Antojo de violetas

Martine Bailey · Capítulo 39 de 42

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Antojo de violetas

XXXIX. La Reina de Inglaterra, Florencia

XXXIX

LA REINA DE INGLATERRA, FLORENCIA

Pascuas de 1777

Signora Bibiana Cellini, su diario

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Verlos juntos resultaba raro. Le dije a Evelina que el signor Tyrone era su tío de Inglaterra, y que deseaba que fuese a verlo. Su niñera le aseguró que lo apropiado era llevar flores a los enfermos, de manera que juntas compraron un ramillete a una vendedora de la plaza. Violetas, precisamente, que a mí me pareció una elección poco acertada. La conduje hasta su aposento y me quedé junto a la ventana, mirando la nevada que había cuajado durante la noche, un fenómeno poco común. La luz del sol bailoteaba en los palazzi rosados y pardos, reluciente sobre los tejados de cristal. Corrí de un tirón los visillos por miedo a que le hiciese daño a los ojos de Kitt, y desde la ventana estuve observando como un personaje en las bambalinas de un teatro.

Evelina tenía casi cinco años e iba perdiendo la redondez de la primera infancia. Vestida con su traje de muselina a rayas me parecía la viva imagen de una damita, con un fajín de satén azul en torno a la cintura. Sólo con verlos cara a cara reconocí la palidez ligeramente lustrosa de la piel de ella y el peso satinado de su pelo. Sin embargo había algo más: allí con su tío me fijé en que poseía un encanto despreocupado muy distinto a los dos tunantes de mis hijos. Miró a Kitt con franca curiosidad y respondió sus preguntas lo mejor que pudo. Él quiso saber qué cosas hacía, si estaba contenta. En una titubeante mezcolanza de italiano e inglés, ella habló por los codos de sus hermanos y de sus muñecas y de la nieve que había tocado por primera vez en su vida. Creo que nunca he visto el rostro de un hombre consumirse más intensamente de emoción.

—Evelina —le preguntó por último—, ¿quieres ser complaciente conmigo?

A ella le dio la risa y volvió la cabeza hacia mí.

—¿Me dejas tocarte la cara? Porque así sabré cómo eres, aunque mis ojos no vean bien.

De nuevo, la pequeña se volvió a mirarme, y yo le di mi conformidad con un gesto. Se quedó muy quieta, con la columna vertebral derecha como una vara gracias a la nueva cotilla recién llegada de París. Las puntas de los dedos de Kitt examinaron la peinada seda de su pelo, su estrecha frente, su pequeña nariz y sus parpadeantes ojos de largas pestañas. Cuando le rozó la boca a ella le dio la risa otra vez, y él dibujó la sonrisa que levantaba las dos rosadas mejillas. Los dedos se detuvieron en la cinta azul con volante de encaje que llevaba al cuello. Profundos sentimientos pasaban rápidos por el rostro de Kitt, aunque era difícil saber si eran de dolor o de alegría.

—Vamos, Evelina —dije, y me dispuse a cogerle la mano.

Temía que la entrevista lo hubiese abrumado.

—Signora Cellini —la voz de Kitt sonó apagada—, ¿me haría el favor de volver usted sola?

Dejé a Evelina con su profesor particular y deposité un beso en la perfumada suavidad de su cabeza. Luego volví con el corazón oprimido a la vaporosa habitación blanca. El pequeño ramillete se había caído en la sábana y Kitt lo buscaba tanteando como podía. No se apaciguó hasta que lo tuvo bien agarrado.

—Ahora debería usted dormir —murmuré. Emociones turbadoras se agitaban dentro de mí: una tremenda compasión, angustia, ternura—. He de ir a la cocina. La enfermera no tardará en llegar.

—Un momento —contestó con voz ronca. El dolor le arrugaba la frente

—. Quiero que lo sepas. Ya estoy preparado para irme con Carinna.

Por un instante no se me ocurrió ninguna respuesta. Mi conciencia me decía que lo consolase, pero ¿qué son las palabras huecas ante la muerte?

—Volverán ustedes a encontrarse en presencia de Dios —contesté.

Las lágrimas brotaron y rebosaron de sus párpados, cayéndole por la sumida mejilla.

—No, no nos veremos en el cielo, Biddy querida. —La boca se le torció, y él se esforzó por hablar serenamente—. La única muestra del cielo que he tenido nunca es esta casa. Volveré a reunirme con Carinna en un sitio mucho peor.

—Usted no ha sido un hombre tan malo. —Me dio pena que se creyese sin redención posible—. Cristo perdonará esos tontos pecados.

—Algunas veces pienso que eres tú quien está ciega —respondió con un forzado amago de risa.

Se llevó el pequeño ramillete a la nariz y, por un breve instante, yo también olí las empalagosas violetas. Estaban estrujadas en su mano, con las caritas color lila marchitándose en torno a cada ojo amarillo. El olor hizo que la bilis me subiese a la garganta.

—La niña, Evelina —añadió, como si clavase la mirada en su propia sepultura abierta—. Cuando deje este mundo… Hay un recibo de un prestamista en mi alforja. Desempeña la prenda. Es para ella.

—Es muy amable por parte de usted el pensar en su sobrina.

En ese instante las violetas exhalaban su perfume muy fuerte, y de repente me encontré de nuevo allí, en el aposento azul de Mawton, viendo el rostro manchado de lágrimas de Carinna mientras ella masticaba pastillas de violeta. Había una carta sobre la cama. De Londres, de Sir Geoffrey, habíamos imaginado todos. Sin embargo, volviendo la vista atrás después de todo aquel tiempo, al recordar sus lágrimas pensé que debía de ser de su amante. Ella había intentado contestar aquella carta, había buscado con afán las palabras para confesar el amor de ambos —ardor de la pasión, temeraria mancha, mi vida está arruinada— y luego las había tachado y emborronado para que nadie más leyese nunca aquella confesión atroz.

—Mi sobrina no.

Haciendo una mueca de dolor, Kitt se apartó de mí y se volvió hacia la pared. Lo oí decirlo, aunque ojalá nunca lo hubiese oído.

—Mi hija.

La Navidad es distinta aquí. La costumbre católica es poner una cuna y unos personajes, todo tallado en madera, iluminados con filas de velas. Mi esposo lo hermosea con golosinas, algodón de azúcar y bombones. Tal vez sea muy bonito, pero este año echo de menos los bailes y las juergas que conocí en Inglaterra, el dulce olvido de los besos y los juegos de prendas y todas aquellas atolondradas jaranas. Aquí el día de Nochebuena nos reunimos a rezar nuestras oraciones, y mi marido sirve platos de exquisito

pescado y panforte de pan de jengibre. Todo está muy sabroso, pero no es ni puede ser mis Christmas.

De manera que la mañana de Navidad yo estaba levantada a las cinco, haciendo brillar el fuego como un horno, preparando pasteles de fruta picada y haciendo púdines de ciruela del tamaño de la bala de cañón que dio en el palacio Medici, y poniendo tres piezas de rosbif a dar vueltas en los asadores. No tardé en respirar de nuevo ese vapor que le dice al alma que es Navidad, y que ha terminado el trabajo de todo el año, y que es tiempo de darse un banquete: el olor a naranjas, confites y clavo, todo mezclado con las distintas carnes asándose. Tan deseosos estaban los ingleses de Florencia de tomar su comida navideña de siempre que podríamos haber llenado otras veinte mesas. Incluso encontré muérdago y, con Evelina, hice una rama de besos.

Eran casi las diez de la noche de Navidad cuando Renzo y yo nos sentamos en nuestro comedor. El día había sido un éxito, y hasta Renzo no dejaba de preguntarme por mi receta de los pasteles de fruta picada. Los niños hacía mucho que se habían acostado, y brindábamos por el nuevo año con el mejor vino de malvasía. Bebí a grandes tragos aquella noche, pues anhelaba olvidar las palabras de Kitt; ya fuese el licor o el trabajo duro, cualquiera de los dos bálsamos servía.

—¿Y para qué es esta rama de besos? —preguntó Renzo, fingiendo perplejidad.

Me condujo hasta la corona de verdor donde las velas ardían bajas y apenas quedaba media docena de bayas por coger.

Mi Renzo. Me tomó en sus fuertes brazos y me besó como si me comiese viva. Sé que yo lo pongo nervioso, pero en verdad es mi vida entera. Lo que he recordado esta última temporada, cuidado que soy boba, es lo buen hombre que es. Virtuoso, fuerte, afable: el marido perfecto.

—¿Te apetece hacer más niños esta noche? —murmuró al tiempo que despojábamos la corona de sus últimas bayas, una por cada beso.

Sonreí y me apreté contra él, sintiendo que el ardiente hechizo prendía entre nosotros. En verdad sí que era un placer dejar que los criados lo recogiesen todo.

Aún no había amanecido cuando la enfermera me despertó. Dejando a Renzo desnudo en las sábanas revueltas, me eché rápidamente un chal sobre la camisa y bajé la escalera siguiendo la vela de Francesca.

—El signor Tyrone se nos va —susurró.

—¿Ha mandado usted llamar al médico?

—Más bien a un sacerdote, signora Cellini.

Me quedé junto a la ventana mientras un pastor de la Iglesia de Inglaterra le brindaba a Kitt los últimos ritos. Al otro lado del vidrio la luna flotaba como un cuchillo curvo, brillando silenciosa entre las estrellas. Me estremecí al tiempo que miraba los espléndidos palacios cubiertos de nieve que se elevaban desde el río. Creo que Kitt tal vez estuviese consciente cuando tomó el último sacramento, y sé que los papistas dirían que estaba absuelto. Pero no sé si lo estaba, ninguno de nosotros lo sabrá hasta que llegue la última hora. Después me senté a su lado, pero no me reconoció; el estertor lo sacudía por la garganta.

—Sólo tiene veinticinco años —dije, sollozando entre las manos juntas.

A medida que iba acercándose un sombrío amanecer gris comprendí que no era el sueño lo que bendecía a Kitt con la quietud. Su rostro era más calavera que carne. Sin importarme lo que dijesen el sacerdote o la enfermera, besé sus labios, y estaban muertos.

Lo enterramos en un terreno nuevo, dispuesto aparte para los ingleses de Florencia. Cada pocos meses Evelina y yo nos ponemos los velos de encaje y cogemos un coche hasta el otro lado de la ciudad. Llevamos violetas como recordatorio, pues su aroma no se parece al de ninguna otra flor. Hay algo de azúcar quemada y ennegrecida, de recocido dulzor en el latido de su fragancia. Ahora pienso que, al verse abandonados juntos, hermano y hermana quedaron atrapados en un amor terrible. Un amor extraño debió de ser, tan perturbador como el perfume chamuscado de las violetas. Qué buena suerte, que tantos de nosotros nos veamos libres de tan vil amor.

Evelina ordena las flores moradas que se mecen sobre la tumba de Kitt y yo la observo, admirando su elegancia cuando se vuelve para sonreírme.

Siempre me conocerá como su madre, y también es el ojito derecho de su

papá. El secreto de su nacimiento está firmemente atado con las tiras de hierro de mi voluntad. Nadie más lo sabrá nunca.

El recibo del prestamista me llevó a una siniestra tienda de madera cerca de la plaza del mercado. El dueño me lanzó una astuta ojeada mientras lo leía, y luego calculó un precio basándose en mi vestido y en mis joyas.

—Quinientas lire de oro —dijo como si escupiese, y se dio un tirón de la oscura barba.

Pagué sin vacilar, pues el hotel es ya una verdadera fábrica de dinero. No me sorprendió que la enorme suma fuese el rescate de una polvorienta bolsa de cuero no mayor que mi puño.

Esperé para abrirla hasta estar en casa, y me senté con Renzo a la larga mesa de nuestro comedor. Balanceé la bolsa colgada de mis dedos, y la Rosa de Mawton se puso a dar vueltas, lanzando destellos en su cadena de oro a la radiante luz invernal.

—Oh, es preciosa —exclamó Renzo, y trató de cogerla mientras giraba llevada por su propio peso.

Pesaba más que nunca, tanto como la bola y la cadena de un presidiario.

—No nos hace falta —dije—. No es una piedra de la suerte.

Renzo la agarró en su gran puño y la puso a contraluz en la ventana llena de sol. Destellos color grana encendieron la habitación, como manchas de sangre que estropeasen nuestras paredes pintadas al fresco.

—¿Dices que él quiso que Evelina la tuviese?

—Ésa fue su voluntad.

Son extraños estos mandatos de los muertos. Sentimos que nos miran desde lo alto, observándonos mientras llevamos a cabo sus deseos. Vi que mi esposo estaba cautivado, con la mirada clavada en el ardiente corazón de la joya.

—Pues entonces Evelina debe tenerla. Hará un magnífico casamiento con una fortuna como ésta. Fue muy amable por parte de su tío pensar en ella. Y tú te ves recompensada por tu obra de caridad.

Desvié la mirada. Claro que la hija de Carinna haría un buen casamiento.

Por muy cortas que sean sus luces, con una dote como la Rosa ocupará el rango más elevado de la buena sociedad.

—Muy bien —accedí, al tiempo que volvía a meter la joya en la oscuridad de su bolsa—. Pero tenemos que guardarla bajo llave en la cámara de un banco. No quiero que esta piedra vuelva a tentar a nadie.

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