Antojo de violetas
VIII. Mawton Hall
VIII
MAWTON HALL
De Todos los Santos a la fiesta de San Martín, noviembre de 1772
Biddy Leigh, su diario
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La Noche de Ánimas estuve todo el rato pendiente por si veía al señor Pars para mandarle a Jem con la noticia de nuestra boda. Pero cuando por fin volvió se subió rápidamente al tablado donde se representaba la obra de Mummer.
—He de dirigirme a vosotros con gran pesar —dijo, levantando las manos para calmar a la gente—, pues acabo de enterarme de que ni nuestro señor ni nuestra señora ocuparán la casa el año que viene. En consecuencia la propiedad no precisará emplear a tantos de vosotros. Primero están las personas que se quedarán en Mawton con sueldo reducido. Son los mozos de cuadra y los demás que se necesitan para ocuparse del ganado.
La respuesta fueron gritos de que todos debían cobrar el salario entero para vivir.
—La segunda lista —tronó el señor Pars por encima del vocerío— son las personas que quedarán despedidas a final de mes.
—Pero eso es mandarnos al asilo de los pobres —se lamentó una voz chillona que levantó un coro de abucheos.
Eché una ojeada a Jem, pero él seguía con la cabeza metida en un vaso.
—Por último está la lista de los que acompañarán a su señoría al continente. —Al oír esto, silencio—. Y, como esa lista es tan corta, la daré en este momento —añadió—. Primero, yo mismo. Viajaré a Europa en calidad de guía y protector de Lady Carinna.
«De manera que es eso», pensé. «Está todo ufano porque ella lo ha elegido para viajar al extranjero».
—Y la señorita Jesmire, desde luego, al ser la doncella personal de su señoría. Y también Loveday, el lacayo de su señoría.
Le lancé una mirada a mi nuevo amigo, que asintió despacio con la cabeza.
—A continuación, hasta Dover con el coche de Sir Geoffrey, George Stapleforth.
Aquello provocó un clamor, pues George nunca había salido del condado.
Luego el señor Pars clavó la mirada en la multitud y, para mi sorpresa, sus ojos se posaron en mí.
—Y por último, para que no tengamos que comer esas fruslerías extranjeras, su señoría llevará a Biddy Leigh.
Aquello era demasiado disparatado. Yo no era ninguna criada londinense, hábil para allanarle el camino a una dama en tierra extraña.
—¡No, señor! —grité sin pensar—. Yo no me pienso ir a ninguna parte.
—Irás, señorita —ordenó el señor Pars—. Y muestra la debida gratitud a tu generosa señora.
Para mi propia sorpresa, le respondí delante de todo el mundo.
—No pienso ir, señor, con perdón. Porque tengo que casarme con Jem Burdett y no puedo ni quiero ir.
Al oír esto todo el mundo se puso a parlotear como los gansos. Estalló una algarabía enorme, pues no lo sabían ni mis pinchas siquiera, que dieron un chillido al oír que yo había atrapado a su favorito. Jem intentó ponerse de pie, aunque estaba casi borracho de beber cerveza, pero sí que reconoció que «Biddy quiere tenerme por marido y no me atrevo a negarme». Me entraron ganas de romperle la crisma al muy porro, y a todos los que se carcajearon.
—Los dos, venid a mi despacho. A las ocho en punto —ordenó el señor Pars.
A la mañana siguiente estábamos nerviosos en el despacho del señor Pars, mientras nuestro administrador estaba sentado a su mesa, debajo de los mapas y los libros de cuero de gran valor. Jem seguía algo borrachillo y se llevaba un trapo a la boca.
—¿De modo que estáis obligados a casaros? —empezó el señor Pars, y luego echó un hilo de humo azul hacia el techo—. Si es así, las reglas establecen que ambos perdáis vuestros puestos. —Al no recibir
contestación, pues yo me quedé asombradísima, se dirigió a mí—. ¿Has estado actuando de forma licenciosa con este joven? —me preguntó.
Jem tartajeó en el pañuelo. Yo recobré el aliento por fin.
—En eso no hay ni miaja de verdad, señor. Esos rumores son una calumnia.
—Lo que sea o no una calumnia lo decide el fallo de un juez —
respondió en tono burlón el señor Pars—, y no el capricho de una fregona.
—Yo nunca le he concedido a Jem esa libertad, lo juro —contesté muy seria—. Señor Pars, señor, mire que ha de creerme cuando digo que no puedo ir, señor.
Tras dejar la pipa él se cogió las manos por encima del redondo estómago.
—Bueno, escucha, querida. Reflexiona. Sería una lástima dejar sin trabajo a un hombre recién casado.
—Ay, usted no haría eso —dije con un gemido.
Él se encogió de hombros.
—Es un trabajador externo y tal vez no sea necesario.
—Pues nos marcharemos juntos y buscaremos otro trabajo.
Agarré la mano de Jem e hicimos ademán de levantarnos.
—¡Deteneos! Aún no he terminado.
De mala gana, nos sentamos otra vez, topándonos como bolos.
—Está la prima de cinco guineas, que debéis tener en cuenta.
Al oír aquello, por fin Jem pareció despertar.
—¿Cinco guineas, señor Pars, señor?
—Sí, chaval. Le pagaré a tu prometida el sueldo entero y una prima de cinco guineas a condición de que pase el año en el extranjero. ¿Qué mejor fundamento para tu matrimonio, chaval?
Sacó una moneda dorada de su caja de caudales y la puso de canto en la repisa de la chimenea. Cómo miró Jem, boquiabierto, la gorda cara del rey Jorge, que sonreía satisfecho como una mujer grande y mantecosa. Luego mi enamorado se quitó de un tirón el gorro y dijo:
—Gracias, señor Pars, señor. Venga, da las gracias, Biddy.
—Encontraremos otro trabajo, Jem —le contesté en tono de súplica, aunque sabía que el señor Pars había ganado.
Por cinco guineas aquel chico me ponía en la calle con menos pena que si fuese un cerdo que se tiene en casa para la matanza.
Detesto cocer huesos. Día tras día hice sopa portátil echando animales muertos a la caldera, hasta que la masa de tendones hervidos olía al patio del que derrite el sebo. Para aumentar mi tristeza, me daba la impresión de que la señora Garland estaba castigándome, y con razón, pues sabía que la labor de carnicero era la única rama de la cocina que yo no soportaba.
Mientras removía la caldera recordé un día en que el señor y sus compinches de caza entraron al galope en el patio, los caballos echando vapor y resollando tras una cacería al amanecer. Los mozos de cuadra corrieron hacia ellos, pero mientras los demás desmontaban Sir Geoffrey se quedó sentado con gesto triunfante en su nerviosa montura, bebiéndose de un trago un pichel de licor. La mar de satisfecho, observó a los guardabosques descargar su premio. Entonces se fijó en mí, de pie ante la puerta.
—¡Tú, fregona! ¿Te pago para que estés mano sobre mano? —gritó como si fuese sordo—. Esa cierva que acorralamos junto al soto, me tomaré su hígado para desayunar.
Eché una ojeada a mi alrededor… No había nadie más mirando sino yo.
Esperé desde lejos mientras los hombres descargaban el animal, y Sir Geoffrey desmontó para dar una palmada en el anca de la cierva con el orgullo de un conquistador. Vi entonces que el señor tenía toda la piel llagada, hasta sus torcidos dedos parecían escaldados. Tenía un aire de matarife, en particular en su manera de medir cuernas y pezuñas. Al recordar que Sir Geoffrey era el auténtico centro del alboroto y el jaleo de Mawton, de repente todo me pareció corrompido, hasta los admirables parteluces de la casa y las torres.
De mala gana, fui tras un par de guardabosques que bajaron a rastras el animal a la despensa fría. Pero o bien la caza o bien el licor los habían puesto de un humor insensato.
—Anda, arréglatelas, Biddy Leigh —dijo el que los mandaba—. Mira que nosotros estábamos en pie y matándonos a cabalgar antes de que tú ni
pensases en levantarte siquiera. Así que destripa la pieza tú para variar. Y
ándate con ojo, que su señoría aguarda el desayuno.
Y allá que se marcharon, dejándome la tarea a mí.
Miré al pobre animal colgado de un gancho, con la cabeza caída, los ojos de porcelana con la mirada fija, la herida aún roja y húmeda. Yo estaba deseando aprender y probar, aunque sólo había visto una vez la sangrienta tarea. Mientras me preparaba para cortar al animal, el tibio pelaje olía a pánico y a hierba a medio digerir. Tardé un rato en decidir dónde hacer el primer rasgón con mi cuchillo. Luego, de unos cuantos tirones, le separé la parte delantera, como dos espeluznantes puertas que se abriesen desde el cuello hasta la cola. Los apestosos intestinos acababan de caer humeando al suelo cuando una extraña cosilla me llamó la atención.
Al principio creí que era una tripa retorcida o un descolorido bazo. Miré más de cerca y descubrí una cara de largo hocico, del tamaño de la uña de mi pulgar. Lo que vi por poco me hizo desmayarme. Un perfecto y diminuto cervato estaba hecho un ovillo dentro de la matriz de su madre. Alargué la mano para sacarlo de un tirón y de pronto, a través del saco, me dio una patada con su minúscula pezuña. Ay, Señor, me fui dando gritos al patio hasta que los mozos de cuadra vinieron a arreglarlo. Yo sabía que no podía vivir, pobrecito, todo viscoso y blando con el cordón de su madre cortado como un tubo morado y soltando un chorro de sangre. Pero mucho después de mandarle al señor el hígado frito en mantequilla, lloré por la ciega criatura de patas de cera que se agitó un poquito y luego, gracias a Dios, se quedó rígida en el suelo de la despensa. Desde aquel día siempre había dejado la labor de carnicero a los que tienen aguante para ello.
De aquellas últimas y sombrías semanas en Mawton sólo dos recuerdos brillan ahora en mi memoria. Uno es mi querida señora Garland. Seguíamos sin hablarnos, pero dos días antes de mi marcha me mandó llamar a la destilería. Mientras atravesaba la oscuridad de una tarde de invierno cogí una vara y fui golpeando las zarzas espinosas que invadían el sendero. Todo lo que me rodeaba estaba muriéndose: el año dorado, mis esperanzas de boda, las costumbres que me eran conocidas. Sentía un deseo la mar de grande de darle un puñetazo fuerte a alguien.
Allí estaba mi vieja cocinera, sentada junto al fuego, más o menos como la noche que hicimos las pastillas de violeta. Y me dijo:
—Biddy, no puedo dejarte ir sin hacer las paces contigo.
Por un instante sólo oí el crepitar del fuego. Luego un gemido brotó de mis labios y nos cogimos de las manos. Las lágrimas se me caían por las mejillas y me las sequé rápido.
—No me lo perdono. Usted me ha tratado mejor que mi propia madre. Y
la dejaré aquí sola del todo…
Ella meneó la cabeza y suspiró.
—Si Dios quiere, yo y Teg nos las apañaremos hasta que vuelvas sin contratiempos.
Entonces se sentó derecha, me pasó un trapo limpio para que me secase la cara y dijo unas palabras que nunca olvidaré.
—Ahora escúchame, Biddy. Si vas a hacerme caso alguna vez, que sea ahora. He estado dándole vueltas y me parece que se te abren dos caminos.
—Sus ojos relucían, brillantes como los de una chiquilla, cuando se clavaron en los míos—. Puedes vivir todo esto como un suplicio y desperdiciar un año entero quejándote…
Al oírla levanté la cabeza enseguida, pero ella no dejó que la interrumpiese.
—O puedes aprender a ser algo más que una simple cocinera como yo.
Aprender a hacer esos elegantes bonbunes y platos à la mode franceses.
Qué oportunidad, muchacha —dijo, estrechando mi mano cautiva—. He visto anuncios para cocineras al estilo francés, y ¿sabes lo que ofrecen?
Veinte guineas al año. Serás cocinera de la nobleza.
—Pero si voy a casarme con Jem cuando vuelva.
Lo dije como un artículo de fe en el que sólo yo creyese. Ella dio un suspiro mientras su robusto seno subía y bajaba.
—Pues entonces cocina en esa cervecería de la que alardea Jem. He oído decir que hay mesones que venden comida estupendísima en Londres. Ay, si tuviese mi juventud de nuevo, me gustaría muchísimo probar lo que ofrecen. ¡Y en cuanto a París! Eso será decisivo en tu vida, con el talento que Dios te ha dado. Tú probarás comida que yo ni he soñado siquiera.
—No lo creo. —Yo estaba completamente decidida a sentirme por los suelos—. Sólo soy la que menea las sartenes, la que se llevan para que su señoría no tenga que comer cosas extranjeras. A lo mejor sólo cocinaré para ese perro-rata suyo.
No le conté que el día anterior Lady Carinna me había mandado llamar durante unos fríos momentos. Me dijo que metiese en un cofre ropa de cama, cristalería y vajilla, y que guardase viandas frías en la caja del carruaje. Pero antes de mandar que me retirase, añadió:
—Y llévate el vestido rosa.
El corazón me latió con fuerza al oír sus palabras. ¿Por qué, me pregunté, aquel vestido me hacía sentir tanta desazón?
La voz de la señora Garland interrumpió mis preocupaciones.
—Pero irás a hacer la compra por todas esas tierras extrañas.
—Sí, quizá —respondí con desaliento—. Aunque por lo que cuenta el Viejo Ned, no comeremos más que ranas y serpientes. Precisamente esta mañana le dije que había estado practicando con las ancas de rana y que le había puesto una en el potaje. Debería haberle visto usted la cara. Y vaya si lo haré, como no cierre el pico.
Los labios de la señora Garland se abrieron y luego se juntaron en un resoplido de risa.
—Ay, eso ya se parece más a la antigua Biddy —replicó resollando, cansada. Me apretó fuerte la mano y yo le devolví la sonrisa—. Pero mira que has de tener cuidado con esa lengua tuya. Pienso en Lady Carinna. Está tocada de la cabeza, pero es tu señora. Mi consejo es que cumplas sus órdenes todo lo rápido que puedas y que luego te mantengas bien lejos de ella. Jesmire también…
—Ay, Señor, no la aguanto.
—No tienes por qué aguantarla. Tú procura ser lista y mantenerte callada cuando la tengas cerca.
A regañadientes, asentí.
—Y si tienes algún problema, el señor Pars es un buen caballero cristiano por debajo de todo ese aire adusto. Muy instruido es, y cuenta con toda la confianza del señor. Si buscas a alguien que te ayude, tú habla con el señor Pars.
«Si ella supiese lo despreciativo que es», pensé. Sin embargo, lo que la señora G decía era verdad: que mi vida sería más fácil si no lo irritaba.
—Ya está bien de todo esto —dijo—. Quiero regalarte una cosa.
Me dio el cuchillo de plata que siempre llevaba a la cintura colgado de una cadena. Había sido de Lady Maria, y mi amiga lo encontró, ennegrecido y romo, detrás de un cofre viejo.
—Es el mejor cuchillo que he usado nunca. Me agradará imaginármelo picando todos esos ajos y esas frutas del paraíso.
—¿Y desollando ranas? —bromeé.
—Sí, hasta eso. Por Lady Maria.
Lo cogí, y sí que se ajustó con suavidad en la palma de mi mano.
Entonces la señora Garland se echó hacia atrás y se cruzó de brazos, al tiempo que me miraba fijamente unos momentos.
—Bueno, tal vez me tengas por una solterona, pero he visto más años de vida que tú, Biddy, de manera que atiende a lo que te digo ahora. Primero, estoy contentísima de que hayas guardado tu honra. Vamos, no me mires así. Sé que has dejado que Jem te corteje, pero toda la casa va repitiendo lo que le dijiste al señor Pars: que nunca le has concedido esa libertad.
¡Ay, Señor! Hundí la cara en las manos al pensar en toda aquella gente dándole a la lengua con mis asuntos particulares.
—Calle usted. Hace que me muera de vergüenza —respondí, mirando a hurtadillas por entre los dedos.
—Lo único que te digo, muchacha, es que cuando estés en esas posadas, durmiendo junto a esos mozos de taberna y mozos de cuadra y gente por el estilo, debes guardar tu galardón bajo las faldas.
No pude evitar reírme a carcajadas.
—¿Mi galardón?
—Tú sabes a lo que me refiero. Tu mayor tesoro…, que no vale ni miaja una vez que lo has gastado.
—Claro que iré con ojo. No soy boba.
Podría haberle dicho que llevaba guardándolo de Jem bastante tiempo durante todo aquel febril verano, de manera que no iba a desperdiciarlo ahora con un mozo de taberna fulero.
—Y por último, lo que te pido es esto: apúntalo todo para tu vieja amiga, Biddy. Cuéntame lo que ves, a quién conoces y, sobre todo, lo que comes.
Escribe bien en detalle y copia las recetas si puedes. Si sólo tuviese veinte años menos, me pelearía contigo por aprovechar esta oportunidad. Así que no me defraudes. Observa, aprende y come por mí, muchacha. Ya es hora de que el libro tenga platos nuevos.
Y de esa manera mi querida señora Garland me dio este libro, La joya de la cocinera, escrito por tantas manos: las de Lady Maria, las de sus amigas, las de sus cocineras y vecinas. Mis guías del pasado, que habían cocinado, perfeccionado y anotado sus mejores creaciones. Y además le había cosido nuevas páginas en blanco para que recibiese los platos que yo aún tenía que descubrir.
Aquella noche fui paseando con Jem a Reade Cottage. O más bien debería decir que él me cogió del brazo y me llevó allí, pues yo estaba desfallecida de pena. Cuando llegamos al destartalado edificio, sólo con ver nuestras esperanzas destrozadas me eché a llorar. Pars Fold era el valle más rico de por allí, y estaba cerca de un nuevo camino de portazgo, pero protegido por un bosquecillo de abedules. Algunos decían que había pertenecido a la familia del señor Pars desde que había memoria, pero Sir Geoffrey se lo había comprado al viejo señor Pars y lo había parcelado dentro de la propiedad de Mawton. Nuestro administrador nunca hablaba de él, pero al menos tenía el placer de supervisarlo como administrador de Mawton.
Nuestro sueño era ser arrendatarios, reconstruir Reade Cottage convertido en una floreciente taberna y vivir y medrar allí.
—Es un año nada más, amor —dijo Jem, haciendo poco caso de mi pena
—. Se pasará pronto. Piénsalo, ahora tenemos el porvenir asegurado.
Todavía tendré mi taberna —terminó, apretando los puños de alegría.
Pensé en la señora Garland llamándolo indigno, y meneé la cabeza.
Luego besó mis labios, y su lengua, toda trigo y dulce carne, se acomodó dentro de mi boca. Sin embargo yo sólo sentía dolor, tanto miedo me daba perderlo. El encandilamiento de Jem conmigo precisaba atención diaria. No podía darle de comer desde el otro lado del mar. No podía enviarle una escudilla de besos.
—Tenemos que irnos pitando —le imploré, asiéndole las manos. Le dije que nos casásemos y nos fuésemos a alguna ciudad grande a encontrar trabajo—. Yo no podría separarme de ti, Jem. No puedo irme.
Pero él apenas conseguía evitar que la sonrisa le asomase a los labios.
Era un hombre al que las guineas de oro le cegaban los ojos. Y el señor Pars le había prometido trabajo fácil, además, durante el largo año de mis viajes.
Dicen que es la noche con sus desoladoras fantasías lo que arrastra un corazón a la desesperación, y que cuando llega el amanecer trae nuevas esperanzas. Eso me pareció a mí aquella última mañana en Mawton.
Desperté en el rincón de la cocina con el vocerío de los mozos de cuadra.
Agua fría, ropa blanca limpia y un vaso de tranquilizadora cerveza me pusieron casi bien. Me miré en un trozo de espejo y vi que no tenía la cara tan arrasada como cuando me dormí llorando.
En torno a mí relucía la cocina donde yo había trabajado a diario: las cazuelas de cobre colgadas con esmero, la rayada mesa de madera y los ordenados platos azules puestos en fila sobre el aparador. Me levanté a raspar las cenizas y de pronto me aferré a la negra piedra del hogar. ¿Cuánto hacía desde que, siendo una muchacha nueva, espeté por primera vez un ave de corral y la puse a asar allí? ¡Qué estupendas piezas de vaca habíamos preparado en el asador que movía el aire caliente de la chimenea, mientras la panceta colgaba de los ganchos y los jugos de la carne lardeaban púdines ligeros como nubes redondeadas! Nunca, en mis diez años en Mawton, había dejado yo que se apagase aquel fuego. Cada amanecer, en invierno o en verano, había cernido los rescoldos y había puesto encima leña menuda nueva. Acaricié la áspera piedra y apoyé la mejilla en su eterno calor, deseando poder llevarme conmigo aquel fuego fiel. Una tontería, lo sé, pero un fuego es el amigo más verdadero de una cocinera. Era un buen hogar el de Mawton: ennegrecido con centenares de años de humeantes almuerzos.
No creo que ningún pagano adorase nunca el fuego como una cocinera.
De manera que le di un beso a la manchada pared y, en lugar de ella, me llevé mi pequeño yesquero para encender fuegos nuevos, no sabía dónde.
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