Antojo de violetas
Capítulo XXXV
Keraf había aguardado junto al cadáver de su señora toda la noche. La había protegido de los espíritus malvados, que eran libres de vagar desde que las dos infames muertes habían abierto una brecha entre los vivos y los muertos. La noche anterior había enterrado al señor Pars en el agujero, y había puesto a su lado el arpón que había quitado la vida a aquel malvado.
Junto a su cuerpo había dejado una porción de pan y carne cogida del comedor para el kewoko del señor Pars, para el solitario viaje de su espíritu muerto. Después veló y esperó junto a su señora. La luna bajó, y durante el largo momento previo al amanecer Keraf estuvo rondando por las tierras de los sueños donde los espíritus andan con libertad. Su bapa y su ema se le aparecieron, y lo miraron con un cariño tan nutritivo como el azúcar de caña. Luego, tan pronto como la salida del sol llegó a sus ojos, sintió una
gran ráfaga de alivio y rápidamente se quedó dormido a los pies de su señora. Los dos kewoko, las dos almas muertas, se habían soltado de la tierra. Todo se había hecho como era preciso.
Despertó asustado al oír que alguien llamaba a la puerta principal. Se levantó de un salto, y la imagen de su señora tendida en la habitación arrasada por el sol le hirió los ojos como si sufriese picaduras de abeja. Se sentía como un hombre que despertara de un largo encantamiento. Recordó el diabólico rostro del señor Pars vociferándole. Y recordó cómo el hombre grande había caído hacia atrás, con el cuerpo pesado como un hinchado saco de arroz.
Las llamadas comenzaron de nuevo. En esta tierra los hombres-asesinos te estrangulaban el cuello con una cuerda anudada si matabas a un blanco.
Fue con sigilo a la ventana principal y vio a una joven que miraba a su alrededor con gesto hosco, una regordeta muchacha que iba y venía, impaciente. Al tiempo que se recogía el pelo en una coleta y se ponía la casaca dorada sobre los hombros, bajó con estruendo la escalera.
Cuando abrió la puerta ella le habló muy rápido en el habla de Italia, y luego, al percatarse de que no la entendía, pasó sin inmutarse por delante de él. Cuando Loveday entró detrás en la cocina la muchacha ya estaba acunando al bebé. Éste seguía bien, en la cesta junto al fuego donde él lo había puesto la noche anterior.
Los recuerdos, como fantasmas kewoko, cruzaban rápidamente por su mente. Había salvado al bebé y luego había vuelto al río para traer dentro a Biddy otra vez. Le había costado mucho, se había forzado el hombro y había tenido que jadear y sudar. Pero lo había logrado, y cuando la subió y la puso en su pequeña cama blanca había sentido el júbilo de la victoria.
Biddy respiraba despacio, aunque en la cabeza tenía un chichón con sangre apelmazada del tamaño de un huevo y su espíritu iba errante por la tierra de la nada.
Ahora, mientras atizaba el fuego de la cocina, vio que la muchacha se llevaba el bebé a un pecho gordo como un fruto de papaya. Loveday sonrió para sí al tiempo que preparaba una tetera. Todo era cierto. Había vencido a
aquel diablo de Pars y había salvado a su amiga y a esta niña inocente. Ya no tenía por qué volver a estar asustado.
Arriba, Biddy se movió un poco cuando él dejó junto a la cama un plato de té. Abrió los ojos con un pestañeo y se tocó el cuero cabelludo, palpando con los dedos hasta que dio un grito al encontrar el chichón.
—Gracias —dijo con voz ronca.
—Muchacha viene, da come bebé ahora. ¿Usted incorpora, toma té?
—¿Dónde está el señor Pars? —preguntó ella en un susurro.
—Él no molesta usted ya, Biddy. Él ido.
—¿Está usted seguro? ¿Y si vuelve?
—Él muerto ya —respondió él—. Yo planta él en tierra donde él cava agujero.
Biddy dijo que sí con la cabeza, si bien se quedó boquiabierta y con la mirada perdida. Loveday la sentó y, aunque estaba pálida como un pez fantasma, ella le contó todo lo del espantoso parto de su señora y el horrible ataque del señor Pars.
—Gracias —volvió a decir—. Me ha salvado usted.
Esta vez le cogió la mano y se la apretó.
—Usted mi amiga —respondió él.
Ella se apresuró a asentir, aunque Loveday vio que procuraba guardarse las abundantes lágrimas dentro, como una esponja recién sacada del mar.
Luego sus ojos redondos y húmedos lo miraron de frente.
—Debe usted cubrirlo con tierra para que nadie más lo vea. Se encontrará usted en un buen lío como alguien lo averigüe. Me dijo que iba a buscar a un sacerdote para enterrar a su señoría hoy… Ay, Señor, ya no sé qué creer. —Se tapó la boca como si le diera miedo oír que sus pensamientos se convertían en palabras—. Creo que deberíamos irnos de aquí lo más rápido posible.
—En pueblo de puerto barco va a Cochin —le dijo él—. Yo va a Cochin luego yo encuentra otro barco a Batavia.
—Eso tengo que agradecerle a Dios. Debe irse usted, todo lo deprisa que pueda.
Le apretó la mano de nuevo, y Loveday lamentó tener que dejar la bondad de ella. En verdad era una perla en un dentado arrecife.
—Yo pregunta y mucho barco va a pueblo Dover. ¿Quizá usted va a Inglaterra y eso, mi amiga?
Biddy meneó la cabeza y volvió a estremecerse.
—Si vuelvo, no sé cómo dar razón de todo esto. Todas las preguntas…
El señor Pars, su señoría… ¿Qué digo que les ha pasado? ¿Cómo voy a ser yo inocente, si gente como ellos están fríos en sus tumbas? —Un destello de esperanza pasó por su cara, como el sol a través de una densa nube—.
Aunque quizá si me cambiase el nombre… Si me llevase al bebé y me llamase algo que no fuese Obedience Leigh… Pero usted, usted debe escaparse lo más rápido posible.
Entonces Loveday fue a por pan, queso y vino, y cuando Biddy empezó a comer con buen apetito ella le dijo que cogiera la caja de caudales del señor Pars. Dentro encontraron cartas y un gran montón de monedas de oro, billetes y monedas de plata.
Biddy se apresuró a leer la carta de arriba.
—Escuche esto. Es la carta que llegó justo después de que saliese usted para Livorno.
Marsh Cottage
Saltford
30 de marzo de 1773
Humphrey:
Escribo con pésimas noticias y perdona que no escribiese más pronto pero he estado toda trastornada enantes. A tu hermano Ozias lo detuvieron la semana pasada los hombres del alguacil y se lo llevaron a la cárcel de Chester. Luego volvieron aquí más hombres y revolvieron la casa de arriba abajo, rompiéndome mi cofre antiguo y sin hacer ningún caso de nuestro buen nombre. Es una vergüenza, por Dios, porque decían que andaban buscando papeles tuyos Humphrey, y peor aún, que traían una orden para detenerte a ti a cuenta de unas cartas de crédito falsas escritas en nombre de Sir Geoffrey. Dicen que tienen pruebas de cartas firmadas y fechadas después del momento en que la apoplejía lo dejó imposibilitado para coger una pluma, pero yo estoy segura de que deben de estar
montando un pleito falso, porque eso no puede ser verdad. Eso es obra de ese marrullero de John Strutt, estoy segura, porque anda haciendo méritos desde que tú le cediste el puesto. Ahora se han llevado todas las cartas que escribiste a Ozias y han dicho que toda tu correspondencia se había dirigido en secreto a los hombres del alguacil desde hace unos meses.
Gracias a Dios ayer me devolvieron a tu hermano, y aunque aún está débil, se repondrá, o al menos rezo para que así sea. Y ahora Humphrey, te ruego de manera muy apremiante que vuelvas para demostrarles tu inocencia a estos obcecados porque todo es una sarta de mentiras del diablo.
Humphrey, mira que me escribas este mismo día y me digas cuándo puedes llegar para limpiar el nombre de tu familia de esta injusticia.
Tu cuñada y amiga,
Martha Pars
—De manera que estaban a punto de cogerlo después de todo —dijo Biddy
—. Quizá por eso… aprovechó la oportunidad anoche. —Ojeó más papeles, con la cara fruncida de indignación—. Aquí escribe que Lady Carinna había escapado pitando con el dinero. Ah, y mire esto. —Cogió una hoja escrita con letra muy pulcra—: «… esa licenciosa de Biddy Leigh tiene una enorme barriga por sus depravadas jugarretas». Y aquí, escrito ayer mismo:
«El Sábado Santo la pobre Biddy murió mientras sufría los dolores del parto». Pero qué consideradísimo por mi parte morirme. Señor Loveday, me ponen enferma. Échelas al fuego, haga el favor.
Cuando Loveday volvió de alimentar el fuego Biddy estaba vaciando el resto de la caja de caudales. El simple roce de las monedas parecía reanimarla.
—Debe llevarse usted la mitad —dijo ella con energía, al tiempo que contaba dos enormes montones de monedas—. No pienso dejar esto aquí.
Además, nos deben nuestros salarios y más.
A él, aquel gran montón de metal le pareció unas cadenas que lo sujetarían con su peso como un barco anclado.
—Eso demasiado peligro para mí —le contestó.
Aunque sí que se escondió cuatro monedas de oro en los calzones para que le dieran buena suerte, y además se llenó los bolsillos de calderilla de plata y de cobre.
—Usted descansa ahora —le dijo a Biddy.
En ese preciso instante el sonido de pasos en la grava hizo que ambos se sobresaltaran como liebres asustadas.
Los pasos desaparecieron hacia la parte trasera de la casa, y Biddy y Loveday oyeron que alguien llamaba bajito a la puerta de atrás. Loveday fue con sigilo a la ventana y, sin hacer ruido, miró hacia abajo. Se veía la pequeña y morena cabeza de un chico mal vestido.
—Recadero —dijo, e hinchó las mejillas, aliviado al no ver a ningún hombre-asesino esperando.
Abajo, en la cocina, la nodriza del bebé hizo caso omiso de Loveday.
Estaba sentada con la niña puesta sobre el hombro, dándole palmaditas en la diminuta espalda. Loveday cogió dos cartas que le dio el chico y le dijo que esperara. Al ver la letra de la de arriba volvió a subir a toda prisa junto a Biddy.
—Usted mira. Letra de Jesmire. Yo envía desde Livorno. Dice ella no vuelve.
Iba dirigida al señor Pars, pero Biddy la abrió y la leyó rápidamente.
—Espera su salario. Y va a mandar de vuelta el carruaje con el cochero.
Eso nos metería en un lío. —Dejó caer la carta en el regazo y clavó la mirada en el techo—. Déjeme pensar.
Por fin dijo:
—¿Puede ir usted a por tinta y papel, señor Loveday?
Luego urdieron juntos una carta, ella encorvada en la cama, escribiendo con el ceño fruncido de concentración, mientras que Loveday soltaba frases elegantes sacadas de todas las cartas que había abierto a escondidas.
Cuando Biddy la hubo agitado en el aire de acá para allá para secar la tinta, los dos leyeron lo que estaba escrito:
Villa Ombrosa
11 de abril de 1771
Estimada señorita Jesmire:
La felicito muy de veras por haber conseguido un puesto de trabajo de lo más conveniente y le ofrezco mis mejores deseos de éxito para el futuro. Adjunta va una moneda de diez guineas en un papel doblado, como completa y definitiva remuneración por sus servicios. En cuanto al coche, es usted libre de utilizarlo como desee, ya que su señoría, tras haberse liberado de su obligación de modo satisfactorio, ha aceptado la oferta de hacer el viaje de vuelta a Dover con una familia inglesa. Una vez que Loveday ha regresado ya a requerimiento de My Lady, y al no tener nada que nos retenga más, cerraremos, pues, la villa a la mayor brevedad posible y nos daremos prisa en reunirnos con nuestros nuevos acompañantes.
Soy su servidor,
Humphrey Pars
(El señor Pars le manda saludos pero debido a un accidente tiene la mano derecha muy magullada en este momento y me ha pedido que conteste yo en su nombre a su carta de usted mientras él la dicta. Biddy Leigh).
—Ésa, carta muy lista —le dijo Loveday a Biddy—. Ella no viene aquí más, ella no hace pregunta.
—Espero que no. ¿Puede llevársela al mensajero y decirle que tenga especial cuidado?
Biddy había recobrado por fin su tono rosado de costumbre y se movía un poco menos despacio.
Fue sólo al volver cuando Loveday recordó con qué letra estaba escrita la segunda carta y sintió que el corazón empezaba a galoparle cuando Biddy rompió el lacre y empezó a leer en voz alta.
7 de abril de 1773
Queridísima hermanita:
Te escribo para darte una sorpresa de lo más extraordinaria, chica, a saber, que en este instante espero en Marsella un barco para Italia…
Biddy tiró bruscamente la carta sobre las mantas.
—¡Marsella! ¿Cómo puede ser?
Luego volvió a cogerla rápidamente y la leyó en voz alta, muy deprisa y con voz entrecortada.
… Sí, hermana, estaré contigo dentro de cuatro días, ya que el capitán me dice que atracaremos en el puerto de Livorno el domingo después del mediodía y entonces me daré toda la prisa que pueda y calculo verte al anochecer, el Domingo de Resurrección…
—¡Ay, Señor del cielo, Kitt Tyrone viene de camino! —Biddy volvió a echar la cabeza en el cabezal y se encogió al sentir el dolor que ello le provocaba—. ¿No es Domingo de Resurrección hoy? Estará aquí en cualquier momento. Muy bien podrían ahorcarnos por esto.
Empezó a levantarse de la cama tratando de moverse con rapidez, pero aún tenía los miembros muy entumecidos.
—¿Usted va ahora? ¿Vuelve a Inglaterra? —preguntó Loveday.
—Quizá. —Biddy se llevó la mano a la cabeza y volvió a desplomarse en la cama—. Que Dios me asista. Soy incapaz de pensar con claridad. Pero haga usted una sola cosa por mí, amigo.
Él hizo una pequeña inclinación.
—Déjeme al menos quedarme tranquila por usted.
Lo miró con aquellos pálidos ojos redondos que antes le daban tanto miedo. Los ojos de los blancos te atraviesan el alma, decían los viejos de Lamahona. Era verdad, pensó Loveday, pero en lugar de perdición, la mirada de Biddy se clavó en él con un serio amor que el amigo no tuvo más remedio que acatar.
—Se lo ruego, váyase ya. Yo no tardaré en irme también. Es mejor que no viajemos juntos.
Encontró el caballo atado aún al árbol, junto a la verja. Lo llevó al río a beber y sintió que las prisas y el ajetreo del agua le alborotaban su ser. Por fin había llegado el momento oportuno de marcharse, y en adelante debería ser como aquel río: ni un instante de reposo, ni un instante de sueño. El sol bajaba en el cielo. El mediodía había pasado, y la llegada del señor Kitt
estaba cada vez más cerca. Biddy le había dado unas ropas de peón, color pardusco, y un sombrero de paja que le tapaba la mitad de la cara. Sintió la reluciente buena suerte de las cuatro monedas de oro protegiéndolo cuando montó en el caballo y éste empezó a andar de vuelta hacia la costa.
Estaba a unos pocos centenares de pasos de la verja de la villa cuando oyó que lo llamaban por su nombre desde detrás. Allí estaba Biddy, corriendo tras él, agitando una carta en el aire. Estaba sin aliento cuando lo alcanzó, no llevaba escofieta en el largo pelo y sólo una mugrienta camisa sobre el cuerpo desnudo. Pero su desesperación parecía haber desaparecido.
Tenía un brillo de ilusión en la cara, como si hubiera tomado una nueva determinación.
—Señor Loveday, ¿me haría usted el favor de llevar esta carta a la casa de postas y procurar que la entreguen enseguida? Aquí tiene una moneda de plata.
Loveday desmontó para cogerla y se quedó quieto delante de Biddy.
—Mi nombre de verdad Keraf —dijo con gesto tímido.
—Keraf. —Vacilante, Biddy pronunció la palabra—. Tendrá muchísimo cuidado, ¿verdad?
—Y usted también. —Sin pensar, él le acarició los flexibles rizos—. Que buenos espíritus guía a usted, mi amiga.
De repente ella lo rodeó con sus brazos y lo estrechó. Sólo fue un instante. Él se sintió feliz y afortunado.
—Vamos, váyase ya —dijo Biddy, devolviéndole la sonrisa—. Vaya a darles a esa linda esposa y a ese precioso niño de usted una sorpresa bien alegre.
—Quizá.
Volvió a montar en el caballo y agarró las riendas. Era libre.
Siguió cabalgando por la polvorienta carretera, y sólo se detuvo un momento en el puente de Ombrosa. Tras abrir la alforja sacó la tonta peluca que parecía un mono blanco lleno de apretados ricitos. Con macabro placer, la lanzó por encima del pretil al río. Luego sacó de la alforja la llamativa casaca y la balanceó un instante, sólo para acordarse en ese momento, por puro milagro, de rescatar la carta de Biddy del bolsillo antes de dejarla caer
también. Poco a poco, casaca y peluca se metieron en un canal rápido.
Luego, como una pálida vejiga y un peludo animalejo, se perdieron de vista.
No se tomó la molestia de leer la carta de Biddy. Ahora que había comenzado su gran viaje los asuntos de los blancos, que parloteaban como loros, ya no eran cosa suya. Pero al dejar la carta en la casa de postas junto con la moneda de plata leyó sin querer el nombre. Signor Renzo Cellini.
Recordó cómo el hombre grande había levantado a Biddy con mucha delicadeza hasta el caballo blanco y cómo la miraba como si fuera el único ser vivo del mundo. Un tenue y salobre aroma a mar llegó hasta su nariz, y entonces cogió las riendas y ya no pensó en nada que no fuese la fuerte corriente del camino que tiraba de él hacia su patria.
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