sabes leer?

—Sí, pues claro está que sé —respondí, alzando la barbilla. En ese momento recordé quién era—. M’Lady —rezongué.

—Bah. Y encima, embustera —intervino Jesmire entre dientes.

Mi señora rebuscó por el asiento del coche y de pronto me metió un periódico en la mano.

—Pues adelante. Lee.

—Un sombrero, una casaca, un zapato —pronuncié con esmero—, considerados aptos para que los lleve únicamente un bisabuelo, apenas los

viste un dictador de las modas… —Alcé la vista y la señora me instó a continuar con un aleteo de sus largos y blancos dedos—, lo adoptan por igual desde el primer lord del Tesoro hasta el aprendiz de Houndsditch.

De aquello no se rieron, pues lo había hecho sin falta ninguna. Mi señora me arrebató de un tirón el periódico.

—Y entonces, ¿por qué has leído eso tan bien? Se entendía perfectamente.

Eso tuve que pensármelo. Yo no quería explayarme contándole cómo la viuda Trotter me ayudó a imitar su refinada voz. Me decía siempre que yo tenía un don natural.

—Es que no son palabras de las mías, M’Lady. Cuando leo algo de un papel lo digo como una maestra de escuela, toda remilgada.

Lady Carinna se apoyó en el respaldo, con un frunce entre las cejas.

—Así que si te escribo lo que tienes que decir como el texto de una obra de teatro, ¿lo recitarás de forma correcta?

—Eso espero, M’Lady.

Y de esa manera pasó una hora en una especie de juego, en el que ella me escribía unas líneas al dorso de un viejo almanaque y yo las hacía sonar de manera bien correcta. Y la verdad es que no era un plan ni miaja malo, tampoco, pues a ambas las sorprendí con mi sagacidad. Cuando oscureció fuera yo anuncié con perfecto acento londinense: «Señoras y señores, la cena se servirá en la sala».

Jesmire se quedó la mar de molesta al oírme leer tan maravillosísimamente. Entonces me vino la idea: Jesmire pensaba que mi señora me instruía para que yo ocupase su puesto. ¡Como si yo fuese a abandonar alguna vez los placeres de la cocina por una vida de agujas y horquillas! De manera que todo el rato, mientras la vieja murmuraba hojeando las páginas de su gaceta de Londres, me sentí orgullosa de que mi señora estuviese contentísima con todo lo que yo hacía. No me paré a preguntarme si no estaría más segura manteniéndome bien lejos de ella.

Lo siguiente fue que todos atrapamos unos resfriados tremendos, de manera que a partir de entonces continuamos nuestro camino entre resuellos y moqueos hasta Dover. Habrías pensado que mi señora estaba muriéndose

por la manera en que se quejaba de los baches que sacudían el coche y de los horribles dolores de cabeza que soportaba. El señor Pars estaba de mal humor también, y maldecía a los posaderos que imponían enormes precios a quienes no podían tomar otro camino para ir a los puertos. A las mismas afueras de Dover nos detuvimos en una posada, y probé a la carrera unos deliciosos pescados fritos llamado eperlanos y unos arenques servidos con las colas en las bocas. Después yo y el señor Loveday salimos a ver el océano. El viento soplaba tan fuerte que me silbaba por entre los dientes, y el mar estaba horroroso: una inmensa llanura de agua que no paraba de chapotear como una olla hirviendo a fuego lento. Por fin el resfriado se me había pasado lo bastante como para sentir el sabor del mar en la lengua.

Tenía un extraño regusto a verdura salada.

Los dos nos quedamos mirando el sombrío horizonte, donde no había ni rastro de aquellas famosas costas de Francia. Entonces el señor Loveday me dio un suave codazo y señaló dos figuras que se enfrentaban al viento allá al extremo de la playa. Entorné los ojos y vi que las siluetas se parecían mucho al señor Pars y a mi señora…, aunque sería raro que aquellos dos diesen alguna vez un paseo juntos. Parecían estar peleando como el perro y el gato, y la dama, vestida con su ondeante capa, alzaba los brazos furiosa.

Cada pocos pasos el hombre meneaba la cabeza y se detenía a pronunciar palabras que no llegaban hasta nosotros. Al cabo de unos minutos él se alejó con paso trabajoso y desapareció. La mujer se quedó sola en la playa, observando las olas grises que le buscaban las faldas. Estaba demasiado lejos para poder asegurarlo, pero habría apostado a que era mi señora, pues su capa gris era del mismo tono, aunque tenía la capucha subida para taparse la cara.

—Si son ellos, ¿por qué salen aquí en lugar de hablar junto a la chimenea del salón? —le pregunté al señor Loveday mientras volvíamos deprisa a la posada.

Mi amigo se ajustó bien la delgada casaca por los codos sin dejar de andar con aire desgarbado. Cabizbajo, dijo una cosa que no acabé de oír.

—¿Cómo?

—… el viento, demasiado difícil oye…

Yo fui detrás de su encorvada espalda y no volví a pensar en ello.

La intención del señor Pars era encontrar posada en Dover y desde allí comprar pasaje en el paquebote que iba a Francia. Pero todas las posadas adonde llegábamos hervían de viajeros, alojados de manera temporal hasta que cambiase el viento y los barcos pudiesen zarpar. Para empeorar las cosas sólo estábamos a dos días de Navidad. Fui a ver las confiterías y todas las escarchadas maravillas de tartas de Epifanía y frutas en almíbar que llenaban hasta el último cuadrado de vidrio de los escaparates.

Cada vez que regresaba de sus pesquisas el señor Pars traía la cara abatida y meneaba la cabeza. En el hotel York cenamos sin saber dónde iríamos a dormir. Era un lugar ruidoso y destartalado, y el vendaval silbaba por entre las persianas con un continuo gemido. Nuestro grupo estaba arriba en el salón, mientras que yo y Loveday bebíamos cerveza matarratas en un cuarto de abajo. Yo estaba harta de patear el mundo y añoraba el viejo fogón de Mawton y tomarme un plato de té, con los dedos de los pies puestos en el guardafuego.

Fue el viejo Pars quien nos salvó, pues conoció a cierto señor Harbird, un caballero de Dover que le ofreció a mi señora alojarse en su propia casa hasta que saliesen los barcos. Casi a medianoche seguimos al mozo de cuadra del señor Harbird por un sendero oscuro como boca de lobo, todos bostezando ruidosamente y bendiciendo al caballero por su espíritu navideño.

El día siguiente todos despertamos en Waldershore House, una gran casa solariega de piedra gris con tejado a dos aguas y labrados sombreretes de chimenea. Allí no había ni miaja del moderno enlucido blanco y adornado, sólo paneles de roble de pliegues y descoloridas alfombras puestas en las paredes para no dejar pasar el frío. El señor Loveday me dijo que a Lady Carinna no le gustaba aquella ruina vieja, como la llamaba ella, pero a mí me pareció una mejora la mar de grande comparada con las desvencijadas posadas.

Entonces, para mi deleite, el señor Harbird dijo que yo debía ayudar con los platos de Navidad, pues andaban escasos de personal experto. Cincuenta personas estaban invitadas: la reunión más grande para la que yo había cocinado nunca. «A ver quién me lo impide», me dije. Ay, si la señora

Garland hubiese estado conmigo, habríamos estado las dos más contentas que unas pascuas.

La cocina de Waldershore tenía un hogar tan alto como para meterse dentro de pie y, delante de él, tres grandes asadores giratorios que salían de las paredes. Estaba abarrotada con una variada cuadrilla de una docena de mujeres y niños, algunas viejas reviejas y otras, mozas jóvenes que reían con risitas tontas y hacían bobas muecas. Me temblaban las piernas bajo las faldas cuando les dije quién era yo tratando de hablar con claridad, pues mi habla norteña las confundía. Me dieron la bienvenida con bastante amabilidad, pues precisaban gente diestra; el ama de llaves de la casa estaba fuera con una hija enferma.

Por suerte, había algunas mujeres versadas en materia de Navidad. Una de pelo entrecano, llamada Nanny Faggeter, era quien las mandaba. Ella hizo los pasteles de Navidad mientras otras desplumaban aves de corral y preparaban tartas y púdines. En cuanto a los niños, los pusieron a vigilar los fuegos y a lavar las ollas. Pasé una mañana feliz haciendo los rellenos, los pasteles finos y las masas. Después del almuerzo, un par de jóvenes solteras la emprendieron con I Saw Three Ships, y pronto todo el mundo las acompañó en coro. Yo cantaba y tarareaba sin dejar de trabajar, todo el tiempo calculando tiempos de cocción y evocando los caprichos navideños que había en las páginas de La joya de la cocinera. Para las tres en punto teníamos diez grandes tableros llenos de montones de comida hecha, y All Bells in Paradise resonándonos en los oídos. Cinco pares de los brazos más fuertes sacaron del horno los dos primeros pasteles de Navidad, y yo vertí mantequilla derretida bien hondo por los pitorros, rezando para que quedasen suculentos y firmes.

Luego mezclamos el pudin de ciruelas, y todas las jóvenes se apiñaron en torno a la tina para pedir un deseo. Cuando terminaron yo agarré el palo de madera y di la vuelta alrededor, pensando en Jem y en Mawton. Al menos uno de mis deseos se me concedió, pues poco después llegó el señor Loveday dando golpecitos a la puerta.

—Usted trabaja mucho, señorita Biddy. —Miró con una amplia sonrisa las mesas de los asados—. ¿Usted cree un ejército viene, y eso?

Me sequé la frente con un trapo.

—Nada está más atareado que los hornos ingleses en Navidad. Es el único día del año en que todo el mundo ha de comer hasta hartarse.

Entonces me pasó una gran caja de madera que llevaba días esperando en la casa de postas de Dover. Era un queso que me mandaba la señora Garland y que desprendía todo el intenso aroma de aquellos dulces prados de Cheshire. También había una carta que sólo abrí cuando estuve en mi cuarto y que leí, hasta la última palabra, con gran atención.

Mi queridísima Biddy:

Pido a Dios de corazón que esta carta te encuentre bien segura en Dover y con buen ánimo y que el queso no haya sufrido daño en el camino pues será un buen aperitivo de Navidad y el señor Pars tomará una loncha estoy segura.

Esto está muy solo desde que te fuiste y rezo para que no te sentase mal nuestra despedida pues yo siempre deseo estar a buenas contigo querida, pues hemos sido amigas mucho tiempo y tú mi fuerte mano derecha. La lluvia y el frío han molestado mucho desde que te marchaste y mis dolores no mejoran, pero no debo quejarme pues los hay peores que yo estoy segura ahí por esos malos caminos. Preparo una Navidad menguada pues nuestra casa se ha achicado mucho, pero sigo haciendo el pudin y los pasteles aunque no haya esperanza de grandes jaranas pues queda muy poca gente joven. Teg es mi única ayudanta ahora que han despedido a Sukey y hace lo menos que puede como no la regañe. En cuanto a este señor John Strutt que se encarga ahora del trabajo del señor Pars, no le tenemos ningún aprecio, es un fulano entrometido y tornadizo que ve maldad en todas nuestras viejas costumbres, que nosotros sabemos que son las mejores. En cuanto a lo que dice del señor Pars, este señor Strutt no sabe lo que es la gratitud si quieres que te diga la verdad.

Jem está igual, aunque he de decirte que se ha gastado tus cinco guineas un centenar de veces en planes mentecatos de manera que has de prometerme guardarlas bien y gastarlas con prudencia como sé que harás. Biddy, no quiero chismorrear de nadie pero mira que él aún ronda por la puerta de la cocina, sólo que ahora es Teg la

que le da de comer. Al ser tu amiga te lo digo con toda la suavidad que puedo que no deberías estar pendiente de él, querida amiga y ya te he dicho yo lo que pienso…

¿Que Jem recibía comida de Teg? A ver si se atragantaba con ella, si es que no estaba envenenada primero. Yo ya veía el juego de Teg. Ay, Jem, ¿es que no tenía luces suficientes para acordarse de mí? La mar de enfadada, seguí leyendo.

Hablamos de ti y de mi señora casi todas las noches junto al fuego y la carta que me mandaste desde Londres la comentamos mucho pues muestra la maldad de la capital y a mi juicio a ese fulano Meeks deberían azotarlo hasta dejarlo en carne viva. Pero mira que me alegra el corazón saber que has escrito en el libro y unas recetas tan estupendas además. Yo hice el posset cuando tuve un poco de licor y hacía entrar en calor la mar de bien y fue como tenerte a ti en la habitación preparando un plato historiado igual que hacías en otros tiempos más felices, en esta estación fría es un don del cielo.

Biddy querida mira que se me olvidó pedirte un rizo de pelo de manera que cuando escribas la próxima vez te ruego que me lo mandes. Estoy la mar de preocupada al pensar en ti cruzando el océano uno de estos días y mira que rezo muchas oraciones por tu seguridad en el mar.

Hazme el favor de darle mis felicitaciones de Navidad al señor Pars y también, si está contigo, a George y por aquí esperamos que mandes una carta con él considerando que no hay método más seguro y fiable. Te he contado todo por la presente de manera que he de pedirte que recuerdes a tu querida y sincera amiga, Martha Garland

Fue una suerte que estuviésemos a centenares de millas de distancia, pues yo habría puesto los menudillos de aquel Jem sobre carbones encendidos.

¡Vaya con los planes mentecatos! No por primera vez pensé en aquella moneda de cinco guineas brillando dentro de la caja de caudales, y en cómo el señor Pars nos había tendido la mar de bien una buena trampa.

Cómo hablar del día de Navidad… Para una cocinera es el día de gastar más sebo, de chamuscarse más en el fuego y el día de más trasiego y alboroto de todo el año. Sin embargo el trabajo de preparación estaba acabado y de esa manera sólo nos quedaba por preparar aún el rosbif, las aves de corral, los asados de carne, los púdines y los postres. Malditas sean las brótolas, en aquella cocina hacía tanto calor como en el horno ardiente de la Biblia cuando los tres asadores empezaron a dar vueltas. Tuvimos los contratiempos de costumbre: a una muchacha se le prendieron las faldas en el hogar, pero escapó sin miaja de daño, nada más que un humeante agujero en la tela cuando sus compañeras le apagaron el fuego a golpes. Peor fue la grasa caliente que se derramó por las losas del suelo: un par de mujeres se resbalaron y cayeron de rodillas hasta que se le echó arena.

Para las once estábamos en el sudoroso punto culminante de nuestros esfuerzos: yo tenía el lomo de buey dando vueltas la mar de bien y el otro ojo pendiente de los pasteles de Navidad puestos en fila junto a la puerta del horno.

Un golpecito en la manga me sacó de este feliz reino de la cocina y me vi frente al señor Loveday, que estaba allí con el rostro la mar de preocupado.

—Lady Carinna quiere ve a usted. Enseguida.

—Pues que espere sentada —respondí, soltando el cuchillo de un golpetazo—. Estoy hasta las cejas… Mejor dicho, estoy hasta lo alto de la cabeza y ni así abarco este montón de trabajo.

Le eché una mirada feroz, pero no había manera de zafarse. Ni siquiera me sequé la cara ni me quité el delantal tieso de harina, pues Lady Carinna tenía que aceptarme tal y como estaba. Sin aliento, irrumpí en el aposento de su señoría.

—Con perdón y con vuestro permiso, M’Lady. Tengo toda una Navidad por cocinar en este preciso instante.

Tendida en la cama con los zapatos quitados de un puntapié, mi señora miraba a su alrededor, en las nubes del todo. Jesmire, sentada ante una mesita, se distraía jugueteando con su costura.

Lo intenté de nuevo, acercándome más y haciéndole una profunda reverencia.

—Perdonad, M’Lady. Mirad que todo el almuerzo se va a quemar y se va a echar a perder.

—Oh, cállate. —Se incorporó y me miró detenidamente—. ¿Qué demonios pareces? Un deshollinador.

Intenté quitarme con el dedo la tizne de la cara, aunque lo más seguro es que me la dejase peor.

—Por favor, M’Lady… —empecé a decir.

—Mira, aquí Jesmire está convencida de que eres demasiado torpe para aprender ningún idioma extranjero… salvo ese dialecto norteño con que nos confundes.

La vieja arpía murmuró con la nariz pegada a la labor:

—Estáis perdiendo el tiempo.

—¿Qué dice usted, Jesmire?

Ésta levantó la cabeza y escupió las palabras como si fuesen pequeñas flechas.

—Este marimacho de campo jamás hablará una lengua extranjera. No ha tenido educación para ello, My Lady.

—Pues yo creo que puede. —Lady Carinna clavó los ojos en mí otra vez mientras que yo seguía con los brazos cruzados, lanzándole una ceñuda mirada—. Oh, pero ponte bien, Biddy. Pareces un espantapájaros.

Levanté los hombros y dejé colgando los dedos, inútiles del todo, como hacen esas damas.

—Ahora repite conmigo: Bonjour, monsieur.

—¿Y eso qué es?

Oí a Jesmire mofarse y le lancé una mirada capaz de hacerla trizas.

—Significa: «Hola, señor».

—Muy bien. Bonchú mesié.

—Sí, pero intenta hablar con un poco más de delicadeza.

Me aprendí los bonsuá y las madam y las mamuasel tan rápido como una ardilla cogiendo nueces. Aquello no tenía mucha complicación, la verdad.

—Una absoluta pérdida de tiempo —dijo Jesmire, toda picada.

Estaba cosiendo como si les clavase alfileres a los caracoles de mar, levantando un instante la picuda cara después de cada pinchazo. Mi señora

bostezó y pensó un momento.

—Hemos de recordar que tiene que ir a hacer la compra si no queremos comer cosas francesas. Repite conmigo: Petit déjeuner.

Eso era «desayuno».

—¿Y qué clase de cosas hay ahí?

Más condenadas risitas entre dientes. Como si alguien no quisiese saber qué es lo que iba a comer.

—Pues habría le.

—¿Cómo? ¿Tengo que tomar le algo? ¿Y a quién? ¿Es que he de comerme a alguien?

Los labios de Lady Carinna esbozaron un amago de sonrisa al oírlo.

—Se escribe l-a-i-t. Leche.

Vi que la había hecho reír. Y a Jesmire le sacaba de quicio el que yo le hiciese gracia. Lo cierto era que yo y Carinna teníamos edad de divertirnos y bromear.

—¿Qué más?

Vimos lo de café, y pen y berr y todo eso. Si no hubiese tenido un almuerzo de Navidad a punto de convertirse en cenizas, aquello habría sido muy interesante. Menos mal que mi señora empezó a impacientarse.

—Ya es suficiente, muchacha. He demostrado que yo tenía razón —dijo, y le dirigió una desagradable sonrisa de satisfacción a Jesmire.

—Un loro parlanchín. Eso es lo que es. Dudo de que se acuerde de nada ya.

Yo iba a mitad de camino ya cuando mi señora me indicó que me fuese con un gesto de la mano. Pero no me resistí a lanzarle una pequeña pulla a Jesmire al tiempo que abría la puerta para salir.

—Orvuá, medam —dije con una descarada sonrisa burlona, mientras hacía una reverencia.

Mi señora se echó a reír a carcajadas, pero Jesmire gritó como una gallina cuando ya me marchaba:

—¡Para ti soy mademoiselle, mona de imitación!

Cuando llegó la hora del almuerzo de Navidad yo tenía la cabeza de cerdo humeando en un plato, y se había asado de maravilla. Toda la mañana una

hilera de gente había pasado por delante de la ventana de la cocina: jóvenes familias con bebés envueltos como fardos y chiquillos traviesos que llamaban con los nudillos a la ventana y dibujaban siluetas desvergonzadas en la neblina de su aliento. A enfermos y ancianos, a todos los sacaban de unos carretones o los llevaban por el sendero cargados a las espaldas de sus fuertes hijos y nietos. Toda la ruidosa multitud se reunió en la larga sala para aplaudir con calor mi cabeza de cerdo cuando la llevamos en alto sobre una fuente. Y, Dios mío, a los ancianos se les pusieron los ojos redondos como canicas al ver los montones de comida que había sobre las mesas, tan altos como los del banquete de Baltasar: crema de ciruela, pasteles de picadillo de fruta, rosbif, pavo con salvia y salsa de vino tinto…, y eso no era más que el primer plato. Yo estaba satisfechísima sobre todo con el segundo plato, pues junto a las lenguas, la carne de cerdo en gelatina, las anguilas enrolladas, los patos y el cordero había puesto unas bonitas bolas de nieve hechas de manzanas escarchadas con azúcar blanca, todo sacado de una receta escrita con letra de Lady Maria en La joya de la cocinera.

A continuación se retiraron los bancos hasta las paredes y llamaron a los músicos, que habían estado dándole a la cerveza. Hubo baile, y tales vaivenes y topetazos y golpeteos que tenías que reírte mientras intentabas librar los dedos de los pies de las grandes y estrepitosas botas de los muchachos.

Estaba descansando un momento con un vaso colmado de brandy cuando otro criado me empujó en el hombro.

—¿Y ahora qué? —dije bostezando. Estaba más que harta de organizar cosas.

Me contestó que acababa de llegar un mensaje de la compañía de paquebotes. El viento había cambiado y zarpábamos a las cuatro en punto.

No tardé nada en tener preparado mi hatillo y en despedirme de mi cuarto.

Dios lo bendiga, el señor Harbird me llamó antes de irme y me dio un aguinaldo de nada menos que dos guineas. Vaya, más que mi propia señora, pues ni ella ni el señor Pars me habían dado ni un ochavo siquiera, los muy roñosos. Juré no hablarle a Jem de mis dos guineas tampoco, pues aquel porro nunca se había levantado con el canto del gallo para afanarse sobre el fuego como yo. Jem Burdett podía irse al diablo. Y que las otras limpiasen

la cocina llena de manchas de tizne y salpicaduras de grasa. Yo zarpaba hacia Francia, el mismísimo paraíso de las cocineras.

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