Black Mass

Dick Lehr · Capítulo 10 de 27

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Black Mass

Segunda parte

 

Hago cuanto puedo para protegerte y quizá incumpla unas cuantas normas,

pero las incumplo en tu beneficio.

RAYMOND CHANDLER,

El sueño eterno.

Capítulo seis

 

¿Una banda de dos?

 

C omo el telón de un teatro, las cortinas del taller del servicio de reparaciones para coches extranjeros de Lancaster se levantaron en la primavera del año 1980, marcando una nueva era para el orden del hampa de Boston. Howie Winter había caído, y estaba produciéndose un reordenamiento general de la jerarquía. Era como una consolidación de empresas. Apostados a la entrada del taller se encontraban Whitey Bulger y Stevie Flemmi, de brazos cruzados, dispuestos a asumir el protagonismo y aprovechar cualquier oportunidad de negocio que pudiera presentarse.

La vieja guarida, Marshall Motors, en Somerville, había quedado abandonada y había sido sustituida por aquella nueva ubicación en el centro. Aunque algunos de los antiguos gánsteres de la banda de Winter Hill eran fugitivos, otros habían acudido a la nueva sede. George Kaufman, quien había dirigido Marshall Motors como tapadera para Howie Winter, había asumido la gestión del taller de Lancaster Street para Bulger y Flemmi. Por las mañanas, el taller era una algarabía de traqueteos y martilleos producidos por los mecánicos, pero, a primera hora de la tarde, la atmósfera del garaje sufría un cambio radical. La mayoría de días, Bulger y Flemmi llegaban alrededor de la una y media para entrar en escena. Whitey aparcaba en una plaza vacía y bajaba de su deslumbrante Chevrolet Caprice negro de 1979. Las conversaciones entre susurros, el flujo constante de visitantes… todo giraba en torno a Bulger y a Flemmi. Y acompañándolos estaba el corpulento y musculoso Nick Femia, un asesino a sueldo con reputación de carnicero, enganchado a los tiroteos y a la cocaína. Femia, Kaufman y otros mafiosos permanecían en el exterior montando guardia, mientras Bulger y Flemmi se ocupaban de los negocios en un despacho del interior.

El local de Lancaster Street representaba una mejora, era el equivalente, en el mundo del hampa, a que un bufete de abogados o un banco trasladara su sede desde las afueras al centro de la ciudad, a la zona de negocios. Se trataba de una ubicación que contaba con ciertos lujos que cualquier bostoniano codiciaría: a un par de manzanas al oeste y en la calle de enfrente se encontraba el Boston Garden. Los Celtics, dirigidos por un novato llamado Larry Bird, acababan de ser derrotados, tras una sorprendente trayectoria, en la final de la Conferencia Este jugando contra Philadelphia.

Lo que era más importante, el taller de Lancaster Street estaba situado en las proximidades del corazón de la mafia de la ciudad, en el North End. En cuestión de minutos se llegaba andando desde el taller hasta la puerta de entrada del número 98 de Prince Street, donde Gennaro Angiulo y sus cuatro hermanos dirigían los negocios ilegales de la Cosa Nostra de la región. Por último, estaban los vecinos de Bulger a unas manzanas de distancia hacia el sur: el taller de Lancaster Street se encontraba prácticamente a la sombra de la oficina de los agentes de campo del FBI de Boston, en Government Center, donde trabajaban John Connolly y John Morris.

En muchos sentidos, Bulger estaba en racha. Aunque su antigua banda de Winter Hill hubiera recibido un duro golpe a causa de la brutal y exitosa imputación del Gobierno en el caso de las carreras amañadas, Bulger y Flemmi, por lo visto, habían adoptado la visión optimista de que en la vida no hay reveses, solo oportunidades. Habían oído que un gánster llamado Vito, no afiliado a ninguna banda del East Boston, estaba dirigiendo una empresa de prestamismo de usura y de juego ilegal sin el consentimiento ni de Bulger ni de la mafia. El pistolero Femia no tardó en visitar a Vito y encañonarlo con una pistola en la sien. A continuación, Bulger y Flemmi tuvieron su propio momento con Vito en la trastienda de un estanco del centro de la ciudad, donde hablaron de lo divino y lo humano. Vito decidió retirarse, y Bulger, Flemmi y Femia se hicieron con el control de la concesión del East Boston.

No cabía duda de que, cuando surgía la necesidad, Bulger y Flemmi se ponían manos a la obra. Si un «cliente» se retrasaba en el pago de un préstamo, se llevaban al tipo en cuestión a dar una vuelta en el Chevrolet negro. Flemmi se ponía al volante con el moroso reincidente sentado en el asiento del copiloto. Desde el asiento trasero, Bulger iba hablando entre susurros, aunque con un tono de firmeza inconfundible, sobre la necesidad de «soltar la pasta» o «asumir las consecuencias». Si era necesario un segundo paseíto, Bulger y Flemmi enviaban a alguien como Femia a registrar el piso del moroso mientras los dos jefes del hampa le hablaban sobre el problema durante el paseo en coche.

Por lo general, no había necesidad de realizar un tercer paseo.

En el FBI, Connolly y Morris estaban rellenando los archivos de la oficina con informes confidenciales sobre lo alicaídos que se mostraban Bulger y Flemmi tras la caída de Howie Winter, aunque, en las calles, los dos gánsteres no parecían estar sufriendo en absoluto. Además de coordinar sus asuntos con la mafia, ambos estaban ocupados con el lanzamiento de su nueva táctica de cuotas mensuales —⁠o alquileres⁠— conseguidas gracias a la extorsión de los delincuentes ya establecidos. El corredor de apuestas Chico Krantz se pasaba por el taller para abonar su cuota mensual, y, en un momento determinado, llegó a satisfacer una cuota extraordinaria de cinco mil dólares; pago adicional que Bulger había exigido para zanjar una disputa que Krantz había tenido con otro corredor de apuestas. Krantz era solo uno de muchos corredores de apuestas que abonaban esos cuantiosos pagos.

Ocurrió una desgracia, una tragedia personal: el día de Año Nuevo de 1980, la madre de Bulger falleció en el Hospital General de Massachusetts tras sufrir una larga enfermedad. Tenía setenta y tres años. Whitey Bulger se había quedado en el piso familiar de O’Callaghan Way, en las viviendas de protección oficial de South Boston, donde su hermano Billy, él y John Connolly habían crecido. Fue allí donde Flemmi lo recogía casi al mediodía en el Chevrolet negro para empezar su jornada en el mundo de los negocios.

Bulger contaba con otras dos mujeres en su vida que le procuraban bienestar. Una era su novia desde hacía años, Teresa Stanley, que vivía en South Boston. Había conocido a Stanley a finales de la década de 1960, cuando ella tenía veinticinco años y estaba totalmente perdida, entre otras cosas, ya era madre soltera de cuatro niños. Él le enseñó a organizar su vida y a tenerle la cena preparada todas las noches a la misma hora. Ella siempre se sintió agradecida por la presencia de Bulger en su vida. Era un hombre estricto con los hijos de Stanley y exigía que todos estuvieran sentados a la mesa para cenar juntos. No obstante, en esa época, aunque jugara a ser padre con los cuatro hijos de Teresa, Bulger solía acabar el día en los brazos de otra mujer mucho más joven, una higienista dental llamada Catherine Greig, que vivía en North Quincy.

A pesar de haber perdido a su madre al principio de ese mismo año, 1980 fue una década en la que los hermanos Bulger fueron consolidando su poder y su rápido ascenso a la cumbre de sus respectivas carreras. Elegido presidente del Senado en 1978, Billy Bulger se había convertido en un orador magnético y avezado corredor de bolsa en posición de poder. Adoptaba una postura conservadora en las cuestiones sociales —⁠era contrario al derecho al aborto y apoyaba la pena de muerte⁠—, pero era defensor acérrimo de la clase trabajadora. No obstante, reaccionaba con ansiedad ante las discrepancias, cuando no con intolerancia. Con unas palabras que podrían haber sido dichas sobres su hermano gánster, los políticos afirmaban haber trabajado con «dos Billy Bulger».

«Si solo quieres trabar amistad con él, es muy educado, atento y simpático, buen anfitrión y todo lo demás», afirmó George Keverian, el presidente de la Cámara de Representantes de Massachusetts, refiriéndose al trato con su homólogo en el Senado. Pero añadió que, si te enfrentabas a Bulger, descubrías un lado distinto y más oscuro: «Su mirada se torna de acero, se vuelve frío».

En una serie de disputas a las que se dio mucha publicidad, la reputación de Billy Bulger de déspota vengativo acabó de consolidarse. En una de ellas, Billy montó en cólera cuando un juez del tribunal encargado de la vivienda pública de Boston se negó a aceptar a la persona que Bulger había designado a dedo para una vacante en el departamento administrativo. El juez en cuestión descalificó verbalmente a Bulger por su descarada actuación favoritista y lo llamó «enano corrupto». La venganza llegó en forma de una legislación que rebajó el sueldo del juez, el número de miembros del personal a su cargo y acabó con la independencia del tribunal al incluirlo en otra sección de la judicatura. Ambos Bulger estaban acostumbrados a decir siempre la última palabra.

De hecho, los hermanos Bulger —cada uno a su manera ⁠— parecían decididos a hacer suya una ciudad conflictiva. Era una época de malestar económico, de gran inflación, con un antiguo actor envejecido, Ronald Reagan, a punto de reemplazar al impopular presidente del momento, Jimmy Cárter. La nación estaba en los albores de lo que pronto se conocería como la prometedora década de 1980, la «década del yo», protagonizada por yupis, delgadas corbatas, comida de diseño y calentadores de lana, una época de codicia en Wall Street y absorciones de empresas por parte de gigantes financieros como Carl Icahn y Michael Milken.

Con paso afectado y pomposo, Bulger y Flemmi entraban en el taller de Lancaster Street a diario para encargarse de sus propias fusiones y adquisiciones. Y Jane Fonda no era la única que sudaba la camiseta en el gimnasio. Tanto Whitey como Stevie practicaban ejercicio, levantaban pesas y se mantenían en forma. Bulger, incluso con los cincuenta ya cumplidos, se tomaba muy en serio el aspecto físico y se presentaba en el taller para ejercer su poder de gánster con camisas ceñidas y a la última moda. No había espejo ni parabrisas en el que no se mirara. Se detenía, contemplaba su reflejo, y sentía la certeza de que nadie —⁠al menos, no en el FBI de Boston⁠— lo vigilaba ni sabía lo que realmente estaba planeando.

 

Pero sí había alguien vigilándolo.

Espiándolo desde detrás de las raídas cortinas de la ventana del segundo piso de una pensión de mala muerte situada justo en la acera de enfrente del taller de Lancaster Street, se encontraba un grupo de duros policías estatales de la policía del estado de Massachusetts. Seis días a la semana, que empezaron a finales de abril y duraron hasta bien entrado julio, los policías permanecían apostados en la ventana de una habitación infestada de cucarachas, tomando nota de las actividades mafiosas que se desarrollaban en la calle de enfrente.

Se fijaban en los detalles: Bulger y Flemmi pavoneándose en la acera entre cita y cita, metiendo barriga cuando pasaba una mujer bonita o cerciorándose de que llevaban bien abrochados los botones de la camisa a juego con la hebilla del cinturón. Se fijaban en el lenguaje no verbal de Bulger cuando se ponía en actitud profesional, en los momentos en que estaba disgustado: arremetía contra el visitante y le golpeaba en el torso con el dedo sin dejar de insultarlo ni un segundo. Cuando Bulger había terminado, era el turno de Flemmi, quien emulaba a su colega. Y lo más importante, los policías locales veían las grandes escenas: hombres que llegaban portando maletines y boletos de apuestas. Veían cómo el dinero cambiaba de manos. Tomaban notas y hacían fotos. En total, durante las once semanas de vigilancia, contabilizaron los ires y venires de más de sesenta notables personajes del hampa; de hecho, prácticamente todo el que era alguien en el mundo del crimen organizado de Nueva Inglaterra, en algún momento, se presentó en el taller de Lancaster Street para reunirse con Whitey Bulger y Stevie Flemmi.

Como en una película muda —sin palabras y todo acción ⁠—, el taller aportaba un plano panorámico de todo el hampa de Boston. Y las escenas de acción que ocupaban la totalidad de la pantalla con vividos colores contrastaban con el plano tan soslayado de Bulger y Flemmi, que el FBI de Boston estaba utilizando para llenar los archivos de la oficina y generar una imagen muy distinta a la realidad en la imaginación de cualquiera que se interesara por los dos gánsteres.

La vigilancia de la policía estatal había empezado casi por casualidad. El agente estatal Rick Fraelick llegó casualmente un día al taller cuando patrullaba por el barrio, porque le habían dado un soplo sobre una banda que vendía coches robados. Iba conduciendo por Lancaster Street y se fijó en George Kaufman y en otros mafiosos apostados en la acera. Aparcó donde no podían verlo y se quedó para ver qué tramaban.

La escena lo dejó boquiabierto. Reconoció a otros mafiosos entrando y saliendo. Vio a Bulger y a Flemmi. Fraelick regresó al cuartel general y se lo contó al sargento Bob Long, jefe de la Unidad de Delitos Graves. Long acompañó a Fraelick en unos cuantos paseos en coche para ser testigo directo de la actividad criminal. Sintieron la inyección de adrenalina que suponía la perspectiva de tener un caso importante entre manos. La cuestión era por dónde empezar. Justo enfrente del taller había un edificio de ladrillo visto muy ruinoso, el número 119 de Merrimac Street. En la planta baja había un bar gay. Las habitaciones de las plantas superiores podían alquilarse. Se trataba de un auténtico antro, una pensión de mala muerte donde los borrachos iban a dormir la mona. Había poca intimidad: las paredes eran como de papel y era fácil agujerearlas propinando un puñetazo al delgado panel de madera. Fingiendo ser gay, Fraelick alquiló una habitación justo delante del taller de Lancaster Street, y, desde principios de abril, Long, el agente estatal Jack O’Malley empezaron a documentar los negocios de Bulger.

En todo ese periodo de vigilancia participaron más agentes de policía, pero ellos fueron los tres investigadores principales que llegaban a primera hora de la mañana y se apostaban junto a la ventana, por lo general, en turnos realizados de dos en dos. Los hombres eran todos bostonianos. Long, de treinta y tantos, se había criado fuera de Boston, en la población de Newton, próxima a la ciudad. Era el cuarto hijo de una familia con diez niños. Su padre era abogado, y, desde pequeño, él había soñado con llegar a ser policía del estado. Long era atleta en el instituto, incluso obtuvo una beca de baloncesto para una escuela universitaria local, pero se lesionó una rodilla, y su vida deportiva se truncó. Menos de nueve meses después de haber obtenido la licenciatura en justicia penal en la escuela universitaria de San Francisco, en 1967, regresó a Massachusetts para cuadrarse en las filas de la academia de policía estatal.

En ese momento dirigía la brigada especial de investigación, y Long había escogido a dedo a Fraelick y a O’Malley. Ambos, al igual que él, eran hombres atléticos y de constitución fuerte. Fraelick tenía el pelo castaño y procedía de la zona de North Shore, y el pelirrojo O’Malley era del barrio de Dorchester, en Boston, y pertenecía a una familia de policías. (El padre de O’Malley, policía de Boston, seguía patrullando por Roxbury). Los dos agentes de tráfico, ambos a punto de cumplir los treinta, fueron retirados de las carreteras para colaborar con Long. Las jornadas eran agotadoras, pero O’Malley estaba soltero y Fraelick, aunque fuera recién casado, no había tenido hijos. Long tenía dos niños, y el pequeño, Brian, de diez años, acababa de ser escogido como imagen para el cartel publicitario de la Fundación contra la Fibrosis Quística de Massachusetts. El niño posó para la foto con Bobby Orr, de los Bruins.

La habitación que compartían los policías era pequeña y sofocante, y a medida que pasaban las semanas, entre junio y julio, se tornó más calurosa. Iban a trabajar en pantalones cortos y camiseta, llevaban bolsas de gimnasio con las cámaras fotográficas y los diarios donde tomar notas. Prácticamente tenían que hablar entre susurros para que los demás ocupantes de la pensión de mala muerte no los oyeran. Solían estallar trifulcas en las habitaciones contiguas y en las de todo el pasillo. Sin embargo, los hombres creían que valía la pena soportarlo. Zannino llegaba con un nuevo Lincoln Continental azul o con un reluciente Cadillac marrón conducido por un subordinado. Los presentes en el taller se dispersaban como una fila rota de hormigas a medida que Zannino se abría paso entre ellos desde el coche hasta su punto de reunión en el despacho interior con Bulger y Flemmi. Algunas veces, el extravagante mafioso abrazaba a Bulger y lo besaba en la mejilla. Aunque no todas sus visitas eran así de cariñosas. En una ocasión, Zannino salió del despacho y se encontró con dos hombres que habían estado esperándolo fuera. Abrazó a uno, pero cuando el segundo se acercó para recibir su abrazo, Zannino le propinó una violenta bofetada. El hombre cayó postrado de rodillas al suelo, y el agresor empezó a gritar. Bulger y Flemmi salieron a toda prisa del despacho para no perderse el espectáculo. El gánster estaba reprendiendo al hombre que se había dado a la fuga, pero lo dejó escapar, recuperó la compostura y volvió a subir al elegante Continental azul.

Para los agentes de policía que estaban tomando notas en la calle de enfrente, Bulger, Flemmi y la mafia eran todos de una misma familia. Los policías desarrollaron un sexto sentido para saber cómo marchaban las cosas en el taller. Sabían reconocer a los socios que «la habían cagado» con Bulger. El gánster los hacía esperar, y los policías observaban a los hombres paseándose con nerviosismo, calle arriba y calle abajo, frente a la entrada del local, consultando el reloj cada dos por tres, mirando a ambos lados de la acera, con el gesto tenso. Cuando por fin aparecía Bulger, empezaba con su táctica del dedo castigador. Su lenguaje no verbal hablaba alto y claro. Bulger tenía el control, no cabía duda alguna. Los demás hombres del taller imitaban su actitud, incluido Flemmi.

Con el paso del tiempo, los policías también aprendieron a identificar los momentos en que Bulger estaba de bajón. Se tornaba taciturno, se negaba a hablar con nadie o a que lo molestaran, y se quedaba enfurruñado en algún rincón. A pesar del desánimo, no olvidaba su fanatismo por la buena forma física, y aunque se comprara una hamburguesa, tiraba el panecillo y se comía solo la carne. Long, O’Malley y Fraelick aprendieron que Bulger siempre lucía como un pincel, vestía de modo informal, aunque elegante y no tenía ni un pelo fuera de sitio. Le gustaba que cuanto le rodeaba estuviera ordenado y bien dispuesto. En una ocasión, Femia había ido hasta el cabo de la calle, al McDonald’s situado junto al Boston Garden. Al regresar, el hambriento secuaz dispuso el Big Mac y las patatas fritas sobre la capota de un coche negro. Bulger salió del despacho, vio el grasiento despliegue de comida rápida y se quedó lívido. Se acercó dando grandes zancadas, agarró las patatas fritas, y empezó a frotarlas sobre Femia. Se las pasó por el torso y la cara. El secuaz de más de cien kilos de peso retrocedió y se tambaleó, era un matón corpulento acorralado por la furia de Bulger. Parecía que, en lugar de patatas fritas, el jefe mafioso estuviera blandiendo una barra de acero. Los policías jamás olvidarían la refriega por la comida y el claro mensaje que lanzaba: mejor no buscarle las cosquillas a Whitey Bulger.

Otras veces, Long, Fraelick u O’Malley seguían a Bulger y a Flemmi para documentar sus costumbres. Aprendieron que Flemmi solía quedarse el Chevrolet por las noches. Descubrieron que Whitey no era el único con una complicada vida amorosa; Flemmi era el auténtico donjuán del hampa. De hecho, su ficha policial juvenil abierta por abusos sexuales contenía el presagio de los apetitos futuros del hombre: una detención a una edad muy temprana, a la sazón de quince años, por el delito de «abuso carnal», sin más detalles. Flemmi siempre tenía muchas amantes. Tal vez estuviera haciéndose mayor, pero se aseguraba de llevar siempre una jovencita cogida de su brazo.

Desde la década de 1960, Flemmi vivía, a temporadas, con Marión Hussey, en una casa que pertenecía a los padres de él, justo en la frontera con la ciudad de Boston, en una población llamada Milton. Vivía con Hussey como si fuera su esposa de pleno derecho, aunque jamás se divorció de Jeannette A. McLaughlin, la mujer con la que se había casado en la década de 1950, cuando era paracaidista del Ejército. Más adelante, a mediados de la década de 1970, Flemmi se quedó prendado de una adolescente que trabajaba de dependienta en una joyería del pueblo de Brookline. Debra Davis era despampanante. Era rubia platino, tenía una amplia sonrisa de dentadura blanca como el marfil y las piernas largas. Flemmi la cubrió de regalos, como ropa, joyas e incluso un coche, y empezaron a jugar a las casitas, primero en un apartamento de lujo que Flemmi tenía en Brookline y, más tarde, en un piso más pequeño, en Randolph, una urbanización en la zona de South Shore. A finales de la década de 1970, Flemmi había añadido otra adolescente rubia y cautivadora a su harén: empezaba a tontear con Debbie Hussey, la hija de Marion. Stevie y Debbie eran vistos de vez en cuando dando una vuelta en el Jaguar del gánster.

Hubo otras mujeres, pero las mencionadas eran las que más frecuentaba. Aunque los policías nunca tenían la certeza de dónde acabaría aparcado el Chevrolet por las noches —⁠Brookline, Randolph, Milton, o lugares desconocidos⁠—, con la puntualidad de un reloj, Stevie recogía a Bulger en las viviendas de protección oficial alrededor del mediodía. Flemmi se deslizaba hacia el asiento del copiloto, y Bulger se ponía al volante. Se percataron de que la actitud de Bulger se relajaba cuando estaba en South Boston, lejos de Lancaster Street. Saludaba a los niños, dedicaba saludos con la mano a las madres y paraba el coche para ceder el paso a las ancianas que cruzaban la calle.

Con todo, incluso en Southie, tenía sus momentos. Un día de verano, O’Malley estaba siguiendo a Bulger y a Flemmi, cuando el primero dobló por Silver Street. Se suponía que Bulger tenía alguna propiedad en esa calle, y su novia, Teresa Stanley, vivía allí. Al entrar por Silver, Bulger se topó con un grupo de ancianos sentados en los escalones de entrada de una de las casas. Los hombres estaban bebiendo. Bulger pisó el freno y bajó del coche. Los viejos se levantaron enseguida, pero a uno de ellos le fallaron los reflejos. Bulger le cruzó la cara con una bofetada de ida y vuelta. El hombre cayó al suelo y quedó hecho un ovillo. Bulger lo pateó. Luego agarró el sombrero del tipo y se lo tiró a la calle.

Flemmi, mientras tanto, vigilaba que no apareciera nadie, se mantenía ojo avizor, pero Bulger ya había terminado. Flemmi y él se rieron de lo ocurrido a mandíbula batiente, regresaron al coche y salieron de allí a toda pastilla. O’Malley se dirigió corriendo hacia el hombre ensangrentado, pero el viejo no era tonto: hizo un gesto con la mano para despedir al agente, y le dijo que se largara. «Yo no sé nada. Déjeme en paz». Incluso los borrachos tenían claras las cosas.

Mientras recababan su propia información secreta sobre Bulger, los agentes de policía también recurrieron a sus confidentes criminales. Un confidente, cuyo nombre en clave era It-⁠1, les contó que, a principios de ese año, «había un importante banco de cambio montado en el taller de Lancaster Street, al que iban los peces gordos a entregar el dinero que habían recaudado gracias a las operaciones de apuestas deportivas ilegales dirigidas por el North End. Ese taller es el lugar donde se ajustan las cuentas». Otro informante, apodado It-⁠3, contó a la policía que «Bulger es un antiguo teniente en la organización de Howie Winter, y creemos que ha asumido el control de la operación en ausencia de Winter». Otro confidente, It-⁠4, les contó que «Whitey Bulger y Stevie Flemmi supervisaban la mayoría de apuestas deportivas, gestiones de contabilidad y préstamos de usura del área de Boston y, en especial, de la zona de Somerville».

Los policías estatales recurrieron a otros informantes, y todos ellos delataron a Bulger y a Flemmi al relacionarlos con la mafia en una floreciente empresa conjunta. Cuando por fin llegó el mes de julio, Fraelick, Long y O’Malley tenían la intuición de contar con pruebas suficientes para un posible caso. Frente a su ventana había un caso con el potencial de convertirse en un hito en la carrera de cualquier detective de policía: derrotar a todo el equipo, la mafia y la banda de Bulger. Los policías estatales habían tragado con la mugre del antro, habían reflejado en sus diarios largas horas de vigilancia e incluso, llegados a un punto desesperante, habían perdido la cordura: en una de las paredes del cuarto habían dejado pegada la cucaracha más grande que habían matado durante la vigilancia, y habían convertido el «cadáver de la habitación» en trofeo de caza.

A principios de julio, los agentes estatales habían sido testigos de numerosos episodios de acción callejera; en ese momento querían saber qué estaban diciendo exactamente los mafiosos. Tenían la sensación de haber recabado suficiente información secreta y estaban ansiosos por llevar el caso al siguiente nivel: la instalación de un micro en el interior del taller.

 

En varias ocasiones, durante esa primavera, Long, junto con su comandante, se reunió con Jeremiah T. O’Sullivan, todavía fiscal general principal de la Unidad de Lucha contra el Crimen Organizado de Nueva Inglaterra. Long informó a O’Sullivan sobre lo que sus policías y él estaban viendo en el taller de Lancaster Street. Idearon un plan por el que los federales financiarían a la policía estatal para la operación de instalación de un micrófono. Involucraron en el asunto a un fiscal de la ciudad, Tim Burke, un ayudante del fiscal del distrito del condado de Suffolk, con tal de que preparase la documentación necesaria para conseguir la autorización de un juez.

A pesar de la financiación federal, la operación se presentaría como un logro exclusivo de la policía estatal, y de ningún otro organismo. No era porque los policías no pudieran trabajar en colaboración con el FBI; al fin y al cabo, Long había sido comandante de policía estatal en la Operación Langosta, la investigación conjunta de la Oficina Federal de Investigación y la policía estatal, en la que había participado Nick Gianturco. Sin embargo, se propagaron nuevos rumores, sobre todo, tras la estela de las acusaciones por las carreras amañadas, cuando Bulger se libró de ser imputado. Los demás cuerpos de seguridad del Estado empezaron a hacerse preguntas sobre el mafioso y su relación con el FBI. No obstante, O’Sullivan, a pesar de lo que sabía, no contó nada a Long; el caso era suyo.

El 23 de julio de 1980, el juez supremo Robert A. Barton aprobó la solicitud de Burke de emitir una autorización judicial para instalar un sistema de escucha en el taller de Lancaster Street. Con ánimos renovados, Long, Fraelick y O’Malley se pusieron manos a la obra. Ninguno de ellos tenía mucha experiencia en lo referente a vigilancia electrónica, pero esa falta de conocimientos la compensaba con creces su exceso de energía. Fueron en persona a la tienda Radio Shack a comprar los micros que iban a utilizar. Luego, para echar un vistazo al interior del taller y hacerse una idea de la disposición del despacho, O’Malley fingió ser un turista con un apretón urgente. Entró, como si nada, al taller, con cara de estar perdido y mirando por todas partes. Bulger se le encaró, le dijo que no había aseo y le ordenó con firmeza que saliera de allí.

Se trataba de aplicar la técnica de prueba y error.

Los policías llamaron a aquella primera tentativa «caballo de Troya». Se hicieron con una furgoneta y la adaptaron, levantaron los tablones del suelo y crearon una trampilla para que se ocultara O’Malley. Luego volvieron a colocar los tablones, los cubrieron con una moqueta vieja y llenaron la furgoneta de muebles. Con una secretaria de la policía estatal de acompañante, Fraelick condujo hasta el taller, a última hora de una tarde de verano. Dijo a George Kaufman que su novia y él, recién casados, acababan de instalarse en Boston y estaban teniendo problemas con el vehículo. Les preocupaba tener que dejar la furgoneta aparcada por la noche en la calle con todas sus pertenencias dentro. ¿Le parecía bien que empujaran el vehículo hasta el taller y que un mecánico le echara un vistazo a primera hora de la mañana?

Kaufman aceptó y empujó la furgoneta hasta el interior del local. Los «recién casados» le dieron las gracias, prometieron regresar por la mañana y se fueron caminando. Kaufman echó el cierre y también se marchó. El plan consistía en que O’Malley saliera de su escondite por la noche y dejara entrar al resto del equipo para instalar los micrófonos. Pero ninguno de los policías había contado con la presencia de uno de lo borrachos de la pensión de mala muerte, instalado justo a la entrada del taller. O’Malley, empapado en sudor y mugriento, no tenía ni idea de qué ocurría. No tenía contacto por radio con los demás, pero oía el ruido que hacía el borrachín en la calle. Los agentes de policía improvisaron. Long hizo que un miembro de su equipo saliera a la calle y comprara unas cervezas. El policía se aposentó junto al borracho y empezó a darle de beber. En cuanto el hombre perdiera la conciencia, los policías entrarían. Pero la espera supuso la pérdida de un tiempo muy valioso, y justo en el momento en que el hombre estaba a punto de desmayarse, Kaufman reapareció de forma inesperada. Kaufman empezó a gritar a los dos hombres que estaban emborrachándose en la puerta de su taller y salió corriendo tras ellos. Así las cosas, ya era demasiado tarde para instalar los micrófonos. Al final, O’Malley salió de su sofocante escondite y se enteró de que Long había abortado la misión.

El siguiente intento fue más exitoso.

A primera hora de la noche, los policías aparcaron, en un lugar discreto cerca del taller, una camioneta de la empresa de alquiler de vehículos de transportes U-⁠Haul. La camioneta no solo transportaba al equipo de hombres, sino que actuaba como muro para que ningún ocupante de la pensión de mala muerte pudiera ver qué ocurría en el taller. La mayoría de las noches, los borrachos y vagabundos se ponían a gritar y se asomaban por las ventanas abiertas para poder soportar mejor el calor asfixiante. La camioneta servía para tapar la vista a los alborotadores de la pensión. Luego, en cuanto Kaufman se marchó, dos policías bajaron por el lateral y abrieron a patadas la cortina del taller por la parte de abajo. Los agentes entraron a gatas y, con la ayuda de un técnico que habían contratado para el trabajo, instalaron los tres micrófonos: uno en un sofá, otro en el interior de una radio y el último en el falso techo del despacho. Salieron y repararon el panel roto de la cortina de entrada del taller.

Bob Long y sus agentes de policía se sentían eufóricos. Pero, a partir de ese momento, la operación fue de mal en peor. Cuando probaron la calidad de la recepción, se enfrentaron a dificultades técnicas. En lugar de conversaciones de mafiosos, habían pinchado llamadas de urgencias de los buscas de los médicos del Hospital General de Massachusetts, que se encontraba en las proximidades. El micrófono instalado dentro de la radio ni siquiera funcionaba. El del sofá sí estaba operativo, pero no servía de gran cosa, ya que no emitía más que un ruido que, además, se oía a ráfagas, como el soplido de un huracán, cuando uno de los mafiosos, sobre todo los obesos como Nicky Femia, se desplomaba sobre el asiento. Pero sí recibían la transmisión del micrófono del despacho, y esa era la ubicación principal. Tras solucionar el problema de la interferencia con el hospital, todo prometía ir sobre ruedas.

Pero, de pronto, el mundo se vino abajo.

Por algún extraño motivo, Bulger, Flemmi y Kaufman empezaron a levantar la vista y a mirar hacia las ventanas de la pensión de mala muerte. De la noche a la mañana, modificaron sus costumbres. En lugar de hablar en el despacho o en el espacio abierto del taller, Bulger y Flemmi celebraban sus reuniones en el interior del Chevrolet negro. El despacho era un territorio olvidado. Los policías se quedaron de piedra. Seguían monitorizando los micrófonos, pero, poco después de que los gánsteres trasladaran sus conversaciones al asiento trasero del coche, dejaron de ir al taller de Lancaster Street de golpe y porrazo. A principios de agosto, caducaba la orden judicial que les había permitido instalar los dispositivos de escucha en el taller. La policía tenía sus notas, un montón de fotografías, pero nada más. Bulger se había esfumado.

 

Durante los días anteriores al momento en que Long, Fraelick y O’Malley fracasaran en su plan de las escuchas, se estaba gestando un problema para el FBI. Todo empezó con un encuentro casual en una fiesta celebrada un viernes por la noche. John Morris, cóctel en mano, avanzó de forma furtiva hacia un corpulento detective de policía de Boston. El diminuto Morris no tuvo reparos en hablarle con suficiencia; él era el agente federal que trataba con altivez al policía local. «¿Tenéis algo en marcha en Lancaster Street?», preguntó Morris con una sonrisa cómplice cuyo subtexto era: «Venga, hombre, a mí puedes contármelo».

Atónito, el detective puso cara de póquer para ocultar su sorpresa. Una pregunta directa sobre la investigación secreta procedente de otro cuerpo de seguridad del Estado no era algo previsible como tema de conversación mientras uno se tomaba una copa en un fiesta veraniega. La pregunta quedó en el aire, sin obtener respuesta.

Morris insistió. «Si habéis puesto micrófonos dentro —⁠dijo⁠—, ellos ya lo saben». Tras un largo silencio bastante incómodo, el detective de la policía por fin respondió: «No tengo ni idea de lo que estás hablando».

El detective se alejó de Morris. Pero tenía el corazón desbocado. A la mañana siguiente llamó a Bob Long. La llamada recibida a primera hora no pilló del todo por sorpresa a Long. Ya se había dado cuenta de que algo no marchaba bien. Lo único que habían grabado de las conversaciones dentro del apartado despacho en el taller de Lancaster Street era el constante discurso de Whitey Bulger halagando a la policía estatal por el maravilloso trabajo que hacían como agentes de tráfico en el peaje de Massachusetts. ¿Ganas de tocar la moral o pura coincidencia? Long no estaba del todo seguro. Sin embargo, cuanto más lo pensaba, más claro le quedaba que existía un patrón de actuación. Sus agentes de policía y él habían vigilado durante meses desde la pensión de mala muerte del otro lado de la calle y habían presenciado los momentos en que Bulger acosaba a los ansiosos jugadores que le debían dinero y lo vieron charlar animadamente con los dignatarios de la mafia que iban de visita. Después, justo un día después de haber instalado los micrófonos en el interior del taller, Bulger había estado alabando la labor de los policías de tráfico estatales y, lo que era más importante, había cambiado sus costumbres. Las conversaciones de negocios se trasladaron del despacho al asiento trasero del Chevrolet negro de Bulger, aparcado en la zona de reparaciones.

Al principio, Long imaginó que Bulger y Flemmi habían descubierto a los policías que los vigilaban del otro lado de la calle. Pero, al escuchar las palabras con las que lo abordó Morris, Long tomó conciencia de que el problema era mucho más grave que una misión de escucha fracasada. Para Long, las nuevas costumbres del gánster no se debían a una pura coincidencia, era un artimaña estudiada. La llamada del inspector de policía confirmó la impactante realidad que Long vislumbró a través de la bruma encendida de la furia. Y quedó descolocado por dos preguntas sin resolver: ¿Cómo sabía John Morris de la existencia de los micrófonos colocados por la policía estatal? ¿Y cómo sabía que Bulger y Flemmi sabían de su existencia?

El lunes por la mañana, el 4 de agosto de 1980, estalló la guerra. Un policía de rango superior, el teniente coronel John O’Donovan, estaba al teléfono protestando por la filtración al jefe de la oficina del FBI de Boston. La policía estatal y la oficina del FBI ya estaban acostumbrados a discutir por la gloria y los laureles que se recibían gracias a la lucha contra el crimen en Massachusetts, pero una acusación de ese calibre provocó el inicio de una relación muy tensa.

Ante el enfurecido dedo acusador, los cuerpos de la ley hicieron lo que siempre hacen: convocar una reunión. El encuentro se celebró en un hotel de la cadena Ramada Inn, en Boston, justo cuatro días después de la metedura de pata de Morris durante la fiesta. A la reunión acudió lo más granado de la ley y el orden: O’Donovan y Long de la policía estatal, fiscales del condado, agentes de la policía de Boston, un agente del FBI, y Jeremiah T. O’Sullivan. O’Donovan expuso los agravios de la policía estatal. Echó un vistazo a todos los presentes, y se marcó un farol con su mirada de indignación generalizada.

Aseguró que las escuchas habían resultado en «extremo útiles» hasta que se delató su existencia. Y dijo que sabían que Bulger y Flemmi eran confidentes. Claro está que la policía del estado no contaba con ninguna prueba fehaciente de que los dos gánsteres fueran soplones del FBI, pero O’Donovan tenía un fuerte presentimiento sobre los posibles vínculos de Bulger con la Oficina Federal de Investigación, motivado por lo ocurrido durante un encuentro con él hacía un par de años. O’Donovan recordaba haber ido a visitar a Bulger a Marshall Motors.

El problema era una amenaza vertida contra un policía de tráfico estatal por parte de uno de los socios de Bulger en la banda de Winter Hill. Armado con dos pistolas, O’Donovan se pasó por el taller para convencer a Bulger de que cualquier clase de ataque contra un policía estatal era una mala idea. Bulger se apresuró a asegurar al teniente coronel que todo había sido fruto de un calentón del momento, pero que la amenaza se quedaría en agua de borrajas. Después, ambos hablaron relajadamente sobre la vida y el panorama al que se enfrentaban los cuerpos de seguridad del Estado. Una cosa llevó a la otra, y acabaron hablando sobre el FBI. O’Donovan comentó que prefería a los agentes de mayor edad de la oficina de Boston que no a lo jóvenes, y afirmó que los agentes novatos como John Morris carecían de la experiencia suficiente para conocer bien el funcionamiento de Boston. Dejó bien claro que Morris y otros jóvenes pipiolos recién llegados no lo impresionaban.

Transcurridas unas dos semanas, O’Donovan recibió una llamada de un enfurecido John Morris, quien exigía saber por qué estaba hablando mal del FBI con Whitey Bulger. O’Donovan se quedó de piedra y llegó a la conclusión de que, o bien el FBI tenía un micro instalado en Marshall Motors, o bien Bulger era confidente del FBI.

La indiscreta llamada de Morris no hizo más que agravar la desconfianza de O’Donovan hacía el supervisor de la Oficina Federal de Investigación. O’Donovan veía al agente como un intrigante que estaba siempre maquinando sus planes tras una apariencia de simpatía. En una ocasión, él mismo había facilitado información de la policía estatal a Morris sobre un fugitivo que se encontraba en la lista de las diez personas más buscadas de Estados Unidos. Ese mismo día, Morris y varios agentes se apresuraron a capturar al terrorista experto en atentados con bomba.

No fue una detención conjunta, se celebró únicamente una conferencia de prensa convocada por el FBI. O’Donovan y sus agentes de policía fueron dejados al margen. Sin embargo, aquello no era prueba suficiente de una actuación artera. No era más que un problemático pasado que un policía experto jamás olvidaría. Y, en la reunión del Ramada, O’Donovan no quiso recordar aquella historia. Sin embargo, ni el sargento Long ni él desvelaron que la policía estatal, a pesar del revés sufrido en el taller de Lancaster Street, estaba planeando una nueva estrategia contra Bulger y Flemmi para finales de agosto. En lugar de hacerlo, O’Donovan se centró en resumir la debacle del taller, animado por su convencimiento de que el FBI había comprometido las escuchas. Analizado entre líneas, el tema expuesto en la mesa redonda no fue otro que acusar a los agentes del FBI de la comisión de un delito: obstrucción a la justicia.

No obstante, los hombres del FBI no se amedrentaron, era la actitud que siempre adoptaban. El portavoz de la Oficina Federal de Investigación, un agente llamado Weldon L. Kennedy, uno de los ayudantes del supervisor en Boston, escuchó educadamente a O’Donovan de la policía estatal. En cuanto este hubo terminado, Kennedy tenía poco que añadir.

«Tendréis noticias nuestras», dijo al final. Pero eso fue todo. Después de la reunión, sin embargo, el FBI de Boston se adentró en una espiral de altibajos. En un principio, la oficina insistía en que Morris se había enterado del asunto de las escuchas atando cabos. Para empezar, sus propios confidentes de la mafia del North End habían detectado la presencia de «caras nuevas» en la zona, y, para continuar, Morris había oído que la policía de Boston había recibido órdenes de mantenerse alejada de Lancaster Street. Para un profesional como Morris, solo había una conclusión posible: estaba llevándose a cabo una investigación. El agente llegó a afirmar que el comentario que había hecho al policía de Boston era un ofrecimiento bienintencionado de utilizar sus contactos con la mafia como advertencia a los policías estatales.

Pero O’Donovan y sus agentes consideraron el argumento de Morris, cuando menos, una falsedad y, durante las semanas posteriores a la reunión en el Ramada Inn, dejaron bien claro que no se tragaban la explicación del FBI. Por su parte, la Oficina Federal de Investigación aumentó un poco más la tirantez de la tensa disputa. Afirmaban que habían sabido gracias a sus confidentes que cualquier posible filtración tenía que proceder de un topo dentro de la misma policía estatal; el fracaso de la operación de escuchas era culpa de la propia policía del estado. El agente que había puesto sobre la mesa esa jugosa y nueva visión de la información era John Connolly.

 

Ya de regreso en el cuartel general de la policía estatal, los agentes siguieron debatiendo para descubrir qué había fallado, y para ello, analizaron todos los movimientos realizados. No pensaban zanjar la cuestión, aún no. Habían sido testigos de demasiadas actitudes sospechosas por parte de Bulger y Flemmi.

Dejaron pasar un par de semanas para dar a ambos gánsteres cierto margen de actuación. Luego volvieron a las calles, y las patrullaron para intentar averiguar en qué andaban metidos esos dos. No fue fácil, sobre todo tras la debacle del taller. Bulger era habilidoso, un blanco huidizo. Al volante del Chevrolet, empleaba varias técnicas de conducción evasiva. Si estaba acercándose a un semáforo en ámbar, aceleraba y cruzaba por una intersección. En ocasiones se limitaba a saltarse los semáforos en rojo.

Iba conduciendo por una calle, de pronto cambiaba de sentido y se dirigía hacia el coche de su perseguidor. Otras veces conducía en dirección prohibida por una vía de doble sentido, aunque Southie parecía condenado a tener solo calles de sentido único. Se conocía South Boston como la palma de la mano, y a menudo zigzagueaba por el viejo barrio en lugar de tomar una ruta directa hacia su destino.

Con todo, la policía estatal no tardó en dar con él. Justo antes del Día del Trabajador, Long, Fraelick y O’Malley determinaron que Bulger y Flemmi tenían una nueva rutina, y se desarrollaba en torno a una hilera de cabinas telefónicas situada a la entrada de un restaurante de la cadena Howard Johnson’s, cerca de la autovía del sureste. La nueva rutina funcionaba como sigue: Nicky Femia llegaba en coche al aparcamiento del restaurante, daba una vuelta y aparcaba. Se acercaba paseando a las cabinas, echaba un vistazo a su alrededor, metía un par de monedas en el teléfono y realizaba una llamada.

El Chevrolet negro llegaba unos minutos después, y en él viajaban Bulger y Flemmi. Bajaban del coche y miraban a su alrededor, y cada uno de ellos se dirigía a una cabina distinta para hacer unas cuantas llamadas. Hablaban por teléfono sin dejar de mirar a un lado y a otro, siempre vigilando el aparcamiento y observando con detenimiento cualquier coche que llegara. En cuanto colgaban el teléfono, se marchaban por donde habían llegado. Los agentes de policía, si eran capaces de emular su conducción, los seguían hasta Southie o hasta el North End, donde los dos gánsteres se reunían con otra serie de personajes del hampa con los que antes se encontraban en la zona de reparaciones y en el despacho del taller de Lancaster Street.

Hasta ese momento, la investigación se habían centrado en los préstamos de usura y el juego ilegal, pero, en ese instante, la policía estatal empezó a sospechar que tenían alguna relación con el narcotráfico. En un principio, los agentes ignoraban quién era Frank Lepere; de hecho, en una serie de fotografías de mafiosos, sus imágenes estaban clasificadas en sus archivos con el pie «varón blanco no identificado». Pero tras enseñar una de las instantáneas, los policías averiguaron que se trataba de Lepere, un antiguo socio de Winter Hill que se había metido en el negocio del tráfico de marihuana con Kevin Dailey de South Boston. Lepere se había pasado por el taller de Lancaster Street portando un maletín. Al recordarlo, Long y sus agentes cayeron en la cuenta de que «no estaba lleno precisamente de golosinas, qué duda cabe». Después del Día del Trabajador, los agentes habían seguido a Bulger y a Flemmi desde las cabinas telefónicas hasta South Boston, donde los dos gánsteres se reunieron con Kevin Dailey. En esa ocasión, Flemmi era quien portaba el maletín. Estuvieron reunidos durante una hora en el aparcamiento de una gasolinera cerrada, justo enfrente de la fábrica de Gillette, junto a Fort Point Channel.

Al día siguiente, en el restaurante de Howard Johnson’s, el viernes 5 de septiembre, Femia captó la atención de la policía estatal cuando se metió una pequeña pistola automática en el bolsillo antes de cerrar la puerta de su Malibu azul. Bulger y Flemmi llegaron en su coche, y, poco después, entró en el aparcamiento un Mercedes 450SL de color gris. Al volante iba Mickey Caruana, quien, a la sazón de cuarenta y un años, era el narcotraficante más conocido de Nueva Inglaterra. Caruana era el capo de la droga en la mafia, un intrépido capitoste que solo respondía ante Raymond L. S. Patriarca, el padrino establecido en Providence, Nueva Inglaterra. (En 1983 se convertiría en fugitivo, para evitar una acusación federal por narcotráfico que lo imputada por haberse embolsado 7,7 millones de dólares entre 1978 y 1981). Bulger y Flemmi dieron la bienvenida a Caruana. Femia se quedó vigilando fuera mientras los tres hombres entraban en el restaurante. El encuentro duró unos noventa minutos. Una vez fuera, Bulger y Caruana se estrecharon la mano con calidez antes de separarse.

Parecía una situación muy prometedora. Se celebró otra reunión con Kevin Dailey, en Southie, y un nuevo encuentro con el miembro de la mafia Larry Zannino, quien llegó al restaurante al volante de su Continental azul. En comparación con la pensión de mala muerte, el nuevo centro de mando de la policía estatal resultaba incluso elegante. Se habían instalado en una habitación de la cuarta planta de un edificio situado frente al Howard Johnson’s, con vistas a las cabinas y, desde allí, tomaban fotos y grababan en vídeo las idas y venidas de Bulger.

Con toda la información secreta recabada, la policía estatal regresó a los tribunales.

El 15 de septiembre de 1980, el juez Barton autorizó una segunda orden para poder grabar las afirmaciones incriminatorias de Bulger y Flemmi. La policía estatal había pinchado los cinco teléfonos públicos. La escucha se realizó dos noches después, un miércoles.

Sin embargo, una vez más, la policía estatal se fue con las manos vacías. Ansiosos y optimistas, los hombres tomaron posiciones en su habitación del hotel la tarde siguiente a la instalación de los micrófonos, a la espera de la llegada habitual de sus objetivos. Pero el reloj marcó la una en punto, y nada. Las dos. Las tres. Las horas pasaban. Bulger y Flemmi no aparecieron.

Tampoco se presentaron en el aparcamiento al día siguiente, ni el subsiguiente, ni el tercero, ni ningún día posterior. Una vez más, Bulger se había esfumado.

Metidos en la habitación del hotel, los abatidos policías no tenían nada con lo que trabajar. La orden judicial tenía vigencia hasta el 11 de octubre, pero a Bulger no volvió a vérsele el pelo. Podrían haber montado en cólera, haberse puesto a gritar y a blasfemar, pero no lo hicieron. Tampoco pusieron la habitación patas arriba en busca de algún micro. Pero sí hablaron sin descanso del brete en que se encontraban, eran conversaciones que llegaron a convertirse en un círculo vicioso. ¿Qué diantres estaba ocurriendo?

 

Quizá fueran unos chalados o, cuando menos, demasiado tercos, pero Long y su equipo repasaron la información secreta que habían recabado sobre Bulger y Flemmi y, a pesar de los reveses sufridos, decidieron realizar un tercer y último intento. Todos sentían la presión de obtener algún resultado tangible —⁠un caso que llevar a los tribunales⁠— tras invertir más de seis meses en recursos humanos y técnicos para la investigación. Además, no eran profesionales ingenuos: con cada fracaso, se reducían las posibilidades de éxito. Bulger y Flemmi estaban en situación de alerta máxima. Sin embargo, Long y sus agentes de policía seguían muy animados, y decidieron probar una última estrategia de ataque contra los más altos jefes del crimen organizado. «No sabíamos si teníamos posibilidades de salir bien parados —⁠recordaba Long⁠—, pero nos liamos la manta a la cabeza y decidimos ir a por ello. Si no salía bien, daríamos carpetazo al asunto y seguiríamos trabajando».

Su objetivo sería el Chevrolet negro: la instalación de un micro en el coche sería el último «lanzamiento a la desesperada». Los policías estatales habían perseguido a Bulger desde el taller de Lancaster Street y desde las cabinas telefónicas de la entrada del Howard Johnson’s. Gracias a sus horas de vigilancia, sabían que Bulger estaba utilizando el coche como despacho móvil. Durante un par de semanas otoñales, los policías del estado volvieron a relajarse para dar espacio a Bulger y Flemmi. Al retomar la vigilancia a finales de 1980, descubrieron que Bulger y Flemmi seguían gestionando sus negocios desde el interior del vehículo.

La nueva rutina de Bulger consistía en ir conduciendo hasta el North End a primera hora de la tarde y aparcar a la entrada del Giro’s. El restaurante, ubicado en una de las calles más transitadas del barrio, Commercial Street, se encontraba a solo un par de manzanas del cuartel general de Angiulo, en el número 98 de Prince Street. Giro’s, al igual que había ocurrido con el taller, era el centro de actividades del hampa: los gánsteres entraban y salían del restaurante durante las primeras horas de la tarde. En algunas ocasiones, Bulger o Flemmi también entraban y ocupaban una mesa para celebrar alguna reunión con diversas figuras del crimen organizado, aunque, gran parte del tiempo, permanecían dentro del vehículo y recibían a toda una recua de mafiosos en el asiento trasero, que hablaban de negocios y luego se marchaban.

En su seguimiento de Bulger hasta el North End, fue un auténtico milagro que los policías estatales no se toparan con los agentes del FBI. Los policías, por descontado, no eran conscientes en ese instante, pero durante gran parte del año 1980, el FBI había dado los últimos retoques a su sofisticado plan para instalar escuchas en el 98 de Prince Street. La operación, de nombre en clave Bostar, estaba dirigida a Gennaro Angiulo y a lo más destacado de la mafia de Boston. A lo largo del año, los agentes del FBI habían peinado la zona del North End, documentando los movimientos del número 98 de Prince Street. John Morris, como supervisor de la Brigada contra el Crimen Organizado, estaba al mando, junto con el agente encargado del caso, Edward M. Quinn. John Connolly y una docena más de agentes formaban parte del equipo de alto secreto.

En el otoño de 1980 la fiscal de la Unidad de Lucha contra el Crimen Organizado, Wendy Collins, ya había repasado varios borradores de la solicitud, amparada por el Título III, para conseguir la aprobación del tribunal federal que el FBI necesitaba para entrar en el número 98 de Prince Street, con tal de instalar los dispositivos de escucha. Aunque Bulger y Flemmi eran los valiosos confidentes de Connolly, no habían recurrido a ellos para desarrollar la causa probable que el FBI requería para obtener la autorización que estaba sopesando Wendy Collins. En cambio, la Oficina Federal de Investigación sí confiaba, ante todo, en cinco o seis confidentes distintos —⁠todos ellos jugadores y prestamistas⁠—, que, a diferencia de Bulger y Flemmi, se reunían con frecuencia con Angiulo en el interior del número 98 de Prince Street.

Claro está que Bulger no había mantenido en secreto la información sobre la mafia en sus encuentros clandestinos con Connolly. Había facilitado toda una serie de datos, pero los informes redactados por Connolly para el FBI, donde reflejaba esas sesiones, contenían, ante todo, rumores contados por otros sobre la mafia. A principios de 1980, por ejemplo, Bulger describió una «reyerta» que había estallado en el banquete de bodas de un miembro de la mafia después de que un joven impulsivo cometiera el estúpido error de «ridiculizar a Larry Zannino». Al instante, algunos hombres del mafioso se abalanzaron sobre el joven, quien «sufrió múltiples golpes y acabó con un par de huesos rotos». Bulger habló a Connolly sobre Nick Giso, que era la persona de contacto diario de Bulger con la mafia en el taller de Lancaster Street y, más adelante, en el Giro’s. La mafia, dijo Bulger «supuestamente tendría que estar molesta con Nick Giso (…) porque Nick no para de consumir coca». En honor a la verdad, debe quedar constancia de que Bulger sí proporcionó cierta información sobre las actividades de los narcotraficantes Caruana, Lepere y Dailey. «Mickey Caruana y Frank Lepere estaban detrás del alijo que se interceptó hace poco en Maine», dijo Bulger a Connolly en abril. Bulger incluso facilitó a Connolly el número de teléfono de Caruana. Sin embargo, esos informes del gánster no incluían ninguna descripción sobre el alcance ni la naturaleza de su floreciente negocio relacionado con los traficantes de marihuana y cocaína.

En el Giro’s, Bulger y Flemmi se reunían con lo más granado de los socios mafiosos de Gennaro Angiulo: Zannino, Danny Angiulo, Nicky Giso, Domenic F. Isabella, Ralph Lamattina, también llamado Ralphie Chong, Vincent Roberto, apodado Vinnie el Gordo, y un flujo constante de corredores de apuestas y prestamistas. En marzo, armados con una declaración jurada de ciento dos páginas, firmadas por Rick Fraelick y acompañada de las fotografías tomadas durante las horas de vigilancia de Bulger y de sus contactos en la mafia, los policías del estado regresaron al juzgado.

El juez del Tribunal Supremo, John T. Ronan, autorizó su tercera orden para realizar una vigilancia electrónica el 19 de marzo de 1981; esa orden judicial les daba cinco días para instalar el micro en el interior del coche. Sin embargo, cinco días más tarde, los agentes de policía regresaron al juzgado en busca de una prórroga de la orden judicial. No habían logrado acercarse al vehículo el tiempo suficiente para instalar el micrófono transmisor de un vatio junto con el dispositivo de localización. Flemmi se quedaba el Chevrolet por las noches, o bien en Milton o en Brookline, en el complejo de apartamentos Longwood Towers. Ninguna de las dos localizaciones era accesible. En Milton, cada vez que los policías se acercaban al coche, ocultos entre las sombras y de noche, el perro de Flemmi ladraba como loco. En Longwood Towers, el técnico de la policía estatal llegó a meterse en el coche, pero entonces saltó la alarma programada con retardo de otro vehículo. Fraelick tiró una alfombrilla del coche sobre la cámara de seguridad, agarró al técnico y salieron pitando, perseguidos por un guardia de seguridad y por el mismísimo Flemmi.

El juez autorizó la prórroga, y los agentes de policía, cada vez más desanimados, idearon su plan más ambicioso. Un policía de tráfico obligaría a detenerse a Flemmi por una falsa infracción. El agente tomaría nota de la matrícula de su coche e informaría al conductor de que ese Chevrolet estaba denunciado como coche robado, y luego ordenaría que se lo llevara una grúa. Con el vehículo en su poder, los policías por fin podrían instalar el micro antes de que Flemmi lo recuperase.

El policía de tráfico, Billy Gorman, hizo parar a Flemmi una tarde, cuando el gánster pasaba por un cruce en Roxbury. Escondidos por allí cerca, Long y los demás policías vigilaban y monitorizaban la radio del coche patrulla. Gorman había sido escogido especialmente para la misión; era imperturbable, y la operación requería un policía que no se amedrentara por ningún altercado con el imprevisible gánster.

El policía hizo luces a su objetivo desde el coche patrulla, y Flemmi paró. El agente bajó del coche, y Flemmi también. Se dirigieron el uno al otro en plena calle. El policía fue el primero en hablar: «¿Ha visto a la anciana a la que casi acaba de atropellar?».

Todos los meses dedicados a la observación exclusiva del lenguaje no verbal del gánster llegaron a su fin de forma abrupta, y tras ese largo tiempo de silencio, los policías por fin oían sonidos reales emitidos por uno de sus objetivos. Las primeras palabras de Flemmi no fueron precisamente agradables.

«¿Qué coño es esta puta mierda?», gritó. Al no ser un ciudadano cualquiera, el gánster no se dejó impresionar por el uniforme ni por la placa del agente de tráfico. Su rabia pasó de cero a cien en una milésima de segundo. «Pero ¿tú sabes quién soy yo, imbécil hijo de puta? ¡Esto es acoso!».

De forma metódica, Gorman pidió a Flemmi el carné de conducir y la documentación del vehículo. «No tengo los putos papeles, joder —⁠gritó Flemmi⁠—. Llevo una matrícula de vendedor de coches, ¿es que no lo ves?». El agente le dijo con total serenidad que, aun así, debía llevar los papeles del coche. Le explicó que iba a comprobar el número de matrícula y que tendría que esperar a que terminase pacientemente. Gorman regresó a su coche patrulla, y Flemmi entró disparado en un pequeño supermercado, donde empezó a hacer llamadas telefónicas.

Ya en el coche patrulla, Gorman contactó con Long. Ya habían llamado a la grúa. El equipo de instalación técnica esperaba en el aparcamiento del abandonado hospital público de Mattapan. Flemmi regresó desde la tienda, y el agente Gorman le explicó que el vehículo estaba siendo buscado por robo.

Gorman y Long llegaron a representar un pequeño teatrillo a través de la radio del coche patrulla; Long dijo al agente de tráfico: «Por favor, informe al conductor que el coche fue robado en el condado de Nassau, en Nueva York, en julio de 1979». Gorman informó a Flemmi de que el Chevrolet iba a ser remolcado.

Flemmi estaba furioso. Entonces pronunció las palabras que hicieron que a Long y a todos los demás policías se les revolviera el estómago. «Dile a ese hijo de puta de O’Donovan que, si tiene tantas ganas de ponerme un micro en el coche, yo mismo se lo llevaré hasta el puto número 1010». Con O’Donovan se refería, evidentemente, al teniente coronel John O’Donovan, el comandante de Long, y «el 1010» era una clara referencia al lugar donde se encontraba el cuartel general de la policías estatal. Flemmi conocía el plan. Todo había terminado.

El mafioso regresó al supermercado. La grúa se llevó el coche, pero antes incluso de que llegara al aparcamiento trasero del hospital, el abogado de Flemmi ya estaba telefoneando a O’Donovan para imprecarlo por la ridícula incautación del coche. El policía estatal fingió no saber nada y no respondió al abogado, se limitó a decir que el vehículo estaba buscado por robo. Sin embargo, todos los agentes sabían que la estratagema había fracasado. Long les ordenó que ni siquiera instalaran el micro. No quería dar la satisfacción a Bulger y a Flemmi de poder desguazar el coche y encontrar el dispositivo electrónico, según dijo. Prefería que se preguntaran qué había ocurrido, incluso que se volvieran un poco paranoicos.

Fue el único consuelo de los agentes de policía. Habían lanzado la pelota a la desesperada, pero la bola había caído demasiado lejos del arco. A pesar de todos los meses de vigilancia, habían perdido la batalla en las calles contra Bulger y Flemmi. Puede que hubieran presenciado cómo Bulger y Flemmi estaban conchabados con la mafia de Boston, pero no los llevarían ante los tribunales. Les habían ganado la partida en todas las manos. Sin embargo, a pesar del fracaso, la policía estatal había provocado, sin saberlo, una tremenda crisis interna en el FBI, una crisis que, más que cualquier otra en la larga historia de la Oficina Federal de Investigación con Bulger y Flemmi, suponía la mayor amenaza del valioso pacto que Connolly y Morris tenían con los dos gánsteres.

 

Notas del capítulo seis[*].