Antojo de violetas
XXXX. La Reina de Inglaterra, Florencia
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LA REINA DE INGLATERRA, FLORENCIA
Fiesta de San Lorenzo de 1778
Signora Bibiana Cellini, su diario
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Y ya en mi libro no queda mucho papel para mis divagaciones. La carta de Inglaterra llegó la semana pasada y no me cogió por sorpresa, pero me traspasó el corazón cuando la leí. Cuánto tiempo habría ido de mano en mano no lo sé, pues estaba manchada del viaje y arrugada de pasar muchas semanas embutida en el zurrón del mensajero. Venía de la casa de postas de Montechino, y traía un mensaje escrito por nuestro antiguo recadero, que ahora se llamaba a sí mismo el empleado de la casa del correo. Debió de acordarse de nuestras monedillas y amabilidades, y la remitía a la dirección de Renzo en Florencia. Me quedé mirando un buen rato el escrito. Era una letra torpe y poco clara, pensé, de alguien que no estaba acostumbrado a mantener correspondencia:
Para Biddy Leigh
Villa Ombrosa
Italia
No se si esta dara contigo Biddy pero son malas noticias lo que te escribo. Debe de hacer ya dos años, despues de un penoso decaimiento la señora Garland murio en su cama en Mawton Hall.
Como no habia noticias tuyas en tantisimo tiempo te dimos por perdida de veras. Cuando Sir Geoffrey murio a finales del año 73 el pastor nos dijo que teniamos que servir a Lady Carinna que volvia a la casa pero no volvisteis en verdad de manera que ahora se ha hecho cargo el juez de paz. Dijo que como el hermano de ella tambien se habia ido, que aquello era un buen lio pues el tio tambien decia que el era el dueño de Mawton. De manera que todos los asuntos de Sir Geoffrey estan atascados en los tribunales de
Londres y no hay muchas esperanzas de que se ordenen ni en años siquiera.
Un mal dia el alguacil vacio toda la casa entera y todas las estupendas y antiguas cosas de Sir Geoffrey las cargaron en carros para venderlas. Despues de eso a mi y a Jem nos echaron con cajas destempladas, y eso fue un escandalo y una verguenza. Como vivienda nos metimos por las buenas justo en Reade Cottage alla abajo en Pars Fold. Tiene goteras aquello y suena todo pero Jem esta intentando arreglar el tejado, pues no nos sobra el dinero ahora que ya he dado a luz a cuatro crios traviesos que no paran de agobiarme pegados a mis faldas.
Hay quien dice que Mawton Hall se ha vuelto dañino y no quieren rondar por alli pero yo y Jem pasamos por encima de la cerca temprano para coger las frutas dulces del huerto que esta todo lleno de maleza. No es sitio para entretenerse, pues las ventanas de la cocina estan todas rotas y los suelos se han puesto mohosos de una riada. Esta todo echado a perder, hasta la vieja destileria esta vacia pues todo el elegante vidrio lo quitaron y lo vendieron. Una bendicion fue que la señora Garland no viese el triste final de aquello.
Si esta te encontrase, es para decirte que la señora Garland dejo un testamento que va aqui arrollado ya que se cumplio con todo como Dios manda pues la llevamos a enterrar con una lapida pagada del todo en el cementerio de Mawton. Te mando el testamento pues escribe de ti pero aunque todos miramos no habia ningun libro como dice ella. Hemos cumplido nuestro deber Jem y yo y no tenemos ninguna obligacion contigo que eso sea el final de este asunto.
Sra Teg Burdett
Dentro de la carta había un papel envuelto en hule, escrito con la letra desigual, que yo recordaba tan bien, de mi vieja amiga: Martha Garland de Mawton en el condado de Cheshire que ha dejado de existir hace su testamento de la manera siguiente, a saber que es su voluntad que la entierren de manera decorosa y
conveniente en el cementerio de Mawton y a cada uno de sus compañeros criados le manda un par de guantes blancos de luto, y cuando los gastos de su entierro estén liquidados y pagados es su voluntad que lo que quede se reparta a los pobres de la susodicha parroquia de Mawton, salvo una sola cosa que es su libro de cocinar en el que ella escribía que se le dé a su amiga Biddy Leigh como recordatorio de sus felicísimos años de laboriosidad compartida.
Todas estas susodichas cosas las atestigua mi firma aquí de mi puño y letra, este segundo día de enero de 1775.
Martha Garland
He dicho que esta noticia la esperaba desde hace mucho. Llevo tiempo preguntándome para quién es La joya de la cocinera. Sentada ante mi escritorio de marfil, miro por las ventanas de vidrio transparente y veo a nuestro barquero meter su carga de limones por la puerta del hotel que da al río. Oigo a Evelina parlotear con su profesor en la habitación de al lado, y el grave retumbo de él contestando en voz baja. Jack sube y baja la escalera dando saltos con ruidoso estruendo, y el bebé Renzo da chillidos, feliz, mientras Ugo ladra. En torno a mí toda la casa murmura y bulle. Vuelvo a tratar de agarrar la pregunta, pues es difícil. Y me pregunto: ¿para quién he anotado todo esto? La respuesta más sencilla sería decir que lo escribí para la señora Garland. Sin embargo, no era probable que ella leyese estas páginas. Cuando le di un beso en la suave mejilla yo sabía que era la última vez. Suspirando, me seco los ojos, pues no volveré a besar aquella mejilla jamás.
Hojeo las partes más antiguas del libro. Todas estas recetas y remedios, caudles y possets… ¿Por qué reunirlas siquiera? Ese grupo de mujeres que se remonta en el tiempo, todas entregando sus mejores delicias garabateadas con preciada tinta… Dicen que los hombres hacen las guerras, pero las mujeres son más generosas. Al coger el trozo de papel manchado de mantequilla donde está la receta de la tarta de tafetán de la señora Garland, ella aparece justo delante de mis ojos. Cuando me acerco las manchas de canela a la nariz estoy de nuevo en la soleada cocina de Mawton, poniendo
en fila los azules platos vidriados sobre la mesa llena de marcas de cuchillo.
Me comería ese papel, de lo mucho que añoro volver a estar allí.
Pienso en la arqueta de los papeles de la señora Garland, emborronados como faros para enfrentarse a la inminente oscuridad. Aquellas mujeres hicieron sus platos perfectos y luego los escribieron con palabras nomeolvides para que que los probásemos nosotros. Y ahora lo entiendo, con una comprensión que resplandece como las frutas vaciadas que Renzo llena con velas en sus festines de medianoche. ¿Qué son las recetas sino mensajes de los muertos, que dicen Cómeme? Ellas me advierten que cuando comemos, comemos un plato de amor.
Entonces, ¿he escrito este estupendo diario sólo para mí? Hace mucho que sospecho que la señora Garland me impuso esta tarea para facilitarme el camino. ¿Qué mejor manera de ayudarme a olvidar mis preocupaciones que traer a la memoria cada día según pasó y anotarlo a la trémula luz de una vela de junco? Sin embargo, mientras vuelvo a meterme el pañuelo en el bolsillo de flores y veo la luz atenuarse sobre el río, se me ocurre un extraño pensamiento. ¿Quién soy yo ahora? ¿Soy aún aquella Biddy Leigh que partió hace seis años? ¿Sigo siendo aquella chiquilla rústica y deslenguada, con la cabeza llena a reventar de viejas recetas? No, yo soy la signora Bibiana Cellini. Apenas me reconozco, pues mis enjoyados dedos están pálidos y bonitos gracias a los cuidados de mi camarera, mi cara está empolvada y mi cintura se ensancha a medida que se aproxima otro alumbramiento. Busco un hilo que lleve desde aquel día en que daba forma a las tartas de tafetán allá en Mawton hasta hoy, cuando meto mis zapatos con hebillas de brillantes bajo el escritorio. El hilo es fino y quebradizo como el algodón de azúcar. Por ahora me aman, estoy completa como dos medios globos de azúcar juntos y vueltos a tejer en uno. He creado vida en mis queridos hijitos. He saboreado la vida. Y he probado el corrompido frío de la muerte.
De manera que Mawton está vacío. Nuestra cocina, invadida por el viento y la lluvia; las altas ventanas, hechas añicos; el esqueleto de ladrillo, echado a perder. Hasta los antiguos cuadros y muebles de Sir Geoffrey se han vendido y dispersado como el viento. Me pregunto si aquella historia ha llegado a pasar, la de una dama blanca que va por el sombrío sendero de la
arboleda hasta su destilería en ruinas. Ahora entiendo mejor la trágica historia de Lady Maria, su esposo casi loco de sífilis, el sinfín de nenes concebidos y perdidos, su pasión por la herbolaria que ocultaba una búsqueda más oscura. Aquí, en La joya de la cocinera, he encontrado páginas de remedios contra la pestilencia: el aceite de sasafrás, los cordiales de beleño y ajenjo… Pobre Lady Maria, la maldición que llevó a Mawton fue sin duda el amor y la avaricia que despertó en el joven Humphrey Pars.
Qué lejos me siento de Inglaterra, bañada en lluvia, de Mawton y su musgoso cementerio. Es una pena que no pueda ir a ver la tumba de mi querida amiga, aunque temo que si fuese allí, quizá cayese sollozando al suelo. Eso me recuerda otro cementerio también, allá en Ombrosa. Fuera el sol se oculta por debajo de los tejados y trae la hora dorada del atardecer. El cielo resplandece como cobre bruñido y nuestro barquero no es más que una negra silueta en la penumbra.
El sol debe de estar poniéndose allí también, en aquella solitaria lápida de Ombrosa. Debe de estar poniéndose en el largo camino blanco que va a la villa y en los rostros de las estatuas que vigilan en la hierba con ciegos ojos de piedra. El sol debe de filtrarse también desde los cipreses que lanzan sus pinchos negros recortados en el cielo color violeta. La inscripción tal vez se haya borrado o se haya cubierto de musgo en el árido suelo. Dice Obedience Leigh. Obedience Leigh está muerta, pienso. Aunque no tan muerta como los pobres huesos que yacen allí, unidos por la codicia, olvidados de todos.
El barquero es ya un simple borrón en el oro sucio de las aguas mientras emprende viaje hacia la orilla más lejana. La casa se ha calmado. El último rayo de sol huye en un haz de luz y se apaga deprisa. Y yo estoy satisfecha con este libro que he escrito para ti, curioso lector, este memorial de amor que celebra los platos de los muertos.
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