Antojo de violetas
XXV. Villa Montechino
XXV
VILLA MONTECHINO
Cuaresma, marzo de 1773
Biddy Leigh, su diario
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Cuando la villa se perdió de vista di unos golpes en el techo y le dije al cochero que se detuviese. En un abrir y cerrar de ojos el señor Loveday había bajado gateando de su estribo y había entrado a sentarse conmigo.
—Tengo que hablar con alguien —dije cuando el coche se puso en marcha de nuevo—. Porque me parece que el señor Pars cree que ando tramando algo contra él o algún disparate semejante.
El señor Loveday asintió y contestó:
—Señor Pars, él no paz dentro de él.
—Sí, me dijo en voz baja al oído una cosa horrible.
Miré por la ventanilla y vi que íbamos a buen ritmo. No había manera de parar en seco mi destino ya, pues el coche empezó a meterse por un camino sin baches y a ambos lados de nosotros se descubrían muestras de una propiedad bien cultivada. Comencé a tirarme del elegante vestido y de los cordones. Me daba la impresión de que no volvería a respirar mientras aquella cotilla me dejase sin miaja de vida a fuerza de estrujarme.
Demasiado pronto doblamos rápidamente la curva de una avenida de entrada y vi un edificio la mar de historiado puesto en la cima de una colina, con las ventanas que parecían mirarme desde montones de hojas de vidrio. Bajando en desnivel delante de la villa había tramos de escaleras todas adornadas con estatuas que se retorcían y fuentes que echaban chorros y otras zarandajas. Todo era muy lujoso y muy elegante y muy aterrador.
—Ay, señor Loveday, debe usted ayudarme —dije.
Pero al instante nos detuvimos con una sacudida, y un empelucado lacayo abrió la portezuela del coche.
Me las arreglé para seguir al fulano hasta un enorme vestíbulo que parecía una iglesia, y la súbita penumbra me dejó aturdida. El tontillo de la falda me incomodaba también, pues yo no estaba acostumbrada a tener dos condenados y enormes cestos colgando de la cintura, que no paraban de
chocar con las puertas y las barandillas. Aun así, me las arreglé para subir la escalera con cierto trabajo y, mientras respiraba boqueadas de miedo la mar de cortas, me hicieron entrar en el salón del conde. Él esperaba al otro extremo de la habitación: un viejo vivaracho y arrugado, vestido con una casaca dorada y zapatos de lazos, que se puso de pie para recibirme con una empalagosa sonrisa pegada a la cara.
El lacayo detuvo al señor Loveday, de manera que me quedé completamente sola. Creo que esos pasos por aquel suelo inmenso y reluciente y llevando aquel bamboleante vestido fueron los peores que he dado en toda mi vida. Veía al conde al otro lado de la dorada habitación, de pie con los marchitos brazos tendidos para… ¿qué? ¿Para estrecharme los dedos? No podía pensar con claridad. Por fin llegué junto a él y él se llevó mi mano a los labios. Su beso fue tan húmedo y resoplante como el de un lechón. Sentí un enorme deseo de limpiarme el hormigueo de saliva en las faldas, pero logré contenerme.
—Carinna —dijo, con una voz que rebosaba encanto zalamero—, siéntese, siéntese. Querida niña, qué alegría contemplarla. ¿Tomará usted un pequeño refrigerio?
Tocó una campanilla de plata y el lacayo se acercó, y luego se marchó haciendo una inclinación. El conde tal vez fuese viejo, pero su rostro era vivaz como un arrendajo mientras él se regalaba la vista pasando sus brillantes ojuelos por toda mi persona.
—Excelencia, es usted demasiado amable.
Incliné la cabeza un poco. Ay, Señor, bajo su intensa mirada de pronto me acaloré como un horno bien cebado, y supuse que debía de hacer juego perfectamente con mi vestido color grana. De manera que metí la mano en el bolso para buscar el abanico, pero estaba tan aturdida que no supe abrir el complicado cierre.
—¿La ayudo a usted?
Empezó a enredar con él, todo el tiempo rondando muy cerca y dándole a mi mano un frío y húmedo estrujón.
—Oh, da igual. —Aparté el abanico de un tirón y entonces recordé que debía ser cortés—. Vaya, gracias, señor.
—Señor no —repuso en tono alegre—. Mientras esté usted aquí yo hago las veces de su amado tío. —Dio un par de sacudidas al abanico y éste se abrió, de manera que entonces tuve que menearlo un poco—. Vaya, si casi me parece conocerla, carissima. Sólo que Quentin no me dijo que era usted una criatura tan… tan adorablemente sencilla. Bueno, sé que ustedes las damas hablan un idioma con los abanicos. ¿Cuál es el mensaje que transmite usted con tanta vehemencia?
Paré en seco el abanico.
—Placer —respondí en tono animado—, porque nos conozcamos por fin.
Y solté el abanico como si fuese un hierro caliente y crucé las manos.
Un lacayo puso las cosas del café en una mesita. Había una cafetera de plata envuelta en un paño blanco y una bandeja con las tazas, de porcelana de flores, fina como el papel, y pensé: «Que Dios me asista, ¿es ésta mi primera prueba, servir un refinado plato de café?». Entonces, por supuesto, el criado se ocupó de ello y yo sólo tuve que quedarme sentada allí, tiesa como el peltre de Londres, y dejarme atender.
—Ah, el fruto árabe —exclamó el conde—. ¿No adora usted esta vivificante ambrosía?
Estuvo parloteando sobre el café durante un rato, de manera que yo me dediqué a mirar los paneles de marco dorado que cubrían hasta la última pulgada de las paredes y el techo. Casi todos estaban pintados con cuerpos desnudos, mujerzuelas de grandes ancas y hombres peludos. Asentí con la cabeza y di un sorbo al café. Estaba tan fuerte que casi me dejó la boca en carne viva. Prefiero mil veces una taza de té como Dios manda.
—¿Lo encuentra estimulante para los nervios? —dijo mi anfitrión, con mucho cabeceo de la arrugada carilla—. Ah, Carinna, qué placer me proporciona darle la bienvenida aquí. He preparado el cuarto rosa para uso de usted.
—Pero, señor… Excelencia…
—Queridísima niña, llámeme Carlo.
Me apretó la mano con los dedos y los dejó allí, atrapándomela del todo.
—Yo no puedo… Carlo. —Me esforcé por bajar la voz, de pánico de verdulera a dama fina—. Una de mis pobres sirvientas está enferma. No
puedo dejarla toda la noche.
—¿Una criada? —Se estremeció—. No se preocupe de las criadas, Carinna. Deshágase de ella. Coja otra.
Y eso sí que en verdad me desconcertó. De manera que las cosas eran así de sencillas, y dicho por él mismo. Les importábamos lo mismo que una taza rota, que se tira a la basura y se sustituye.
El señor Loveday tenía razón al considerar que el conde hablaría de manera florida, pues de mí sólo necesitaba risillas tontas y sonrisas. Después de haberme soplado un buen montón de sandeces sobre su carísima villa y lo tremendísimamente noble que él era, empezó a mover las chinelas de brocado rojo que le bailoteaban en la punta de los pies y dijo que debíamos dar una vuelta por el parque. De manera que tuve que tomarme de su flaco brazo, aunque eso suponía darle empujones con el tontillo, algo que casi me hacía resoplar de risa. Me pareció más seguro andar detrás de él, observando sus torcidas piernas metidas en las medias dar apresurados pasitos, y la parte de atrás de su peluca blanca oscilar aquí y allá mientras él señalaba con el dedo todos sus tesoros. A continuación tuve que subir y bajar penosamente por las terrazas y entrar en el grotto, una especie de cueva donde las gotas se quedaban colgando en el techo como tripas petrificadas. Aquello por lo menos era interesante, pues en el interior había unos cuadrados de hielo lo bastante grandes para cenar en ellos.
—¿Son para helados? —pregunté.
—En efecto. Son la specialitá de mi cocinero, Renzo. —Y
aprovechándose de que yo estaba medio atascada en la estrecha cueva, de repente me ciñó la cintura con el brazo—. Tengo en preparación una cena de lo más deliciosa para usted, Carinna —me murmuró al oído, con un aliento que olía a humedad como un cofre mohoso—. Y después de eso, un lecho de suaves sedas…
—Señor —dije, y me zafé para mirarlo de frente—, si quisiese darme la llave… He de despedirme de usted.
El viejo se mantuvo firme, con los ojos igual de centelleantes.
—No puede usted vivir en aquel lugar inhóspito —respondió con energía, haciendo una mueca como un niño mimado—. Yo la agasajaré
aquí. Y le aseguro a usted —añadió en un repulsivo tono mimoso— que conservo todo el vigor necesario para agasajar a una joven dama.
Y el fulano canijo me miró directamente a los levantados senos.
—Me parece que no —respondí, sacudiéndomelo de encima—. La llave, si me hace usted el favor.
—Ah, Carinna, la resistencia no hace sino fortalecer mi resolución.
Dejó ver una amplia sonrisa, como un cachorro pesado. Luego levantó el dedo para dibujar una atrevida raya que subía derecha por el fruncido canesú hacia mis teticas. Le di una palmada al instante.
—Veo que será usted una amante cruel —dijo, como si se alegrase del reto.
Me aparté de un vaivén e hice todo lo posible por levantarme las enormes faldas para volver a subir los escalones del grotto. Resultaba que aquel condesillo era un puñetero calavera en verdad.
Lo siguiente en el paseo fue la cocina del conde, una enorme y blanca mazmorra que quedaba por debajo del suelo. Las paredes relucían con hileras de cuchillos de acero y ganchos donde colgaban cadáveres color carmesí. Me pareció la cocina más horrible que había visto nunca, todo lo contrario de una acogedora cocina llevada por una mujer. Una docena de criados se inclinaron ante el conde y luego volvieron a sus tareas con evidente entusiasmo. El jefe era un fulano joven y corpulento cuyo orgullo era tal que apenas se dignó levantar la mirada de su fino trabajo de cortar.
Cierto que la vista apenas podía seguir el movimiento del cuchillo mientras él rebanaba y picaba como un espadachín en una feria.
—La más grande sabiduría de la era clásica es el tratado de Plinio acerca de la carne de víbora —dijo el conde, enseñando sus pardos raigones—. Su criada enferma de usted haría bien en beber mi vino viperino. Es un cordial muy beneficioso. Renzo, prepara una botella para su señoría.
Para mi sorpresa el cocinero asintió con un hosco movimiento de cabeza, y me pregunté si nos había comprendido.
El conde volvió a sonreír.
—Ah, Renzo también habla algo de inglés. Le ofrecí un enorme soborno y se lo quité al duque de Clathemore. Te hice un favor, ¿verdad, Renzo?, al
rescatarte de aquellos primitivos asadores ingleses y aquellos paños de pudin…
El cocinero alzó la vista con una torcida sonrisa. Estaba claro que los bribones estaban acostumbrados a bromear con la comida inglesa. Hice un impaciente recorrido por la cocina y divisé varias máquinas ingeniosas.
Pero antes de poder preguntar para qué servían oí que el insufrible cocinero se mofaba en tono de escolar:
—… ingleses. He de recordar cómo se quemaba la carne.
¡Qué bombastinado! En ese momento el conde me llamó para que examinase una enorme tina metálica. En el interior estaban unas repugnantísimas serpientes que se retorcían y se enredaban dando horribles saltos para huir de su prisión.
—¿No le dan miedo mis voluptuosas bestias, querida Carinna? —
preguntó el conde con una jadeante risa aguda.
—¿Miedo? No, estoy decepcionada —contesté rápidamente—, si ésa es la idea que tiene su cocinero de la buena comida.
Sorprendí al rufián del cocinero dirigiéndome una mirada descarada y pensativa. Me pareció el pillo más presumido que había conocido nunca.
—¡Renzo! Esta noche no olvidarás servirme mis víboras, ¿verdad? —
dijo el conde cuando nos marchábamos.
—Las tengo muy presentes, excelencia —exclamó el cocinero con súbita energía—. Nunca las habréis tomado aderezadas de modo más exquisito.
«¿Y yo?», pensé. «¿Me gustarán a mí también esas resbalosas serpientes?». Pero sin la llave no tenía más remedio que probarlas.
Nuestra cena íntima, como la llamó el conde, se sirvió en un aposento sin ventanas todo adornado con un florido jardín hecho de cera de colores. Para gran consternación mía, justo cuando apareció Loveday el conde volvió a ordenarle que se fuese.
—Qué plaga son los criados —dijo—. No necesitamos que nadie nos observe. Dígame, ¿le gusta a usted mi último juguete?
Señaló el montaplatos, una especie de ventana condenada que tenía dentro una repisa giratoria. «El colmo de la perfección», añadió, «un lacayo mudo». Me limité a esbozar una afectada sonrisa, pues me pareció un
insulto hacia todos nosotros, los criados, que hemos recibido la bendición del don del habla. Cuando él tocaba una campanilla de plata la bandeja se retiraba mediante una cuerda al sótano y, minutos después, volvía cargada de comida.
Confieso que estaba la mar de inquieta en la mesa. «Siéntate derecha, no te quedes callada como un pasmarote ni desmenuces la comida, actúa de manera cortés», me repetía recordando La joya de la cocinera. El decorado era estupendo: cubertería de oro, incienso quemándose y unas ingeniosas cajas metálicas con velas escondidas para mantener la comida caliente.
Malditas sean las guirnaldas, casi estaba a punto de tomar un sorbo de un plato de agua que estaba junto a mi copa cuando el conde se enjuagó los dedos en el suyo y se los secó en un paño de lino.
No tardé mucho en descubrir cuál era el tema de nuestro menú. El primer plato eran ostras, crudas del todo y en las conchas, con la primera copa que me tomaba en mi vida de vino de Champaña, que me burbujeaba en la nariz. Mi acompañante hizo comentarios subidos de tono sobre los fríos besos de las ostras y su desnudez sin aderezar, mientras se relamía el salado jugo de los labios y se ofrecía a hacer lo mismo con los míos. ¡Pero qué papanatas! Luego vino una sopa de tortuga servida en una enorme sopera con forma de muchacha desnuda, después un esturión. Como cualquier zote habría entendido enseguida, el banquete pretendía tener lo que se llama un efecto provocativo… Y qué cuentos son tales ideas, pues jamás me había sentido más casta.
—Por fin, la carne de víbora —dijo el conde, al tiempo que comía con buen apetito las redondas y rosadas lonchas de carne.
—¿Víboras? —repliqué, masticando tan tranquila. Habría apostado a que era un ave disfrazada con una fuerte salsa—. Están buenas —dije, mientras me servía otro pedazo de la fuente.
—Por lo que su tío contaba de usted, me sorprende ver que come usted con tanta… energía. Y, sin embargo, qué fascinante es el gusto por la comida en una mujer. Su esposo, eh, apuesto a que no tiene energía para seguirla.
Boquiabierta, alcé la vista del plato de mi cena. Ay, Señor, se me había olvidado que yo debía ser una mujer casada.
—En mi opinión tiene energía suficiente —farfullé.
Él alzó las cejas al oírlo.
—¡Ja! Entonces, ¿por qué abandonarlo tan rápido? ¿Ha probado usted por primera vez la carne… pero aún no está del todo satisfecha?
Sus ojos claros de color del brandy se clavaron en mí y me desconcertaron una barbaridad.
—Estoy segura de que esto es alguna clase de ave —contesté, confiando en distraerlo.
Pinchó un trozo, se lo metió en la boca y masticó despacio.
—Maldito sea el canalla, tal vez tenga usted razón. Oh, tener que soportar a semejante cocinero gentilhombre, tan lleno de su propia grandeza.
Se levantó y gritó «¡Renzo!» por la trampilla.
—¿Dónde están mis víboras? —preguntó en tono imperativo el conde minutos después, cuando el cocinero se inclinó ante él—. No puedo comer estas cosas mujeriles.
Con hastío, empujó el plato a un lado.
El cocinero se puso tenso y luego dejó muy quieta la cabeza de cuadrada mandíbula. Yo conocía aquel gesto: era el que yo empleaba cuando Lady Carinna o el señor Pars me reprendían. Pero el cocinero al menos tuvo el valor de protestar.
—Excelencia, siempre me esfuerzo por experimentar, por mejorar vuestros platos. Con éste he intentado…
—¿Intentado qué? ¿Desobedecerme? Malditos seáis tú y tus experimentos. Te pago mucho dinero para que pongas fuerzas vitales en mi comida. ¿Qué me importa a mí el sabor?
El signor Renzo volvió a componer el semblante, de sorprendida afrenta a rígida ausencia de expresión.
—Ahí están las víboras —respondió con frialdad, señalando los discos de carne color rosa.
Me quedé mirándolo boquiabierta, pues la carne no tenía ningún regusto parecido al pescado. Había leído en La joya de la cocinera que las serpientes saben como las ranas, que yo recordaba bien de Francia.
—¿Está usted seguro? —pregunté—. Éstas son pechugas de palomino, creo. Y sin duda el sabor de la salsa es algo distinto por completo. Lo tengo en la punta de la lengua. ¿Qué es?
El signor Renzo parpadeó, pero no cambió su vacía expresión.
—My Lady, el mayor tesoro de un cocinero son sus secretos.
No daba crédito a aquello, el redomado bribón se negaba a decirme su receta.
—¡Olvidas, Renzo, que los secretos de un cocinero pertenecen a su señor! —vociferó el conde.
Mientras los dos discutían pinché con el tenedor otro bocado del plato desechado del conde y le di vueltas con la punta de la lengua. Había un fragante aroma en la salsa, que menguaba y crecía con un ligerísimo sabor a mar. Entonces recordé mi visita a la confitería de Londres con el señor Loveday. ¿Qué había dicho él? «Todo mi pueblo destruye estas cosas».
¿Cómo había podido olvidarlo?
—Señor, creo que sé lo que es.
El cocinero me dirigió una mirada la mar de ofendida. El conde no se lo quiso creer tampoco.
—Mi querida niña, ustedes los ingleses tienen muchas virtudes, pero me temo que la gastronomía no es una de ellas.
Aquel curioso sabor no dejaba de florecer en mi lengua, intenso y extraño como una flor del océano. Yo lo había olido de nuevo en la farmacia de Turín. El cocinero me echó una mirada de contenido desdén.
—¿Su secreto es el ámbar gris? —pregunté con la más dulce de las sonrisas.
Fue un placer ver que el fanfarrón hacía una pequeña y cabizbaja inclinación.
—Señoría, me rindo a vuestro paladar.
—¡Ja! No te enfurezcas tanto, Renzo —lo aguijoneó el conde con regocijo—. Lady Carinna es demasiado cortés para mofarse de ti. ¡Pero te ha pillado! Vivirás para lamentarlo.
Fue entonces cuando me di cuenta de las consecuencias de haberle tomado el pelo al cocinero. A pesar de toda su vanidad era un criado como yo, y lo había metido en un lío.
—Un ámbar gris tan fuerte —añadí— que enmascaraba por completo lo que ahora noto que es el sabor de las víboras.
El cocinero se inclinó ante mí con una chispa de complicidad en la mirada.
—Bah —dijo el conde, y soltó un resoplido—. Lo dudo. Mi querida Carinna tiene un corazón extremadamente blando para con los criados.
Tras recibir la orden de marcharse el cocinero nos dejó, pero después de interrogar con vehemencia a un lacayo que estaba junto a la puerta, se volvió a mirarme con expresión perpleja.
—Signor Renzo —lo llamé, haciendo que se pusiese firme de un salto—.
¿Está preparado el licor de víbora? He de partir pronto.
Aquello hizo que el fulano frunciese el ceño y trotase de vuelta a su cocina. Y de pronto se me ocurrió un pensamiento travieso: que no tardaría en aficionarme a decirles a otros que cumpliesen mis órdenes.
Cuando se hubo marchado, el conde me agarró la mano y empezó a soltarme irritantes súplicas.
—Carinna, no puede usted dejarme…
Y al hacerlo me rodeó la cintura con sus brazos y trató de darme un beso.
Yo retrocedí para apartarme.
—¿No conoce usted el dicho —respondí en tono pudoroso— No me hagas besar, y no me harás pecar?
Sus párpados se entornaron, de manera que se le puso cara de oveja con mal de amores.
—Qué idea tan deliciosa. ¡Pecar de nuevo! En cuanto a sus lindos deditos…
Y cogió una de mis manos, dura como una muela de molino, y se la puso en el muslo, que parecía el de un pollo.
De pronto me harté de aguantar toda aquella falsa afectación.
—Es usted un verdadero viejo verde, ¿no es así? —dije.
Aquel malicioso centelleo le iluminó los ojos otra vez.
—¡Pero tan fácil de contentar!
Lo siento, pero no pude evitarlo. Como la boba que era, me eché a reír a carcajadas, olvidando todos mis acentos estirados. Qué triste bribón viejo
era aquel fulano del conde, igual que cualquiera de los que pellizcaban el trasero en una taberna de pueblo.
—Carinna, fíjeme usted el precio. Se lo pagaré —dijo con un vivo resuello.
Le aparté el brazo de una palmada.
—Déjeme en paz.
—Imposible. Y además tengo…
—La llave —lo interrumpí—. Y además ya estoy muy exu… exhausta.
Y le aseguro que no tengo intención de alojarme aquí con usted —añadí, muy firme.
—Bien —contestó en tono arrepentido—, acaso sea un poco pronto. Lo cierto es que bastarán unos cuantos besos en presencia de otros ojos. Mi hermano llega aquí la semana próxima. Mi orgulloso y engreído hermano menor.
Suspiré, comprendiendo por fin algo de la vanidad de un viejo.
—¿Quiere usted decir que un poco de parloteo delante de la gente servirá?
Él asintió con entusiasmo.
Puse mi cansada sesera a trabajar y la cosa me pareció la mar de inocente.
—Muy bien —le dije con cautela—. Accedo a coquetear con usted en público. —Él asintió muy animado—. ¡Pero ojito, que no serán más que apariencias! Y si me da la llave ahora mismo.
El conde cumplió lo prometido. Y cuando su lacayo se presentó con una gran llave de hierro y una botella de vino viperino de aquel presuntuoso cocinero, sólo pensé en llegar a la villa mientras confiaba en que Carinna jamás tuviese que enterarse del pequeño precio que yo había pagado.
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