Antojo de violetas

Martine Bailey · Capítulo 29 de 42

Páginas del PDF

Antojo de violetas

XXIX. Villa Montechino

XXIX

VILLA MONTECHINO

Cuaresma, marzo de 1773

Biddy Leigh, su diario

OceanofPDF.com

OceanofPDF.com

El hermano del conde, Francesco, me echó una sola mirada y frunció el ceño como un oso de mal humor.

—Se había convencido de que era usted un producto de mi fantasía —

susurró Carlo, e incliné la cabeza para dejar que me besase con sus enmohecidos labios.

Cuando le ofrecí mi mano al hermano, éste fingió no verla y me apartó a un lado de un empujón… Creo que habría preferido escupir en ella antes que besarla. En lo que a mí se refiere, que el conde alardease de mí delante de su hermano me importaba un bledo. Me limité a dar gracias a Dios porque él creyese que yo era Lady Carinna.

—Y trae usted puesta la joya —dijo Carlo con un grotesco levantamiento de cejas, recién teñidas de negro.

Se había pintado la cara, y cualquiera hubiese dicho que era un pequeño mono disfrazado de ramera recién embadurnada de pintura. Acarició el rubí que yo llevaba al cuello y luego arrastró los marchitos dedos por mis pechos.

—Así que en verdad su esposo de usted es hombre rico. Seguro que pronto debe de haber noticias de viudedad, ¿no?

Me pregunté si Carlo le había contado a su hermano que yo iba a ser una rica heredera.

—No, aún soy la feliz esposa —contesté, esquivando la pregunta.

—No es eso lo que me escribe Quentin.

Hice caso omiso de él. No hacía más que decir monsergas. Estaba sentada entre ellos ante una mesa, en una habitación ovalada cubierta de sedas moradas desde el techo al suelo. Me sentía como un cerdo premiado en una feria con los dos hermanos observándome, uno como si me adorase y el otro como si quisiese pegarme o algo así.

Al menos estaba la comida. Desde la visita del signor Renzo me había consolado pensando que, fuesen cuales fuesen las mortificaciones que la velada pudiese causarme, las cosas de comer estarían buenas. El cocinero se ufanaba tanto de su talento que estaba segura de que intentaría impresionarme. Dicen que un buen bocado son mil desazones, y ¿acaso no lo sabíamos él y yo? ¿Qué sabían el conde y sus impertinentes dedos, o su maligno hermano, de todo el penoso trabajo y de los conflictos que había escaleras abajo?

—Cariño, usted es la inspiración de este banquete —dijo el conde en voz alta mientras, en silencio, los lacayos hacían cola a la puerta, cargados de platos—. Hasta el último bocado es en honor de usted, mi querida Carinna.

A una señal del conde los criados apagaron la mitad de las velas. Sin el dorado resplandor de los candelabros se hizo una penumbra teatral.

El signor Renzo no me decepcionó. El primer plato era una maravilla, pues cuando los candelabros volvieron a encenderse ante nosotros había un extraordinario espectáculo marino, hecho de relucientes arenas de colores junto a un océano de gelatina. En la arena y retozando en las olas había gambas y langostas, todas perfectamente aderezadas, mientras que en las esquinas de la mesa estaban la sopa de tortuga, un galápago en su concha y un enorme esturión del Tíber. Sonreí para mis adentros mientras comía, saboreando hasta el último bien calculado bocado. Por dentro, felicité al talentoso signor Renzo.

—¡Ah, qué apropiado! —exclamó con entusiasmo el conde cuando retiraron el primer plato y se dispuso el siguiente arreglo—. Mi templo de Venus.

En el centro se alzaba un grandísimo templo pintado, poblado de figuras vestidas como los antiguos. Oh, era más bonito que cualquier palacio de piedra, pues cada columna y cada adorno estaban hechos de deslumbrante azúcar blanca. Las velas se apagaron de nuevo y los diminutos candelabros labrados puestos en las paredes de mármol en miniatura se encendieron. El mayor capricho fue que los platos servidos en la mesa eran un corazón de buey mechado y relleno y un acompañamiento de corazones de cordero asados con mucho picante. Hasta las verduras eran corazones de alcachofa en mantequilla derretida.

—Todos son corazones —dije riendo.

—Para simbolizar mi hechizado órgano —repuso Carlo, al tiempo que su marchita boca se estiraba en un gesto de coquetería.

Oí a su hermano dar un resoplido de desdén y dejar de golpe la copa sobre la mesa.

Inclinándose hacia mí, Carlo comentó en tono satisfecho:

—Dijo que la sobrina de Quentin me despreciaría.

—Ciertamente.

Pinché una pequeña tartaleta en forma de corazón rellena de mollejas en soufflé. Pues en eso el conde tenía razón. Mi mordaz señora nunca le hubiese seguido el juego así. De repente el recuerdo de mi señora me aguijoneó, y apreté los dientes para pedir el favor que ella me había solicitado.

—Carlo —dije con dulzura—, necesito que me dé usted consejo.

—Todo yo estoy al servicio de usted.

Como era pequeño, sus ojos quedaban a la mismísima altura de mis senos. Ni una sola vez alzó la vista hacia mi cara, el muy baboso.

—Mi tonta criada… —Tragué saliva—. Biddy… —Me encogí de vergüenza al decir el nombre y tomé un rápido trago de vino—. Es un misterio para mí qué hacer con el… problema que suelte.

Los llorosos ojos de Carlo se apartaron a regañadientes de mis teticas para mirar arriba.

—¿Problema?

—El niño. Necesito encontrar a alguien que lo tenga. Buenas personas.

Biddy volverá a por él después.

Con una mueca de fastidio, el conde sacó su caja de rapé y se puso un cerrillo en el borde de la mano.

—Creo que el procedimiento de costumbre es consultar con el convento de Sant’Agnese. Las hermanas dan a criar esos frutos del pecado.

—¿Cómo encontrará ese lugar?

Su respuesta la interrumpió un estornudo descomunal, tan grande que una rociada de babas color naranja me llovió encima.

—Está en lo alto de Ombrosa. El sendero de montaña lleva hasta las puertas. —Con un pañuelo gigantesco se secó la gomosa punta de su

empolvada nariz—. Algo de calderilla resolverá el asunto. Pero en verdad, querida —y aquí me agarró la mano, sin darse ni miaja de cuenta de que yo trataba de limpiarme las manchas color naranja del vestido—, debe usted olvidarla. Despida sin contemplaciones a esa dejada.

—Mire, aquí llega el postre —contesté, la mar de contenta con la interrupción.

Otra vez se apagaron muchas velas cuando entraron cuatro hombres que llevaban un tablero plano tapado con un mantel oscuro. Me puse a pensar agradablemente en cuál sería el tema: habíamos admirado el mar y saboreado los corazones del amor… ¿Con que nos deleitaría el signor Renzo a continuación? Confieso que me puse un poco engreída al pensar que el cocinero estaba forzando al máximo su ingenio para impresionarme.

—Esto le encantará a usted —dijo Carlo, al tiempo que tiraba de mí para que me pusiese de pie y viese mejor la retirada del paño.

¿Qué me esperaba yo? ¿Un parque de recreo hecho de pasteles, o un paraíso de nubes de azúcar?

Quitaron el mantel. Me quedé mirando fijamente. Tendida ante nosotros sobre la mesa había una figura de mujer de tamaño natural. ¿Dormida? No, tenía los ojos abiertos y muy fijos, como si estuviese muerta. Entonces parpadeé y vi claro como el día que la mujer era como una muñeca de cera, de piel suave y pelo suelto. Lo asombroso era que toda estaba modelada con confites: el vestido, elaborado con esmero de pasta de azúcar, y el pelo, una especie de trenzas de gelatina con brillo de cobre. Pero el rostro, como una máscara, y compacto, tenía una apariencia la mar de carnosa, animada por unos labios carmesí y unos extraños ojos medio vivos que parecían de cristal, verdes y de mirada fija, bordeados de oscuras pestañas. Hasta el encaje que cubría el traje de azúcar estaba hecho de un millar de hilos en filigrana. Tuve un súbito recuerdo de aquel día que me vi en el espejo de Mawton junto a Lady Carinna. Aquí estaba la misma mujer… alta y de pelo castaño. Era yo.

Murmurándome al oído, Carlo dijo:

—¿Le agrada a usted?

Entonces, tras alargar el brazo hasta la mano, medio cerrada, de la figura, le retorció un dedo, se lo arrancó y se puso a chuparlo entre sus fofos

labios pintados de carmín.

Yo me quedé muy quieta, mientras mis sesos remojados en vino deshacían aquel misterio. Recordaba muy bien las penetrantes miradas del signor Renzo durante su visita a mi cocina. Y entonces fui acordándome, muy despacio, de cómo había llegado de improviso y me había entretenido hablando sin dejar de observarme un instante, como un halcón. Lo que yo había tomado por simpatía no era sino un remolonear para fijar mi imagen en su cabeza.

Junto a mí el conde levantó con descaro el canesú de azúcar y descubrió dos pechos de puntas rosadas. Con un hábil pellizco, partió un pezón parecido a una cereza.

—Les ruego que me disculpen —mascullé, y salí a escape de la habitación.

Mis pensamientos hervían como la leche achicharrada. Me fui corriendo de aquel comedor todo lo rápido que pude, con la garganta tensa y ardiendo.

Malditos sean los retortijones, yo había interpretado mal la cordialidad del cocinero. Valiente zoqueta sin seso, me dije con reproche. Pues anda que debió de tomarme por una criatura bien boba al verme mirándolo boquiabierta y soltándole risitas tontas mientras él se grababa mis facciones en la memoria, todo a cambio de unos cuantos cumplidos rastreros. Con la cabeza gacha, pasé deprisa por delante de los lacayos del conde en busca del señor Loveday para que pudiésemos marcharnos enseguida.

Que se pudriese el conde. Y mi señora también, que me había enviado aquí, a este cubil de sahumados viejos verdes. Eran las paternales palabras del señor Pars las que sonaban acusadoras en mis oídos: debía preocuparme de mi buena reputación y no dejarme adular por mi señora. Quizá debía haber hecho caso al viejo administrador de Mawton, como me aconsejó la buena señora Garland. En lugar de eso, aquí estaba yo haciéndome la ramera… ¿Y para qué? No tenía palabras para expresar la humillación que sentía mientras corría de acá para allá por aquel laberinto de pasillos.

Tomé una escalera dorada que me imaginé que conducía a las dependencias de los criados de fuera, pero mi cabeza estaba toda confusa, y minutos después, al encontrarme un pasillo sin salida, la sorpresa me hizo olvidar mi mal humor. Ahora me había perdido y, aturdida, fui dando

zancadas de un lado a otro buscando cómo volver a la entrada de la villa.

Fue entonces cuando me fijé en una escalera que iba a la cocina. Me quedé en la parte alta y oí porrazos y gritos amortiguados que llegaban de mucho más abajo. Después de comprobar que nadie me veía, me recogí las enormes faldas y bajé con sigilo sin hacer ruido. Al pie de la escalera un pasillo desnudo llegaba hasta la blanca cocina de donde procedía toda la barahúnda. Escuché con atención y oí la voz del signor Renzo protestar, aunque no sé exactamente lo que decía.

Un capricho de curiosidad me hizo echar un vistazo a aquel lugar.

Primero me asomé a un cuarto abastecido como despensa seca. Al lado había una trascocina que se había usado hacía poco, llena de montones de cacharros sucios. Aún continuaba el estruendo de la cocina, de manera que probé una tercera puerta. Una mirada me confirmó que había acertado, de manera que entré y cerré bien la puerta de un tirón.

Se hizo un silencio repentino y denso de polvo de azúcar. Estaba dentro de un pequeño taller de confitería, un lugar curiosísimo donde el aire tenía un sabor dulce como el néctar. Ante mí había media docena de mesas, cada una con una cuerda extendida por encima. Flores, joyas y diminutos animales colgaban, sin pintar, de aquellos cordeles, como esculturas cubiertas de nieve puestas a secar. Debajo de ellas había figuras de azúcar moldeadas sobre cáscaras de huevo y, a su lado, los utensilios de confitero, pequeñísimas paletas y tenedorcillos de latón y marfil.

Al otro extremo de la habitación encontré lo que buscaba: dibujos de mi cara colgados en alto en una pared, mi retrato curiosamente formado con rayas y puntos, de frente y de lado. Debajo de ellos, en la mesa, había un par de mis manos, hechas de mazapán amarillo, en un molde de madera.

Aquí había una trenza de mi pelo formada con hebras de regaliz, un bosquejo de mi boca y un plato de pestañas de algodón encerado. Me invadió una mezcla de asombro y repugnancia, pues resultaba muy curioso verme tan diestramente desmembrada. Me quedé quieta, mirando un buen rato, incapaz de apartarme.

De pronto oí abrirse la puerta con un leve chasquido y la corpulenta estatura del signor Renzo bloqueó la entrada. Pareció quedarse la mar de sorprendido al encontrarme allí.

—De manera que así es como me trata usted. —Di con el dedo en el dibujo de mi rostro—. Me roba usted la cara mientras finge ayudarme.

Debería usted actuar en el teatro, pues tiene un talento asombroso para el engaño.

El cocinero vaciló e hizo una inclinación.

—Siento ofenderos. El conde me dijo…

Hice un gesto de hastío mirando al cielo.

—¿El conde? El conde es un badulaque. Eso lo sabemos los dos. No es el conde, es el fingimiento de usted lo que me ofende.

Tragó saliva y alzó sus grandes manos en un gesto impotente.

—My Lady, esperaba que os gustase. —Meneó la cabeza, desconcertado

—. Un cumplido a vuestra belleza.

—Pues no me gusta. —Señalé lo que parecía un modelo a escala de un rígido y rosado pezón—. Es vergonzoso, señor. El… —intenté expresar lo que me ofendía tanto— el exhibirme como un plato.

El Señor sabe que aquello también era un gran halago. Pero el meollo era que yo había confundido sus miradas fijas con una muestra de aprecio masculino por lo que veía, y ahora tenía un arrebato de enfado de mil pares de demonios.

—Sin duda fingió usted que le gustaban mis mediocres pasteles, también

—proseguí, irritada.

—No, no. Yo no fingía. No es frecuente conocer a una mujer que…

—¿Sí? ¿Que qué?

Se frotó la frente y luego se pasó los dedos por entre los negros rizos.

—Que piense como yo.

Sus palabras me hicieron callar. De manera que era cierta la vaga intuición que yo había tenido estos últimos días. Sí que pensábamos igual.

Era extraño. Un caliente rubor empezó a subirme desde el seno y el cuello hasta la cara. Confusa, me hice a un lado, aparentando sentir una nueva fascinación con los dibujos.

—My Lady, ¿no os gusta, ni siquiera un poco? —preguntó con una pizca de atrevimiento burlón.

—No.

Pero lo dije sin fuerza. ¿Qué habría pensado Lady Carinna de todo esto?

Muy probablemente, le habrían gustado las lisonjas. De manera que hice todo lo posible por ocultar mi decepción.

—Muy bien. Me gusta un poco. Pero me desagrada más.

Estaba diciendo tonterías.

—No era mi deseo ofenderos.

—No se preocupe. —Meneé la cabeza con gesto irritado—. Ha hecho usted todo ese trabajo.

Entonces el signor Renzo alzó la mirada. Sus ojos de párpados soñolientos centellearon de pronto.

—¿Si pudiera rectificar? ¿Qué podría hacer yo, My Lady?

Hice ademán de marcharme. Al pasar por delante de él, me puso su pesada mano en la manga. Le lancé un vistazo. Por encima de las hermosas manos me fijé en el rizoso vello negro de sus brazos. Y entonces, tan cerca estábamos, me llegó el olor a animal joven y a sudor masculino, y me desconcertó.

—Sé que tenéis excelente paladar, Lady Carinna. Si deseáis probar una cosa extraordinaria…

—¿Probar qué?

—Oh, esto no es apropiado. Mis palabras corren demasiado rápido.

—No me ofenderé. Dígamelo.

Mis ojos escudriñaron su rostro, exploraron las sombras y la barba incipiente de sus anchas mejillas. Oh, era un fulano fornido, poco agraciado, pero algo me ponía nerviosa cada vez que lo veía. Sus ojos, oscuros como la melaza, se clavaron en los míos. Durante un vertiginoso instante nuestras miradas se fundieron, como manos que buscasen a tientas en un pozo completamente oscuro. Entonces me aparté y empecé a darme tironcitos del vestido.

—Ahora es la época de cazar las primeras trufas negras del verano —

dijo muy rápido—. Para muchos cocineros satisface el deseo de toda una vida. Eso no puede… arreglarlo todo otra vez, pero si vos quisierais…

De nuevo sus palabras se interrumpieron, y él se quedó muy quieto en su postura de criado.

—¿Quiere usted llevarme a cazar trufas?

Me reí a carcajadas, pues estaba muy tensa.

—Es un prodigio de la naturaleza —afirmó en tono tentador y anhelante.

Clavé la mirada en él, incrédula. Ay, Señor, el fulano estaba tan loco por la comida como yo.

—¿Y el conde no lo sabrá?

Hizo un gesto negativo y respondió:

—No.

Y entonces me miró con tal devoción que me hice una pregunta: ¿qué me gustaría hacer a mí, a Biddy Leigh?

—Muy bien —dije con cautela—. Puede usted llevarme.

OceanofPDF.com