Black Mass

Dick Lehr · Capítulo 26 de 27

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Black Mass

Epílogo

 

Saludos a los que nos escuchan. Muchas preguntas difíciles para John

Connolly y muy poco tiempo. En primer lugar, creo que hay varias personas

haciendo cola para testificar que Whitey y Stevie controlaban toda la cocaína

y marihuana de South Boston, y la verdad es que es vergonzoso no haber ido

tras ellos por ese asunto.

JACK desde South Boston,

WBZ-AM radio, 27 de octubre de 1998

 

Antes de nada, me gustaría decirle a John Connolly que creo que tiene mucho

valor al enfrentarse a la Fiscalía de Estados Unidos en este caso. Me

reconforta saber que todavía queda por ahí, al menos, un agente del FBI

dispuesto a mantener su palabra.

CHRISTINE desde South Boston,

WBZ-AM radio, el 27 de octubre de 1998.

 

C omo era de esperar, a John Connolly no le gustó nada la determinación de los hechos presentada por el juez Mark L. Wolf, el 15 de septiembre de 1999. Connolly había elogiado al juez en anteriores ocasiones y daba incluso la sensación de que quisiera caerle en gracia. En un programa de radio, Connolly se había referido al juez como un jurista «que, a mi parecer, busca la verdad».

Otro gallo cantaría después de que el fallo del juez lo situara en el epicentro de casi cada caso de corrupción del FBI. El exagente estaba especialmente molesto porque el juez Wolf lo había acusado de ser el responsable que en 1995 facilitó a Bulger la información sobre la imputación por actividades delictivas relacionadas con el crimen organizado.

«No avisé ni a Bulger, ni a Flemmi ni a ninguna otra persona relacionada con la acusación emitida por el gran jurado en 1995» —⁠dijo en una declaración preparada, que hizo pública la noche del fallo de Wolf; y añadió⁠—: «El juez Wolf se ha puesto a teorizar de manera irresponsable sobre un asunto que pone en peligro mi integridad».

El resto del discurso llovía sobre mojado y atacaba personalmente al juez. Connolly sostenía que el juez federal se estaba desquitando con él por culpa de un viejo informe que Connolly había escrito sobre un confidente del FBI. Este informe contenía rumores que propalaban, que cuando Wolf trabajaba todavía como fiscal federal, a comienzos de 1980, había facilitado información que acabó en manos de la mafia. (Este informe salió a la luz durante las vistas de 1998 y fue desacreditado). Connolly se agarraba a aquel fútil episodio lejano para justificar el fallo del juez; era su as en la manga.

A pesar de la determinación del juez Wolf, Connolly continuó defendiendo su inocencia, aunque de manera más selectiva que durante la campaña mediática que había emprendido en 1998. En otoño de 1999 se llegó a prestar a una entrevista para el programa Dateline de la NBC, en la que aparecía dando rodeos y jactándose de todo lo bueno que había hecho.

Sin embargo, más allá de la determinación del juez, Connolly tenía otras cosas de las que preocuparse. Durante más de un año, él y otros exagentes (como Paul Rico) habían sido blanco del gran jurado federal, mientras este investigaba la corrupción dentro el FBI. Fue entonces, tres días antes de la Navidad de 1999, cuando capturaron a John Connolly. Varios agentes del FBI se presentaron en su casa de Lynnfield, una zona residencial al norte de la ciudad, al caer la tarde. Connolly se había quedado en casa porque tenía la gripe. Lo arrestaron, lo esposaron y lo llevaron al juzgado federal de Boston. Apareció en dicho juzgado, después de que hubiera caído la noche, pero no en uno de esos elegantes trajes a los que nos tenía acostumbrados, sino con una sudadera gris, pantalones negros y zapatillas. Su pelo, normalmente peinado a la perfección, estaba desaliñado. Había sido un largo viaje hacia la noche y, de alguna manera, después de todo, terminaba ahí. Erase una vez, un John J. Connolly Jr. que juró respetar la ley. Lo que ocurrió en realidad fue que la acabó violando sin piedad.

En una de las cuatro alegaciones contenidas en el pliego de cargos, Connolly, Bulger y Flemmi aparecían acusados por actividades relacionadas con el crimen organizado, conspiración dentro del crimen organizado, conspiración para obstruir a la justicia y obstrucción a la justicia. El archivo del Gobierno, que contenía diecisiete páginas, imputaba a Connolly por hacer las veces de mensajero para la entrega de los siete mil dólares en sobornos a John Morris; por la constante falsificación de informes para tapar los crímenes perpetrados por Bulger; y por revelar de manera ilegal información confidencial a Bulger y Flemmi sobre las investigaciones del gran jurado y sobre los micros escondidos. Dentro de los cargos por filtración de información se incluía el chivatazo que dio a Whitey sobre la imputación de 1995 para que este pudiera escaparse y empezar una nueva vida como fugitivo.

Connolly se declaró inocente ante el tribunal y fue puesto en libertad tras pagar una fianza de doscientos mil dólares. Los fiscales afirmaron que la investigación continuaría. Al lanzar la investigación, el fiscal general, Janet Reno, se había desligado de la comunidad incestuosa que existía en Boston dentro de los organismos encargados de velar por el orden público y se había ido a buscar a John Durham, fiscal federal de Connecticut, para que supervisara el caso de corrupción. Durham formó un equipo de investigadores de todo el país e inició un proceso cuyo objetivo era el de descubrir cómo había sido posible que todo hubiera salido tan mal.

Reno también ordenó una revisión exhaustiva de las directrices que se seguían a la hora de tratar con confidentes. La nueva reglamentación se anunció en el mismo momento en que el Gobierno de Clinton dejaba el poder, a principios del 2001. Endurecida, en un intento de prevenir la repetición de otro escándalo dentro del FBI de Boston, las nuevas directrices exigían que el FBI compartiese la información de sus confidentes con los fiscales federales. A su vez, prohibía explícitamente el tipo de interacción y los regalos que habían caracterizado la relación entre el FBI y Bulger. Implementadas en todo el país, un fiscal comentó que la puesta a punto de las directrices, de más de cuarenta páginas, era «la consecuencia más perdurable y significativa» de la investigación federal a las prácticas antes secretas del FBI con sus confidentes.

Entretanto, muchos acontecimientos importantes que se habían iniciado a finales de 1999 estaban contribuyendo en gran medida a la caída de los álgidos años Bulger.

El acuerdo de John Martorano se hizo público en septiembre de 1999, día en que Martorano entró en la sala del tribunal y admitió sosegado haber matado a diez personas como sicario principal de la banda de Bulger. A cambio de su confesión —⁠y de prestar declaración en contra de Bulger, Flemmi y los agentes del FBI⁠—, los fiscales sugirieron una condena de quince años de prisión. Este acuerdo táctico con el fiscal fue bastante polémico y muchos se horrorizaron ante la leve sentencia que había recibido el brutal asesino. El fiscal de los Estados Unidos, Donald K. Stern, admitió que zanjar acuerdos con asesinos era «desagradable», pero argumentó que hubiera sido incluso más desagradable no haber cerrado el acuerdo que ayudaría a conseguir más pruebas para poder inculpar a Bulger y Flemmi. Martorano implicaba a Bulger en tres de los asesinatos y a Flemmi en media docena de ellos.

Fue entonces, a principios de diciembre de 1999, que Frank Cadillac Salemme cedió. Se declaró culpable por los cargos que lo acusaban de dirigir una operación conjunta con la banda de Bulger para controlar el mundo del hampa en Boston. A cambio, los fiscales accedieron a retirar los cargos por asesinato en su contra. El acuerdo no requería que Salemme subiera al estrado, pero este quiso comparecer voluntariamente ante el gran jurado en el juicio de Connolly, para testificar en contra del exagente. Wyshak y Cardinale presentaron juntos una sentencia de recomendación en la que se proponía que Salemme cumpliera una condena de diez a trece años. Esto significaba que quedaría libre en cuestión de seis años, puesto que se le reconocían los cinco años que ya había pasado encerrado desde su arresto en 1995. El juez Wolf aceptó el acuerdo el 23 de febrero del año 2000. «Está cansado de luchar —⁠había dicho Cardinale más tarde, añadiendo que su cliente también ansiaba perder a Flemmi de vista⁠—: Frank no quiere estar cerca de Flemmi ni un segundo más, ni mucho menos otros dos años». El abogado de Flemmi, Ken Fishman, intentó mostrar su mejor cara ante el acuerdo: «Por lo que a nosotros respecta, estamos encantados de tener el juzgado para nosotros».

 

Con Bulger ausente, la ciudad continuaba su rápida erosión, le tocaba el turno a los autos de procesamiento de dos tenientes clave. Los «dos Kevin»; Kevin Weeks, de cuarenta y tres años y Kevin O’Neil de cincuenta y uno, imputados por extorsión y por estafar a traficantes de drogas y a corredores de apuestas durante más de dos décadas. Los autos metieron a ambos dentro del mismo saco en el que se encontraban Bulger y Flemmi en relación con la apropiación de la tienda de bebidas alcohólicas de la familia Rakes y el chantaje a Raymond Slinger. Citaban a O’Neil como jefe de toda la vida del bar Triple O’s, al que un columnista le había dado el mote de «Cubo de sangre». Acusaban a Weeks de ser el encargado de transmitir las órdenes de Bulger en la gestión diaria de las actividades de la banda criminal, ya que Bulger había conseguido mantenerse en contacto usando tarjetas telefónicas para hablar con Weeks en ciertos establecimientos y casas de amigos.

Al principio, Kevin Weeks mantendría el tipo y se prodigaría en público como fiel seguidor de Bulger. Se había hecho un nombre en el vecindario, incluso había aparecido trajeado en la fiesta de los Oscar que se celebró en una taberna de L Street, en honor a la nominación de la película Good Will Hunting que tenía lugar en Southie. A su lado, en la vista incoatoria del 18 de noviembre de 1999, se encontraba el abogado Tom Finnerty, un viejo amigo de Billy Bulger y exsocio del bufete. Weeks se declaró inocente, y a la salida del juzgado se giró hacia el columnista Howie Carr, de The Boston Herald, y dijo: «Sé amable Howie, sé bueno».

En cuestión de días Weeks era otro hombre. Nunca en su vida se había enfrentado a cargos criminales tan graves como estos: asociación al crimen organizado, extorsión, blanqueo de dinero, tráfico de drogas y delitos por asesinato, probablemente a la vuelta de la esquina. Finnerty rápidamente se esfumó y fue reemplazado por otro abogado. Fue entonces cuando empezó a correrse la voz de que Weeks estaba cantando.

La mañana del 14 de enero del año 2000, la ciudad se despertó con las noticias de que la policía estatal se había pasado una de las noches más frías del invierno desenterrando los restos de dos hombres y una mujer apilados en una tumba improvisada en Dorchester. Kevin Weeks, que estaba intentando cerrar un acuerdo para reducir su condena, debía demostrar primero que era de fiar, así que había señalado el lugar de la sepultura, en un barranco, enfrente de una casa de reuniones populares a la que se accedía por un terraplén desde la autovía del sureste. Durante el día, cámaras de televisión y reporteros rodearon a los policías estatales en su gran excavación de más de dos metros hacia abajo en búsqueda de los restos.

De acuerdo con las fichas dentales, dos de los cuerpos fueron identificados como Arthur Barret, Bucky, el ladrón de cajas fuertes que desapareció en 1983, y John McIntyre, el traficante de armas que se había vuelto confidente contra Bulger. El aparcamiento donde se encontraron el camión y la cartera de McIntyre, el día de su desaparición a finales de 1984, estaba a menos de dos kilómetros del lugar de la sepultura. Utilizaron las pruebas de ADN para esclarecer la identidad de la mujer. Posteriormente, los investigadores anunciaron que se trataba de Deborah A. Hussey, desaparecida desde otoño de 1984. El cuerpo de Hussey fue más difícil de identificar ya que el asesino le había cortado los dedos de las manos y de los pies y le había sacado todos los dientes. Cada víctima, Weeks contó a los investigadores, primero había sido asesinada en un sótano de South Boston, en una casa que era propiedad de uno de los socios de Bulger. Weeks daba cuenta de cómo él, Bulger y Flemmi, habían tenido que exhumar los cadáveres a finales de 1985 y trasladarlos a la hondonada, como medida de precaución. Por un lado, la policía de Quincy y los agentes federales antidroga estaban acosando a la banda con la Operación Beans. Por otro, debían tener en cuenta un asunto práctico: el socio de Bulger iba a vender la casa donde los cuerpos habían estado escondidos de manera segura hasta entonces.

Las familias de las víctimas obtuvieron algo de paz con los hallazgos. Para los investigadores, haber conseguido que Weeks diera la espalda a Bulger, significaba sostener una estaca clavada en el corazón de la banda. En la calle, al hijo adoptivo de Whitey pronto se le bautizó con un nombre que hacía honor al tiempo que había tardado en ceder después de su arresto: Two Weeks. El matón, de cuarenta años, apareció en el juzgado el 20 de julio de 2000 y confesó haber participado en cinco asesinatos y en casi todos los aspectos relacionados con el imperio Bulger, desde que ambos se conocieron cuando todavía era adolescente.

«Hice de todo», reconoció.

Weeks aceptó comparecer como testigo a cambio de una condena de prisión de cinco a quince años, y una vez que empezó a hablar, el ritmo de las propalaciones sobre Bulger se disparó.

 

A finales de verano los domingueros de Tenean Beach, en Dorchester, se vieron sobresaltados ante la llegada de pequeñas patrullas de investigadores —⁠la policía estatal, la Oficina Federal de Investigación Antidroga y Hacienda⁠— que habían empezado a escarbar en la zona verde, a los laterales de la playa. Los investigadores habían montado una carpa en una parte de la playa que acordonaron con cinta amarilla de la escena del crimen y al poco tiempo anunciaron que habían descubierto huesos humanos. Aquellos «restos muy antiguos» eran los de Paul McGonagle, Paulie, gánster de Southie y rival en los bajos fondos de Bulger, que había desaparecido durante una de las guerras territoriales entre bandas, hacía ya veintiséis años. El nuevo emplazamiento estaba a menos de dos kilómetros de la hondonada donde habían encontrado los otros cuerpos.

Las excavaciones continuaron y a los pocos días los investigadores se desplazaron a otro lugar; esta vez, a lo largo de los márgenes del río Neponset, en Quincy, a menos de cien metros del condominio de Louisburg Square que Whitey Bulger había compartido con Catherine Greig. Al cambiar de ubicación, las cosas fueron con mayor lentitud. «No vamos a apurar la búsqueda», había dicho el teniente de la policía estatal Thomas Foley, uno de los principales investigadores, después de un primer día sin hallazgos.

Tres días más tarde se toparon con los restos enterrados de Tommy King, el gánster de Southie que le había propiciado una paliza a Bulger en un bar y que más tarde, en noviembre de 1975, había desaparecido pocas semanas después de que Bulger y Connolly cerraran su nuevo pacto.

El equipo de investigadores anunció que también esperaba encontrar el cuerpo de Debra Davis, la impresionante rubia que no había vuelto a dejarse ver desde que le dijera a Flemmi que no quería seguir con él. Los investigadores declararon que tenían sospechas para creer que Flemmi se había llevado a Davis a casa de su madre en South Boston —⁠enfrente a la casa de Billy Bulger⁠— donde Whitey la había estrangulado. Stevie y Whitey habían arrastrado el cuerpo desde su coche hasta allí y lo habían enterrado en una fosa pantanosa junto al río Neponset.

Los miembros de la familia Davis mantuvieron una vigilia permanente, pero tras dos semanas de búsqueda, esta paró. «Hemos mirado bien por todas partes, hemos comprobado cada posible lugar basándonos en la información de la que disponíamos y nos estamos quedando sin terreno en el que buscar», declaró Foley apesadumbrado. La familia Davis estaba destrozada, pero apreciaba el esfuerzo. «Estoy decepcionado, pero bueno, tienen que parar en algún momento», declaró uno de los hermanos de Debra Davis el día que la retroexcavadora dejo de cavar y desapareció. Varias semanas después, los tenaces investigadores volvieron al lugar para intentarlo una última vez. Esta vez cavaron en una zona de mareas que se había pasado por alto con anterioridad, al haber quedado inundada por culpa de la marea alta. Poco después, para alivio de la familia Davis, los investigadores anunciaron que habían recuperado los restos de Debra.

Kevin Weeks había orientado los pasos del Gobierno, gracias a él, habían recuperado los cadáveres de seis personas que llevaban desaparecidas más de veinte años. La lista de acusaciones sobre la sed de sangre de Bulger culminó el 28 de septiembre del año 2000, cuando Flemmi y él fueron acusados de participar en veintiún asesinatos, once de ellos perpetrados mientras ocupaban el cargo de confidentes del FBI. Esta nueva acusación federal exhaustiva presentaba una lista con los nombres de las víctimas y las fechas en las que estas habían sido asesinadas; una lista que incluía a las exnovias de Flemmi, Hussey y Davis; al dueño de la empresa Tire World Jai Alai, Roger Wheeler; y a los dos confidentes que se habían puesto en contra de Bulger: Brian Halloran y John McIntyre.

Los fiscales Fred Wyshak y Brian Kelly hicieron además un informe que incluía otros detalles relacionados con el reino del terror de Bulger —⁠el imperio de las drogas de la banda y su vasto arsenal de armas⁠— y anunciaron que el Gobierno confiscaría las propiedades de Bulger, incluyendo la tienda de bebidas alcohólicas de South Boston, Liquor Mart, y el bar, Triple O’s, además de más de diez millones de dólares en metálico. No obstante, las noticias de los veintiún asesinatos salieron en todos los titulares del país.

Bulger, Flemmi y sus socios se habían convertido en la peor banda de asesinos mafiosos de la historia de Boston. «Una tras otra, cada capa de mito, miedo y protección había ido descubriéndose, dejando un núcleo escalofriante y profundamente inquietante de chantajes, tráfico de droga, corrupción y asesinato —⁠había dicho Stern, fiscal de Estados Unidos, durante una conferencia de prensa atestada, que tuvo lugar en el Tribunal Federal de Boston para anunciar los nuevos cargos⁠—. Está muy claro que basándonos en lo que sabemos ahora, fue un terrible error que estos individuos fueran confidentes».

Atrás queda el mito del «bueno entre los malos, Bulger es —⁠añadió Stern⁠— un asesino en serie».

 

Llegado el año 2000, John Morris se había mudado a Florida después de perder su trabajo en una compañía de seguros en Tennessee. De vez en cuando volaba a Boston para presentarse ante el gran jurado federal en curso. Jeremiah T. O’Sullivan y Jim Ring siguieron trabajando juntos en el bufete de abogados que tenían en Boston, Choate, Hall & Stewart. Bill Bulger continuaba con su segunda carrera profesional como rector de la Universidad de Massachusetts. Aunque el nombramiento por parte del gobernador Weld fuese polémico al comienzo, desde el principio Bulger aprobó con nota por su dirección de la universidad estatal. El campus de la UMass en Boston, fue sede el 3 de octubre de 2000 del primer debate presidencial entre el demócrata Al Gore y el republicano George W. Bush. Los medios de comunicación nacionales, que llegaron a la ciudad a finales de septiembre, pudieron ver con sus propios ojos, desde el campus de Billy Bulger, a los investigadores con las excavadoras al otro lado de Dorchester Harbor, donde estaban removiendo las zonas pantanosas en búsqueda de los restos de las víctimas de Whitey. Esta extraña yuxtaposición no pasó desapercibida y se publicó un pequeño artículo en The New York Times sobre los debates presidenciales cuyo título rezaba: «El telón de fondo para el debate. Ahí es donde están los cuerpos».

Para entonces, la oficina del FBI de Boston se había convertido en la oficina más investigada de la historia del FBI. Los agentes del FBI, retirados o no, se encontraban cansados y a la defensiva, a la espera de saber quién sería el siguiente: ¿Paul Rico? ¿Dennis Condon? Ambos vivían bajo un intenso escrutinio debido a la investigación en curso del gran jurado. Con el tiempo, Rico fue inculpado por ayudar a Bulger y Flemmi a tramar el asesinato, en 1981, de Roger Wheeler, dueño del World Jai Alai; sin embargo, Rico murió bajo custodia en el 2004, a la espera de juicio. Condon, completamente deshonrado, pero sin ninguna imputación criminal, murió en 2009. Muchos otros agentes, colegas de Connolly de la oficina del FBI de Boston, como Mike Buckley y Nick Gianturco, que habían estado relacionados con los delitos, jamás fueron imputados. A John Newton, amigo de Connolly, se le avisó de que iba a ser despedido por haber mentido, presuntamente para proteger a Connolly, durante las sesiones del juicio por el caso ante el juez Wolf en 1998. Newton prometió, a través de su abogado, que pelearían los cargos. En otoño del año 2000, el otro Kevin —⁠Kevin O’Neil⁠— decidió unirse a Weeks y al sicario John Martorano y cooperar con la justicia. O’Neil se declaró culpable de los cargos que le inculpaban como el «financiero» en la banda de Bulger. Confesó haber tomado parte en veintiséis de los cargos de extorsión y blanqueo de dinero. Asimismo aceptó que le confiscaran el 50 por ciento de sus acciones de la tienda de bebidas alcohólicas y que vendieran el Triple O’s y destinaran el 25 por ciento de los beneficios al Gobierno. Los fiscales dijeron que pedirían un máximo de cinco años de prisión para O’Neil, posiblemente menos, si O’Neil proporcionaba «ayuda sustancial».

Los fiscales federales tenían planeado añadir a O’Neill a la lista de testigos en el caso por corrupción que se estaba preparando contra Connolly. Se esperaba, en concreto, que O’Neil testificara sobre el soplo en relación con la imputación de 1995, ya que supuestamente Connolly había estado intentado ponerse en contacto con Bulger, con tiempo para que este pudiera evitar ser capturado. O’Neil representaba más malas noticias para Connolly.

Los problemas de Connolly se acentuaron cuando se hizo pública la acusación sustitutiva del 11 de octubre del año 2000. Fue entonces cuando pasó a estar oficialmente imputado por facilitar información que condujo directamente al asesinato de tres testigos potenciales en contra de la banda: Brian Halloran, John Callahan y un tercer confidente, Richard Castucci.

«Manos manchadas de sangre», rezaba en primera plana The Boston Herald. El exagente estaba también acusado de soborno por haber aceptado un anillo de diamantes de lujo, que le había regalado Bulger en 1976; y de extorsión, por encubrir a Bulger en su apropiación de la tienda de bebidas alcohólicas de Julie y Stephen Rakes, en Southie. Se le acusaba, además, de obstrucción a la justicia durante las vistas por el caso del juez Wolf de 1998, al haber conspirado con Flemmi para que este mintiera bajo juramento y dijera que había sido Morris, y no él, quien había facilitado la información sobre los posibles cargos en 1995.

«Soy inocente de los cargos malintencionados que se han lanzado en mi contra durante el caso —⁠declaró Connolly mientras daba un puñetazo al aire fresco de otoño, una semana más tarde fuera de los tribunales, tras la vista incoatoria⁠—. Quiero pedir a todas las personas justas que se abstengan de hacerse un idea de este caso hasta que hayan escuchado mi parte de los hechos y mis pruebas».

Connolly, puesto en libertad bajo fianza y acompañado por su abogado y un asesor de relaciones públicas, ignoró las preguntas, se metió de un salto en su Lincoln Town negro y salió corriendo a toda velocidad.

«El contacto con los criminales hizo que se volviera un criminal», destacó Stern, fiscal de Estados Unidos, mientras resumía solemnemente la posición del Gobierno durante una de sus ruedas de prensa. En efecto, examinada en su conjunto, la nueva imputación de Connolly necesitaba que la gente ajustase el telescopio una vez más, para intentar encontrar una verdadera solución al escándalo de Bulger y el FBI. Se había llegado a la siguiente conclusión: por lo que respectaba a la acusación, John Connolly era un gánster. A esto se reducía todo, cuando se eliminaba toda la jerga jurídica del documento inculpatorio. El agente nunca se había comportado como tal, en su lugar, hacía ya mucho tiempo que Bulger había conseguido implantar a uno de los suyos en el FBI.

El jurado federal le dio la razón. Después de dos semanas de juicios en Boston, en mayo de 2002, Connolly fue declarado culpable por actividades relacionadas con el crimen organizado y por obstrucción a la justicia. Cuatro meses más tarde, el agente caído, fue condenado a diez años de prisión, un castigo dispensado en una sala de tribunal federal abarrotada por la prensa y los familiares. Connolly esperaba ser perdonado, así que la sentencia le cayó como un jarro de agua fría. Muy rápidamente, mientras los alguaciles federales se lo llevaban dentro, lanzó un beso a su mujer, y en un instante, desapareció.

Desde la cárcel tuvo que hacer frente a muchos problemas de carácter legal. Él, otros agentes y el FBI fueron acusados en una serie de demandas civiles interpuestas por parte del Gobierno federal por daños y perjuicios derivados de los tratos mafiosos de Connolly con Bulger. Los demandantes eran un su mayoría miembros de las familias de los afectados —⁠los Halloran, Donahue, Castucci, McIntyre, Davis, Hussey y Litif⁠— cuyos padres, hermanos y hermanas habían sido perseguidos o asesinados durante el reinado del terror de Bulger y Flemmi como confidentes del FBI. Aquel día de septiembre en que Connolly fue sentenciado, existían al menos diez demandas judiciales —⁠que ascendían a un total de dos billones de dólares por daños y perjuicios⁠— pendientes contra el FBI.

 

Stevie Flemmi, mientras tanto, seguía en sus trece, primero en el módulo H-⁠3 del centro penitenciario del condado de Plymouth y más tarde, en el módulo 9 de la prisión de máxima seguridad de Walpole. Incluso mientras su mundo se hacia añicos, continuaba haciendo todo lo posible para intentar encontrar aquello que lo salvaría; y todo para ver cómo sus torpes movimientos le explotaban en la cara una y otra vez.

En noviembre del año 2000, un teniente de la policía estatal jubilado llamado Richard Schneiderhan fue acusado de facilitar información de manera ilegal a Flemmi y a Kevin Weeks sobre los esfuerzos de los investigadores para hacerse con el control de varios de los teléfonos de South Boston —⁠incluido el de Bill Bulger⁠— mientras estaban intentado dar caza a Whitey. Parece que Flemmi conocía a Schneiderhan desde que eran niños. Schneiderhan tenía familia trabajando para una compañía de teléfonos y Flemmi le había pedido a Weeks que fuera a hablar con él. Pero una vez que Weeks puso las cartas sobre la mesa, dejó al descubierto toda esa información de primera mano sobre las escuchas telefónicas y los antiguos lazos corruptos entre Schneiderhan y Flemmi. En 2003, después de ochos días de juicio, Schneiderhan fue condenado a pasar dieciocho meses en una prisión federal.

Después le tocó el turno a Michael, el hermano de Flemmi, oficial veterano de la policía de Boston que fue arrestado bajo la acusación de haberse llevado un arsenal de más de setenta armas —⁠entre ellas ametralladoras y Uzis⁠— del cobertizo de su madre en South Boston, dos días antes de que los investigadores se presentaran con una orden de registro. Después de su imputación en 2002 por perjurio, obstrucción a la justicia y posesión de silenciadores, escopetas de cañones recortados y ametralladoras, el desacreditado policía fue sentenciado a pasar diez años en una prisión federal.

Los intentos de Stevie Flemmi de jugar al gato y al ratón parecían simplemente estúpidos. Era como si estuviera atrapado en una capsula del tiempo y pensase que todavía se encontraba en la década de 1980 —⁠los años dorados⁠—, cuando todo lo que tenía que hacer era pensar con rapidez para estar por delante de la ley. Después de todo, eso fue lo que habían hecho tantas veces, durante tantos años, Whitey y él.

«GQ Walpole», bromeó Stevie Flemmi una vez en el tribunal con los reporteros, haciendo referencia a su atuendo, mientras se tiraba del cuello de la chaqueta de tela vaquera que le habían dado en prisión y que llevaba puesta encima de una camiseta y unos pantalones rojos. A pesar de su esfuerzo por mantener públicamente una actitud fanfarrona, el descolorido jefe del crimen se dejaba ver descuidado y sin afeitar. Aquellos que lo veían diariamente en prisión decían que con el tiempo se le había creado un tic en un ojo. Algunas veces su brazo se le sacudía en un movimiento rápido que no podía controlar. No paraba de moverse, y sus tics y espasmos no pasaban desapercibidos. «El diablo se lo está comiendo vivo», decía Frank Salemme a los otros.

A la larga tuvo que enfrentarse a la realidad. La oleada de nuevas acusaciones, la lista cada vez más larga de antiguos compañeros que cambiaban de bando, los lazos rotos con la familia… al final todo hizo que Flemmi abriera los ojos. Un año después de haber visto a su hermano caer en su intento por ayudarle, Stevie, sus abogados y los fiscales federales llegaron a un acuerdo. En él, Flemmi confesaba haber matado a diez personas y quedaba por ello exento de la pena de muerte. Le condenaban a cadena perpetua y estaba obligado a cooperar plenamente con los investigadores y a testificar cuando se le instase. La primera vez fue en junio de 2006, el mismo mes que cumplió los setenta y dos años. Flemmi subió al estrado para declarar en la demanda judicial de cincuenta millones de dólares que la familia de John McIntyre había interpuesto contra el Gobierno federal por muerte causada por homicidio culposo. Lo contó todo, Flemmi explicó cómo Bulger y él habían asesinado a McIntyre porque su colega en el FBI, John Connolly, les había dado el soplo de que McIntyre estaba trabajando con los investigadores. No obstante, toda esa nefasta información privilegiada que Flemmi había compartido sobre el triunvirato —⁠sobre Whitey Bulger, él mismo y John Connolly⁠— durante la demanda civil de McIntyre, no había hecho más que empezar.

Flemmi testificaría de nuevo y la actuación que le llevo a salir en la primera plana en todos los periódicos, llegó en otoño del 2008, en un juzgado de Miami, Florida, donde él se erigía como jefe principal de aquella galería de secuaces, miembros de la banda de Bulger, que estaba formando fila para testificar. El objetivo de la declaración testimonial era nada más y nada menos que Connolly, la estrella caída del FBI, cuyos problemas legales no habían acabado tras su condena federal por actividades delictivas relacionadas con el crimen organizado en 2002.

Llegado el 2008, el mundo ya sabía que Connolly era un gánster. Había quedado claro una y otra vez, durante las sesiones del juicio por el caso del juez Wolf, durante los procedimientos judiciales, durante los procesos civiles y durante su propio juicio federal en Boston. Connolly, el agente del FBI de Boston, se había convertido por encima de todo, en el corrupto protector de Whitey Bulger y Stevie Flemmi.

Pero: ¿Asesinato?

¿Era cierto que Connolly, allá por 1982, había avisado a Whitey y a Stevie de que el empresario de Boston, John B. Callahan, los estaba delatando, valiosa información del FBI, que culminaría con el asesinato de Callahan?

Eso es lo que creían los fiscales del estado, y la mañana del 15 de septiembre de 2008, escoltaron a Connolly desde su celda en régimen de aislamiento hasta los juzgados del condado de Dade para que escuchara los alegatos inaugurales de su juicio por asesinato.

El juicio se celebró en Miami porque fue allí donde Callahan había sido asesinado. Los detalles de la acusación los expondría Fred Wyshak, quien compartió con los miembros del jurado un manual básico de noventa minutos, sobre las tres décadas del hampa en Boston. Durante todo ese tiempo, Connolly, sentado a la mesa del acusado, escuchaba atentamente. Vestía una chaqueta oscura y pantalones marrones, y hacía poco que se había cortado el pelo; aparecía de mejor ver que en las fotografías que lo mostraban con el mono naranja de la prisión. Tomaba apuntes y parecía no tener expresión.

A pesar de tener sede en Florida, el caso por asesinato, era en su mayor parte un asunto de Boston. La víctima era un tipo de Boston y Connolly era un tipo de Southie. La lista de testigos incluía a varios investigadores que habían seguido la pista de Bulger, al corrupto agente supervisor del FBI, John Morris, e incluso a Teresa Stanley. Los gánsteres de la banda de Bulger, Johnny Martorano, Stevie Flemmi y Kevin Weeks eran los que se mostraban más relajados.

Cuando subió a testificar por el asesinato de Callahan, Martorano abrió el baúl de los recuerdos para los miembros del jurado con la descripción de los más de veinte asesinatos que había cometido. Flemmi habló también sobre su expediente de asesinatos, e incriminó a Connolly declarando que, mientras era agente, Connolly se había embolsado doscientos treinta y cinco mil dólares en pagos, había comprometido investigaciones y había facilitado información que más tarde había desembocado en varias matanzas, entre ellas, la de Callahan. Declaró que, un día que se estaban repartiendo el dinero de la droga, Connolly incluso había bromeado diciendo: «Vaya, ya soy uno de la banda».

Connolly no subió a declarar. Durante más de una década había dicho todo lo que tenía que decir a los medios de comunicación y al final nunca testificó bajo juramento, a pesar de las varias oportunidades que tuvo, empezando por las sesiones del juicio por el caso del juez Wolf y terminando con el juicio por asesinato. Después de siete semanas de declaraciones y trece horas de deliberaciones, el jurado de Miami halló al acusado culpable de homicidio impremeditado por conspirar con Bulger y Flemmi para matar a Callahan, el contable y hombre negocios de Boston de cuarenta y cinco años. Fue condenado a cuarenta años de prisión, lo que a los sesenta y ocho significa cadena perpetua. Connolly y sus abogados juraron apelar, pero toda la fuerza del viento se les había escapado del globo.

 

Más allá de la Oficina, la ciudad continuaba evaluando los daños y preguntándose qué es lo que había salido mal. ¿Se trataba de dos chicos de un barrio de viviendas de protección —⁠Connolly y Bulger⁠— cuya lealtad del uno por el otro superaba todo lo demás? ¿De un Gobierno profundamente defectuoso? ¿De la capacidad del hombre para engañar y hacer el mal? Seguramente todo lo anterior. Los daños ocasionados por Bulger se habían hecho sentir de muchas maneras y eran difíciles de cuantificar. Algunos pensaban que la corrupción se había colado no solo en el corazón de Southie y en el FBI, sino también en casi todo lo demás: el Gobierno, los organismos encargados de velar por el cumplimiento de la ley, la vida pública.

En un artículo escrito a finales de 1999, el escritor James Carroll, ganador del galardón literario National Book Award y colaborador asiduo de The Boston Globe, se hizo eco de lo que tildó de «ceguera moral» cuando se trataba de los hermanos Bulger.

Durante muchos años, amplias áreas del sistema político de Massachusetts de buena gana habían estado guiñando un ojo al comportamiento salvaje de James Bulger. Esa sucesión de guiños al final acabó convirtiéndose en una ceguera moral. La tolerancia explícita manifestada hacia James Bulger contaminó no solo los organismos encargados de velar por el cumplimiento de la ley, sino también al gobierno en sí mismo, alimentando el cinismo público, sembrando el miedo, y convirtiendo el sector público en cómplice de un asesino.

Obviamente todo esto está ligado al hermano de James Bulger, William Bulger, expresidente del Senado. Nadie puede echarle en cara los crímenes de su hermano, y nadie puede echarle la culpa por expresar su amor fraternal, aun a pesar de todo. Pero el expresidente del Senado fue mucho más allá. Fueron estos guiños a las hazañas de James Bulger, los que auspiciaron todo lo demás.

«Dentro de la mágica espiral de ingenio de William Bulger — ⁠escribió Carroll⁠—, James Bulger se erigía como un hazmerreír».

Carroll quiso señalar aquel episodio que tuvo lugar durante el desayuno anual que Billy celebraba por el día de San Patricio, en particular aquel de 1995 —⁠justo dos meses antes de que el FBI alertara a Whitey y este escapara⁠—, en el que el entonces gobernador Weld cantó una «cancioncilla», que él mismo había compuesto, al grupo de líderes allí reunidos, incluidos los dos senadores por Massachusetts y el alcalde de la ciudad. «La canción de Weld iba al compás de la canción Charlie on the MTA —⁠escribió Carroll⁠— y una vez más hablaba de un asesino: “¿Volverá algún día?” —⁠cantaba Weld⁠—, “No, nunca volverá. No, volverá por aquí. Acabo de recibir una llamada de la Kendall Square Station. Está con Charlie en la MTA”. A todos les entusiasmó, pero es de imaginar la gracia que debió hacerle a quien facilitaba información a James Bulger».

Weld, con estos ejemplos, nos da una idea de lo corrupto que era todo. Después de todo, él había trabajado como fiscal de Estados Unidos y estaba al corriente de los crímenes de James Bulger. Un guiño por su parte podría hacer que incluso el agente más comprometido del FBI se relajara, y podría hacer que el recelo de tantos otros se desvaneciera, uniéndose así a ese acuerdo mortal.

James Bulger era una vergüenza para el FBI y un peligro para el pueblo. Por la manera en la que su destino se enredó con el de su hermano y por la forma en la que se usaron mutuamente para conseguir sus propósitos, toda esta historia se convierte en una mancha en el alma de la comunidad.

Desenredar los lazos familiares de los Bulger fue una tarea lenta y concienzuda —⁠un hilo por aquí, un hilo por allá⁠— pero la información continuaba emergiendo a la superficie a medida que pasaban los años. Por primera vez los hermanos más jóvenes de Whitey Bulger empezaron a pagar el pato —⁠su reputación, su vida profesional y, antes que nada, su libertad⁠— por esa lealtad sin límites que habían demostrado al asesino y jefe mafioso.

Ambos hermanos habían estado en contacto con Whitey después de que este se diera a la fuga a principios de 1995. El más joven, John Bulger, Jackie, habló por teléfono con Whitey en agosto de 1996 e incluso intentó ayudarlo a conseguir una identificación falsa. Kevin Weeks pasó por casa de Jackie Bulger y sacó fotos de este con un bigote falso. Después, Weeks envió las fotos a Whitey a Chicago. Pero cuando citaron a Jackie a comparecer ante el gran jurado federal dos años más tarde, mintió. Declaró que no había tenido ningún tipo de contacto con su hermano mayor y que no tenía ni la más mínima idea de si estaba o no todavía vivo. En otra de sus apariciones ante el gran jurado tampoco dio a conocer que uno de los muchos escondites donde Whitey guardaba el dinero se encontraba en una caja fuerte en Clearwater, Florida, y que era él quién había pagado la tarifa de alquiler de dicha caja fuerte seis meses antes.

Pero una vez que Weeks desertó, Jackie quedó expuesto. En noviembre de 2001, no mucho después de que se jubilará tras treinta y dos años de trabajo como juez auxiliar en el tribunal de menores de Boston, apareció esposado en el tribunal federal enfrentándose a cargos por perjuicio y obstrucción a la justicia. Jackie juró luchar al principio, pero con el tiempo confesó que había mentido ante dos grandes jurados. En septiembre de 2003, lo condenaron a seis meses de cárcel.

Bill Bulger no cometió el mismo fallo que su hermano, había hablado con Whitey incluso antes de que lo hiciera Jackie, durante una conversación telefónica concertada en enero de 1995. Habían hablado tan solo un par de semanas antes de que Whitey se diera a la fuga y unas pocas semanas antes del desayuno anual de San Patricio en el que el tema de Whitey les causó tanta gracia.

Sin embargo, cuando más tarde Bill Bulger fue citado ante el gran jurado en abril del 2001, confesó haber tenido esa conversación. Cuando le preguntaron por qué no se había puesto en contacto con las autoridades, siendo Whitey un fugitivo de la justicia, Bill Bulger testificó que no le pidió que se entregara porque no pensó que fuese lo mejor para Whitey.

Este episodio continuó siendo secreto al formar parte de los procedimientos del gran jurado federal, y Bill Bulger continuo trabajando como rector de la Universidad de Massachusetts. No obstante, ciertas partes de su testimonio ante el gran jurado se publicaron con el tiempo en The Boston Globe y entonces, en junio del 2003, Bulger testificó con inmunidad ante la audiencia del Congreso sobre los lazos del FBI con su hermano. Bulger, claramente angustiado, fue criticado después por decir que no se acordaba de los hechos y por mostrarse bastante evasivo. El gobernador por Massachusetts, Mitt Romney, pidió a Bulger que dimitiera. Cediendo ante la presión continua, Bulger anunció su dimisión en julio. Algunos días más tarde, después de su dimisión oficial, el 4 de septiembre del 2003, él y otros miembros de la familia, se encontraban compartiendo banco en la sala del tribunal federal esperando el dictamen de sentencia de Jackie Bulger, una muestra de unidad de los Bulger.

«Existe una fina línea entre la lealtad familiar y la corrupción del sistema criminal del justicia», dijo Michael J. Sullivan, fiscal de Estados Unidos, a los reporteros ese día después de que uno de Bulger fuera enviado a prisión por tratar de proteger a Whitey.

 

Por otro lado estaba Whitey, quien continuaba eludiendo a los investigadores. Desde que fuera imputado en 1995 se le había visto en Nueva York, Luisiana, Wyoming, Mississippi e incluso en Southie, su antiguo barrio. Había sido añadido a la lista de los diez más buscados por el FBI y había aparecido varias veces en el programa de televisión America’s Most Wanted. Nada de todo esto se correspondía con lo poco que en realidad se decía sobre el duro trabajo que estaban llevando a cabo los agentes del FBI para capturar a Bulger, y el pueblo tenía la sensación de que el FBI no estaba realmente interesado en atraparlo. Una vez cada tanto llegaba un nuevo supervisor del FBI para inspeccionar y controlar la oficina de campo de Boston y sus 265 agentes, y cada uno de ellos decía lo mismo: no podía considerar que su trabajo había sido un éxito hasta que no encontraran a Bulger. Unos pocos se lo creían. La recompensa por capturar a Bulger había ascendido de doscientos cincuenta mil a dos millones de dólares. En 2010 la oficina de Policía de Estados Unidos se unió al FBI para dar caza a Whitey, el prófugo.

¿Nueva Orleans? ¿Dublín? ¿Southie?

En los albores del siglo XXI la oscura historia del FBI y Bulger quedaba al descubierto. Estaba todo ahí en diecisiete mil páginas de declaraciones juradas, el fallo de 661 páginas del juez Wolf, y una serie de juicios civiles y criminales que causaban sensación. Sin embargo, ninguno de esos registros históricos contenían la respuesta a la única pregunta que aquella ciudad endiablada estaba loca por saber:

¿Dónde está Whitey?

La respuesta llegó por fin en junio de 2011. El 20 de junio, el FBI había lanzado un bombardeo mediático sobre Bulger, algo que hacía todos los años para intentar descubrir nuevas pistas. La campaña de este año tenía una particularidad, y es que, en lugar de centrarse en Whitey, tenía como objetivo a su compañera sentimental, Catherine Greig. Los anuncios publicitarios de treinta segundos se emitieron en televisión durante el día, franja horaria popular entre las espectadoras femeninas, en catorce ciudades del país. Los medios, como de costumbre, también mencionaron la última campaña del FBI contra Bulger con este nuevo giro que centraba la atención en Greig.

Esta vez funcionó. En Islandia, una mujer que se llamaba Anna Bjornsdottir vio un reportaje de la CNN sobre los últimos esfuerzos del FBI. Bjornsdottir, antigua Miss Islandia, que había competido en el certamen de Miss Universo de 1974, reconoció a Greig de Santa Mónica, California, donde ella y su marido pasaban una temporada todos los años. Bjornsdottir había conocido a Greig en la acera, a la salida de los apartamentos Eugenia en la Third Avenue, donde cada día Greig daba de comer a un gato callejero llamado Tiger. A las dos les gustaban los gatos —⁠Bjornsdottir, allá en Islandia, había llegado incluso a escribir un libro sobre un gato abandonado que había adoptado⁠— y las dos mujeres trabaron amistad.

Un año más tarde, un martes 21 de junio, Bjornsdottir alertó a la oficina del FBI de Los Ángeles. Llegada la tarde del miércoles 22 de junio, el FBI, el servicio de Policía de Estados Unidos y el Departamento de Policía de Los Ángeles estaban ya al corriente de que la pareja se había estado escondiendo en Santa Mónica, a la vista de todos. Eran una pareja más de la tercera edad, y se hacían llamar Charlie y Carol Gasko. Los agentes que rodearon el complejo Princess Eugenia donde ambos habían estado viviendo, al menos desde 1998, tenían un plan para capturar a Whitey. El dueño del apartamento telefoneó al gánster al trescientos tres para avisarle de que alguien había forzado la puerta de su trastero en el garaje del sótano. Cuando a las seis menos cuarto de la tarde, Whitey bajó para ir a ver lo que creyó sería una irritante minucia, pronto se dio cuenta de que el asunto tenía poco de parvedad. Los agentes se abrieron paso entre las sombras.

Whitey estaba rodeado. No ofreció ningún tipo de resistencia. En pocos minutos el legendario jefe mafioso se encontraba esposado y bajo arresto, después de haber pasado dieciséis años siendo un fugitivo y con ochenta y un años de edad. Y la perdición de Whitey había sido Tiger, el gato atigrado.

A finales de semana, Whitey Bulger, ya estaba de vuelta en Boston. Las noticias del arresto de Bulger y Greig se hicieron eco por todo el mundo con titulares continuos en internet, en televisión y en la primera plana de todos los periódicos. En un registro que se hiciera en el apartamento de Whitey los investigadores descubrieron varios «escondites» y agujeros hechos en la pared, donde Whitey almacenaba un arsenal de armas y un total de ochocientos mil dólares perfectamente apilados. La historia en primera plana de The New York Times mostraba la foto que le había sacado la policía de Boston a Whitey en 1953, cuando tenía veintitrés años y había sido arrestado por asaltar camiones de transporte para robar mercancía de la parte trasera de los mismos. Si no fuera por su calma, sus ojos fríos y labios finos, la versión joven de Whitey poco se parecía a aquel hombre calvo y de barba blanca que aparecía en las nuevas fotografías sacadas tras el arresto, que ya habían empezado a circular en todos los periódicos.

Las preguntas sobre su condición física y agudeza mental obtuvieron respuesta cuando Bulger entró en una sala de audiencias abarrotada. Su familia estaba esperándole, su hermano Bill, se sentó en segunda fila y sonrió a su hermano mayor. Whitey asintió mirándolo y dijo «Hola» moviendo mudamente los labios. También estaban allí los supervisores y los parientes de las víctimas asesinadas. «Sea lo que sea lo que esté sintiendo, este es un gran día para mi familia», dijo Shawn Donahue, cuyo padre, Michael, había sido asesinado junto a Brian Halloran en 1982; dos de los cargos por asesinato a los que se enfrentaba Bulger. Shawn estaba ahí con sus hermanos Tommy y Michael Jr. y su madre viuda. «Espero que se pudra en prisión durante mucho tiempo» dijo Shawn a los reporteros. Esperando también estaba la juez magistrada de Estados Unidos, Marianne B. Bowler, quien leyó los más de cincuenta cargos a los que se enfrentaba Whitey, entre ellos dos imputaciones por actividades relacionadas con el crimen organizado y diecinueve asesinatos. Whitey demostró su particular ingenio cuando le dijo al juez que podría pagarse un abogado si el Gobierno le devolvía todo el dinero que le había quitado.

Esperando a Whitey Bulger, para por fin enfrentarlo a la justicia, y esa vuelta a Boston que había hecho historia, estaban Fred Wyshak y Brian T. Kelly, los dos abogados de la acusación que dos décadas atrás habían empezado la búsqueda del entonces intocable gánster. Cuando todo empezó, Wyshak, Kelly y su equipo de investigadores nunca hubieran podido imaginar la cantidad de obstáculos que encontrarían, el nivel de corrupción del FBI y el tiempo que les habría costado dar con Bulger. Ahora: ya tenían a su hombre. Ese día en los tribunales, Whitey no tuvo nada que decirles. No obstante, con el paso de los meses, Wyshak y Kelly tendrían mucho que decir en la sala mientras tenía lugar el caso federal por actividades delictivas relacionadas con el crimen organizado, sabiendo perfectamente que James J. Bulger Jr., Whitey, jamás volvería a respirar en libertad.

 

Notas del epílogo [*].