Antojo de violetas

Martine Bailey · Capítulo 6 de 42

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Antojo de violetas

VI. El aposento azul, Mawton Hall

VI

EL APOSENTO AZUL, MAWTON HALL

El día de la Noche de Ánimas, octubre de 1772

Biddy Leigh, su diario

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A la mañana siguiente las pastillas estaban duras como piedras. Probé una y tuve que escupirla en la palma de la mano. No había manera de disimular que eran malísimas copias de los originales. Pero decidí llevarlas yo misma, pues para mí la peor humillación era que me considerasen una cobarde.

—¿Nombre y asunto? —dijo una voz desconocida.

Con el mal humor que llevaba estuve a punto de apartar de un empujón al lacayo de Lady Carinna. Le respondí dándole mi nombre bruscamente, con el único deseo de que toda aquella penosa experiencia acabase de una vez.

—¿Asunto, Biddy Leigh?

Meneé la cabeza con impaciencia.

—Su señoría tenía interés en que le hiciese unas golosinas. Ayer, cuando usted cogió y se fue por ahí y desapareció.

El lacayo pareció quedarse sorprendido y un poco asustado.

—¿Usted viene ayer aquí?

Asentí. De cerca era una lindura: un joven esbelto con tersa piel color caramelo, nariz chata y los ojos achinados, negros como la endrina.

—Yo siente, señorita Biddy. Yo debía estar aquí y eso. Primera vez que…

—Oh, no se preocupe usted. No lo delataré.

—¿Usted no dice?

—Claro que no. No sé ustedes los londinenses, pero por aquí arriba cerramos filas… contra ellos. —Señalé con una inclinación de cabeza la puerta de Lady Carinna. Vi que él intentaba entender lo que le decía—.

Somos leales. Como amigos —expliqué—. Unos con otros.

Bueno, al menos eso pensaba yo antes de romperle el corazón a la señora Garland.

Por fin me comprendió.

—Eso es muy amable, señorita Biddy. Usted buena mujer.

—No lo sé. Soy una rematada imbécil, a decir verdad. Mire.

Le enseñé el plato de confites y refunfuñé:

—Me he esforzado cuanto he podido por complacer a su señoría, pero no han quedado ni miaja como deberían ser… ¡No! —grité cuando él alargó la mano para probar una—. No quedará usted tan elegante con los dientes todos hechos astillas.

Se rio a carcajadas.

—Sí, ríase, que no es usted quien va a perder el salario de un cuarto de año.

—¿Por usted hace pastillas de su señoría demasiado dura?

Avergonzada, asentí con gesto abatido.

—Usted puede no viene —dijo en tono amable—. ¿Quizá ella olvida?

—Yo nunca haría eso —respondí, indignada—. Sería como si le tuviese miedo.

—O quizá usted mujer lista. Señora quiere todo justo así, sí señor. —

Meneó la cabeza—. Usted escucha —susurró en tono de conspiración—.

Señorita Jesmire va a por mucha esas mismas pastillas anoche. Ella da moneda de guinea a señora de ciudad de Bath. ¿Qué usted parece yo va y yo birla puñado para usted? Nadie ve a mí.

—¿Haría usted eso?

Me dirigió otra amplia sonrisa e inclinó levemente la cabeza, tocada con una peluca blanca.

—Como usted dice, nosotros amigo.

Llamó a la puerta de su señoría y lo oí mascullar algo sobre cambiar las sábanas. Al cabo de unos momentos volvió con una brazada de ropa de cama que escondía una docena de rechonchas y pequeñas gemas de violeta y azúcar. Me metí las antiguas en los bolsillos y dispuse en su lugar las preciosidades compradas en Bath. Le habría dado un beso a aquel lacayo.

En lugar de eso le pregunté cómo se llamaba y sonreí ante lo acertado del nombre.

—Señor Loveday, es usted un don del cielo. Le prometo que le devolveré el favor algún día.

Él me hizo callar y me escoltó hasta dentro.

El aposento de su señoría estaba aún más desordenado. De las paredes colgaban un montón de vestidos rojos, verdes, amarillos y azules; parecía una mercería revuelta por un vendaval. En el suelo había paquetes de encaje, zapatos sueltos y guantes desparejados. Aquel perro cascarrabias perseguía una pluma rota. La propia Lady Carinna estaba levantada, sentada ante el escritorio y garabateando algo allá al otro extremo de la habitación…, aunque sin vestir. Una holgada bata de seda se le abría por el blanco seno. Se le veía el cobrizo cabello entre los polvos como un bistec asomando por un enharinado. Rodeé de puntillas todo aquel desorden y le tendí la bandeja de golosinas.

— M’Lady —dije, haciendo una reverencia.

—Ah, Biddy Leigh.

Estaba animada hoy, y el buen ánimo se le traslucía en los brillantes ojos. Despacio, los finos dedos con las puntas en carne viva salieron del encaje para coger una pastilla. La masticó, pensativa. El recuerdo de que podía haber mascado uno de aquellos durísimos caramelos hizo que se me secase la boca.

—Y la cena de anoche era comestible también. Un pasable puré de ciruela. Nos gustó, ¿verdad, Bengo, mi pequeñín?

Cogió el detestable perro y le juntó las patas delanteras. El bicho me echó una feroz mirada de odio con aquellos ojos saltones de rana. Incliné la cabeza un poco e hice una reverencia.

—Gracias, Señoría —respondí entre dientes.

—Estoy ordenando mis vestidos —anunció, después de quedárseme mirando a la cara tanto tiempo que me pregunté si llevaba una mancha de grasa del horno—. Y me complace ser generosa con las personas que me agradan. —Sus ojos pasaron rápidamente por la colección de atavíos—.

Creo que te mereces una recompensa, Biddy Leigh.

—Yo no, Señoría —murmuré, haciendo una gran reverencia mientras retrocedía poco a poco—. Una no ha hecho más que su deber.

Había salvado mi salario y deseaba no volver a ver a aquella extraña mujer jamás.

Ella se volvió de lado en la butaca y señaló con el dedo.

—Ese vestido, el de seda rosa. ¿Qué opinión te merece ése?

Yo no tenía el ojo de una muchacha de ciudad para distinguir la Française de la Indienne, pero conocía un traje bien hecho cuando lo tenía delante. Era un hermoso vestido, como un gran ramo de seda abullonada en flor.

—Es…

Me callé y tragué saliva. El canesú de tafetán rosa oscuro estaba cosido con diminutos volantes y lazos que debían de haberle costado a una modista muchas semanas de trabajo lleno de pinchazos.

—Pruébatelo.

—No podría.

Retrocedí como si el vestido fuese a golpearme. En verdad era la señora más rara que había conocido nunca.

—Te lo ordeno. Quiero verte con ese vestido puesto.

— M’Lady —respondí—, no puedo…

—¡Póntelo!

Tenía la cara contraída de enfado, un ceño fiero en las oscuras cejas. Con los ojos bajos, me acerqué al vestido y lo quité de la percha. Al tacto era de una esponjosidad satinada, y tibio como la masa recién subida. Las faldas arrastraban por el suelo y recé para no estropear la valiosísima tela.

—Allí, muchacha.

Con un movimiento de muñeca me mandó a un rincón más oscuro donde, esparcidos sobre una mesa, estaban todos los elegantes artículos del tocador de una dama.

Para cuando me quité de un tirón el canesú de lana, ardía de vergüenza.

Mi camisa estaba parda de sudor y grasa de cocina. La falda, que con tanto orgullo me había cosido de un corte de tela de lana, ahora parecía más basta que una manta de caballo. Una nube de perfume se soltó al ponerme unas maravillosas enaguas color rosa que bailotearon sobre mis piernas como espuma batida. Cuando me metí en el ceñido canesú éste me tiró de los hombros. El trabajo duro cambia el cuerpo de una mujer, yo lo sabía. Por un instante le eché una ojeada a mi señora y le envidié los hombros estrechos y los finos brazos de quienes apenas levantan sus propios platos de sopa.

—Bueno. Estás muy cambiada.

Volvía a reír de nuevo, echándose hacia atrás para soltar una ronca risilla sofocada. Luego avanzó hacia mí y se me quedó mirando tan fijo que me ruboricé.

—Mírate —me ordenó mi señora.

Me cogió del brazo y me llevó hasta un enorme espejo con un marco.

«Ten valor», me regañé, «no es más que un vestido». Me sentía como una mendiga impostora con túnicas de reina, y cuando llegué al espejo esperaba tener un aspecto tan ridículo como una muñeca de barro y contaba con que mi señora se mofaría de mí.

De manera que me quedé la mar de sorprendida al ver mi reflejo. Vi que una hermosa mujer me devolvía la mirada de asombro, alta y derecha, con el pelo castaño suelto de la escofieta de cocina y con una pálida cara de mejillas coloradas como camuesas recién cogidas del árbol. Una viva admiración brillaba en los ojos color del vino de ciruelas claudias. Y el traje…, vaya, me sentaba mejor que a muchas esposas de comerciantes que pasean de un lado para otro vestidas de encaje por los Rows de Chester.

Clavé la mirada en una encantadora desconocida que, erguida y elegante, resultaba agradable a la vista de cualquiera.

—¿Se te curarán alguna vez?

Lady Carinna estaba con el ceño fruncido junto a mí. Seguí su mirada y alcé los antebrazos de manera que los volantes de encaje cayesen hacia atrás. Unas rayas de carne fruncida iban desde las puntas de los dedos hasta los codos. Algunas eran viejas cicatrices plateadas y otras, coloradas y nuevas.

—No —contesté—, mientras cocine.

Estaba a mi lado en el espejo, y por un momento las dos observamos nuestras imágenes gemelas. Me daba cuenta sólo a medias de que mi señora me miraba fijamente, pero estaba demasiado embelesada por mi propio reflejo como para mirarla. Con rosas rojas en el pelo sería la novia más linda que nuestro pueblo había visto nunca. Vaya, le haría a Jem una estupenda casaca de brocado viejo para hacer juego. Seríamos la pareja más elegante que se hubiese casado en Mawton. Después, por supuesto, lo vendería. Un vestido así valdría cinco libras en un puesto de ropa usada.

—Llévatelo —dijo Lady Carinna de pronto.

Yo no me hartaba de arquearme en el espejo para ver la airosa parte de atrás, que caía como un manto plisado hasta el bajo.

—Gracias, señora —farfullé— por dejar que me lo pruebe. Pero no puedo llevármelo. Es demasiado fino para mí.

Sus ojos se entornaron en el espejo.

—No seas lerda, muchacha —respondió, al tiempo que se apartaba—.

No pienso ponérmelo ahora que lo has tocado. Ya pensaré en cómo me correspondes. Vete ya. Llévatelo. Tengo que escribir una carta.

Me lo quité mientras ella volvía al escritorio. Tenía la cabeza confusa de pensar que el vestido era mío. Cuando me puse mi falda de estambre picaba como si estuviese hecha de cardos tejidos. Recogí el vestido color grana en un bulto bien gordo que pesaba como un niño.

—Gracias, M’Lady —repetí, con la voz empañada de gratitud.

Con un gesto de la mano me indicó que me fuese sin levantar siquiera la cabeza de sus papeles, tan rápido garabateaba. Nunca habría adivinado yo que lo hacía inspirada por la escena que acababa de ver en el espejo, pues mientras yo, toda ingenua, clavaba la mirada en aquel espejo y nos veía a mí y a Jem besándonos ante la puerta de la iglesia vestidos con nuestras mejores galas, mi señora había visto un futuro completamente distinto para su ayudante de cocinera, tan agradecida que resultaba penosa.

Dicen que la Noche de Ánimas las almas muertas andan sueltas y causan problemas al mundo, que libera a los espíritus para que gasten bromas crueles, dejando presagios en los espejos y mensajes vislumbrados en los pozos iluminados por la luna. Aquella noche a mí no me llegó ningún mensaje fantasmal, pero en cuanto a los problemas que me caerían en suerte, ay, Señor, de ésos se avecinaban muchos.

La sala de los criados estaba atestada de tantísimos juerguistas que apenas si podíamos pasar entre ellos al llevar la comida. Un violín y una flauta soltaban estridentes canciones y el Viejo Ned las acompañaba entre gorgoritos, con el pichel chapoteando en la mano. Los jóvenes gritaban y bailaban, mientras Teg reía a carcajada limpia en medio de ellos, con las teticas dando saltos. Yo sólo miraba a medias, porque mi nuevo vestido me ardía en la cabeza como el incendio de un almiar. Lo suyo era que la ropa

que desechaba mi señora pasase a Jesmire, y yo sólo tenía la palabra de Lady Carinna para demostrar que lo había conseguido de manera honrada.

Si lo encontraba alguien y ella se echaba atrás, me ahorcarían.

Llegó nuestro administrador, el señor Pars. La multitud le abrió paso y se llevó las manos a los gorros, aunque él no les hizo caso ninguno. Se quedó aparte, comiendo empanada de carne de venado con encurtidos y queso. Un pedante, lo llamaban algunos, y esta noche parecía estar particularmente desabrido, con la canosa cabeza baja y los carrillos fofos.

Una mucama dijo que había oído a la nueva señora gritarle tras la puerta, pero eso me sonó a monserga. Aunque cualquiera veía que estaba preocupado. Masticaba como si su cena fuese serrín, con la mirada puesta en otro sitio lejano que no lo dejaba en paz.

Mientras tanto Jem andaba haciendo eses con sus amigotes, trasegando vasos de cerveza. Sentí una repentina punzada de recelo al mirarlo. El cabeza hueca llevaba bebiendo todo el día. «Al menos se mantiene en pie», me dije para mis adentros, suspirando. Debía tener paciencia y dejar que la cerveza se le bajase a las botas.

Cuando yo y Sukey recogimos los pocos restos de comida sobrantes, por fin pude ver la obra de Ánimas. Nuestro cochero, George Stapleforth, era el rey Jorge vestido con un tabardo manchado de rojo. Era un gusto verlo pinchado en la punta de una espada de madera. El matasanos trataba de levantar al muerto rey Jorge con su poción cuando reparé en el señor Loveday, que estaba completamente solo al lado del tablado. Nadie se había hecho amigo suyo. Todo el día los chavales se habían divertido gritándole:

«¡Eh, brocha de alquitrán!» y «¡Morros de hollín!» mientras él se ocupaba de sus cosas. Juré que correspondería a su amabilidad de algún modo, aunque eso significase aguantar fanfarronadas de los demás.

Mientras yo lo observaba, los tristes ojos del señor Loveday se volvieron hacia un lugar situado detrás de mí, y de pronto se puso tieso como un centinela. El señor Pars alzó la vista y también se sobresaltó. Al darme la vuelta descubrí el objeto de su interés. Muy cerca de mí, en la parte de atrás de la sala, estaba Lady Carinna, la mar de vistosa con un vestido azul que brillaba como el halo de un ángel.

Al señor Pars le costó mucho trabajo llegar hasta ella. Tenía ganas de pelea, pues quitó de en medio a golpes a unos cuantos remolones.

Su actitud era fría y correcta cuando se inclinó ante ella.

—Lady Carinna, si hubierais hecho sonar la campanilla…

—¿La campanilla? Maldito sea usted, Pars. Pero si nadie acude a mis llamadas…

Su voz sonaba con fuerza, y quienes estaban cerca empezaron a volverse y a mirar. Entonces la obra se detuvo también, pues el viejo George se había perdido. Por un instante se formó una barahúnda, hasta que se hizo el silencio y Lady Carinna se fijó en que todos mirábamos la mar de atentos.

—Señor Pars —dijo en tono crispado, tan fuerte como el silbido de una fusta—, he de hablarle de nuestra partida inmediatamente.

Se dio la vuelta con un rápido rebrillar de seda azul, y nuestro administrador fue trotando tras ella.

Al cabo de un momento de silencio todo el mundo se puso a cotorrear, lleno de curiosidad.

—¿Y adónde se irá, pues? —me preguntó la gorda Nell, la lavandera, que estaba cerca de mí—. ¿De vuelta a Londres, te parece a ti?

—Eso espero —respondí, perpleja y preocupada—. Creo que aquí no hace más que traernos problemas.

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