Antojo de violetas
XXXI. Villa Ombrosa
XXXI
VILLA OMBROSA
El día de Viernes Santo, abril de 1773
Biddy Leigh, su diario
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Vi a Renzo todas las noches durante dos vertiginosas semanas después de que estuviésemos en el bosque. Yo vivía para verlo. El amor me corría como zumo de adormidera por las venas. Cuando los demás se acostaban, yo salía a hurtadillas y me dirigía a reunirme con él, guareciéndome en los setos que flanqueaban el camino iluminado por la luna. Luego, por fin, la torre en ruinas brillaba ante mí como la guarida de un fantasma, con sus viejísimas piedras blancas recortándose en la negra maraña de los matorrales. Yo esperaba allí junto a los rotos muros, con el corazón como un pájaro enjaulado y la piel llena de polvo de alas de polillas. Estaba atenta a los sonidos de la noche hasta que los cascos de su caballo hacían que las lagartijas y las ranas se escabullesen por la seca hierba. Luego él desmontaba del caballo, y al cabo de un dichoso momento nos aferrábamos el uno al otro, ajenos al tiempo y al lugar. Sólo cuando la campana de la iglesia de Ombrosa daba la una nos separábamos con remisos y susurrados adioses.
La mañana siguiente me enfrentaba a otro interminable día de vivir a medias en la villa, de tareas y labores monótonas, mientras me imaginaba una vida de felicidad con Renzo. Apenas oía lo que me decían los demás.
Mis ensoñaciones tenían una fuerza enorme. Todo el día estaba alerta por si oía al recadero llamar flojito a la puerta de la cocina, pues Renzo había encontrado a un chiquillo harapiento que nos llevaba y traía corriendo nuestras notas. Cuando nos veíamos yo intercambiaba a propósito pocas palabras con Renzo, salvo murmullos de cariño. Pero una noche se apartó de mis besos y me habló.
—Tengo que deciros que dejo la casa del conde. Me he peleado con mi señor por última vez, Carinna —dijo con voz ronca—. Ha dicho una cosa que no le perdonaré jamás.
—¿Qué ha dicho?
Meneó la cabeza con gesto abatido.
—Él os desea, Carinna.
Aquello me parecieron unos celos ridículos.
—No haga caso de ese papanatas. Pero ¿adónde irá usted?
—Encontraré trabajo, otra colocación.
Le agarré fuerte las manos.
—¿Dónde?
Estábamos sentados en un murete de piedra, protegidos por un árbol. Vi el brillo de sus ojos cuando apartó la mirada hacia el camino. Nunca hasta entonces lo había visto perder la paciencia.
—¿Qué sé yo? En cualquier lugar donde pueda trabajar —respondió en tono tenso—. En mi ciudad, quizá.
—En cualquier lugar… —repetí con voz pesarosa.
Entonces él me miró otra vez y me rodeó con sus brazos.
—Pero tengo una idea. Tal vez sea una tontería…
—Dígame.
—Para estar con vos haría cualquier cosa. ¿No podría ser vuestro cocinero, Carinna?
Menos mal que estaba oscuro, pues así no vio cómo la consternación me demudaba la cara. El silencio se dilataba. Busqué a duras penas un motivo, cualquier motivo, para decir que no.
—Mi moza de cocina, Biddy… —contesté con voz vacilante—. Está enferma. No sería justo.
—Sólo está encinta —repuso en tono frío—. ¿Y después del parto?
¿Qué?
—Quizá vuelva a cocinar. Lo siento.
—Debe de ser una cocinera muy buena para impresionaros.
—No, me ayuda. Me ayudaba antes.
Sus brazos se tensaron.
—Yo sólo quiero estar con usted —dije con voz crispada.
—Pues decidme cómo, Carinna. Porque intento demostraros que haré cualquier cosa para estar con vos.
—Deseo quedarme aquí —contesté, rebosante de auténtica sinceridad.
—Pues quedaos aquí en la villa. ¿O vuestro esposo quiere que volváis?
—¿Mi esposo? —Me sentí atacada—. Yo no siento ningún afecto por mi esposo.
—Sin embargo le sois muy fiel.
Lo dijo con amargura, porque yo no le concedía la libertad de mi persona. Sentí ganas de gemir en voz alta al ver que me tomaba por una esposa fiel y no por una doncella desesperada.
Poco después me dirigí al camino, afirmando que debía volver deprisa junto a Biddy. ¡Sí, sí, Biddy! Y qué idea… que él fuese mi cocinero.
Imposible, por supuesto, pero aun así, me desconcertaba. Después de habérmelo preguntado mil veces, volví a preguntarme si le resultaría simpática siquiera si supiese que yo no era ni noble ni rica. Era bastante modesto cuando hablaba de su reputación, pero yo sabía que ocupaba un alto cargo en su gremio. Leía libros, era dueño de una casa y dirigía a docenas de hombres en la cocina del conde. ¿Cómo iba a amar a una vulgar criada de cocina como Biddy Leigh? De todas maneras, ¿qué importaba aquello? Carinna no tardaría en tener a su hijo, y luego todos haríamos el equipaje y volveríamos a Inglaterra.
El Viernes Santo yo estaba sentada a la puerta de la cocina de la villa desplumando un par de anadones, pues sumergirme en el duro esfuerzo era la única manera que conocía de aliviar mis revueltos pensamientos. Con todo ni siquiera sentarme al sol de la mañana haciendo una larga lista de tareas —fregar los suelos, recoger limones, hacer una jalea, batir un syllabub, limpiar el aposento de mi señora, asar los anadones, limpiar con arena las sartenes—, ni siquiera todo aquello evitó que mi pena burbujease como una olla de áloe del Cabo.
Sostuve el pato encima del cubo de madera y comencé la labor de carnicero que siempre me revolvía el estómago. Primero arranqué la piel del cuerpo como si fuese flexible seda. Luego le retorcí la cabeza al ave y se la arranqué con un fuerte crujido. Por último eché en el cubo el cuerpo color rubí, atrayendo un grupo de moscas zumbadoras.
¿Qué iba a hacer? ¿Y si tenía que marcharme y no volvía a ver más a Renzo? Dejé escapar un pequeño gemido de dolor al imaginarme sola en este mundo sin él. ¿Cómo soportaría vivir?
Alargué la mano para coger la hembra que colgaba de la cerca por el estirado cuello. El macho había sido un animal reluciente como un pavo real, pero su pequeña compañera era de un castaño apagado. En un tonto gesto, le acaricié la frente y me maravillé al sentir su aterciopelada suavidad. Luego tiré del cuello de la pata hasta que se me quedó en la mano, un roto trocito de carne del que pendían unas hebras como de lana roja. Ahogué un sollozo. ¿Por qué siempre se me negaba el amor? Antes había creído amar a Jem, y me lo habían quitado. Y ahora había encontrado a un hombre respetable, un verdadero amor cuyas ideas, todas ellas, discurrían igual que las mías. Un hombre, además, cuyo arte de cocina era el mayor que yo había visto. No soportaba separarme de él.
Tras abrir con el cuchillo el cuerpo de la hembra, desenrollé el zigzag de sus tripas. Luego le busqué el corazón hurgando dentro de la diminuta cueva de su pecho. Allí estaba, un trozo de carne muerta, nada más. Con dedos pegajosos saqué el corazón, desgarrado de un balazo, y sentí que se me descomponía la cara de llanto. Así estaba mi propio corazón. Amaba tanto a Renzo que el dolor de perderlo me destrozaría para siempre. Sentí ganas de gritar mi tristeza a los cielos, pero temí que alguien me oyese.
Entonces maldije el ser una criada, condenada a eterna obediencia. Quería darle un puñetazo fuerte a alguien, partirme el puño contra una dura pared.
En vez de eso me enjuagué las manos y, de mal humor, me fui a buen paso a recoger limones.
Al principio tomé el sendero del señor Loveday, pues yo sabía que él iba al arroyo y a veces pescaba una o dos truchas. Me abrí camino como pude por entre una maraña de arbustos, maldiciendo las zarzas que se me enredaban en la escofieta y el vestido. Después de pasar corriendo por delante del pequeño y sombrío cementerio olí el refrescante aroma a limones y cogí una gran cosecha. Tal vez fuese el ver la abundancia de fruta, pero me pregunté si no habría sido demasiado dura con el viejo Pars e incluso pensé en buscar una receta de encurtido de limón en La joya de la cocinera. Me acordé de todas las reprimendas que me había echado, y eso me recordó que, si bien era un tacaño refunfuñón, quizá sí que velase por mi bien. Levanté un abultado montón de limones en el delantal y me dije que ya era hora de hacer las paces con mi viejo administrador de Mawton.
Antes de poner los anadones a asar llamé con suavidad a su aposento y dije su nombre. Me pareció oír su voz, pero cuando abrí la puerta se sobresaltó, allá sentado ante el escritorio. Las persianas estaban cerradas y el cuarto tenía un aire sombrío y emponzoñado.
—¿Qué quieres?
El aire furtivo con que puso el codo en torno a sus garabatos me hizo desear haberlo dejado en paz después de todo. Pensaba charlar tranquilamente con él, pero en vez de eso me quedé cohibida. De manera que hice una reverencia y dije:
—Cuando el señor Loveday vaya al pueblo luego, ¿le trae a usted algo, señor?
—¿A mí? A ver, déjame pensar.
Se echó hacia atrás y estiró los codos. Me fijé en el estado de su ropa, en que sus trapos de París estaban todos mugrientos y manchados.
Entonces la expresión suspicaz volvió a sus ojos.
—No será dinero lo que buscas, ¿no? —añadió con un brusco gruñido.
—No, señor. —Unas cuantas monedas no me habrían venido mal, pero no quise que pensase que había ido a mendigarle—. ¿Quizá un asado de vaca para Pascua? ¿Le apetece a usted?
Al oír esto asintió y se frotó la gris sombra de barba.
—Carne de vaca y pudin inglés como Dios manda. Nada de esas aguachirles de maqueroni.
—Como usted desee, señor. ¿Algo más?
Dio unos golpecitos a la pipa contra la mesa y me dolió ver la ceniza esparcirse por el suelo.
—Un rollo de tabaco. Y una onza de fárfara, si es que la tienen en este sitio infernal. Y la consuelda de costumbre para tu señora.
—Sí, señor. Ya que estoy aquí, ¿le arreglo un poco el cuarto?
Dio un respingo y levantó la mano para impedírmelo. Vi que había estado escribiendo mucho, pues tenía los dedos completamente azules de manchas de tinta. Por todo el escritorio había montones de papeles desparramados, pero no distinguí nada más que hileras de números.
Aquello no tenía ni miaja de utilidad. Me despedí y consideré que habíamos hecho las paces, y luego fui derecha a mi aposento para lavarme
bien las manos.
Estaba sentada atrás en el jardín pelando cebollas cuando el señor Loveday volvió del pueblo con mis compras. Tenía una carta en la mano y por un instante mi ánimo dio un brinco.
—¿Es para mí?
Meneó la cabeza y se puso en cuclillas a mi lado, alzando la cara para sentir el calor del sol. Ay, Señor, hacía un calor abrasador a mediodía; el tiempo cocía la tierra como si fuese un horno.
—Jesmire no sabe aún, tiene noticias. ¿Usted quiere leer?
Asentí, dando gracias por aquel entretenimiento, y nos sentamos muy juntos en el banco. Era la respuesta a una de las muchas cartas que ella siempre estaba enviando para buscarse nueva colocación.
Capitán William Dodsley, Rtdo.
Casa Il Porto
Livorno
8 de abril de 1773
Mi estimada señorita Jesmire:
Con la mayor sorpresa y placer recibí su encantadora información que me remite por medio de la amable patrona del Albergo Duomo, de Pisa. Mi estimada señora, apenas imaginará usted lo oportuna que fue la llegada de sus saludos tan modestamente expresados. Le explicaré a usted que soy un caballero serio y formal que ha pasado la mayor parte de su vida navegando, un caballero de buena fama y grandes ganancias que se encuentra en un alojamiento muy espacioso en el mejor barrio de la ciudad de Livorno con ocho alcobas, cocina, sótano y etc. Ya hace dos años que resido aquí, y aunque el ambiente de la ciudad es tolerable, confieso a usted que trastear solo por una casa tan grande le produce a un viejo un poco de murria. Lo que yo preciso, como usted observaba con sagacidad, es una dama que posea el decoro, el orden y la sabiduría práctica para llevar mi casa y hacerla funcionar al estilo inglés como Dios manda. Muy
especialmente, me satisfaría que esa persona fuera una refinada dama inglesa, una mujer como usted, de edad y experiencia, que sabe mejor cómo se llevan a cabo estos asuntos. No gusto en absoluto de estas jóvenes criadas casquivanas…
Miré boquiabierta al señor Loveday.
—Nunca lo hubiese creído.
—Jesmire tiene empleo como paraíso para ella. Da órdenes a otros criados todo día, y eso.
—Es posible. Pero ¿lo aceptará ella? ¿Qué más dice?
Le arrebaté el papel de los dedos.
… cuyos modales no me agradan.
Por favor, señora, siéntase libre de tomar posesión de Casa Il Porto tan pronto como le venga a usted bien, avisando con antelación de cuándo piensa llegar. Espero poder dar a usted la bienvenida a su nuevo hogar con la buena fortuna que tan sinceramente anhelamos usted y quien espera ser pronto su amigo y seguro servidor,
William Dodsley, capitán (retirado)
—Pero seguro que ella no se marcha —dije—. Se creerá demasiado fina para llevarle la casa a un caballero soltero.
El señor Loveday meneó la cabeza.
—Yo cree ella quiere ser gran dama más que nada. Y dice a Lady Carinna va a diablo.
—Pero no se irá antes de que llegue el bebé, ¿no?
—¿Usted cree bebé de Lady Carinna importa a ella bledo? No, señor.
¿Después de todo ese gritos?
El señor Loveday llevaba razón, desde luego. Apenas puso la carta en la mano de Jesmire ésta empezó a revolotear por todas partes, haciendo y deshaciendo su cofre e insistiendo en que se limpiase y remendase la librea del señor Loveday si es que él iba a caminar detrás de ella. Incluso bajó a la cocina para alardear de su buena suerte, el vejestorio, emperifollada como
una jovencita con su vestido de seda verde. No podía quedarse quieta y paseaba de un lado a otro, cogiendo cazuelas y pavoneándose.
—Y entonces, ¿cuándo se va usted?
—Esta noche. Pasaré a ver al capitán Dodsley a las once de la mañana.
Olisqueó el queso e hizo una mueca de asco.
—Parece la mar de segura de que cuadrará usted con ese capitán Dodderer.
—Se llama Dodsley, y bien que lo sabes. Y te diré una cosa antes de marcharme…
Alcé la mirada de la sartén que estaba restregando.
—Sé que piensas que no soy más que una mandadera, pero en su día fui persona de rango, y lo seré de nuevo.
Hice un gesto de fastidio.
—A ver si nos pasa a todos.
—Conozco tus intrigas, mujerzuela. ¿Piensas que no sé que te arrastras por ahí de noche? ¿Piensas que no oigo tus… ridículos intentos de hablar en tono elegante? Sólo porque lleves a los hombres pendientes de las cintas de tu delantal…
Le temblaba la voz, que por fin se entrecortó hasta perderse.
—No es eso —respondí con firmeza—. Usted siempre me ha tenido antipatía.
Soltó una burlona risilla.
—¿Antipatía? Te odio, vil criatura. Igual que la odio a ella —dijo, señalando con la cabeza hacia la escalera.
—¿Tanto como para abandonarla justo antes del parto?
No pude evitarlo, mi voz se alzó enfadada. Casi despellejé el hierro de la sartén, tan resentida estaba con aquella mujer.
—Huy, sí. Desde luego que tanto. Me regodeo con este día. Un prisionero indultado jamás sintió tal gozo.
—Pero volverá usted mañana por la noche para cenar, ¿verdad? El señor Pars quiere un asado como Dios manda para Pascua. Y necesito al señor Loveday aquí.
—Ya veremos cuáles son los deseos del capitán Dodsley. Imagino que Loveday puede regresar cuando le venga bien. El capitán Dodsley sin duda
tiene un estupendo grupo de lacayos.
Resoplé un momento sobre la sartén y después alcé la mirada hacia la vieja cobista.
—Bueno, pues vaya usted y que sea usted feliz —repuse, con menos brusquedad de la que pretendía—. Estoy más que cansada de todas estas disputas. Si ésta es su gran oportunidad de alcanzar la felicidad, aprovéchela usted.
La mandíbula se le aflojó y se quedó boquiabierta durante un largo instante de sorpresa. Luego se recogió las faldas y se fue con aire resuelto, dejando tras de sí sólo un leve rastro de su apestosa agua de colonia.
Justo antes de que se fuesen, el señor Loveday llegó corriendo con una carta. Jesmire había vuelto a ponerle trencillas doradas en la casaca y le había aplicado a su vieja peluca una nueva dosis de polvos.
—Recadero trae esto ahora mismo, Biddy. Espera usted responde. Yo va ya.
Estreché la carta contra el canesú, pues reconocí la letra de Renzo al instante.
—Señor Loveday… —le dije. Él titubeó junto a la puerta—. Volverá usted mañana, ¿verdad?
Hablé en voz baja para que nadie más me oyese.
Se quedó como un gato que se hubiese cogido la cola con la puerta de la despensa. Yo sabía que para él era una tremenda tentación huir y no volver más.
—Por favor. —Le rocé el brazo y el antiguo brillo volvió a sus ojos—.
Sólo hasta que su señoría esté repuesta. —Vi que se lo pensaba muchísimo
—. Por favor, por nuestra amistad… No puedo arreglármelas sola. Después lo ayudaré a usted a marcharse.
Se humedeció los labios y dejó ver una amplia sonrisa, la vieja sonrisa medio preocupada, medio feliz.
—Yo vuelve mañana, Biddy. Por usted. Última vez quizá. Luego va.
—Gracias. Venga a las seis y yo lo prepararé todo.
Volvió a quedarse callado un instante y después asintió.
—Yo va ya.
—Vaya usted con Dios —fue lo único que le dije, y le di unas palmaditas en el hombro.
Y luego, con estruendo y crujido de arreos, ambos se perdieron en el atardecer por el camino blanco que llevaba a Livorno y al mar.
Cuando volvió a hacerse el silencio, abrí la carta y me bebí las palabras de Renzo como el mismo aire que me mantenía viva.
Cariño:
Mi señor se ha ido a las fiestas de Pascua de Roma tras ordenarme que no esté aquí para cuando él regrese. Nada me retiene aquí excepto vos. Carissima, he de hablar con vos. Os lo ruego, hacedme el favor de reuniros conmigo esta noche a las diez.
Os amo, cariño. Os amo más de lo que pueden expresar las palabras. En el fondo vos sabéis que estamos hechos para compartir nuestras vidas. De algún modo venceremos las dificultades y viviremos como debemos vivir: uno en brazos del otro, compartiendo un solo corazón.
R
Garabateé un mensaje de respuesta para decirle que iría a verlo y salí a toda prisa a ver al astroso chiquillo que esperaba ante la verja. El pilluelo me sonrió a la luz del crepúsculo cuando le pasé una moneda y le dije que se diese muchísima prisa.
La villa se quedó la mar de silenciosa una vez que Jesmire y el señor Loveday se marcharon. Tras deslizarme la preciada carta de Renzo en el bolsillo preparé la cena, encendiendo una lámpara para ver, pues el cielo se había puesto oscuro para ser tan temprano. Me libré de mis preocupaciones durante un rato haciendo todo lo posible por cocinar los anadones igual que Renzo, esforzándome por ser dueña de su arte, ya que no podía tener nada más de él.
A las siete y media llamaron fuerte a la puerta. Otro mensajero estaba fuera. Confieso que me quedé aterrada al pensar que Renzo había cambiado de opinión. Esta carta, sin embargo, iba dirigida al señor Pars y procedía del mismo Mawton. La examiné atentamente, pero no reconocí la letra en
absoluto. Al subirle el anadón junto con unos guisantes frescos se la llevé al señor Pars también. Pero cuando llamé me gritó en tono impaciente que lo dejase delante de la puerta. Suspiré y puse en el suelo la bandeja con la carta.
Entonces le llevé un plato de syllabub de limón, con mucha azúcar, a mi señora. Estaba acostada despierta, llorando con la cara pegada a la almohada.
Me puse a trastear un poco por allí. Luego me acerqué a ella y le acaricié el hombro.
—¿Qué os preocupa, My Lady?
Volvió hacia mí una cara manchada de lágrimas.
—Lo echo de menos —respondió con voz ronca—. Y no puedo mandarlo llamar.
No supe qué contestar. Pero la tentación era demasiado grande y susurré:
—¿A quién?
Ella negó con la cabeza y se sorbió la nariz. Sin duda era aquel cazafortunas de Napier, pensé, maldiciéndolo.
—Seguro que él no merece la pena —dije con afecto.
Al oírlo mi señora soltó una especie de agitada risa, y se incorporó en la cama.
—Así que Jesmire se ha marchado —repuso, quitándose las lágrimas de un restregón con el dorso de las manos.
—Sí, tendréis que apañároslas conmigo hasta mañana por la noche.
Me senté a su lado y ella probó el syllabub. Me hice la ilusión de que la comida la puso de mejor humor.
—Tenerte como doncella no será ninguna mortificación. Dudo que me claves las horquillas con tanta malicia en el cuero cabelludo.
—Haré todo lo posible por no hacerlo, My Lady.
—¿Crees que Jesmire se quedará con ese tipo?
No tenía sentido endulzarle la verdad.
—Me parece que sí. No tengo ninguna duda de que encontraréis una nueva doncella cuando lleguemos a Turín o a un sitio así.
—¿Y Loveday?
—Volverá mañana, My Lady. Me ha dado su palabra.
Después, sin querer dejarla, me quedé danzando por allí un rato. Una estropeada caja de madera que en tiempos había contenido mantas estaba junto a su cama. La forré con una manta y con lienzos. Era una cuna zarrapastrosa, pero no pude conseguir nada más.
—Pronto pasará —fue lo único que se me ocurrió decir.
—Gracias al cielo. Le pagaré a esa familia adoptiva la cantidad que quiera. ¿Crees que me escribirían para informarme de la salud del bebé?
Les pagaré más por eso.
Dije que sí con la cabeza. En verdad mi señora estaba completamente sola. Recordé la carta de su hermano y mi insensatez al destruirla. Debería haberle escrito, por muy agobiada que yo estuviese. Al día siguiente, decidí, mientras la casa estuviera así de tranquila, le escribiría una carta para decirle que su hermana pronto estaría de vuelta. Fui a la ventana y encajé bien las persianas, pues el viento empezaba a hacerlas sonar.
—Viene un cambio de tiempo. A ver si baja este calor por lo menos.
—Bien. Qué no daría yo por un rato de lluvia inglesa. Ven aquí, Biddy
—respondió.
Me acerqué a ella y me tendió la mano. Tenía una expresión agitada y anhelante.
—Tú te quedarás conmigo, ¿verdad? —Le cogí la mano y estaba caliente y húmeda al tacto—. Me da muchísimo miedo el alumbramiento.
—Os prometo que sí, Señora. ¿Cómo os encontráis? ¿Algún dolor ya?
—No —respondió con un suspiro—. Todo igual que siempre.
Yo notaba la carta de Renzo, dura en el bolsillo. Por primera vez me di cuenta de en qué buen lío me había dejado Jesmire. Estaría atada a mi señora hasta el último segundo del día, desde el instante de los primeros dolores. Renzo nunca entendería por qué yo no podía abandonarla.
Carinna estaba empezando a bostezar de nuevo, de manera que me pareció un buen momento para pedirle un favor.
—My Lady, si vais a dormir ya, me gustaría salir un rato a las diez.
Ella entreabrió los ojos.
—¿Adónde vas?
Podía haberme inventado cualquier tontería sobre el conde, pero el tiempo de fingir se había terminado.
—Tengo un amigo. Otro criado. No tardaré.
—Imagino que el señor Pars estará aquí si es preciso.
Recordé el grito áspero que había salido de detrás de su puerta, y me pregunté si debía decirle a Renzo que esperase hasta la mañana siguiente.
Entonces me acordé de que nuestro precioso tiempo se acababa, de que mi oportunidad de hablar libremente con él no tardaría en desaparecer del todo.
Cuando volví a recoger los cacharros sucios mi señora estaba profundamente dormida, con la cabeza metida bajo la sábana.
Fue fácil quitar un vestido del perchero de madera. Pude escoger entre todos los trajes multicolores que colgaban por el cuarto o que estaban doblados dentro de sus cajas. El que elegí fue el que más me gustaba: color oro pálido con lentejuelas violeta y adornos de encaje dorado. Me eché la capa añil de mi señora por encima, temerosa de que me viesen. Esperé todo lo que pude antes de marcharme y le eché una última ojeada a mi señora.
Seguía durmiendo y respirando tranquilamente.
Estaba bien cuando la dejé. Lo juro por mi vida.
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