Antojo de violetas
Capítulo XXVII
Siempre que los demás no lo necesitaban Loveday se escabullía por el patio y pasaba con cautela por entre los árboles que picaban, cubiertos de púas, hasta la enlodada ribera de un arroyo. Justo corriente arriba, oculto en los árboles, estaba el jardín de piedra. Era un lugar que bullía de vida. El primer día que fue allí encontró un saltamontes verde, con codos como palos y antenas finas como la hierba, tomando el sol en una de las piedras caídas. Por todas partes los mosquitos bailoteaban en agitadas espirales, puntos diminutos que tenía que apartar parpadeando o escupir cuando se le metían en la boca. Aunque la hierba le llegaba a las rodillas, Loveday veía que en tiempos alguien había cuidado aquel sitio. Unas cuantas losas de piedra aquí y allá, algunas derechas y otras tumbadas, le recordaban las rocas sagradas, manchadas de sangre, de su pueblo. Cuando el sol daba de
lleno en las piedras la vibración de su fuerza hacía que pareciera un lugar santo también.
Después, buscando en la exuberante vegetación, dio con una cabaña de piedra. Lo único que quedaba del puntiagudo tejado eran unos puntales entrecruzados y unas pocas tejas torcidas. Verdaderas olas de asfixiante follaje habían crecido por encima y colgaban hacia el interior en frondosos cordones de campanilla. En un rincón cuajado de telarañas encontró una piedra María de ojos ciegos, con las rosadas mejillas descascarilladas como si tuviera una penosa enfermedad. Loveday tardó unos cuantos días en hacerse un pulcro refugio, en tejer ramitas de un lado a otro de los agujeros del tejado y sacar barriendo las arañas y los excrementos de ratón. Por fin, con su guarida limpia y tranquila, empezó a prepararse para el día adecuado de su marcha, cuando el diseño místico de estrellas, vientos y corrientes se cruzara en su debido momento.
Fue a este lugar secreto adonde llevó las cartas que le dieron antes de entregarlas en la casa de postas. Jesmire fue la primera. Tan pronto como ella dio media vuelta, Loveday se escabulló hacia el frescor de su sombreada cabaña. Luego, perplejo, leyó:
Estimado capitán William Dodsley, Rtdo.:
Con inmenso deleite le escribo en respuesta a la averiguación que hizo usted con la patrona del Albergo Duomo de Pisa sobre un ama de llaves digna de confianza. He de declararme una formal solterona protestante de Suffolk, Inglaterra, una dama extremadamente diligente y, si se me permite decirlo respecto de mí misma, sumamente refinada, en busca de colocación. Mis capacidades radican en la labor de aguja, la pasamanería y en algo de colada ligera. También en el arreglo del cabello (de señora, aunque probaría con una peluca) y demás tareas personales, según se precise. Le aseguro que estoy lista para aceptar un puesto de trabajo tan pronto como sea necesario. Haga el favor de dirigir su respuesta con la máxima celeridad a su humilde servidora, Signorina Amelia Jesmire, casa de postas, Ombrosa
Loveday se echó a reír a carcajadas y se preguntó si aquel tipo se molestaría en contestar. ¿Cuántas veces había escrito ella para pedir colocación desde que salieron de Inglaterra? ¿Siete, ocho quizá? Sólo había recibido una respuesta, y fue para decirle que la señora a quien se dirigía se había marchado hacía mucho.
Cuando volvió de la casa de postas le quedó el resto del largo día por ocupar. Su primer instinto fue hacer un objeto de poder, algo que siguiera los potentes designios de sus antepasados. Mientras limpiaba el suelo había hallado libros de Jesús cubiertos de moho y otros objetos inútiles. Después, como un milagro, encontró un mango de madera que el tiempo había pulido hasta oscurecerlo. En la punta había una delgada cruz hecha de un metal que se había puesto gris y tenía una costra de orín. Reconoció su forma de cuando estaba con bapa. Cornelius: la cruz, que era la señal preferida de los católicos. Pero al pasar los dedos por ella Loveday vio una forma distinta.
Empleó muchas horas en martillearla, afilarla y moldearla, hasta que se dobló para convertirse en una lengüeta como una media luna. Una vez terminado, Loveday levantó el arpón y sintió placer al notar su pesado equilibrio en el brazo. Cuando se lo lanzó al torcido tronco de un árbol, salió de la palma de su mano más rápido que su propia vista. Era un buen arpón. El poder oculto que había metido en su ser era temible y auténtico.
El día después de que Loveday terminara su arpón, el señor Pars lo llamó para que llevara una carta. El aposento del viejo tenía las persianas cerradas y olía a humo rancio de tabaco y a ropa blanca sudada. El tono amarillo de los entornados ojos del administrador al empujar la carta hasta el otro lado de la mesa perturbó a Loveday. Cogió la carta tratando de no tocar la piel del hombre malo.
—¿Ha habido correo para mí? —gritó el señor Pars de repente.
—No, señor, no correo —respondió Loveday al tiempo que retrocedía y salía como una flecha por la puerta.
Contento de no estar en presencia del administrador, pasó a ver a su señora y luego, despacio, volvió a tomar el camino que llevaba al jardín de piedra para leer la carta en paz. Iba cantando tranquilamente por lo bajo mientras seguía el frondoso sendero cuando de pronto el señor Pars
apareció justo delante de él. El administrador estaba junto al borde del jardín de piedra, apoyado en su bastón.
—De modo que aquí es donde te escondes, ¿verdad? —le dijo a gritos
—. ¿Qué haces aquí, si te dije que fueras rápido a la casa de postas?
Loveday clavó la mirada en el suelo para asegurarse de que no revelaría su escondite secreto echando una ojeada hacia la cabaña oculta en los árboles.
—Señorita Biddy —respondió lentamente, sabiendo que ella respaldaría su mentira—, dice a mí busca fruta.
Señaló un grupo de limoneros tempranos.
—A ver si lo entiendo bien: yo te digo que vayas a la casa de postas y tú… —en ese momento señaló el pecho de Loveday con el extremo de su recio bastón— echas a correr de acá para allá buscando a esa pelandusca de moza de cocina. Imagino que también te tiene olisqueándole las faldas, so perro negro. ¡Explícate!
Durante unos instantes Loveday se atrancó en la respuesta. Para su espanto el señor Pars le agarró la manga, se lo acercó de un tirón y trató de echarle un mal de ojo.
—Yo no sabe por qué —farfulló Loveday, y alzó la palma de la mano para protegerse el rostro de la malevolencia del viejo.
—¿No sabes por qué? ¿Eso es lo que intentas decir, animal? ¿No sabes hablar el inglés de Inglaterra?
—Sí, señor, yo habla —contestó Loveday, escapándose.
Justo cuando Loveday retrocedía hasta ponerse fuera de su alcance, el señor Pars dio un manotazo para golpearlo con su largo bastón. Loveday era demasiado ágil para que el golpe hiciera algo más que rozarle la pierna, pero mientras se iba a toda prisa aquello lo dejó temblando. Desde luego el administrador estaba poseído por malvados espíritus nitu. Incluso Biddy convenía en que el señor Pars tenía mal ánimo, así que no había duda.
Loveday había oído por la noche a los malos espíritus ir de un lado a otro del aposento del señor Pars. Eran espíritus sedientos de sangre que no lo dejaban dormir.
Después de correr por la carretera blanca hasta Ombrosa y de entrar con cautela en el cuarto interior de una taberna, miró fijamente la carta sin estar
seguro de querer saber los pensamientos íntimos de Pars. Lo escrito en la parte de fuera estaba garabateado con desaliño, de forma muy distinta a la letra habitual del administrador. Pero aquello debía de llevar noticias, se dijo Loveday. De modo que, tras armarse de valor y cortar el lacre, abrió de un tirón la carta.
Ozias:
Hermano, si es que aún mereces ese nombre que otorga la sangre, ¿por qué no me escribes? Te pido noticias de forma expresa y sin embargo me las ocultas. Así Dios me asista, hombre, ¿no comprendes que estoy al borde de la desesperación? Juzga tú mismo, si es que no tienes imaginación suficiente: estoy a casi mil millas de Inglaterra, soy completamente incapaz de comprender cuál es mi situación en la patria y sólo necesito unas pocas palabras para liberarme de mis constantes preocupaciones. ¿Sigue Strutt haciéndote preguntas? ¿Ha llegado alguna información de Irlanda? ¿Vive aún Sir Geoffrey? Porque has de entender una cosa: estoy aquí en Italia con el cuerpo, hermano, pero tengo la mente tan inquieta que apenas si sé dónde me encuentro.
En cuanto a Italia, sólo te diré que el calor, los olores y la condenada algarabía de todo lo de aquí alterarían hasta el carácter más templado. En cuanto a quienes habitan esta casa… me he encontrado con unos traidores, todos ellos. Sólo yo veo su doblez.
Mira, hermano, tiemblo al escribirlo pero sé que juntos maquinan arrebatarme con engaños todo el dinero de mi señor. Todos los días espero que un amante despótico y brutal venga a reunirse con la ramera ladrona…, ¿y cómo evitaré entonces que él se adueñe de los caudales? ¿Cuánto tiempo tardará ella en reunir la fortuna de Sir Geoffrey y en marcharse? ¿Qué será entonces de mi administración? ¿Qué será del fideicomiso de Sir Geoffrey?
¿Adónde irá a parar el dinero?
Antes creía que los demás se pondrían de mi parte contra ella, pero hasta Jesmire escribe en secreto no sé adónde, porque a menudo garabatea con la pluma y manda furtivamente cartas al correo. El negro pagano, desde luego, no es más que una bestia
inmunda, tan humano como un perro amaestrado. Sin embargo es la hermosa Biddy Leigh quien me hace sufrir de verdad. Delante de mí finge ser aún aquella sencilla muchacha de Mawton, pero he descubierto que se ha confabulado con su señora para jugar a un juego inicuo. La mala pécora la ha enseñado a decir « excelencia» y a ensayar cada día delante del espejo y a soñar con una grandeza que excede su condición. Luego, como una alcahueta, la envía a embaucar a un acaudalado lechuguino de quien obtienen toda clase de vestidos y chucherías. Extorsión, confabulaciones y amoríos, hermano, ésa es la tela de araña que me rodea.
Ahora estoy fatigado y he de acostarme.
Reza por mí, hermano…, ¡y escríbeme!
Humphrey
Loveday tiró la carta. Al señor Pars lo acosaban espíritus peligrosísimos, no cabía duda. Allá en la patria había formas de solucionar tales cuestiones: un hombre-espíritu expulsaría los espíritus nitu del señor Pars. Habría sido un asunto serio que se trataría con solicitud fraternal. Un instante de tristeza le oprimió el corazón al pensar en el viejo, desamparado aquí, sin ninguna ayuda ni consuelo de su familia.
Después Loveday releyó las duras palabras del señor Pars que se referían a él. Una bestia inmunda. Las crueles palabras hicieron que le ardieran los ojos, y su compasión menguó. El señor Pars era un malpensado que hablaba mal de Biddy y había intentado lanzarle un maleficio. Así que, jurando no revelar a Biddy las palabras del administrador, fue andando hasta la casa de postas y entregó la carta.
Biddy. Mientras atravesaba la dorada tarde, de vuelta a la villa, Loveday supo que pronto tendría que dejarla. Iba a sentir dolor, lo sabía, porque su aprecio por ella lo había atrapado por el corazón como un afilado anzuelo.
Ella sola, de todos los que había conocido en este extraño reino, llevaba consigo una chispa del calor de Lamahona. Echaría de menos el modo en que su cara se plegaba de pronto al reír, sus amistosos codazos, las divertidas muecas que hacía al contarle sus bobos pensamientos junto al fuego de la cocina.
Cuando pensaba en Bulan últimamente ésta era poco más que un recuerdo descolorido por el sol. Loveday ya no se regodeaba en aquellos sueños donde las caras de su pequeña familia estaban justo como él las había dejado: una joven madre de mirada cariñosa y su pequeñuelo indefenso. Mientras trabajaba en el arpón se había atrevido a imaginárselos como esclavos de los damong, o acaso, igual que él, arrojados por la corriente de la vida a otro lugar desconocido. O quizá, y por fin pudo pensarlo con el poderoso arpón apoyado en el regazo, su esposa y su hijo hubieran ido a vivir con Bapa Fela en el cielo. Quizá. No lo sabía. Sin embargo batallaba por mantener viva la llama de la esperanza. Si algunos de los suyos habían escapado de los damong, volverían al pueblo desierto.
Y, una vez que se reunieran unos cuantos, navegarían silenciosamente al amparo de la noche hacia la isla Damong en un ataque por sorpresa.
Vivieran o no Bulan y Barut, aún había una posibilidad de regresar con valentía para vivir una vez más, orgulloso, como cazador de Lamahona.
Cuando volvió al jardín de piedra aquella tarde el sol poniente bañó su cuerpo mientras abrazaba el arpón contra el pecho. «Mi hermano», dijo tímidamente, y con la punta de un dedo acarició con suavidad el filo, cortante como una navaja. El arpón estaba lleno de todo el poder que había empleado al hacerlo y lo instaba a que lo probara. Tras bajar gateando y meterse en el arroyo de hielo derretido, los dedos de sus pies agarraron como manos las piedras cubiertas de algas. Loveday alzó el arpón y con su gesto se libró de todo el peso de sus preocupaciones. La vieja herida de escopeta del hombre blanco había ido sanando poco a poco gracias al sol y al descanso, y su valor había vencido a la montaña envuelta en nieve; pronto surcaría las olas de nuevo en el camino de vuelta. El día adecuado para partir se acercaba, Loveday sentía que su embrujo se hacía cada vez más fuerte.
Vio un pardo y veloz destello en el agua rápida. Apuntó y la hoja dio justo en el blanco al primer tiro. La trucha, atravesada por el abierto centro, en el acto le entregó su vida. Tras ofrecer unas gotitas de la sangre del pez a los dioses, Loveday lo limpió y lo asó en una piedra caliente a la puerta de la cabaña. La carne era de un color rosa de coral, y dulce como la miel en
sus labios, y los dos redondos ojos, al estallar deliciosos entre sus dientes, le auguraron sagacidad y buenos presagios para el viaje.
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