Antojo de violetas
XXXVI. Villa Ombrosa
XXXVI
VILLA OMBROSA
Domingo de Resurrección de 1773
Biddy Leigh, su diario
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No mucho después de que se asentase el polvo tras el caballo del señor Loveday, un sacerdote y sus acompañantes se detuvieron a la puerta principal en un carro. El sacerdote tenía la cara muy chupada y un aspecto desaliñado. Creo que el señor Pars debió de ofrecer un donativo muy escaso por el servicio religioso. Sin embargo sabían lo que hacían: un tremendo ruido se oyó en el aposento de mi señora, y poco después bajaban un ataúd toscamente labrado arañando la escalera. Los conduje hasta el cementerio y durante casi todo el entierro tuve el pañuelo en la cara. Pero se produjo un momento horrible cuando eché una ojeada al profundo agujero y vi el dedo muerto del señor Pars asomando por el suelo recién cavado. Molesté al sacerdote al agachar la mano y echar un puñado de tierra para taparlo, justo en el momento menos indicado del rito. La sola idea de aquel dedo aún me hace estremecer: las amarillas manchas de tabaco que yo conocía tan bien y el sanguinario peso del agarrón del señor Pars en mi pelo.
Después de mucho dibujar cruces en el aire y de todas las quejumbrosas canturrias, el sacerdote se acercó buscando su propina y pegó la hebra mientras extendía una mugrienta palma. Tuve que ir adentro a buscar dinero de la caja de caudales, y así fue como me perdí la colocación de la lápida.
Cuando volví estaban poniéndola derecha en el suelo. No había ninguna duda de que el señor Pars había pagado bastante dinero por aquel rápido trabajo. Le metí una moneda de plata en la mano al sacerdote y me despedí de él, al tiempo que me apresuraba a volver adentro. Pero no tan rápido como para no ver las palabras que había encargado aquel malvado: OBEDIENCE LEIGH
Sirvienta de Mawton Hall, Cheshire, que murió en Ombrosa el Domingo de Resurrección de 1773, a los 22 años de edad
Sentí la inquina de aquellas palabras como si estuviesen talladas en mi propia carne y en mis huesos. Pero me pareció que el versículo de la Biblia que había mandado grabar debajo estaba escogido más bien por mi señora que por mí, pensando que compartiríamos la tumba juntas: Si alguno deseare ser el primero, ése sea el último, y criado de todos
¡Criado de todos! Eso era la mar de cristiano por su parte. Me quedé aturdida al ver mi epitafio escrito así. No, no le daría la condenada satisfacción de morirme, me repetí una y otra vez, aunque me dio escalofríos ver mi nombre escrito en piedra, recordando mi muerte a todos cuantos lo viesen.
Me pasé el resto de la tarde sentada en la terraza pensando ideas medio enloquecidas. No calculaba del todo bien lo que había sucedido: mi señora muerta, el viejo Pars castigado y enterrado con ella. Aquellos horrores relampagueaban y se agitaban vacilando ante mis ojos, más de verdad que la terraza que tenía ante mí, como una diabólica linterna mágica que no pudiese apagarse. Estuve mucho tiempo allí sentada, esforzándome por tomar una decisión. ¿Y ahora por dónde, Biddy Leigh?
Poco a poco el sol se puso como un melocotón y la noche ocultó las filas de tilos. La verja de hierro y el blancuzco camino desaparecieron de la vista. Aún me dolía la cabeza a pesar de la cataplasma que se me enfriaba sobre la frente. Me puse un mantón. Los pequeños mosquitos de la noche empezaban a picar.
Sabía que tenía que irme. La carta de Kitt estaba enrollada en mi regazo.
Kitt Tyrone. El guapo Kitt, con sus botones como guineas y sus dulces y carnosos labios. Había habido una unión entre nosotros dos, aquella tierna mirada que compartimos en París.
Unos cascos de caballo al trote y el chirrido de un eje me sobresaltaron.
Escudriñé la oscuridad. Gracias a Dios, los caballos pasaron de largo.
Dentro, Evelina lloriqueó, y Carla susurró unos murmullos de consuelo. Era un sonido bueno, como un milagro después de aquellos espantosos días.
Desde el valle un único toque de la campana de Ombrosa dio la media.
Me puse de pie y espanté a manotazos los mosquitos invisibles. Había un
barco que zarpaba hacia Dover, había dicho el señor Loveday. Tenía dinero para pagar un pasaje y establecerme en Londres o en cualquier lugar que me gustase. Y mira qué bien, pensé, con el dinero de la caja de caudales sería una dama y no levantaría ni un dedo. Me pasaría el día entero en el elegante mundo de escaleras arriba, el mundo de cristal y de sedas, y jamás volvería a bajar con sigilo por la puerta rayada con marcas de botas. Y por Dios que eso lo quería ahora mismo. Y tenía medios para conseguirlo si jugaba mi mano con habilidad. Me conté un cuento de Carinna, alardeando de mi fortuna en galas y en saraos. Más adelante el dinero desaparecería, por supuesto, y luego, el crédito. Oh, pero el animado viaje hasta la ruina sería una gloria.
Cobré ánimo para enfrentarme al cuarto de mi señora. Sólo tardé unos instantes en volver a convertir la cuna en una inocente caja de madera. Un rápido registro me reveló que el señor Pars había quemado todos los bienes de mi señora: todas aquellas magníficas sedas y plumas de París eran ceniza en el viento. Eso me puso enferma, su deseo de reducir a una pavesa el mismísimo ser de Carinna. Sin embargo había rastrillado las cenizas, de manera que sin duda era el rubí lo que buscaba. Él sabía que estaba escondido y creyó que iba a encontrarlo en un montón de polvo. «Pues bien, señor Pars», me dije: «no ha contado usted con los años que llevo escondiendo cosas valiosísimas lejos de los dedos afanadores de los demás».
Antes de irme decidí dejarle a Kitt un mensaje que sólo él pudiese leer.
No una carta escrita, pues un juez la retendría y la emplearía para mandarme a la horca. De manera que saqué de mi hatillo el vestido color rosa rojizo y lo puse en el perchero de madera de mi señora. «¿Lo recordará de nuestra noche en París?», me pregunté. Luego, abajo en la cocina, encontré a Carla dando cabezadas en una silla mientras el bebé empujaba tranquilamente con la cara en su pecho. Alzó los soñolientos ojos y dio un gran bostezo. No era una criada aseada, pues no había recogido ni miaja desde la mañana.
—Come lo que quieras y luego prepara el equipaje. Yo salgo primero, y después nos vamos —dije.
—¿Adónde vamos, señora?
Me encogí de hombros.
—No sé decirte. Carla, no dejes entrar a nadie. Capisci?
— Si, signora.
Y el perezoso beso que depositó en lo alto de la cabeza de Evelina me hizo perdonarle sus desaseadas maneras.
Mi última hornada de pasteles de entierro seguía esparcida por toda la mesa de la cocina. El perfume a ámbar gris subía de los pasteles, tan almizclado y dulce que se me agarró a la garganta como si fuese licor fuerte. De espaldas a Carla, fui partiéndolos por la mitad, uno por uno, hasta que encontré el rubí donde lo había horneado, a salvo de ojos codiciosos.
Tras enjuagarlo en agua clara no tenía mal aspecto, a pesar de haberse calentado en un horno. Aquella condenada piedra no había traído más que mala suerte a quienes eran sus dueños. De manera que, tras subir de nuevo, deslicé la Rosa dentro de la pechera del vestido color grana, junto con la carta de Kitt llegada desde Marsella. Sin dejarle ningún mensaje por escrito, él sabría que yo deseaba que el rubí fuese suyo, ¿no?
Se hacía tarde. Al lavarme el cuero cabelludo comprobé que la cataplasma había empezado su labor y que las hojas de saúco me habían aliviado las magulladuras. Sólo tenía un último vestido de Carinna que ponerme, con la capa oscura que había guardado en mi cuarto. Entonces empecé a ponerme nerviosa por mi tardanza. Pero ¿iría él siquiera? La nota del señor Loveday tal vez no le hubiese llegado, o peor aún…, tal vez la hubiese leído y se hubiese endurecido contra mí. Corrí por el sendero, recitando en silencio pequeñas oraciones para que acudiese. Cuando llegué a la torre el corazón me palpitaba como un redoble de tambor.
Allí no me esperaba nadie. Me pregunté qué hora sería y, como respuesta, oí las diez largas campanadas de la iglesia. Por encima de mí los murciélagos atravesaban revoloteando la noche, más rápido de lo que podía seguir mi vista. Apoyada en el tibio muro de piedra, procuré respirar más despacio, aunque sentía una gran agitación en lo más hondo. «No vendrá».
Las palabras se repetían en mis oídos como martillazos. Me tragué el comienzo de un sollozo. «La debilidad ahora no puede ser», me dije.
«Debes ser fuerte durante un día más». Me esforcé por estar atenta por si lo
oía llegar, pero sólo oí el deslizarse de animales en la hierba seca y el susurrante crujido de las piñas moviéndose en los negros cipreses.
«No vendrá», me dije. Y ahora que estaba aquí junto a la torre aquella perspectiva era tan horrible que parecía un inmenso abismo negro que en cualquier momento me tragaría entera. No sé cuánto tiempo estuve allí, abrumada por el desconsuelo. Entonces el sonido de unos cascos me llegó desde la carretera. Levanté la cabeza, aunque supuse que sería un granjero que regresaba del mercado. El caballo se detuvo. Tensa, contuve el aliento.
Después oí pasos, y seguí temiendo que fuese un extraño, o incluso Kitt Tyrone llegado para descubrir en su escondrijo al asesino de su hermana.
Por fin una gran silueta oscura se acercó a mí, y reconocí los anchos hombros y el paso resuelto.
—¿Renzo?
Mi voz estaba llena de lágrimas sin verter.
Sólo recuerdo que le tendí las manos como si estuviese ahogándome.
Luego, cobijada entre sus brazos, me sentí segura por primera vez en muchos días. Él me alisó el pelo, me acarició la espalda y dijo:
—Oh, cariño mío, no lloréis.
Fue como llegar a casa, aunque no era ningún sitio que yo hubiese conocido nunca.
Se echó hacia atrás y me miró, y su ancho rostro tenía tal gesto de afecto que me puse a sollozar otra vez pegada a su pecho.
—My Lady, Carinna. ¿Qué ha ocurrido?
Sus dedos volvieron a mi pelo y encontraron el chichón en el cuero cabelludo. Ya era hora de contarle la verdad. Detuve mis lágrimas, inspiré hondo y me lancé de un salto a aquel lugar desconocido.
—Me llamo Obedience Leigh —dije—. Y lo que ha ocurrido es… que gracias a Dios aún estoy viva.
Le conté la verdad en un confuso tropel de palabras: que mi señora estaba muerta y que siempre había sido idea suya el que yo fingiese que era ella. Y que de un momento a otro llegaría su hermano y lo descubriría todo.
—El señor Pars tenía razón, me detendrán por esto, estoy segura. Y el que la envenenasen va en mi contra. ¿De quién sospechar más que de su
propia cocinera? He pensado mucho en ello hoy. Tengo que irme de este lugar. Coger al bebé e irme a algún sitio donde nadie me conozca.
Él seguía abrazándome. Su agarrón en torno a mi cintura no se aflojaba.
Aunque no hablaba tampoco.
—Y ya se lo he contado a usted todo —dije con voz cansada—. No soy la gran dama que usted se figuraba. Renzo, no puedo contratarlo a usted, no tengo casa. Sólo soy… una ayudante de cocinera.
Traté de interpretar su expresión. Sus negros ojos de melaza me recorrían la cara como si intentase descifrar una carta escrita en un idioma extranjero.
—Cuántas cosas que son nuevas. —Hizo ademán de alejarse. Luego se volvió para mirarme de frente—. Cuántas cosas inesperadas.
Fue junto al caballo, y tuve que refrenarme para no correr tras él. Se puso a trastear con la brida y mi alma contuvo el aliento al pensar que quizá saltase a la silla y me dejase para siempre. En lugar de eso me miró de nuevo, y yo a él. Mi vida parecía estar en un filo sombrío y vertiginoso, pero no tenía fuerzas para retroceder. El volvió a mirarme. Sonrió y soltó una risilla. Luego regresó hacia mí dando grandes zancadas.
—Dices la verdad. Lo sé. Estoy asombrado, pero contento de que me lo hayas contado. ¡Conque una cocinera! —exclamó riendo—. No es de extrañar que me esfuerce tanto por impresionarte.
Me tomó las manos en las suyas y con más seriedad dijo:
—Pero Bibi… el nombre aún me resulta raro… ¿también fingías amarme?
Le dije que me llamaba Biddy.
—¿Biddy? Bibi es mejor. Bibiana es como se dice en italiano.
Entonces le demostré lo más impetuosamente que pude mi respuesta a si lo amaba. Y cuando nuestros labios se separaron murmuré:
—Te amo, Renzo. Me ha dolido una enormidad mentirte. Tú eres mi verdadero amor, lo juro.
A la luz de la luna vi su vacilante sonrisa. Me rozó la mejilla como si fuese una flor poco común.
—Tienes un nombre nuevo. Pero, Bibi, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Sí.
—¿Hay un signor Leigh?
—Vaya, mi padre, claro está.
—No, no. ¿Eres también una mujer casada?
Un palpitante latido creció en mi pecho como el aleteo de una paloma recién liberada.
—No. Por eso… —y me reí por primera vez en días—, por eso no has dispuesto de toda tu libertad.
—Entonces, Bibi…
—Mmm.
Hundí la cara en su cuello y sentí que sus oscuros rizos me acariciaban las mejillas.
—¿Eres libre para desposarte?
Alcé los ojos y asentí.
—Entonces, ¿quieres casarte conmigo? ¿Y venir conmigo a la ciudad?
Por un momento me quedé boquiabierta, muda de sorpresa.
—Pero ¿tú has entendido que no soy su señoría?
—Bueno, en ese caso… siempre puedo mandarte a que hagas una jornada de honrado trabajo.
Le di un tortazo por aquello, y él se rio y me agarró la mano.
—Es a ti a quien quiero. No tu dinero ni tu posición. Así que, ¿quieres casarte conmigo?
Entonces respondí sin pensármelo dos veces:
—Sí, quiero. Sí, sí, quiero.
No había tiempo para alegrarse, teníamos que partir rápido como el viento.
Volví a toda prisa a la villa con el amor espoleándome los talones. Antes de una hora Renzo llegó con un coche, pues hacía mucho que estaba preparado para abandonar la casa del conde. Estábamos de acuerdo en que no debía haber más secretos, de manera que cuando bajé la caja de caudales le conté que aún contenía lo que quedaba de la fortuna de mi señora.
—Eso está bien —respondió él—, porque yo también he ahorrado mis salarios y con nuestro capital montaremos un gran negocio en la ciudad.
¡Un negocio! Le di un beso de alegría y lo estreché con tanta fuerza que me apartó a un lado.
—Ah, esos fuertes brazos tuyos, Bibi —dijo con voz burlona—. Ahora comprendo por qué me estrujas como una pitón.
—Ya le enseñaré a usted algo más que fuertes brazos, signore.
En broma, le di unos cachetes en los brazos.
Él se rio y levantó los brazos como un hombre a punto de luchar con los puños.
—Oh, estoy listo para usted, signorina. Pronto veremos quién es el más fuerte.
Y entonces el pillo me dio suavemente en un sitio la mar de gracioso.
Bengo fue pesado hasta el final. Cuando esperábamos en el coche y todas las velas estaban apagadas y las puertas cerradas con llave, aquel perpetuo incordio no quiso venir con nosotros. Se escondió en el comedor… donde, para mi eterna vergüenza, yo no había tenido ánimos para recoger la cena de Pascua. Me arrodillé he hice todo lo posible por engatusarlo con un trocito de comida, pero le había entrado un arrebato de insensatez y me trajo a mal traer. Tan pronto se agachaba con las patas delanteras estiradas como, al acercarme yo, echaba a correr en círculos igual que un cochinillo escaldado.
—¡Bengo! ¡Mira que te quedas aquí! —le dije en tono brusco.
Por respeto a mi señora no quería abandonarlo en aquella casa impía, pero cuando intenté cogerlo me mordisqueó los dedos. De manera que me fui a buen paso y lo dejé, pues nunca le había gustado a Bengo, ni yo tampoco había sentido ni una brizna de afecto por él.
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