Black Mass
15. El discurso de Connolly
Capítulo quince
El discurso de Connolly
A última hora de la mañana del lunes 8 de febrero de 1988, el agente del FBI John Connolly salió con paso decidido de una ferretería próxima a su despacho del FBI y se topó con Dick Lehr, periodista de The Boston Globe (y uno de los autores del presente libro). Connolly había ido a la tienda para hacer la copia de unas llaves mientras Lehr cruzaba la ciudad para reunirse con una fuente.
Fue un encuentro fortuito en ese gélido día de invierno.
Connolly, reconoció al periodista y se detuvo en la acera para saludar. No se conocían muy bien, aunque el agente era muy popular entre el grupo de periodistas de Boston que cubrían el tema del crimen organizado con regularidad. De entre todos los agentes del FBI de Boston, Connolly era el más accesible, el más ansioso por hablar sobre su labor en la Oficina Federal de Investigación.
El crimen organizado no era el tema de Lehr, pero sí había conocido a Connolly el año anterior, en 1987. Formaba parte del equipo de reporteros de The Globe que dedicaron meses a entrevistar a agentes del FBI de la Brigada Nacional contra el Crimen Organizado sobre la operación de colocación de micrófonos en el despacho de Angiulo. Lehr y los demás periodistas se habían reunido con casi una docena de agentes: Connolly, John Morris, Ed Quinn, Nick Gianturco, Jack Cloherty, Shaun Rafferty, Mike Buckley, Bill Schopperle, Pete Kennedy, Bill Regii y Tom Donlan. La serie había sido un éxito tanto entre los lectores del periódico como en la Oficina Federal de Investigación, pues mostraba al FBI en uno de sus logros técnicos: haber penetrado en el sanctasanctórum de la mafia para instalar un dispositivo de escucha. Lehr no había visto a Connolly ni hablado con él desde el proyecto periodístico finalizado hacía un año. Se saludaron y enviaron recuerdos a conocidos comunes. Antes de despedirse, el periodista preguntó al agente cómo le iban las cosas.
Connolly, jugueteando con las llaves relucientes en la mano, no lo dudó un instante. Empezó a hablar sobre un nuevo micrófono que pensaba instalar el FBI, un dispositivo que tenía el objetivo de atrapar a los mafiosos que estaban actuando tras la era de Angiulo, en pos de prestigio y poder. Connolly dijo que durante unos seis meses, desde finales de 1986 hasta mediados de 1987, el FBI había realizado un seguimiento de la nueva relación de personajes mafiosos que gestionaba sus negocios en la parte trasera de una bocadillería situada en una explanada comercial, a los pies de un hito arquitectónico de Boston, la Prudential Tower.
«Ha sido un golpe maestro», dijo el agente sobre el micrófono que sus compañeros habían instalado en el interior de la tienda de alimentación italiana Vanessa’s.
Lehr escuchó con atención y se dio cuenta de inmediato de que la información podía ser el germen para un fabuloso artículo. Sin embargo, la soltura con la que hablaba Connolly también pilló desprevenido al periodista. En ningún momento de su discurso dijo que fuera información «confidencial» ni «extraoficial», ni tan siquiera restringida, tampoco usó ninguna de las expresiones con las que se suele calificar la información cuando se facilita a los periodistas. Para el agente, hablar sobre la tienda Vanessa’s era similar a hablar sobre los Boston Bruins, que la noche anterior habían derrotado a los Calgary Flames, por seis a tres, y habían conquistado el primer puesto en su división de la liga nacional de hóquey sobre hielo. El mismo día se celebraba la designación del candidato del Partido Democrático de Iowa, lo que suponía un enfrentamiento con el gobernador de Massachusetts Michael Dukakis para el puesto de favorito, ocupado entonces por Richard Gephardt. Connolly, por lo visto, estaba acostumbrado a propagar rumores y conseguir que nadie lo relacionara con el origen de los mismos.
No se había realizado cobertura periodística de ninguna clase sobre la operación de instalación de dispositivos de escucha por parte del FBI en una tienda de alimentación en el barrio de Back Bay. En todo caso, los periodistas de Boston encargados de los temas relativos al crimen organizado llevaban un tiempo preguntándose sobre qué estaría ocurriendo con la mafia en el periodo posterior a la operación del número 98 de Prince Street. Se sabía que se había producido cierto desbarajuste en el seno de la mafia, como era previsible, tras la desaparición del que había sido capo durante tanto tiempo, Angiulo. Empezaron a circular los nombres de ciertas figuras mafiosas relativamente desconocidas como posibles líderes. Había un tal Vincent M. Ferrara, que combinaba un título de Administración de Empresas de la Universidad de Boston con «el gusto por la sangre»; un mafioso de más edad llamado J. R. Russo; y el hermanastro de Russo, Bobby Carrozza, de East Boston. Esos tres hombres estaban actuando como títeres del capo, o asistentes del jefe, en la conflictiva jerarquía de la mafia, aunque no se sabía demasiado sobre ellos. Además, Frank Salemme por fin iba volver a casa, tras ser liberado de prisión después de una condena de quince años por haber colocado un artefacto explosivo en el coche de un abogado en el año 1968. Un intento de asesinato por el que tuvo que cumplir dicha pena y por el que su colega Stevie Flemmi jamás fue acusado.
A la salida de la ferretería, Connolly se mostró muy optimista sobre la habilidad de la Oficina Federal de Investigación para seguir a la mafia desde su tradicional base de operaciones en el North End hasta la elegante explanada comercial del barrio de Back Bay. La ubicación de la tienda de alimentación italiana Vanessa’s constituía un nuevo giro de los acontecimientos. Se trataba de una localización impensable para la mafia: los tipos duros se habían metido en una tienda de porcelana fina. Elegantes compradores y profesionales de la ciudad podían estar disfrutando de un bocadillo rápido en el mostrador, mientras, al mismo tiempo, en la trastienda, un enfurecido Ferrara lanzaba vulgares ultimátums a los corredores de apuestas y les explicaba que estaba amaneciendo una nueva era para la mafia.
La sala sin ventanas estaba insonorizada y solo podía accederse a ella tras un enrevesado trayecto. Los gánsteres dejaban sus coches en el laberinto de aparcamientos subterráneos del centro comercial Prudential Center, y nadie podía seguirlos sin ser descubierto. Connolly se alegraba por el hecho de que los descarados Ferrara, Russo y Carrozza estuvieran convencidos de que habían encontrado un lugar de reunión que creían tan impenetrable, y se frotaban las manos ante la perspectiva de echar el guante a Ferrara. El mafioso era «arrogante» y «un chulo», «un auténtico camorrista». Sus iguales lo odiaban por su maldad y sus formas irrespetuosas. De hecho, según comentó Connolly, Ferrara ya habría estado muerto de no haber sido por el rumor que corría en el mundo del hampa de que el FBI iba tras él. Los demás gánsteres, dijo Connolly, podían «sentarse y esperar a que nos lo merendáramos».
Después del encuentro fortuito, Lehr formó equipo con su compañero periodista Kevin Cullen y, tras informarse más a fondo para confirmar las declaraciones de Connolly, escribieron un artículo de primera plana sobre la tienda Vanessa’s. Salió publicado el domingo 17 de abril de 1988 y empezaba con la siguiente frase: «Se trataba de una ubicación ideal. La policía no podía seguirte y podías dejar el coche en el aparcamiento subterráneo, ir caminando hacia un ascensor de carga de mercancías y subir sin ser visto». Aunque el artículo incluía una gran cantidad de información, los periodistas no tuvieron acceso a las grabaciones realizadas gracias al micrófono instalado en la mentada tienda de alimentación. Eso suponía que no habían podido escuchar la grabación favorita de Connolly: la intimidación de Ferrara a Doc Sagansky.
«Muchos de nuestros chicos están en líos, Doc», dijo Ferrara a Sagansky. Ferrara había optado por el estilo delicado a la hora de atacar a su blanco, quien, a la sazón de ochenta y nueve años, era el personaje más anciano del mundo de los corredores de apuestas. Nacido a finales del siglo XIX, durante su juventud, Doc había sido dentista practicante, licenciado en el Colegio de Odontólogos Tufts, pero se hizo millonario como el principal corredor de apuestas de la ciudad. En la década de 1940, la policía lo consideraba un «líder del mundo de las finanzas» de los negocios relacionados con las actividades del crimen organizado en dos clubes nocturnos de Boston y una empresa de préstamos. En 1941 había prestado ocho mil quinientos dólares a James Michael Curley, el afamado alcalde de Boston y, por entonces, congresista. A cambio, Sagansky fue nombrado beneficiario en la póliza de un seguro de vida por valor de cincuenta mil dólares que Curley se había hecho como garantía de un préstamo. El hecho de que ambos estuvieran relacionados públicamente levantó algunas sospechas y llegó a los titulares. El nombre de Sagansky había salido a colación en todas las investigaciones de juego ilegal realizadas en Boston desde la Gran Depresión. En la trastienda de Vanessa’s, el 4 de enero de 1987, Ferrara intentaba hacer entrar en razón al anciano, explicándole los malos tiempos para la mafia: cinco hermanos Angiulo y muchos otros soldados habían desaparecido o estaban en prisión.
«Tenemos que ayudarlos —conminó Ferrara—. Sus familias, los abogados (…) Algunos de nosotros estamos metidos en un buen lío». Ferrara quería que Sagansky y un socio que lo acompañaba, otro anciano corredor de apuestas llamado Moe Weinstein, empezaran a pagar «el alquiler». Durante el mandato de Gennaro Angiulo, Sagansky había actuado sin tener que hacerlo. Pero Ferrara le anunció que esos días habían terminado y que quería una prueba de su buena voluntad en forma de quinientos mil dólares. Dijo a Sagansky que esa suma no era nada para un millonario como él, y que Sagansky era un hombre con «clase». «Ayúdanos», concluyó Ferrara.
Sagansky no lo haría. Aunque estuviera sentado en la trastienda sin ventanas y rodeado por Ferrara y sus matones, Sagansky intentó convencerlo de que sus negocios en el juego ilegal estaban acabados, que se habían «quedado en nada».
Ambos bandos siguieron lamentándose de lo pobres que eran hasta que Doc se hartó. «No pienso darte ni un centavo», zanjó.
Ferrara montó en cólera. El mafioso Dennis Lepore se agachó para situarse a la altura de la cara del anciano de ochenta y nueve años: «No tienes alternativa. Queremos algo ya. Y tienes suerte de que no sea más. Estamos pidiéndotelo en serio. ¿Entiendes?». Lepore estaba escupiendo veneno: «¿A qué estás jugando, a qué puñetero juego estás jugando, tío? ¡Te has llenado los bolsillos durante todos estos años, joder! Es algo que vas a pagar ahora mismo. Lo queremos. Es una orden».
Para favorecer la colaboración, un enfurecido Ferrara amenazó a Sagansky con retener secuestrado a su compañero Weinstein hasta que él no entregara los quinientos mil dólares. Concedieron a Doc y Moe un tiempo a solas en la trastienda. «No volveré a verte nunca —dijo Doc—. ¿Qué puedo hacer?». Weinstein dijo lo evidente: «Pues supongo que tendrás que ceder». Los dos ancianos prometieron conseguir el dinero, y Ferrara los dejó marchar.
Al día siguiente, mientras los investigadores vigilaban desde una distancia prudencial para que no pudieran verlos, Weinstein entró con una bolsa de plástico en el restaurante del hotel Park Plaza. Entregó la bolsa a Ferrara y Lepore. En su interior había doscientos cincuenta mil dólares en efectivo, el primer plazo. Los dos gánsteres corrieron de regreso a la trastienda de Vanessa’s y repartieron, con fruición, la totalidad del dinero en seis partes de cuarenta mil dólares cada una. «Me cago en esos puñeteros gilipollas, más les vale que no sea dinero falso», bromeaba el enrojecido Ferrara, extasiado por ver tanto dinero.
Incluso sin contar con esa grabación, el artículo de The Globe tocó ciertas teclas. Los jefes del FBI y los fiscales federales, en especial Jeremiah T. O’Sullivan de la Unidad de Lucha Contra el Crimen Organizado, estaban indignados. Su investigación de Ferrara todavía estaba en curso y querían saber cómo se había filtrado la información sobre la tienda Vanessa’s. Sin embargo, los periodistas no tenía obligación ni motivos para explicar a las autoridades cómo habían obtenido los datos. No serían ellos los que se quejaran por la afición a irse de la lengua de Connolly.
En realidad resultó que Connolly tenía muchas ganas de hablar sobre la tienda de alimentación Vanessa’s, o sobre el nombre que se le había dado oficialmente: «Operación Bruma en la Jungla». El agente construyó una especie de discurso de campaña electoral en el que describía la operación de la tienda Vanessa’s como la segunda de una «trilogía» de importantes escuchas de la mafia (la primera había sido la del 98 de Prince Street), que el FBI jamás habría conseguido llevar a cabo de no haber sido por la colaboración con Bulger y Flemmi. «Son, sin lugar a dudas, las dos fuentes más importantes con las que hemos contado jamás», le gustaba decir a Connolly como gran final de su discurso.
Sin embargo, como solía ocurrir muy a menudo, las afirmaciones de Connolly, tras ser analizadas más a fondo, resultaban ser exageradas. Bulger y Flemmi eran los confidentes anónimos a los que Connolly se había referido en su encuentro casual con Lehr a principios de 1988. A este respecto, aquel fue un momento brillante de auténtica y singular inteligencia. Las pruebas aportadas por las cintas posibilitarían, en un futuro, condenar a Ferrara, Lepore, Russo y Carrozza por extorsión y actividades relacionadas con el crimen organizado. Sin embargo, la mayor parte del crédito por haber orientado la investigación del FBI hacia la tienda de alimentación Vanessa’s se lo debían a Flemmi, más que a Whitey Bulger.
Aunque la tienda Vanessa’s estaba registrada en los archivos de la ciudad como propiedad de una pareja de la acaudalada urbanización de Belmont, el negocio de comestibles y delicias italianas estaba dirigido por Sonny Mercurio, un soldado de la mafia y asesino exculpado. (Más adelante, Mercurio también se convertiría en confidente del FBI).
En abril de 1986, Flemmi empezó a hablar a Connolly sobre Vinnie Ferrara y sobre el hecho de que ese hombre estaba trabajando con Mercurio, J. R. Russo y Bobby Carrozza en la tienda de alimentación italiana. Flemmi, y no Bulger, asistía a esas reuniones, donde los negocios que se trataban estaban relacionados con el intento de averiguar cuál era la actividad del hampa que debía llevarse a cabo entre la facción de Ferrara y la banda de Bulger. Tras uno de esos encuentros celebrados a principios de agosto, Flemmi explicó que Mercurio se mostraba «amigable» con él y Whitey Bulger «por la época en la que había sido mensajero y enlace entre “Los de Hill” y Jerry Angiulo». Flemmi añadió que Mercurio fue el encargado de organizar la reunión entre los grupos para discutir el cambio de la cantidad en los premios de las quinielas ilegales que se jugaban a diario con tal de que todos obtuvieran incluso más beneficio.
Flemmi asistió a una nueva reunión una semana más tarde, después de la cual volvió a facilitar a Connolly una descripción detallada sobre las negociaciones en curso para cambiar las posibles cantidades de los premios de las quinielas ilegales y sobre los planes para distribuir falsas papeletas de apuestas para las quinielas de fútbol americano de la temporada de otoño. Dijo a Connolly: «La mafia pretende fragmentar toda la ciudad y el estado, si es posible, para controlar a todos los corredores de apuestas independientes». Informó de que la «mafia estaba en marcha» y se había puesto manos a la obra en las afueras, y dijo que él había conseguido acceder a la reunión secreta «cogiendo el ascensor desde la quinta planta hasta la zona de reparto».
Las reuniones prosiguieron, y Flemmi empezó a facilitar más detalles sobre la ubicación exacta del almacén, el plano y las medidas de seguridad. «El almacén está situado dos puertas más allá de la tienda Vanessa’s», dijo a Connolly el 18 de agosto de 1986. Añadió «que se usa para las reuniones y cuenta con un sistema de alarma pero no parece operativo. Además de ese sistema, la zona está vigilada por un servicio de seguridad». Durante uno de sus encuentros de madrugada en casa de Connolly, a finales de agosto, con la presencia de Bulger y Jim Ring, Flemmi llegó a dibujar un borrador del plano de la planta de la tienda de alimentación Vanessa’s.
Esa clase de información aportaba una importante causa probable para que el FBI consiguiera la autorización judicial con tal de instalar un micrófono en el interior del almacén de la tienda en cuestión. Aunque había algo más. El plano, por ejemplo, era un tanto exagerado, diría Ring más adelante. «Me parece algo bastante tonto —comentó el supervisor refiriéndose al dibujo de Flemmi—. No necesito un diagrama para imaginar cómo entran en ese lugar», apostilló. Era mejor que los agentes se encargaran de la vigilancia en lugar de revelar los planes del FBI a un confidente criminal. «Hablar en esos términos con un confidente es llegar demasiado lejos, el confidente está enterándose de muchas cosas gracias a tus preguntas —dijo Ring—. A pesar de las grandes habilidades del señor Flemmi —añadió con sarcasmo—, nuestros hombres eran bastante mejores, y confiaba en que nuestros técnicos colocaran los micrófonos en el lugar correcto para que estos funcionaran».
Cuando los micrófonos del FBI empezaron a grabar, la noche de Halloween, Flemmi, de una forma que no resultaba ni sorprendente ni una coincidencia, había dejado de acudir a las reuniones celebradas en el almacén de la tienda Vanessa’s. Una vez más, el FBI registraría las voces de la mafia mientras Flemmi y Bulger seguían siendo invisibles. «No me interceptaron porque sabía que (el micrófono) iba a estar ahí —dijo Flemmi—. Justo antes de que el micro empezara a grabar, John Connolly me confirmó que lo habían colocado». Durante meses, las reuniones para tratar las políticas comerciales en el almacén de la tienda Vanessa’s habían contado con los personajes más destacados de las dos bandas del crimen organizado de Boston, la mafia y la banda de Bulger. Sin embargo, en cuanto las bobinas del FBI empezaron a girar, dio la impresión de que Boston fuera una ciudad exclusivamente en manos de la mafia.
La extorsión a Sagansky coincidió con la llegada de un nuevo agente especial al mando a la oficina de Boston. Se trataba de Jim Ahearn, veterano en casos sobre el crimen organizado en California, llegado en noviembre de 1986 al mismo tiempo en que la brigada de Boston estaba amontonando grabaciones para poder recabar pruebas contra la facción de Ferrara. Enseguida quedó impresionado por la labor de la Brigada Nacional contra el Crimen Organizado y, en especial, con John Connolly, quien siempre se aseguraba de que todos supieran que los dos confidentes que habían posibilitado la instalación del micrófono estaban en su equipo.
Para contar con Flemmi en esa época, no obstante, el FBI también debía ignorar la cantidad creciente de información secreta de otros confidentes sobre los dos jefes del crimen organizado. «Stevie Flemmi, de la banda de Winter Hill, ha estado informándose para hacerse con el poder durante una época (de la mafia) de confusión y debilidad», dijo un confidente a John Morris el 20 de abril de 1986. Flemmi empezó a guiar los pasos de Connolly hacia la tienda de alimentación Vanessa’s en la misma época en la que Bulger y él se movían por la ciudad para ejercer sus propias prácticas delictivas violentas. «La gente de Winter Hill está desafiando el antiguo mandato de Angiulo, y Flemmi ha estado haciendo visitas por toda la ciudad —prosiguió el confidente—. El antiguo régimen de Angiulo no se encuentra en posición de parar los pies a Flemmi».
A ese respecto, la información confidencial facilitada por Flemmi sobre la tienda de alimentación Vanessa’s resultó ser conveniente para sí mismo. Era una forma de obstaculizar a la mafia, a la que tenía pegada a los talones. El FBI se encargaría del trabajo sucio.
A continuación llegó la tercera escucha de la trilogía del FBI, a la que Connolly se remitiría en la década de 1990 como prueba de la omnipresencia de Whitey Bulger. La operación en sí, que se desarrolló en una sola noche, el 29 de octubre de 1989, en efecto constituye un hito en el salón de la fama del FBI. Por primera vez en la historia, los agentes grabaron en secreto una ceremonia de iniciación a la mafia. Se encontraban presentes Vinnie Ferrara, J. R. Russo, Bobby Carrozza, y otras trece figuras mafiosas, además del personaje más destacado, el capo reinante de la organización en Nueva Inglaterra, Raymond J. Patriarca, hijo del fallecido Raymond L. S. Patriarca. En el comedor de la casa de un socio, en Medford, Massachusetts, la banda de mafiosos pasó por su legendario ritual —el pincharse la yema de los dedos para el juramento de sangre—, que culminaba con el «nacimiento» de cuatro nuevos soldados. Además se trataba de una ceremonia que formaba parte de una campaña en curso, posterior a la era de Angiulo, para relajar las tensiones entre las facciones enfrentadas y establecer un nuevo orden más óptimo de cara a su operatividad.
«Estamos todos aquí reunidos para dar la bienvenida a estos nuevos miembros de la familia —dio la bienvenida el anfitrión Patriarca—, y, más importante que eso, para posibilitar un nuevo comienzo. Porque ellos entran en nuestra Familia para empezar algo nuevo junto a nosotros». Uno a uno, los cuatro nuevos soldados repitieron el juramento de la mafia. Todos usaron la sangre de su yema pinchada para la ceremonia. «Yo, Carmen, quiero entrar a formar parte de esta organización para proteger a mi familia y para proteger a todos mis amigos. Juro no revelar este secreto y obedecer, con amor y omertà». Cada uno de ellos recibió el mensaje de que se había convertido en «hermano de sangre», y todos respondieron: «Deseo entrar vivo en esta organización y dejarla cuando haya muerto».
Carmen Tortora, junto con los otros tres soldados, fue sometida a una prueba adicional de lealtad:
—Si te dijera que tu hermano se ha equivocado, que es un soplón y que va a perjudicamos a todos, tendrías que matarlo. ¿Lo harías por mí, Carmen?
—Sí.
—¿Matarías a cualquiera de los presentes por esa misma razón?
—Sí.
—Entonces, ¿entiendes la seriedad de la Cosa Nostra?
—Sí.
—¿Deseas formar parte de ella con todo tu corazón? Si tu madre estuviera postrada en cama, muriéndose, y tuvieras que dejarla porque yo te llamo, porque hay una emergencia, tendrás que marcharte. ¿Lo harías, Carmen?
—Sí.
En la década de 1990, la famosa ceremonia de iniciación se convirtió en un capítulo del discurso de alabanzas a Bulger interpretado por Connolly. Sin embargo, una vez más, la realidad se interpuso en su camino. Los archivos del FBI revelaron que, entre los cuatro confidentes a los que recurrió el FBI para obtener declaraciones juradas con la que conseguir una autorización judicial para grabar la ceremonia, no se encontraba Bulger. Para lograr la causa probable, la Oficina Federal de Investigación recurrió de forma casi exclusiva a otro de los confidentes de Connolly, Sonny Mercurio. Sonny tenía toda la información sobre la hora y el lugar de la ceremonia de iniciación de la mafia, no Bulger. Por su parte, Flemmi fue utilizado como uno de los cuatro confidentes, pero sus contribuciones se quedaban en nada comparadas con las de Mercurio. De hecho, Flemmi admitió más adelante que, a principios del otoño de 1989, los escasos soplos que compartió con Connolly fueron posibles únicamente después de que el agente le hubiera informado del acontecimiento planificado con anterioridad. Hasta ese momento, Flemmi no tenía noticia de la ceremonia planeada por la mafia. «Me pidió (Connolly) que realizara un seguimiento de todas las fuentes y que lo informara de cualquier cosa que averiguara, y así lo hice». Entonces, en cuanto el FBI hubo registrado la ceremonia en una grabación, Flemmi añadió que le contaron el éxito logrado por la Oficina Federal de Investigación. Una conclusión que al gánster debe de habérsele antojado bastante obvia, aunque esa confidencia violaba todas las normas del FBI. ¿Quién se lo habría contado? «John Connolly», aseguró Flemmi.
En cualquier caso, la información casual que facilitó Connolly más adelante no solo se debió a su costumbre de hablar demasiado, sino a su intención de engrandecer la imagen de Bulger a costa del logro de Flemmi. A lo largo de los años, Connolly archivó copias de sus informes por duplicado, en los que atribuía la misma información, con las palabras exactas, tanto a Bulger como a Flemmi. La única diferencia entre ambos informes eran las máquinas de escribir usadas para redactarlos. Otras veces, las palabras no eran exactamente las mismas, pero sí la información, y ambos documentos eran considerados fiables. Para justificar las copias, Connolly arguyó que no tenía especial cuidado en vigilar quien llevaba los libros y que los consideraba fruto de una sola fuente. «A veces se confundían —dijo—. La información era prácticamente la misma».
La técnica beneficiaba a Bulger, puesto que, entre ambos, Flemmi era quien poseía un vínculo más antiguo con la mafia. Flemmi, y no Bulger, tenía la información jugosa; era un visitante habitual de los interiores de las guaridas mafiosas. Flemmi, y no Bulger, fue capaz de describir a Connolly la disposición de todo y los planos. Larry Zannino, Patriarca y otros jefes de la mafia intentaron, en varias ocasiones, convencer a Flemmi para que se uniera a la Cosa Nostra. Sin embargo, gracias a sus «confusiones», Connolly amplió el mérito de esa información hasta incluir a Whitey, con lo que ensalzaba su imagen y protegía a su viejo amigo del barrio.
Los soplos como los relacionados con la tienda de alimentación Vanessa’s eran muy valiosos, y, a diferencia de las otras dos escuchas del FBI citadas por Connolly, la de la tienda italiana era el auténtico resultado de haber estado colaborando con Flemmi y Bulger. Sin su información secreta no se habría producido la operación de escucha de Back Bay para grabar a la nueva mafia, ni la extorsión a Doc Sagansky.
Sin embargo, teniendo en cuenta que eso sucedía a finales de la década de 1980, ¿cuál sería el precio que habrían de pagar por ello?
A esas alturas, el pacto entre el FBI de Boston y Bulger estaba tan descompensado entre sus partes que cualquier buena noticia para el FBI iba seguida por una oleada de concesiones y corrupción. Claro está que esos aspectos del pacto jamás salieron a la luz en ninguno de los documentos oficiales de la Oficina Federal de Investigación. De hecho, en las revisiones anuales, que Connolly y Morris entregaban con indiferencia, siempre mentían diciendo que habían puesto sobre aviso a Bulger y Flemmi de que debían cumplir las normas del FBI, al igual que cualquier otro confidente. Nada de favores. Ni licencia para cometer delitos. Nada de hacer la vista gorda porque fueran ellos. He aquí un ejemplo: «El confidente no participará en actos violentos ni usará técnicas ilegales con objeto de obtener información para el FBI, ni iniciará ningún plan para la comisión de un delito». Todos los años, Connolly firmaba una circular interna del FBI donde aseguraba que había comunicado esa «advertencia» y otras diez a Bulger y Flemmi, entre las que se incluía: «El confidente ha sido advertido de que la relación entre el FBI y el confidente no lo protegerá de ninguna detención ni imputación tras la comisión de cualquier delito tipificado por la ley federal, estatal o local, salvo en el caso en que la actividad del confidente esté justificada por el supervisor del agente especial al mando, y siempre según las recomendaciones del fiscal general». Y en todos los informes del FBI relativos a Bulger y Flemmi, que ocupaban cientos de páginas redactadas durante más de dos décadas, ningún documento dejó constancia de que la orgía delictiva de los mafiosos hubiera sido autorizada.
Para compensarlo, Connolly, Morris y la oficina del FBI de Boston habían ideado un pacto paralelo, un anexo de letra pequeña y redactado con tinta invisible. Era sencillo y relativamente directo. Conminaba a los agentes a delinquir para proteger a los dos confidentes. Se habían cambiado los papeles.
En ciertas ocasiones, el celo protector del FBI trascendía incluso a Bulger para incluir a los esbirros del entorno del gánster.
Los bares empezaban a vaciarse en la parte baja de West Broadway, a primera hora del Día de la Madre de 1986. Se oyó el estruendo de un tiroteo y, en un coche aparcado enfrente de la entrada del Triple O’s, Tim Baldwin, de veintitrés años y natural de South Boston, un exconvicto que acababa de salir de prisión, cayó muerto sobre el volante.
En cuestión de días, los detectives del departamento de homicidios de la policía de Boston tenían a un sospechoso, Mark Estes, de veintiséis años, otro exconvicto que había estado bebiendo en el Triple O’s justo antes del asesinato. La policía había averiguado que, dos semanas antes, Baldwin había golpeado a Estes con una barra de hierro por una novia. Los agentes de policía contaban con testigos oculares del tiroteo entre los cientos de personas que salían de los bares a la hora del cierre. Los testigos declararon que habían visto a Estes disparar a Baldwin, cómo disparaba a los transeúntes en su huida y cómo robaba un coche conducido por una mujer en un vano intento de escapar.
Sin embargo, durante una vista judicial a finales de junio, celebrada contra Estes, surgió un gran imprevisto. Los testigos se desdijeron de su identificación. El cargo de asesinato fue retirado, y la policía se lamentó por el histórico «código de silencio» del barrio: los vecinos se negaban a colaborar con las autoridades. «Soy de South Boston —se justificó uno de los testigos encogiéndose de hombros, en un intento de explicar el cambio radical de opinión al juez—. Somos muy reservados».
Los fiscales prometieron proseguir con la investigación para el gran jurado, y, el Día del Trabajador, se entregó a Kevin O’Neil una citación para su comparecencia ante un gran jurado. El protegido de Bulger había estado regentando el Triple O’s la noche del asesinato, y el sargento Brendan Bradley del departamento de homicidios de la policía de Boston dijo que había conseguido la información de que O’Neil «conocía todos los detalles del crimen, incluido el nombre del asesino». Los fiscales querían que O’Neil declarase ante un gran jurado y les entregase a Estes.
Sin embargo, la banda de Bulger y el FBI consideraron la citación de otra forma, como una molestia. Bradley llegó al trabajo el 5 de septiembre de 1986 y encontró un mensaje de teléfono. El agente del FBI John Connolly lo había llamado. Bradley devolvió la llamada. «Connolly dijo que quería hablar». Quedaron en verse para tomar un café tres días más tarde, en el vestíbulo del edificio federal John F. Kennedy, donde el FBI tenía su oficina de Boston.
Bradley llegó el primero. «Connolly salió de un ascensor con una taza de café para él». El agente se disculpó por no llevar nada en la otra mano y dijo: «Las chicas de la oficina me adoran y siempre me invitan a café». ¿Cómo iba a negarse a aceptar la invitación un chico tan popular? Ambos investigadores fueron a pedir una taza de café para Bradley y se acomodaron en una mesa apartada. «¿Qué está haciéndole a mi amigo?», preguntó Connolly al policía.
El agente le explicó que lo sabía todo sobre la citación entregada a O’Neil. O’Neil, dijo Connolly, pertenecía a una buena familia de South Boston, y su hermano era un excombatiente de guerra mutilado. «Es un tipo que no se merece esta mierda».
Bradley le explicó que estaban hablando de una investigación de asesinato, y que O’Neil, por lo visto, podía ayudar a la policía. Connolly no se dejó conmover. «Pero si es un buen tipo». Además, añadió, el muerto era «un desgraciado de mierda».
El mensaje estaba claro: «Un tipo que no se merece esta mierda» era más importante que «un desgraciado de mierda». En Boston y en todas partes.
Connolly no «pidió directamente que retirase la citación para O’Neil», pero Bradley se marchó con la sensación de que «ese era el propósito de la conversación». Al final O’Neil sí se presentó ante el gran jurado, pero se negó a testificar. Se acogió a la Quinta Enmienda, que le daba derecho a no declarar si su testimonio lo inculpaba. Los detectives de homicidios siguieron otras pistas, no surgió nada y la investigación decayó. Estes era un hombre libre.
A renglón seguido, Bradley contó a un compañero y a dos fiscales de homicidios la inquietante presión sufrida por el bien de un protegido de Bulger, por lo visto, para «evitar la citación de un gran jurado». Años más tarde, uno de los fiscales dijo que no recordaba que Bradley se quejara por la actitud de Connolly. John Kieman, un hombre que se definía como amigo del agente, dijo que no «creía a Connolly capaz de hacer algo así». Pero el otro fiscal recordaba haber oído decir a Bradley delante del detective que había tomado un café con el agente del FBI.
James Hamrock aseguró que se había planteado entregar la citación a Connolly para que se presentara ante el gran jurado «para testificar sobre su papel y el conocimiento que tenía sobre la cuestión». Sin embargo, con tal de evitar que eso empeorase las ya malas relaciones entre el FBI y los fiscales del estado, Hamrock no lo hizo. Al igual que otros antes que él, permitió que el discurso de Connolly prevaleciese.
En lo relativo a las cuestiones internas del FBI, John Connolly no actuaba solo a la hora de mantener la casa de Bulger en orden. En ese momento, John Morris era el supervisor de una brigada de burócratas que perseguían en concreto la corrupción pública y, a principios de 1985, dirigía una investigación que se había iniciado como un caso relacionado con el crimen organizado. Los objetivos originales eran dos corredores de apuestas veteranos que actuaban en la zona de Roxbury, en Boston, John Baharoian y Steve Puleo. Baharoian dirigía un negocio de juegos de azar en su deteriorado local de alimentación Avenue Variety, en Blue Hill Avenue. Las estanterías estaban cubiertas de polvo y llenas de productos caducados.
Los investigadores sabían que el colmado era la tapadera de uno de los antros de apuestas más concurridos de esa parte de la ciudad. También creían que Baharoian pagaba un tributo a Flemmi. No obstante, los investigadores empezaron a reunir pruebas de que Baharoian también estaba sobornando a los agentes de la polida de Boston a cambio de protección. En cuanto eso ocurrió, el caso fue transferido a la brigada de Morris, con el objetivo ampliado de investigar la corrupción policial.
A finales del invierno de 1988, los agentes que trabajaban para Morris estaban ideando un plan para pinchar el teléfono de Baharoian. La preocupación no expresada por Morris era que Flemmi —y seguramente Bulger— fueran delatados en la grabación. Era una posibilidad que se había convertido en su peor miedo: la detención de Bulger y Flemmi provocaría su propia imputación, si los mafiosos, a cambio de la indulgencia, cambiaban de postura y lo delataban. Decidió que debía advertirles del peligro.
Morris habló a Connolly sobre la amenaza inminente, le aconsejó que Flemmi y Bulger debían evitar el teléfono y a Baharoian. Debían convocar una reunión, respondió Connolly. El agente, recordaba Morris, «pensó que a ellos les gustaría que se lo dijera yo mismo. Quería que yo les diera esa información en lugar de comunicársela él, o que me reuniera con ellos para hablarlo en persona».
Morris accedió. Se reunirían los cuatro. Pero había otra preocupación que obsesionaba a Morris. Aunque esas circunstancias no eran exactamente iguales, Morris sabía que, en una ocasión anterior, cuando había revelado un secreto relacionado con una investigación al grupo, el resultado había sido negativo, terriblemente nefasto. «No quiero un nuevo caso como el de Halloran», dijo Morris a Connolly.
El agente se encargó de los preparativos para un nuevo encuentro, esa vez en la casa de campo a la que Morris se había mudado. Daba la impresión de que la vida de Morris hacía aguas por todos lados: su matrimonio estaba roto más allá de cualquier esperanza de reparación, y la preocupación por su hija adolescente lo mataba de angustia. Sin embargo, a pesar de lo inquieto que estaba Morris, Connolly vivía tan tranquilo. Bulger y Flemmi también parecían despreocupados. En realidad, ya habían imaginado que recibirían alguna información por el estilo: algún soplo sobre las investigaciones, las escuchas, los micros, y los nombres de otros gánsteres que estuvieran cooperando con la policía. «Como surgió la necesidad y yo estaba metido en cierto lío —dijo Flemmi—, iba a hacerle (a Connolly) una pregunta sobre determinadas personas, para que él me aconsejara». Daba la impresión de que los dos agentes actuaran como sus consigliere, el término con el que la mafia se refería a sus asesores.
Sin embargo, las razones de Morris para proteger a Bulger y Flemmi se habían multiplicado. Estaba desesperado por encontrar una forma de cubrir sus propias espaldas. «A esas alturas, ya me había comprometido por completo, y temía que el señor Flemmi pudiera ser interceptado. Eso habría supuesto el principio de la revelación de lo que en realidad había ocurrido entre ellos y yo», declaró Morris. Era consciente de estar violando la ley, obstruyendo a la justicia. «Creo que el asunto de Baharoian suponía, sin duda, un incumplimiento de las normas». Sin embargo, veía su propio cuello en la guillotina en el caso de que los agentes captaran a Flemmi o Bulger en alguna grabación. Connolly, Bulger y Flemmi llegaron a la casa de campo, y Morris fue directo al grano. Dijo a los dos confidentes «que ya habíamos iniciado la redacción del Título 3 para la escucha de Baharoian, y les advertí que evitaran visitar al señor Baharoian».
Flemmi agradeció el aviso. «Morris dijo que podía librarme de la acusación, pero que no podía hacer lo mismo por los demás participantes en la operación, refiriéndose a Baharoian y Puleo».
La escucha del FBI se autorizó para el periodo comprendido entre los días 22 de junio al 26 de septiembre de 1988. Esa prueba registrada dio como resultado las imputaciones de Baharoian, Puleo y varios agentes de la policía de Boston. Baharoian acabó haciendo un mortal estratégico y testificó en contra de la policía. Se pusieron las cintas, donde se oían las voces de corredores de apuestas y policías. Pero no se oía ni a Flemmi ni a Bulger. Ambos sabían cuándo resultaba seguro hablar y cuándo era mejor guardar silencio.
Notas del capítulo quince [*].