Antojo de violetas

Martine Bailey · Capítulo 24 de 42

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Antojo de violetas

XXIV.Del Piamonte a Montechino

XXIV

DEL PIAMONTE A MONTECHINO

Del día de San Valentín al Miércoles de Ceniza, febrero de 1773

Biddy Leigh, su diario

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Desde el día que prometí ayudar a mi señora todo parecía mancillado. Era como si hubiese horneado un pastel con sal en lugar de con azúcar: todo tenía una apariencia bastante buena, pero ni todos los intentos del mundo volverían a arreglarlo ya. Y la lástima era que, ahora que habíamos dejado atrás aquellos temibles Alpes, no había lugar más precioso que el Piamonte.

Verdes praderas subían en pendiente ante nosotros como la tierra de leche y miel, las colinas estaban cuajadas de vides y el cielo era de un azul de porcelana y resplandecía como una joya. Yo debía estar contenta como unas pascuas al verme libre para pasear fuera del coche con el sol calentándome la espalda, pero todo se me había agriado.

—¿Cree usted que por eso me ha arrastrado hasta tan lejos, sólo para utilizarme? —le pregunté una vez más al señor Loveday.

Todo este tiempo me había hecho ilusiones de que a lo mejor yo le agradaba a mi señora por mí misma. Pero no, me había escogido para representar un papel en una superchería. Me sentía tan maltratada como un albero que llevase diez años usándose.

—Usted sólo va a este tipo, trae llave y luego eso acaba, amiga.

Sin aliento después de subir la colina, le agarré el brazo y me puse delante de él, mirándolo con gesto fiero.

—Ella me dijo que nos parecemos. ¿Eso es verdad?

El señor Loveday echó hacia fuera el ancho labio inferior y me miró con atención la cara.

—Usted y ella dos mujeres, dos pelo castaño. Ese hombre nunca sabe usted no mi señora.

Tuve que reírme.

—¡Eso es lo que usted se cree! No tengo más que abrir la boca y sabrá que soy una verdadera patana. —Seguimos andando y cogí una baya negruzca y mate de una rama, una especie de uva dura—. Una cosa es

imitar como un loro a la señora, pero otra es hablar de manera educada con ese fulano del conde.

—Cuando mi señora ve tipo de categoría ella dice cualquier cosa sólo.

Meneé la cabeza. Yo iba a tener que ser Lady Carinna, esposa de Sir Geoffrey, sobrina de aquel señor Quentin Tyrone. Le di un bocado a la baya y estaba tan amarga que la escupí en la polvorienta carretera.

—Dice que le escribirá cuando lleguemos allí. Lo que daría por leer su respuesta.

El señor Loveday se quedó callado un rato, levantando el polvo con las botas. Luego me miró y, en voz baja, dijo:

—Si yo dice usted secreto, ¿usted no dice otros?

Alcé la mirada rápidamente.

—¿Qué quiere decir?

En un instante se lo saqué todo. Que abría el correo y luego lo lacraba otra vez. Me contó que sólo era para practicar la lectura, pero consideré que era su manera de entrometerse un poco en los asuntos de quienes lo amedrentaban. Eché una ojeada al coche, pero estaba muy por detrás de nosotros, con los caballos esforzándose por subir la colina llena de recodos y revueltas. Aunque hice todo lo posible por averiguar qué había en aquellas cartas, era como sacar carbón de la tierra con las manos. Por lo visto en sus cartas nuestra señora casi siempre se quejaba, más o menos como se quejaba todos los días a cualquiera que la escuchase.

—¿Y ha mirado usted en alguna de las cartas del señor Pars? —pregunté con voz entrecortada.

—Señor Pars sólo escribe hermano. Casi siempre yo veo a él escribe muchos, muchos número, pero no manda en carta.

—Sí, yo también. Sólo son sus cuentas, señor Loveday. ¿Y Jesmire?

—Ella escribe para trabajo sólo. Pero no respuesta, no una vez —

respondió, y se echó a reír de pronto.

—Señor Loveday —dije—, ¿me haría usted el grandísimo favor de dejarme ver cualquier carta que pase entre mi señora y este conde Carlo?

El chico hinchó las mejillas y meneó la cabeza despacio.

—No permitido, señorita Biddy. Mejor yo solo.

—Por favor… —le supliqué.

Levantó la mirada con expresión afligida.

—¿Usted promete amiga siempre? ¿Usted no dice ellos yo abre carta?

—Prometo no contarlo nunca. Por la salud de mi madre. Los criados cerramos filas, ¿eh? —Le rocé el brazo y volví a mirar el coche, justo cuando éste llegaba a la cumbre de la colina y los caballos comenzaban a trotar hacia nosotros—. Cuando llegue el momento adecuado, procuraré que se escape usted sin peligro —le susurré muy bajito.

Él vaciló aún, frotándose la boca con los dedos. Por fin asintió y dejó ver una amplia sonrisa.

—Yo cree usted, señorita Biddy. Usted única hace promesa que verdad.

Yo siente espíritu libre de mal pensamiento ahora. Pero usted tiene cuidado, amiga.

—Haré todo lo que pueda. Iré a por esa llave, nada más. No tendré nada que ver con ninguno de ellos.

Esto lo pongo tan sólo para demostrar cómo puede una equivocarse.

Llegamos a Turín muy tarde, pues mi señora se quejaba mucho de las sacudidas del coche y nos hacía detenernos cada pocas millas para medicarse y tomar el aire fresco. Cuando por fin atravesamos las puertas de la ciudad, los caminos estaban abarrotados con un gran desfile de soldados, todos vestidos como el marido de Cécile con galoneadas casacas azules y blancos calzones hasta la rodilla. El panorama era tan festivo que le subió el ánimo a mi señora hasta ponerla toda atolondrada. Bajó los vidrios del coche para ver mejor.

—¡Espera! En la posada he oído decir que veríamos al rey Carlos Manuel pasar revista a las tropas. Es nieto de nuestro rey Carlos, el que murió decapitado. ¡Detente! Maldito seas, quiero ver —dijo, aporreando el techo.

Como desde el coche no se veía bien, se le antojó unirse a la multitud y le ordenó al señor Loveday que la ayudase a bajar. Él y el señor Pars le abrieron paso por entre la gente, y poco después Jesmire fue bamboleándose tras ellos con Bengo dando tirones de su cinta. Al tener el carruaje todo para mí, me colgué de la portezuela para disfrutar de los vibrantes tambores y los vítores de los habitantes de la ciudad.

Apenas había comenzado el desfile cuando se formó una gran barahúnda y, para mi asombro, enseguida vi que mi señora se había desvanecido y se había caído al suelo. Me bajé de un salto y no tardé en encontrarme con el señor Loveday y el señor Pars, que se esforzaban por llevarla en brazos.

Cuando llegaron al coche, gracias a Dios, Lady Carinna había empezado a recobrar el sentido. Sin embargo aún estaba pálida como el papel y brillaba de sudor. El señor Pars dijo que debía de ser el calor, y mandó a Jesmire que le diese toquecitos en la cara con agua de colonia. Sólo yo tuve el seso de aflojarle la cotilla y abanicarle la cara cuando empezamos a movernos otra vez. Incluso al llegar a la posada, mi señora seguía bien indispuesta y le costaba andar sin un brazo en el que apoyarse. Apenas le quedaba aliento para decirle al señor Pars que llamase a un médico, algo que me pareció muy valiente en un lugar tan desconocido. De manera que mandaron llamar a uno, aunque todo el rato el señor Pars no paraba de burlarse y de decir que mi señora estaba fingiendo unas elegantes fiebres y que sin duda malgastaría una cantidad inmensa de dinero.

No vi al médico cuando llegó, pero al ser la que mejor se las apañaba con el idioma fue a mí a quien enviaron a por el medicamento de mi señora aquella tarde. Para entonces era justo antes del atardecer, una hora en la que todos los de allí habían salido pavoneándose a pasear. Turín era una ciudad grandísima, de construcción muy moderna con elegantes soportales y hermosas plazas con enlosado de piedra. Aproveché para dejarme ir entre las muchachas de pelo negro que pasaban contoneándose y las familias que, con severa modestia, andaban sin prisas en grupos, mientras las arrugadas viejas nos observaban a todos con el ceño fruncido desde las puertas de sus casas. Escuché atentamente la charla de las calles, pues hacía todo lo posible por practicar el italiano con cualquiera que me hablase, desde nuestro rudo cochero hasta las criadas de las posadas. La verdad es que no era tan distinto del francés: allí buenos días se decía bonyur y aquí, bonyorno, y pan se decía pane y mantequilla, burro.

En la casa del médico éste me hizo pasar a lo que él llamó la farmacia.

Era una habitación oscura con paneles de madera en las paredes, que contenía una enorme colección de botellas y potes todos bien etiquetados

con nombres raros. Mientras un criado preparaba un brebaje para mi señora decidí comprar, con mi dinero para los gastos de la casa, ámbar gris, que es muy poco común, agua de rosas y almizcle. Y mejor aún, cuando me entretenía ante un mueble vitrina se me iluminó la mirada al ver un viejo nombre familiar: manus Christi. El dulce no tenía en absoluto la forma de la mano de Cristo, como yo y la señora Garland nos imaginábamos, sino que era un tarro de tabletas transparentes con motas de oro y perlas machacadas.

Claro que no era barato, y tuve que dar una de las guineas de oro del señor Harbird para comprar una pequeña porción, pero fue un grandísimo placer mandarle por correo un paquete a la señora Garland a Inglaterra. El andar viajando significaba que no tendría noticias suyas hasta que llegásemos a la villa, pero le pedí a Dios que para entonces aquel curalotodo hubiese aliviado a mi amiga.

De nuevo en la posada, le di a mi señora el remedio del médico. Él la había sangrado antes, y su brazo color de cera aún estaba vendado con un paño.

Tras la primera toma de las gotas volvió a dejar caer la cabeza en la almohada y me miró con ojos apagados.

—Señor, pero qué injusto es esto. Estaba deseando ir a la ópera.

Hice un gesto afirmativo pero no me arriesgué a decir nada, pues seguía estando la mar de enfadadísima con ella por tenderme una trampa para que fuese a ver al conde. Sentía náuseas también, de miedo a que no me saliese bien.

—Dentro de unas cuantas semanas vamos a llegar a la villa, y tú aún actúas como un marimacho de campo —me dijo, y dio un bostezo tan grande que casi le vi el desayuno—. Aún no sabes casi nada de cómo se comporta una dama. Venga, intenta prestar más atención, Biddy. Mírame a mí. Hay que ser descarada para sobrevivir. Yo apenas pasé un año en una academia de damas y luego tuve que usar mi buena apariencia y mi ingenio.

En este mundo has de tomar lo que necesitas. Nadie va a luchar tus batallas.

Después se durmió profundamente y yo me quedé sola con la tarea que ella me había impuesto. «Cómo se comporta una dama»… Aquello me resonaba como una campanilla. De manera que durante los largos y tranquilos días que Lady Carinna estuvo en cama en Turín, yo analicé las

partes de La joya de la cocinera que se ocupaban de «El comportamiento de una auténtica dama». Había muchos consejos sobre tener quieta la lengua, que allí llamaban ese escurridizo miembro que llevaba al vicio. Esto al menos me hizo reír a carcajadas, pues desde luego la fina escritora no sabía ni miaja de bromas de taberna, si así es como se refería a una simple lengua.

Luego me enteré de todo lo que una dama no debía hacer: que no debía ser una muchacha impetuosa y soltar risotadas, ni quedarse mirando boquiabierta una mesa bien surtida, ni hacer chanzas de machota. Vaya, pensé, aquello se parecía tanto a mí como si fuésemos salivazos de la misma boca. Entonces recordé que de esa manera era como una señora de buena familia no debía ser, y me desesperé un poco.

Dejé que mi mirada vagase hacia la «Guía de la dama para el amor y la afición», y me irritó descubrir que la dama tiquismiquis siempre había de enmudecer frente a los cumplidos y quedarse pasmada en absoluta inmovilidad ante cada pretendiente. Aunque a lo mejor había buen sentido en lo de aconsejarle mirar bien antes de querer, pues yo sabía, con la sabiduría de haberlo vivido, que no había mirado con demasiada atención a Jem Burdett. El libro decía que una dama debía estudiar bien los compartimentos del corazón de un hombre antes de darse en matrimonio, pues éste era un gran paso en el laberinto de la vida. Se alababa mucho la virtud, la amabilidad y la camaradería en un hombre, lo cual eran ideas la mar de raras para mí. Cavilé si había oído hablar alguna vez de un hombre así en toda mi vida.

Mientras leía estas cuestiones elegantes en La joya de la cocinera me acordé de que había llegado el día de San Valentín. Esa misma noche, después de prender con alfileres cinco hojas de laurel a mi almohada y decir la cantinela para soñar con mi amor verdadero, me acomodé, expectante, en mi diminuto aposento. Para mi asombro sí que tuve un sueño: que estaba en una casa desconocida y al despertar me encontraba en los brazos de un fulano que yo sabía que era justo aquel dechado de amabilidad, virtud y camaradería. No veía bien a mi compañero de cama, pero sentía sus firmes brazos ceñirme fuerte la cintura mientras yo ponía mi cabeza muy tiernamente sobre su pecho. Y en el sueño yo estaba la mar de contenta, era como si hubiese encontrado mi casa de verdad mientras escuchaba su

corazón latir justo debajo de mi oreja. Pero cuando desperté y vi que sólo era un producto de mi imaginación me sentí bien abatida al descubrir que mi verdadero amor no vivía en este mundo cruel. Sé que fue una tontería boba, pero estuve a punto de echarme a llorar al pensar en que aquel dulce amante sólo vivía en mis sueños y que estaba condenada a no encontrarlo nunca.

Cuando partimos de nuevo todos estábamos de malas. Las casas de postas nos retrasaban con caballos agotados, los caminos iban por dificultosos puertos de montaña, los mozos de cuadra contratados eran unos bellacos gorrones. Mi señora se detuvo para ver la famosa Torre Inclinada en Pisa, que era en verdad cómica en su estilo caído, pero allí perdió su cepillo de plata y no quiso volver a por él, tan agobiada estaba por llegar al final de su viaje. En cuanto al señor Pars, iba poniéndose cada vez más raro en su comportamiento. Para empezar estaba su manía por el dinero. Todas las noches se encerraba con llave en su aposento y procuraba resucitar su dichoso sistema de economía. Y al día siguiente discutía conmigo por unos cuantos peniques gastados en un pollo fiambre o en unos huevos duros.

Me llamó una noche después de cenar. Su cuarto parecía una contaduría, lleno de fajos de facturas en tambaleantes montones, con un manoseado ábaco sobre el escritorio, y todo ello manchado de ceniza de pipa. Levantó la vista de sus papeles con mirada feroz.

—No te quito ojo de encima, Biddy Leigh. Y veo las confianzas que te tomas con tu señora.

Los globos de sus ojos tenían un tono amarillento y su aliento, un tufo agrio. Yo había leído en La joya de la cocinera que los beneficios calmantes del tabaco eran inútiles para quienes tenían naturaleza colérica. Al mirarlo me temí que fuese a tener una piedra en las tripas o algo peor.

—No es que yo lo provoque, señor Pars. Yo sólo hago lo que me mandan.

—¡Basta! —Dio un manotazo en la mesa y los papeles temblaron—.

Siempre tienes lista una frescura para responder, ¿no es así, muchacha?

Siempre tienes que decir la última palabra.

Intenté pensar en una contestación, pero de esa manera diría la última palabra otra vez. De manera que bajé la cabeza un momento y esperé a ver qué más venía.

—Veo claramente que tú alientas las confidencias de tu señora con todas tus bromas infantiles.

¿Bromas infantiles? Otra vez tenía aquella sensación de albero y me sentí utilizadísima.

—Y no pienso consentir que te enseñe a hablar como los que son superiores a ti. Tú eres una fregona, ¿entiendes?

«Ayudante de cocinera», pensé yo.

—Sí, señor Pars.

Ay, Señor, aquello era como estar delante de un maestro de escuela fingiendo que me arrepentía.

—Estás a mi cargo y me preocupo continuamente de ti… por miedo a que te echen a perder sus codiciosas costumbres. ¿Eso te sorprende, Biddy?

¿Que sólo yo lo vea?

Su expresión era la mar de seria, pero yo pensé que era de sí mismo de quien tenía que preocuparse.

Quise decirle que yo tenía que hacer lo que me mandaban. Que cualquier día de éstos, cuando se enterase de la representación que tenía pensada mi señora, iba a reventar de rabiosa bilis negra.

—Sí, señor Pars, señor. Pero si usted…

—No hay ningún pero si, Biddy. ¿No lo comprendes? Yo sé ya qué maldad nos rodea. Lo veo cada día.

Me mordí el labio. A veces pensaba que me gustaría contárselo todo al viejo Pars. Pero en ese instante cogió su papel y con un gesto de la mano me indicó que me marchase.

Jesmire también adivinó que alguna intriga se tramaba. Seguimos cruzando pesadamente la Toscana, aunque mi señora tenía tantas náuseas que, como decía la señora Garland, apenas si íbamos más rápido de lo que gatea un pudin. En cada posada, siempre que nuestra señora no estaba a la vista, me encontraba a Jesmire observándome como una lagartija con sus ojillos

como cuentas. Una noche, cuando le llevaba un té inglés como Dios manda a mi señora, me cerró el paso en la escalera.

—¿Qué es eso? Ya le he dado a mi señora su infusión de consuelda —

me dijo, criticona—. Imagino que tienes intención de bebértelo tú, ¿no?

Todos vemos cómo andas siempre metida en la caja del té.

—Eso es mentira —contesté.

Estaba hasta la coronilla de aquella mujer. A mi alrededor no paraban de pasar pequeñas cosas: los panecillos del desayuno se caían en la batea de la ceniza y los huevos recién puestos se resquebrajaban. Eran cosas menudas, pero yo tenía mis sospechas y todas se dirigían a ella.

—Sé lo que traes entre manos —añadió en tono crispado, un pie por encima de mí en la escalera.

Tenía en la cara aquella sabihonda sonrisa de adulación servil que tanto me irritaba.

—¿Y de qué se trata?

—Intentas ganarte poco a poco su estima —dijo con voz severa—. El señor Pars y yo vigilamos todos tus movimientos.

—Entonces verán ustedes que soy inocente.

—¿Tú? —soltó a gritos—. Veo tus trucos plebeyos, cómo tratas de ser su amiga. Se urde alguna confabulación, lo sé.

Aunque la miré fijamente como si acabase de salir del manicomio de Bedlam, ¿qué podía decirle yo? Dentro de unas cuantas semanas verían a ciencia cierta que en verdad sí que yo era la marioneta de mi señora, bailando al son de la música de su pantomima.

Por fin el temido día llegó y nosotros llegamos a Montechino, que se encontraba bastante cerca de la finca del conde. Mi señora echó una sola mirada a la concurrida posada que estaba junto a la casa de postas y gritó por la ventanilla al señor Pars que tenía que buscarnos alojamiento fuera del pueblo. La casa que encontramos era húmeda y oscura, llena de telarañas, y la patrona, una sucia criatura cejijunta. Sin embargo la tomamos, pues estaba retirada y era grande, y no era probable que otros huéspedes fuesen por allí. Yo sólo rezaba para que toda esta farsa terminase rápido, y me alegré cuando mi señora me dijo que había escrito al conde sin demora. Vi

al señor Loveday desaparecer con la carta, trotando en una yegua gris por el sinuoso camino que se perdía entre trigales. El sol, las flores, la primavera, todos los esplendores de Italia…, todo aquello me lanzaba reproches.

Ya se había puesto el sol cuando regresó el señor Loveday. Había accedido a verse conmigo en el patio, donde me silbó para que me acercase a un ruinoso cobertizo. Me metió la carta en las manos y la abrí con torpeza.

Para gran consternación mía, a aquel fulano del conde no le había dado un ataque, ni se había muerto de repente, y sí que aguardaba mi llegada.

—«Queridísima Carinna —leí en voz alta—: Estoy encantado de saber que se encuentra usted en las proximidades de mis humildes posesiones. Mi queridísima niña, hace mucho que albergaba la esperanza de que nos conociéramos, ya que su cariñoso tío me ha hablado a menudo de los encantos de usted. Carinna, querida, le ruego que no piense ni un solo instante en retirarse a la villa de su tío, que lleva tanto tiempo descuidada.

En cualquier momento del día o de la noche daré a usted la bienvenida con júbilo a las comodidades más lujosas de mi propia finca. Se lo ruego, hágame feliz y alójese aquí conmigo hasta que mis criados hayan dejado la villa más cómoda para una dama de su noble posición y título. Por favor, venga a verme mañana a las dos. Espero el momento con creciente alegría.

Reciba los afectuosos abrazos de su amigo. Carlo».

Aquello era peor de lo que jamás hubiese imaginado. El hombre hablaba el inglés con más soltura que cualquiera de nosotros, y sobre todo, que yo.

¡Y qué florido! Malditas sean las guirnaldas, sabía hilar una carta que apestaba a rosas. Se me revolvieron las tripas.

—No puedo hacerlo —dije, al tiempo que me llevaba con fuerza la mano a la boca. Luego miré a mi amigo—. ¿Nos escapamos al puerto de Livorno, señor Loveday? Tengo reservada una guinea de oro para facilitarnos las cosas.

—¿Pero dónde nosotros va? —El pobre chico parecía aterrorizado—.

Quizá hombres-asesino agarra a mí y cuelga mi cuello.

—No sea bobo. Usted se vuelve a su isla. Y yo iría… —Me devané los sesos y al final me encogí de hombros—. ¿De vuelta a París? ¿O a las colonias? Sé cocinar. Si nos separásemos, a lo mejor no podrían seguirnos.

Él me agarró fuerte la mano y yo miré con atención su franco rostro.

—O usted coge llave mañana. Entonces nosotros escoge día bueno para nosotros va. Este tipo parece que boca siempre habla, nunca para. Usted sólo mueve cabeza que sí y coge llave. Usted mejor dama que ella, Biddy.

Usted mejor actriz que Covent Garden. Yo susurra usted en oreja si usted hace cosa equivocada.

Mi señora me mandó llamar a las ocho la mañana siguiente, la mar de temprano para ella. Me había pasado dando vueltas en la cama toda la noche y sólo me dormí cuando los pájaros cantaron su coro de alborada.

Ella aún estaba acostada, con la cara abotagada por el sueño pero alerta.

—Agua caliente, Jesmire —ordenó—. Quiero hablar con Biddy.

No me atreví siquiera a mirar a la solterona mientras salía dando saltitos, furiosa.

—He tenido noticias del conde —dijo mi señora agitando la carta en el aire, sin darse ni miaja de cuenta de que el lacre estaba abierto y luego arreglado—. Tienes que salir poco después de la una. Elegantemente tarde será mejor.

—My Lady, ¿puedo saber lo que dice?

Lo cierto es que me proporcionó un pequeño placer poner a prueba su sinceridad.

—No es nada de importancia. —Bostezó nerviosa, cogió a Bengo y lo estrechó contra sus pechos repletos de leche—. Y tú no debes dejar que te mangonee. Parece que mi tío ha descuidado avisar que preparen la villa.

Pero si el conde quiere que te hospedes en su casa, dile, por ejemplo, que estás demasiado exhausta y prefieres estar sola.

—Exhausta —repetí, probando aquella palabra.

—Porque no quieres alojarte con él, ¿verdad?

—No, por Dios, Señora. Que se vaya al diablo.

—Así me gusta. Pero intenta decirlo con un poco más de cortesía.

—Excelencia, permítame confesarle que estoy demasiado exhausta…

En ese preciso instante Jesmire entró con estruendo y mi señora se distrajo dándole indicaciones.

—¿Para qué es eso, My Lady? —pregunté al ver una gran jarra de agua caliente.

Me contestó que debía lavarme el pelo y mi persona. Eso no me dejó nada contenta, pues todo el mundo sabe que el lavado deja entrar la pestilencia, en particular el lavado de la cabeza.

—Y además necesito que los sesos me funcionen con rapidez —

respondí, indignada—. Y que conste que me la lavé hace tres meses.

—Necesitas que tu bonito pelo lo distraiga de tu mala boca —contestó mi señora desde la cama.

Pero ella aún no lo había tratado con Jesmire, que había estado parloteando por lo bajo y dando pisotones con sus piececitos mientras iba de acá para allá llenando la bañera.

—Vamos, Jesmire. Lave a la muchacha —ordenó Lady Carinna.

—No pienso hacer semejante cosa. A lo mejor me pega algo.

—Empieza tú, Biddy. Jesmire, quédese aquí.

Me fui y miré detenidamente la bañera que estaba en el cuarto de vestir.

No me apetecía poner en peligro mi salud dejando que me entrasen miasmas en la piel, de manera que mojé una manopla y empecé a frotarme los brazos. Aquello me resultó frío y desagradable. Estaba segura de que los males estaban entrando en mí. En el otro cuarto oí a mi señora decirle a Jesmire que, por ella, como si se volvía andando a Inglaterra. Dejé de lavarme, pues frotarme el brazo era lo más que había hecho, cuando Jesmire llegó resoplando a la habitación.

—Tú, entra en esa bañera —me espetó. Y me metió de un empujón sorprendentemente fuerte.

Ahora me tocó a mí quejarme.

—¡Mire que me voy a morir, maldita sea! —chillé.

En verdad aquello estaba tan caliente que me sentí como un cerdo escaldado. Entonces Jesmire le dio a mi pelo una buena zurra, tironeándolo como si fuese una madeja de lana llena de nudos y frotándolo con aceite. Yo estaba débil como un becerro recién nacido cuando salí a duras penas. Sólo Dios sabía si iba a sobrevivir. Gracias al cielo, por lo menos me esperaba una camisa calentada, que me puse enseguida.

El peinado fue lo peor. Yo había visto con mucha frecuencia cómo daban tormento a mi señora, pero ahora era yo la que tenía los rizadores de arcilla siseando, y era de las raíces de mi pelo de las que tiraban. Francamente, si

de veras Jesmire buscaba trabajo podía presentarse para un puesto de torturadora principal del rey. Luego me infló y me cardó la cabeza hasta que creí que iba a echarme a llorar como un niño de pañales. Todo el rato mi señora dirigía la operación desde la cama, y por fin mis labios quedaron cubiertos de carmín y tuve un lunar negro pegado en lo alto de la mejilla, justo debajo de un ojo.

A continuación mandó a una aturrullada Jesmire a que fuese a mi hatillo a por mi vestido color rosa rojizo. La cara de aquella marrana era el mismísimo pasmo en persona cuando volvió. Pero antes de ponérmelo tuve que dejar que me atase dentro de la cotilla nueva: de satén color rosa era, armada con ballenas, con moñas azules en el pecho.

—Aguanta la respiración —dijo en tono de queja Jesmire, esforzándose por tensar los cordones.

Lentamente, las tripas se me estrujaron como si fuesen queso de cerdo metido en una prensa. Estaba tiesa como una baqueta de fusil. Tenía la cintura delgada como un atizador, y las teticas se me salían como dos melocotones justo debajo del cuello. Luego me ató a la cintura el tontillo con una funda de lienzo. El vestido tardó una barbaridad de tiempo en quedar bien, pues hubo que sacarle las costuras de las mangas para que ajustasen en mis musculosos brazos.

—En tiempos mi tío me mandaba vestirme con… con trajes así de bonitos para que me admiraran sus amigos —dijo mi señora con voz abatida—. Eso halaga a una muchacha, a una jovencita por lo menos.

Después, volviendo a su aire de costumbre, me ordenó:

—Deja que te vea. Levántate las mangas.

Hice lo que me mandaba.

—Eso parece una cicatriz nueva.

Era un verdugón de un rosa amoratado, brillante como el tafetán, justo debajo del codo.

—Muchacha estúpida, te dije que te mantuvieras sana. ¿Es que tengo que pensar por todo el mundo? Jesmire, ve a por mis mitones blancos.

Me puse aquellas largas cosas de seda, como finas medias sólo que con agujeros para los dedos. Me sentía como un cerdo en un saco, pero imaginé que eso impediría que menease las manos. Mi señora dio instrucciones

sobre unos cuantos adornos finales: una cinta de seda rosa con volante de encaje al cuello, y un bolso que contenía un abanico de marfil y un tarrito de bermellón para retocarme los labios.

Al fin permitió que me viese en el espejo. Y la verdad era que estaba completamente transformada como por arte de magia. Había algo en los dedos picados de aguja de las corseteras lionesas, algo en la viejísima habilidad del zapatero que había cosido mis zapatos de lazo, algo en los volantes y en la preciosidad y el brillo de mi atavío…, porque allí estaba otra mujer estirada y airosa, envuelta en seda y en distinción y en dinero.

Mi propia mama se habría tirado de cabeza a una cuneta para dejarme paso.

Miré a mi alrededor, completamente aturdida. Mi señora me observaba con gesto la mar de engreído y ufano. Sólo me di cuenta de que Jesmire se había escabullido cuando oí un atronador estruendo en la escalera.

Las botas del señor Pars retumbaban más fuerte a cada peldaño.

Retrocedí hacia la ventana cuando llamó a la puerta y luego la abrió de un empujón.

—My Lady, un momento, por favor…

Tenía la cara oscura de ira.

Entonces el viejo Pars me vio. Varias expresiones pasaron por su semblante: primero de disculpa, mientras hacía amago de inclinarse y decía

«Señora, perdonadme» en tono pesaroso. No me conocía. Luego se quedó mudo y receloso, al tiempo que entornaba los ojos y miraba fijamente mi cara, tratando de descifrar mis facciones. Por último, me reconoció.

Se volvió hacia mi señora, con aspecto de poder estrangularla con toda tranquilidad en la cama.

—My Lady, permitidme… ¿Esto es una broma?

—Ella va a ir a por la llave —respondió Lady Carinna, más fresca que una lechuga.

—¿Ella? Vaya, pues yo…

La voz de mi señora lo interrumpió, muy decidida y firme.

—Él la espera a ella. A mí. A una mujer.

—Acaso, My Lady, si le dijerais que estáis indispuesta…

—Vendría él a verme.

Al señor Pars se le habían subido los colores desde el mentón. Se tensó como un toro, a punto de estallar de cólera.

—Biddy no, My Lady. No irá usted a mandarla a ella, ¿no?

Y apuntó con el dedo hacia mí como si yo no fuese más que un montón de estiércol.

Mi señora se encogió de hombros.

—Pasará la prueba, usted lo sabe.

El señor Pars, mientras tanto, tenía un ataque de furia, aunque se veía sujeto, con mucho esfuerzo, por la necesidad de al menos parecer cortés con mi señora.

—Escuche, el conde me espera a las dos —le dijo Lady Carinna en tono enérgico—. Le aseguro que Biddy es una imitadora asombrosa. E incluso a usted… —y al decir esto se mofaba cruelmente— lo ha engañado durante todo un minuto.

Él volvió a mirarme con gesto severo y dio una vuelta a mi alrededor, escudriñando hasta la última uña y el último volante. Luego se me acercó mucho y jugueteó con el encaje que yo llevaba al cuello.

—Pensaba que había una persona en quien podía confiar —murmuró, tan bajo que las otras no lo oyeron.

—Pero señor Pars, señor… —empecé a decir, deseando explicarle que esta impostura no tenía ni miaja que ver conmigo.

Pero él se apresuró a mirar de nuevo a mi señora, hizo una profunda inclinación hacia donde ella estaba y salió dando grandes zancadas antes de que yo pudiese añadir una palabra. La puerta se cerró y todas nos quedamos mudas de sorpresa.

Por fin mi señora bostezó y dijo:

—Ya casi es la hora, Biddy. Ahora ve a por esa llave, ¿comprendes? Ni se te ocurra siquiera hacer payasadas.

—Querida mía, jamás desearía decepcionaros —contesté con mi voz de más alto rango.

Y sin hacerle siquiera una reverencia, me limité a bajar la escalera tiesa como un palo y a pedirle al señor Loveday que me subiese al coche.

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