Black Mass

Dick Lehr · Capítulo 12 de 27

Páginas del PDF

Black Mass

8. El sicario de Prince Street

Capítulo ocho

 

El sicario de Prince Street

 

A lrededor de la medianoche, mucho después de que los agentes que habían seguido a Gennaro Angiulo hasta su guarida informaran de que la sala de juntas de la mafia era un despacho oscuro en una calle poco transitada del North End, el equipo de asalto del FBI empezó a trasladarse hasta el lugar desde el cuartel general, ubicado aproximadamente a un kilómetro y medio de allí, en el centro de Boston.

Una docena de agentes habían pasado la noche en la gran sala diáfana de la brigada, sentados a las mesas, tomando café e intercambiando ocurrencias. Algunos hablaron de la ajustada victoria de los Celtics contra Los Angeles Lakers esa misma tarde, una gran victoria a pesar del juego mediocre de Larry Bird. Otros se preguntaban por qué el jefe, Larry Sarhatt, participaba en la misión esa noche. ¿Significaría eso que desconfiaba del plan de ataque? ¿O era únicamente porque estaba haciendo lo que haría cualquier hombre del FBI con veinte años de carrera a sus espaldas, participar en una gran noche? Nadie lo sabía con certeza.

Cuando ya se encontraban todos en sus puestos, en el North End, John Morris, como supervisor de la Brigada Nacional contra el Crimen Organizado, se encargó de la radio de comunicación bidireccional de un coche patrulla aparcado tras un montículo situado frente al despacho de Angiulo. En ese momento invertía el 98 por ciento de su tiempo en el caso y el por ciento restante en preocuparse por la posición de Whitey Bulger en la Oficina Federal de Investigación y por su propia relación con el altivo John Connolly.

Crispado como un gato con el lomo erizado y abrigadísimo en esa gélida noche de enero, Morris se sentó en el asiento delantero del coche mientras iba escuchando en la radio los partes de los coches patrulla que rodeaban Prince Street. A las dos de la madrugada, el mensaje desde el otro lado del montículo fue: «Todo en calma». Morris se volvió hacia el asiento trasero y ordenó salir a los agentes Ed Quinn y Deborah Richards, junto con un cerrajero del FBI, y les dijo que descendieran la pendiente que conducía al 98 de Prince Street. Iban a irrumpir en la pequeña oficina de Angiulo en esa noche fría y de cielo despejado. La vigilancia había revelado que el lunes de madrugada era el momento más tranquilo en un barrio de coches aparcados a ambos lados de la calle, frente a los restaurantes, panaderías, pizzerías y edificios de viviendas. La noche de los domingos, incluso los delincuentes se quedaban en casa. En ese momento, el barrio, plagado de miradas vigilantes, de calles angostas y edificios de cinco plantas, por fin se había metido en el sobre.

Quinn se levantó el cuello del abrigo para protegerse del frío nocturno y empezó a bajar por Snow Hill Street hasta Prince Street, iba tomado del brazo de la desinhibida Richards, quien llevaba una botella de whisky que Quinn había cogido de casa para que el trío tuviera la apariencia de un grupo de juerguistas compartiendo bebida y en busca de una última farra. Bajaron zigzagueando por la pendiente, pero empezaron a pisar con firmeza en cuanto llegaron a la calle de abajo para avanzar con rapidez hacia la puerta en penumbra del 98 de Prince Street. Quinn y Richards, que ya no fingían estar buscando juerga, permanecieron de brazos cruzados con sus chalecos antibalas mientras el tercer agente hincaba una rodilla en el suelo para abrir el cerrojo de la puerta de entrada. En la calle de enfrente, congelados por el frío polar que helaba su furgoneta parada, otros dos agentes guardaban las espaldas del trío mientras estos accedían al vestíbulo. Debían cruzar una nueva puerta.

Usando un código de radiotransmisión, Morris dio las órdenes a los coches del FBI de cerrar al tráfico una parte de Prince Street. Unas manzanas más allá se levantaron los capós de los vehículos y los agentes se quedaron plantados junto a sus coches «averiados», para asegurarse de que no transitaba ningún vehículo por esa calle mientras los demás agentes se abrían paso hacia el santuario de la mafia. Larry Sarhatt se quedó fuera de su Buick azul hasta que lo avisaron de que Ed Quinn se encontraba a las puertas del despacho de Jerry Angiulo, en una atmósfera saturada de olor a ajo. En el interior, el santuario empezaba a vislumbrarse lentamente: fogones de restaurante en la pared del fondo, una mesa en el centro y baratas sillas de plástico junto al televisor situado cerca de las ventanas de la fachada.

En ese preciso instante, Morris ordenó que un segundo equipo de agentes entrara en escena. Esa vez no hubo ningún zigzagueo por la pendiente, botella de whisky en ristre. Era el grupo de los «comandos»: aquello había pasado a ser una operación militar en toda regla. Los tres comandos saltaron al terreno, portando pesadas bolsas con el equipo técnico y con aspecto de paracaidistas tomando una playa. Los agentes de las furgonetas y los coches se encontraban bloqueando todas las vías que conducían hasta el 98 de Prince Street mientras Quinn abría la puerta a los refuerzos. De pronto aparecieron seis agentes en los inexpugnables dominios de Jerry Angiulo. Todos permanecieron quietos y en silencio durante diez minutos para asegurarse de que ninguna alarma oculta se hubiera disparado y para acostumbrar su visión a la habitación a oscuras.

Entonces los comandos sacaron sus linternas cubiertas con gasas y se pusieron manos a la obra. Tardaron tres horas en instalar los micrófonos en lo alto de una pared lateral y conectarlos a unos enormes alimentadores del tamaño de troncos, ocultos en el falso techo. Los dispositivos de escucha transmitirían una señal en clave a escáneres con finas carcasas de aluminio y enviarían las conversaciones de Angiulo al otro extremo de Boston Harbor hasta un piso de Charlestown abarrotado de agentes. Tras varias pruebas fallidas de la recepción de la señal, Ed Quinn logró por fin hablar con sonido nítido con el agente Joe Kelly, ubicado en la cocina de Jerry Angiulo. Las bobinas de cinta que demostrarían ser letales para Angiulo ya estaban instaladas y listas para empezar a girar.

Con las luces del alba, un exhausto Ed Quinn salió del despacho de Prince Street. Lo último que hizo fue asegurarse de que el polvillo de los agujeros que se habían hecho con el taladro quedara barrido. A las cinco de la mañana volvió a subir por Snow Hill Street y cayó rendido en el asiento trasero del coche de Morris. Se estrecharon la mano con fuerza, aunque fue una celebración silenciosa. Amplias sonrisas, pero nada de fiestas. Al fin y al cabo, eran hombres del FBI.

Cuatro horas más tarde, Frankie Angiulo, el jefe del turno de día de la mafia cuya misión consistía en supervisar a los corredores de apuestas locales, realizó su breve traslado en transporte público hasta Prince Street. Mientras los agentes habían estado trabajando en la oscura oficina, Frankie dormía a unos treinta metros de allí, en un piso cochambroso de un edificio desocupado, donde ocultaban fajos de billetes, escondidos en aparatosas cajas fuertes. Tal como hacía todos los días a las nueve de la mañana, Frankie inició su jornada en el 98 de Prince Street encendiendo el fogón y poniendo la cafetera en el fuego.

Cuando Jerry Angiulo se presentó a las cuatro de la tarde a trabajar — ⁠para encargarse del turno de noche como había hecho durante tres décadas⁠—, prácticamente lo único en lo que pensaba era en viajar a Florida para escapar de aquel frío tan poco común de ese duro mes de enero. Pero el mal tiempo pronto se convertiría en la menor de sus preocupaciones.

 

Tras más de un año de recabar pruebas en secreto en un barrio ajetreado, el nuevo enemigo de la lucha del FBI contra los Angiulo era el estridente alboroto del interior del 98 de Prince Street. Realizando la escucha en un puesto de mando de Charlestown, a ocho kilómetros de distancia, los agentes se esforzaban por descifrar la quebrantada sintaxis de cinco de los hermanos Angiulo y de sus secuaces, mientras hablaban todos a la vez con una radio de fondo, permanente encendida, sintonizada en una emisora que solo emitía locuciones.

Algunos hombres, como John Morris, jamás le cogieron el tranquillo a la jerga mafiosa. John Connolly ni siquiera lo intentó, e intentaba librarse del tedio de escuchar las charlas de los mafiosos argumentando que era más necesario en las calles. No obstante, los demás agentes lograron dominar la desquiciante jerga de Prince Street y llegaron al punto de seguir los estallidos entrecortados de frases soeces dejadas a la mitad, fragmentos en italiano, el argot de los bajos fondos y los repentinos cambios de tema. El protagonista en todas las conversaciones era el autoritario Gennaro. Para empezar, siempre gritaba y se le oía incluso a pesar de la radio permanentemente encendida. Para continuar, sus intervenciones casi tenían sentido. Era egocéntrico, soso y testarudo, pero podía seguirse lo que decía. Su mensaje no dejaba lugar a la interpretación, por ejemplo, cuando hablaba sobre algunos subordinados que fueron detenidos tras una redada contra las partidas ilegales. «Si sabemos que uno de esos tipos a los que usamos se pone pesado, nos cargamos a ese hijo de puta y se acabó. Ya encontraremos a otro».

En líneas generales, las escuchas de Prince Street no revelaban gran cosa hasta la llegada de Jerry, a las cuatro de la tarde, desde su mansión frente al mar en Nahant, en el norte de Boston. Después de llegar en su Pacer AMC rojo y plateado o en su Cadillac azul celeste, Angiulo entraba en el edificio y la atmósfera del lugar cambiaba de inmediato. Casi no había cháchara. Angiulo cruzaba la puerta espetando preguntas sobre la comida y las apuestas ilegales, y los asesinatos, con lo que llamaba la atención de la audiencia con la imperiosa impaciencia de un juez que hubiera pasado demasiado tiempo en el estrado. A las siete y media de la tarde se tomaba un descanso para la cena, que solía preparar el pequeño de los hermanos Angiulo, Mikey. La siguiente pausa era para ver la serie de la televisión pública The Wild, Wild World of Animals. El segundo del capo jamás se perdía un capítulo y siempre hacía algún comentario sobre las maravillas y la fuerza de los reptiles.

Tras haberse librado de varios cargos por conspiración en largos juicios celebrados en tribunales estatales durante la década de 1960, Angiulo siempre se mostraba muy cauteloso con el alcance de los cuerpos de seguridad del Estado y sus métodos. Sus preocupaciones resultaron proféticas; los micrófonos del FBI captaron a un desesperado Angiulo gritando: «Nos pueden dar con la RICO por el culo». Aunque ninguno de los presentes sabía de qué estaba hablando. Angiulo expresaba en voz alta su preocupación por la facilidad con que podían elaborar un caso contra su larga carrera delictiva al mando de una organización criminal. Solo él intuía el peligro.

Con los años, Angiulo había llegado a creerse mucho más listo de lo que en realidad era, aunque estaba en lo cierto en lo referente al poder y el peligro que suponía el estatuto de la ley RICO. Leyendo en voz alta a sus indiferentes secuaces, Angiulo diseccionaba los artículos de prensa sobre la apelación de un acusado de Massachusetts tras una sentencia de veinte años por actividades relacionadas con el crimen organizado, que se presentó ante el Tribunal Supremo estadounidense. Pretendía aleccionar a sus hermanos sobre el peligro de que los fiscales federales solo tuvieran que probar que los Angiulo habían cometido dos de los treinta y dos crímenes federales y estatales durante un periodo de diez años para establecer un patrón de criminalidad. Se lamentaba de que «si cometes uno de esos delitos este año y, en los próximos diez, cometes otro, acaban contigo, joder».

Sin embargo, Angiulo, cuya ambición desde el instituto siempre había sido ser abogado penal, se consoló ilusoriamente con la creencia errónea de que la RICO solo era aplicable a las personas que se infiltraban en los negocios legales, como hacía con frecuencia la mafia de Nueva York. Desconocedor de los detalles de la ley RICO, Angiulo siguió despotricando mientras los micrófonos ocultos captaban cada una de sus palabras.

Luego, dando un paso en falso que marcaría a fuego su destino, Angiulo, desconocedor de que estaban grabándolo, describió el caso contra sus propias prácticas en el mundo del crimen organizado durante una conversación con Zannino. El discurso inconexo sobre sus logros criminales se convertiría en la piedra angular de la formulación de cargos a la que se enfrentaría solo dos años después.

—Nuestra defensa es que estamos metidos en negocios legales — ⁠dijo a Zannino.

—Somos prestamistas —respondió Zannino, el consigliere de la familia.

—Somos prestamistas —repitió Angiulo, refrendando la letanía.

—Sí —dijo Zannino.

—Somos corredores de apuestas, joder — ⁠añadió Angiulo.

—Corredores de apuestas —confirmó Zannino.

—Estamos vendiendo marihuana —dijo Angiulo.

—No estamos infiltrándonos —respondió Zannino.

—Sí, sí, sí y sí. Aquí hacemos negocios ilegales. Somos pirómanos. La estamos cagando —⁠dijo Angiulo, echando leña a su propia teoría.

—Controlamos a chulos, putas… —⁠añadió Zannino para volver al punto de la conversación que les interesaba.

—La ley no nos ampara —afirmó Angiulo. Y luego añadió con tono interrogante⁠—: ¿No es así?

Zannino retomó el tono realista.

—Esa es la cuestión —comentó, taciturno.

La verdad era que, en la situación en la que se encontraban, tenían toda las de perder. Más tarde, esa misma noche, un prolijo Angiulo se enfrentó a la dura realidad.

—Esa ley se hizo para tipos como nosotros — ⁠dijo, abatido.

 

Mientras Angiulo observaba con detenimiento sus decadentes dominios, se percató de un pequeño detalle. Stevie y Whitey no habían estado por allí desde su última visita a Prince Street, cuando discutieron algunas deudas que tenían con la mafia. Angiulo se quejó de que la pareja no se pasaba por allí «desde hace dos meses, joder». Es decir, desde el momento de su misión secreta de reconocimiento para el FBI, en noviembre de 1980. Como ocurría con casi todas las cuestiones relacionadas con los mafiosos, Angiulo pensó que su ausencia se debía a un asunto de dinero. Sin embargo, no era tan sencillo. A Bulger y Flemmi no podría haberles importado menos el dinero que le debieran a un tipo acabado con micrófonos de escucha en las paredes. No se les veía por el lugar porque sus agentes de contacto les habían advertido que se mantuvieran alejados. Bulger y Flemmi sabían que su indefinida asociación con Angiulo saldría a colación mientras las cintas estuvieran grabando. Pero no serían más que rumores, en el caso de llevarse a cabo una investigación, mientras la confirmación de esos datos no saliera de sus propios labios.

Desde el principio, los agentes hicieron todo lo posible por proteger a Bulger y Flemmi cuando sus delitos quedaron reflejados en las cintas de 1981, y también más adelante, cuando se transcribió su contenido para el juicio contra Angiulo como jefe de una organización criminal. Con Morris al mando, los agentes tergiversaron el significado de la información que llegaba al cuartel general sobre la actividad de Bulger en el juego ilegal, los préstamos de usura y su posible ocupación como sicario de la mafia. Actuando como un defensa de fútbol americano, Connolly se lanzó a la carrera para batir todos los récords en esa posición. Por ejemplo, las cintas del FBI captaron a Zannino conminando a Angiulo a recurrir a Whitey y Stevie para que mataran a un mafioso que estaba descontrolado. Las cintas también grabaron a Zannino rindiendo homenaje a la banda de Winter Hill por ser una aliada formidable en un negocio de préstamos de usura y empresas de juego ilegal. De hecho, las cintas revelaron que los Angiulo discutían con frecuencia sobre lo que estaba tramando la policía estatal: un caso contra el crimen organizado basado en una empresa conjunta entre la mafia y la banda de Winter Hill. Los jefes de la mafia hablaban con frecuencia de cómo dividir de la mejor forma posible con Winter Hill el territorio del juego ilegal y los préstamos de usura. El mismísimo Jerry Angiulo lo resumió cuando se refirió a los millones de dólares obtenidos por el cobro de deudas mediante la extorsión a los morosos perpetrada por la pareja de valiosos confidentes del FBI: «Whitey tiene todo South Boston, y Stevie tiene todo el South End». Sin embargo, la Oficina Federal de Investigación no solo había dejado tranquilos sus feudos; sino que los protegía. Y la protección del FBI no era algo confidencial en lo referente a delitos no violentos relacionados con el juego ilegal. El gran monto del negocio se obtenía de la extorsión a narcotraficantes y corredores de apuestas que se enfrentaban, todos los meses, al ultimátum de pagar o morir.

Zannino conocía de primera mano la ocupación de Stevie como asesino durante la guerra de bandas de la década de 1960. Evocaba con entusiasmo cómo asesinó Stevie a un prestamista de Dorchester, William Bennett, cuando este irrumpió en el territorio de la mafia. (Willie Bennett era uno de los tres hermanos Bennett asesinados a petición de Zannino por disputas económicas y territoriales). El consigliere sediento de sangre conocía el trabajo de Bulger solo por la reputación que le precedía, y conocía su aplicación de la violencia selectiva.

Sin embargo, Zannino sabía reconocer un trabajo para la pareja de gánsteres en cuanto lo veía y enseguida los recomendó como la solución para el problema que suponía Angelo Patrizzi. Patrizzi era un auténtico mentecato, un mafioso de la periferia que acaba de salir de la cárcel y habían jurado venganza contra los dos soldados de la mafia que habían matado a su hermano por no pagar sus deudas con los prestamistas. Esa amenaza se extendió como la pólvora y puso a los jefes de la mafia en el punto de mira. Decidieron frenar a Patrizzi en seco. El vengativo mafioso era un convicto prófugo de treinta y ocho años, que había ido al colegio hasta los doce, con problemas de alcohol y drogas, y un fragmento de bala en la cabeza. Con todo, entendió lo que ocurría cuando se percató de que Zannino había hecho que Freddie Simone empezara a frecuentar el taller donde él trabajaba, haciéndose el simpático. Patrizzi fue a esconderse a Southie. Zannino sugirió a Angiulo que le dieran pasaporte aprovechando que se encontraba en el hogar natal de Bulger: «Whitey y Stevie le arrancarán la cabeza a ese hijo de puta».

Sin embargo, Angiulo no quería deber ningún favor a Bulger, sobre todo, porque el gánster tenía una increíble factura pendiente con la mafia de 245 000 dólares. Angiulo, quien consideraba el irritante problema como una cuestión doméstica y privada, prefería tomar la senda más segura de recurrir a diversos soldados de la mafia para ejecutar al estúpido mafioso que estaba profiriendo imprudentes amenazas. Además, Angiulo siempre estaba pensando en quién podría testificar contra él en el caso de que algo saliera mal: Bulger no era «uno de los nuestros», de los que, por instinto, saldría en defensa de la organización si le echaban el guante. Angiulo incluso rechazó la idea de que el soldado Connie Frizzi formara equipo con Bulger para que Frizzi pudiera identificar a Patrizzi y luego apartarse para que el irlandés hiciera el trabajo.

Connolly tuvo la inteligencia de sacar todo el incidente de contexto y afirmó que el debate interno de la mafia servía para desmentir el rumor, tan cacareado por parte de los cuerpos de seguridad del Estado, de que recurrían a Bulger como sicario. Informó a su jefe de que la operación de Prince Street, que se filtró por casualidad, había demostrado «dos hechos indiscutibles»: uno que corría un tupido velo sobre la afirmación de que Bulger fuera asesino a sueldo y otro que suponía un mazazo para la policía del estado por exagerar el hecho de que la condición de soplón del gánster fuera conocida por todos. Connolly ofreció dos informes sobre Prince Street a su jefe recién llegado de Knoxville.

 

A. La fuente (Bulger) no es un sicario de Jerry Angiulo como ha llegado a

afirmarse.

B. La jerarquía de la Cosa Nostra no considera que la fuente sea un

confidente del FBI tal como ha afirmado el teniente coronel O’Donovan de la policía estatal de Massachusetts.

 

Morris, como supervisor de la Brigada Nacional contra el Crimen Organizado, presentó un apéndice donde también distorsionaba la información recopilada en la sala de grabaciones de Charlestown y la obtenida gracias al flujo constante de los informes del FBI. Afirmó que la banda de Winter Hill estaba acabada. El armazón vacío y anticuado de la organización criminal que se hundió en cuanto Howie Winter entró en prisión, concluía Morris, «no merece ser objeto de investigación ni en el momento presente ni en cualquier momento del futuro próximo».

La preferencia de Angiulo por un equipo de sicarios formado al completo por miembros de la mafia para ir a por Patrizzi quizá no estuviera incluida en el informe para el FBI que Connolly entregó a Sarhatt, no obstante, las cintas de la Oficina Federal de Investigación sí resultarían perjudiciales para Bulger si alguien analizaba más de cerca la situación o era orientado en la dirección adecuada. Lo que realmente sentía Angiulo quedó grabado un poco antes cuando habló sobre los personajes dispuestos a matar en su nombre. Mientras conversaba con un soldado de la mafia sobre Bulger y Flemmi, Angiulo dijo: «Podríamos recurrir a ellos. Si los llamo ahora mismo, se cargarían a cualquier hijo de puta que les ordenásemos». Connolly no tuvo más remedio que desviar a los investigadores para que no atendieran a unas declaraciones tan dañinas.

Al final, nueve hombres sacaron a rastras de un club privado a Patrizzi, apodado Cabeza Hueca (y calificado de «verdadero idiota» por tipos como Freddie Simone). Lo inmovilizaron poniéndole trabas en las piernas y atándoselas al cuello, lo metieron en el maletero de un coche robado y dejaron que fuera asfixiándose, poco a poco, hasta morir. Encontraron su cuerpo cuatro meses después en un rincón apartado de un aparcamiento, en la parte trasera de un motel de mala muerte, en el norte de Boston. Los agentes del FBI que monitorizaban las escuchas oyeron hablar de la trama para eliminar a Patrizzi y la preocupación de Zannino de que la policía estatal localizase al prófugo, que estaba violando la libertad condicional, antes que la mafia, pero no hicieron prácticamente nada por intervenir. Los fiscales federales condenaron a Angiulo por el asesinato siete años más tarde, pero jamás se tomaron cartas en el asunto para impedir que se produjera.

 

El FBI también hizo oídos sordos con la obsesión de Angiulo por la deuda que Bulger tenía con él, la de doscientos cuarenta y cinco mil dólares, adquirida en 1978, cuando tomó las riendas de la banda de Winter Hill. El dinero se usaba para préstamos de usura; Winter Hill cargaba un interés del 5 por ciento semanal, pero no estaba pagando a Angiulo el 1 por ciento que le correspondía. Bulger afirmaba que la deuda ascendía a ciento noventa y cinco mil dólares, y Angiulo llegó a estar convencido de que jamás recuperaría el dinero. Como no había nada que odiara más en su mundo de control férreo, la deuda podía desembocar en una guerra. Sin embargo, habría hecho correr más sangre en las calles de lo que el frustrado Angiulo estaba dispuesto a derramar.

Más allá de la polémica disputa sobre el dinero del préstamo, Angiulo y Bulger estaba enfrentados por la cuestión de quién debía controlar al corredor de apuestas de Watertown, Richie Brown. Después de que Howie Winter ingresara en prisión, Bulger había empezado a restringir los movimientos de cualquier corredor de apuestas que se atreviera a poner el pie en su terreno de juego. La norma estaba clara: pagar o morir. Whitey dijo a Brown que le costaría mil dólares semanales permanecer en el negocio y que su jefe, el corredor de apuestas de la mafia Charles Tashjian, debía ir a visitarlo. Para cumplir con las órdenes de permanencia en el territorio, Tashjian respondió a Bulger que él pertenecía «a Prince Street. Habla con Danny Angiulo».

Ambos bandos habían recurrido a la versión mafiosa de la advertencia Miranda. Así las cosas, la confrontación era inevitable. Whitey y Stevie no tenían más alternativa que ir a ver a Danny, el único Angiulo realmente duro, un asesino que se había curtido en las calles, a diferencia del menudo y voluble Jerry. Los hermanos no se llevaban precisamente bien. Cada cierto tiempo, Danny se lo echaba en cara a Jerry, y su distanciamiento daría como resultado que Danny evitara las visitas a Prince Street. Era el motivo por el que tenía su propio despacho a la vuelta de la esquina, en la trastienda de la cafetería Pompeii.

Abriendo una grieta en el protocolo que dejaría al sensato Jerry montado en cólera, Bulger y Flemmi realizaron una visita no anunciada a la oficina de Danny, donde preguntaron por Richie Brown. Más adelante, Jerry describió ese encuentro a los secuaces de Prince Street y afirmó que Danny había cuestionado a Bulger cuando este afirmó que Winter Hill andaba mal de fondos y necesitaba el dinero de Brown. «No digas que estás arruinado —⁠dijo Danny a Whitey⁠—. Conozco a cincuenta tíos que aseguran tener que pagarte entre mil (…) y cincuenta mil dólares al mes». Al final llegaron al acuerdo de que Brown permanecería en la mafia. Pero el análisis financiero de Danny Angiulo sobre la trayectoria de extorsiones realizadas por Bulger difícilmente se correspondía con la decadencia de la banda de Winter Hill que John Morris había relatado a su jefe, por la que afirmaba que no era un blanco interesante ni en ese momento ni un futuro próximo.

A pesar de todo el fingimiento y el pavoneo en el territorio del hampa, ambos bandos sabían que la cautelosa colaboración entre Bulger y la mafia era la piedra angular del crimen organizado en Boston. A última hora de una noche, un Zannino borracho reprendió a un subordinado cuando supo que había estafado cincuenta y un mil dólares a Bulger y Flemmi. Habían pedido a Jerry Matricia que hicieran unas gestiones para Winter Hill en Las Vegas. Se suponía que debía apostar por un ganador pactado con anterioridad en una de las carreras hípicas amañadas por Winter Hill, pero él lo había perdido todo jugando a los dados. Años después de lo ocurrido, Zannino imprecaría a Matricia por una brecha que podía desestabilizar la tenue paz con Winter Hill. La fisura abierta tenía el potencial de provocar una guerra. Zannino declaró: «Si puteas a alguien próximo a nosotros, recibirás lo tuyo. ¿Sabes que (la banda de Winter) Hill somos nosotros?».

Zannino echó a Matricia de su despacho y se reunió con sus dos principales socios, que estaban de acuerdo con él en que Bulger iba a «darle pasaporte». Volvieron a llamar a Matricia y le leyeron la cartilla. Le ordenaron devolver algo de dinero a Stevie cuanto antes. Con un par de cientos bastaría, pero debía empezar a saldar la deuda. Zannino finalizó su diatriba con algún que otro consejo paternal sobre las virtudes poco valoradas de la colaboración. «Son personas agradables —⁠dijo al charlatán Matricia⁠—. Son la clase de personas que siempre lo arreglan todo, joder (…) Cualquier cosa que les pidas. ¿Es que no lo ves? Están con nosotros. Estamos juntos. Y no podemos tolerar que los jodan. ¿Está claro?».

Sin embargo, el FBI, enrocado en su postura de negación de la realidad mafiosa, ignoró la profusión de conversaciones de la mafia sobre las empresas conjuntas de la Cosa Nostra y la banda de Winter Hill. Las cintas se usaron de forma exclusiva para perseguir a los mafiosos, y la Oficina Federal de Investigación se marcó un tanto enviando a ciertos personajes a la cárcel, entre los que se incluían todos los hermanos Angiulo y el hijo de Jerry, Jason. La única acción que llevó a cabo Connolly con respecto al cierre de la misión de las escuchas de Prince Street fue decir a Bulger que ya no había moros en la costa.

 

A pesar del éxito demoledor de su operación en Prince Street, el supervisor John Morris seguía caminando a ciegas. La estela luminosa que había dejado el caso de Angiulo le alumbraba el camino, pero la brújula de Morris estaba rota. En cuanto se apagaron los micrófonos, programó una celebración privada con Bulger y Flemmi en el hotel Colonnade de Boston. Bulger llevó dos botellas de vino a la reunión en el hotel de lujo. En las dos horas siguientes, Bulger y Flemmi tomaron solo una copa o dos, y Morris se terminó el resto.

Inmune al dolor, Morris puso una cinta de las grabaciones de Prince Street para que la escucharan los dos confidentes. Escucharon a Angiulo y Zannino hablar sobre la necesidad de pactar con la novia bocazas de Nicky Giso, porque había demostrado ser una inconsciente al irse de la lengua sobre el asesinato de un tipo del North End perpetrado por uno de los secuaces de Angiulo.

Para asegurarse la jugada, John Morris había coordinado una operación de escuchas de siete días a la semana que requería personal presente las veinticuatro horas en la monitorización gestionada por cuarenta agentes. Morris se enfrentó a una crisis diaria durante cuatro meses. La operación Bostar acabó con la familia del crimen organizado de los Angiulo, un logro imperecedero de los cuerpos de seguridad estatales, gracias al cual Morris esperaba obtener un puesto como agente especial al mando en la capital del estado.

Sin embargo, el agente había fracasado en la misma medida que había triunfado. Había dejado las huellas inconfundibles de su lenta decadencia en la habitación del Colonnade. Además de vaciar más de dos botellas de vino, Morris salió tambaleante del hotel y se dejó olvidada la cinta gubernamental con contenido de alto secreto, que con tanto orgullo había reproducido para Bulger y Flemmi. De hecho, la cinta fue recuperada solo porque Flemmi se dio cuenta de que se había quedado en la habitación y regresó a por ella.

Aunque el punto de inflexión se produjera mucho antes, quizá ningún otro hecho resumía mejor la maestría con la que Bulger había cambiado las tornas en el FBI y el grado de corrupción de la Oficina Federal de Investigación una vez concluida la velada en el Colonnade. Con el mismísimo Whitey Bulger al volante, un Morris borracho fue llevado a casa en su propio coche. Flemmi los siguió en el Chevrolet negro. Tal vez Morris y Connolly llegaran a creer otrora que tenían el control de la relación, pero tanto ellos como el FBI no eran más que pasajeros borrachos. Había caído la medianoche en Boston.

 

Notas del capítulo ocho[*].