Black Mass

Dick Lehr · Capítulo 22 de 27

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Black Mass

Tercera parte

 

Algunas cosas son necesariamente malas, otras son más malas que necesarias.

JOHN LE CARRÉ, La casa Rusia

Capítulo diecisiete

 

Fred Wyshak

 

E l bautismo de la mafia de 1989, que se registró en una grabación del FBI, parecía una escena de la película Fiebre del sábado noche : hombres corpulentos pronunciando juramentos con tono forzado y quemando estampitas de santos. Sin embargo, era un acontecimiento muy serio en la historia de la mafia de Nueva Inglaterra, un último intento a la desesperada, por parte del asediado jefe, Raymond Patriarca de Rhode Island, para reconciliar a las facciones enfrentadas de Boston. «Júnior» era el candidato al trono antes ocupado por su difunto padre, quien se aferró al poder con celo, y el jefe esperaba que inyectar sangre nueva a las filas contribuyera a apaciguar las aguas turbulentas de Boston. Los destacados y más insatisfechos mafiosos de Boston, Vinnie Ferrara y J. R. Russo, estaban presentes, asintiendo en silencio y sonriendo. Al salir de la pantomima de hermandad, Ferrara dijo: «Solo un fantasma podría entender qué ha ocurrido hoy aquí. ¡Por el amor de Dios!».

No era del todo cierto. Whitey Bulger estaba frotándose las manos, desde la banda del campo y lleno de codicia, ante la perspectiva de que ese nuevo marco de la mafia estuviera a punto de morder el polvo, al dejar constancia grabada a los federales de sus negocios relacionados con el crimen organizado. Una vez más, los máximos jefes mafiosos tendrían que escuchar el discurso de un tribunal sin más remedio que reconocerse culpables para cumplir largas condenas. Patriarca, quien tenía el historial delictivo menos grave, fue condenado a ocho años de prisión; a Russo le cayeron dieciséis; y Ferrara recibió la sentencia más dura de todas: veintidós años a la sombra. Nuevamente, Whitey y Stevie habían colaborado para que se localizara a sus enemigos y luego se habían quitado de en medio.

La desfragmentada jerarquía mafiosa también allanaba el camino para el exsocio de Stevie durante la década de 1960, Frank Salemme, alias Frank Cadillac. Recién liberado de prisión, Salemme planeaba un rápido ascenso en el escalafón de la mafia. Retomó la alianza debilitada con Flemmi, durante una reunión de los dos hombres de la brigada letal de finales de 1960, cuando actuaban como sicarios para Larry Zannino. Salemme pronto conseguiría sobrevivir a un mediocre intento de asesinato al salir de una crepería, del que culpó a Ferrara. Sin embargo, el tiroteo no relajó ni un ápice su ambicioso plan de conquistar la mafia y aliarse con Flemmi y Bulger.

El territorio de los cuerpos de seguridad del Estado también estaba empezando a cambiar. Para empezar, John Connolly dejó el cargo a finales de 1990. Sus compañeros lo agasajaron con una fiesta por todo lo alto antes de que aterrizara suavemente en la empresa privada de seguridad Boston Edison, una corporación que hacía tiempo que se había ganado el favor del presidente del Senado de Massachusetts, William Bulger. Más o menos en la misma época, Connolly se mudó a un bloque de apartamentos de South Boston, con pisos contiguos propiedad tanto de Kevin Weeks como Whitey Bulger. Connolly ascendió de forma meteórica en el escalafón laboral hasta convertirse en miembro del lobby interno de la empresa, con un salario de ejecutivo que ascendía a una cantidad aproximada de ciento veinte mil dólares. Desde un despacho de Prudential Tower, con vistas a Back Bay, Connolly trabajaba con legisladores del capitolio gobernado por Bulger y ejercía su presión sobre Washington para la empresa. Pero sus intereses seguían siendo muy provincianos. En la pared de su despacho, decorado con fotos de políticos locales y figuras destacadas del deporte, tenía reservado un lugar especial para Ted Williams, el jugador de béisbol ídolo de su infancia.

Sin la presencia de Connolly, Bulger empezó a achicarse y se centró en sus negocios en South Boston en lugar de buscar nuevas oportunidades. Llegó incluso a asegurarse un plan de jubilación exclusivo para Whitey Bulger: «ganó» la lotería del estado. Tras la venta de un boleto ganador en su propio colmado de la rotonda, el Rotary Variety Store, Bulger informó al ganador del bote de catorce mil trescientos millones de dólares que le convendría tener un nuevo socio. Whitey y dos aliados dejaron al cliente con la mitad de las ganancias. Bulger declaró unos ochenta y nueve mil dólares anuales en ingresos netos, un estipendio con el que podría justificar su estilo de vida frente los auditores de Hacienda, que cada vez fisgoneaban más en sus cuentas.

Por su parte, Flemmi había iniciado su particular «plan de jubilación», invirtiendo en Sociedades Cotizadas Anónimas de Inversión en el mercado inmobiliario, a través de familiares directos y parientes políticos. La década de 1990 marcó el momento de su inmersión total en el barrio más de moda y acaudalado de Boston, el que fuera bastión de los prohombres de Back Bay. En 1992, invirtió un millón y medio de dólares en efectivo en un edificio de seis apartamentos y en dos pisos más pequeños, además de comprar algunas propiedades residenciales en urbanizaciones de la zona.

En los albores de la nueva década, la mafia volvía a disolverse, y la banda de Winter Hill, controlada por Bulger, estaba ascendiendo de nivel y dirigiéndose hacia la parte alta de la ciudad. Los jugadores estrella de ambos equipos empezaban a recoger los frutos de la década de 1980.

Whitey Bulger tenía ingresos legales por primera vez desde que fuera bedel en un juzgado. Stevie Flemmi se embolsó trescientos sesenta mil dólares gracias a la reventa de su edificio en Back Bay.

John Connolly consiguió un importante puesto en los servicios públicos. Jeremiah O’Sullivan estaba cobrando unos honorarios de trescientos dólares por hora como abogado defensor de una prestigiosa empresa de Boston. Y el agente Jim Ring del FBI, reconvertido a detective privado, no tardó en seguir sus pasos hasta la misma compañía.

John Morris era el único que estaba luchando con denuedo para subsistir a principios de la década. Había escapado por los pelos de la investigación sobre las filtraciones de información relativa al 75 de State Street, que llegó a oídos de los periodistas de The Boston Globe. Tras recuperar la estabilidad, Morris se trasladó a Washington con ayuda de una figura en ascenso dentro del FBI, Larry Potts, quien había trabajado en Boston. Morris acabó consiguiendo el ascenso que deseaba y se convirtió en adjunto del agente especial al mando en la oficina de Los Ángeles.

 

Entonces apareció Fred Wyshak. Nacido en Boston, Wyshak era sangre fresca, aunque ya veterano, y regresaba a casa después de una década como combatiente contra el crimen en los duros y turbulentos Brooklyn y Nueva Jersey. Llegó al cargo del Fiscal General de Estados Unidos en 1989, con reputación de ser capaz de elaborar casos, de no soportar a los idiotas y no tener pelos en la lengua. No tenía ni tiempo ni paciencia para los agentes escurridizos o ineptos. A diferencia de los fiscales federales más típicos, licenciados en unas de las ocho universidades más prestigiosas del país y con una ignorancia total de lo que suponía la acción a pie de calle, Wyshak no tenía en mente ir medrando, ir ascendiendo de puesto en puesto. Lo único que deseaba era elaborar nuevos casos, cuanto más importantes, mejor. Solo tuvieron que pasar unas semanas para que Wyshak se hiciera una única pregunta: ¿por qué nadie estaba ocupándose del tal Bulger?

Le habían dicho que Bulger era sencillamente inalcanzable y que era un hombre inteligente y astuto, que jamás hablaba con libertad por teléfono ni hacía ningún trato con nadie que pudiera delatarlo, que había escapado con regularidad de los planes de la DEA, de la policía estatal y, más recientemente, de la policía de Boston. Además, le informaron de que no valía la pena investigar a Bulger. ¿Por qué no se centraba en el nuevo jefe de la mafia, Frank Salemme para dar con el próximo gran caso?

Wyshak esbozó una sonrisa de medio lado mientras con una mirada escéptica respondía: «¿Ah, sí?». Se las había visto con la mafia original en Nueva Jersey, y, en comparación, los sucesores de Angiulo como Salemme le parecían corredores de apuestas de poca monta. De hecho, Wyshak acababa de lograr un gran triunfo en Newark, la condena de cárcel de una capo de la mafia de la ciudad, un hombre que había dominado hasta tal punto los sindicatos que obtenía millones de dólares anuales de los contratistas, dependientes del sindicato y las cláusulas laborales pactadas. Como fiscal de treinta y tantos, Wyshak no se lo pensó dos veces y llamó al agente especial al mando de la oficina de Newark y le dijo: «Vamos allá».

Wyshak conocía muy bien la diferencia entre un pescadito y un pez gordo, y mientras investigaba el hampa de Boston, siempre acababa llegando hasta Bulger. La pregunta seguía pendiente en el aire y lo obsesionaba. ¿Por qué nadie se había ocupado de un objetivo tan claro?

Cuando llegó a Boston, a la sazón de treinta y siete años, Wyshak ya contaba con una década de experiencia en la elaboración de casos en Brooklyn y Newark, y siempre conseguía que los acusados se delataran unos a otros. También sabía cómo construir y gestionar un importante caso de delitos relacionados con el crimen organizado contra varios jefes del hampa. Sabía redactar la documentación necesaria y era capaz de combatir sin descanso en los tribunales. Había aprendido a ir varios pasos por delante de los abogados de la defensa y había desarrollado un instinto natural e inquebrantable por el que los acusados acababan cediendo a sus preguntas.

Aunque Wyshak hubiera llegado con su importante manual de estrategias a la ciudad, nada lo había preparado para la política entre bambalinas de Boston. Su mentalidad deportiva tenía cierto toque neoyorquino que a menudo lo llevaba a opinar dos cosas distintas al mismo tiempo. No era del agrado de todos. Un creador de casos que siempre tenía un plan de juego, solía relacionarse, sobre todo, con las personas más trabajadoras, no con las que se limitaban a hablar. Despreció a un agente y dijo que era «un burro que retozaba en el fango». Durante una de sus primeras reuniones con el mejor aliado que tenía en Boston —⁠la policía estatal, cuerpo de seguridad que tanto tiempo llevaba sufriendo⁠— Wyshak se enfureció con un detective y dijo que era «un hijo de puta arrogante, un hijo de Nueva Jersey que se cree que puede venir a decirnos cómo funcionan las cosas». Con todo, para un círculo de amigos íntimos, Wyshak era un cómico frustrado que hacía de las comidas momentos desternillantes gracias a sus comentarios maliciosos. Bromeaba sobre el hecho de que todo el mundo lo odiara, incluyendo su propia familia. Y cuando alguien daba un toque «especial» al ponche de la oficina en la fiesta de Navidad, y las secretarias empezaban a tambalearse, era Wyshak quien bebía en silencio, contemplando el resultado de su travesura con mirada de ojillos maliciosos.

Aunque Wyshak pensara en elaboradas estrategias con mucho tiempo de antelación, su planteamiento esencial no era difícil de presagiar. Gracias a su instinto demoledor para localizar el punto débil de cualquier empresa delictiva, recurría a una filosofía de «o lo tomas o lo dejas» como arma. Solo se podía ser acusado o testigo. Colaborar o preparar las maletas para ir a la cárcel. Robert Sheketoff, abogado defensor que trabajaba enfrentándose a Wyshak, actuaba desde el respeto a su inteligencia tenaz, aunque lo consideraba un fanático. «No entiendo cómo el Gobierno puede acabar con un ser humano por la teoría de que, a cuantas más personas machaque, mayor será el bien resultante», dijo Sheketoff. Sin embargo, sobre la estrategia de Wyshak se limitada a hacer un mohín y decir: «Oiga, si a él le funciona…».

Con el paso de los años, Wyshak batalló con jueces y abogados defensores entre aspavientos de brazos, levantando la voz y la barbilla. Durante una de sus características y apasionadas argumentaciones junto al estrado, durante una reunión privada solicitada al magistrado en pleno juicio, su señoría, exasperado, lanzó las gafas sobre la mesa y espetó a Wyshak: «¡Cállese!, ¡cállese!».

Wyshak recibía a los testigos con la debida buena voluntad y luego iba directo a la yugular. En una ocasión, arremetió contra un agente del FBI con la intensidad de una ametralladora. «Díganos qué piensa en realidad», exigió Wyshak al agente, que, al igual que casi todos en la oficina del FBI de Boston, detestaba al fiscal. Cada vez que el agente iba a responder, Wyshak disparaba una nueva pregunta mientras el juez repetía, de manera infructuosa: «Déjele responder, déjele responder».

Al principio, Brian Kelly se convirtió en el yin para el yan de Fred Wyshak. Aunque Kelly no contaba con la experiencia que aportaba Wyshak a un gran caso, el joven fiscal quería encargarse de ellos con toda su entrega. Ambos compartían un desprecio irreverente por el politiqueo de los burócratas, aunque Kelly tenía una trayectoria más típica del cargo de fiscal federal y era ultraconservador, su imagen podía verse incluso en las tiendas de objetos del partido republicano. (Como licenciado con honores por la Universidad de Dartmouth, apareció en la columna de Sociedad de la revista National Review). Y, a diferencia de muchos abogados obsesionados con su trayectoria profesional en un despacho competitivo, a Kelly no le importaba especialmente si perdía algunos casos, era una forma de aprender. No obstante, ante todo, se caracterizaba por ser capaz de enfrentarse a la lengua afilada y mordaz de Wyshak y a su actitud provocativa. Incluso conseguía hacer reír al abogado y relajarlo un poco. Cuando otros murmuraban entre dientes «No puedo creer que haya dicho eso», Kelly sonreía y decía: «Basta ya de tantas memeces» o «¿Por qué se cree tan listo?». Kelly le había puesto apodo a todo el mundo, y Wyshak era Fredo, como ese hermano insoportable de El Padrino.

Además de tener un carácter templado, Kelly poseía la habilidad de conseguir que todo el mundo remara en la misma dirección, y era capaz de reconstruir los puentes que Wyshak había incinerado. Pasados un par de años, los fiscales se hicieron tan inseparables como Bulger y Flemmi, y se provocaban tanto dentro como fuera de los tribunales. Sobre todo, disfrutaban de los duelos dialécticos durante los juicios, y les encantaban los desafíos. Ambos se unieron en la lucha por acabar con Whitey Bulger.

Tanto Wyshak como Kelly habían rechazado de forma instintiva la visión tácita de que el FBI era el mejor cliente de la oficina. Ambos habían trabajado en el despacho del fiscal general estadounidense, donde la fiscalía trabajaba en colaboración con diversos agentes de organismo federales y agencias estatales, no solo con el FBI. Esa actitud encajaba muy bien con el lema de Wyshak: nada de andarse por las ramas. Había que probar cada caso. Ganar o perder.

Tras un tiempo, otro fiscal, James Herbert, se unió al equipo de Wyshak y Kelly, y llegó a ser el mejor redactor del despacho. Al igual que sus escritos, era ordenado, de mente despejada e iba al grano. No era tan alocado como sus nuevos compañeros. Herbert era un escribano de carácter sereno que sabía desenvolverse en los tribunales. Tenía el típico currículum brillante de exalumno de una de las ocho universidades de más prestigio de Estados Unidos, uno de esos que ocupaban tres páginas en lugar de los cuatro párrafos que bastaban para completar el de Wyshak.

 

El primer obstáculo con el que se topó Wyshak cuando emprendió su trayectoria por la autopista Bulger fue cierta mentalidad cerril. Muchos de los profesionales de la Oficina del Fiscal General estadounidense querían permanecer centrados en el asunto de la mafia y seguir las directrices del FBI, una alargada línea gris encabezada durante una década por Jeremiah O’Sullivan y, tras sus pasos, por los dos ayudantes del fiscal general, Diane Kottmyer y Jeffrey Auerhahn. (El contingente partidario del FBI estaba dirigido por Jim Ring y Kottmyer, un competente ayudante en el caso Angiulo y taciturno discípulo de O’Sullivan, adicto al FBI). El prematuro intento de Wyshak de investigar a Bulger no recibió una respuesta inmediata. Más adelante, la respuesta fue negativa. Era algo impensable. «Eso no saldrá bien». A Wyshak le pareció una reacción «interesante». Y respondió: «Hablemos del tema».

Fue el momento en que Howie Winter entró en escena pisando con fuerza. A finales de 1989, Howie ya llevaba un par de años fuera de la cárcel, vivía en el exilio, en la zona rural de Massachusetts, y trabajaba en un taller mecánico. Se mantenía alejado de Boston mientras permanecía en libertad bajo fianza. Winter se encontraba en una época difícil y estaba cobrando el subsidio del paro por un accidente laboral. Pero la tentación del dinero fácil que se embolsaba en la década de 1970 demostró ser irresistible, y la policía estatal y la DEA recibieron el soplo de que Howie estaba traficando con cocaína. Los detectives presentaron el caso a Wyshak, el recién llegado sin historial, ni planes, ni vínculos con el FBI. Wyshak enseguida diseñó uno de sus juegos estratégicos. Enviaría al anciano Howie, con un micrófono bajo la camisa, a hablar con Whitey sobre «Papá Noel».

Sin embargo, para ello, debían dar caza a Howie. La red de soplones había informado de que el sujeto estaba recibiendo frenéticas órdenes por teléfono. Tras haber llevado a cabo indagaciones suficientes para elaborar una «causa probable», Wyshak consiguió la autorización judicial con tal de pinchar el teléfono de Winter y celebrar luego una reunión entre los investigadores federales y los estatales para hablar de los «mínimos» que dichos investigadores debían aplicar a la hora de escuchar las llamadas.

El micro quedó comprometido el primer día de su funcionamiento. Lo único que consiguieron los investigadores fue escuchar a Howie diciendo tonterías por teléfono. Un confidente les comunicó que Howie le había advertido que no se comunicara con él vía telefónica. Fue una rápida lección para Wyshak sobre cuál era la mecánica entre los cuerpos de seguridad del Estado en Boston.

Wyshak había enfocado la investigación sobre Winter tal como lo hacía en Brooklyn: había establecido una hoja de ruta con varias agencias y les facilitaba todos los detalles. En Nueva York habría sido imposible colaborar con un equipo de diversos investigadores. Pero no en Boston. Fue el motivo por el que Wyshak se había visto obligado a aplicar una estrategia basada en dar a conocer todos los pormenores. Tras comunicar que el caso de Howie estaba acabado, empezó a trabajar con denuedo en un nuevo plan, esa vez, con unos pocos elegidos. Gracias a una habilidad que los compañeros llamaban «olfato», se centró en uno de los camellos que proporcionaba la cocaína a Winter por ser alguien dispuesto a delatarlo. El camello era un exconvicto de unos cuarenta y tantos años, que acababa de formar una nueva familia, tenía esposa y un bebé. Los investigadores elaboraron un caso por tráfico de cocaína contra él y le presentaron las opciones: o cumplir una larga condena de prisión o colaborar con los fiscales y seguir en su hogar con su recién formada familia. Un año después, el traficante llevaba un micro bajo la ropa y conversó con Howie sobre la distribución de unos kilos de cocaína. En 1992, Howie fue detenido por intento de tráfico de coca. En un abrir y cerrar de ojos, el gánster se enfrentaba a una pena mínima de diez años más de cárcel y hasta treinta si Wyshak lograba convencer a un juez de que sus condenas anteriores por amañar carreras hípicas y realizar extorsiones lo convertían en un delincuente profesional.

Trasladaron a Howie a un motel, donde Wyshak, el detective Thomas Duffy de la policía estatal y el agente de la DEA Daniel Doherty lo interrogaron. Como si Winter no lo supiera ya, le explicaron el dilema ante el que se encontraba. Le dijeron: «Vamos a por Whitey Bulger, quien, por cierto, hace tiempo que no te hace ningún favor. ¿Se te ocurre algo?». Howie escuchó con atención y calibró la pregunta que había quedado en el aire. Pidió hablar con su mujer, Ellen Brogna, sobre el tema. «¿Convertirte en soplón? —⁠preguntó ella, horrorizada⁠—. Tienes que decirles que se vayan a tomar por culo». Y eso hizo Howie.

En mayo de 1993, Winter fue declarado culpable y condenado a diez años de cárcel. El que fuera rey de Winter Hill, salió vestido con un apagado traje gris del tribunal, un día apagado y gris. Era un gánster de cuarenta y seis años a las puertas de cumplir una década de prisión, con todas sus pertenencias en una bolsa de papel marrón. Un narcotraficante convicto con una esposa de carácter fuerte, pero nunca un soplón.

Wyshak había cobrado una pieza de caza mayor con Howie, aunque no hubiera conseguido llegar hasta Whitey. Y el acuerdo por el que el acusado admitió su culpabilidad supuso mucho más que meter entre rejas a una figura más de Winter Hill; forjó una alianza sólida entre el enérgico fiscal, los detectives de la policía estatal y los agentes de la DEA, que estaban ansiosos por volver a tener una oportunidad de echar el guante a Bulger. Por su parte, Wyshak solo quería conseguir más casos. Así que ensillaron los caballos para volver a emprender la marcha.

 

La patrulla de Wyshak retomó el camino trazado por el detective de la policía estatal Charles Henderson, allá por la década de 1980. Henderson había escuchado a los corredores de apuestas judíos de las afueras en unas grabaciones secretas hablando sobre «Whitey» y «Stevie». Como jefe de la Unidad de Servicios Especiales, Henderson había detenido a todos los corredores de apuestas en algún momento, individuos que estaban pagando el alquiler a Bulger. Whitey llegó a ser un asunto personal para el combativo detective. El policía también era consciente de que el gánster estaba extorsionando con toda libertad, que a ningún otro miembro de los cuerpos de seguridad del Estado le importaba un comino, salvo a la policía del estado y a un par de fiscales de Boston. (De hecho, el FBI tenía la política formal de no rebajarse a perseguir a corredores de apuestas de poca monta).

Sin embargo, Henderson consideraba a los corredores de apuestas un puente hasta Bulger y sabía que serían vulnerables a un ataque concertado entre los diversos cuerpos de seguridad, si lograban llevarlo a cabo. Henderson conocía bien el amargo legado del taller de Lancaster Street e incluso sabía algo sobre los efectos colaterales del asesinato de Halloran. Pero, por encima de todas las cosas, era un policía visceral que había decidido que ya estaba harto del matón que se pavoneaba por South Boston con carta blanca del FBI para actuar a su antojo. Henderson diseñó un plan a largo plazo. Necesitaba casos sobre corredores de apuestas que permitieran a la policía hacerse con el control de los beneficios generados por el juego ilegal, usando sus leyes de incautación. Aquella estrategia garantizaba la atención total de un corredor de apuestas. Y necesitaba entregar corredores de apuestas a los fiscales federales, como Wyshak, en calidad de testigos contra Bulger, para elaborar un caso contra delitos relacionados con el crimen organizado. Mientras maquinaba para conseguirlo, a finales de la década de 1980, se dio cuenta de que la política era, cuando menos, igual de importante que las pruebas.

En 1990, Henderson entendió que por fin había llegado el momento justo. Acababan de ascenderlo al puesto de jefe de la policía estatal. Y contaba con un nuevo reparto de miembros de los máximos organismos de cuerpos de seguridad del Estado, con los que podía trabajar bien. El nuevo fiscal general del estado, Scott Harshbarger, el nuevo fiscal del distrito del condado de Middlesex, Thomas Reilly, y el fiscal general estadounidense Wayne Budd eran amigos que podían trabajar en colaboración con él. Un hecho que había perjudicado los esfuerzos previos por crear un caso a partir de los corredores de apuestas y el crimen organizado había sido la fragmentación de jurisdicciones de los fiscales de distrito del condado. Dificultaba la tarea de dar caza a los corredores de apuestas pinchando las líneas telefónicas de varios lugares del mismo condado. Por ello, una de las primeras acciones de Henderson en su nuevo trabajo fue conseguir que la oficina de Harshbarger consiguiera una autorización judicial completa para intervenir las llamadas de los corredores de apuestas de diversos lugares del condado. Su segunda acción consistió en recomendar a su protegido, Thomas Foley, como jefe de la Unidad de Servicios Especiales.

El plan consistía en presentar casos contra los corredores de apuestas que pudieran ser entregados a los federales, los que, a su vez, aplicarían sentencias más severas para convertir en testigos a los acusados, acostumbrados a pagar fianzas de tres mil dólares al tribunal del estado y no entrar jamás en prisión. Los corredores de apuestas de clase media eran más hombres de negocios que archicriminales, y no había muchos capaces de sobrevivir a diez años de encierro en una prisión federal.

La operación se llevó a cabo en el condado de Middlesex, escogido por su elevadísimo número de apuestas (era el estado con mayor población de la región) y porque su policía estatal funcionaba bien con Reilly, quien había sido fiscal durante largo tiempo en el lugar. Las intervenciones telefónicas aumentaron en 1991 y se multiplicaron, a toda velocidad, a medida que un corredor de apuestas llevaba a la policía hasta otro. No tardaron en tener más corredores de apuestas de los necesarios, y la policía estatal tuvo que tomar una decisión rápida: echar el guante tanto a la banda de Bulger como a los corredores de apuestas de la mafia. Con un rápido y ágil juego de piernas, los investigadores entregaron de forma furtiva al FBI a Roberto, alias Vinny el Gordo, corredor de apuestas de la mafia, pero siguieron teniendo el control, aunque disimulándolo, sobre Chico Krantz y su grupo de corredores de apuestas judíos que pagaban el alquiler a Bulger.

Aunque el caso de Roberto al final quedó en nada, los investigadores estatales hicieron avances con Chico, sobre todo, en el momento en que una autorización de registro dio como resultado el hallazgo de las llaves de la caja fuerte de Chico. Krantz se mostraba tranquilo, aunque la idea de poder salir de la cárcel y recuperar parte de su dinero si contaba unas cuantas cosas, le resultaba atractiva. Whitey era quien hacía que se empantanara la situación.

Foley estaba en la situación ideal para pasar a la siguiente fase de la delicada misión. Gracias a haber trabajado en una misión especial desde 1984 con la Oficina del Fiscal General estadounidense y el FBI, sabía cómo trasladar el caso a los fiscales generales que no se limitarían a remitirlo a la Oficina Federal de Investigación para seguir con cuestiones preliminares. Foley fue con su discurso y el dilema de Chico hasta el despacho de Fred Wyshak. Foley lo convenció de que se había producido una fusión de grupos criminales y que el poder se había trasladado a la banda de Bulger. Wyshak se quedó tan impactado que ni siquiera se le ocurrió un comentario ocurrente.

 

La presencia de corredores de apuestas asustadizos que deseaban llegar a un pacto para poder librarse de la cárcel era una cosa; colarse en el territorio del narcotráfico de South Boston, cuyo control absoluto detentaba Bulger, era otra bien distinta. A lo largo de la década de 1980, Southie se había convertido en una fortaleza inexpugnable, aunque, en ese momento de la historia, empezaba a abrirse una grieta en sus cimientos.

Timothy Connolly era un agente hipotecario que intentaba dejar atrás sus orígenes como dueño de una taberna en South Boston. Tenía una sencilla historia de extorsión que relatar sobre Bulger, quien le había puesto una navaja en el cuello para sacarle dinero. Pero la Oficina del Fiscal General estadounidense intentó convertir el tanto conseguido por Tim Connolly de una sola bateada en todo un home run. Idearon un complejo plan para infiltrarse en la operación financiera de Bulger, un intento abocado al fracaso aunque estuvo a punto de hacerse realidad. Como habría gustado a algunos miembros del FBI, Timothy Connolly había sido olvidado prácticamente del todo.

Cuatro años después, en 1994, Brian Kelly coincidió, por casualidad, con un investigador en los pasillos de un juzgado. «No olvide el caso de Tim Connolly —⁠dijo el investigador⁠—. Es algo bueno». Kelly lo miró sin entender. Pidió al investigador que le hablara de Tim Connolly.

Según recordaba el investigador, todo había empezado en 1989. Un coche estuvo a punto de atropellar a Tim Connolly mientras este caminaba por una acera de South Boston, un sofocante día de verano. El vehículo frenó en seco, haciendo chirriar las ruedas, junto al bordillo, y Connolly entrecerró los ojos para ver quién viajaba en su interior a pesar del sol. Sintió una inyección de adrenalina al ver a Whitey Bulger y Stevie Flemmi mirándolo. El conductor espetó algo a Bulger, que se encontraba en el colmado de la rotonda y salió pitando.

Tim Connolly se quedó desconcertado. «¿Qué ha ocurrido?», pensó con un nudo en el estómago. Recibió una enfática respuesta en cuanto entró al oscuro almacén en la trastienda del colmado. «Hijo de puta», le gritó Bulger, y se sacó un cuchillo de la funda que llevaba atada a la pierna. Bulger empezó a apuñalar con saña unas cajas de cartón vacías que estaban apiladas contra la pared.

La supuesta ofensa de Tim Connolly era que se había tomado demasiado tiempo en arreglar las cosas con alguien que le debía dinero a Bulger, por un asunto de drogas que había fracasado. Tim Connolly no había actuado con la rapidez suficiente. Sujetando el cuchillo contra el cuello de Connolly, mientras Flemmi vigilaba la puerta, Bulger fue calmándose poco a poco. Como en arrebatos similares, la furia de Bulger parecía calculada, se trataba de otro de los episodios típicos del gánster, que podrían haberse titulado «Segunda oportunidad». «Voy a darte la oportunidad de comprar tu vida», sentenció. Era una reacción característica del gánster, así como el precio que pondría: cincuenta mil dólares. También era muy típico de él el desinterés total por la forma en que su víctima consiguiera el dinero. Una vez más, un hombre aterrorizado se sentía agradecido de pagar para que Whitey no lo matara.

Tim Connolly suplicó un poco más de tiempo y dijo que debía viajar a Florida en cuestión de unos días. Bulger estableció las condiciones: veinticinco de los grandes antes de marcharse y otros veinticinco a su regreso. Tim Connolly pidió prestada la mitad de la cantidad total y la llevó a la tienda dentro de una bolsa de papel. Cuando se marchaba, un apaciguado Bulger le dijo: «Ahora ya eres nuestro amigo».

Cuando Tim Connolly regresó de Florida, llevó diez mil dólares al colmado. Pero Bulger no tenía tiempo para atenderlo, y lo remitió a su socio, Kevin Weeks. Tras recibir el dinero, Weeks levantó la vista y dijo:

—¿Dónde está lo que falta?

—Pronto —respondió Connolly, agotado—. Pronto.

Pero la verdad era que Tim Connolly pensaba marcharse. Desesperado por librarse de la deuda con el asesino, empezó a hablar con un abogado que podía llevarlo ante los fiscales federales. Al igual que Brian Halloran, buscaba un refugio seguro. Pero la sangrienta historia demostró que nada que tuviera que ver con Whitey Bulger podía resultar sencillo.

Transcurridas unas pocas semanas, Tim Connolly volvió a verse arrastrado por las circunstancias, en esa ocasión, por el otro bando. La DEA y la policía de Boston estaban ultimando su investigación sobre South Boston, y Tim Connolly fue citado para hablar sobre una segunda hipoteca que había solicitado para uno de los traficantes que trabajaban con Bulger.

Mediante teléfonos pinchados y gastando suela, los detectives habían conseguido ir subiendo desde un traficante callejero al nivel más alto de la red de tráfico de cocaína dirigida por Bulger. Las pruebas incluían grabaciones de teléfono de un traficante que había perdido dinero en un negocio que involucraba a Whitey: el mismo traficante que citó a Tim Connolly en el colmado. Los detectives no sabían nada en absoluto de la amenaza sufrida por Tim Connolly, pero querían averiguar si estaba pagando las transacciones de droga sirviéndose de sus contactos en los bancos. Lo que la policía local también ignoraba era que Tim Connolly ya estaba negociando con el FBI, tras haberse abierto paso hasta la Oficinal del Fiscal General estadounidense.

Sin embargo, como parecía ocurrir siempre cuando los acontecimientos viraban bruscamente y se aproximaban al entorno directo de Bulger, se produjo un descarrilamiento en las oficinas federales. Uno de los más destacados fiscales de la Oficina del Fiscal General, A. John Pappalardo, decidió usar a Tim Connolly para hurgar en las finanzas de Bulger. Recurrió a Tim Connolly a través de dos agentes del FBI, escogidos por él, que no tenían ningún vínculo con John Connolly. Pusieron un micrófono bajo la ropa al agente hipotecario para conseguir una visión interna del método de Bulger para blanquear dinero. No obstante, justo entonces, Whitey Bulger interrumpió de pronto sus negocios con Tim Connolly.

Al final, Tim Connolly no participó en el caso contra la red de narcotráfico de Bulger en el que la DEA y la policía de Boston estaban trabajando, porque nunca supieron nada sobre el episodio de extorsión en la trastienda. Y el intento del FBI de recurrir a Tim Connolly para investigar el blanqueo de dinero realizado por Bulger jamás llegó a despegar. Sin embargo, aunque los investigadores, e incluso algunos fiscales, jamás supieran reconocer el valor de Tim Connolly, cuando habría sido más útil que nunca, Whitey Bulger sí supo hacerlo. Sabía muy bien la amenaza que suponía la figura del sujeto en cuestión, lo supo casi a renglón seguido de que el FBI le colocara un micro bajo la ropa.

Stevie Flemmi afirmó que, después de aquello, Tim Connolly fue enviado al FBI, «El señor Bulger me dijo que (Tim Connolly) llevaba un micro y que estaba apuntándonos como objetivo (…) la información llegó del FBI». Flemmi estaba bastante seguro de que el soplo procedía de John Connolly.

Kelly asimiló todo lo ocurrido. Fue una lección sobre lo duro que sería generar un caso —⁠cualquier caso⁠— contra Bulger. Aunque también era un recordatorio —⁠solo tal vez⁠— de lo que podía hacerse.

 

Notas del capítulo diecisiete[*].