Antojo de violetas
XXXIII. Villa Ombrosa
XXXIII
VILLA OMBROSA
Sábado Santo de 1773
Biddy Leigh, su diario
OceanofPDF.com
OceanofPDF.com
Aunque estaba rendida, dormí mal aquella noche. Tenía al bebé junto a mí y cada pocas horas me despertaba oyendo su lloriqueo. Me la arrimaba, cogida en brazos, y me alegraba mucho de sentir su cuerpecillo, y creo que ella se alegraba de sentir mi calor a su lado. Durante las primeras horas de la madrugada imágenes la mar de horribles pasaron rápidas por mi cabeza: los ojos de porcelana mate de mi señora muerta y la colorada carnicería de su cuerpo, y Renzo diciendo que si yo lo quisiese, me iría con él. Pero lo peor de todo era la amenaza del señor Pars de verme ahorcada por asesinato. La horca. Sólo la idea del árbol de la horca y el paseo final hasta aquella vergonzosa muerte casi hacía que me desmayase de terror.
De manera que me consolé cuando apareció el amanecer detrás de las persianas y vi los grises ojos de la nena mirarme parpadeando, confiados.
Por la gracia de Dios, me dejó maravillada que de todos los horrores de aquella noche saliese una niña tan linda y bien lograda. La mecí sobre las rodillas un rato, cantándole canciones bobas mientras le estiraba los diminutos dedos de las manos y los pies, que aún tenía apretados de estar encogidos tanto tiempo. Cierto que su cabeza seguía torcida, pero se la froté suavemente con ungüento hasta que pareció quedar un poco mejor. Sin embargo también se me hizo un nudo en la garganta de compasión, porque fuese un cominito sin madre en este lugar extranjero.
Bengo salió de la cocina casi como una bomba cuando lo solté. Me dieron ganas de pegarle con un palo al ver que había estado corriendo como loco por todos lados, dándole porrazos a la loza y rompiendo la mejor taza de té de Carinna. A toda prisa, calenté un poco de leche y, como no tenía biberón, le di de comer al bebé gota a gota con una cucharilla de té.
Mezclada con un poco de vino y miel, sosegó a mi pequeñina, y en cuanto empezaron a bajársele los párpados la metí a la carrera en la cesta del pan y recé para que se quedase callada. Poco después oí al señor Pars levantarse y
me dije que debía ser cautelosa, pues este hombre tenía mi vida en sus manos. Mientras les ponía mantequilla a sus panecillos le di vueltas al asunto: que un juez tal vez pensase como pensaba el señor Pars, que yo le había hecho daño a mi señora. Casi no acababa de creer que se hubiese acercado a mí con tanto sigilo sin que me diese cuenta cuando yo tenía el cuchillo alzado sobre el cuerpo de Carinna.
Intenté sostener mi propia inocencia, pero no era tan fácil. Como decía el señor Pars, había testigos en abundancia de que yo me ponía los vestidos de Carinna y me llamaba por su nombre mientras ella estaba mala en la cama.
Sólo contaba con el señor Loveday y con Jesmire para que intercediesen por mí, y Jesmire, según sus propias palabras, no podía verme ni en pintura.
Y, por lo que yo sabía, el señor Loveday, al ser esclavo, no tenía derecho a hablar en un tribunal de justicia.
Cuando oí que el señor Pars bajaba la escalera acudí deprisa a servirle el desayuno. Hice todo lo posible por interpretar su semblante, pero estaba igual que siempre, con una expresión severa en la cara. Luego, tan pronto como oí que paraba el raspar de platos en el salón, entré e hice una reverencia más grande de lo que había hecho en muchos meses.
—Señor Pars, señor, me dijo usted que si cumplía sus órdenes hoy sería benévolo conmigo.
Había encendido la primera pipa del día y estaba arrellanado en uno de los sillones del salón. Resultaba raro verlo abajo y, a decir verdad, parecía más a gusto que en los últimos tiempos, como si hubiese tomado verdadera posesión de la villa ahora que mi señora había muerto.
—Conque ahora te tragas el orgullo, ¿no?
—Sí, señor. Y siento muchísimo lo de la señora. Murió de muerte natural, señor. Yo esperé y esperé a ver si venían usted y el médico…
Levantó una mano para hacerme callar.
—Basta. Hay muchos asuntos que atender. Primero dispondré el entierro de esa pobre mujer. Y mientras tanto tú debes deshacerte del niño.
Al principio el corazón me martilleó como un tambor, pues no entendí a qué se refería. Entonces recordé la intención de Lady Carinna.
—¿Quiere usted decir preguntar en el convento por una familia que la críe, señor?
—Sí. Supongo que para guardar las apariencias deberías llevar el vestido de tu señora cuando salgas. Quedaría demasiado raro que la misteriosa Biddy, postrada en cama, de repente se pusiera a callejear por ahí.
—Muy bien, señor. ¿Y escribirá usted para contárselo a su familia? Qué terrible noticia para Sir Geoffrey. Y para su tío de ella y el señor Kitt.
—Yo me encargaré de todas las formalidades. Con este calor no debe haber retrasos. El entierro ha de ser mañana.
—Gracias, señor. ¿Y no mandará llamar usted al juez de paz, señor?
—Como te dije, haz lo que se te ordene y ya me lo pensaré.
Yo aún estaba la mar de preocupada, pero hice una reverencia y me puse a recoger los platos.
—Una última cosa —dijo con voz muy resuelta—. Debo reunir todos los bienes de tu señora. Y no encuentro la joya.
Casi se me cae la tetera de la impresión. No se me olvidaba que había prometido, junto a un lecho de muerte, no entregársela.
—¿No te la has puesto tú hace poco?
Su voz estaba cargada de desconfianza.
La boca me sabía a serrín. Recé para que la joya estuviese donde yo la había dejado, en mi aposento.
—Sí, señor. Pero se la devolví a mi señora. La buscaré bien en sus cofres.
—¿En sus cofres? Muy bien. Ponte a ello, pues. —Me observó en silencio entre vedijas de humo—. Porque si la joya no aparece, comprenderás que todos estos acontecimientos toman un cariz muchísimo peor.
Hacía un día caluroso, cargado, pues el chaparrón no había caído por la noche. Decidí ir andando con el bebé. Jesmire tenía el coche y a mí me faltaba valor para montar a caballo yo sola, de manera que envolví a la pobre chiquilina en un mantón y, aunque no era así como lo haría una señora, me la puse sin ceremonias a la cadera como hacían las mujeres de Scarth cuando salían a coger carbón. Vestida con el traje azul de mi señora comprado en París, era en verdad una visión mientras subía pesadamente por la carretera hacia Ombrosa. Para cuando pasé con paso cansado por
delante de las murallas de piedra del pueblo tenía una punzada en el costado como una aguja de mechar. Dejé atrás a unas cuantas viejas sentadas a la puerta y a un puñado de viejos que jugaban a las cartas con unos grasientos naipes debajo de unos arcos antiguos. Se me quedaron mirando como hacían siempre, descarados y curiosos, pero no empezaron a hablar hasta que no los rebasé.
Recordando las indicaciones del conde, seguí camino arriba hacia la cumbre de la colina. Poco a poco, la torre parda y las tapias del convento aparecieron muy por encima de mí. Para entonces un sol borroso caía a plomo, y maldije la estrechez del canesú que me apretaba la respiración. El camino iba en dirección variable, de manera que los edificios viraban hacia el este, luego hacia el norte, siempre fuera de mi alcance. Pero por fin, después de que mis pies pisasen muchas millas de duro camino, doblé una curva y me encontré delante de una mísera portería.
Llamé a la puerta tachonada de hierro. Durante varios minutos no acudió nadie. Ahora que mis zancadas ya no lo acunaban, el bebé empezó a llorar, un llanto de encías rosadas que me puso nerviosa. Volví a llamar, cada vez más enfadada. «Maldiga Dios a estos papistas», solté por lo bajo.
«¿Siempre han de estar besándoles los dedos de los pies a sus ídolos de piedra y contando las cuentas del rosario?».
Entonces la rejilla de la puerta chirrió, y un ojo receloso se asomó a mirarme.
En mi mejor italiano dije que deseaba que buscasen una familia para el bebé, por cuyo servicio pagaría bien. Sin la menor palabra de saludo, una monja fea alzó el pestillo de la puerta y la seguí hasta dentro. Estábamos en una especie de patio donde los hierbajos brotaban del enlosado y las cabras se peleaban por las sobras de la cocina. Fui tras la renqueante figura hasta un sucio aposento y ella se acomodó detrás de una mesa. Por encima de nosotras había un cuadro de María, con el corazón atravesado por espadas como un acerico viviente.
Dando un fuerte suspiro, la monja alargó la mano para coger una caja de caudales y me la tendió pidiéndome el dinero. Yo llevaba preparadas mis lire, pero, después de ver aquel lugar, una gran desconfianza me impidió entregárselas.
— La bambina? —pregunté.
Le hice gestos para que me enseñase dónde tendrían al bebé hasta que se arreglase la diligencia. La vieja monja frunció el ceño y agitó la arqueta en mi misma cara. «Maldita seas, so bruja», pensé.
— Dove la bambina…? —Me esforcé por pensar en la palabra italiana—.
Dorme? —volví a preguntarle.
Era una batalla de voluntades, pero yo no tenía intención de dejar a la hija de Carinna sin ver dónde dormiría esa noche. Y lo que vi, tras una tosca pelea de gestos, fue tristísimo. A los bastardi, como los llamó la monja, los tenía alojados una familia en un sombrío cuchitril con rendijas por ventanas. Un bebé acostado en la paja pataleaba entre su propia porquería.
Los demás niños, pocos, estaban muy flacos y harapientos. De ellos se encargaba una repugnante mujer con un gran bastón en la mano. Di media vuelta y me fui de aquel lugar infernal. Ni en mil años habría dejado a la linda pequeñina en semejante pozo de aflicción.
La ira me hizo bajar otra vez hasta el pueblo. El bebé lloraba de nuevo, sin duda tenía hambre de la leche de su madre. Busqué el mercado que ya conocía y les pregunté a los dueños de los puestos, rezando para que hubiese alguien necesitado de dinero. Al cabo de una hora di con Carla: una rolliza moza de catorce años que había aguantado la mar de reprimendas, y cuya madre la insultaba a gritos, aunque el bebé sin padre de la muchacha había muerto. Las manchas húmedas de su canesú me indicaron todo lo que necesitaba saber. De manera que le ofrecí a la madre la mitad del dinero que tenía pensado para el convento, y le prometí el resto a la hija si su leche resultaba buena. Acordamos que viniese el día siguiente a la hora del almuerzo, después de que la hubiese absuelto un sacerdote, y luego compré una jarra de leche recién ordeñada.
Volví despacio por la carretera blanca, apartando a manotazos las zumbadoras moscas y procurando acomodarme a Evelina en la cadera. Le había elegido el nombre por la cubierta de uno de los libros de mi señora y me parecía la mar de moderno, y no como la carga que yo debía soportar llevando una vida de condenada Obedience. Lo cierto era que anhelaba de veras quedarme a la nena. Sí, sabía que era una cosa bien tonta, pero no podía separarme de ella. La forma en que se agarraba a mí, el aspecto
blando, sin formar aún, de ella, como si fuese a romperse tan fácilmente como una cáscara de huevo, todo me tenía atrapado el corazón. Sin embargo no acababa de decidirme por ningún plan, sólo que debía ocultársela al señor Pars hasta saber adónde la llevaría.
Miré alrededor, inquieta, mientras mis doloridos pies recorrían con esfuerzo la larga avenida de vuelta a la villa. Algo pasaba detrás de la casa, pues una oscura onda de humo se alzaba del jardín y el amargo olor de la ceniza corrompía el aire. Tras lograr meterme al bebé bajo la capa entré a hurtadillas por la puerta principal y luego contuve el aliento y, con sigilo y paso ligero, fui a la cocina. Gracias a Dios, el señor Pars estaba allá en la parte de atrás. Desde la ventana de la cocina lo vi quemando un gran montón de cosas fuera, en el jardín. Calenté algo de leche y Evelina se tomó una poca de la cuchara, hasta que la dejé en la cesta bien dormida.
El pesado de Bengo se puso a arañar la puerta. Para aumentar mi trabajo había soltado una repugnante vomitona. El bicho cascarrabias andaba como un borracho, era muy cómico verlo. En el hocico tenía una delgada costra, un hilo de verde vómito seco, y había más en el patio. Temiendo que fuese a delatar a Evelina ante el señor Pars, cerré la puerta y lo dejé fuera con un plato de agua.
Supe que debía marcharme al día siguiente sin falta. Cada vez que miraba por el vidrio al señor Pars me inquietaba más y más. Aunque estaba a cierta distancia, reconocí en él un aire engreído. Estaba proporcionándole la mar de placer acabar con lo que parecían ser los bienes de mi señora. Yo no era boba, sabía que lo había desobedecido al traer a la pequeña Evelina de vuelta. Y al pensar en su otra petición comencé a inquietarme por la joya de Carinna.
En ese preciso instante el reloj dio las cuatro de la tarde. «Vaya, sólo faltan dos horas para que vuelva el señor Loveday», me dije con alegría. Y
entonces, para no desanimarme, hice lo que siempre hago cuando me preocupo. Empecé a cocinar.
La pieza de vaca para la Pascua estaba colgada en la despensa, de manera que la ensarté sin dificultad en un asador sobre el fuego. Y en la despensa había cosas frescas, un montón que gastar si iba a irme al día siguiente. Cuando regresase el señor Loveday todo iría bien, me dije. Sin
duda después todos tomaríamos caminos distintos, y yo me llevaría conmigo a Evelina. La noche pedía una cena de entierro para Carinna, era lo menos que podía hacer para recordarla. Saqué La joya de la cocinera y encontré unas recetas estupendas. Mientras disponía mis paños y mis cucharas y mis escudillas, de repente todos mis temores me parecieron tonterías. Primero hice unas empanadas y horneé un buen pan. Luego me puse a hacer unos pasteles de entierro, y el deleite de preparar una receta desconocida e interesante actuó sobre mis nervios como un bálsamo. Entre el machacar y el tamizar y el cuidadoso cortar de los estuches de papel que la antigua receta llamaba ataudes, si no fuese por el señor Pars y su odiosa amenaza, me habría sentido feliz. «Vaya, esto es lo que yo quiero», comprendí con una claridad la mar de intensa: trabajar en mi cocina con pequeñines a mi lado. Las mismísimas entrañas me dolieron al pensar en mis hijos e hijas aún no nacidos, y en cómo me enfrentaría como una loba a cualquiera que intentase hacerles daño. Y si alguna vez alguien intentaba hacerle daño a Evelina, lo mataría también.
Es curioso que algunos piensen con más claridad con una pipa apretada entre los dientes, mientras que otros necesitan una aguja moviéndose como una flecha en los dedos. Para mí las ordenadas repeticiones de la cocina son la mejor ayuda para la meditación. Primero pensé en la joya y en dónde esconderla del señor Pars, y se me ocurrió un escondrijo maravillosísimo en verdad. Fue obra de un instante quitarla bien de en medio y saber que había llevado a cabo el último deseo de mi señora. Después volví al trabajo, y la mesa del comedor no tardó en tener un mantel limpio y las empanadas y la carne de vaca y la fruta quedaron dispuestas en una presentación geométrica la mar de elegante. Luego, mientras ponía con la cuchara una cantidad igual de la mezcla de pastel de entierro en cada cajita de papel, todas las partes separadas de lo sucedido en estos últimos meses empezaron a unirse también. Al tiempo que se hacía la primera hornada pensé en la amabilidad de mi señora al darme su agua embellecedora. Mientras fregaba los cacharros recordé mi tonta sospecha de que ella hubiese empleado el sasafrás para envenenar a Sir Geoffrey. Vaya, reflexioné al sacar los primeros pasteles del horno, había sido una boba al pensar siquiera que mi
señora pudiese envenenar a nadie; era más probable que la hubiesen envenenado a ella, en vista de su rápido decaimiento de salud…
Dejé con estrépito la caliente tabla de pasteles sobre la mesa. Evelina levantó una crispada mano en el aire, pero después de hacer un gesto de mamar con los labios se calmó y se durmió otra vez. ¿Veneno? Eso tenía que ser un disparate. Sin embargo… el vómito verdoso de Carinna no había sido bilis corriente. Y… eso era, eso era lo que me agobiaba: Bengo se había puesto malo de repente también, y también había vomitado una cosa verde.
Me tapé fuerte la boca con los dedos como para no dejarme pronunciar siquiera semejante palabra. No, tenía que estar equivocada, pues ¿no cocinaba y servía yo toda la comida de mi señora? De manera que, argumenté, quizá fuese una pestilencia. Por un momento sentí una oleada de alivio. Sin embargo ¿qué pestilencia los afectaría tan sólo a ella y a Bengo?
Debía de ser algo que había comido. Bueno, pues había comido syllabub, nada más, y lo había preparado yo. En realidad yo había tomado un poco y me había gustado. Aunque, Bengo había devuelto algo verdoso también.
¿Qué habían comido los dos que no hubiese probado nadie más?
Mi alborotado corazón se aceleró cuando miré por el vidrio para asegurarme de que el señor Pars seguía junto a la hoguera. Allí estaba y, sin embargo, ¿por qué sólo con verlo mis piernas sentían aquella urgencia de echar a correr? Cerré los ojos. ¿Qué habían comido mi señora y Bengo?
Hacía mucho que ella había dejado los confites, no había nada de comer allá arriba en su aposento. ¿O qué había bebido? Sólo su té de consuelda.
Un helado dardo de temor me recorrió el cuerpo. Esa mañana Bengo había derramado lo que quedaba del té de consuelda y, después de romper la taza, el líquido se había vertido por el suelo. Sin duda el tonto del perro lo había lamido.
Pero de nuevo razoné lo contrario. Sólo yo y el señor Loveday comprábamos la hierba en puestos de mercado. Con todo ahora tenía un leve recuerdo, casi como un sueño, de Carinna diciéndome que el señor Pars le había dado una dosis anoche. Tenía que ser la consuelda. Me la imaginé, sobre la mesa que estaba junto a la cabecera de la cama. Una caja de nogal llena de hojas picadas.
Miré la ventana. El señor Pars había arrojado al suelo un gran baúl de viaje y hurgaba en él con un palo. Evelina dormía tranquilamente, moviendo los diminutos párpados en un leve aleteo. Haciendo el menor ruido posible, recorrí con sigilo el pasillo y subí la escalera. Sería cuestión de un momento encontrar la hierba y asegurarme de que el señor Pars no la hubiese cambiado por otra. Pero mis pasos se hicieron más lentos a medida que me acercaba al cuarto de mi señora. No había visto su cadáver desde que la había amortajado la noche anterior.
Abrí la puerta empujando y la encontré aún cubierta con la sábana, aunque media docena de moscas daban vueltas en torno a ella como si velasen el cadáver. Tras acercarme deprisa a la mesa encontré la caja con la tapadera cerrada, como debía estar. La abrí y miré las pálidas hojas verdosas. «Menos mal», me dije, «son hojas de consuelda». Suspiré y luego, por pura costumbre, cogí un par de hojas y las estrujé entre el índice y el pulgar. Después me llevé los dedos a la nariz y olisqueé.
Aquel aroma no era consuelda. La consuelda tiene un verde olor a perejil mohoso. Esto se parecía a la amapola y era más fuerte al olfato. Volví a olerla, metiendo bien la nariz en la caja. Era algo que yo conocía, algo que había olido muchas veces… Entonces, con la cara tan cerca, me fijé en los diminutos vellos que había en las hojas. En ese instante me acordé del nombre, un nombre corriente, aunque muy conocido como medicamento y veneno. Dedalera.
Un crujido en la escalera hizo que me sobresaltase como una liebre asustada. Procuré bajar la tapa suavemente, pero mis torpes dedos resbalaron y la caja se cerró con estruendo como si fuese una matraca. Al momento el señor Pars estaba junto a la puerta. Me había pillado con las manos en la masa.
—Siempre supe que eras lista, Biddy. —Sonreía como si estuviese contento conmigo, pero me pareció que estaba más satisfecho consigo mismo—. Si alguien tenía que descubrirme eras tú.
Me quedé helada como un bloque de hielo. Sólo mi señora muerta estaba tendida entre nosotros. Ay, Señor, pensé. Él la mató. Mi mirada fue del cadáver de Carinna, que yacía asesinada, hasta el administrador, tan ufano
de sí. Abrí la boca con idea de tratar de distraerlo parloteando, pero mi voz sonó aguda y ahogada.
—Dedalera y consuelda. Fáciles de confundir una con otra.
Se cruzó de brazos y se apoyó en el marco de la puerta.
—Eso me decía Lady Maria. Una auténtica estudiosa de la herbolaria era. Me enseñó a cultivar la fárfara y muchas más cosas. Claro que ella era una dama, no como esa asquerosa ramera.
Señaló con una inclinación de cabeza el cadáver que estaba entre nosotros.
Eché un vistazo a la ventana y vi que las persianas estaban bien cerradas.
No había manera de escapar por allí. «Oh, Dios, no me dejes morir», dijo una silenciosa voz dentro de mi cabeza. Se me ocurrió que si lo entretenía hablando, el señor Loveday tal vez volviese en cualquier momento.
—¿Cuánto tiempo llevaba tomándola?
—Desde que paramos en Ashford. Se la cambié por primera vez aquel día que te sorprendí en su aposento. Debí haber adivinado la farsa de esa mujerzuela, pues te confundí con ella entonces y te llamé por su nombre.
Allí me sacó ventaja al traerte consigo. En cuanto a la digital, cada vez que la cambiaba ninguno de vosotros lo advertía. Bueno, hubo aquel exceso en Turín, ¿te acuerdas? El corazón de la zorra estuvo a punto de pararse. Mi única preocupación era que por fin te dieras cuenta.
Negué con un débil movimiento de cabeza.
—Pero tú tenías la cabeza en otro sitio, ¿verdad? Ella se encargó de eso.
No imaginas mi satisfacción al pensar que cada día y cada noche se bebía su veneno, bien preparado por manos que no eran las mías. Lo de Turín me indicó lo que necesitaba saber acerca de la dosis. Anoche me limité a triplicarla.
—Pero el médico se habría dado cuenta.
—¿Qué médico? Anoche no hice más que dar una vuelta por los senderos.
De nuevo busqué preguntas desesperadamente para que siguiese hablando.
—Pero ¿por qué… la odiaba usted?
Se rio de mí como si fuese una imbécil.
—Se me olvida que tú aún crees que esa zorra sulfúrica era una inocente.
Si hubieras visto su codiciosa cara cuando llegó a Mawton, no la habrías imitado de esa manera. Todos ellos habrían hecho cualquier cosa por dinero. Conocí a su tío en los tribunales de justicia cuando buscaba un modo de recuperar Pars Fold, después de que Sir Geoffrey acosara a mi padre hasta que éste se lo entregó. Se me ocurrió que podría volver a poner las tierras a mi nombre en secreto, porque ¿quién de los herederos de Sir Geoffrey iba a enterarse? Pero el abogado al que consulté, un gusano con una grasienta peluca, me dijo que no podía hacerse a escondidas y que, de todos modos, debía pagar el valor actual. ¿Pagar una suma enorme por lo que era nuestro por derecho? No podía dejarlo estar, aquello no paraba de crecer como una úlcera en la boca. Encontré consuelo en una taberna frente a las salas de audiencia, y allí conocí a Quentin. Estaba procesado por fraude, naturalmente. Nos pusimos a hablar y descubrimos que cada uno de nosotros le era útil al otro. Entonces hicimos un pacto, un pacto firme, de dividirnos la fortuna de Sir Geoffrey, la mitad para mí, la mitad para ellos.
Él dijo que tenía una sobrina joven y lozana y que andaba al acecho de un tahúr rico, y yo… bueno, yo necesitaba que otros desviaran la atención de mi parte. ¿Qué era Pars Fold si podía quedarme toda la fortuna de Sir Geoffrey, si quería? Pero los necesitaba a ellos, un par de incautos para cargar con la responsabilidad. ¿Quién se fijaría en mi parte cuando la buscadora de oro de su esposa terminara de gastárselo todo? Fue sólo mi ingenio el que ideó todo el bonito ardid. Y Quentin y Carinna cayeron como moscas en la miel.
El silencio me aterraba, de manera que, tartamudeando, le hice otra pregunta.
—¿Y por qué no lo compartieron como habían acordado?
El señor Pars señaló con desprecio a mi señora.
—Porque esa perra faltó a su palabra. Tan pronto como se casó con Sir Geoffrey inició su propio juego. De pronto la zorra negra decidió viajar, y amenazó con llevarse todo el dinero al extranjero y dejarme sin nada. Dijo que, si yo no accedía, acabaría conmigo, que mandaría a Irlanda la carta de crédito que fraguamos juntos, porque llevaba la firma falsa de Sir Geoffrey escrita con mi letra. ¡Acabar conmigo! Los problemas que esa ramera me ha
causado, haciéndome venir hasta aquí tras de sus faldas sólo para tenerla contenta… En cuanto a sus gastos, lo hacía para enfurecerme, ¿sabes? Un día en la playa de Dover dijo que se gastaría mi parte aún más rápido en París. Es sorprendente que no acabara antes con ella.
La playa de Dover. Recordé dos figuras, un hombre vestido con un sobretodo dando veloces zancadas con las manos cerradas, convertidas en puños.
—Y además no se separaba de la joya ni un momento. Desde que Lady Maria me la enseñó, cuando viajé por primera vez hasta Yorkshire para recoger a aquella dulce dama, he anhelado esa joya. Así que entrégamela, muchacha.
Ay, Dios mío, por favor, la joya no. Yo tenía que dejar que aquel hombre siguiese con sus fanfarronadas.
—Y entonces, ¿quién es el padre de la hija de Carinna?
—El diablo sabrá con qué inmundo libertino se acostó. Yo sólo sé que no es de Sir Geoffrey.
—Claro que lo sabe usted —repliqué—. Él estaba medio muerto de sífilis.
Pars esbozó una sonrisilla amarga.
—Sí, maldita sea su alma. Aunque él tenía fuerzas para seguir vivo como un supurante cadáver, la sífilis poco menos que asesinó a todos los hijos que Lady Maria concebía y, por fin, la asesinó a ella. El chancro le llegó al corazón. Era una llaga abominable, justo aquí. —Con ojos fieramente ausentes, se tocó el fornido pecho—. La tenía oculta bajo la Rosa de Mawton.
Yo tenía que apartarlo de aquella joya otra vez.
—Pero ¿dejó usted que Lady Carinna se casara con él, sabiendo que si él se la llevaba a la cama, aquello la asesinaría poco a poco también?
—Se lo merecía. ¡Nadie podía sustituir a Lady Maria! —De pronto recobró la compostura—. Y bien, ¿dónde está la joya?
Procuré borrar toda expresión de mi rostro, como si fuese una blanca fuente vidriada.
—No lo sé.
Entonces se movió. Entró en la habitación con pasos lentos y pesados, de manera que retrocedí hacia la pared, encogida como un perro. A unas pulgadas de mí se detuvo, jadeando tan fuerte que me llegó su agrio olor.
—Biddy —dijo, con la cabeza echada a un lado en un remedo de interés
—. Hace tiempo que me preocupas, muchacha. Carinna te inculcó unas fantasías que sólo pueden perjudicarte. Y las atenciones de ese petimetre de conde se te han subido a la cabeza. —Frunció los delgados labios, y las rojas venas se le encendieron en las mejillas como la marca morada de un hierro candente—. Olvidas que no eres más que una puerca de cocina.
Abrí la boca, pero ninguna palabra brotó en mi socorro. Traté de medir su fuerza y calculé que Humphrey Pars pesaba el doble que yo. No era rival para él. Nos miramos fijamente, y en sus ojos vi algo cruel y monstruoso que por lo general mantenía oculto.
—Esos idiotas te han echado a perder, Biddy. Y si no quieres apoyar a tus viejos amigos, si deseas hacerte la traidora…
Hablaba muy despacio y con un sonsonete cantarín, observándome y frotándose los dedos unos con otros, como si se quitase un sudor frío.
—Señor Pars —contesté, y mi voz parecía el lloriqueo de un pordiosero
—, puede usted confiar en mí, señor. Siempre puede…
Justo en ese momento un sonido lejano llegó a mis oídos. Al principio sólo yo lo oí. Evelina se había despertado y quería que el mundo lo supiese.
Entonces vi que una chispa de cólera atravesaba la cara del señor Pars.
—¿Qué es eso? Te dije que te libraras de él.
Los tercos vagidos de la nena subían por la escalera vacía.
—¡Ese maldito pollo pión! Voy a sacarle bien el aire de los pulmones…
—¡No lo hará usted!
—Sólo te he pedido dos cosas: deshazte de ese crío y dame la joya.
Entonces se lo dije, lo que llevaba pensando todo este largo día.
—Y si lo hiciese, ¿luego qué?
En ese instante Pars mostró su odiosa sonrisa y aquello me hizo estremecer, pues me parece que ni la mismísima serpiente tendría una sonrisa más amplia.
—Estás muy aguda esta noche. Es una lástima que tú y esa lagarta no os intercambiarais los papeles de verdad. Ella nunca estuvo a mi altura.
Evelina seguía llorando y crispándome los nervios, de manera que abrí la boca sólo para ahogar el ruido.
—Entonces ¿no fue obra de ella el provocarle a Sir Geoffrey la apoplejía?
—¿De ella? —preguntó el administrador en tono de mofa—. Envié a Londres una botella del usquebaugh preferido de Sir Geoffrey para festejar la boda. Llevaba digital mezclada en el licor. Por lo visto no lo bebió en el momento, pero cuando por fin lo hizo, el día no pudo ser más oportuno: fue el día que él y Carinna se fueron cada uno por su lado después de una violenta discusión. Mi única pena es que haya sobrevivido.
Mientras yo buscaba desesperadamente más cosas que decir, le pedía a Dios oír al señor Loveday en el camino de entrada, pero no me llegaba ningún sonido.
—Pero lo atraparán a usted, ¿no?
—¿Atraparme? Primero tendrán que dar conmigo. Y para entonces sabrán que Carinna robó el dinero. Estoy enviando a Mawton las cuentas cuadradas con absoluta perfección para probar que se gastó hasta el último penique. Y las cartas que guarda mi hermano Ozias muestran que hice todo lo posible por refrenarla. La pluma y la tinta confirmarán mi argumento.
—Quiero decir por el… asesinato de ella.
Su boca se torció hacia abajo en una ácida sonrisa, como si yo hiciese una estupenda broma.
—Mi querida Biddy, Carinna no ha muerto. Sin ir más lejos, hoy la han visto por todas las calles del pueblo. Y hasta el conde declararía que esta hinchada carraca que tenemos delante no era Carinna. Desde luego ayuda el que fuese una perdida veleidosa. De ese modo a nadie le sorprenderá que haya huido con su misterioso amante, y así, por suerte, nadie volverá a verla jamás.
—No comprendo… Y entonces, ¿de quién es el entierro de mañana?
De pronto la habitación se quedó fría y sin aire. Mis dedos buscaron tanteando un mísero apoyo en la lisa pared que había detrás de mí.
—El entierro es el de aquella pobre e infeliz criada, desde luego. La que vino de Mawton con un bastardo en la barriga. La que se creía muchísimo más lista que yo.
Me miró con sus enrojecidos ojos, pero yo vi el músculo que se crispaba para levantar su pesado brazo.
—Obedience Leigh.
No había tiempo para pensarlo: me colé como un rayo por debajo de su brazo levantado y corrí hacia la escalera. Él trató de cogerme las faldas y me retrasó un momento, pero yo tiré y tiré hasta soltarme. Fui a todo correr por el descansillo y vi el primer peldaño de la escalera. Para cuando llegué a él Pars venía con gran estruendo detrás de mí. Una mano me agarró del pelo, pero me retorcí hacia delante y sentí el pinchazo de las horquillas en el cuero cabelludo cuando la escofieta vacía se le quedó en la mano. Al instante empecé a bajar con estrépito la escalera lo más rápido posible. Lo oía resollar justo a mi espalda. El llanto de Evelina se hizo más fuerte.
Hasta el último tendón de mi cuerpo ansiaba cogerla y echar a correr, no sabía adónde. Entonces, desde detrás, la pesada mano del señor Pars me agarró la manga, pero me zafé de ella. Evelina gritaba, y me dije que llegaría hasta la nena.
Sentí una sacudida hacia atrás cuando Pars me dio un tirón del pelo suelto, y que el cuello se me torcía violentamente. Tropecé y pisé en el aire.
Durante lo que me pareció una eternidad me quedé tambaleándome en el borde del escalón, y en ese momento, tras recibir un fuerte puñetazo en los riñones, perdí pie y me caí hacia delante por las escaleras. Bajé con estrépito, dándome porrazos por los peldaños, y cuando llegaba al suelo intenté extender las manos para protegerme, pero me di un tremendo golpetazo en la cabeza con las losas de piedra y ya no sé qué más me sucedió.
OceanofPDF.com